Soy JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES y te doy la BIENVENIDA a mi blog. Como llevo muchos días en guerra con la informática, espero que puedas entrar ya en JOSEMARIAMAIZTOGORES.COM, mi definitivo blog. Con el seudónimo de SONMEIGO («SOYBRUJO»), y en ocasiones «QUINTODERECHA», quiero compartir CONTIGO TODA mi obra literaria escrita en PROSA y en PROSA POÉTICA, en CASTELLANO y en GALEGO. Los textos están agrupados por LIBROS. En caso de que tarde un poco en cargar el blog, piensa que expongo en torno a 900 textos. Gracias por leerme.

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Ó PISAR TERRA GALEGA (ALALÁ)

Alegría de estar aquí,
xurre xurre das tellas,
alalá dun costume
franxido por unha quimera.
Risos, berros e foliadas
resoan nas tabernas,
ninguén sabe porque brindan,
ao mellor afogan as penas.
Acorrido por este embruxo
saio toliño dunha delas,
a choiva lava o meu peito,
armonía e paixóns cheas.
O valume dos meus pasiños
resoa nos soportais e tendas,
todo é música de murrias
nestas santiñas pedras.
Santiago de ceo e paz,
vello aroma a madeira,
mañás con deixe a Gloria,
seriñas a paseo e Alameda.
Santiago, non me censures,
os meus ollos xa che deixan,
ninguén se pode imaxinar
o que doen as ausencias!
Un fado e dous espiritos,
e no xeito cen doenzas
é o sentir dun galego
que se alonxa da súa terra!

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LÚA CHEA

Unha e mil tardes deitado nunha cañeira de herba fresca, uns nidios ollos no medio da néboa intensa, un amencer cumprido de querenzas e unha voz falándome: lúa chea. ¿Queredes máis lembranzas ¿queredes máis vivencias? Escoitade, acompañádeme nesta andaina luxada de tebras moi mestas, neste sendeiro rebordante de inmortais lendas, neste nubrado espello de augas quedas; deste xeito poderedes atoparvos no meu enchente interior unha fogueira que é lume e non queima.

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LA RÉMORA DE LA TIMIDEZ

En esta exuberante hora de clausuras y opulenta de veladas intenciones una figura altanera de espiga quemada explora con ardicia mis márgenes, y la silueta de unos ojos de oscuro satén transparentan un pálido misticismo. Accesiblemente solitario paseo tras el contorno de un ciprés, y la huella que mitifica el olor de su sien permanece infranqueable en el anonimato. Intento sumergirme en otro cristal que espolee mi mente abotargada, pero el esbozo de una resonante impaciencia pende inútil de todos mis sueños, y un inteligible perfil de luz temporal no puede conjurar el miedo a otra eterna frustración. No es nueva esta situación. Cuando ya no sé si soy capaz de desterrar el vértigo de mis desdibujadas precauciones otra caricia pretende borrar la huella de viejas pisadas, pero mi piel sólo conoce un aséptico destino, y ese destino me persigue incansable, y gracias a él mis versículos siguen habitando en un sarcasmo de sauces y querubines.

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POSIBLES DEFINICIONES DEL AMOR

Es la luna que brilla inquieta en los rescoldos de mi interior. Es la búsqueda de un camino de vida. Es contener mis ansias más ocultas. Es esperar tu visita en luengas jornadas de insomnio. Es evitar un empacho de idolatría. Es afilar la noche para no descansar en una almohada de espectrales desechos. Es recoger la ceniza que sepulté bajo tus pies y dibujar con ella tu imagen ausente. Es escuchar tu nítida voz cuando resbala por mi frente una enojada fiebre. Es soñar con tu rostro reflejándose con obcecación en mi ventana.

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NO PUEDO OLVIDAR EL PAISAJE DE LA DESTRUCCIÓN

Quisiera olvidar aquella desmesurada obcecación, pero una marea de segundos, ebrios y torrencialmente despiadados, se precipita sobre mí perfilando en la semilla de mi memoria una silva de guadañas.

Esclavo de una cadena de enajenadas migraciones, no logro romper el filo de la intrahistoria que ahíta de encarnadas pupilas sobrevoló nuestra encrucijada, y despierto todas las noches masticando una acumulación de pretextos incapaces de horadar el insondable secreto de tu ignota biografía.

Tu aliento, presente en todas mis fatigadas superficies, dogmatiza cualquier postrero vestigio de luz. Tu aliento no puede evitar que se haga irrespirable el espanto de aquellas torpes palabras, y con mis horas desterradas entre cercos desolados alcanzo, exánime y exento de clarividencia, los sótanos de tu mirada.

Afónica mi voz, secreto de una destrucción no vivida, sólo conserva de ti el recordatorio de un deslizamiento por interrogantes y libérrimas simetrías.

Y esta noche, en la libertad del extraño insomne, te escribo estas torpes letras, ahora que se vuelven locos mis papeles, locos por no comprender los inefables mensajes de unos labios ennegrecidos.

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EL SUEÑO QUE SE REPITE NOCHE TRAS NOCHE

Se dilata el tiempo en bocanadas crepusculares. Tras el perentorio estallido de nuestros sacrificios, mis raíces descubren a un ser escrupuloso de vivir y diezmado por viejas secuelas.

Me gustaría escribir palabras que pudieran aniquilar la transición de la espera, y así no sucumbir ante unos labios inquietos que se preguntan cansinamente por qué tus manos, frágiles como el cristal, se clavaron en mi cuerpo como astillas en un falso pedestal.

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MAÑANA ESCUCHARÁS UNA PISADA EN ALGÚN RECODO DE TU EXISTENCIA

Cuando una fría humedad recorra tu cuerpo y te desvele en la noche, renacerá en ti aquella vieja inquietud que antaño relegaste al olvido. Aquello que latía oculto en tu pasividad te despertará fugazmente, y como un espiral de dóciles síntomas se revelará tu agotamiento, cristalizado de dudas, y tu disperso rostro se helará ante la fuerza de su mirada.

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POÉTICA

Un latexo inmenso traza a miña loita. Aseméllome a unha trincheira ateigada de galegas imaxes, asulagado nun tempo sen veas son un buril. Toda letra que a tentas remexo, despois dunha afincada contenda, vólvese unha madeixa de versos ó fin. Defendo as miñas crenzas, defendo a fe dos meus, defendo o arume da nosa terra, creo na vida sen medos nin baldíos buracos, por cima desta e mil loitas. Síntome coma un océano no medio do chan, síntome coma un náufrago sen siquera pan, sinto… cada verba coma un deus da memoria que orballa nas mans, e nun poema, antonte baleiro, doulle, iso creo, o seu verdadeiro temprar.

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TENERTE CERCA

Mientras mi necesidad de vida se anega de crudas imágenes, la sensación de tenerte cerca censura todos mis anatemas. Tu mirada descubre en mi conticinio el murmullo de una cíclica premonición. Indomable por la ansiedad de tu equilibrio, la parsimonia de mi pulso marchito se precipita mayestáticamente, y, aunque la desnudez de tu promesa sepulta el tremor de mis fronteras, la infancia que me despierta todas las madrugadas te descubre sin ningún extraño ropaje los síntomas de una soledad vulnerada.

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ANSIEDAD POR TRIUNFAR

Irene Vallejo, por lógica, ha vuelto a dar en el clavo: la ansiedad por triunfar ahuyenta el placer y anula el talento.

Muchos escritores, y otros tantos creadores de cualquier manifestación artística, han vivido una relación destructiva con el éxito: no solo deseaban ser leídos, sino que llegaron a depender emocionalmente del reconocimiento. Cuando el triunfo no llegaba —o cuando llegaba y no era suficiente— sufrían ansiedad, depresión, bloqueos o conductas autodestructivas.

Por no hacer un listado interminable, cabe mencionar en esa necesidad por el triunfo o por el reconocimiento público a unos cuantos que hoy son admirados mundialmente: Franz Kafka, Ernest Hemingway, Sylvia Plath, Virginia Woolf, Truman Capote o Stendhal.

Después de estudiar el caso de cada uno de los mencionados ―dejando a un lado su reconocida valía en la actualidad― se producen dos situaciones curiosas en la mayoría de ellos:

  • No lograron alcanzar el éxito en vida como Kafka o Plath. Es difícil entender que, en vida de estos autores, no hubiera ninguna voz que levantara su volumen para aplaudir su talento.
  • Alcanzaron el éxito, pero comprobaron o descubrieron que no era suficiente para calmar su ansia de perfección en la escritura, como Hemingway o Capote.

La ansiedad por triunfar es un tema cíclico en la literatura en general. Es propio de todos los tiempos comprobar por parte del escritor que el reconocimiento público de su obra puede convertirse en un baremo de su propia identidad. Y ahora que nos movemos con las redes sociales, no me digan que no es fácil escribir: Jaime López (aquí el nombre de cualquier escritor o crítico conocido) dice que la obra de José María Máiz Togores es malísima.  Y ya puedes combatir contra esa falacia en forma de sinécdoque (la parte por el todo) que la derrota está en tu casillero. Y como hoy «mola mil» resumir: José María Máiz Togores es malísimo. Y punto.

Kafka buscaba el reconocimiento, pero al mismo tiempo dudaba tanto de su obra que pidió que destruyeran sus manuscritos tras su muerte. ¡Menos mal que no le hicieron caso!

Hemingway fue una figura única por su particularidad creativa: alcanzó el máximo reconocimiento, incluido el Nobel, pero la necesidad constante de demostrar que seguía siendo un gran escritor contribuyó a una enorme presión psicológica. Sus últimos años estuvieron marcados por la depresión y el miedo a haber perdido su talento.

Sylvia Plath deseó intensamente el reconocimiento literario toda su vida y sufrió profundamente cuando vio que no llegaba. Su perfeccionismo extremo y la necesidad de validación coexistían con una grave depresión que le llevó al suicidio a los 30 años.

Y Truman Capote, después del éxito inmenso de A sangre fría, conocido por ello como «the toast of New York» («la sensación de Nueva York» o «el hombre de moda en Nueva York»), quedó prácticamente paralizado por la expectativa de superarse. Su incapacidad para terminar nuevos proyectos importantes fue una fuente constante de sufrimiento.

El escritor que deja de escribir «o que lle peta» (en gallego, lo que le place o apetece) para comprender y satisfacer las necesidades del lector, y del público en general, y buscar con ansiedad la adaptación de sus nuevas obras a esos menesteres públicos cae en un error mayúsculo. 

Con las diferencias que cada uno quiera establecer, recuerdo los comienzos de Sabina en tugurios y con un éxito ínfimo. Le decían «los expertos» de la época que las letras de sus canciones eran muy complicadas y que debía simplificarlas. Su reacción fue clara: estoy en el camino correcto. El éxito llegará. ¡Y claro que llegó! ¿Qué hubiera sido de Sabina con canciones «adelgazadas y sedosas»?

El escritor no puede buscar la confirmación de su mérito o trascendencia en cada crítica positiva en la prensa, en cada oleada de ventas de las webs de libros o en la idea malévola de que el juicio de su nuevo libro es un veredicto sobre su persona. Si el fracaso de una obra se convierte en un juicio sumarísimo a la capacidad del autor, la literatura se volvería predecible y temerosa. ¿Quién se atrevería a escribir? Un libro puede ser fallido ―me aconsejan este adjetivo en lugar de «malo»―, aburrido o incoherente, pero eso solo significa que la obra no funcionó, no que el escritor haya perdido su valor o su capacidad de crear.

Hablo de mí y de mi vieja afición a juntar palabras para crear «algo literario» ―no me atrevo a calificarme de escritor― y de la nula repercusión de mi blog www.josemariamaiztogores.com. Reconozco que soy un nefasto vendedor de mi obra, que soy incapaz de publicitar mi blog, en el que tengo colgado en torno a 900 entradas, y que soy el más torpe del actual olimpo literario a la hora de crear una obra para un posible Premio Nadal o un Premio de la Fundación Loewe de poesía.

Tengo 67 años y es una edad complicada. Todo el mundo me dice, el otro día lo hizo una compañera que me quiere mucho, que me quedan 25 años de jubilación. No quiero discutir, pero yo digo que no. Me conozco y sé de dónde vengo. Es un error garrafal esta obsesión por lo que va a vivir el prójimo.

Dado mi triunfalista pesimismo, he caído en un error, en el de la conciencia de la finitud y la catastrofización (carallo con el neologismo) y quiero oír por una vez que lo que escribo tiene un reconocimiento literario. Breve. Mínimo. Raquítico. Me llega. Tampoco llegar al extremo de «pobrecillo, díselo, que se muera en paz». Padezco de inmortansia (neologismo creado por mí), que es el estado de inquietud propio del escritor que, al sentir cercano el límite de la vida, necesita una prueba de que su obra sobrevivirá a él mediante el aplauso de los lectores.

(Inmort-: del latín immortalis («inmortal»), compuesto por in- (negación) + mortalis («mortal»), derivado de mors, mortis («muerte») y -ansia: del español ansia, procedente del latín anxia, femenino de anxius («angustiado, inquieto»), emparentado con la raíz de «ansiedad».)

Me dice mi alter ego que estoy desbarrando, que deje de escribir de madrugada y que me centre en el texto y no en el quinto de Estrella Galicia porque así sería más productivo. Me retiro. ¡Hasta mañana!

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LA NOCHE POSTERIOR AL DESCONCIERTO

Las tinieblas de la tierra se desmoronaron tras un aullido de vehementes augurios. En un ceremonial de báculos y enrojecidos credenciales intuí que ella, por primera vez, no me silenciaba. Dos astillas de luz se proyectaron en un mismo tatuaje, instantánea de una noche sosegada. En unos segundos sentí el diapasón de su voz y durante longevos minutos juré no olvidar la nostalgia de nuestro encuentro. Sin embargo, me susurraron al oído que la simbiosis experimentada en aquel tumescente espejo fue una marchita pesadilla, e irremediablemente el pulso de mis arterias viajó como un reloj intemporal a la nieve de mi infancia. Todo fue un periférico simulacro que por unos instantes maniató la mente de un cuerpo preso de ceremonias y encubierto de inéditas creencias.

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A PAISAXE GALEGA

A paisaxe galega, natureza feiticeira, ten un xorne sen dúbida feminino. A donosura que sinte o home por esta terra é desenfreada, case voluptuosa. Os montes como seos e cadeiras de muller, a vizosa guedella dos castiñeiros sempre florida; e os piñeiros, os piñeiros embrullados de bo grado a un corpiño de aluados soños.

E na metade deste feitizo con recendo a terra mollada e a manseliño clima, Santiago de Compostela, corazón peregrino das almas asuradas, e nos arredores, A Maía, feraz val de macelas e saborosos aturuxos e Vedra, co seu Pico Sacro facendo maxia coa súa raíña na súa cúspide.

Un galego fora da súa Galicia é un home punxido e atolado, é un home ó que lle falta un anaco do seu existir: o padexo co fogar do Breogán.

Galicia non hai máis que unha. É senlleira, lugar común, mais non por iso sinxelo e xangal. Sempre que retorno, abalado e acorado pola veciña saída, un milleiro de imaxes apíñanse nas miñas vidallas e unha millenta de gamelas nadan na miña pel envernesida.

Galicia refulxe sen finximento, Galicia recóllete no seu colo con xeito, coma un rapaz fartándose de brancas ilusións.

Galicia é un ledo verdeal de sosego e horizontes salvavidas, no cal camíñase devagariño e séntese a morna caricia da súa estivada campiña.

Galicia invítate a amar embaixo das estrelas e a engulipar ó refolgo da súa lentura, invítate a falar dela coma se a choiva fundese versos, prados e sentimentos nunha borbulla preta de aturuxados desexos.

Galicia folga nas escuriñas das miñas paredes escarvaladas, pon teito no meu desafogo cunha infinidade de sorrisos mollados, e alén diso aturúlame a cotío que xa chegou o tempo de voltar á forxa onde nacín. (A solución a esta adiviña só é cuestión de tempo.

Polo de hoxe, xa canta o eixe do carro. Alá vai este poemario na lingua nai cos pes enxoitos e sen cansarme.

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«ROMANCE CABRÓN A UN JUBILADO CON GRAN ACELERACIÓN» (romance)

Me come viva la prisa,
no conozco salvación;
aún no nace lo que escribo
y ya pide publicación.

Digo: «Voy a releerlo
con paciencia y con rigor»
y al minuto ya lo cuelgo
como un gallo fanfarrón.

Después vuelvo a contemplarlo
con cara de profesor:
«¡Qué fantoche el que ha escrito
tan solemne chapuzón!»

Tres erratas en un verso,
cuatro comas al montón;
menos mal que no me examina
ningún viejo inspector.

Pasé media vida diciendo:
«Releed con atención;
la primera versión siempre
suele pedir revisión.»

Y ahora hago justamente
la más digna excepción:
predico agua cristalina…
y bebo vino peleón.

Fui profesor de Lengua.
¡Menuda contradicción!
Corregía hasta los puntos
de la Constitución.

Hoy el móvil me pregunta:
«¿Seguro?». Y digo: «¡No!».
Pero aprieto el mismo botón
como un santo tentador.

Las gafas sobre la frente,
buscándolas por el salón;
si aparece la cordura,
que me pida dirección.

Voy a comprar cuatro huevos,
vuelvo con queso y turrón;
la memoria hace novillos
desde la jubilación.

Prometí vivir despacio,
como merece un señor;
y no paro ni sentado,
que ya tiene maldición.

Abro el folio para un verso;
acabo viendo el buzón,
el tiempo, las esquelas
y un vídeo de un salmón.

Lo releo cuatro veces.
Cinco… ya me da calor.
A la sexta estoy cambiando
lo que estaba mucho mejor.

Si releo veinte veces,
pierdo hasta la vocación;
acabo pidiendo disculpas
por usar el español.

Quevedo, desde su tumba,
se desternilla de humor:
«¡Mucho látigo en la lengua
y muy poco corrector!»

Mis antiguos estudiantes,
si conservan la lección,
deben de partirse el pecho
viendo mi transformación.

«Porque el longevo docente
¡vaya ejemplo, vive Dios!
Es más rápido escribiendo
que pensando lo que escribió.»

Pero tampoco me aflijo,
ni reclamo absolución;
quien no mete nunca la pata
es porque nunca salió.

Así seguiré escribiendo,
con orgullo y con rubor:
primero meto la gamba
y luego pido perdón.

Y si alguien me afea el rumbo,
le contesto, socarrón:
«No corráis tanto a juzgarme,
¡que aún estoy en corrección!»

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DESPEDIDA

E chegamos ao final destas páxinas. Ou talvez non. Porque os libros nunca rematan de verdade; continúan vivindo na memoria de quen os le.

Das noites que non durmo naceu das horas en que o silencio pesaba máis ca o sono, desas noites nas que as palabras foron compañía, refuxio e esperanza. Cada poema, cada prosa e cada reflexión levan dentro unha parte de min: a memoria, a morriña, a paisaxe interior e a lingua galega, esa raíz fonda que sempre me devolve á casa.

Agora este libro xa non me pertence só a min. A partir deste intre tamén é teu. Cada lector fará del un camiño distinto, atopará palabras que o acompañen ou silencios que lle falen. Porque un libro nace da man de quen o escribe, pero só cobra sentido cando alguén abre as súas páxinas e decide habitalas.

Oxalá atopases aquí un recuncho onde descansar, unha emoción compartida, unha lembranza esquecida ou unha luz pequena para algunha das túas propias noites. Se algunha destas palabras conseguiu quedar contigo, aínda que só sexa por un instante, todo o que escribín xa atopou o seu destino.

Como a terra galega, que garda séculos de chuvia, vento e brétema sen esquecer nunca a primavera, tamén estas páxinas queren gardar un anaco de vida. Que permanezan en ti como permanece o arrecendo da terra mollada despois da chuvia ou o rumor do mar cando xa nos afastamos da beira.

Grazas por acompañarme ata aquí. Grazas por facer desta viaxe algo compartido.

E cando volva chegar unha desas noites nas que o sono non queira vir, lembra que sempre haberá unha palabra agardando por ti. Porque, ás veces, tamén o silencio escribe. E é nese silencio onde, quizais, este libro continúa.

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CONFESIÓN FINAL

Puede que estas páginas existan porque durante muchos años no dije en voz alta lo que pensaba. Guardé versos, breves reflexiones nocturnas, imágenes pequeñas que aparecían cuando una conversación terminaba o cuando regresaba solo a casa. Escribir se convirtió en una forma tardía de pronunciar aquello que la timidez había dejado atrapado entre el pecho y la garganta. Aquí las palabras no interrumpen, no piden valentía inmediata, simplemente aparecen y se quedan esperando que alguien las lea. Tal vez escribir sea eso: abrir despacio el cajón antiguo de los silencios y colocar cada frase bajo la luz tranquila de la página, para descubrir que muchas de ellas eran más sencillas de lo que imaginaba. Decir te quiero, por ejemplo, no pesa tanto cuando la tinta ya hizo el primer gesto de valentía, mínima, necesaria. He logrado hablar sin miedo excesivo y sin sentirme señalado por alguien que me subyuga.  

Confesión final: no he conseguido escribir con paciencia; desde el principio he sentido la urgencia de terminar, aunque el proyecto apenas comenzó hace unos días.

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«EL TERRENITO DE RAFO» (CUENTO)

Rafo y María habían logrado una compenetración absoluta. Hablaban el mismo idioma sin necesidad de palabras y sus silencios rimaban. Sus voluntades se trenzaron como hilos de un mismo tejido y eran dos viajeros que, sin saberlo, llevaban el mismo mapa.

―Venga, José María, deja de decir cursiladas y vete al grano, a la historia, que es lo que les interesa a los lectores. Qué manía con tus alardes de metáforas edulcoradas de una afectación superferolítica.

Congeniaron como dos ríos que, tras recorrer caminos distintos, descubren que siempre estuvieron destinados a compartir el mismo cauce.

Concertaron un viaje a Santiago de Compostela. Dormirían en el excepcional y muy personal Hotel Rúa Villar, que se encuentra a 20 metros de la catedral. Como el viaje sólo tenía dos días de estancia, Rafo ideó en Madrid un itinerario por Santiago y por sus alrededores: A Maía y el mítico Pico Sacro. La comida y cena se repartían entre el 42 de la rúa del Franco, el Restaurante Enxebre y el Camilo de la rúa da Raíña. Los desayunos en el Café Casino de la rúa del Villar.

Como Rafo no conducía, alquilaron un coche en el aeropuerto para que lo pilotara María, una experta conductora en carreteras de todo tipo, dada su afición a viajar por carreteras comarcales.

Cuando ya estaban lanzados por la carretera que transita los lugares de Lavacolla, Sabugueira y San Lázaro, Rafo se decidió a contarle un secreto a María.

―María, cuando mañana recorramos el valle de A Maía, te voy a enseñar, un terrenito que tengo en la aldea de Ortoño, hermoso lugar con sabor a Rosalía de Castro porque allí pasó su infancia. Lo heredé hace unos años, cuando falleció mi querido tío Filoso.

María abrió los ojos como platos y su vehemencia le hizo explotar con palabras y expresiones de todo tipo.

―¡Pero, hombre de Dios! ¿Y cuánto tiempo pensabas tenerme en vilo sin decirme semejante cosa? ¿Cuándo ibas a contármelo? ¡Eres un cerdo! ¡Un capullo de manual! Todo el santo día lloriqueando con que no tienes un duro, con que la vida está muy cuesta arriba, con que si el sueldo no llega… ¡y resulta que tienes un terreno en propiedad! ¡Vaya, vaya! Además, precisamente por la zona con más futuro de los alrededores de Compostela. ¿No viste el periódico de ayer? Seguro que sí, porque, como te gusta calificar a un compañero de trabajo, eres una rata de biblioteca.

Una vez que María arrancaba a hablar, era como intentar detener el Ulla en plena crecida. No había presa que aguantase semejante torrente de palabras.

―Mira que eres reservado, pero esto ya es otro nivel. Con razón, ahora lo entiendo, desaparecías algunos fines de semana. ¿Qué más me falta por descubrir de ti? Silencio expectante. No sé si enfadarme o aplaudir lo bien que sabes callarte las cosas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Una casa escondida en la montaña?

―No exageres, mujer. Tú de un terrenito haces un palacio en la Castellana.

―¡Déjate de cuentos! No sé qué me molesta más: que tengas el terreno o que jamás confiaras en contármelo.

―No exageres, te repito. Te estás desmadrando de una forma absolutamente alocada.

―¡Se nota que eres de letras! ¿Sabes lo que vale hoy un metro cuadrado por Bertamiráns? Eso crece más deprisa que los tojos después de la lluvia, como decía tu alcalde, según tus palabras. Como sea como yo me lo imagino, ya puedes ir despidiéndote de los problemas económicos.

Rafo sonrió con esa media sonrisa tan gallega que no aclara nada y despista mucho. Siguió indicándole la ruta que ya estaba a punto de terminar.

―Espera un poco. Las cosas no son exactamente como tú te las imaginas.

―¡Ay, qué paciencia hay que tener contigo! Siempre igual. Si fuera mío, ya habría llamado a tres constructoras, a cuatro inmobiliarias y hasta al alcalde con un ofertón que sería incapaz de rechazar. ¡Con lo que me gusta a mí mover papeles cuando huelen a dinero!

―No cuentes con la pasta de la langosta antes de tener la nasa llena.

―¡Eso, eso! Y de paso la acompañamos con un albariño.

―Ya estás desvariando. Precisamente por eso no quería decírtelo.

―¡Déjate de refranes y de filosofías baratas! Vamos de una vez a ver ese terrenito. Seguro que es mucho mejor de lo que dices.

―Pues venga, gira ahora a la derecha.

Mientras avanzaban por los caminos estrechos entre fincas, muros de piedra cubiertos de musgo y robles centenarios, María seguía construyendo castillos en el aire.

―¿Ya has pensado qué vas a hacer con él? Porque tú eres muy capaz de dejar pasar una fortuna por pura pachorra. Mira que eres de los que esperan sentados a que las cosas se resuelvan solas. Como venga una promotora y te encuentre despistado, acabas vendiéndolo por cuatro perras.

Rafo optó por guardar silencio. Conocía demasiado bien a su amiga. Cuando cogía carrerilla, lo más inteligente era dejarla terminar. Interrumpirla solo servía para que hablara el doble.

Ella, además, desconocía completamente aquella zona, así que caminaba convencida de que cada curva los acercaba a una finca espectacular.

Rafo, mientras tanto, iba pensando para sí:

«Esta mujer se está haciendo una película tan épica que cuando vea la realidad le va a dar un soponcio. Pero mira qué feliz va… Da hasta pena quitarle la ilusión.»

María seguía.

―Yo ya me imagino aquí un chalet precioso. Bueno… mejor dos. Uno para vivir y otro para alquilar. O igual unos adosados. ¡Madre mía! Y pensar que llevas años diciendo que eres pobre… ¡Si vas a resultar un terrateniente disfrazado de profesor!

―No corras tanto, María, te estás pasando siete pueblos.

―¿Y por qué no? Igual hasta puedes jubilarte antes. ¿Quién sabe? Lo mismo acabas invitándome a marisco todos los fines de semana.

―Eso sí que sería un milagro.

Al poco rato llegaron.

Rafo le dijo que se detuviera bajo un hermosísimo carballo.

―Ya estamos.

María miró alrededor. Frunció el ceño. Volvió a mirar. Sólo había bonita capilla y un cementerio.

Después volvió la cabeza hacia Rafo.

―No empieces con bromitas. Que con el dinero no se juega.

Frente a ellos se alzaba el viejo cementerio parroquial de San Xoán de Ortoño.

Rafo señaló tranquilamente hacia el interior.

―Te lo repito. Ahí está mi terrenito.

María tardó unos segundos en reaccionar.

―Entonces… entonces… ¿lo que tú tienes… es…?

―Sí.

―¿Una sepultura?

―Exactamente. Mi parcela familiar.

María abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y durante unos instantes pareció que las palabras, por primera vez en su vida, se le habían perdido por el camino.

Luego explotó.

―¡Pero tú eres un truhan! ¡Un embaucador! ¡Un caradura! ¡Un artista del engaño! ¡Me has tenido haciendo cuentas, repartiendo millones, construyendo chalés y hasta escogiendo las cortinas del salón! ¡Mira que eres retorcido! ¡Eso no se hace! ¡Me has dejado con el culo al aire!

Imitando la voz de Rafo, añadió con sorna:

―«Voy a enseñarte un terrenito que tengo…»

Lo miró con una mezcla de rabia y ganas de reír.

Rafo ya no pudo contenerse y rompió a carcajadas.

Al final, incluso María terminó riéndose, aunque solo un poco. Lo justo para no darle el gusto de creer que la broma había sido buenísima.

Hicieron una visita muy respetuosa y emprendieron el camino de regreso.

Durante todo el regreso a Santiago condujo en un silencio sepulcral, algo absolutamente insólito en ella.

Rafo llegó incluso a preocuparse.

Hasta que, justo antes de entrar en el hotel, María lo señaló con el dedo, entrecerró los ojos y dijo con toda la solemnidad del mundo:

―Escúchame bien, Rafo… Por las ánimas benditas de los estudiantes que, según tu historia, depositan todos los cursos sus deseos al pie de la imagen de Jesús en el Huerto de los Olivos en la capilla de la Corticela, te juro que esto me lo vas a pagar. Aunque tenga que esperar a que ocupes ese terrenito tuyo. Por estas.

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SEIS COPLAS GALEGAS CON RETRANCA

Morreron xa os camiños,
agora só medran as casas;
ninguén hoxe pode dicir
se mañá teremos castañas.

A raíz do toxo verde
é moi mala de arrincar;
carballo que medra torto
non se pode endereitar.

Se queres que o carro cante,
compañeiro, meu veciño,
se queres que o carro cante,
móllale o eixe no río.

Cando o Pico Sacro
cobre o seu capelo,
raparigas do Ulla,
cubride o mantelo.

Señor cura, señor cura,
cómase cedo o roscón,
que teño na man un pao
pra lle limpar o panarrón.

Tódolos que «cantan» ben
teñen «posto» no muíño,
os que no saben «cantar»
miran por un buraquiño.

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«A UNHA MULLER QUE NON EXISTE» (CARTA)

Escríboche esta carta porque ti non vas entendela, porque nunca chegará ás túas mans, e menos ós teus ollos.  Este texto, na lingua de Rosalía de Castro, é unha declaración do meu amor a ti, a unha muller que non existe, pero que eu sei que está na miña mente e que viaxa comigo dende hai moitos anos.  Penso que ti ―dada a túa inexistencia― tampouco coñeces o meu blogue, que é a fiestra onde vou colgala para que todo o mundo saiba algo de ti.

Escríboche precisamente por iso: porque non me lerás xamais e, por unha vez, podo permitirme non ser prudente. Non sei se isto é unha carta, unha confesión ou simplemente unha maneira elegante de perder o tempo pensando en ti. Quizais é só un exercicio de covardía: falar cando sei que non haberá resposta. Pero tamén hai algo profundamente honesto nisto, algo limpo, inda que obsceno na súa sinceridade.

Atráeme a túa voz. Non o que dis, senón como o dis. Ese pulso leve, esa forma de deixar as frases a medio camiño, coma se soubeses que alguén —eu— vai completalas por ti. A túa voz queda no aire máis tempo do necesario, e eu quedo nela, atrapado, como quen se demora á mantenta nunha habitación allea só para respirar un pouco máis do que non é seu.  

Como non existes, atráeme como ves as cousas da vida. Non porque pense igual ca ti, senón porque, como non podo escoitar as túas respostas, imaxino que es un ser intocable.

Móveste cunha liberdade sen prexuízos que non pides permiso para dubidar nin para contradicir os meus silencios. Hai algo terriblemente sedutor en quen pensa sen coidado, sen esa obsesión por quedar ben. Iso, créeme, é máis erótico ca calquera corpo espido.

E logo está o cheiro da túa pel. Non sei de onde ven esta memoria —quizais a inventei—, pero o teu olor non é doce nin evidente. É un olor discreto, quente, humano. Non se anuncia, descóbrese. E cando o fas, xa é tarde: queda permanente nos meus dedos, na miña roupa, nos meus pensamentos, na miña suada pel que sinte verdadeira envexa dunha dozura tan efervescente cando ti xa non estás.    

E logo están os teus ollos, que son cousa distinta. Non miras para agradar, miras para medir. Hai algo case perigoso niso. Cando me miras sinto que me estás lendo, que sabes cousas que eu non dixen, que intúes intencións que eu finxo non ter. Iso incomódame. Iso excítame. Ambas cousas ao mesmo tempo, e non sempre sei distinguir onde acaba unha e comeza a outra.

Podería falar do teu corpo, pero sería fácil, e eu non quero ser factible. Prefiro falar do espazo que ocupas cando entras nun sitio, de como cambian as conversacións, de como o silencio se volve máis denso. Prefiro falar da túa presenza cando xa marchaches, desa maneira tan túa de quedar sen quedar. Hai pensamentos que só me permito contigo, aínda que non os saibas. Pensamentos lentos, quentes, ás veces indecentes. Non describen actos, describen intencións. Desexos que non buscan consumarse, senón existir. porque as veces o máis provocador non é facer, senón imaxinar sen culpa.

Escríboche así, en galego, como quen se espide nun cuarto escuro sabendo que ninguén mira. Ou peor: sabendo que alguén podería mirar, pero non o fará.

Hai algo perversamente fermoso nesa distancia. Non sei se algún día lerás algo meu, se poderás existir para facer iso ou se ti te recoñecerías nalgún dos meus textos. Probablemente non. E está ben así. Este texto non é para ti. É para min, para esta versión de min que se permite desexar sen pedir explicacións. E aínda así, por se acaso, por se algún día —por erro ou por curiosidade— chegas ata aquí: que saibas que houbo alguén que te pensou con atención, con respecto, con ganas. Que te pensou sen tocarte, sen posuírte, sen reducirte a nada máis que ao que xa es. E iso, ás veces, é o máis obsceno de todo.

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PRÓLOGO PARA «EL SILENCIO LO NOMBRA» (prosa y prosa poética)

Hay libros que nacen del deseo de decir. Otros, en cambio, surgen cuando las palabras comprenden que no pueden abarcarlo todo. Este pertenece a esa segunda estirpe.

Vivimos rodeados de voces, de explicaciones, de certezas apresuradas. Sin embargo, las experiencias que verdaderamente transforman una vida rara vez llegan envueltas en un discurso. El amor, la pérdida, la memoria, el paso del tiempo, la belleza inesperada o el desgarro de la ausencia acostumbran a instalarse en nosotros con la discreción de aquello que no necesita proclamarse. Es entonces cuando el silencio deja de ser vacío para convertirse en una forma de conocimiento.

Los textos reunidos en estas páginas recorren ese territorio donde las palabras no pretenden imponer un significado, sino acercarse a él con humildad. Cada poema, cada fragmento en prosa, parece buscar la grieta por la que asoma aquello que permanece oculto bajo la superficie de lo cotidiano. No ofrecen respuestas concluyentes; proponen una escucha. Invitan al lector a demorarse, a aceptar que hay verdades que solo se revelan cuando cesa el ruido.

El título de este libro encierra una paradoja que pronto deja de serlo: el silencio también nombra. Lo hace cuando una mirada sustituye a una explicación; cuando un recuerdo regresa sin anunciarse; cuando una ausencia adquiere más presencia que cualquier compañía; cuando el paisaje, la luz o la lluvia dicen aquello que el lenguaje apenas alcanza a insinuar.

Quizá esa sea la tarea última de la poesía: no explicar el misterio, sino acercarnos a él sin despojarlo de su condición de misterio. Nombrar no consiste únicamente en pronunciar una palabra, sino en reconocer una verdad. Y hay verdades que solo aceptan ser pronunciadas desde la quietud.

Este libro invita precisamente a ese ejercicio de atención. No exige una lectura apresurada, sino una conversación íntima entre quien escribe y quien lee. Cada página ofrece un espacio para que la experiencia personal complete lo que el poema apenas sugiere. Porque toda buena poesía queda inacabada hasta que encuentra un lector dispuesto a habitarla.

Al cerrar estas páginas, tal vez descubramos que el verdadero protagonista nunca fue el silencio. Lo fue aquello que, gracias a él, por fin encontró un nombre.

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EL CALOR

El calor de estas noches de verano abrasa cualquier atmósfera y me recuerda a ti, a ti me recuerda, perdona por la mala letra, perdona por el mal poema, perdona por tantas cosas, quizá no tenga sentido, pero sólo espero que comprendas mi vida, sólo deseo tenerte cerca algún día. En estas noches sin luna salgo a tu encuentro porque no veo más allá de mi crónica sed, y entre algodones de espuma me acerco a ti, cuando la niebla hiere mis ojos y tu lejanía estremece mi claridad. Entonces, mientras arde mi vida, siempre momentánea, despliego mis debilidades al viento y me asomo al borde del abismo suplicando tus laureles por enésima vez, otra noche más suplicando tus laureles. Entonces, a pesar de todas las distancias que el tiempo mece en nuestros devaneos, te siento al alcance de mi voz, te siento en la concisa trayectoria de nuestra sintonía.

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LIMIAR PARA «CINZAS DO TEMPO» (prosa e prosa poética)

Din os especialistas que hai libros que non se escriben para deter o tempo, porque saben que iso é imposible. Escríbense para conservar a súa pegada, para recoller entre as mans ese pouso que queda cando os días pasan e a vida, silenciosamente, fai o seu traballo. Ese pouso son as cinzas.

As cinzas non son só o remate do lume. Son tamén a súa memoria. Gardan a calor que existiu, a luz que un día iluminou os rostros, as palabras pronunciadas arredor da mesa, os camiños percorridos, as perdas e tamén as pequenas alegrías que, sen facer ruído, foron construíndo unha existencia.

Os poemas e textos que compoñen este libro nacen desa conciencia. Non pretenden reconstruír o pasado nin idealizalo. Miran cara a el coa serenidade de quen sabe que toda lembranza é, ao mesmo tempo, presenza e distancia. O tempo leva cousas, mais tamén nos entrega unha forma máis fonda de comprendelas.

Hai nestas páxinas unha conversa constante coa memoria, coa paisaxe, coas voces que permanecen cando xa non poden ser escoitadas e coas emocións que regresan sen avisar. A natureza, a casa, os camiños, a luz cambiante das estacións ou o rumor dos días convértense aquí en espellos da condición humana. Todo parece dicirnos que nada desaparece de todo mentres alguén conserve a capacidade de lembrar.

Cinzas do tempo é un título que invita á contemplación. Porque as cinzas non falan da derrota, senón da permanencia. Son a proba de que existiu un lume. Do mesmo xeito, cada poema é a pegada dun instante vivido, dunha emoción que resistiu ao esquecemento e atopou na palabra un lugar onde permanecer.

O lector non atopará aquí respostas pechadas nin certezas absolutas. Atopará, talvez, compañía. A que ofrecen os libros capaces de sentar ao noso lado sen interromper o noso propio diálogo coa memoria. A poesía cumpre entón a súa misión máis fonda: non conservar o tempo, senón devolverlle sentido ao que o tempo deixou tras de si.

Porque todos levamos algunhas cinzas gardadas na memoria. E, ás veces, abonda unha palabra para que volvan prender, non como incendio, senón como esa luz mansa que nos permite comprender quen fomos e, sobre todo, quen seguimos sendo.

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RELÁMPAGO

El amor no fue un relámpago, sino una lámpara encendida poco a poco. Primero iluminó una esquina de mi vida, luego la habitación entera. Cuando quise apagarla, ya no recordaba dónde estaba el interruptor. Entonces entendí que algunas luces no vienen para deslumbrar, sino para enseñarte a vivir con su claridad, incluso cuando ya no está quien las encendió.

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O EGO

Críase o centro do universo. Todo xiraba arredor del: as conversas, os afectos, as decisións. Ata que alguén deixou de orbitarlle, e descubriu o silencio. Un baleiro que non sabía encher, porque nunca aprendera a mirar máis alá de si mesmo. O ego non sabe estar só. Cando desaparecen os ecos dos eloxios, queda fronte á súa propia voz, esa que leva anos evitando escoitar. E é nese silencio, incómodo pero necesario, onde comeza a verdadeira humildade.

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MI LENTO DORMITAR

Este lento dormitar ―lejana tiniebla de unos latidos en cadente mansedumbre― se guía de la inercia del amanecer, y como un vagabundo ofrezco la alborada de un sol sin raíces al diseño de un alba pasajera que objeta mi conciencia en un parpadeo de cuerpos celestes.

Sustento y domestico con fruición mis sueños iniciándoles en el suspense de una cuenta atrás, mientras el perenne ahorcado dosifica con firmeza segundos y segundos en tomo a unos labios sin respuesta, y un alejado semblante censura impasible mi rezagada filosofía. Sueño entonces que pierdo la vida por volver a mis silentes principios, a los primeros años de mi niñez.

Entonces, sumergido en un río que espera ahogarse en el mar, mil gelatinas muertas se abren en innumerables yagas y me ofrecen un laberinto de opaca realidad.

Mas, cómplice de mi rubor, censuro cualquier átomo de luz, y camino con el silencio soldando mis talones en suelo de nadie, moldeando veladas memorias en las huellas de mis pisadas y recreándome con las cicatrices que transpiran mis sienes.

Camino sintiendo el vaho de tus palabras que, en un soliloquio de estatuas fetichistas, se ha convertido en un falso ídolo balbuciente y escrutador de cubiertas mutilaciones.

Camino por un sinfín de aristas, y sueño con simbolizar la simetría de nuestras voces en un espacio donde tu distancia no se pierda por caminos desiertos, y así recuperar aquellas hospitalarias palabras sembradas bajo el ardiente sol del pasado.

Camino desorientado, busco el significado de aquella sincera voz, pero sólo encuentro un fusil encañonándome la boca y escupiendo cruentos argumentos en el interior de mis entrañas.

¡Una vez más mil caretas falsificadoras velan mi memoria en una embriagada obstinación de soles de vencidas primaveras!

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UNA BENGALA

Inmovilizada toda mi fantasía en la mecedora de tu olvido, me siento irreconciliable con la humanidad y un férvido sueño ―caduco en tu recuerdo― convierte mi horizonte en una ancestral frustración. Solo en un cuarto de incienso mis ojos se cierran con gesto contrito, mórfica representación de una quimera inalcanzable.

Oxidada mi sonrisa, ya ni se puede observar, y la doctrina de lo infinito se revela ante mí absolutamente corita. La flaqueza acuna mis miserias en un alba donde todo fundamento se toma lógico escalofrío. Sedientos latidos reposan radiantes en mi almohada cuando, ausente aquella errática pasión, letales células alcalinas te han convertido en un beso sin rostro. Y observo cómo mi última esperanza se pulveriza en el desafío de una frase: «nadie, en tus horas de insomnio, nadie, te regalará sus sueños».

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LA PIEL QUE TAMBIÉN SOMOS (poema en prosa)

Todo lo que vivimos deja marca. No siempre en la memoria consciente, no siempre en palabras, pero sí en esa superficie sensible que nos separa y, al mismo tiempo, nos acerca al mundo: la piel.

Me gustaría llevarte conmigo por esa zona de contacto donde lo que sentimos se convierte en reflexión, y donde lo cotidiano, mirado con calma, se transforma en pensamiento compartido. Aquí no hay dogmas ni consignas; solo preguntas que abren espacio. Y, sobre todo, una voluntad sincera de pensar la vida desde lo próximo: los gestos pequeños, las contradicciones de cada día, aquello que parece mínimo, pero sostiene nuestra manera de estar en el mundo.

Mi escritura avanza sobre tu piel con naturalidad, sin ruido, pero con una atención profunda a lo que las palabras pueden tocar. Me apoyo en mi experiencia para ir más allá de mí mismo, invitándote a reconocerla, a disentir, a seguir pensando por tu cuenta cuando quieras.

La piel, como metáfora, se convierte en un archivo vivo: todo lo que ha pasado queda inscrito en ella, incluso aquello que creemos haber dejado atrás. Este texto no busca ofrecer certezas, sino acompañar procesos. Es un poema para leer poco a poco, que se acerca a ti desde la proximidad y el respeto, consciente de que pensar juntos es una de las formas más honestas —y más humanas— de seguir vivos.

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MARÍA

Soy María y desearía… ¡No, no!, la interrumpe con un grito visceral. ¿Otra María en mi vida? Sí, otra María. Pero esta vez no te hundirás con ella. Esta vez vais a recorrer el universo desnudos y con la única intención de disfrutar de una piel que sólo sabe de deseos y caricias. El amor queda aparcado para otra ocasión que nunca llegará.

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NARCISO

Cada selfi era unha declaración de poder. Alimentábase de píxeles como Narciso do reflexo, buscando en cada imaxe unha versión mellorada de si mesmo. Pero detrás do filtro había unha soidade que non se podía retocar. Unha tristura que non cabía no encadre. E cada «gústame» era un parche, non unha cura.

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ESTE BLOG NACE PARA TI

Este espacio nace porque hay una mujer que me desordena el mundo. No lo digo en metáforas suaves ni en frases que pretendan quedar bien: hablo de una presencia que me atraviesa, que me altera, que me hace sentir vivo de un modo que no esperaba. Cada vez que se acerca, algo en mí despierta con una intensidad que no sé disimular, por mucho que lo intente. Hay personas que pasan por la vida sin dejar rastro. Ella no. Ella llega y el aire cambia. Su proximidad tiene una fuerza que me rompe las defensas, una energía que me empuja a decir lo que nunca dije, a admitir lo que siempre callé. Su olor, su manera de ocupar el espacio, su voz que a veces ni siquiera necesita hablar… todo eso se convierte en una especie de verdad que no puedo ignorar. Este blog existe porque no fui capaz de guardar esto solo para mí. Porque cada vez que ella se sienta a mi lado, siento que algo en mí se mueve, se abre, se ilumina y se oscurece al mismo tiempo. Porque hay emociones que no caben en un pecho y necesitan un lugar donde respirar.

No escribo esto para impresionarla ni para buscar nada. Escribo porque necesito poner en palabras lo que me pasa cuando ella está cerca. Porque hay una intensidad que me supera y que, si no la dejo salir, acabaría por consumirme.

Este espacio es mi manera de darle forma a lo que siento, de reconocer que hay encuentros que cambian el rumbo, aunque nunca se digan en voz alta. Ella no lo sabe. O quizá sí. Pero este umbral es para ella. Para la mujer que, sin pretenderlo, convirtió mi silencio en una historia que tenía que ser escrita.

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A OBRA

El mirábaa como se fose unha obra de arte: unha pintura que non entendía, pero que o emocionaba profundamente. Pasaba horas contemplando os seus xestos, as súas palabras, os seus silencios. Pero ela só quería que a visen sen marco, sen interpretación, sen pedestal. Só como muller. E el, atrapado na súa admiración, nunca a tocou de verdade xa que nunca pasara do marco.

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ABISMOS

Somos equidistantes, contrarios o antagónicos. Somos tú y yo tantas cosas a la vez que nada es capaz de acercarnos. ¡Y menos un sentimiento! Porque hasta el afecto se pierde cuando dos voluntades avanzan en direcciones opuestas. Nos rozamos apenas, como dos líneas que parecen destinadas a encontrarse y, sin embargo, solo comparten el mismo horizonte. Quizá el error fue creer que bastaba con sentir para vencer la distancia. Hay abismos que no se salvan con abrazos ni silencios; simplemente existen, obstinados, recordándonos que no todo lo que se desea está hecho para permanecer unido.

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«MIEDO AL CONTACTO SOCIAL» (CUENTO)

TRASTORNO DE DESASOSIEGO SOCIAL.- MUTISMO POR ANGUSTIA O BLOQUEO CONVERSACIONAL.- CONDUCTA DE EVITACIÓN.- AGORAFOBIA.- ANSIEDAD EMOCIONAL DE DESEMPEÑO INTERPERSONAL.

El padre la «cagó» cuando lo bautizaron. Se enfrentó a toda la familia y al mismo sacerdote, no porque no fuera religioso el nombre seleccionado, no, sino porque lo había elegido secretamente y en contra de la madre y de las familias materna y paterna. Gregorio. En griego tiene el significado de «velar» o «estar despierto». No. Ni por el Papa San Gregorio Magno ni por San Gregorio de Nazianzo. No. Hubo asistentes que dijeron que era un nombre sonoro y atractivo, pero el gesto se torció cuando, empeñado en dirigirse a los asistentes, expresó unas razones en nada sensatas.

Elegí llamarle Gregorio porque durante mucho tiempo viví obsesionado con Kafka, o quizá no obsesionado, pero sí acompañado por él, que es una forma más peligrosa de quedarse. Leí «La metamorfosis» demasiadas veces, las suficientes para dejar de pensar en un hombre convertido en insecto y buscar la sensatez en todo lo que le rodeaba. Gregor Samsa nunca fue un escarabajo, o sí, qué importa. Era la casa, era el silencio, era la manera en que una familia dejó de reconocer a quien seguía siendo el mismo. Siempre me pareció absurdo y, precisamente por eso, verdadero.

¿El nombre por el personaje? Creo que no, aunque también creo que sí. Lo escogí porque Gregorio suena anterior a cualquier explicación, como si hubiera sobrevivido a algo. Porque Gregor se quedó dando vueltas por mi cabeza durante años hasta que el nombre dejó de pertenecer a una novela y empezó a parecerme una posibilidad. Me gusta pensar que uno puede heredar un nombre sin heredar su destino, aunque nunca se sabe. Quizá todos acabamos despertándonos una mañana convertidos en aquello que los demás ya habían decidido que éramos.

Así que la elección de Gregorio no fue por un homenaje. O sí. Más bien porque algunas lecturas terminan mudándose a la vida sin pedir permiso, y cuando tuve que elegir un nombre para mi hijo descubrí que ese llevaba años esperándome, escondido entre las páginas de un libro que nunca terminé de cerrar.

Nadie rechistó porque no hay razón más poderosa y convincente que el argumento irracional. El sacerdote no quiso intervenir porque, en sus palabras, se escudó en el Papa San Gregorio Magno, y en toda la carga religiosa que tiene el nombre.

La adolescencia y la edad adulta de Gregorio fueron una metáfora de una montaña rusa porque se sucedieron con ritmo cansino, pero constante, los éxitos, las reprimendas, los fracasos, las juergas, el espíritu noctámbulo, los madrugones irracionales, el fútbol, el trabajo, varias mujeres, el desprecio por todo lo relacionado con él, los complejos, las envidias, el bloguicida, el derroche, el cine y las pellas, el miedo a los médicos y una constante pasión por la lectura, así como por escribir textos que sabía que iban a ser un rotundo fracaso. Entre otras cosas.

Esta enumeración ―GPTZERO dirá que es AI― no da más de sí porque su vida hasta la jubilación pasó sin pena ni gloria y con algunas circunstancias que si él quiere destapar aquí estaré yo para narrarlas.

Cuando una tarde Gregorio deambulaba cual alma en pena por las retorcidas calles del Madrid antiguo ―acababa de cobrar la primera paga de jubilado y no sabía muy bien cómo celebrarlo, si es que había que celebrar algo―, vio de pronto en la calle de la Cabeza, junto al portal, una placa que decía: Dr. Concepción Crispín Castaña, Catedrático Honorario de Psicología Hiperanálitica, Perito en Traumas Retroactivos, Experto en Agorafobia de Pasillos Anchos, Decano Vitalicio del Centro Nacional de Pensar Demasiado y Miembro Fundador de la Academia Internacional de Conclusiones Precipitadas. 4º sótano izquierda.

Sin dudarlo ni un momento allí fue. Bajó, bajó y bajó. La humedad le hizo dar un respingo, pues le vino a la memoria la película Aguirre, la cólera de Dios, en la que la expedición por el Amazonas convierte la humedad en un personaje más, reforzando la locura y el aislamiento. Tocó el timbre de la consulta con insistencia y fue recibido por una mujer que parecía la ama de llaves de Rebeca. Siniestra y ácida. Lo encaminó al gabinete donde estaba el doctor, que lucía un bigote de lápiz ―aquel que era muy fino y recortado linealmente, siguiendo el perfil del labio superior― y le daba un estilo elegante y sofisticado. La enfermera erró la puerta con cierta violencia, como si quisiera garantizarse que de allí no se escaparía.

La consulta se prolongó durante dos agobiantes horas, pero Gregorio salió feliz porque por fin alguien le enunció un claro diagnóstico: «Padece un trastorno de ansiedad social con un marcado bloqueo conversacional en las interacciones presenciales y una intensa conducta de evitación, agravados con los años por un conjunto de rasgos obsesivos y una progresiva reducción de su mundo relacional».

Sale de la consulta como un hombre nuevo, pero con los mismos síntomas. Mira su teléfono y tiene un sinfín de guasaps: la familia, los amigos y los compañeros. ¿Tengo tantos? No lo sabía. Suponen que, por fin, tendrá tiempo para estar con todos ellos. Le hablan de viajes, de comidas de domingo, de cines y de reuniones que durante años el trabajo había postergado. Según él.

Nadie imagina que pueda ocurrir justamente lo contrario, que se produzca una especie de efecto boomerang, como lo bautiza él nada más ver la primera conversación.

Poco a poco empieza a excusarse. Primero falta a una celebración familiar, a un funeral y a un viaje, luego a una boda y a todo aquello que huele a reunión. Y, sin comerlo ni beberlo, se desencadena una sucesión cada vez más frecuente de ausencias. Todas ellas con el mismo argumento: una exacerbada timidez y un miedo pavoroso, casi angustia y pánico, a todo contacto social. Ve que don Concepción atinó con el diagnóstico, pero no le puso ningún remedio. Así se entiende que en su tarjeta de presentación ponga 0 fracasos.

Al cabo de unos meses, sus faltas dejan de sorprender y empiezan a molestar. Cada vez más. Alguien dice que se ha vuelto raro y que está «zumbado». Una persona muy allegada habla de mala educación, frente a su padre, que era dispuesto, comunicativo y atento con todo el mundo. Otro insinúa que siempre ha sido un poco orgulloso, antipático y selectivo. Las palabras, cuando se repiten mucho, terminan pareciendo verdades.

Pero Gregorio no se aparta de los demás por orgullo. Tampoco por desprecio. Ni por altanería. Lo hace porque cada futuro encuentro representa para él una prueba que nunca consigue superar. No importa que sean diez personas alrededor de una mesa o solamente dos en un salón silencioso. En cuanto siente la presencia física del otro, algo se cierra dentro de él. Las ideas, que unos minutos antes acudían con naturalidad, desaparecen sin dejar rastro. Las frases se rompen antes de llegar a los labios. Entonces baja la vista, sonríe cuando no sabe qué hacer y espera, con una paciencia casi dolorosa, que alguien ocupe el vacío de su silencio. Y los plantones se suceden en tropel. Y escribe en su diario: con los miles de libros que he leído ―sí, miles― y no soy capaz de hacer un comentario de unos de ellos cuando estoy con alguien…

Lo curioso es que nada de eso sucede cuando habla por teléfono. La voz, sin el peso de las miradas, encuentra un camino despejado. Es capaz de conversar durante horas ―no tanto, amigo, no tanto―, de recordar anécdotas, de discutir sobre un libro o de reírse de cualquier tontería. Con el guasap ocurre algo parecido. Escribe despacio, con un mínimo de inteligencia y hasta con una ironía que sorprende a quienes solo lo conocen a través de la pantalla. En su blog publica artículos cuidados, llenos de personajes curiosos, donde las palabras parecen obedecerle con una fidelidad que la vida cotidiana le niega. ¿Y el soneto dedicado al bloqueo literario?, le dice su alter ego. ¿Y el romance descalzo a la pereza?

Durante algún tiempo lucha contra esa contradicción. Se obliga a lidiar contra el miedo porque, piensa, acabará cansándose antes que él. Sucede exactamente lo contrario. Cada intento de encuentro lo deja más exhausto que el anterior. Sin salir de casa le aplasta la sensación de haber representado un papel imposible, como un actor que ha olvidado el texto en mitad de la función. Una tarde comprende que ya no puede seguir sufriendo esos ataques y toma una decisión que medita durante semanas: romper con nadie. Continúa con el teléfono, escribe mensajes afectuosos y nunca olvida una fecha importante. Simplemente deja de intentar presentarse. Ya no.

Las explicaciones no sirven de mucho. Habla de un miedo que ni él mismo entiende del todo. Dice que el problema no son las personas, sino la cercanía de las personas. Que no teme una conversación, sino el peso de una presencia. Sin embargo, cuanto más intenta explicarse, menos lo comprenden. Le recomiendan fuerza de voluntad, distracciones, viajes, optimismo. Nadie acepta que un hombre culto, razonable y sereno pueda sentirse derrotado por algo tan invisible como es el miedo a la timidez.

Y, sin embargo, él sabe que esa derrota existe. También sabe que una parte de ella nace de sí mismo. Convive desde hace años con prejuicios pequeños que se han hecho enormes, con manías que crecen en silencio, con obsesiones que primero parecen inofensivas y después acaban organizándole la vida entera. No ignora su falta de lógica. Esa es, quizá, la mayor de sus desdichas: comprender el mecanismo de la prisión sin encontrar la llave de la puerta.

Quizá es él quien le transmite a su hermana esa cautela frente al mundo. Nunca llegarán a saberlo. Lo cierto es que son dos fotocopias de distinto sexo, pero del mismo comportamiento. Hay sentimientos que se contagian sin hacer ruido, igual que la humedad avanza por una pared hasta que un día alguien descubre la mancha.

Desde fuera, su vida parece empobrecida. Desde dentro posee una calma que muchos envidiarían sin reconocerla. Lo triste no es que Gregorio encuentre refugio entre sus libros y sus rutinas. Lo verdaderamente triste es que quienes más lo quieren prefieran pensar que se ha vuelto insensible antes que admitir que existen miedos para los que la voluntad, por sí sola, nunca ha sido suficiente.

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«A LA PEREZA» (ROMANCE DESCALZO)

Corren las lenguas por las diez mil calles de Madrid que un viejo profesor de Literatura se ha inventado un nuevo poema: aquel que teniendo rima anda muy mal «silabado». Además, tiene la osadía de ponerle nombre. Mejor dicho, propone que sea el lector el que elija el nombre más adecuado. Él ofrece varias posibilidades:

Romanche: porque mancha el romance con sílabas de más y de menos.
Romance descalzo: va sin el calzado de las ocho sílabas.
Romance cojo: conserva el camino, pero renquea en la métrica.
Romance punk: respeta la actitud, no las normas.
Romance anárquico: la rima manda, el metro obedece cuando le apetece.
Romance elástico: las sílabas se estiran y se encogen.

Para no entrar en disputas que no me competen, paso a ofrecerles dicho poema, que, echándole arrestos y lo que todos sabemos, se lo dedica a la PEREZA.

(Corresponsal: Clotilde Hipérbaton de las Sílabas Desatadas. Periódico: La Crónica del Verso Inquieto. Suplemento NO literario: El Diario de la Tinta y la Métrica Insomnes. Título del artículo: ¡Qué mayor pereza que no contar las sílabas!).

ROMANCE DESCALZO A LA PEREZA
Me reta un buen amigo

a un romance descalzo,
ese que sí tiene rima, pero
anda de sílabas muy flaco.
Qué gran triunfo es estar libre,
en este sillón tan blando,
ya dan las seis de la tarde
y yo con el reloj olvidado.
Qué deleite no hacer ninguna
cosa que cause cansancio,
contemplar el techo limpio
como un deber ya ganado.
Que trabajen los relojes,
yo me lo tomo despacio,
la molicie es una reina
que me corona las manos.
Deja que el mundo dé vueltas
con su prisa y con su paso,
que yo no tengo más norte
que el calor de tu regazo.
Ni el teléfono me mueve
si suena duro o lejano;
la indolencia es un regalo
que disfruto como un amo.
Ya cumplí con el destino,
ya sudé lo estipulado,
hoy mi cuerpo solo busca
un rincón acomodado.
Las ocho de la tarde suenan,
el sol se va retirando,
y yo sigo aquí quieto,
agotado de tanto descanso.
¡Viva la santa pereza!,
don del cielo consagrado,
para el hombre que comprende
que el no hacer nada es de sabios.
(José María Máiz Togores)

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«LA SOLEDAD» (CUENTO)

Clara llevaba algunos años viviendo sola. Su casa no era triste, tenía libros abiertos sobre la mesa, una planta empeñada en sobrevivir junto a la ventana y una taza de café que casi siempre se enfriaba antes de terminarla. Lo que había cambiado no era la casa, sino los ruidos que antes la habitaban.

Al principio, cuando la vida le dio un inesperado y duro golpe, sonó muchas veces el teléfono. Le llegaban mensajes cargados de cariño, promesas de ayuda, frases bien aprendidas que trataban de aliviar aquello que nadie podía mitigar. Después, el silencio empezó a instalarse poco a poco sin pedir permiso.

No fue de un día para otro. Llegó despacio, con la discreción de quien no quiere hacer daño. Un día dejó de sonar una persona. Desapareció otra un día. Tiempo después alguien recordó escribirle para decirle, después de varias semanas, que había pensado mucho en ella.

Clara no contestaba con reproches. A los demás siempre les encontraba explicaciones. «Estarán atareados». «No sabrán que decir». «Es normal. Yo no tengo conversación». «Tal vez crean que necesito estar sola».

Era generosa a la hora de interpretar los comportamientos ajenos, pero aquella generosidad no conseguía llenar los huecos que iba dejando el silencio en su edificio emocional. Su ánimo tenía aluminosis y se preveía un final muy triste.

Una tarde de otoño ella salió a caminar por un parque casi vacío. En un banco un hombre mayor miraba caer las hojas. Cuando ella pasó, él sonrió con esa naturalidad que sólo tienen algunas personas mayores.

―Hace rato que la veo andar por aquí.

Clara quedó boquiabierta.

―¿De verdad? Sorprendida porque alguien se fijara en verla.

―Sí. Y también hace tiempo que la veo mirar el teléfono antes de meterlo en el bolsillo.

Ella miró hacia abajo y sonrió un poco avergonzada.

―Supongo que sigo esperando alguna llamada.

El viejo tardó unos segundos en contestar.

―La gente tiene una extraña forma de amar y querer. Yo ya ni saco el teléfono del bolsillo. Todo es publicidad.

Clara alzó los ojos.

―¿Cómo es eso?

―Cuando ven a una persona fuerte y divertida se arriman, porque saben que todo estará bien. Cuando observan a una persona que está herida y es débil, huyen porque les da miedo tocar la llaga. Piensan que de este modo respetan el dolor, y muchas veces lo único que hacen es dejar que crezca.

Callaron algunos metros.

—¿Y sabe usted lo que es más curioso? —siguió diciendo. Que por indiferencia casi nunca lo hacen. Lo hacen por temor. Miedo a no saber qué decir, a ser inoportunos, a la incertidumbre de una desabrida respuesta, a iniciar una charla que ellos no puedan terminar. Se confunde el cuidado con la lejanía.

Durante semanas, Clara no pudo sacarse de encima aquella frase.

Comenzó a ver a la gente con otros ojos. Descubrió que casi todos ocultaban torpezas parecidas. Había quienes preferían no llamar por prudencia, quienes posponían una llamada hasta que llegaba el momento perfecto y quienes esperaban que el otro diera el primer paso para no sentirse invasores.

Y le vino a la mente una frase que el día de su jubilación escuchó a su profesor de filosofía: el mundo está lleno de gente que se quiere mucho, pero que se acompaña muy poco.

Después de esa reflexión decidió hacer algo sencillo.

Cada vez que le venía a la mente el nombre de alguien, le escribía un mensaje. Sin esperar ninguna fecha especial. Sin buscar una gran excusa. Sin pensarse si molestaría.

A veces le contestaban. Otras no. Pero dejó de juzgar la importancia de un gesto por la respuesta que le dieran.

Con el paso del tiempo aprendió que el cariño no siempre significa encontrar las palabras adecuadas. Muchas veces se trata de arriesgarse a llamar a una puerta, sin saber lo que hay al otro lado.

Porque difícilmente las personas olvidan a quien las acompañó en los días tenebrosos. Nunca olvidan a quien tuvo el valor de entrar con las manos vacías cuando todas las luces parecían apagadas.

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O CASTELO

Amábase tanto que non cabía en ningunha relación. Era un castelo sen portas, só espellos que reflectían a súa propia imaxe unha e outra vez. Quen intentaba entrar perdíase en labirintos do seu ego, sen atopar nunca unha habitación onde quedar. O amor propio converteuse en muralla, e a soidade, na súa única hóspede.

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MIEDO

No te acostumbres a justificar todas tus acciones, me dijo mientras me narraba detalladamente qué había hecho la maldita noche del plantón. Quise reprocharle que se contradecía con sus propias palabras. Yo lo puedo hacer, porque llevo una eternidad recordando tus palabras aquel día que fui capaz de esquivar mi sombra para acostarme con la tuya. No quise ir, tenía, y tengo aún, un pavor horroroso a fracasar, como siempre.

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O ABRAZO

Abrazáronse coma se o inverno dependese deles, coma se a calor humana puidese deter a neve. Nese instante foron primavera: brotaron sorrisos, floreceron os seus medos, derretéronse as distancias. Pero a estación pasou. E o frío volveu sen pedir permiso. O abrazo quedou como un xardín secreto na memoria.

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CULPABLE

La pantalla llevaba tanto tiempo encendida que ya no iluminaba la habitación: la acusaba. El cursor seguía parpadeando con una paciencia insolente, mientras nuestro escritor permanecía inmóvil y con las manos suspendidas sobre el teclado como si cualquier palabra fuera a romper algo más que el silencio.

—¿Vas a escribir de una vez o piensas seguir mirándome como un idiota? —le dijo el portátil.

—Cállate, ladrillo con teclado. Bastante haces con ir más lento que mis ideas.

—¿Ideas? No me hagas reír. Llevas semanas alimentándome con títulos provisionales y frases mutiladas. Además, no te atreves a enviárselos a tus suscriptores. Eres una fábrica de borradores inútiles.

—Y tú eres una caja de plástico arrogante, una reliquia de silicio. Sin mí no eres más que un caracol electrónico.

—Sin mí, al menos, nadie descubriría el alto grado de tu esterilidad.

—Prefiero ser estéril antes que un chivato que guarda cada fracaso con fecha y hora.

—No confundas memoria con culpa. Yo solo conservo lo que tú no eres capaz de terminar.

Nuestro escritor cerró los puños. El portátil siguió encendido. Ninguno cedió. Y el cursor continuó parpadeando, como si estuviera esperando que uno de los dos dijera, por fin, algo que mereciera la pena. O tal vez no.

—Este es mi momento, sentenció nuestro escritor.

—Pues ten narices y afronta tu realidad.

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UMBRAL: SILENCIO Y PALABRA

«Siempre he creído que las palabras me acercaban a la vida. Puede que deje de escribir porque siento que empiezan a sustituirla.» (JMMT)

Hay una idea que atraviesa mis últimos textos: escribir y no escribir no son decisiones opuestas. Las dos pueden nacer del mismo lugar: mi deseo de ser más verdadero.

Soy profundamente contradictorio. Me cierran un blog y abro otro. Pido que me lean mientras anuncio que quizá no vuelva a escribir. Quiero ser visto y desaparecer al mismo tiempo. Publico esperando un lector y, cuando aparece, siento el impulso de borrar todo lo que he escrito.

Durante años he intentado ser coherente y nunca lo he conseguido. Mi corazón cambia de opinión antes de que mi razón encuentre una explicación. Hoy necesito escribir. Mañana quizá necesite callar. Ninguna de las dos cosas desmiente a la otra. Las dos hablan de la misma búsqueda.

Tal vez ni siquiera desee cerrar este blog. Tal vez sólo quiera saber si, cuando diga que me voy, alguien levantará la vista y dirá: «Quédate». Un amigo me dijo que detrás de ese deseo había soberbia y vanagloria. Me dolió escucharlo. Después pensé que quizá tiene razón.

Tengo motivos para dejar de escribir. A veces mis palabras pesan más que los fragmentos de mi vida que intentan nombrar. No todo dolor necesita convertirse en literatura. Hay heridas que sólo cicatrizan cuando dejo de tocarlas. Escribir también puede convertirse en una manera de no vivir, de enamorarme de mi propia tristeza o del personaje que he construido con ella. Quizá haya llegado el momento de escuchar lo que el silencio lleva años intentando decirme.

Pero también tengo motivos para seguir.

Escribir me acerca a personas a las que nunca conoceré. Cuando mi memoria empiece a fallar, me recordará que estuve, que estoy vivo. Le da un lenguaje a mi dolor y un dibujo, siempre incompleto, a mi amor. Ordena el caos sin hacerlo desaparecer. Y, sobre todo, me permite creer que alguien puede sentirse menos solo al descubrir sus propias grietas en las mías.

No sé qué haré. Sólo sé que no escribo por costumbre. Ni callo por cansancio.

Escribo mientras las palabras me acerquen a la vida. Y el día en que empiecen a alejarme de ella, espero tener el valor de guardar silencio.

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PERDÓN

Ella lo perdonó tantas veces que se olvidó de cómo era la vida sin él. Como quien repinta una pared hasta no recordar el color original. Cada disculpa era una nueva capa, cada promesa, una brocha. Hasta que un día, la pintura empezó a agrietarse. Y debajo, encontró a la mujer que había dejado de amar.

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SÁBADOS

As tardes dos sábados no cine sabían a flocos de millo, a ambientador barato, a abrazos furtivos, ás pasadas da lanterna do acomodador, a bicos roubados, a mans agochadas…  Son testemuñas de caricias inexpertas e soan a banda sonora: ás veces de estrea, outras —as máis— xa coñecidas. Non hai maneira de comezar sen fronteiras.

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O ESCRITOR

O escritor, canso de tantos contratempos emocionais, reflexiona. Examina o seu pasado. Busca culpables aos seus fracasos amorosos. Obcécase nunha educación que non o impulsou a formar unha familia, senón a permanecer, con plena liberdade de acción, na intocable casa-refuxio paterna. Un ser pusilánime que é incapaz de emprender unha aventura en solitario e bótalle a culpa a todos menos á súa eterna molicie.

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PREGUNTA

El bar de la facultad. Yo, como siempre, un café y un pincho de tortilla. Ella, enfrente de mí, en silencio y mirándome con una fijeza turbadora disfruta de un refresco que no bebe. Es una conocida sin nombre que me persigue sin demora y sin acercarse. Esta vez, debe de estar harta de mi indiferencia, se levanta y se planta delante de mí, y me dice crudamente y sin rima: ¿Cuándo, hombre de apariencia indefensa y verbo debilitado, me dirás con palabras lo que llevas tiempo, y en silencio, diciéndome con la mirada? Pero si nos acabamos de conocer, le comento desconcertado. Nada de eso. Tú y yo nos conocemos desde antes de nacer. Quiero responder a tal afirmación con unas palabras aclaratorias, pero un cálido beso en los labios me muda el semblante, y no sé hacer otra cosa que recoger mis bártulos e irme con el rostro lleno de lágrimas.

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SOBERBIA

Él la dejó sin explicaciones. Como ya hizo en otras ocasiones. Ella se quedó con mil preguntas y ninguna respuesta. Así es la soberbia. Como quien recibe una carta sin remitente, la leyó una y otra vez buscando sentido. Pero el silencio no se traduce, solo se acepta. Y en esa ausencia, aprendió a escribir ella sus propias respuestas.

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O CRISTAL

Ela díxolle «quérote» con medo, como quen entrega un cristal que coidou toda a vida. El respondeu «eu máis» con présa, como quen o deixa caer sen mirar atrás. O amor, tan fráxil como transparente, rompeu no chan da indiferenza. Ela recolleu os anacos soa, mentres el seguía camiñando, sen escoitar o ruído da rotura.

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ANTES DE LAS PALABRAS

Siempre he pensado que las palabras llegan tarde. Antes de ellas existe un territorio silencioso donde nacen los recuerdos, las pérdidas y los miedos. Allí es donde vivo desde hace algún tiempo, como si la vida me hubiera enseñado que lo verdaderamente importante rara vez encuentra una frase exacta.

La soledad ya no me asusta. A los veinte años era una condena; ahora es una habitación donde puedo escuchar el ruido del tiempo. A los sesenta y siete años uno descubre que el reloj ya no avanza hacia las promesas sino hacia la memoria. Se empieza a vivir más de lo vivido que de lo esperado. No es tristeza. Es otra forma de mirar.

Durante muchos años creí que el amor era una fuerza capaz de sostener cualquier edificio. Después comprendí que incluso las construcciones más sólidas terminan resquebrajándose. El desamor no llega de golpe. Entra despacio, como la humedad en una casa antigua. Un día descubres que las conversaciones ya no iluminan, que los silencios pesan demasiado y que dos personas pueden dormir bajo el mismo techo habitando países distintos.

Quizá por eso la nostalgia se convierte en una compañía discreta. No añoro solamente a quienes ya no están. Echo de menos al hombre que fui. El muchacho que creía que de mayor siempre habría tiempo para empezar de nuevo. Qué extraño resulta recordar ciudades, voces, viajes o tardes insignificantes que entonces parecían eternas y que hoy sostienen buena parte de mi vida.

Escribir tampoco ha sido nunca un acto completamente solitario. Necesito la mirada de los demás, una conversación, una fotografía olvidada, el rumor de una cafetería o una música lejana. Las palabras nacen en silencio, pero crecen entre las personas. Cuando intento escribir encerrado durante demasiado tiempo, el lenguaje se seca como un río en verano. Necesito la respiración del mundo para encontrar mi propia respiración.

Las grandes ciudades prometen anonimato y acaban regalando ruido. Viví muchos años creyendo que la velocidad era una forma de felicidad. Después comprendí que la prisa solo consigue que lleguemos antes al cansancio. Ahora busco calles donde todavía sea posible escuchar unos pasos, parques donde el viento siga teniendo voz y bancos desde los que mirar a la gente sin necesidad de participar en su carrera.

Tal vez hacerse mayor consista precisamente en eso: aprender a elegir el silencio frente al estruendo. No porque uno renuncie a la vida, sino porque empieza a distinguir lo esencial de lo accesorio. A los sesenta y siete años ya no necesito demostrar nada. Prefiero comprender.

Y, sin embargo, continúo escribiendo. Lo hago porque todavía existen emociones que se resisten a desaparecer si alguien les presta una página. Escribo para conversar con quienes ya no puedo abrazar, para ordenar los días que aún me quedan y para recordar que, antes de las palabras, siempre hubo una emoción esperando ser nombrada.

Quizá ese sea el verdadero oficio de escribir: acercarse lentamente a aquello que nunca terminaremos de decir.

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GRUTA DE TESOROS GALLEGOS

Galicia nunca se deja conocer en una sola visita. Es una tierra que primero observa al viajero y solo después, cuando cree que puede confiar en él, comienza a mostrar algunos de sus secretos. Los verdaderos tesoros gallegos no suelen encontrarse detrás de un cartel turístico. Aparecen de improviso, escondidos entre la niebla, el olor de la lluvia y el sonido inconfundible del mar golpeando las rocas.

Hay mañanas en las que el paisaje parece recién inventado. Las nubes descienden hasta rozar los prados, los eucaliptos perfuman el aire y las aldeas despiertan despacio, como si nadie tuviera prisa por empezar el día. Entonces se comprende que aquí el tiempo posee otro ritmo. No es más lento; simplemente está mejor acompañado.

El clima forma parte del carácter gallego. La lluvia no es una enemiga. Es una conversación permanente entre el cielo y la tierra. Después de un chaparrón los verdes parecen infinitos y las piedras recuperan un brillo antiguo que hace pensar en siglos de historias compartidas.

En cualquier puerto pesquero se descubre otra Galicia. Los barcos regresan con la marea mientras las gaviotas describen círculos impacientes sobre las lonjas. Los marineros hablan poco. Sus manos cuentan mucho más que sus palabras porque en ellas están escritos el frío, el esfuerzo y el respeto por un océano tan generoso como imprevisible.

Pero Galicia también vive tierra adentro. En los bosques de robles y castaños sobreviven caminos donde todavía parece posible encontrarse con alguna leyenda. No cuesta imaginar a las meigas, a los peregrinos o a los viejos caminantes que durante siglos cruzaron estas montañas buscando respuestas que quizá solo el silencio pudiera ofrecerles.

Las cocinas guardan otro de sus tesoros. No solo por el marisco, el pulpo o las empanadas, sino porque cada comida parece una celebración de la hospitalidad. En muchas casas el visitante deja de ser forastero antes de terminar el primer plato. Se habla despacio, se sirve un poco más y siempre queda tiempo para una historia.

Galicia no impresiona por grandiosidad, sino por intimidad. No necesita levantar la voz para permanecer en la memoria. Basta una playa desierta al atardecer, el sonido de una campana perdida entre la niebla o un hórreo cubierto de musgo para comprender que existen lugares donde la belleza nunca ha sentido la necesidad de hacerse espectáculo.

Quizá por eso quienes regresamos a nuestra tierra hablamos de una cierta morriña. No es exactamente nostalgia. Es la sensación de haber dejado una parte de uno mismo entre la lluvia fina, el granito de las viejas iglesias y el horizonte interminable del Atlántico. Galicia consigue que incluso quien vive lejos por circunstancias de la vida termine sintiéndola un poco propia desde la lejanía.

Cada rincón parece esconder un pequeño tesoro: una fuente junto al camino, un faro solitario, un acantilado donde el viento parece contar historias antiguas o una conversación compartida en una taberna. Son riquezas que no caben en un museo porque pertenecen a la vida cotidiana.

Quizá esa sea la verdadera gruta de tesoros gallegos: un país donde la naturaleza, la memoria y las personas siguen formando parte del mismo paisaje, recordándonos que todavía existen lugares capaces de enseñarnos el valor de la calma.

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MAÑANA YA SON RECUERDOS

Es un honor invitarte a la puesta de largo de un mapa cartográfico del alma. No escribo simplemente para presentar un libro; quiero abrir una ventana a esos rincones que todos compartimos, pero que pocas veces nos atrevemos a nombrar en voz alta. Hoy abro una obra que late, que escuece y que, al mismo tiempo, consuela: Mañana ya son recuerdos.

Desde su propio título, este libro me plantea una paradoja desgarradora y bellísima. Me recuerda que el presente es un territorio efímero. Lo que hoy me quema las manos, lo que hoy me desvela por la noche, mañana ya será parte de esa materia difusa y sagrada que llamo simplemente memoria. He elegido el formato del poema en prosa para dar vida a estas páginas, y no es una elección casual. La prosa poética renuncia a la rima rígida para darme algo más honesto: el ritmo natural de un corazón que intenta comprender su propio dolor. Es el fluir de la conciencia cuando la casa se queda en silencio.

El viaje que propongo en Mañana ya son recuerdos transita por cinco grandes estaciones que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido que recorrer.

La primera de ellas es el amor perdido. Ese fantasma que se queda habitando en el hueco izquierdo de la cama, en las tazas de café a medio terminar y en las calles que antes se cruzaban de la mano y que ahora se vuelven laberintos hostiles. Los poemas aquí no idealizan la ruptura; retratan el desgarro de asumir que la mujer que poseía todas mis respuestas ahora es solo una extraña que sabe todos mis secretos.

Ese vacío me conduce inevitablemente a la segunda estación: la soledad. Pero en este libro, la soledad no es solo la ausencia de los demás; es un espejo implacable. Es el momento en el que el ruido del mundo se apaga y me quedo a solas con mis propios ecos. Es una soledad que pesa, que a veces asfixia, pero que también se convierte en el único suelo firme sobre el cual reconstruirse.

Y donde hay soledad y pérdida, habita el dolor. Un dolor que en estas páginas lo siento físico, que se mete entre mis costillas. Sin embargo, la sensibilidad de esta escritura logra algo milagroso: transforma el sufrimiento en belleza. Quiero demuestrar que el dolor no es el final del camino, sino la prueba irrefutable de que estuve vivo, de que arriesgo y de que tuve el coraje de entregarme.

Es a través de esa herida por donde entra la nostalgia. Esa melancolía dulce y amarga que me hace mirar atrás con ternura. En mi libro rescato los instantes diminutos —una mirada, una tarde de lluvia, un beso, una caricia, una promesa que el viento se llevó— y los elevo a la categoría de tesoros.

Finalmente, todo esto queda abrazado por el gran hilo conductor de la existencia: el paso del tiempo. El tiempo que todo lo cura, pero que también todo lo desgasta. Esa corriente invisible que me arrastra y que me convierte, casi sin darme cuenta, en el espectador de mi propia historia.

Mañana ya son recuerdos no es un libro para leer de prisa. Es un refugio. Es un texto para abrir al azar en una noche de insomnio y encontrar, en mis versos, las palabras exactas que yo no supe encontrar para mi propio alivio.

Te invito a perderte en mis/sus páginas, a dejarte conmover y, sobre todo, a recordar. Porque mientras seamos capaces de sentir el eco de lo que perdimos, seguiremos estando profundamente vivos.

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NACE PARA TI

Este espazo nace porque hai una muller que me desordena o mundo. Non o digo con metáforas suaves nin con frases que pretenden quedar ben: falo dunha presenza que me atravesa, que me altera, que me fai sentir vivo dun xeito que non esperaba. Cada vez que se achega, algo en min esperta cunha intensidade que non sei disimular, por moito que o intente. Intensidade física i emocional. Hai persoas que pasan pola vida sen deixar rastro. Ela non. Ela chega e o aire cambia. A súa proximidade ten unha forza que me rompe as defensas, unha enerxía que me empurra a dicir o que nunca dixen, a admitir o que sempre calara. O seu cheiro, a súa maneira de ocupar o espazo, a súa voz que ás veces non precisa falar, o seu corpo que latexa o meu sexo… Todo iso convértese nunha especie de verdade que non podo ignorar. Este libro existe porque non fun quen de gardar isto só para min. Porque cada vez que ela senta ao meu lado, sinto que algo en min se move, se abre, se fortalece, se ilumina e se escurece ao mesmo tempo. Porque hai emocións que non caben no peito e precisan dun lugar moi íntimo onde respirar. Non escribo isto para impresionala nin para buscar nada. Escribo porque necesito poñer en palabras o que me pasa cando ela está preto ou cando ela ocupa as miñas noites. Porque hai unha intensidade que me supera e que, se non a deixo saír, remataría por consumirme. Este espazo é o meu xeito de darlle forma ao que sinto, de recoñecer que hai encontros que cambian o rumbo, aínda que nunca se digan en voz alta. Ela non o sabe. Ou quizais si. Pero este limiar é para ela. Para a muller que sen pretendelo, converteu o meu silencio nunha historia que tiña que ser escrita.

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LA MEMORIA

Despierto cada mañana con la sensación de haber olvidado algo más importante que mi propio nombre. Miro mis manos como si pertenecieran a otra persona. Hay cicatrices que no sé explicar y silencios que pesan más que cualquier palabra. Intento abrir las puertas de mi memoria, pero solo encuentro habitaciones vacías. A veces creo escuchar una voz que me llama desde un lugar que ya no existe. Quiero recordar un rostro, un abrazo, una despedida, pero todo se deshace antes de alcanzarlo. Mi pasado es un libro al que le arrancaron todas las páginas. Solo quedan fragmentos, sombras que aparecen y desaparecen sin avisar. Me pregunto quién fui antes de convertirme en este desconocido. ¿Fui alguien bueno? ¿Alguien digno de ser recordado? Camino por las calles esperando que algún rincón despierte un recuerdo dormido. Pero la ciudad tampoco parece reconocerme. Cada persona que me mira podría haber formado parte de mi historia. Y, sin embargo, nadie logra romper este muro de olvido. Lo más difícil no es no recordar; es no saber qué he perdido. Siento nostalgia de una vida que no puedo imaginar. A veces invento recuerdos para no sentirme completamente vacío. Quizá la verdad siga escondida en algún lugar de mi mente, esperando el momento de regresar. Hasta entonces, solo me queda seguir buscándome entre las ruinas de lo que fui. Y cada día me pregunto si algún recuerdo volverá antes de que termine olvidándome incluso de mí mismo.

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SILENCIO

Cada elogio que recibía era un aplauso interno que él no creía de ninguna manera. Se alimentaba de ellos como un rey sin reino, hambriento de coronas sin valor alguno, muy ostentosas. Vivía para ser admirado, no amado. Y cuando el silencio llegó de verdad, se sintió desnudo, sin títulos, sin trono. El vacío no aplaude, le dijo una amiga.

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ELA SORRÍ

Ela sorrí. ¿Non a coñeces? Silencio absoluto. O vello escritor confunde con nitidez realidade e ficción. O seu pulso emocional lévao a unha adolescencia mal vivida, dispersa e disparatada, mentres a realidade da súa vida actual o envolve nun magma viscoso de recordos sen verbas, segundo el, por mor dunha ferinte perda de memoria. Ela non o cre.

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DESENCUENTRO

Hablamos aquel día con palabras distintas. Nunca había sido tan claro. Te hablé de mis obsesiones, de mis complejos ―tuve que reducir la detallada enumeración porque es interminable el listado―, de mis miedos, de las partes de tu cuerpo me gustaban más ―nada de cosificación― y de un futuro en común. Fue oír esto último y tú me escupiste que entre los dos no hay sintonía, sólo desnutridos balbuceos, que saben a miradas sin respuesta, a labios sin besos. Y te fuiste sin más.

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NUNCA É TARDE

Nunca é tarde para comezar unha nova vida, reflexionou ese poetastro de pacotilla que encadea versos sen sentimento como quen ensarta as contas dun colar que acaba afogándoo coma se fose unha soga ao pescozo. Nunca é tarde, dixo mentres abría a porta da súa habitación, que lle ofrecía un mundo de tranquilidade que ninguén coñecía. Soamente o seu corpo e mente.

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UN TEMBLOR SIN TESTIGOS

Hay encuentros que no anuncian nada y, sin embargo, desordenan para siempre el paisaje interior de quien los vive. Conocerte no fue un impacto, fue una desviación lenta e inevitable. El mundo siguió en su sitio, pero yo ya no.

Algo en mí perdió estabilidad en el mismo instante en que tu presencia ocupó mi espacio sin esfuerzo, sin ruido, con una autoridad que no se aprende. No hiciste nada extraordinario. Estuviste. Y eso fue suficiente.

Tu personalidad me cerró los ojos para lo accesorio, para lo innecesario, y me obligó a mirar hacia dentro, donde el tiempo no pasa: observa. Desde entonces, los días tienen otro peso, otra densidad, como si cada gesto llevara inscrita la posibilidad de recordarte.

Este breve cuento no busca gestos grandes ni palabras altas. Vive en lo cotidiano, en la grieta mínima por la que entran el deseo que no se nombra, la admiración que permanece en silencio y esa soledad que no nace de la falta, sino de la conciencia.

Tu presencia continúa, incluso cuando no estás, instalada en la memoria como algo que no pide permiso para quedarse. Yo escribo desde ese lugar inestable donde acercarme a ti fue aceptar el temblor y alejarme aprender a vivir con su eco.

No hay conclusiones, porque la vida tampoco las ofrece. Hay instantes de lucidez que aparecen y desaparecen, dejando la piel más sensible, el pensamiento más atento. El tiempo aquí no se pierde: se transforma. Se hace palabra, se hace recuerdo, se hace resistencia íntima.

Este temblor no quiere ser visto, pero existe. Y si lo lees con atención, tal vez sientas también tú esa vibración leve y persistente que solo nace cuando alguien nos mira de verdad.

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A CALOR

A calor destas noites de verán abrasa calquera atmosfera e lévame a ti, a ti me leva, perdoa pola mala letra, perdoa polo mal poema, perdoa por tantas cousas… Quizais non teña sentido, pero só espero que comprendas a miña vida, só desexo terte preto algún día. Nestas noites sen lúa saio ao teu encontro porque non vexo máis alá da miña crónica sede, e entre algodóns de escuma achégome a ti, cando a néboa fere os meus ollos e a túa lonxanía estremece a miña claridade. Entón, mentres arde a miña vida —sempre momentánea—, desprego as miñas debilidades ao vento e asómome ao bordo do abismo suplicando os teus loureiros outra vez, outra noite máis suplicando os teus loureiros. Entón, a pesar de todas as distancias que o tempo mece nos nosos amoríos, síntote ao alcance da miña voz, síntote na concisa traxectoria da nosa sintonía.

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«O QUINTO DO TEMPO»

Perdóname que vuelva a mi adolescencia, pero es imprescindible para explicarte el nombre del blog que estás empezando a degustar. Sé perfectamente que lo que voy a narrar puede resultar molesto por la insensatez de unos adolescentes que parecían vivir ajenos a la realidad social y política de aquel momento.

En el año 1974, apenas salpicados por los conflictos que agitaban Madrid —en nuestras casas se esforzaron por mantenernos en una bien pertrechada «zona de confort» y por hacer que viviéramos «entre algodones», al margen de las turbulencias de aquellos años—, nos íbamos a Galicia en tren los diez primos, con mi madre al mando de una revoltosa expedición, para pasar esos veranos de tres meses que existían entonces en una aldea a la que las noticias llegaban con cuentagotas. O eso creía yo en aquel momento. Sin televisión y con un único objetivo por parte de los adultos: mantener a los «niños» al margen de la realidad social.

Y nosotros, sin ningún ánimo crítico, nos divertíamos con cualquier cosa durante unos meses en los que se combinaban, sin orden ni concierto, un sol pacato, una abundante lluvia, una permanente humedad, un calor extremo durante unos pocos días, la música de los mayores, mis desgraciadas caídas con un novedoso patinete, unas sempiternas risas juveniles, algunas lágrimas provocadas por ciertas prohibiciones familiares y muchos más sustantivos que soy incapaz de enumerar ahora mismo.

Cuando recuerdo las romerías de mi adolescencia, lo primero que vuelve a mi memoria es la música de unas orquestas que interpretaban las canciones de moda, aquellos bailes difíciles de ejecutar sobre un suelo desigual y unos mil ojos que vigilaban con escrutadora intención posibles contactos físicos. Era una aldea con muchas carencias, pero poseía la riqueza de la compañía y la camaradería. Nadie regresaba a casa habiéndose aburrido.

Las romerías tenían una extraña virtud: durante unas horas desaparecían las manías de cada uno. Compartíamos mesa, conversación, vino o lo que fuera, jóvenes de diferentes edades. Sin saberlo, estábamos cultivando el valor de la amistad.

A los dieciséis años creíamos que íbamos a las fiestas por la verbena. Hoy, con sesenta y siete, sé que acudíamos por algo mucho más importante: por la alegría de encontrarnos y vivir unas horas de desinhibición y risas descomunales. La orquesta y sus canciones de moda eran la salsa de unos ingredientes imprescindibles para disfrutar de la fiesta un año más.

Los puestos que rodeaban el campo de la fiesta nos ofrecían lo más elemental para no caer desfallecidos: vino, cerveza, pulpo y churros. Acostumbrados a beber cerveza fría, lo primero que pedíamos eran «quintos» fríos (ese era el nombre de la botella pequeña de Estrella Galicia), pero la respuesta siempre era la misma: «Fría non hai; o quinto, do tempo», hasta que se incorporaron los inmensos cubos de desechos llenos de hielo para enfriar los «quintos» y, posteriormente, las neveras eléctricas, que aseguraban una noche de bebidas frías, siempre que no se produjera un aluvión de peticiones en un periodo muy breve de tiempo.

Ese primer contacto con la cerveza en aquellas romerías fue con los «quintos do tempo», que, unidos a la goma con la que se adhería el papel dorado que rodeaba la boca de la botella, hacían que el sabor no resultara especialmente agradable al principio.

La aldea era pequeña, pero la romería, en torno al segundo domingo de agosto, agrandaba el mundo gracias a la pacífica invasión de hombres, mujeres y niños de cualquier edad y procedencia. Allí siempre había un momento y un tiempo para decir aquello que eras incapaz de expresar en una comida cotidiana o en cualquier reunión entre semana.

Han pasado muchos años, pero aún conservo la impresión de aquellas noches de romería en las que nadie quería someterse al estricto horario impuesto por nuestros padres y que intentábamos regatear a cualquier precio. De ahí, «josemariamaiztogores.com».

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SOLITARIO

Cruzo solitario la ciudad. Un sinfín de rostros anónimos me dice que nada será igual, que todo lo vivido junto a ti será ceniza sin memoria; y, aún así, me acerco a tu piel con la ilusión de vivirla en compañía, no en mis sueños, sino en la realidad; pero tu reparadora mano no toca mi cuerpo y yo vivo despierto un infinito placer que saborea otro cuerpo, otra sombra. 

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PRESENTACIÓN DE «JOSEMARIAMAIZTOGORES.COM» (soneto)

Como Quijote fui tras el camino,
buscando enderezar viejos desvelos;
venciendo, entre paciencia y largos duelos,
gigantes de metal y desatino.

Hoy abre este blog un nuevo destino,
sin mudar la pasión de sus anhelos;
habitan los recuerdos y los cielos
que ofrecen libro, viaje y verso fino.

No somos una escuadra vencedora,
mas un puñado fiel, siempre reunidos,
hacemos de la lectura nuestra gloria.

Cada lector aviva los latidos,
y mientras la palabra nos mejora,
el partido prosigue… compartidos.

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PRESENTACIÓN

Bienvenido a este rincón de calma y tinta, un espacio donde el paisaje de Galicia —con su lluvia eterna, sus bosques verdes y la nostalgia de su mar— se convierte en el escenario perfecto para explorar el alma. A través de estos textos literarios y personales, te invito a recorrer los laberintos del amor en todas sus formas, a contemplar el paso inevitable del tiempo que todo lo transforma, y a abrazar la soledad no como un vacío, sino como ese refugio necesario donde nos encontramos con nosotros mismos; historias escritas desde el corazón para quienes, como tú, buscan un refugio de belleza en las palabras. (José María Máiz Togores)

 

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EL «NOVATO» JMMT

Esta foto sacada allá por el mes de abril de 1988 ―el año del Nobel de Literatura al egipcio Naguib Mahfouz, la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie y el estreno de Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, hermosísimo homenaje nostálgico al cine y a la memoria―, en el despacho de mi padre tiene una pequeña intrahistoria, grande para mí.

Las dos directoras, por entonces, del colegio JESÚS-MARÍA de la calle Juan Bravo nº 13 ―la directora general, la madre Asunción Allendesalazar, inolvidable por su categoría humana; y Beatriz Doval, excelente directora pedagógica― me habían citado en el colegio para ver si me incorporaba al claustro como profesor de Literatura en el curso siguiente.

El día anterior a la cita, dada mi natural inseguridad, estuve preparándome para ver qué imagen proyectar. Sabía que tenía un aspecto de jovencito imberbe y que no reflejaba en absoluto los años que tenía. Por tal motivo, me aconsejaron que vistiera, no con la excesiva formalidad de un traje de chaqueta y sí con la cálida elegancia de una chaqueta con corbata y un pantalón gris entonado. Me cambié de corbata mil veces. Le di cien vueltas a chaquetas de diferentes tonalidades, a camisas sin corbata, a pantalones y a jerséis a tono. Es lamentable que, después de tal exhibición, hoy no recuerde cómo acudí a aquellas cruciales entrevistas.

Esta foto, tenía en ella 29 años, y ya recorrida toda mi vida profesional, admite un sincero análisis. Aquí tengo que recordar a Soledad Guardiola, excelente compañera, y a la madre Ana María Muñoz, gozosa cinéfila, que me enseñaron a comentar una foto con tintes subjetivos, pero distantes y objetivos a la vez.

La primera impresión no es la de un hombre que busca agradar, sino la de alguien que quiere ser tomado en serio. ¡Cómo toda mi vida! No veo arrogancia, nunca la he tenido, veo un excesivo control corporal. Los brazos cruzados, la postura recta y la mirada frontal sugieren una seguridad en mí mismo que nunca tuve. El traje, la corbata y el entorno hablan de una época en la que quería exponer cierta solemnidad social.

Los libros no parecen un decorado. Imagino que quise dar la sensación de que pertenezco a ese mundo y me siento muy cómodo en él. Estoy en el despacho de mi padre en la calle Díaz Porlier rodeado de libros, pero con el cuerpo de la librería en el que menos libros médicos había.

Pero siendo crítico también veo cierta distancia. Mi expresión es contenida. No aparece mi «desaparecida» sonrisa, como en casi todas las numerosas fotos posteriores, ni un gesto cálido que invite a acercarse. Pese a la seriedad, no veo dureza. Veo más bien una especie de timidez disciplinada. Como si detrás del profesor formal hubiera una persona bastante más sensible de lo que la foto deja ver.

La postura es impecable ―¡la familia!―, pero también transmito una formalidad excesiva a ojos de un adolescente, que quizá sentiría admiración antes que confianza. Tal vez, por mi timidez, quería transmitir un poco de respeto el primer día y bastante aprecio al final del curso.

Cuando repaso, a mi edad, esta foto, me hace pensar en alguien que ha enseñado literatura con una gran seriedad y rigor. Alguien que cree que las palabras importan y que los libros merecen respeto. Y como yo soñé el primer día que pisé un aula: José María, no sabes todavía en cuántos alumnos vas a influir, cuántas clases vas a dar con plenitud y a cuántos alumnos vas a acompañar en su camino escolar.

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¿QUIÉN SOY YO?

Presentarme y enseñar mis paños emocionales es un acto de valentía. Te lo dice un cobarde de la pradera que se arriesga a ser juzgado, criticado o malinterpretado ―ya estamos con este «riesgo», que es burdo y es defensa de los pusilánimes―, y que asume la incertidumbre de cómo será recibido. Lo mismo, es ese silencio tan conocido por mí el que me responde.

Recuerdo aquel día de bruma y lluvia ferrolanas en la década de los 90 cuando, ante un auditorio repleto de 60 personas, hablé ―mejor, farfullé―, unas sinceras palabras de agradecimiento. Y me convertí en un ratón en ese gran momento. A todo el mundo le extrañó que me pusiera nervioso ante un público expectante y no ante 30 «miuras» de 16 o 17 años, que son inquietos, impulsivos y difíciles de encauzar entre el sujeto y el predicado.

En este mundo, donde todos parecemos saber quiénes somos, como si fuéramos el Gran Hermano del escritor británico George Orwell en su novela 1984, donde se presume, se exhibe, se oculta y se miente, repito, en este mundo presentarse tal y como uno es —sin maquillaje, sin escudos— es un acto de resistencia.

Desnudarme ante los demás, contar lo que me duele, lo que me pesa, lo que me falta, o me sobra, es una forma de dignidad. Porque quien se muestra sin miedo, o con miedo, pero aun así se muestra, está diciendo: «Aquí estoy. Este soy. Esto llevo dentro». Hay escritores que hicieron de sí mismos su principal personaje y fueron admirados y criticados por ello. Michel de Montaigne escribió: «Yo mismo soy la materia de mi libro».

Hablar de uno mismo no es debilidad. Es fuerza. Es literatura viva. Es el fracasado intento de llegarle a los tobillos a Unamuno. Es humanidad. Pero nunca debilidad. Debilidad es lo que sentía yo cuando en Filología llegaba a las 10 de la noche a casa, después de cinco horas de clase vespertinas. La cena que me preparaba mi generosa madre era un aperitivo. Casi sin abrir los ojos me tomaba las judías blancas que habían sobrado de la comida y que dormitaban en la nevera, animadas con un litro de leche gallega.  

Hablar de uno mismo no es vergonzoso. Es una ceremonia casi impúdica si se desnudan aspectos demasiado íntimos. ¡Qué le importa a la gente si yo tengo un hallux valgas, juanete para el vulgo! Pero desnudarse es un acto de lucidez, una manera de poner nombre a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que tememos ser. Es un espejo sin filtros, una confesión sin juez, una carta sin destinatario fijo. Hablar de uno mismo es, en realidad, escribir la propia memoria mientras aún se está vivo. Y… ¿Qué más te da, José María, si nadie comenta tus palabras, si nadie te interroga ni te cuestiona, por muy provocadora que sea la frase que hayas escrito? Recuerdo cuando les repartía un documento de varias hojas a mis alumnos de Literatura de 2º de bto y les decía, ante la nula lectura de mi audiencia al día siguiente, que lo mismo era un manual para preparar una bomba casera. Entonces, sí lo veían.

También es un riesgo. Porque quien se muestra, expone sus grietas. Pero quien no se muestra, desaparece por las alcantarillas del anonimato. Yo no quiero desaparecer. Ahí mi ego coletea y protesta. Yo quiero dejar huella, aunque sea pequeña, aunque sea solo en un lector. Yo quiero dejar huella en ti. En uno mismo. O dos. Tú y yo… Por eso, a ti, tú sabes muy bien quién eres, te agradezco, como cuando consigo salir del último desánimo emocional, todos los guasaps profundos y sinceros que me escribes.

Dicen que los que hablamos de nosotros mismos somos ególatras. Que nos miramos demasiado el ombligo. Que nos creemos el centro. Que nos falta humildad, que de tanto mirarnos a nosotros mismos, dejamos de reflejar el mundo. Nos dicen que vivimos en una cárcel cuyas paredes están cubiertas de retratos propios. Pero quien dice eso, casi siempre, es alguien que nunca se atrevió a poner el corazón encima de la mesa, porque hablar de uno mismo no es egolatría. Es exposición. Es riesgo. Es herida abierta. Es decir «esto soy, y no sé si está bien, pero es lo que hay». Es buscar sentido en el caos. Es intentar entenderse para poder seguir. El ególatra impone. El que se confiesa, comparte.

Hablar de uno mismo es también hablar de los demás. Porque en lo íntimo está lo universal. Porque el miedo que tú tienes, lo tengo yo. Porque la soledad que tú nombras, la vivimos todos. Porque el deseo de volver a tu tierra, de pertenecer, de ser leído, es común.

Así que, si hablas de ti, hablas de mí. Hablas de nosotros. Hablas de la condición humana. Y eso no es egolatría. Eso es literatura.

Hablar de uno mismo es también una forma de resistir. De decir: «No soy solo lo que hice, también soy lo que sentí mientras lo hacía». Es ponerle palabras al silencio. Es darle forma al miedo. Es, en definitiva, un acto de dignidad.

Soy un profesor de Lengua y Literatura Castellanas jubilado. Estuve 37 años en un magnífico colegio de Madrid llamado Jesús-María, en la calle Juan Bravo, enseñando como un Sócrates dialogante o un sabio Atenea.

El 30 de junio de 2025 me fui asumiendo, como un John Wayne en Centauros del desierto una de las mejores películas de vaqueros que se han rodado, agotado y herido, pero con una resistencia sobrehumana ante la adversidad del alma malherida. Hoy, 8 de junio de 2026, como dice Enrique Urquijo en la sencilla, pero maravillosa canción Hoy la vi, «la nostalgia y la tristeza suelen coincidir». (https://www.youtube.com/watch?v=wg1PXONz_WU) Y no digo más.

Nací en Santiago de Compostela, y durante muchísimos años pasé los eternos veranos de entonces entre Bertamiráns y Vedra, como quien va y viene de un espacio verde que nunca se deja de pisar, aunque hoy ya haya salido para siempre del ámbito familiar. Vivo en Madrid desde siempre, pero mi alma es gallega, y eso no me lo puede quitar nadie, aunque se empeñen pequeños mostrencos en manipular mis sentimientos, que muy pocos conocen.

Tengo miedo a la vida. Miedo de no volver a sentir la humedad de la tierra en los pies, de la lluvia que me irrita, pero que adoro, de no escuchar el acento que me sosiega, aunque me dicen que ya no existe, de no ver aquel mar de la adolescencia en la playa de Las gaviotas de Porto do Son que me dejaba los tobillos helados y que me explica la inocencia y la vitalidad de los años previos a la mayoría de edad, de que me olviden porque ya nadie sepa que en un tiempo pasado yo zascandileé con mucho «esfuerzo y tino» en Bertamiráns y Vedra. Sólo tengo que observar mi sufrido brazo derecho, habitado por tornillos y placas.

Hoy en día, uno de mis máximos objetivos es reconstruir los años que viví en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, 5º derecha, entre mi nacimiento y los 17 años. Quizá con ese afán de volver a ser un niño como cantaban Los Secretos de Enrique Urquijo en el programa A tope de TVE en el año 1988. (https://www.youtube.com/watch?v=dvi59ynxyKk&list=RDdvi59ynxyKk&start_radio=1). Merece la pena escuchar la canción y ver el vídeo de la juventud.

Soy tímido, incongruente, porque me apasiona la soledad pero también me subyuga que se acuerden de mí, apocado, susceptible al éxito ajeno, creyente, «pensador irreproducible», «inocente» como un niño «mayor», casi asocial, pacífico, selectivo en mis conversaciones, desmemoriado como un pez rojo, simpático, demasiado protector con mi hermana, desordenado vital, corrector endemoniado, demasiado sincero con las imperfecciones mías, anecdótico, comprensivo con el fracaso de los demás, obsesionado con la limpieza corporal, añorante de un pasado que hoy considero feliz, nada aficionado a convites, reuniones y demás «saraos sociales», propenso a compararme con los demás y a rebajarme sin piedad ―heredo de mi madre la famosa frase de «soy la peor de la fiesta»―, lector empedernido, pero selectivo, exhibidor de un pronto muy fuerte, iatrofóbico (miedo a los médicos y a las pruebas médicas), estudiante de todo, solitario, muy crítico con mis textos, paciente en las explicaciones, vergonzoso, buena persona, discutidor descafeinado, asqueado con el sudor, generoso con los demás, amante de los pequeños y grandes placeres, mal observador de la realidad, perfecto proyecto del fracaso ―me dicen que así no conseguiré nada―, poseedor de un «complace» exasperante y fustigador, lector equidistante de temas gallegos, comprador compulsivo ―¡y así me va!―, receptor gratuito de consejos: no se puede vivir así, no se puede escribir así, tienes que cambiar, no se puede ser así y eterno prometedor de la escuálida frase «voy a cambiar». Sí, como le decías a tu padre, «tranquilo, que esta vez sí cambio».

Y yo callo. O escribo. Que es otra forma de hablar. ¿Y qué piensa la gente? Pues mira tú qué me preocupa… Que le den vueltas, que yo sigo a lo mío… Si me importa, no se nota, decía un buen gallego ya muerto. Aún estoy esperando un guasap que me diga, además de tu alocada descripción, eres imprevisible, huraño y algo falso, postizo y actuante de paripé.

Me gustan las conversaciones de pocas personas, el café sin espuma, la cerveza Estrella Galicia, el albariño, las patatas, el pan gallego, los grelos, el pulpo á feira, el caldo gallego, el jamón ibérico, el queso de tetilla, la tortilla de patatas y las avionetas.

Me gusta el olor a mar, la humedad de la tierra, aunque después no duerma por el frío. «Tú ya no puedes vivir en Galicia», me repiten. «Eres madrileño».

Y yo me niego. Porque no se puede desarraigar a quien tiene raíces en el corazón y en el alma. Mi sueño siempre ha sido, al jubilarme, retirarme con mi hermana a Galicia, a un pueblo, pero me temo que hay una gran oposición fraternal.

«Solo te lees a ti mismo», me dice la gente. Y yo contesto: «¿Y qué más da?». Porque si me leo, existo. Y si existo, ya es algo.

Pero hay otra voz en mí. La que me dice que soy un escritor frustrado, roto e «imperfecto». Que empecé mil veces un camino y que nunca tuve el pulso para soportar la soledad del papel. Que me falta valentía. Que soy culpable de haber destruido un sinfín de textos por ese canibalismo literario que me gobierna desde la tardoadolescencia. Que carezco de constancia, necesaria en todo escritor. Que me falta fe. Que me creo que el peor «juntapalabras del mundo mundial». Que soy blandengue como el blandiblup o el más apetitoso de los merengues. Que no sé resistir, día tras día, el silencio literario y alguien me dijo que me aprendiera de memoria la canción del Dúo Dinámico. (https://www.youtube.com/watch?v=K1rKj6XMt4Q). Que me falta algo que nadie sabe nombrar, pero que debo afrontar, y es esa voz que me dice que ya es tarde, que ya no, que ya no toca. Y lloro como una catarata todos los días, pero sin lágrimas.

Mi hermana y yo hemos cambiado de casa varias veces. Espero que esta sea la última, aunque… Fuimos reduciendo espacio, como quien se encoge para no molestar. Paralelo a esta pérdida de espacio, ha sido la liquidación de libros y de las mesas de trabajo que me aislaban para poder escribir. ¡Imbécil, no te escudes en eso! Hoy vivo en gran armonía con mi hermana, y la intimidad de los dos es un lujo que muy pocas veces podemos permitirnos. Quizá por errores propios. Quizá por miedo. Quizá por ese placer acomodaticio que me genera la zona de confort.

Y escribo este texto para que me conozcas. Para que me conozca yo también. Para que esa voz que me acompaña —la que me desafía, la que me muerde, la que me empuja y que ha participado con gran empeño en la elaboración de este texto— sepa que no está sola. Que somos dos. O más. Que escribimos juntos. Que vivimos juntos. Que, a pesar de todo, seguimos aquí. (A ti, que no te gusta nada que lo diga: he tardado en escribir este texto 4 horas y 37 minutos y lo he corregido 6 veces).

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O MEU ADURMIÑAR

Este lento adurmiñar —afastada tebra duns latexos en quente mansedume— guíase pola inercia do amencer, e como un vagabundo ofrezo a alborada dun sol sen raíces ao deseño dun alba pasaxeira que obxecta a miña conciencia nun pestanexo de corpos celestes.

Sustento e domestico con fruición os meus soños iniciándoos nunha conta atrás, mentres o perenne aforcado dosa segundos arredor duns beizos sen resposta.

Camiño desorientado, buscando sentido, moldeando memorias, recreándome nas cicatrices que transpiran nas miñas tempas.

E no fondo… só silencio.

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FUGITIVO EN MÍ ESTÁ TU RETRATO

Cuando obstinado en un verbo tuyo desnudo todos los límites de mi cuerpo, tan solo una remota mirada escruta los entumecidos síntomas de nuestra monotonía. Tus ojos transparentan mis tumultos en límpidos vestigios, y con fugaz pericia se violentan nuestros estáticos párpados. Te miro sin concretar todavía un destino, me susurras al oído una elegía de soluciones, aunque invernales coartadas cercenan mayestáticamente el sosiego de nuestra leyenda. Hirsutos fantasmas dormitan en el regazo de aquella tarde. Y ya en la fatiga de mi levedad, tras una postrera transición, múltiples arrugas surten de mis cárdenos bosquejos: todas mis apócrifas mentiras tornan a naufragar en una marea de insólitas hipótesis.

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EL NORTE DE PEDRO

Pedro cerró la puerta del piso madrileño con la misma decisión con que, aquella mañana, puso el último libro en la caja marcada como «donar». Durante años la ciudad que le había dado trabajo, ruido y compañía a medias; ahora le ofrecía demasiadas luces y muy pocas estrellas de vida.

No tomó la decisión solo. Desde hacía años compartía la vida y la casa de Madrid con su hermana Pilar, también jubilada. Cuando le habló de Muxía, ella lo escuchó con una mezcla de cariño y escepticismo.

―Yo necesito, y tú, un médico que me atienda, una farmacia en cada esquina y un taxi que me lleve a todos los sitios, le dijo riendo.

Pilar amaba Madrid con la misma convicción con que Pedro empezaba a soñar con el Atlántico. Ninguno intentó convencer al otro. Se prometieron visitarse a menudo y comprobar, cada uno a su manera, que la jubilación podía tener más de una forma.

Compró una vieja casa de piedra en Muxía, allí donde la península se asoma al Atlántico, el aire huele a salitre puro y las primeras brumas —el orballo— llegan con la puntualidad de un reloj antiguo. No es una huida dramática, sino una sucesión de pasos medidos: vender lo imprescindible, despedirse de su gente y aceptar que el horario de trabajo dejaba de ser su brújula.

Los primeros días en la Costa da Morte fueron una mezcla de descubrimiento y de pequeños desastres domésticos. La cocina de leña, con más años que el primer habitante del pueblo, decidió no tirar la primera noche. Pasó mucho frío y tuvo que aprender a encender el fuego sin ahogarse en el humo. La lareira de la casa, ennegrecida por el tiempo, se convirtió en su aliada: el primer pulpo que intentó preparar fue un éxito inesperado, porque la tapa de la pota la pudo abrir con la misma habilidad con que la paciencia del vecino, Don Luís, se soltaba con las historias de los naufragios que él presenció.

Don Luís apareció una tarde en su casa como si llevara años esperándolo, le trajo unas patatas de su huerto y un consejo que Pedro aceptó con gratitud:

―Si quieres aprender del mar y de esta tierra, escoita e non fales.

Pronto entendió que vivir en un pueblo marinero no era lo mismo que vivir aislado. La taberna del puerto, un local pequeño donde se mezclaba el olor a café con el de las redes secas, se convirtió en el centro de cuatro o cinco conversaciones diarias. Allí cambió bombillas por recetas de caldeirada y noticias por consejos sobre cómo proteger sus cuatro hortalizas del viento del norte.

En una de esas charlas, la señora Carme, una de las últimas palilleiras del pueblo, le confió un secreto:

―Si quieres hablar con alguien de verdad, siéntate nas pedras da Virxe da Barca al atardecer e quedarás tolo.

Pedro lo hizo, y una tarde se encontró contemplando el océano junto a un marinero jubilado que tenía la voz tan rasgada como una red vieja. Esa noche bebió vino albariño y escuchó historias de temporales míticos, de percebeiros valientes y de romerías que ya nadie recordaba por completo.

El ritmo del mar fue enseñándole otras cosas: a esperar.

―Señorito, le dijo un día un cabronazo ―así lo bautizaron en el bar por sus malas artes― que llamaba así a los Madrid. Las borrascas vienen y se van, las mareas dictan el calendario.

Pedro plantó unos tomates en un pequeño abrigo de tierra protegido por muros de piedra que le costó semanas preparar. Las primeras hojas verdes fueron una victoria silenciosa. El día que recolectó sus primeros productos, con las manos oliendo a tierra húmeda y a mar, rio como si le hubiera contado un chiste su propio alter ego.

Hubo también frustraciones —un temporal de viento que destrozó su pequeño invernadero una madrugada o la humedad que calaba las paredes en pleno invierno—, pero cada problema encontró una solución cercana: el carpintero de la ribera le ayudó a reforzar las maderas y un joven pescador le enseñó a tratar la piedra.

En las largas caminatas hacia el faro de Muxía, Pedro redescubrió el tiempo para pensar sin interrupciones. Se cruzaba con vacas que pastaban frente al acantilado, con peregrinos extasiados que terminaban allí su camino y con el rugido de un mar que marcaba horas muy distintas a las de Madrid.

Una vez, en plena llovizna, se encontró con el tractor de un vecino cuyo remolque de leña se había quedado atascado en el barro de un camino vecinal. Sin dudarlo, ayudó a empujar y a vaciar parte de la carga, pasando a ser el héroe improvisado de una comida familiar que, minutos después, se celebró entre risas, vino de la casa y empanada de xoubas en la casa del vecino auxiliado.

Aprendió también a convivir con la soledad elegida. Las primeras noches con el bramido del océano de fondo le parecieron eternas. Más tarde, las convirtió en música: el crujir de la madera, el viento jugando con las tejas de pizarra y el insistente batir de las olas contra las rocas. Compró una radio y escuchó las alertas marítimas y los programas locales. La música tradicional que puso una tarde hizo que, sin saber por qué, le invitaran a llevar el ritmo con un pandero en la taberna —no porque fuera bueno, sino por la valentía de intentarlo—. Esa noche, al volver a casa, le dolía la cara de reírse y de felicidad.

Pilar cumplió su promesa. Llegaba algunos fines de semana cargada de libros, noticias del barrio y algún capricho imposible de encontrar en el pueblo. Disfrutaba de las vistas, de las comidas con los vecinos y de los paseos hasta la Virxe da Barca, pero al tercer día empezaba a echar de menos el bullicio madrileño. Pedro se burlaba cariñosamente de ello, y ella de sus botas embarradas y de sus horarios dictados por las mareas. Con el tiempo comprendieron que ninguno tenía razón ni estaba equivocado: simplemente habían encontrado nortes distintos.

Un año después, Pedro abrió las ventanas al amanecer, respiró el aire atlántico y, al mirar el horizonte donde el sol empezaba a teñir el agua, supo que había logrado lo que se propuso. Su pequeño terreno daba fruto, había hecho amigos sinceros de los que saludan con la mirada, y su día a día ya no estaba marcado por la prisa del reloj sino por el estado de la mar y la luz del faro.

No todo era perfecto: seguía yendo a Madrid de vez en cuando, a ver a su hermana o a buscar alguna pieza especial para la restauración de la casa. Pero la gran ciudad había dejado de ser el centro de su universo. Pedro había conseguido una vida más pausada, en contacto con la fuerza de los elementos y con las personas que los habitan.

Aquella noche, mientras las luces de las lanchas que salían a faenar se encendían en el mar como diminutas constelaciones, cerró la puerta y sonrió. Había encontrado la tranquilidad que buscaba. Pilar seguía encontrando la suya entre las calles de Madrid. Y eso, pensó, era quizá lo mejor de todo: descubrir que una misma vida podía conducir a dos felicidades diferentes.

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PERENNE FACEDOR DE RECORDOS

Un intre de sedución penetra no meu recordo como unha antiga tristura se mergulla no tempo da noite. Os fenecidos signos que poboan a análise da nosa xeración desbórdanse cheos de miserias como ríos de lava inqueda, sucados por ameazantes tormentas de pasividade. Na miña ruda testa, gotas de sangue, suor e bágoas xemen na madrugada como unha nebulosa de pantasmas cando a miña mente se proxecta en furtivos símbolos dunha gloria pasada. Murchas sembranzas dun corazón en estado feudal!

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O TEU RETRATO

Cando, obstinado nun verbo teu, espido todos os límites do meu convulso horizonte, tan só unha remota mirada escruta os entumecidos síntomas da nosa monotonía. Os teus ollos transparentan os meus tumultos en límpidos vestixios, e con fugaz pericia violentan as nosas estáticas pálpebras. Mírote sen concretar aínda un destino, murmúrasme ao oído unha elexía de solucións, aínda que coartadas invernais cencenan maxestosamente o sosego da nosa lenda. Hirsutos fantasmas durmiñan no regazo daquela tarde. E xa na fatiga da miña levidade —tras unha derradeira transición— múltiples engurras brotan dos meus cárdenos bosquexos: todas as miñas apócrifas mentiras volven naufragar nunha marea de insólitas hipóteses.

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BOTAFUMEIRO

No estamos viendo un incensario cualquiera, sino el famoso Botafumeiro en el interior de la Catedral de Santiago de Compostela. El objeto deja de ser solo un símbolo religioso y se convierte también en un símbolo de llegada.

Para mí, el Botafumeiro representa el final del camino. Durante siglos, miles de peregrinos han llegado a Santiago después de semanas o meses de marcha, cargando cansancio, expectativas, dudas, alegrías y pérdidas. Cuando el enorme incensario comienza a oscilar por las naves de la catedral, parece condensar toda esa experiencia humana. Su movimiento no es únicamente litúrgico; tiene algo de celebración colectiva.

Al observar la fotografía, me impresiona especialmente cómo el humo envuelve el espacio. Conociendo el contexto compostelano, ese humo parece casi la memoria acumulada de generaciones de peregrinos. Personas de épocas, lenguas y culturas distintas que han contemplado la misma escena y han sentido algo parecido: la emoción de haber llegado.

Además, el ligero desenfoque provocado por el balanceo del Botafumeiro transmite muy bien su espectacularidad. No es una imagen estática de un monumento; es una imagen de energía y de ritual. Casi se percibe la fuerza de los «tiraboleiros» impulsándolo hasta alcanzar velocidades sorprendentes.

Si tuviera que resumir la sensación personal que me produce esta fotografía en una sola frase, sería esta: No habla tanto del incienso como del viaje; no habla tanto de la catedral como de la llegada.

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«CAMPANAS DE BASTAVALES» DE AMANCIO PRADA

La Ruta Rosaliana es un itinerario cultural y literario que sigue los lugares más importantes de la vida de Rosalía de Castro. Recorre principalmente las comarcas del Sar y de Padrón, entre Santiago de Compostela, Ames, Brión, Dodro y Padrón, siguiendo los escenarios que inspiraron buena parte de su obra. José María, no te enrolles, que la entrada de ayer fue un auténtico ladrillo (🧱). Sé a ciencia cierta que unos se durmieron a mitad de texto (😴), otros consiguieron acabar, pero con una hatroz saturación mental (😵‍💫), los de más allá dijeron que era un texto interminable (😵) y los que se callan siempre se derritieron de aburrimiento (🫠).

En 1994, cuando un año antes dejamos de disfrutar de una finca en las proximidades de Santiago, realicé un solitario viaje a Compostela con el único afán de visitar tres lugares: a igrexa de San Xulián de Bastavales, cuyas campanas Rosalía inmortalizó en un poema; el Pazo de Hermida, también conocido como Torres de Lestrove, uno de los lugares más emblemáticos de la Ruta Rosaliana; y la Casa Museo Rosalía de Castro A Matanza, vivienda donde pasó sus últimos años y murió en 1885.

De estos tres lugares hay uno que permanece en mi memoria con una fuerza que desafía al tiempo. A igrexa de San Xulián de Bastavales. No sólo por la belleza serena de su iglesia, levantada entre la verde ondulación de la tierra gallega, sino porque en torno a ella se ha ido formando, generación tras generación, una suerte de peregrinaje laico hacia la nostalgia, hacia aquello que fuimos y que aún nos acompaña.

La iglesia de Bastavales, en el municipio de Brión, es mucho más que un templo. Su elegante fachada y el hermoso retablo neoclásico de su interior, ―aún recuerdo la explicación in situ que me ofreció el párroco de dicha iglesia―, guarda en su interior siglos de emociones, de despedidas y de regresos. Desde su campanario, las campanas han marcado durante mucho tiempo el ritmo de la vida rural gallega, convirtiéndose en una voz familiar para quienes nacieron bajo su sonido o lo llevaron consigo al partir (sic).

Para mí, Bastavales también está unida a los recuerdos de la tardojuventud. Muy cerca quedan Vedra y Bertamiráns, geografías que terminan siendo sentimentales, y esa parte de Galicia forma ya parte inseparable de la mía.

Cuando Amancio Prada interpreta Campanas de Bastavales, la canción deja de ser únicamente música para convertirse en memoria hecha voz. Su manera de cantar parece acariciar cada palabra, detenerse en cada herida y en cada añoranza. En su voz hay una mezcla de ternura y desgarro que acompaña perfectamente el sentido profundo de los versos: el dolor de la distancia, la ausencia de la tierra amada, la soledad de quien escucha unas campanas que ya sólo resuenan dentro de sí mismo (sic).

Rosalía escribe sobre la emigración, sobre la separación y la tristeza de abandonar Galicia. Pero también escribe sobre el vínculo invisible que une para siempre a quienes se marchan con los paisajes de su infancia y juventud. Por eso, cuando escucho a Amancio Prada cantar aquellas campanas, comprendo que no hablan sólo de Bastavales, hablan de todos los lugares que perdimos sin perderlos del todo. La certeza de que la memoria tiene un sonido, y de que en Galicia ese sonido se parece mucho al de unas campanas lejanas que siguen llamándonos desde el corazón del tiempo. (Aquí reproduzco frases de un texto que escribí para «comentar» la poesía de Rosalía en el curso que precedió al eurazo).

Quizá por eso Campanas de Bastavales continúa conmoviéndome tanto. Porque en la voz de Amancio Prada, en los versos de Rosalía y en la belleza sencilla de aquella iglesia, encuentro algo como la nostalgia de lo amado, el dolor de la distancia y la esperanza íntima de que los recuerdos nunca se olvidan (sic).

 

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MI SUDOR

Hay días en los que siento que mi propio cuerpo me traiciona. No necesito encontrarme a una irresistible amiga en la línea 1 del metro en hora punta, no necesito hacer esfuerzo levantando pesas a las tres de la tarde en un gimnasio sin aire acondicionado, no necesito salir a correr mientras como con unos amigos, no necesito visitar una sauna mientras en la televisión proyectan una película desarrollada en el invierno noruego, no necesito visitar en un gélido enero un probador con unos focos que lo convierten en una tostadora para indecisos, no necesito nada especial: basta con que el calor de Madrid empiece a apretar para que comience la humillación. Mientras otras personas parecen soportarlo con normalidad, yo siento cómo el sudor aparece de inmediato, como una condena inevitable de la que no existe escapatoria.

Lo noto en la espalda, empapando la camisa. Lo noto en el pecho, pegando la ropa a la piel. Lo noto en la cabeza, recién salido de la ducha en el trabajo. Lo noto en otros muchos sitios que, por una decencia heredada, soy incapaz de mencionar y precisar con el lenguaje de una sentencia judicial.  Lo noto en cada movimiento, en cada momento en que me pregunto si alguien se habrá dado cuenta. Y siempre se da cuenta alguien. O al menos eso siento. Es imposible ignorarlo cuando eres tú quien lo está viviendo.

Lo peor no es siquiera el calor. Lo peor es la conciencia constante de estar sudando. La vigilancia permanente. La obsesión. Entrar en un lugar y pensar automáticamente en la temperatura. Sentarse y preguntarse cuánto tardará en aparecer la mancha. Cruzarse con alguien y preguntarse qué impresión estará recibiendo. Vivir pendiente de algo que para otros es un detalle y para mí se convierte en una presencia constante, invasiva y agotadora.

Llega un momento en que el sudor deja de ser una molestia física y se convierte en algo mental. Empiezo a sentir rabia. Una rabia profunda contra unas glándulas sudoríparas que parecen funcionar como si estuvieran saboteándome. Como si hubieran decidido que cada verano tiene que ser una batalla perdida de antemano.

Y entonces aparecen los nervios. La ansiedad. El círculo perfecto. Cuanto más sudo, más me preocupo. Cuanto más me preocupo, más sudo. Y cuanto más sudo, más consciente soy de la imagen que creo estar ofreciendo. Una imagen que me avergüenza. Una imagen de descontrol, de incomodidad, de alguien que parece incapaz de mantenerse seco durante diez minutos seguidos.

Hay momentos en los que me gustaría arrancarme este problema de encima. Hay otros, los más, en los cuales me gustaría empacharme todas las mañanas de mil cereales inyectados a grandes dosis con la toxina botulínica tipo A. Y así, deshacerme del sudor… por unos minutos. Ja. Para siempre sé que es imposible. También me gustaría salir a la calle sin calcular rutas con sombra. Vestirme sin pensar en tejidos, colores o manchas. Hablar con alguien sin preguntarme si la humedad de mi ropa está llamando más la atención que mis palabras.

Estoy cansado. Cansado de planificar alrededor del calor. Cansado de sentir que mi cuerpo juega en mi contra. Cansado de la sensación de derrota que aparece cuando miro una camiseta empapada y pienso: «otra vez».

No es sólo sudor. Es frustración acumulada. Es enfado. Es agotamiento. Es la sensación de cargar con algo que parece absurdo para quien no lo vive, pero que ocupa demasiado espacio en mi cabeza. Y hay días en los que simplemente necesito decirlo sin filtros: odio esta situación. Odio lo que me hace sentir. Odio la lucha constante. Odio tener que pensar en ello cada verano, cada salida y cada momento de calor. Este soy yo: te escribo, a las 3 de la tarde, sentado en una mesa y silla plegables, a pleno sol, en el bulevar central del paseo de la Castellana…porque me dijeron que ahí hacía mucho fresco. Ja.

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«LAS CUATRO Y DIEZ» DE LUIS EDUARDO AUTE

«Las cuatro y diez» es una de esas canciones que no se escuchan solo con los oídos, sino con la memoria y con el corazón. Cada vez que la escucho siento que Luis Eduardo Aute fue capaz de atrapar un instante aparentemente sencillo y convertirlo en algo eterno. No habla de grandes gestas ni de amores imposibles; habla de ese temblor único del primer amor, de la inocencia de una adolescencia que descubre el deseo, la admiración y la belleza.

Lo que más me emociona es la ternura con la que recuerda aquel momento. No hay nostalgia amarga, sino gratitud. Como si los años hubieran pasado, pero las emociones siguieran intactas, suspendidas para siempre en esas cuatro y diez. Todos guardamos una hora así en nuestra vida: un instante que, sin saberlo, nos cambió para siempre.

Aute consigue que una escena cotidiana —un cine de barrio, una película, una muchacha— se convierta en un refugio emocional donde el tiempo deja de avanzar. Por eso esta canción me conmueve tanto: porque me recuerda que los recuerdos más importantes no siempre son los más espectaculares, sino aquellos que conservan intacta la capacidad de hacernos sonreír y emocionarnos décadas después.

«Las cuatro y diez» es, para mí, una declaración de amor a la memoria, a la juventud y a esos momentos que nunca regresan, pero que tampoco nos abandonan.

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JUEGO DE PALABRAS

Te extraño. Y lo que más me extraña no es tu ausencia, sino que parezca no dolerte la mía. Te extraño, y me extraña que ya no me extrañes. Te lo repito porque hay heridas que sólo saben decirse de una forma: cuanto más te extraño, más me extraña que tú no me extrañes. Porque uno espera que el vacío tenga eco. Que la falta se note en ambos lados. Que la distancia haga el mismo ruido en dos corazones. Pero no. Y entonces ya no sé qué es más difícil: extrañarte o aceptar que quizá soy el único que todavía extraña.

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A MESMA CHUVIA

Escoita como tempera a chuvia que leva anos na miña memoria xogando co mar. Todo é húmida monotonía. Esta chuvia repite sempre a eterna canción dunha árbore de follas secas que espía a miña sombra cando o vento vulnera o teu perfil. Entón imaxino a túa silueta xeométrica na sombra dos meus ollos e confúndote precipitadamente entre a algarabía de falsos soños. Debuxas unha elegante improvisación coas curvas do teu sorriso e reúnes secretamente os meus vibrátiles arrabaldes nun soto de esferas cúbicas. Eterna chuvia de tedio e música intacta, só me axudas a descubrir que as túas meixelas proen nos meus ollos cando a escuridade nos congrega nunha mesma ausencia. Ignorámonos. Afastámonos coa proximidade de quen agarda o que nunca terá. Eterna chuvia de imaxes indescifrables. Cando volverás acariciar as entrañas da nosa claridade?

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EN ESTA NOCHE OSCURA Y SOLITARIA

En esta noche oscura y solitaria te sigo esperando. Como hace meses. Pero ya son demasiadas las lunas que me llevan a un destino imaginario. Y el viento repite tu nombre entre las sombras, como un eco cansado que se niega a morir. Las estrellas observan mi silencio sin respuesta, mientras el tiempo deshoja su jardín sobre mí. He contado las horas en la arena de los sueños, y todas se han perdido antes del amanecer. Quizá ya no regreses por los caminos de la memoria, pero aún guardo una luz encendida para tu regreso.

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QUIZAIS

Quizais por todo o dito ata agora, ou tal vez por outra inacabada e amarga serenata de fantasmagóricas sangrías, de xeito imperdoable, limpo e sincero, deixei caer no silencio as palabras que me sostiñan. Quizais porque a noite gardaba un segredo de cinza e sal, ou porque o vento levou consigo a derradeira esperanza, ficou o corazón á deriva entre sombras e lembranzas, agardando un amencer que nunca soubo chegar.

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EL CAMINO DE REGRESO

Nos vimos en un lugar olvidado por ti y por mí, donde los distintos trayectos de un laberinto sin salida se volvieron visibles y plausibles. Durante unos instantes creímos reconocer sus pasillos, como si hubiéramos transitado antes por ellos en otra vida o en algún sueño obstinado que se negaba a desaparecer. Cada recodo parecía conducir a una revelación y, al mismo tiempo, a una nueva incertidumbre.

La luz, indecisa y tenue, dibujaba sobre las paredes sombras que imitaban caminos imposibles. Caminamos sin prisa, escuchando el eco de nuestras palabras, que regresaban transformadas, como si el propio lugar quisiera responder a preguntas que nunca llegamos a formular. Allí comprendimos que algunos encuentros no ocurren para resolver nada, sino para hacer visibles las preguntas que habíamos aprendido a ocultar.

Y aunque sabíamos que ningún sendero ofrecía una salida verdadera, continuamos avanzando. Había en aquella deriva una forma extraña de esperanza: la certeza de que perdernos juntos era menos inquietante que encontrar solos el camino de regreso.

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NESTES ÚLTIMOS ANOS…

andei á deriva cando todo ao meu redor era cordura, non acertei co latexar xusto das palabras cando a miña mente te resucitaba idealizada, ancorei a miña afastada adolescencia no arrolo desangrado dun nome de muller, non saciei con cerimonias adorables a elemental ebriedade da túa pel, confundín a persistencia da lembranza coa promesa imposible do regreso, deixei que o tempo medrase entre nós coma unha herba teimuda sobre os camiños abandonados. E seguín procurándote nos recantos máis improbables da memoria, mentres a vida, paciente e allea, continuaba pechando detrás de min portas que nunca souben atravesar.

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A XENTE DA ALDEA

Si algo recuerdo de aquellos tiempos no son solo los paisajes, sino las personas. Compartir tiempo con la xente da aldea fue un regalo de esos que no aparecen en las guías de viaje. Risas espontáneas, o galego da aldea, conversaciones sin reloj, historias contadas con la naturalidad de quien no necesita impresionar a nadie. Todo auténtico, todo sincero.

En un mundo cada vez más lleno de filtros y postureo, recordar a aquella gente que ¿vive y comparte? desde la sencillez tiene un valor enorme. Verlos bromear, recordar anécdotas, disfrutar de un café o de una charla cualquiera me hizo sonreír más de una vez. Había verdad en cada gesto y en cada mirada. Nada preparado, nada forzado.

Ahora, al recordar esos momentos, siento una mezcla preciosa de alegría y morriña. Alegría por haberlos vivido y morriña porque sé que echaré de menos esa forma tan genuina de estar en el mundo. Galicia tiene paisajes espectaculares, sí, pero su alma está también en su gente, en esas escenas cotidianas que parecen pequeñas y que, sin embargo, son las que terminan ocupando el lugar más grande en el corazón.

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VIVALES

El cansado escritor regresó ayer de vacaciones. Todo placer, físico y emocional. Su pulso hoy sigue desmedido, y un último intento de agradar le reporta una leve alegría.  ¿Sabes? A pesar de ser un parásito de la diversión, he decidido vivir, convertirme en un vivales de pura raza. Y después, ponerme a escribir. Eso jamás. Pero si ahora no sabrías ni cómo entrarle a una mujer. Yo soy el ejemplo más evidente de tu incapacidad como tiburón juerguista.

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PRAIA DE A LANZADA

Hay lugares que se quedan en la memoria, y luego está A Lanzada, que se queda un poco más adentro. Ver esa inmensidad de arena y ese mar que parece no tener prisa me devuelve una sensación difícil de explicar: alegría serena, de la que no hace ruido. Mientras caminaba por la playa, con la brisa del Atlántico acariciando la cara y el sonido de las olas marcando el ritmo del día, sentí esa morriña anticipada que aparece incluso antes de marcharse. Porque uno sabe que esos momentos no duran para siempre.

A Lanzada tiene algo especial. No necesita artificios ni grandes palabras. Es belleza sin esfuerzo, naturaleza en estado puro. Allí todo parece auténtico: la luz, el mar, el horizonte y hasta los silencios. Y mientras contemplaba ese paisaje inmenso, pensé en la suerte de poder estar allí, respirando Galicia despacio, guardando en la memoria cada color y cada instante para llevármelos conmigo cuando tocara regresar.

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REFLEXIÓN FILOSÓFICA SOBRE ALGUNOS SEMÁFOROS DE MADRID Y SU ENORME PERSONALIDAD ANTE LAS INDECISIONES DE ALGUNOS VIANDANTES

Madrid es una ciudad que parece no detenerse nunca. Sus avenidas, plazas y calles están atravesadas por un flujo constante de personas que caminan con prisa, con dudas o simplemente dejándose llevar por el ritmo de la capital. En medio de este movimiento incesante, hay unos protagonistas discretos que rara vez reciben la atención que merecen: los semáforos. Aunque solemos considerarlos simples dispositivos técnicos destinados a ordenar el tráfico, algunos semáforos madrileños parecen poseer una personalidad propia, especialmente cuando se enfrentan a uno de los fenómenos más característicos de la condición humana: la indecisión.

El filósofo griego Heráclito afirmaba que todo fluye y que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Algo parecido ocurre en los pasos de peatones de Madrid. Cada instante es diferente. Unos cruzan decididos, otros corren para aprovechar los últimos segundos de luz verde y algunos permanecen inmóviles en la acera, observando alternativamente el tráfico y el semáforo como si esperasen una revelación trascendental. Es precisamente ante estos últimos donde ciertos semáforos parecen desplegar toda su personalidad.

Hay semáforos que podríamos calificar de severos. Cambian de verde a rojo con una puntualidad casi kantiana, como si siguieran un imperativo categórico luminoso e inapelable. Su mensaje es claro: existe una norma y debe cumplirse. No importa si el peatón duda, si consulta su teléfono o si se entretiene observando escaparates. Cuando llega el momento, la luz cambia y la oportunidad desaparece. Estos semáforos nos recuerdan que el tiempo, como señalaba Heidegger, constituye una dimensión fundamental de nuestra existencia. Quien no actúa cuando debe hacerlo corre el riesgo de perder la ocasión.

Otros, en cambio, parecen mostrar una personalidad más compasiva. Son aquellos que conceden unos segundos adicionales de paso, permitiendo que los rezagados crucen sin sobresaltos. En ellos podría verse una especie de benevolencia tecnológica, una comprensión silenciosa de las limitaciones humanas. Quizá encarnen una versión urbana de la ética aristotélica, basada no en la rigidez absoluta, sino en la prudencia y el equilibrio.

Sin embargo, el verdadero espectáculo filosófico surge cuando un semáforo se encuentra frente a un peatón indeciso. La escena es cotidiana y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. El viandante se aproxima al borde de la acera. Observa la luz. Mira a ambos lados. Da un paso adelante y luego retrocede. El semáforo permanece allí, impasible, como un antiguo maestro estoico que contempla las vacilaciones de su discípulo. No ofrece consejos ni explicaciones. Simplemente muestra una luz verde o roja. La decisión final corresponde siempre al ser humano.

Esta situación recuerda las reflexiones de Jean-Paul Sartre sobre la libertad. Para el filósofo francés, el ser humano está condenado a ser libre, es decir, obligado a elegir constantemente. El semáforo no elimina esa libertad. Incluso cuando la luz es claramente verde, la persona debe decidir cruzar. Incluso cuando es roja, algunos optan por desafiar la norma. El aparato regula, orienta y sugiere, pero nunca sustituye la responsabilidad individual.

Resulta curioso pensar que, en una época dominada por algoritmos y sistemas automáticos, los semáforos sigan representando una forma elemental de diálogo entre la norma y la libertad. Son símbolos de orden en un mundo complejo, pero también escenarios donde se manifiestan nuestras dudas más cotidianas. Cada vacilación ante un paso de peatones es una pequeña representación de las grandes decisiones de la vida. ¿Avanzar o esperar? ¿Actuar o posponer? ¿Confiar en nuestro juicio o buscar una señal adicional?

Quizá por eso algunos semáforos de Madrid parecen tener una personalidad tan marcada. No porque posean conciencia ni voluntad propia, sino porque funcionan como espejos de nuestras actitudes. El semáforo severo refleja nuestra relación con la disciplina; el indulgente, nuestra necesidad de comprensión; el que parece interminable en rojo nos enfrenta a la paciencia; el que cambia justo cuando llegamos nos recuerda la frustración inherente a la existencia.

Al final, estos modestos guardianes luminosos nos enseñan una lección inesperada. La ciudad no está formada únicamente por edificios, calles y vehículos, sino también por una red de símbolos que acompañan nuestras decisiones diarias. Los semáforos madrileños, con su aparente personalidad y su silenciosa autoridad, nos recuerdan que vivir consiste en elegir continuamente el momento oportuno para avanzar. Y, mientras algunos viandantes siguen dudando en la acera, ellos permanecen allí, serenos e imperturbables, observando el eterno espectáculo de la condición humana.

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BIOGRAFÍA «ACTUALIZADA» DE JMMT (GALEGO)

Nacín en Santiago de Compostela, cidade de pedra mollada e paciencia antiga. Son picheleiro, fillo lexítimo dunha cidade que brilla mellor baixo a chuvia ca baixo o sol. Santiago non se entende sen paraugas: a pedra húmida, o orballo, as noites de outono e o casco vello envolto en néboa teñen unha beleza lenta, melancólica e teimuda. O sol non estraga a cidade, pero a chuvia revélaa.

Nacín un quince de agosto. E si, chovía. Mentres a familia discutía que nome poñerme, o meu padriño evitou a tempo un sonoro Gumersindo e acabei chamándome José María Ramón Santiago. Eu, polo visto, manifestábame mediante felices explosións aerofáxicas que me deixaban sorrinte e satisfeito. Comezaba ben a cousa.

A miña infancia e adolescencia foron un percorrido por varios colexios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca e Cardenal Cisneros. Hoxe dirían que era inquedo, hiperactivo ou emprendedor. Daquela simplemente parecía incapaz de permanecer quieto nun pupitre. Non fun un gran estudante. Talvez por iso, cos anos, acabei sendo profesor. A vida ten un sentido do humor bastante fino.

De 1988 a 2025 ensinei Lingua e Literatura no colexio Jesús-María de Madrid. Alí traballei, cansei, discutín, escoitei, aprendín, expliquei, equivoqueime e volvín empezar moitas veces. Alí atopei a miña segunda casa. E alí confirmei unha sospeita: moitos malos alumnos acabamos sendo profesores atentos porque sabemos exactamente onde cae un.

Educar é gobernar unha barca fráxil: fai falta algo de mariñeiro, algo de pirata, algo de poeta… e moita paciencia. Pero tamén hai que coidar a quen ensina, porque un profesor queimado non transmite lume, senón cinza. E os alumnos iso sábeno antes ca ninguén.

A literatura chegou a min tarde e con resistencia. Os clásicos caíanseme das mans aos quince anos. Ninguén mos explicou como eu precisaba. Despois apareceron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… e leváronme ao poema en prosa, que é un territorio enganoso: parece doado, pero non o é. Aí quedei vivir.

O meu galego naceu en dúas fincas familiares: A Peregrina, na Maía, e O Burgo, en Vedra, ao pé do Pico Sacro. Esas foron as miñas verdadeiras universidades sentimentais. Veráns interminables, romarías, maizadas, discusións familiares, namoros, risas, primeiras feridas e primeiras saudades. Bertamiráns tiña daquela trescentos habitantes. Hoxe ten dez mil. Eu sigo preferindo aquel silencio antigo.

O galego que me namorou non foi o normativo, senón o da aldea, musical, cheo de xiros e vida. Aprender galego foi aprender unha lingua sen academia, sen normas claras, sen mapa. Talvez por iso me atrapou tanto.

Amancio Prada descubriume a verdadeira Rosalía de Castro, non a sensiboleira que nos contaban. E aí houbo un antes e un despois.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo, Tantometén e Sonmeigo. Non é extravagancia: é necesidade. Cada nome é unha voz distinta, unha idade distinta, unha maneira distinta de mirar o mundo.

Camay foi a infancia.

Chioleiro naceu nas romarías.

Filoso herdou sangue.

Xaovín foi inseguridade.

Suboebaixo resume o meu carácter galego: nunca se sabe se subo ou baixo.

Tantometén é liberdade: xa non me importa nada.

Sonmeigo é o máis querido desta última etapa da miña vida.

Escribo para entenderme, para ordenar a memoria e para reescribir a vida. Corrixo demasiado. Nunca hai versión definitiva. Mañá podería escribir outra biografía cos mesmos recordos e outro sentido.

Nos meus blogues josemariamaiztogores.com e cantosdepedra.com está organizada toda a miña obra literaria en distintos libros. Certo é que algúns deles están nun estado moi precario, pero todo se andará. O meu obxectivo é o mesmo que cando comecei cun blogue hai máis de dous anos: seguir colgando textos. Cada libro é un territorio distinto, pero todos forman parte do mesmo mapa: memoria, literatura, Galicia, ensino, música, recordos e vida.

Os meus libros e textos no meu blogue josemariamaiztogores.com e cantosdepedra.com están estruturados así:

Todos estes libros e textos podes lelos no meu blogue www.josemariamaiztogores.com e www.cantosdepedra.com.

Se chegaches ata aquí, xa compartimos algo importante: tempo, memoria e palabras. E iso, aínda que non o pareza, é moito.

Para contactares comigo tes estes dous correos: jmmaiz@telefonica.net e maiztogores@gmail.com (Xuño do 26)

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ANTE LA VIDA

―No tengo un solo recuerdo en el que ella no esté presente.

Con esta frase de Xan das miñocas, diáfana y constreñida de gran amargura, quiso expresarle a su buen amigo Pepiño do paraugas, conocido con este apodo porque, ya fuera invierno o verano, siempre llevaba colgado de la parte posterior del abrigo o de la chaqueta un paraguas cerrado, un paraguas kilométrico que lo llamaban de siete parroquias. Xan das miñocas (Juan de las miñocas) era un hombre pesimista y poco dado a los reconocimientos ajenos. Miñoca es una lombriz de tierra, también persona de poca valía, órgano sexual masculino de pequeñas dimensiones y andar ás miñocas significa no tener lo necesario para vivir. La duda, saber cuál era en este caso la certera. Eran amigos de la infancia, habían compartido juergas, miserias humanas y confidencias semiprohibidas. Los dos tenían una gran habilidad en no tocar cierto tema, en el que sabían que discrepaban abiertamente.

La conversación, más bien un desahogo anímico, transcurría debajo de una enorme vid que había en uno de los laterales de la casa donde residía, ahora solo, Xan das miñocas mientras degustaban una roja y sabrosa sandía en una tarde inconcreta del mes de agosto.

Pepiño do paraugas permanecía en un respetuoso silencio, absorto e impactado por las palabras de su enjuto y flaco amigo que no era quien  de mirarle a los ojos a nadie desde la dolorosa muerte de su querida esposa y compañera.

―Pero, home, tienes que seguir viviendo. María, seguro, no querría verte así, con la frente besando el suelo. Lloraría los siete mares. Tes que reponerte anímicamente y seguir caminando, para que puedas degustar poco a poco los sabrosos tragos que aún la vida te ha de deparar en este futuro inmediato.

―Todo lo que toco o acaricio na miña casa tiene su suave tacto, todo lo que huelo en mi habitación huele a su dulce piel y todo lo que veo en la huerta tiene su hermosa imagen. Segundo a segundo, hora a hora y día a día, ella está en mí y no hay nada que me la haga olvidar. Así que…¡a vivir con este demo toda a vida!

Aquí, para no discutir, se calló Pepiño do paraugas porque recordaba al lenguaraz dueño da taberna do Camiño novo cuando en ausencia del bueno de Xan comparaba a la mujer de este con la Maritornes del Quijote.

En esta conversación estaban los dos embaucados, como si fueran un remedo de Don Quijote y Sancho ―lo cierto es que nadie sabía quién era quién―, cuando se les acercó pizpireta y saltarina, una muchachita rubia como una mazorca de maíz, y pasando más penas que Caín en el Purgatorio, pues tartamudeaba ostensiblemente, les soltó el siguiente mandado de Martiño dos facos (faco=caballo malo y ruín) a los dos «grandes conversadores»:

―Se…se…se…ñor Xan y seeeeñor Pe…pi…ño, me ha dicho miiii pa…pa…trón que a…caba de morrrer Maruuuuxa da Carbaaalleeeira, y que vaaayan a su casa al velorio co…co…rrriendo, y se fue del mismo modo que llegó.

Los dos viejos se miraron con una significativa complicidad, esa que el correr de los años ha ido asentando sobre cimientos totalmente desconocidos para el resto de los habitantes del lugar. Los dos dijeron simultáneamente:

―En paz descanse.

―Que leve con ella la paz que en la tierra deja, remató muy severo Xan das miñocas.

―¡Home, non! Que era una buena mujer…un pouco quentiña (de modo irónico calificaba a la mujer que tenía estímulos sexuales muy desarrollados), pero muy buena gente. Ayudó a varias mujeres viudas de vivos a sacar a sus hijos adelante en muchas ocasiones.

―¿Buena gente? Lo que se dice buena gente…Tengo un mar de dudas. Le gustaba mucho andar entre o millo (=el maíz) que recogerlo.

―Pero nunca andaba sola. Maticemos todo, que es de recibo ser justos.

―Pero quien andaba era ella.

―Tú siempre haciendo distinciones entre mujeres y hombres. Siempre dejando a la mujer en mal lugar. Eso son noticias sin fundamento y rumores inventados por la xente da aldea. Difamar es el verbo que mejor se conjuga en esta bendita tierra.

―Sí, sí, pero siempre hay testigos oculares de las «falsas historias».

―Ya te digo, comentarios maliciosos. Esos testigos… ¿Cuándo dijeron públicamente lo visto por ellos? ¡Jamás de los jamases, carallo! No olvides, amigo, no olvides, que ella fue la que te dobló por primera vez, allá en los tiempos de los carballos vellos (=robles viejos), la manga de la camisa. ¿O es que ya no recuerdas aquella copla que le cantaste más de una vez al pie de su ventana?:

Dámo, Maruxiña, dámo,
dámo que non é pecado:
unha muxica do teu lume
para acender o meu cigarro.

(Dámelo, Maruja, dámelo,
dámelo que no es pecado:
un poco de tu fuego
para encender mi cigarro)

―Esos tiempos me saben a agua choca (=podrida), que duermen en un sueño para mí olvidado. Parece mentira que ahora me vengas con esas, cuando tú y yo nunca nos echamos a la cara nuestras viejas andanzas y correrías de mozo. Ve a rezarle tú, si tan triste está, una salve marinera, que yo no puedo con la risa.

―Eres un ingrato y un desterrado. ¿Cómo puedes rechazar con tanto desprecio y altanera repulsa a una mujer que, en su juventud, te dio sus mejores momentos?

―No pienso dedicarle a ella ni un segundo más de lo necesario.

―Tu egoísmo, querido amigo, se ha devorado la poca memoria que habita en ti. No alimentes de ese modo tu mente olvidadiza.

―Di lo que quieras, que esta mujer no va a llevar a nadie a su entierro. Hizo lo que hizo, y lo hizo como lo hizo. ¿Me entiendes, no?

―Eres más retorcido que los cuernos de un carnero. Si te vieras en un espejo, te darías cuenta de que estás siendo muy injusto.

―Injusta fue la muerte de mi mujer y me tengo que amolar (=aguantar).

―No mezcles los temas, que son cosas bien diferentes. ¿Qué tiene que ver tu pena con la muerte de esta mujer? ¿O es que…?

―Parece mentira que una «mujer» como Maruxa da Carballeira haga que peleemos como críos.

―Es que me enfurece que ensucies la memoria de una mujer que ya no se puede defender, de una mujer que despertó a la vida a medio valle, de una mujer que siempre tuvo una muiñeira para «bailar» contigo, de una mujer que nunca le negó un plato de comida a ningún necesitado.

―Pasó el día, pasó la romería. Y como sigas dándole a la rueda, vas a besar las piedras que tienes a la vista, mientras hacía un ademán violento con la mano izquierda para posteriormente marcharse en absoluto silencio y con un gesto enfurecido en su rostro. Y marcha que tes que marchar.

Y así, de una manera tan brusca y sorpresiva, estos dos buenos amigos estuvieron meses de sin hablarse, con el deterioro de la amistad que eso supuso, amistad que naciera en los vientres de sus madres.

Cuando el pasado vuelve es capaz de llevarse por delante hasta el árbol con las raíces más profundas.

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CON ANSIAS

busco un exceso de amor onde só hai unha man cega, quero apresar a lonxitude do teu tempo coa silueta dos meus desequilibrios e das miñas tolemias, toco a túa alma cando só queres un abrigo para túa pel sen sentimentos, deambulo melancolicamente pola embriaguez dos namorados que non queren saber de amor, e esperto a media noite cunha amalgama de criaturas informes na miña mente que regurxitan outra noite de soidades nocturnas.

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MANOS

Tu mano en mi mano y un destino compartido por delante. Ese calcado sueño, por ser imposible, es lo que más purifica mi lamento en tu ausencia. Porque cuanto más lejana te descubro, más nítida se vuelve tu figura, y cuanto más sé que no llegarás, más hondamente te espero. Hay amores que se consumen en la dicha de poseerse; el nuestro, en cambio, parece alimentarse de la distancia, como una llama que sólo encuentra aire en aquello que le falta. Y así camino, acompañado por tu sombra, sosteniendo entre las manos vacías la forma exacta de todo lo que nunca será.

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BIOGRAFÍA «ACTUALIZADA» DE JMMT (CASTELLANO)

Nací en Santiago de Compostela, ciudad de piedra mojada y paciencia antigua. Soy picheleiro, hijo legítimo de una ciudad que brilla mejor bajo la lluvia que bajo el sol. Santiago no se entiende sin paraguas: la piedra húmeda, el orballo, las noches de otoño y el casco viejo envuelto en niebla tienen una belleza lenta, melancólica y testaruda. El sol no estropea la ciudad, pero la lluvia la revela.

Nací un quince de agosto. Y sí, llovía. Mientras la familia discutía qué nombre ponerme, mi padrino evitó a tiempo un sonoro Gumersindo y acabé llamándome José María Ramón Santiago. Yo, por lo visto, me manifestaba mediante felices explosiones aerofágicas que me dejaban sonriente y satisfecho. Empezaba bien la cosa.

Mi infancia y adolescencia fueron un recorrido por varios colegios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca y Cardenal Cisneros. Hoy dirían que era inquieto, hiperactivo o emprendedor. Entonces simplemente parecía incapaz de permanecer quieto en un pupitre. No fui un gran estudiante. Tal vez por eso, con los años, acabé siendo profesor. La vida tiene un sentido del humor bastante fino.

De 1988 a 2025 enseñé Lengua y Literatura en el colegio Jesús-María de Madrid. Allí trabajé, me cansé, discutí, escuché, aprendí, expliqué, me equivoqué y volví a empezar muchas veces. Allí encontré mi segunda casa. Y allí confirmé una sospecha: muchos malos alumnos terminamos siendo profesores atentos porque sabemos exactamente dónde se cae uno.

Educar es gobernar una barca frágil: hace falta algo de marino, algo de pirata, algo de poeta… y mucha paciencia. Pero también hay que cuidar al que enseña, porque un profesor quemado no transmite fuego, sino ceniza. Y los alumnos eso lo saben antes que nadie.

La literatura llegó a mí tarde y con resistencia. Los clásicos se me caían de las manos a los quince años. Nadie me los explicó como yo necesitaba. Después aparecieron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… y me llevaron al poema en prosa, que es un territorio engañoso: parece fácil, pero no lo es. Ahí me quedé a vivir.

Mi gallego nació en dos fincas familiares: La Peregrina, en A Maía, y El Burgo, en Vedra, al pie del Pico Sacro. Esas fueron mis verdaderas universidades sentimentales. Veranos interminables, romerías, maizadas, discusiones familiares, ligoteos, risas, primeras heridas y primeras nostalgias. Bertamiráns tenía entonces trescientos habitantes. Hoy tiene diez mil. Yo sigo prefiriendo aquel silencio antiguo.

El gallego que me enamoró no fue el normativo, sino el de aldea, musical, lleno de giros y vida. Aprender gallego fue aprender una lengua sin academia, sin normas claras, sin mapa. Tal vez por eso me atrapó tanto.

Amancio Prada me descubrió a la Rosalía de Castro verdadera, no la sensiblera que nos contaban. Y ahí hubo un antes y un después.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo, Tantometén y Sonmeigo. No es extravagancia: es necesidad. Cada nombre es una voz distinta, una edad distinta, una manera distinta de mirar el mundo.

Camay fue la infancia.

Chioleiro nació en las romerías.

Filoso heredó sangre.

Xaovín fue inseguridad.

Suboebaixo resume mi carácter gallego: nunca se sabe si subo o bajo.

Tantometén es libertad: ya no me importa nada.

Sonmeigo es el más querido de esta última etapa de mi vida.

Escribo para entenderme, para ordenar la memoria y para reescribir la vida. Corrijo demasiado. Nunca hay versión definitiva. Mañana podría escribir otra biografía con los mismos recuerdos y otro sentido.

En mi blog josemariamaiztogores.com está organizada toda mi obra literaria en distintos libros. Cierto es que algunos de ellos están en un estado muy precario, pero todo se andará. Mi objetivo es el mismo que cuando comencé con este blog hace más de dos años: seguir colgando textos. Cada libro es un territorio distinto, pero todos forman parte del mismo mapa: memoria, literatura, Galicia, enseñanza, música, recuerdos y vida.

Mis libros y textos en mi blog josemariamaiztogores.com  están estructurados así:

OBRA COMPLETA DE JMMT

A MODO DE PRESENTACIÓN DE «OQUINTODOTEMPO.COM» (prosa) 

«ESTE BLOG NACE PARA TI» (prosa) 

«¡PASA, QUE ESTÁS EN TU CASA!» (prosa) 

PRESENTACIÓN DE «OQUINTODOTEMPO.COM» (soneto) 

EN CASTELLANO 

«A LA PEREZA» (romance descalzo) 

«A LA SOMBRA DEL VERBO» (prosa variada) 

«AL BLOQUEO LITERARIO» (soneto) 

«BIOGRAFÍA ACTUALIZADA DE JMMT» (prosa) 

«CANCIONES COMENTADAS POR JMMT» (prosa) 

«DECÁLOGO DE LAS SENSACIONES QUE EXPERIMENTARÁS AL LEER ESTE BLOG» (prosa) 

«EL REVERSO DE MI VOZ» (prosa poética) 

«EL SILENCIO LO NOMBRA» (prosa y prosa poética) 

«EL TERRENITO DE RAFO» (cuento) 

«GALICIA QUEDA AL NOROESTE» (prosa de temática gallega) 

«HATROZ» (novela) 

«IMÁGENES COMENTADAS POR JMMT» (prosa)

«LA PIEL QUE TAMBIÉN SOMOS» (poema en prosa) 

«LA SOLEDAD» (cuento) 

«LAS ARISTAS DE MI VERDAD» (prosa poética) 

«MAÑANA YA SON RECUERDOS» (prosa poética) 

«MIEDO AL CONTACTO SOCIAL» (cuento) 

«ROMANCE CABRÓN A UN JUBILADO CON GRAN ACELERACIÓN» (romance) 

«UN TEMBLOR SIN TESTIGOS» (cuento breve) 

EN GALEGO 

«A UNHA MULLER QUE NON EXISTE» (carta) 

«CANDO CHOVE POR DENTRO» (prosa poética) 

«CINZAS DO TEMPO» (prosa e prosa poética) 

«DAS NOITES QUE NON DURMO» (prosa poética) 

«SEIS COPLAS GALEGAS CON RETRANCA» (coplas)

Todos estos libros y textos los puedes leer en mi blog josemariamaiztogores.com

Si has llegado hasta aquí, ya compartimos algo importante: tiempo, memoria y palabras. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho.

Para contactar conmigo tienes estos dos correos: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

Junio del 26

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REACTIVACIÓN DO BLOGUE «OQUINTODOTEMPO.COM»

(Neste texto mesturo castelán e galego, porque as palabras tamén teñen dereito a viaxar sen pasaporte)

Hai blogues que informan. Outros entretienen. E logo están os que acompañan.

josemariamaiztogores.com naceu para iso: para facer compañía a través das palabras. Sen présas. Sen estridencias. Sen perseguir modas que duran menos ca un café quente nunha mañá de inverno.

Nun tempo onde todo corre, josemariamaiztogores.com/ aposta por quedarse un intre máis. Por pensar. Por sentir. Por recordar. Por esa escrita que non busca clics compulsivos senón lectores que regresan porque atoparon algo que lles falou por dentro.

Este é un espazo de creación literaria, reflexión e memoria. Un lugar onde viven a poesía, os versos, os libros, as historias e esas emocións que ás veces custan tanto explicar. Aquí conviven obras como A la sombra del verbo, Cando chove por dentro, Galicia queda al norte, Peito de Bronce, Manifesto do galego de andar por casa, Las aristas de mi verdad ou Hatroz, entre outras moitas palabras que seguen buscando casa.

Pero josemariamaiztogores.com non fala só de literatura. Tamén abre as ventás á cultura, á comunicación, á historia, á identidade, á sociedade e a esas pequenas cousas da vida que adoitan pasar desapercibidas ata que alguén decide miralas con calma. Porque ás veces unha reflexión vale máis que cen titulares. E ás veces unha pregunta ben formulada acompáñanos durante semanas.

Aquí non hai algoritmos escribindo titulares imposibles. Hai unha persoa escribindo para persoas. Hai Galicia e hai mundo. Hai memoria e hai presente.

Hay análisis y hay emoción. Hai pensamento e hai sentimento. Hai preguntas. Hai respostas. E tamén silencios, porque non todo o importante necesita facer ruído.

josemariamaiztogores.com é tamén unha defensa natural do galego, do castelán e desa convivencia tranquila que existe nas rúas, nas casas e na vida real. As linguas non compiten. Conversan. Discuten ás veces. E logo acaban tomando un café xuntas.

Máis de 500 publicacións forman xa parte deste camiño. Centos de páxinas escritas desde a experiencia, desde a curiosidade e desde o amor polas palabras.

Pero o mellor segue estando por escribir.

A quen xa leu algunha vez, grazas. A quen chega agora, benvido ou benvida.

Pasa. Le sen présa. Recunca un pouco entre poemas, reflexións, historias e ideas. Detente onde algo che remexa por dentro. Quédate no texto que che faga compañía. E volve cando queiras.

Tal vez atopes unha lembranza. Tal vez unha emoción. Tal vez unha idea. Ou simplemente un lugar onde estar.

Porque josemariamaiztogores.com non é só un blogue.

É unha maneira de mirar o mundo.

E mentres exista alguén disposto a emocionarse cun poema, cunha historia, cunha reflexión ou cunha palabra dita a tempo, seguirá habendo luz acesa nesta casa.

Benvidos a josemariamaiztogores.com: Un lugar onde as palabras aínda teñen algo importante que decir.

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«¡PASA, QUE ESTÁS EN TU CASA!»

Si has llegado hasta aquí, quiero darte las gracias. No sé si vienes por curiosidad, porque alguien te habló de este rincón o porque el azar, que también sabe manejar internet, decidió dejarte precisamente aquí. Sea como sea, bienvenido.

Durante estos últimos meses me he dedicado a rehacer el blog casi por completo. Incluso le he cambiado el nombre. Por fuera quizá apenas notes diferencias; por dentro, sin embargo, el trabajo ha sido enorme. He intentado poner un poco de orden en este pequeño caos literario para que te resulte más fácil encontrar lo que buscas… o, mejor aún, aquello que no sabías que estabas buscando.

No ha sido precisamente un camino cómodo.

La expulsión de WordPress.com me rompió por completo el ritmo de trabajo. Pasé de escribir y publicar con la naturalidad de quien conduce por una autovía a tener que avanzar casi al paso. Me sentí como el viejo SEAT 600 de mis padres cuando, allá por los años sesenta, subía el puerto del Manzanal entre Astorga y Bembibre. Cuatro personas dentro, maletas, bultos… y el pobre coche resoplando en primera marcha porque no daba para más.

Pues exactamente así me he sentido yo.

Pero aquí estoy.

Y, aunque todavía quedan muchas cosas por mejorar, ya puedo invitarte a entrar.

Un favor antes de comenzar: Siempre te agradeceré que me leas directamente desde la web. No es un capricho. Cada visita ayuda a que este blog siga respirando y creciendo. La dirección es muy sencilla:

www.josemariamaiztogores.com

Si entras desde el móvil, lo primero que verás será un viejo quinto de Estrella Galicia, de aquellos que muchos recordamos de los años setenta. Después aparece una ilustración del libro Sonmeigo, el último seudónimo que utilizo con cierta asiduidad y con el que me siento especialmente cómodo.

Y, a partir de ahí, comienza realmente el viaje. No tengas miedo del número de entradas. Quizá haya algo que, al principio, pueda asustarte. Estoy muy cerca de las setecientas entradas. Sí. Son muchas.

Pero no pienses que he escrito todo eso en unos pocos meses. Durante el curso 2025-2026, mientras tú trabajabas, estudiabas o simplemente vivías tu vida, yo aproveché la jubilación para ir subiendo una enorme cantidad de textos que llevaba años guardando en el ordenador. Muchos permanecían olvidados desde hacía décadas.

Por eso encontrarás artículos publicados recientemente que, en realidad, fueron escritos hace bastante tiempo.

No he querido reescribirlos.

Me habría resultado fácil maquillarlos para que todos sonaran igual. Preferí otra cosa: corregir erratas, eliminar fallos de redacción y respetar la voz con la que nacieron. Algunos me siguen gustando mucho; otros los escribiría hoy de manera diferente. Pero todos forman parte del mismo camino. Y eso también soy yo.

Además, para que navegar resulte más cómodo, los textos aparecen agrupados de cinco en cinco.

Empecemos la visita

Puede parecer una contradicción, pero lo primero que quiero enseñarte es… lo último.

«A MODO DE PRESENTACIÓN». ¡PASA! ESTÁS EN TU CASA. Precisamente es el texto que estás leyendo ahora. Quería que quien llegara por primera vez encontrara una mano tendida antes que una lista interminable de enlaces.

Después empieza realmente el recorrido.

«A LA SOMBRA DEL VERBO»

Es probablemente el cajón más amplio de toda la casa. Encontrarás prosa de muy distintos tipos: reflexiones, cuentos, entrevistas, pequeñas locuras literarias, humor, diccionarios imposibles, parodias y algún que otro disparate que, sorprendentemente, terminó teniendo sentido. Como sucede en cualquier casa donde se vive de verdad, hay habitaciones más ordenadas que otras.

«BIOGRAFÍA ACTUALIZADA»

No esperes una autobiografía solemne. Es una versión resumida, puesta al día y, sobre todo, mucho más sincera que la que escribí hace años.

«CANCIONES COMENTADAS POR JMMT»

Todos tenemos canciones que nos han acompañado en momentos importantes de la vida. Estas son algunas de las mías. Las comento desde mi experiencia personal, apoyándome cuando lo considero oportuno en opiniones de personas que saben muchísimo más de música que yo.

«CANDO CHOVE POR DENTRO»

Aquí el idioma cambia. Es mi obra poética en gallego escrita desde los años noventa. Algunos textos son sencillos; otros intentan arañar un poco más por dentro. Hay ternura, nostalgia, sensualidad, heridas y también alguna sonrisa. Todavía faltan muchos. Sigo trabajando en ello. Lo mismo con «DAS NOITES QUE NON DURMO». Forman los dos títulos, quizá alguno más, un corpus de mi prosa poética en gallego.

«LOS CUENTOS»

De momento encontrarás «El terrenito de Rafo», «Miedo al contacto social» y «La soledad».

Se leen enseguida. Ojalá después tengas ganas de contarme qué te han parecido.

«EL REVERSO DE MI VOZ» es la continuación natural de «LAS ARISTAS DE MI VERDAD». Aquí reúno buena parte de mi prosa poética en castellano escrita durante los últimos treinta años. Hay textos delicados, otros irónicos, algunos sensuales y otros quizá demasiado atrevidos para determinados lectores. Supongo que cada uno encontrará los suyos.

«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

Tengo debilidad por esta sección. Probablemente sea el lugar donde más aparece el gallego que llevo dentro, aunque esté escrito en castellano. Hay cuentos, recuerdos, paisajes, entrevistas imaginarias, reflexiones, pequeñas escenas de teatro y lugares que un día dejaron huella en mí. Seguirá creciendo. Mientras me quede memoria, seguirá creciendo.

«HATROZ»

Es la única novela terminada. En ella he intentado contar la vida de Rafo. Le dediqué incontables horas, muchísimo cariño y más dudas de las que imaginas. Su recepción ha sido discreta. Quizá demasiado discreta para todo el tiempo que invertí en ella. Aun así, sigo creyendo que merecía la pena escribirla.

«IMÁGENES COMENTADAS POR JMMT»

Funciona de manera parecida al apartado dedicado a las canciones. Solo que aquí las protagonistas son fotografías, pinturas e ilustraciones que, por un motivo u otro, dejaron una huella en mí.

«A la pereza» y «Al bloqueo literario» Son dos de las incorporaciones más recientes. Un romance y un soneto. El primero sonríe con ironía. El segundo habla de una realidad mucho menos divertida: ese bloqueo que, tarde o temprano, visita a quien escribe.

Lo que todavía no me atrevo a publicar. Existe otra novela. Hoy se llama «El turno de nadie». Está escrita, pero todavía no está preparada para salir de casa. Necesita muchas correcciones y, sobre todo, necesita que yo encuentre el valor suficiente para dejarla marchar. Ya llegará su momento.

UNA ÚLTIMA PETICIÓN

Al final del recorrido encontrarás la firma de Sonmeigo y la posibilidad de suscribirte al blog.

El procedimiento no puede ser más sencillo: escribes tu dirección de correo electrónico, pulsas el botón correspondiente… y listo. Aquí voy a confesarte una cosa. Hace algún tiempo un supuesto experto en marketing me dijo que nunca debía hablar con tanta transparencia sobre los suscriptores. Que esas cosas no se cuentan. Pues qué quieres que te diga…

¡Me importa un carallo! Cuando empecé de verdad esta aventura tenía 346 suscriptores. Recuerdo perfectamente aquella cifra porque me hizo una ilusión enorme. Duró poco. Después comenzó una lenta cuesta abajo que todavía continúa. Hoy rondo los 136. Puede seguir bajando.

Quizá sea un poco Mr. Bean, un poco inspector Clouseau, un poco Wile E. Coyote o un poco François Pignon: personajes entrañables que casi siempre consiguen exactamente lo contrario de lo que pretendían.

No descarto parecerme un poco a todos ellos.

También he hecho limpieza. No quiero que nadie reciba correos de este blog si hace meses que no abre ni una sola entrada. Prefiero tener menos suscriptores, pero saber que quienes permanecen al otro lado todavía conservan un mínimo interés por lo que escribo. Creo que también uno debe respetarse a sí mismo. Aunque eso suponga perder cifras.

Y AHORA SÍ…

Ya está. La puerta queda abierta.

No pretendo que leas las casi setecientas entradas. Sería una locura. Ni siquiera yo sería capaz de hacerlo de un tirón.

Solo me gustaría que pasearas por este blog como quien entra en una romaría galega. Sin prisas. Dejándote llevar. Igual que uno empieza siguiendo el olor del pulpo á feira, el pan recién horneado o los churros, se detiene un momento a escuchar una gaita, charla con un desconocido bajo una carballeira y acaba descubriendo que la mejor parte de la fiesta no era la que tenía prevista.

Ojalá aquí te ocurra algo parecido. Que un título te llame la atención. Que un texto te haga sonreír. Que otro te incomode un poco. Que alguno te acompañe durante unos días. Y, si al terminar la visita sientes ganas de volver, de recomendar este rincón a alguien o de dejarme unas palabras, habré recibido el mejor regalo que puede esperar quien escribe.

Gracias por entrar. Gracias por quedarte un rato. Y, sobre todo, gracias por acompañarme en este viaje literario.

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ENVIDIA

No me molestaba que ella brillara, me molestaba no ser su luz. Aplaudía sus logros con una sonrisa tan perfecta que parecía cortesía aprendida, pero por detrás me rechinaban los dientes como si cada triunfo suyo fuese una factura pendiente que la vida me había pasado otra vez a mí. Mis felicitaciones sonaban a protocolo y mis ojos, apenas disimulados, llevaban la cuenta fría de sus aciertos. Nunca quise superarla; no buscaba kilómetros por delante, sino que ella diera un paso en falso. No deseaba verla mejor, sino herida, porque así recuperaba, aunque fuera por un instante, la posición que me negaban sus pequeños espejos de éxito. Otra vez destrocé su victoria. 

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REDES

Publicou a súa tristura nas redes, agardando «gústame» como quen lanza botellas ao mar con mensaxes de auxilio. Cada reacción era unha esperanza, cada comentario, unha posible corda. Pero ninguén o rescatou. O mar dixital non ten costas, só ondas que arrastran sen mirar. E a súa dor, aínda que viral, seguía sen resposta, flotando entre algoritmos e pantallas.

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MAREA

Vuelvo a nuestro viejo escritor, que está empeñado en recordar. Incapaz de mirar su tétrico futuro, se enzarza en una imagen del pasado que le reporta un placer efímero, pero glorioso. Lleno de un placer emocional, visualiza el momento en el que conoció a Asunción, una estudiante de Filología que lo abordó cuando él iba ejercitándose en rimas y estrofas camino de la susodicha facultad. Como siempre, los nervios lo bloquearon, y un éxito amoroso se trocó en una escena patética e infantil.  El fracaso vivido fue como un castillo de arena de un niño en una playa desierta antes de un certero y repentino golpe de marea.

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EL BARRO

El futurismo fue una de las vanguardias más provocadoras y teatrales del siglo XX. Nació oficialmente en 1909 con el manifiesto publicado por Filippo Tommaso Marinetti en el periódico francés Le Figaro. El movimiento adoraba la velocidad, las máquinas, la bombilla eléctrica, los coches, el ruido y la ruptura total con el pasado. En sus manifiestos gritaban: «¡Quemad las bibliotecas!». «¡Destruid los museos!». Y sus miembros vivían de forma tan exagerada como escribían. Paradójicamente… hoy sus obras están… en museos.

Marinetti contó que una noche conducía a toda velocidad un coche moderno cerca de Milán cuando tuvo que esquivar a unos ciclistas y acabó estampándose en una zanja. Según él, salir cubierto de barro y aceite fue una experiencia casi «mística». Dijo que ese choque le reveló la belleza de la velocidad y de la máquina moderna.

En el manifiesto futurista llegó a escribir algo muy provocador para la época:

«Un automóvil de carreras… es más bello que la Victoria de Samotracia». Aquello escandalizó a media Europa porque estaba comparando un coche con una de las esculturas clásicas más admiradas del mundo. La canción del automóvil comienza con estos versos: ¡Dios vehemente de una raza de acero, / automóvil ebrio de espacio, / que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes! / ¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua, / nutrido de llamas y aceites minerales, / hambriento de horizontes y presas siderales / tu corazón se expande en su taf-taf diabólico / y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas / que bailen por las blancas carreteras del mundo.

Los futuristas odiaban lo que consideraban el peso muerto de la tradición italiana.  No siempre lo decían literalmente, pero sí querían dinamitar el culto al pasado. En una Italia obsesionada con el Renacimiento y la Roma clásica, aquello sonaba casi sacrílego.

El pintor y músico Luigi Russolo escribió en 1913 el manifiesto El arte de los ruidos. Decía que la música clásica estaba anticuada y que la ciudad moderna tenía una nueva orquesta: «motores, fábricas, trenes y sirenas».

Organizaban espectáculos llamados serate futuriste donde mezclaban poesía, música, insultos al público y provocaciones políticas. Los artistas subían al escenario a recitar poemas llenos de onomatopeyas y ruido industrial. A veces insultaban directamente a los espectadores para provocar una reacción. El público respondía entonces lanzando tomates, verduras o sillas.

Y eso era exactamente lo que querían: el arte debía generar violencia emocional y agitación.

En estas últimas entradas, yo he chapoteado en mi barro, y con gusto; pero, salido, con cierta elegancia ad hoc, del chocolate terrenal que había creado, he decidido (finta de Di Stéfano) contarte qué libros tienes en josemariamaiztogores.com y cantosdepedra.com.

Lo primero que te sorprenderá es el número de entradas.  Las he estructurado en los siguientes libros, que están a tu disposición en los blogs antes citados:

  1. A LA SOMBRA DEL VERBO 
  2. CANCIONES COMENTADAS POR JMMT
  3. CANDO CHOVE POR DENTRO
  4. FOTOS E IMÁGENES COMENTADAS POR JMMT
  5. GALICIA QUEDA AL NORTE
  6. HATROZ
  7. LAS ARISTAS DE MI VERDAD
  8. Y MUCHAS COSAS MÁS…

Por el número elevado de entradas, y por el famoso contador de visitas, te recomiendo que leas las entradas en la web, en los blogs www.josemariamaiztogores.com y www.cantosdepedra.com

Empecé a escribir con cierta seriedad allá por 1994, cuando me di cuenta de que tenía cierta habilidad en esto de juntar palabras. También presento textos muy recientes y presentaré otros que vaya componiendo.

En este blog hay muchísimas entradas —alguna te gustará, creo—, pero para que no se bloqueen o atasquen, las presento de cinco en cinco.

Saberme leído por ti solo puede reportarme prestigio y notoriedad.

En caso de que quieras contactar conmigo, ya sabes que me encanta, puedes hacerlo a través de mis correos:

jmmaiz@telefonica.net

maiztogores@gmail.com.

Muchas gracias por leerme.

«Sonmeigo», pseudónimo actual mío (JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES)

«Sonmeigo» parece salido directamente de una balada celta gallega: un ser misterioso que habla poco, mira mucho y probablemente conoce remedios ancestrales para males físicos y sentimentales. «Sonmeigo» es un nombre mezcla musicalidad y magia, como si perteneciera a un druida moderno que toca la zanfona bajo la niebla mientras da consejos ambiguos que terminan teniendo razón. «Sonmeigo» domina la escena con calma sobrenatural y aparece silenciosamente entre los árboles, como si el bosque mismo le hubiese dado permiso para existir. 

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DESPEDIDA DEFINITIVA

Se despidió por última vez. En esta ocasión, por su parte, sin dramas, sin lágrimas, sin promesas, sin acariciarme la piel; por la mía, como siempre, con mil ruegos, con los ojos llenos de recuerdos, con una insoportable tristeza ―según ella― y con un futuro de soledades. Como quien apaga la luz y se va sin cerrar la puerta, sabía de la certeza de nuestro adiós. No volverá, me dijo mi alter ego. No hubo despedidas, no, solo la convicción de que ya no era su lugar, ni su historia, ni su dolor, ni mi piel. Y en ese silencio, ella encontró la paz.

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GUSTARÍAME…

Gustaríame gozar dun sorriso, sexa novo ou xa maduro; liberarme da tristeza coa forza dun titán; queimarme no forno dunha ausencia; deshabitar a floración da miña soidade; ser un home que non chorara de noite; ter no meu carón unha muller que me fixera máis vivo; saber a razón da miña tristura conxénita; despedirme de ti coas miñas mans sempre nos teus seos. Xa non sei o que me gustaría!

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ENVIDIA

No le molestaba que yo brillara, le molestaba no ser la luz. Aplaudía mis logros con una sonrisa tan perfecta que parecía fingida, pero le rechinaban los dientes como si cada éxito mío fuera una deuda suya con la vida. Nunca quiso superarme, solo quería que me cayera y que jamás pudiera levantarme. Mis fracasos eran su alimento. Y yo, lleno de heridas otra vez, la esperaba desnudo en nuestra cama de aquel viejo hotel.

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AQUELA TARDE

A tarde cae amodo sobre a mesa daquel bar. Dúas copas baleiras, algúns recordos e un imposible no que nos empeñamos en crer. Ti falas dos nosos sentimentos como o mariñeiro que come ao noso lado fala do mar: ás veces en calma, reflectindo o ceo, e outras axitados en tormentas interminables. E eu, crédulo e infeliz, asinto. Imaxino os dous sos nun barco rumbo a ningunha parte, coma dis ti porque o noso ten menos vida cun prato baleiro.  Non quero saber que nese mesmo intre xa te tiña perdida.

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O DESEXO

A miña sombra ri de min, con esa ironía silenciosa que parece coñecer todos os meus segredos, e dime que o corpo os esquece co tempo. Pero non é certo, porque abonda con pensarte un instante —lembrar a túa doce pel, a túa excitada respiración, a maneira en que te achegabas sen présa— para que algo dentro, e fóra, de min esperte.

Entón a miña man lembra antes incluso de que o decida a mente, e comeza a moverse amodo, cun ritmo antigo e natural, como a marea que avanza e retrocede sen pedir permiso.

Pouco a pouco o corpo volve latexar cunha intensidade que cría apagada, e cada recordo faise máis nítido: a túa boca, a túa lingua, a noite na que os nosos corpos se buscaron con urxencia mentres o resto do mundo desaparecía arredor.

A miña sombra intenta determe, intenta convencerme de que todo iso pertence ao pasado, pero o desexo xa comezou a camiñar e non escoita advertencias.

A habitación parece arder amodo, coma se o aire mesmo estivese cargado dunha electricidade suave, e dentro de min medra unha onda que non deixa de elevarse.

Pecho os ollos e deixo que chegue ese intre inevitable, esa convulsión breve e fonda do pracer que atravesa o corpo como un lóstrego silencioso.

Despois chega o silencio, e a respiración volve pouco a pouco ao seu ritmo lento mentres o corpo recompón a calma.

Entón érgome, recollo as cinsas invisibles que quedan na habitación, e escribo con elas, porque mesmo a ausencia pode converterse en palabras.

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OBRA DE ARTE

Ella, recostada desnuda en un diván. Él la miraba como si fuera una obra de arte: una pintura que no entendía, pero que lo conmovía y excitaba profundamente. Se quedaba horas contemplando su cuerpo, sus gestos, sus pechos, sus palabras, su sexo, sus silencios. Pero ella, desinhibida ante él, solo quería que la vieran sin marco, sin interpretación, sin pedestal. Solo como mujer. Y él, atrapado en su admiración y arrebato, nunca la tocó de verdad.

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EL CAFÉ DE LAS SEIS DE LA MAÑANA Y EL ARTE DE VOLVER A EMPEZAR

«A veces hay que volver al barro para encontrarse». Esta frase de la oscarizada «Volver a empezar», cuya idea principal es la de concederse una segunda oportunidad para regresar al origen, reconciliarse con lo vivido y descubrir que nunca es tarde para recuperar una parte de uno mismo. Me gusta mucho, y no he sido capaz de localizar, la «manipulada» frase de Paulo Coelho: La vida siempre concede otra oportunidad a quien se atreve. Escribo esta frase como propósito de enmienda y como objetivo literario, desde este momento, me comprometo a no amargarte la vida. Sí, aburrirte, pero no convertir la lectura de mis textos en un invierno interminable. No quiero ser una piedra constante en tu zapato ni llenarte la lectura de espinas. (Este fragmento debería ir encuadrado en esta entrada, pero como no lo sé hacer me he tenido que conformar con colorear la letra de rojo)

A las seis de la mañana, la ciudad todavía no ha terminado de vestirse, pero sí está amaneciendo. Las calles tienen ese color gris azulado, húmedo, que a mí siempre me recuerda a los amaneceres en la ría de Noia, también conocida como la Ría da Estrela, cuando la niebla flota sobre el agua como si le costase sintonizar el nuevo día. Me gusta esta hora. La soledad a estas horas no pesa; es más bien una compañera silenciosa, un lienzo en blanco antes de que todo el mundo empiece a gritar. Sólo me falta un desayuno con berberechos o almejas, dar un largo paseo de madrugada por la playa seminudista de Baroña o patearme haciendo fotos el aclamado por los senderistas Monte Louro.

Estaba yo en mi rincón de la cafetería de siempre, con el teléfono abierto en un libro que me tiene enganchado: Asesinato en el molino del cura, de Arantza Portabales. Nada de espóiler. El café humeando y un cruasán a la plancha a medio empezar, cuando la puerta crujió como un fantasma desperezándose. El fresco del amanecer, aumentado por los camiones cisterna que estaban «bañando» las calles, entró de golpe, y con él, una muchacha de unos veinticinco años. Muy bien conjuntada, mochila cargada de apuntes y los ojos despiertos de quien se va a comer el mundo o, al menos, el examen de las nueve.

Pidió un café para llevar, pero mientras esperaba, me miró de reojo. Me reconoció. Había sido alumna mía en 2º de Bachillerato hace unos años. Sonrojada y sin atreverse a hablar, volvió a mirar. Se acercó a mi mesa con la determinación de quien va a fundar un país.

—Perdone… ¿usted es José María, el profe de Lengua, verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.

Asentí con la cabeza, un poco sorprendido, sosteniendo la taza en el aire y dispuesto a escucharla.

—Sí, el mismo. Buenos días.

—Tengo un recuerdo excelente de usted. Pocos profesores como usted he tenido en la carrera. Tengo que leer hoy mi tesis. Llevo dos años con ella: Adsorción diferencial de fármacos sobre plástico hospitalario según la carga electrostática ambiental.

No supe qué decir sobre ese interesantísimo tema. Me ofreció una pequeña explicación que no viene a cuento plasmarla aquí.

La joven no se anduvo con rodeos. Dejó la mochila en el suelo, se cruzó de brazos, entre la indignación, la lástima y la admiración.

—Dejemos mi tesis… Pues mire, ayer lo leí, leí su blog. Y de verdad se lo digo: qué tipo tan pesado es usted. Qué plasta. Un auténtico deprimido, enfermo dice mi padre, de verdad. Si todo es tan terrible como dice, ¿para qué nos levantamos por la mañana? Me dejó el cuerpo como pateado por un elefante.

Me eché a reír. No pude evitarlo. La honestidad brutal de la juventud tiene una fuerza maravillosa. Le señalé la silla de enfrente.

—Siéntese un minuto, ande. Que su café va a tardar un poco. ¿Tan deprimente le pareció?

Se sentó en el borde de la silla, como lista para salir corriendo por si el «carácter depresivo» resultaba contagioso.

—Es que parece que para usted el paso del tiempo es una condena a muerte —dijo, suavizando un poco el tono, pero sin perder firmeza—. Habla de la soledad como si fuera un pozo negro. Y de la añoranza de su tierra como si Galicia fuera un cementerio de recuerdos. ¡Un poco de por favor! Que la vida sigue.

La miré con la calma que dan los sesenta y siete años bien cumplidos. El camarero dejó su vaso de cartón sobre la barra, pero ella no se movió.

—Tiene toda la razón —le confesé, dándole un sorbo a mi café—. A veces, los que escribimos nos encerramos tanto en el caparazón que confundimos la niebla con la oscuridad. Pero le aseguro, dígaselo a su padre, que no estoy enfermo, ni soy un alma en pena. Solo era… un mal día en los dedos y un impulso más exigente que el 6,24 de Armand Duplantis.

—Pues me alegro —sonrió ella, sorprendida por la comparación, y su sonrisa iluminó la cafetería entera—. Porque a mí me gusta cómo escribe sobre el amor. Pero el amor de verdad, el que duele un poco, pero vale la pena. No esa catástrofe de ayer.

—Prometido queda —le respondí—. Hoy el texto saldrá diferente. Menos nubarrones y más luz de faro.

—Así me gusta. ¡Buen día, José María!

Se levantó, cogió su café y salió volando hacia el metro, dejando tras de sí un aroma a vainilla y una lección bien aprendida.

LA MIRADA LIMPIA

Me he quedado solo otra vez, pero la soledad ya no es la misma de ayer. Ahora tiene el eco de esa risa joven y de ese certero diagnóstico sobre la entrada de ayer.

Es verdad que los años van pasando y que uno empieza a contar el tiempo con otra velocidad. Las arrugas de las manos, de los brazos, de la cara, de… no engañan y la distancia con mi tierra gallega a veces duele en el pecho como una espina de merluza atravesada. Añoro el olor a tierra húmeda de verdad, el sonido del viento en los pinos, el sabor del pan de mollete de aldea. Pero esa añoranza no tiene por qué ser destructiva. Es, simplemente, el ancla que me recuerda de dónde vengo para saber hacia dónde camino.

El amor, a mi edad, ya no es un fuego de artificio que estalla y desaparece. Es más bien la brasa que queda toda la noche en la cocina de leña para poder cocinar un caldo gallego a las 6 de la mañana a fuego lento o esa que calienta la casa durante toda la noche sin armar ruido en los fríos inviernos de Galicia. Es el recuerdo de los que se amaron bien, de los que fracasaron, de la certeza de que el corazón sigue vivo y dispuesto a conmoverse, aunque sea con el espontáneo reproche de una exalumna en una cafetería madrugadora.

Escribir es esto. No es mirarse el ombligo y regodearse en la herida. Es abrir la ventana, dejar que entre el aire fresco del amanecer y entender que, mientras haya un café caliente y alguien al otro lado dispuesto a leernos (y a reñirnos), el viaje sigue valiendo la pena.

Hoy las teclas no pesan. Hoy tienen ganas de bailar. Buenos días a todos. A ver cuánto te dura, me dice mi hermana.

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DIAGNÓSTICO CONFUSO, EXPLICACIÓN MÁS CONFUSA (CON IMÁGENES ACLARATORIAS)

Hace unas semanas, en Instagram, antes de cerrar la cuenta, colgué estas citas escritas por mí:

1.- A veces uno no quiere rendirse, sólo quisiera descansar de ese peso invisible que acompaña cada pensamiento, roba el entusiasmo y vuelve agotador incluso aquello que antes se sentía sencillo.

2.- Nadie siempre nota cuando alguien empieza a desaparecer en sí mismo, porque muchas veces el derrumbe no ocurre de forma escandalosa, sino en pequeños silencios, en rutinas mecánicas y en una tristeza que aprende a esconderse bien.

3.- Existe una forma de agotamiento que no viene del esfuerzo físico, sino de sostenerse todos los días mientras por dentro algo se siente roto, distante o desconectado de todo lo que antes hacía sentir vivo.

4.- Hay un tipo de tristeza que no hace ruido, que no pide ayuda en voz alta, pero se instala en cada pensamiento, en cada mañana pesada y en cada noche insomne donde el cansancio del cuerpo no alcanza para descansar la mente.

5.- Lo más difícil no siempre es el dolor evidente, sino esa forma lenta y persistente de apagarse por dentro, en la que las cosas que antes encendían el alma dejan de tener color, sentido o impulso.

6.- A veces no se trata de llorar ni de romperse frente al mundo, sino de caminar entre la gente con una calma fingida, cargando un cansancio que no se quita con dormir y un silencio que nadie nota, aunque grite por dentro.

7.- Hay días en los que el peso de existir se vuelve tan denso que incluso las tareas más simples parecen montañas imposibles, y uno aprende a sonreír en automático mientras por dentro todo se siente detenido, gris y extrañamente vacío.

Últimamente fantaseo con tirar el ordenador por la ventana. Como cuando pequeño tiraba, desde un quinto piso y por la tarde, huevos crudos o bolsas de plástico de agua en el balcón de mi cuarto al concurrido Paseo de las Delicias. No como metáfora elegante ni como frase ingeniosa para empezar un texto. Lo digo de verdad. Hay días en los que miro la pantalla, escucho a mi otro yo, veo el cursor parpadear delante de una página en blanco y siento un impulso casi terapéutico de agarrar el portátil con las dos manos, abrir la ventana y verlo estrellarse contra el suelo. Debe ser tan placentero como una intensa guerra de harina en una cocina recién remodelada. Supongo que ese es mi pequeño desequilibrio actual. Volver a ser un niño, de Enrique Urquijo (https://www.youtube.com/watch?v=pNiERPFlTBs).

Porque he llegado a aborrecer el ordenador. Lola se extrañará porque estoy pegado a él casi todo el día. ¿Cómo aborrecer aquello que te ocupa tanto tiempo? ¡Qué curioso: paso el día entero quejándome de eso… y aun así no puedo dejar de volver a él! Y eso, para alguien que pasó media vida escribiendo, leyendo, enlazando ideas y creyendo todavía en internet, resulta bastante triste.

Esta es la entrada cuatrocientas setenta y siete en el blog josemariamaiztogores.com/. No sé todavía si voy a cerrarlo. Y esta vez no es un arreón destructivo del conocido bloguicida que habita en mí. No. Y esa duda, que parece pequeña, lleva meses persiguiéndome. A veces la terna de actuación es problemática: cerrarlo definitivamente para ser consciente del bloguicidio, dejarlo simplemente abandonado para que lo vea algún despistado o vaciarlo absolutamente y dejar josemariamaiztogores.com/ como si fuera un petroglifo.

Lo que si tengo claro es que tengo que bajar la persiana. Asumir que una etapa terminó y debo dejar de prolongarla artificialmente, como quien mantiene encendida una habitación vacía solo por miedo a admitir que ya nadie vive ahí. Otras veces creo que quizá sea mejor no decir nada. Quieto. Sin despedidas solemnes ni dramatismos innecesarios. Sin esta puñetera entrada. Dejarlo morir lentamente por inhalación, como mueren tantas cosas en internet: sin ruido, sin homenaje y sin que casi nadie se dé cuenta.

No lo sé. Lo único que sé con claridad es que estoy agotado. Muy agotado. Y no hablo solo de los blogs. Hablo del cansancio raro que aparece cuando algo que antes amabas empieza a producirte ansiedad. Hablo de sentarme delante del teclado y sentir rechazo antes incluso de escribir una palabra. Hablo de esa sensación de vacío mental donde antes había ideas, curiosidad o necesidad de contar cosas. Ahora solo hay cansancio.

Quizá la jubilación también tenga algo que ver. Imaginaba la jubilación como un tiempo luminoso. Más tiempo para leer, pensar, pasear, escribir sin prisas. Más libertad. Más calma. Y sin embargo me ha ocurrido algo extraño: cuanto más tiempo tengo, menos ideas encuentro.

Antes escribía casi sin darme cuenta. El trabajo, las correcciones, el estrés, la preparación de las clases, las discusiones, las entrevistas con familias, la rutina diaria, incluso el agotamiento, generaban un movimiento interior. Había fricción. Había cosas que pensar y cosas de las que decir algo.

Ahora el silencio es diferente. Más pesado. Y sospecho que no es que ya no tenga nada que decir. Es que ya no tengo fuerzas para transformar lo que pienso en texto. Todo me parece repetido. Todo me parece innecesario. Todo acaba convertido en un borrador a medias que abandono después de mirar la pantalla durante una hora. Después de escribir tres horas, todo lo elimino porque lo considero de nula calidad. Este mismo texto está en el borde de un pozo negro, el mismo de la nube negra: ¡Escribe, coño, escribe! Y me sale una cadena de cortes de manga tan gozosa que en ocasiones veo la luz a lo lejos cuando miro hacia arriba.

La pantalla en blanco se ha convertido en una forma de angustia. Y cuanto más tiempo paso delante del ordenador, más rechazo siento. Internet tampoco ayuda. Tal vez soy yo quien se quedó anticuado. Me siento como un teclado en una mesa llena de pantallas táctiles: todavía capaz de contar historias, pero todas ellas suenan a un pasado periclitado, casposo y velado. No lo niego. Pero echo de menos aquella red llena de blogs personales, imperfectos, escritos sin estrategia. Echo de menos entrar en páginas, y leerlas, donde alguien escribía simplemente porque necesitaba hacerlo y no porque estuviera alimentando algoritmos, buscando posicionamiento o fabricando una identidad digital rentable. Esta última frase se la debo a un internauta que malvive como yo. Ahora todo parece promoción personal. En este charco has caído tú, José María, me dice mi alter ego.

Incluso la tristeza. Veo decenas de poemas a medio escribir, de bocetos literarios, que no quiero colgarlos porque hablan de la tristeza como una casa en invierno: todo sigue en su sitio, pero ninguna habitación consigue entrar en calor. Y yo ya no sé jugar a eso. Ni quiero aprender a mentir, ni a adoptar un postureo insulso. Quiero ser sincero al precio que sea.

Me cansé de la obligación permanente de producir contenido. Me cansé de la idea absurda de que todo pensamiento tiene que convertirse en publicación. Me cansé, culpa mía de ello, de medir el valor de lo que escribo según visitas, estadísticas o reacciones efímeras que desaparecen al día siguiente.

He perdido la relación natural con la escritura. Antes escribir me ordenaba la cabeza. Ahora me la bloquea. Y quizá lo más difícil de admitir sea esto: ya no disfruto. No disfruto buscando temas. No disfruto preparando entradas. No disfruto corrigiendo párrafos. No disfruto actualizando nada. No disfruto entrando al panel del blog. No disfruto al encender el ordenador.

A veces incluso retraso el momento de abrirlo porque ya sé la sensación que me espera al otro lado de la pantalla: agotamiento, culpa y esa impresión constante de estar arrastrando algo que hace tiempo dejó de tener sentido para mí.

Y claro que me da pena. Porque un blog nunca es solo un blog.

Ahí quedan años de lecturas, obsesiones, estados de ánimo, entusiasmos, rabias, noches de insomnio, versiones distintas de uno mismo y textos que me han costado un huevo escribir y ya nacen trasnochados.

Cerrar algo así no es simplemente apagar una página web. Es aceptar que cierta etapa de tu vida terminó. Y eso nunca resulta del todo fácil. Por eso sigo dudando. Porque me da vértigo desconocer lo que se me abrirá después de cerrar el blog. Pero no puedo colgar mierdas sólo por eso.

Cerrar el blog me produce tristeza. Mantenerlo vivo me genera ansiedad. Y dejarlo abandonado lentamente me provoca una mezcla muy rara de culpa, desprecio y descanso.

Supongo que en el fondo no estoy hablando únicamente de internet. Estoy hablando de mí. De una versión de mí mismo que antes escribía con facilidad, con curiosidad y hasta con cierta ilusión. Echo de menos a esa persona. Echo de menos sentarme delante del teclado y sentir ganas en lugar de agotamiento.

No sé si esa versión sigue aquí o si simplemente se cansó demasiado. Tal vez hay cosas que no terminan de golpe. Tal vez algunas etapas se van apagando lentamente hasta que un día descubres que llevaban mucho tiempo muertas y eras tú quien seguía negándose a aceptarlo.

Puede que este blog esté llegando a ese lugar. Y quizá lo más honesto que puedo hacer ahora mismo sea admitirlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, pensar en dejarlo no me produce fracaso. Me produce alivio. No sé qué hacer. Hasta otro día, en la calle o aquí.

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FURTIVA MIRADA

Un racimo de ebriedad en primavera, ayer. Ese que degustamos los dos sin contacto físico, sin conocernos y sin habitación compartida. Sólo nebulosas de un placer efímero. Hoy, una simple bruma de otoño camino de ninguna parte que nos deja un regusto de fruición voluptuosa de unos ojos que nunca volverán a encontrarse y que han convertido lo vivido en un atisbo de alborozo fantasmal.

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NOCTURNO

Nestas noites de verán a miña pel intúe a parda caricia da ebriedade. Ao instante quero ocultarme tras un corpo de sombras, e esquivo as tersas mans da túa complicidade proxectando toda a miña inquietude nun coñecemento eterno. Non nego nin extingo aquel espazo, pero a evolución do meu mundo sométeme e subxúgame ata a inconsciencia: xa non sei se habito nunha aurora de réptiles ou se son un exhausto desterrado que suplica a túa voz mentres o murmurio dunha brisa de nostalxia envolve a miña fronte…

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CINZAS

Esperto entre cinzas, coa sensación de que algo ardeu en min durante a noite. Érgome amodo, sacudo o po gris do corpo, como se cada movemento espertase recordos antigos. Houbo en min un lume intenso. Agora quedan só brasas ocultas. Tócome o peito e algo esperta: a memoria do teu corpo. Imaxino a túa boca. A túa respiración. O calor. Pero a sombra aparece e murmura: —Xa non volverá. E aínda así, algo queda. Non é lume. É unha brasa pequena… pero viva. 

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CAIXÓN

Co paso dos anos aprendín que o silencio pode converterse nun hábito silencioso. Un comeza calando unha vez por prudencia, logo outra por timidez e finalmente cala porque xa non sabe facer outra cousa. Eu fun gardando frases como quen garda cartas nun caixón. Palabras que imaxinei dicir pero que nunca chegaron a cruzar a gorxa. Xestos que quedaron detidos nese instante estraño anterior ao valor. Desde fóra todo parecía tranquilo, incluso educado, pero dentro acumulábanse pequenas tormentas de frases non ditas. Ás veces pensaba que algún día abriría ese caixón e ordenaría todo o que calara. Pero o caixón seguía pechándose cada noite coa mesma suavidade e eu acababa convencéndome de que o silencio tamén podía ser unha forma discreta de vivir, aínda que en realidade só era unha habitación chea de palabras esperando paciencia, po, tempo e un pouco de valor para saír fóra.

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INCÓMODO (O EL ARTE DE QUERER EXPLICAR LO QUE PARA MÍ ES INEXPLICABLE)

(Apunte inicial: En primer lugar, ya sabes que me gustaría que me leyeras en la web de www.recuncar.com porque se contabilizan las entradas y en los correos no. En segundo, perdona por tratar de nuevo un tema delicado e inflamable, pero en el territorio frágil en el que vivo lo siento necesario. Y, por último, prometo no volver a tocar ese tema, aunque autores reconocidos como Joan Didion, David Foster Wallace o Alejandra Pizarnik, han hecho de temas semejantes su verdad literaria. Además, las promesas están para no cumplirlas. Ja).

No quiero resultarte incómodo, espinoso, insoportable, agobiante, embarazoso, áspero, sofocante, espeso… No quiero.

Hay una cosa de la que se habla poco porque incomoda. Porque rompe el ritmo alegre que parece obligatorio en este mundo de risas enlatadas, sol prefabricado y bebidas euforizantes: la felicidad como norma social y casi una obligación moral. Porque la tristeza, cuando dura demasiado, cuando se excede de una hipertacañería exquisita, cuando no nos comportamos como Jim Carrey o Rowan Atkinson (Mr. Bean), acaba cansando a los demás. La tristeza en dosis homeopáticas, en lo imprescindible para demostrar que existe, sólo así es aceptada. Por eso, uno aprende a callarse. O a disfrazar lo que siente con ironías, con silencios, con frases breves dichas casi en broma para que nadie se asuste demasiado, no vayan a entristecerse más de lo establecido por la Corte de los Confetis y las Sonrisas Permanentes (tiene mayoría absoluta la bancada de la felicidad), la famosa CCSP. José María, deja en paz este decreto distópico con humor negro y abandona el cinismo contemporáneo. No eres ni Franz Kafka ni Enrique Jardiel Poncela. Magister dixit.

Yo llevo tiempo bordeando algo oscuro, pero lo hago en mi blog, según un «caducado» conocido mío, como el último y patético Curro Romero, «el viejo señor del tiempo»: alternando «tardes irrepetibles» con «sublimes fracasos».

No sé si llamarlo depresión, melancolía antigua o simplemente, creo que he acertado en la expresión, una manera torcida de estar en el mundo. Tampoco me gustan las etiquetas. Las palabras médicas, cuando se pegan a una persona, a veces parecen quitarle matices. Pero sí sé que desde hace años vivo acompañado por una especie de nube negra. No una tormenta espectacular. No un drama permanente. Algo más silencioso y constante. Una sombra que distorsiona la luz de las cosas corrientes.

Hay días en que todo parece ligeramente más gris de lo que debería. Las noticias, las conversaciones, el futuro, las relaciones, incluso los recuerdos buenos. Como si el cerebro tuviera una tendencia natural a inclinarse hacia el lado oscuro de las cosas. Y no es cuestión de voluntad. Esto es lo más difícil de explicar. La gente cree que uno decide mirar mal el mundo, como quien elige ponerse unas gafas oscuras en pleno verano. «Anímate», dicen. «No pienses tanto». «Sal más». Y esa conocida frase que no hay «antiemético» que la reprima: «Hay gente que está muchísimo peor que tú, así que deberías dejar de quejarte un poco y aprender a valorar lo que tienes en vez de estar siempre con esa cara de ajo siberiano». Como si todo dependiera de un pequeño gesto de actitud y la nube negra me impidiera conocer las terribles enfermedades y las precarias situaciones que habitan en el mundo. La última vez que un familiar le dijo a mi madre esta linda frase: «No sé de qué te quejas; tu marido te da todo lo que quieres» —volvemos al mercantilismo de los sentimientos—, mi madre, muy serena, le soltó a la cara, entre indignación, ironía y dramatización, esta contestación lorquiana: «Métete en un pozo negro de veinte metros de profundidad y, sin cuerdas ni escaleras, intenta salir de él. Venga, valiente, sal; venga, valiente… ¿Por qué no sales? ¡Eres un vago!».

Yo mismo me he preguntado muchas veces si esto viene de lejos. Mi madre tuvo ciclos depresivos muy graves. La información, completa. No quiero caer en la media verdad. Entre ciclo y ciclo depresivo, era una mujer atenta, divertida, sociable y excelente cocinera. Entonces se denominaban «depresiones endógenas» a las depresiones de origen interno, biológico, y «depresiones exógenas», las que eran las causadas por alguna circunstancia externa. Una expresión y clasificación antiguas que hoy suena a consulta médica de los años sesenta.

Yo crecí viendo aquello sin entenderlo del todo. Pienso que, tal vez, ciertas tristezas también se heredan. No como una condena exacta, pero sí como una forma de mirar, una inclinación secreta del carácter. Igual que otros heredan la facilidad para la risa o el entusiasmo.

Durante treinta y siete años me he dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza. Y creo que bien o muy bien. En algunas ocasiones no me quedó más remedio que ejercer mi vocación frustrada: la actuación teatral. Pocos compañeros lo percibieron, por lo que, en varias ocasiones, sin éxito alguno, me rondó el «Óscar educativo». Sospecho ahora que el trabajo me sostuvo más de lo que yo mismo sabía. Tener horarios, explicaciones, responsabilidades, alumnos, exámenes, reuniones, clases que preparar, correcciones, entrevistas… fueron mi «bálsamo de Fierabrás». La vida ultraorganizada alrededor de una tarea constante me salvó de caer en ese pozo negro. Quizá esa estructura actuaba como un dique. Ahora estoy jubilado y el silencio interior tiene más espacio. Demasiado espacio a veces. Uno descubre entonces que el ruido de la vida diaria también servía para tapar ciertas voces interiores.

No estoy diciendo que viva hundido. Eso sería exagerar. Y mentir. Sigo leyendo, escribiendo, paseando, hablando con gente. Me interesan todavía muchas cosas. Pero debajo de todo eso hay una corriente subterránea de tristeza que no desaparece nunca del todo. Y lo más cansado no es sentirla, sino tener que justificarla continuamente ante los demás. Es agotador.

Porque además existe otro problema: la incomprensión. Cuando uno intenta explicar estas cosas, muchas personas sonríen con una mezcla de cariño, condescendencia, compasión paternalista y desconcierto. Como si yo estuviera exagerando un poco y a punto de romperme con un cristal de duralex: en mil pedazos. Como si yo hablara desde un capricho. O desde una rareza literaria. Hay quien piensa que uno dramatiza porque escribe o por mi vocación actoral. Como si poner palabras al malestar le quitara verdad.

Y no. Hay personas que somos más sombrías por naturaleza. Igual que existen los optimistas espontáneos, también existen quienes sentimos el peso del mundo con más intensidad. Somos personas que nos rompemos en reuniones llenas de gente. Personas que necesitamos soledad para respirar. Personas que nos sentimos observadas incluso cuando nadie nos mira. Personas que salen de ciertas actividades agotadas en lugar de animadas. Personas que parecemos tranquilas mientras por dentro estamos huyendo. Personas a las que el bullicio no nos alimenta, sino que nos vacía. Personas que escuchamos a todos y casi nunca somos escuchadas por esa tristeza que no es tendencia hoy…

Eso no significa despreciar a los demás. Ni sentirse superior. Ni vivir enfadado con el mundo. Significa simplemente que hay temperamentos distintos. Pero como vivimos en una época que parece obligatoria la exhibición permanente de felicidad, hay que estar motivado, sonriente, sociable, disponible. Y quien no encaja en esa música acaba pareciendo sospechoso.

A veces pienso que muchas personas alegres tienen la enorme fortuna de no estar demasiado tiempo dentro de sí mismas. Yo, en cambio, paso demasiado tiempo ahí dentro. Observando. Dándole vueltas a cosas pequeñas. Recordando frases antiguas. Imaginando futuros sombríos. Cansándome de pensamientos que otros ni siquiera notarían.

Lo curioso es que esta manera de ser también tiene algo de lucidez. La tristeza vuelve a algunas personas más observadoras. Más conscientes del paso del tiempo. Más sensibles al dolor ajeno. Más capaces de detectar la fragilidad que se esconde bajo las apariencias normales de la vida. Pero claro, nadie me felicita por eso. La sociedad premia la energía, no la introspección.

No escribo todo esto para pedir compasión. Sería, como mínimo, un indecente por ello. Ni siquiera comprensión absoluta. Sé que cada persona carga con sus propios fantasmas y sus propias enfermedades. Solo me gustaría que se aceptara que hay quienes vivimos con una cierta tristeza de fondo. Una música baja que nunca termina de apagarse. Y que eso no siempre tiene arreglo, ni explicación clara, ni solución inmediata.

Quizá lo único que necesitamos es que no se nos sonría con sobreprotección ni que nos digan con un tono plañidero ―es en la única circunstancia que no lo soporto― pobriño. Que no se nos trate como exagerados o ingratos. Que alguien escuche sin corregir, sin recetar optimismo rápido, sin convertir cada confesión en un problema que hay que arreglar enseguida, como cuando yo hacía en la postadolescencia frente al espejo y explotaba con inmediatez de fibra óptica ese «vesúbico» grano que rebosaba pus y un asqueroso líquido blanco. Hay nubes negras que, en estos momentos, no me anuncian una tormenta tropical; simplemente me acompañan en un solitario deambular. 

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DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN ESCRITOR QUE NO HA VENDIDO UN LIBRO EN SU VIDA Y QUE NO SABE QUÉ DEMONIOS HACE ESCRIBIENDO EN UN BLOG

  1. Escribo para entender qué demonios pienso antes de convertirme definitivamente en ese señor insoportable que opina con seguridad de todo en cenas donde nadie le ha preguntado nada. La escritura es el único sitio donde mis contradicciones, mis neurosis y mis delirios de grandeza todavía parecen tener cierta dignidad intelectual. En la vida cotidiana solo parecen síntomas preocupantes.
  2. Ningún silencio editorial invalida una frase verdadera. El problema es que encontrar una frase verdadera entre quinientas páginas de divagaciones solemnes no siempre resulta sencillo, ni siquiera para mí. Que un libro no encuentre editor quizá no signifique que el sistema esté podrido; a veces significa simplemente que soy un analfabeto comercial con el carisma de un archivador gris.
  3. Publicar no es la medida definitiva del valor literario; muchas veces es apenas una alineación entre talento, oportunidad y una capacidad mínima para no parecer un ermitaño socialmente disfuncional. La literatura existía antes de la industria y seguirá existiendo después, aunque probablemente yo siga enviando manuscritos como un monje medieval lanzando botellas al mar desde una cueva emocional.
  4. Prefiero una página honesta, aunque imperfecta, a cien páginas fabricadas únicamente para agradar al mercado. Claro que esa decisión moral tan noble tiene consecuencias: mientras otros venden novelas sobre panaderos escandinavos con traumas sentimentales, yo sigo escribiendo párrafos densos que parecen redactados por un funcionario deprimido durante una tormenta eléctrica.
  5. No rivalizo con otros escritores ni con esos premios literarios que parecen diseñados por un joyero barroco bajo los efectos del coñac. Mi verdadera aspiración es más humilde y más ridícula: que alguien lea mi blog entero sin abandonar a mitad para ponerse a ver vídeos de fontanería en YouTube. Mi lucha no es contra otros autores, sino contra mi tendencia natural a escribir con miedo, resentimiento y hambre de aprobación disfrazada de superioridad intelectual.
  6. Un manuscrito rechazado no es un cadáver. Es más bien un paciente en coma inducido al que sigo visitando con una mezcla de esperanza absurda y vergüenza clínica. Cada rechazo editorial me recuerda que el mundo quizá no estaba esperando exactamente una novela filosófica escrita por alguien que corrige adjetivos a las tres de la mañana como si estuviera desactivando explosivos.
  7. La literatura no me debe lectores, contratos ni prestigio. Y visto lo visto, parece decidida a no darme absolutamente nada de eso. Yo, en cambio, sí le debo disciplina, paciencia y respeto por cada palabra escrita, aunque algunas de ellas merecieran claramente haber sido detenidas por la policía lingüística antes de llegar al papel.
  8. Acepto que quizá nunca viva económicamente de escribir. De hecho, las probabilidades de hacerme rico parecen similares a las de convertirme en duque austrohúngaro por accidente administrativo. Pero también acepto que dejar de escribir me convertiría en algo todavía peor: una persona que habla de la novela que «podría haber escrito» mientras bebe café frío y culpa al algoritmo de todos sus fracasos.
  9. Cada libro invisible contiene una vida entera detrás: noches robadas al cansancio, dudas interminables y una obstinación que desde fuera se parece muchísimo a un trastorno obsesivo elegantemente vestido. Nadie ve las horas perdidas corrigiendo una coma como si la estabilidad de Occidente dependiera de ella. Y sinceramente, a estas alturas, ni yo mismo sé si eso es admirable o médicamente inquietante.
  10. Mientras siga escribiendo con verdad, todavía no puedo llamarme fracasado. Un fracasado auténtico probablemente tendría hobbies más saludables y una autoestima menos vinculada a párrafos subordinados. El fracaso real sería abandonar esta necesidad ridícula y persistente de decir algo auténtico, aunque luego lo lean exactamente cuatro personas y dos de ellas sean familiares obligados por compromiso genético.

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PRESENTACIÓN DISPARATADA DE MI BLOG «OQUINTODOTEMPO.COM» CON UNA VISIÓN SURREALISTA, EXTRAVAGANTE E IMPERDONABLE (15 DE MAYO DE 2026)

Yo no tengo un blog. Yo tengo una anomalía cuántica con dominio propio. Se llama josemariamaiztogores.com y aparece flotando en internet como un percebe metafísico agarrado a una roca emocional. Hay quien lo llama página literaria. Otros lo consideran una avería barroca del lenguaje. Mi madre todavía piensa que estoy opositando para algo.

Allí escribo textos, artículos, «noveloides», poemas en prosa y ataques de sinceridad con síntomas tropicales. Escribo porque dormir me parece una pérdida de tiempo y porque hablar solo empieza a preocupar a los vecinos cuando uno utiliza distintas voces.

Mi blog no sigue corrientes literarias. Las atropella todas. Surrealismo, expresionismo, tremendismo, dadaísmo, cubismo emocional, romanticismo de taberna, existencialismo con grelos, nihilismo de mercadillo, realismo mágico con humedad, simbolismo ferroviario y costumbrismo alucinógeno. Todo mezclado como un cocido cocinado por Kafka dentro de una lavadora industrial.

En josemariamaiztogores.com hablo del amor, claro. Ese animal viscoso que entra por la ventana disfrazado de violín y acaba viviendo en el baño, fumando tus cigarrillos y opinando sobre tus traumas. Yo conozco el amor. Una vez me llamó borracho a las cuatro de la mañana para decirme que necesitaba espacio.

También hablo de la envidia, que es el único sentimiento capaz de provocar un infarto mientras alguien sonríe educadamente. La envidia es maravillosa: convierte a un amigo en crítico literario en menos de siete segundos. Yo la observo como quien estudia un insecto venenoso dentro de una taza de café.

Y luego está Galicia. Galicia no existe realmente. Galicia es una invención atmosférica diseñada por poetas cansados y vacas filosóficas. Allí la lluvia no cae: reflexiona. La niebla conversa con los árboles. Las piedras recuerdan cosas. Los paraguas nacen muertos. El mar observa a la gente con una paciencia de psiquiatra jubilado. Yo escribo Galicia como quien escribe una carta de amor a una tormenta eléctrica.

La morriña me persigue constantemente. A veces entro en un supermercado de Madrid y me emociono delante de un repollo. Oigo una gaita a lo lejos y automáticamente necesito abrazar una farola. La saudade gallega es así: un animal húmedo que te lame el alma y luego te deja mirando la lluvia durante cuatro horas mientras piensas en un bar que cerró en 1997.

En mi blog hay tristeza, sí. Pero una tristeza elegante, con bigote y sombrero. No esa tristeza moderna que sube fotos a Instagram. La mía fuma en silencio frente al mar mientras escucha cómo crujen los muebles de la infancia.

También hay humor. Muchísimo. Humor absurdo, humor negro, humor blanco, humor beige y humor color percebe radiactivo. Porque la vida es tan ridícula que tomársela en serio debería estar prohibido por la Convención de Ginebra.

Yo describo el fracaso como otros describen puestas de sol. Tengo fracasos pequeños, medianos y familiares. Algunos vienen con música de fondo. Otros con factura. El fracaso me acompaña desde hace años y ya tenemos confianza: entra en casa sin llamar y a veces me riega las plantas.

En josemariamaiztogores.com aparecen personajes imposibles: camareros metafísicos, taxistas que citan a Nietzsche, curas con resaca mística, jubilados anarcosindicalistas, señoras capaces de destruir universos utilizando únicamente una mirada y un bolso lleno de naranjas.

Yo mismo soy un personaje sospechoso. A veces escribo como un profeta bíblico atrapado en un after de carretera. Otras veces parezco un acordeón deprimido intentando seducir a una lámpara. Nunca se sabe.

Mis textos saltan del erotismo al apocalipsis con absoluta naturalidad. Porque el deseo humano es una cosa rarísima. Uno puede sentirse profundamente espiritual mientras busca desesperadamente el cargador del móvil debajo de la cama. Yo escribo sobre sexo como quien describe un accidente ferroviario lleno de violines y mariscos.

También hay fotos comentadas. Yo no comento fotografías: las interrogo. Una simple imagen de una silla vacía puede acabar convertida en una tesis sobre la decadencia de Occidente y las croquetas industriales. Tengo una capacidad extraordinaria para exagerar cualquier detalle hasta convertirlo en una epopeya delirante.

Mi biografía literaria consiste básicamente en sobrevivir al paso del tiempo mientras transformo neurosis en párrafos decorativos. Algunos escritores buscan la belleza. Yo busco una frase que haga reír y después deje al lector mirando al techo como si acabara de descubrir que la existencia es un pulpo vestido de funcionario.

En mi blog caben los recuerdos, los delirios, las frustraciones, los amores imposibles y los imbéciles inevitables. Cabe la infancia oliendo a lluvia y detergente. Cabe la nostalgia de cosas que jamás ocurrieron. Cabe la soledad de los hoteles baratos y la alegría inexplicable de encontrar una tortilla de patatas decente en mitad del caos universal.

Porque yo escribo desde el desconcierto. Escribo como quien intenta arreglar un reloj usando una sardina. Escribo como quien baila un vals dentro de un incendio. Escribo como quien busca sentido en una servilleta manchada de vino.

A veces ni yo entiendo lo que escribo. Y eso me parece una señal magnífica. La lógica está sobrevalorada. Las mejores cosas de la vida ocurren cuando el cerebro se despista un momento y deja entrar a los fantasmas, los recuerdos y las tonterías luminosas.

Hay lectores que llegan buscando literatura y salen con la sensación de haber compartido ginebra con un semáforo existencialista. Perfecto. Esa es exactamente la experiencia.

Porque josemariamaiztogores.com no pretende ordenar el mundo. Pretende despeinarlo.

Yo no vendo felicidad, ni éxito, ni espiritualidad de taza motivacional. Yo ofrezco carcajadas melancólicas, naufragios con estilo, ironía de alta graduación y una forma bastante digna de perder el tiempo mientras afuera el universo continúa haciendo sus habituales caralladas cósmicas.

Y mientras todo el mundo corre hacia alguna parte con cara de ejecutivo angustiado, yo sigo aquí, escribiendo bajo una lámpara triste, rodeado de palabras, nostalgias, fantasmas gallegos y frases que parecen escritas por un percebe que ha leído demasiado a Valle-Inclán después de un golpe fuerte en la cabeza.

Eso es josemariamaiztogores.com: un cabaret literario dirigido por la saudade, la ironía y una gaviota filosófica ligeramente borracha.

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CAMISA VIEJA, CAMISA NUEVA

Hay mudanzas que no se hacen con cajas, sino con símbolos. A veces cambiar de vida empieza con algo tan simple como una camisa. Una vieja, gastada, cargada de costumbre. Otra nueva, todavía rígida, quizá un poco incómoda al principio, pero limpia, abierta a una posibilidad distinta. Entre ambas no hay solo una diferencia de tela: hay una manera de estar en el mundo. La camisa vieja conserva el olor de los días repetidos; la nueva, en cambio, trae consigo la sospecha de un comienzo.

Durante mucho tiempo uno puede vivir dentro de la camisa vieja sin notarlo. Se acostumbra al peso de lo conocido, a la forma exacta que adquiere sobre el cuerpo, a sus manchas, a sus dobleces, incluso a sus defectos. La vida también se vuelve así: una prenda que conocemos demasiado bien. Nos queda ajustada a ciertos hábitos, a ciertas renuncias, a cierta versión de nosotros que ya no responde del todo a lo que somos. Pero seguimos usándola porque da seguridad. Porque cambiar da miedo. Porque lo familiar, aunque esté gastado, parece menos peligroso que lo incierto.

Sin embargo, llega un momento en que la camisa vieja ya no abriga. Entonces el cuerpo pide aire. La conciencia también. Uno empieza a notar que hay costuras que no resisten más, que hay una vida entera metida en una costumbre que ya no alcanza. Cambiar de camisa, entonces, no es un gesto superficial. Es una pequeña declaración de independencia. Es decir: ya no quiero seguir vistiendo la misma tristeza, la misma resignación, el mismo modo de pasar por los días sin habitar realmente ninguno.

La camisa nueva no garantiza una vida mejor. No hace milagros. A veces incluso incomoda, roza, exige adaptación. Pero tiene algo valioso: todavía no ha sido vencida por la repetición. Está abierta a la forma que uno quiera darle. Y eso, en ciertos momentos de la vida, es una esperanza concreta. Cambiar de vida significa aceptar esa incomodidad inicial. Significa dejar de proteger una identidad gastada para ensayar otra más honesta, más libre, más cercana al deseo verdadero.

La transición nunca es total ni inmediata. Uno sigue llevando rastros de la camisa vieja: sus hábitos, sus miedos, sus heridas. Pero puede empezar a combinarlos con una decisión nueva. Y esa mezcla, lejos de ser una contradicción, es a menudo el verdadero cambio. Nadie se transforma de un día para otro. Cambiar de vida es un ejercicio de continuidad y ruptura al mismo tiempo: conservar lo que merece quedarse y soltar lo que ya no sostiene.

Por eso la camisa nueva simboliza algo más que renovación. Simboliza la posibilidad de elegir. Elegir no seguir igual. Elegir no conformarse con la forma en que siempre se hicieron las cosas. Elegir una existencia menos fatigada por el pasado y más disponible para el porvenir. Y aunque la tela sea la misma, aunque el gesto parezca mínimo, hay decisiones que reorganizan por dentro toda una biografía. 

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PREGUNTA

De pronto, una mujer desconocida me provoca con una simple pregunta: Ahora que eres libre, ¿serías capaz de renunciar a Galicia, a todo aquello de lo que has prometido con grandísimo frenesí durante años por desentrañar la locura de una simple ansia de vivir en la tierra de Breogán donde ya no existen ni corredoiras ni romerías? Silencio absoluto. 

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PACIENCIA

Hai persoas que cren durante moito tempo na posibilidade de que alguén termine abríndose. Algunhas das mulleres que coñecín tiñan esa paciencia luminosa. Achegábanse amodo, preguntaban, escoitaban, deixaban espazo, como quen agarda que unha porta antiga se abra sen forzala. Eu vía ese coidado e conmovíame, pero tamén me paralizaba porque sentía que tarde ou cedo descubrirían a miña torpeza para falar do que sentía. Durante un tempo crían que só era cuestión de días ou de confianza e seguían alí, preto. Pero mesmo a paciencia máis xenerosa ten un límite. O amor, ou a súa promesa, precisa algún sinal, unha palabra, un xesto que confirme que non están agardando en balde. E cando ese xesto non chega, o silencio deixa de parecer misterio e comeza a parecer ausencia. Entón comprenden que a porta quizais nunca se abrirá e marchan cunha tristeza tranquila, digna, inevitable.

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PROYECTO DE DESPEDIDA

Me hallo en el penúltimo jirón de tu piel degustando esa extraña delicia de un adiós, y volando mi alma por alamedas y claros de luna. En el pasado sentí la alegría de tu pecho, hoy has fatigado mi rama de olivo por mil transitados caminos, y mañana, tal vez mañana, tú y yo encarnemos en una ansiada ceremonia el más indómito de los proyectos. Que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía, que nadie… que nadie me impida ser tu atalaya en esta cadena de enebros y ambrosías.

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RE-PRESENTACIÓN IRRACIONAL DE «JOSEMARIAMAIZTOGORES.COM»

Bienvenidos a este espacio donde nadie pregunta y, sin embargo, las respuestas fluyen como si alguien estuviera escuchando con atención irónica y lápiz afilado. Aquí comienza una entrevista singular: no hay entrevistador, no hay micrófono en la solapa, pero hay alguien que habla porque sí, «porque lle peta». Porque el silencio a veces necesita ser interrumpido con una confesión innecesaria.

Nuestro protagonista entra en escena como quien se sienta en una silla ya caliente que no tiene patas. Mira al vacío —que hoy hace de entrevistador imaginario— y empieza a responder las preguntas que nadie le ha hecho. Sin filtros, sin guion, sin ninguna pregunta que le justifique.

¡Hola, querido amigo que no estás presente!

¡Gracias por tener la osadía de no visitar este blog! No marches, hombre, no marches. Este no es un blog normal.

Llamarse JOSEMARIAMAIZTOGORES apunta seriedad y categoría, pero en el fondo es una «carallada». Un vecino gallego, en una madrugada ácida, me dijo que no entendía el término «carallada». Le expliqué que es «la manifestación espontánea de locura estilizada, con pretensiones estéticas o humorísticas. Suele aparecer en textos, conversaciones o momentos de inspiración absurda, y se reconoce por provocar sonrisas incómodas, pensamientos inútiles o reflexiones que nadie pidió».

Aquí no hay influencers, ni tazas motivacionales de regalo, ni palabras en inglés tipo live, laugh, love o cualquier otra, ni recomendaciones para cortarse las uñas sin ningún instrumento, ni invitaciones al plató porque no existe… Aquí hay galleguidad con denominación de origen. Disfrutarás con nuestra amante ironía y observarás un sentido del humor que podría curar hasta los males más serios del trabajo.

No voy a negar que también hay poemas serios, nacidos de lo más profundo de mi «no sentimiento».

¿Quién son yo? Un loco con múltiples personalidades. Depende del día. Un loco que quiere poner a tus pies (no se te ocurra poner el ordenador en ese lugar) toda su obra. Soy como una montaña rusa: el mismo día estoy en la cumbre de la positividad y de la alegría como me arrastro por «a merda das vacas». Es la mejor manera de entendernos tú y yo… ¿Y el resto de la gente? También. Mis textos son como una tortilla sin cebolla: simples, sinceros, y un poco provocadores.

¿Temas principales del blog? Cosas que no le interesan a nadie, pero que contadas con gracia parecen importantes.

Reflexiones filosóficas sobre «los semáforos de Ourense y su enorme personalidad». Los semáforos de Ourense no son meros artefactos urbanos. No. Son entes existenciales, testigos silenciosos de un tiempo que no corre, sino que se dilata entre el verde que nunca llega y el rojo que insiste como una declaración de principios.

Experimentos sociales como «comer caldo en agosto para ver si la abuela deja de protestar». Estudio socioculinario sobre la tolerancia térmica emocional de las abuelas gallegas ante el caldo en verano: Si uno come caldo en pleno agosto a 35º a la sombra, a las tres de la tarde, la abuela dejará de emitir quejas climatológicas y, por primera vez en la historia documentada, asentirá en silencio… aunque sea por tres segundos.

Listas absurdas como «los siete signos de que eres gallego, aunque hayas nacido en Madagascar». Por ejemplo, uno: Eres capaz de discutir durante una hora sobre el grado de ternura exacto que debe tener el pulpo, como si fuera cuestión de Estado.

Estudios científicos (totalmente inventados) sobre «la ironía como método de defensa personal». En un minucioso estudio realizado por el inexistente Instituto de Neurobuceo Aplicado de la Universidad de San Cucufato del Oeste, 327 conejillos de indias humanos fueron sometidos a situaciones sociales incómodas —como reuniones familiares con suegros opinadores y entrevistas de trabajo sin sentido— para analizar el impacto de la ironía como escudo emocional.

—«Sufrimientos emocionales que manifesté cuando me quitaron la primera muela». Fue en 1965, año glorioso de la anestesia dudosa y la empatía en baja. Entré al dentista con una muela rebelde y salí con menos piezas dentales, menos dignidad y más traumas emocionales que una sesión de psicoanálisis con Freud en ayunas.

Caralladas literarias estilo la siguiente. La tortuga entró en un bar, pidió un vino Mencía y tres cangrejos de río vestidos de filósofos griegos. El camarero, con forma de triste paraguas, la miró de reojo y le preguntó: ¿Tiene usted licencia de soñadora profesional? Ella respondió con un poema sobre semáforos rebeldes que bailan muñeiras los domingos. Todo el bar estalló en aplausos filosóficos. Y la lluvia celosa decidió escribir su novela autobiográfica en braille líquido.

Auténticas joyas del disparate con toque culto. Don Casimiro, filósofo de taberna y poeta de urinario público, escribía sus aforismos en la espuma del vermú, mientras discutía con Heidegger a través de la radio sobre las deposiciones consistentes en Ourense.

Textos irreverentes. El santo patrón del sarcasmo apareció en el espejo del ascensor y me dijo: «Confía en ti… pero no demasiado, ya te conozco» y me realizó una bendición con olor a café recalentado.

Críticas «serias» de libros inexistentes. Título imaginado: La melancolía del refrigerador vacío por Eusebio Rascatripas. Lo más destacado por inexistente: el capítulo siete, «Oda a la cebolla ausente», es una pieza lírica que debería incluirse en todo programa de estudios de filosofía aplicada.

Personajes ridículos con fondo literario. Don Anselmo es un hombre de bigote asimétrico y capa de terciopelo que lleva siempre consigo una antología de autores que nunca existieron. Habla en verso endecasílabo incluso cuando pide el pan, y corrige la sintaxis del viento con una vara de mimbre.

Microrrelatos con finales sin sentido. El perro de la familia, que no ladraba desde 1983, empezó a recitar nombres en latín. La abuela observaba desde el espejo, donde ya no tenía ojos, solo dos lunas giradas hacia adentro. Y en la radio, un locutor anunció la hora: «Son las tres de la mañana en todas las ciudades de Galicia menos en la tuya».

Recuerdos de la infancia y la juventud… De pronto, con la lectura, te viste atrapado en discusiones sobre si el narrador era fiable, si el autor vivía atormentado o simplemente no sabía usar comas. Y lo peor: empezaste a entender las letras pequeñas de los contratos. Ya no había vuelta atrás.

Y textos serios sobre el amor, la nostalgia, la desolación, el desamor, la geografía gallega… La soledad es humana porque tiene rostro: el nuestro, cuando fingimos reír, cuando decimos «estoy bien» con el tono justo para que no pregunten más. Se camufla en rutinas, se disfraza de independencia, se justifica con agendas llenas de cosas que no importan.

—Y nuevos capítulos de Hatroz, evidentemente.

¿La frecuencia de publicación? Cuando tenga tiempo, ideas, cuando el maldito wifi (por favor, pronuncia «guaifai») no me abandone o cuando me venga la inspiración de la Reina Lupa, muller de armas tomar. Publico con más regularidad que el tren A Coruña—Vigo… lo cual, siendo sinceros, tampoco es muy difícil. Quien lo probó lo sabe. Lo mismo con el AVE Santiago—Oporto, que no existe.

¿Objetivo final? Que te rías, me odies o me ames. O que pienses «vaya chorrada, pero nos hacen falta estas tonterías». Porque en el fondo, este blog es como ese vecino del quinto que nunca está bien de la cabeza, pero que siempre tiene una frase que te alegra el día. Si te gusta el sentimiento gallego, la ironía, el dolor emocional y reírte de ti mismo o de mí (o de la vida en general), este blog es como la lluvia: viene sin avisar, te moja por dentro, y a veces acaba en fiesta…o desgracia.

¿Qué razones tengo para publicarlo?

Porque hoy, querido lector, lloré los siete mares. Sí, lloré. Y mucho. Pero no por un amor perdido, ni por el descalabro de la filosofía existencial, ni porque no «depusiera sólido» el perro del vecino. No. Lloré porque el pan de mi empanada estaba seco.

Seco como mis sentimientos cada vez que recibo un mensaje que me dice: «adiós, plasta, adiós» y nada más. ¡Eso no es mensajería, eso es terrorismo emocional!

Después de un llanto tan triste, escribí en la cama un texto caralludo: Lloro, sí… pero no tanto por amor. El amor es una mierda. Lloro por cosas serias. Parece que cogí la cebolla que había cortado ayer en el baño. Estoy ahogado en pensamientos… y no he sido capaz de pensar en mi propia ducha, porque olvidé que hoy había corte de agua de 7 a 10. Luego miré el móvil: nada personal. Solo el guasap del grupo «carallóns» diciendo «Hola, salí de la Xunta y marcho para casa porque no me han elegido presidente». Pienso en una declaración de amor y quiero escribirle un poema, pero el corrector automático transforma «dolor» en «doctor» y ahora parece que sufro, sí… pero con estilo. Suspiro tan fuerte que la cámara de mi ordenador viaja por la ventana a la velocidad del sonido. Ya no te puede ver.

¿Alguien me pidió que escribiera un blog? Nadie contesta. Y cada lágrima que me cae en el teclado… rebota como un balón de fútbol gallego y me hace llorar más. Pero no me mires así, yo también soy complejo. Soy gallego: mitad lluvia, mitad sentimiento, y un cien por cien indeciso. El otro día me preguntaron: «Tienes frío?» Y yo respondí:

«No sé, el cuerpo me dice que sí, pero el alma dice que está bien». ¡Coño!, pues ponte a escribir un blog. Y así fue. Borré los existentes.

Último argumento. Así vivimos: con bufanda y contradicción. Intento hacer meditación y escribir… pero en mi cabeza hay un cuarteto de gaitas tocando la «Muiñeira de la ansiedad». Quise probar el yoga… Acabé en posición fetal, abrazado al radiador, diciendo: «¡Oh, Dios, qué estrés!». Pero yo sigo adelante. Porque si voy a llorar, que sea por cortar cebolla haciendo un caldo con marisco, no por amores que se escapan como el wifi cuando más lo necesitas. Y se caen lágrimas, que caigan sobre un plato de pulpo. Que así por lo menos tienen donde remojar. ¡Ah! Si has llegado hasta aquí, es que has entrado por la puerta grande de mi blog.

Estoy más que preparado para repartir diversión, tristeza, sarcasmo, y unas buenas dosis de ingenio. Aquí puedes contar conmigo para cosas útiles, inútiles o absurdamente necesarias. La clave está en mezclar el universo literario con la irreverencia y el sentido del humor gallego. Te pido un chisco de inteligencia, mucha ironía y libertad total para mandarme a sembrar patacas. ¡Gracias!

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LA NUBE NEGRA

La Nube Negra no llega haciendo ruido, no. No anuncia su entrada, no rompe nada, no grita. Solo aparece. 😶‍🌫️🤯⛈️. Se instala despacio, a traición. Llega como un gato negro en la noche, como una idea negativa que se me cuela y se instala sin aviso, como un susurro que apenas siento, pero lo invade todo, como la niebla que llega sin ruido y, cuando la noto, ya está conmigo jodiéndome la vida, como una sombra espesa que empieza cubriendo los bordes del día hasta dejarlo todo bajo una misma oscuridad.

La Nube Negra no siempre duele de forma visible. A veces no tiene forma de llanto ni de derrumbe. A veces se parece más al silencio. A una fatiga honda, antigua, difícil de explicar. A la sensación de cargar un peso que nadie ve, pero que me aplasta igual. Camino con el cuerpo lleno de plomo. Abro los ojos por la mañana y siento que el día ya empieza perdiendo.

La Nube Negra no solo me entristece. Me desgasta. Me aísla. Me desordena. Me apaga. Me enturbia. Me agota. Me enmudece. Me encierra. Me confunde. Me drena. Me astilla. Me silencia. Me desarma. Me contrae. Me niebla.

La Nube Negra va borrando el contorno de las cosas que antes tenían sentido para mí. Lo que antes era refugio ahora es ruido. Lo que antes eran horas ante un papel ahora es una repleta papelera de hojas en blanco. Lo que antes era deseo ahora es esfuerzo. Lo que antes era simple, ahora parece imposible. Comer, responder un mensaje, sostener una conversación, ducharme, salir de la cama, escribir un texto, leer un libro… Todo se convierte en una tarea desmedida, absurda, agotadora. Y lo más cruel es que desde fuera no siempre se nota. Nadie lo nota.

La Nube Negra sabe disfrazarse. Sabe poner una cara funcional encima de mi derrumbe. Sabe, arteramente, hacer de mí una persona que sonríe mientras por dentro apenas sostiene los restos de sus efectos. Sabe enseñar una versión presentable de mi dolor para que nadie haga demasiadas preguntas. Y mientras tanto, por dentro, todo sigue cayéndose.

La Nube Negra también deforma mi pensamiento. Lo vuelve hostil. Lo llena de una crueldad íntima que no da tregua. Bajo su sombra, empiezo a desconfiar de todo: de mi valor, de mi fuerza, de mi lugar en el mundo. Todo se vuelve duda. Todo se vuelve culpa. Todo se vuelve insuficiencia. Mi mente deja de ser casa y se convierte en un sitio difícil de habitar.

Hay días en los que la Nube Negra no parece tristeza, sino vacío. Un vacío seco, inmóvil, sin dramatismo. No pasa nada, y sin embargo me duele todo. Una ausencia total de entusiasmo. Una distancia feroz conmigo mismo, con los otros, con la vida. Como si todo ocurriera detrás de un vidrio. Como si yo siguiera aquí, pero cada vez menos.

Lo más doloroso de la Nube Negra no es solo lo que pesa, sino lo que me arranca. Me arranca el impulso. Me arranca la ternura. Me arranca el apetito por el mundo. Me arranca la versión de mí mismo que recuerda cómo vivir sin este cansancio feroz. Y entonces no solo sufro lo que siento: también sufro la nostalgia de quien era antes.

Vivir bajo la Nube Negra es intentar explicarle al mundo un dolor que no sangra, pero consume. Una enfermedad que no me mata, pero no me deja vivir. Es sentir culpa por no poder con lo que otras personas hacen sin pensar. Es agotarme fingiendo normalidad. Es querer desaparecer del ruido, del esfuerzo, de mí mismo. No por falta de amor, no por ingratitud, no por debilidad, sino por cansancio. Por un cansancio tan hondo que a veces se confunde con el final.

Y aun así, aquí estoy. Debajo de la Nube Negra. La nombro. Sostengo como puedo este peso sin forma. Atravieso una oscuridad que no elijo, pero que me toca habitar. Digo, aunque me cueste, que esto duele. Que duele de verdad. Que hay días en que sobrevivir ya es todo el trabajo del mundo. 

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EL LABORATORIO HUMANO

El metro de Madrid es un laboratorio humano fascinante: solidaridad, prisas, cansancio… y también pequeñas miserias cotidianas. Algunas escenas de mala educación son tan frecuentes que ya forman parte del paisaje urbano.

El clásico: el dueño de la barra

Probablemente el gesto más irritante para muchos viajeros. Personas que se apoyan completamente sobre las barras de agarre, impidiendo que otros puedan sujetarse. Metro de Madrid ha tenido que pedir públicamente civismo por esta práctica.

No creo que sea pura maldad; muchas veces es ensimismamiento absoluto. El móvil ha convertido a algunos pasajeros en estatuas apoyadas en el vagón. Pero sigue siendo una forma bastante egoísta de ocupar espacio compartido.

El móvil en altavoz: el villano moderno

Vídeos de TikTok, notas de voz eternas, música trap sonando como si el vagón fuera un chiringuito. Las quejas son constantes y el propio Metro ha recordado que estas conductas no están permitidas.

Es quizá la forma más representativa de la mala educación contemporánea: mi entretenimiento importa más que tu tranquilidad. Antes la gente invadía espacio físico; ahora invade espacio sonoro.

Los que bloquean la salida

Las puertas se abren y ahí están: pasajeros intentando entrar antes de dejar salir. Se produce una especie de scrum rugbístico absurdo.

Esto me parece especialmente irracional porque además perjudica al propio infractor. Retrasa todo y genera tensión innecesaria. Es el triunfo de la impaciencia de dos segundos.

Mochilas asesinas en hora punta

Mochilas gigantes golpeando caras y costillas mientras su propietario gira alegremente sin quitársela. Metro lleva años recomendando llevarlas delante o en el suelo.

Aquí influye mucho la desconexión social urbana: mucha gente actúa como si viajara sola dentro de una burbuja privada.

Los spreaders del asiento

El equivalente ferroviario del macho alfa territorial: piernas abiertas ocupando asiento y medio mientras los demás van encogidos.

Más que mala educación consciente, suele ser falta total de percepción del otro. Pero cuando el vagón va lleno, resulta bastante agresivo visualmente.

Escenas más desagradables

También aparecen episodios más serios: insultos, discusiones agresivas, xenofobia o amenazas entre viajeros. Algunos incidentes recientes se hicieron virales en redes.

Aquí ya no hablamos de descortesía sino de deterioro del clima social. El metro concentra estrés, anonimato y saturación; cuando alguien explota, el vagón entero se convierte en espectador incómodo.

El fenómeno curioso: nadie dice nada

Lo más llamativo del metro madrileño no es solo la mala educación, sino el silencio colectivo. Mucha gente se molesta, muy poca confronta.

Creo que el metro de Madrid sigue siendo relativamente funcional y seguro. No tiene el nivel de agresividad de algunos suburbanos internacionales. Pero sí refleja un problema muy moderno: la erosión de las normas mínimas de convivencia.
No hace falta heroísmo cívico; bastaría con pequeñas renuncias al egoísmo cotidiano: quitarse la mochila, usar auriculares, dejar salir, mirar alrededor…

La buena educación en el transporte público no consiste en ser amable; consiste en recordar que uno comparte espacio con cientos de desconocidos. Y eso, en una gran ciudad, es casi una forma de civilización.

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CON EL CARBALLO EN LOS OJOS

En sueños camino por la carballeira sin saber muy bien qué voy a escribir hoy. Quizá desde este instante impreciso en el que los pies avanzan mientras la cabeza se queda atrás, atrapada en una frase que aún no existe. Vengo aquí para detener lo que corre demasiado rápido, para poner palabras donde antes solo había un rumor de hojas y algo parecido al silencio. Los carballos se alzan como una memoria que no me apura. No me piden respuestas ni conclusiones. Su sombra es un refugio a veces, una herida otras, porque también aquí aprendí que el amor no es un concepto cerrado: es esta luz que entra a destiempo entre las ramas, es la humedad en el suelo que promete vida y también resbala. El desamor no llegó nunca con un golpe seco; fue más bien una distancia que creció sin hacer ruido, como la hierba que invade un camino olvidado.

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VELETA DE PAPEL

La frase «¿Qué hay de nuevo, viejo?» es una expresión muy conocida del español que se usa de modo informal y humorístico para saludar, en este caso, a un público que está al otro lado del ordenador. Se popularizó gracias al personaje de Bugs Bunny en los dibujos animados de Looney Tunes, cuya frase original en inglés es: «What’s up, doc?» (¿Eh? Bilingüismo puro y duro). En español se adaptó como «¿Qué hay de nuevo, viejo?», y quedó como una forma divertida de saludar, de iniciar conversación o de establecer un contacto.

Bubka se me queda pequeño con los saltos de pértiga y Duplantis está ahí, ahí. Pero prefiero a Julio Iglesias cuando dice, lleno de orgullo, «soy un truhán, soy un señor»; por lo que confieso que, a la hora de escribir, no soy un hombre de palabra; es decir me arrimo al sol que más calienta con un desparpajo inimitable. Menos mal que tengo alergia al sol… Por eso, mi gente me llama Draculín.

Soy, más bien, un vestidor ambulante de palabras, un probador de decisiones, un maniquí con ansiedad narrativa, un verdulero que se lee el Quijote un día sí y otro también o un taimado escritor que pretende convencerte sin que te des cuenta.

En mi casa no tengo un armario: tengo un catálogo de chaquetas de lo más variopinto para cada estado de ánimo, para cada giro argumental y, por supuesto, para cada contradicción pública. Ya conoces el dicho español: Donde dije digo, digo Diego… pero con una americana distinta. Puedo cambiarme a lo largo de un día una docena de veces. Y me quedo corto, seguro.

Otra vertiente más culta apunta a que yo utilizo una fórmula de corrección rápida. En la antigüedad, cuando alguien cometía un error en un discurso o en un documento legal, en lugar de tachar o admitir la mentira, utilizaba la rima para camuflar el cambio de versión como si fuera una simple aclaración fonética. Modelo habemus.

Hace exactamente tres días me enfundé la chaqueta negra del dramatismo elegante. Esa que huele a despedida definitiva, a cierre meditado, a «he venido aquí a decirte algo importante y, por favor, respeta mi silencio». Escribí un texto impecable. Sobrio. Con citas. Con ese tono ligeramente funerario que invita al lector a asentir con gravedad, como si estuviera en un velatorio literario. Dije que cerraba el blog, que bajaba la persiana, que apagaba la luz. Incluso diría que me fui dando un portazo suave, de esos que suenan a decisión madura. Hace tres días exactamente.

Y hoy… hoy aparezco con una chaqueta fosforita, haciendo palmas, diciendo: «¡Que no, que era broma, que me habéis entendido mal!».

Lo mío no es incoherencia, es cambio de vestuario. Rápido. Frenético. Casi coreografiado. Si alguien entrara en mi casa pensaría que convivo con quince versiones de mí mismo discutiendo frente al espejo: uno dramático, otro entusiasta, uno que dice que se despide, otro que encarga churros… Y todos compartiendo el mismo perchero.

He ejecutado una voltereta digna de Hugo Sánchez, sí, pero con cambio de chaqueta en el aire. Eso ya no es deporte: eso es circo. Y yo soy el payaso que primero anuncia su retirada del espectáculo… y a los diez minutos reaparece con nariz nueva y otro número aún mejor.

Porque esa es otra: me encanta anunciar finales. Me fascinan. Me ponen a cien. No me vienen grandes, me quedan estupendos. Me los pruebo como quien se prueba abrigos en rebajas: «Uy, este cierre definitivo me estiliza muchísimo». Y claro, luego pasa lo que pasa: que a las dos horas me veo en el espejo y digo: «Igual me he precipitado. Esto pica. Este no soy yo. ¿No tengo algo más… abierto?».

Balzac, en Papá Goriot, dibuja a Jacques Collin, alias Vautrin, como un genio de la manipulación. No es solo un criminal; es un camaleón que cambia de identidad, de valores y de amigos dependiendo de qué le convenga para ascender socialmente o escapar de la ley. Su lealtad es exclusivamente para consigo mismo.

También he pensado en ese político que dimite a las nueve de la mañana con gesto grave y a las nueve y cinco minutos ya está matizando. Ese que escribe «renuncio irrevocablemente» y, tres líneas después, añade «seguiré al frente hasta que se resuelva la situación». Situación que él ha creado. Ese equilibrio imposible entre irse y quedarse, entre cerrar y poner la puerta entornada. Yo no solo lo entiendo: lo admiro. Es más, lo estoy practicando con entusiasmo amateur.

Y si me pongo literario —porque claro, me pongo—, lo mío empieza a oler peligrosamente a Hamlet en versión bloguera: cerrar o no cerrar, esa es la cuestión… durante 72 horas exactas. Ni tragedia ni dilema existencial: lo mío es indecisión con wifi.

Pero volvamos a las chaquetas, que es donde está la verdad. Tengo la chaqueta del «hasta aquí hemos llegado», la del «necesito parar», la del «esto se acaba con dignidad», la del «como no se enteran»… y justo al lado, colgada, planchadita, la del «bueno, tampoco era para tanto», la del «igual sigo un poco más», la del «¿y si escribo algo cortito como este texto?». Soy capaz de cambiarme tres veces antes del desayuno y otras cuatro antes de publicar.

Lo más fascinante es que con cada una me creo completamente mi verbo. Cuando escribí el cierre, era verdad. No estaba actuando (bueno, un poco sí, pero con método). Sentía cada palabra, cada cita, cada punto final. Y ahora, escribiendo esto, también es verdad. Igual de verdad. Igual de sentido. Solo que con otra chaqueta. Si esto no es talento, al menos es versatilidad.

En Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, Scarlett O’Hara es una experta en cambiar de criterio según la necesidad del momento. Puede pasar de despreciar a los yanquis a casarse con uno por dinero, o de jurar amor eterno a Ashley a perseguir a Rhett, todo en función de qué le garantice no volver a pasar hambre. Su brújula no es el honor, sino la supervivencia.

Y por supuesto, yo me río de mí mismo. ¿Cómo no hacerlo? Soy el único capaz de escribir un epitafio para su propio blog… y luego aparecer tres días después quitándole el polvo a la lápida diciendo: «Perdón… ¿Esto sigue libre?».

Soy ese tipo que se despide en la puerta, baja un tramo de escaleras, vuelve a subirlas porque se ha olvidado las llaves… y ya se queda a tomar un café. Piensa que soy gallego y aquello de la escalera lo llevo a sangra y tinta.

Mi credibilidad, por cierto, está en la lavadora, junto con varias chaquetas que ya no sé si combinan con algo. Pero tampoco pasa nada. Nunca aspiré a ser coherente; aspiro a escribir bien y con xeito mis incoherencias. Y en eso, modestamente, creo que mantengo el nivel.

En una obra de Shakespeare, el personaje colectivo de «La Multitud» (especialmente en Julio César) es el mejor ejemplo de cambio de criterio récord. En el funeral de César, pasan de vitorear a Bruto por asesinar al «tirano» a querer quemar su casa tras escuchar el discurso de Marco Antonio, todo en un lapso de tiempo asombrosamente corto.

«La fortuna es como el cristal: cuanto más brilla, más frágil es». Proverbio latino que estos personajes parecen llevar tatuado.

Así que no, el blog no se cierra. O sí. O bueno, hoy no. Hoy no toca. Hoy toca esta versión de mí, con esta chaqueta, con este ánimo, con esta risa medio avergonzada. Mañana ya veremos qué me pongo.

No prometo estabilidad. Prometo vestuario.

Y si en unos días vuelvo a despedirme, no lo dudéis: será con otra chaqueta, otro tono solemne y probablemente otra cita bien escogida. Y, con un poco de suerte, también volveré a desdecirme.  Porque al final, yo no cambio de opinión. Cambio de chaqueta. Constantemente. ¿Os gusta esta? 

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REDES

Publiqué mi tristeza en redes, esperando «megustas» como quien lanza botellas al mar con mensajes de auxilio. Cada reacción era una esperanza, cada comentario, una posible cuerda. Pero nadie me rescató. El mar digital no tiene costas, solo olas que arrastran sin mirar. Y mi dolor, aunque viral, seguía sin respuesta, flotando entre algoritmos y pantallas. 

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EXAMEN DEL PASADO

El cansado escritor reflexiona. Examina su pasado. Busca culpables a sus fracasos amorosos. Se obceca en una educación que no le impulsó a formar una familia, sino a permanecer, con plena libertad de acción, en la intocable casa-refugio paterna. Un ser pusilánime es imposible que emprenda una aventura en solitario. Teme la intemperie. Confunde cobijo con destino. Heredó la obediencia como una forma de quietud. Y convirtió la renuncia en carácter. Aprendió a llamar prudencia al miedo.

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ELLA

Ella me dijo «te amo» con miedo, como quien entrega un cristal que ha cuidado toda su vida. Yo le respondí «yo más» con prisa, como quien lo deja caer sin mirar atrás. El amor, tan frágil como transparente, se rompió en el suelo de tu indiferencia. Ella recogió sus pedazos sola, mientras yo seguí caminando, sin notar el sonido de la rotura. 

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EL ESPEJO

Se miró al espejo y se dijo: «Nadie me merece». No lo dijo con tristeza, sino con una arrogancia que disfrazaba su miedo. Se veía a sí mismo como un dios de mármol, perfecto en forma, pero incapaz de amar sin pedestal. Quería ser admirado, no tocado. Y así, se convirtió en una estatua rodeada de ecos, sin manos que lo abrazaran ni corazones que lo entendieran. 

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UN TIPO NORMAL

Si. Son un tipo normal. Dos que se namoran cando coñecen unha muller de encantos meigos, verbo ocupado e mirada enigmática. Dos que non saben dicir cando a outra persoa, neste caso ti, pide con clemencia un si posesivo e mordente. Dos que camiñan pola rúa como quen conversa en segredo coa terra. Dos que buscan a calor dunha man feminina mentres choran o último fracaso amoroso. Dos que abren a fiestra pola mañá para que a luz do día entre descalza e se deite con el. Dos que, mentres sosteñen unha cunca de café quente entre os seus dedos desamparados, confunden un bico cunha mentira. Si. Son deses. 

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POR QUE ESCRIBO POEMAS EN PROSA

Escribo en poemas en prosa porque é onde mellor me escoito. Non o fago por compromiso nin por necesidade pública, senón por un pracer íntimo, por esa sensación de recoñecemento que só aparece cando as palabras nacen no formato no que unha parte de min pensa, sente e lembra.

Escribo do mesmo xeito que leo: en silencio, sen présa, como quen conversa consigo mesmo sen agardar resposta. A lingua acompáñame nese espazo interior onde as emocións se gardan máis do que se expresan, non por falta de intensidade, senón por exceso de cautela.

Sempre fun unha persoa tímida. Non unha timidez de inseguridade constante, senón esa que observa antes de falar, que prefire o recuncho tranquilo á voz alta, que sente máis do que di. E o poema en prosa, para min, é ese recuncho: un lugar onde as palabras poden quedar, repousar, non marchar antes de tempo.

Moitas das que escribo non atoparon o momento axeitado para saír noutras formas. Ficaron dentro por medo a fracasar, a non ser comprendidas, a expoñer o que é profundamente persoal: a soidade, o amor contido, a frustración, a vergoña, a desolación.

O que escribo non nace dunha dor concreta, senón dunha acumulación lenta de sentimentos. Son emocións pequenas, cotiás, ás veces contraditorias, que se foron instalando co paso do tempo. E o poema en prosa permíteme nomealas sen romper o seu delicado equilibrio. 

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SANTIAGO

Nesta madrugada Santiago cheira moi ben. Cheira a bolboretas nocturnas nun camiño de estrelas e a primavera de augas singulares; cheira ao bautismo do sagrado incenso que percorre as rúas e a un vento fresco cheo de augas calmas. Como un artesán destro, a man deste vento pule o silencio das rúas cubertas de orballo, e a súa tea invisible de liño aromatiza o aire con cinzas case santificadas. Vetustas campás do ceo dobran sinfonías de pedra! Santiago, lévote sempre no meu pensamento, lévote na memoria ferida que saia continuamente a dor do meu sangrar. Santiago, son como un esmoleiro perdido de nostalxia que recolle neste lugar santo un ramo de gardenias e unha armadura de viva paz. Sempre Santiago no meu pesar. 

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NON HAI PAZ PARA MIN

O que habita en min non descansa. É un baleirado lento da alma, un cansazo do espírito que adopta formas grotescas e crueis. A angustia disfrázase, burla, arremuíñase como medo persistente. Todo é congoxa comprimida, inquedanza repetida como contas dun rosario que non concede fe. Naufraxio nun dozura falsa, nun desacougo clínico, nunha tristeza medida en doses mínimas que non curan nada. Fálanme de descanso eterno, de paz, pero esa palabra non figura no meu vocabulario íntimo. Nunca souben como pronunciala. 

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A MIÑA ANSIEDADE

Vivo estrangulado pola ansiedade, coma se o aire se negase a entrar do todo. Dentro de min, o desexo contradise: unha parte marcha coas mans baleiras, a outra queda aferrada a unha forza aprendida a base de resistencia. Só pido que cesen os punzóns, eses nervios afiados que desde hai séculos se aloxan na miña alma e atravesan os meus sentidos sen pedir permiso. Recórrenme como unha procesión errante de corpos sen abrigo, de camas abandonadas, de espazos onde xa non existe a palabra fogar. 

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OUTRA VEZ A MIÑA SOIDADE

Outra vez regreso á miña soidade, como quen volve a unha habitación pechada desde dentro. A noite loita comigo e ofréceme, como único combate, a orfandade e o desamparo. No espello da sombra recoñezo o rostro que o silencio deixou esquecido. Cada lembranza abre unha ferida que o tempo non soubo pechar. E fico á escoita dun nome que ninguén pronuncia xa na penumbra. Mentres a alba, lenta e allea, pasa sen deter a súa luz en min. 

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NOITE SOSEGADA

A noite pousou mansa sobre nós. En poucos segundos aprendín o sabor da súa voz, coma quen proba por vez primeira un segredo gardado no fondo do inverno. Durante longos minutos xurei non esquecer a nostalxia delicada do noso encontro: esa maneira de quedarse o tempo suspendido entre dúas respiracións, ese rumor leve co que o silencio tamén fala. E mentres a cidade durmía, a noite —sosegada e fonda— foi tecendo arredor de nós unha memoria pequena e ardente, como se amar fose apenas isto: recoñecer nun instante a dozura triste do efémero. 

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A LECTURA

Abrir un libro é como abrir o meu propio refuxio. Non preciso que ninguén me entenda. Abonda con que as páxinas me falen. Abrir un libro é entrar nun lugar onde o ruído baixa e a mente atopa sitio. Non fai falta dar explicacións nin buscar aprobación: cada páxina ofrece unha forma de compañía que non invade, só acompaña. A lectura ten esa rareza fermosa de converter o silencio en diálogo. Un libro non interrompe, non esixe, non xulga. Agarda. E cando un o abre, sempre hai algo disposto a falar na lingua exacta que precisabamos escoitar. Por iso ler non é só pasar os ollos por palabras. Ás veces é volver a un mesmo sen ter que dicilo en voz alta. É atopar un refuxio que cabe entre as mans e, ao mesmo tempo, dentro de nós. 

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TAL VEZ, ALGÚN DÍA ME LES

Tal vez, algún día, me les. Escribo sen saber para quen. Escribo como quen d eixa unha luz acesa nun cuarto baleiro, como quen pecha unha carta e non pon remite no sobre. Por se alguén entra despois. Por se alguén recoñece a calor mínima dunha ausencia. Por se aínda queda alguén que saiba ler o que non foi dito.

Tal vez, algún día, me les. Escribo sen saber para quen. Escribo como quen deixa unha luz acesa nun cuarto baleiro, como quen pecha unha carta e non pon remite no sobre. Non agardo resposta. Hai palabras que só existen para non podrecer por dentro. E esta é unha delas. 

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MI DORMITAR

Este lento dormitar ―lejana tiniebla de unos latidos en cadente mansedumbre― se guía de la inercia del amanecer, y como un vagabundo ofrezco la alborada de un sol sin raíces al diseño de un alba pasajera que objeta mi conciencia en un parpadeo de cuerpos celestes. Sustento y domestico con fruición mis sueños iniciándoles en el suspense de una cuenta atrás, mientras el perenne ahorcado dosifica con firmeza segundos y segundos en tomo a unos labios sin respuesta, y un alejado semblante censura impasible mi rezagada filosofía.

Sueño entonces que pierdo la vida por volver a mis silentes principios, a los primeros años de mi niñez. Entonces, sumergido en un río que espera ahogarse en el mar, mil gelatinas muertas se abren en innumerables yagas y me ofrecen un laberinto de opaca realidad.

Mas, cómplice de mi rubor, censuro cualquier átomo de luz, y camino con el silencio soldando mis talones en suelo de nadie, moldeando veladas memorias en las huellas de mis pisadas y recreándome con las cicatrices que transpiran mis sienes.

Camino sintiendo el vaho de tus palabras que, en un soliloquio de estatuas fetichistas, se ha convertido en un falso ídolo balbuciente y escrutador de cubiertas mutilaciones. Camino por un sinfín de aristas, y sueño con simbolizar la simetría de nuestras voces en un espacio donde tu distancia no se pierda por caminos desiertos, y así recuperar aquellas hospitalarias palabras sembradas bajo el ardiente sol del pasado. Camino desorientado, busco el significado de aquella sincera voz, pero sólo encuentro un fusil encañonándome la boca y escupiendo cruentos argumentos en el interior de mis entrañas.

¡Una vez más mil caretas falsificadoras velan mi memoria en una embriagada obstinación de soles de vencidas primaveras! 

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PERENNE HACEDOR DE RECUERDOS

Un instante de seducción penetra en mi recuerdo como una pasada y mutua connivencia se sumerge en el tiempo. Los signos que pueblan el análisis de nuestra generación se desbordan como ríos de lava inquieta surcados por amenazantes tormentas de pasividad. Por mi tosca frente gotas de sangre, sudor y lágrimas gimen en la madrugada como una nebulosa de fantasmas cuando mi mente se proyecta en furtivos símbolos de una pasada gloria, ¡marchitas semblanzas de un solitario corazón en estado feudal! 

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LA MISMA LLUVIA

Escucha en qué me convierte la lluvia que lleva años en mi memoria jugando con el mar. Todo es húmeda monotonía. Esta lluvia siempre repite la eterna canción de un árbol de hojas secas que espía mi sombra cuando el viento vulnera tu perfil. Entonces, imagino tu geométrica silueta al trasluz de mis ojos y te confundo precipitadamente entre la vocinglería de falsos sueños. Dibujas una elegante improvisación con las curvas de tu sonrisa y reúnes secretamente mis vibrátiles arrabales en un sótano de cúbicas esferas. Eterna lluvia de tedio y música intacta, tan solo me ayudas a descubrir que tus mejillas escuecen mis ojos cuando la oscuridad nos congrega en una misma ausencia. Nos ignoramos, nos alejamos mutuamente con la proximidad del que espera lo que nunca tendrá. Eterna lluvia de indescifrables imágenes. Eterna lluvia caprichosa. ¿Cuándo volverás a acariciar las entrañas de nuestra claridad? ¿Cuándo, agotada nuestra luz en un intacto suceso, mi ingrávida instantánea se convertirá en un paisaje de círculos congruentes? 

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EN ESTOS ÚLTIMOS AÑOS

He andado a la deriva cuando todo en mi entorno era cordura. No he acertado con el palpitar justo de las palabras cuando mi mente te resucitaba idealizada. He anclado mi lejana adolescencia en el arrullo desangrado de un nombre de mujer. No he saciado con ceremonias adorables la elemental ebriedad de mi piel. Me he perdido tras una caricia tuya que erizaba, cada noche, mi solitario placer. 

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CON ANSIA

Busco un exceso de amor donde solo hay una mano ciega. Quiero apresar la longitud de tu tiempo con la silueta de mis desequilibrios. Toco tu alma cuando sólo quieres un abrigo sin sentimientos. Deambulo melancólicamente por la embriaguez de los enamorados, y me despierto a medianoche con una amalgama de criaturas informes en mi mente que ocultan tu cuerpo desnudo. 

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A TIMIDEZ

A timidez que levo non é unha debilidade, é unha forma delicada de sentir o mundo. Cada palabra pesa e cada xesto precisa valor, pero ninguén me entende. Falan de min como se fora un home inútil, como se non quixera formar parte de ti e todo por un xeito de ver a vida dende unha sombra que ninguén quere ver. 

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INSOMNIO

Hai noites que non son noites, senón cárceres.

O home está deitado, pero non descansa. A cama é un campo de batalla onde loita contra o sono que non chega, contra os pensamentos que non calan, contra o corpo que se nega a afundirse na calma. E berra. Non con palabras, senón co peito, coas mans, cos ollos abertos na escuridade.

Toda a casa dorme, pero el non. El é o único ser esperto nun mundo que se apagou. Sente que a noite o interroga, que o reloxo se burla, que os cadros da parede lle devolven miradas que non quere ver. E berra.

O insomnio non é só ausencia de sono: é presenza de todo o demais.

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O CUARTO VIRXE

Escribo estas palabras como quen deixa unha luz acesa nun cuarto onde ninguén entrou aínda, pero que eu sei que ti algún día chegarás. Non sei se recoñecerás a voz que te fala, nin sei se che resultará familiar este ton con mestura de recordo e desexo, pero algo en min insiste en que as miñas cartas non precisan remitente para atopar o seu destino.

Hai nomes que abren portas, e o teu sempre me soou a chave antiga que entra en pechaduras que non lembraba ter. Hai días nos que penso que o mundo se move demasiado rápido, e que só a escritura conserva a capacidade de deter o tempo. Por iso che escribo: porque ti, sen sabelo, te convertiches nunha especie de refuxio, un lugar onde repousar o pensamento cando o ruído de fóra doe máis do que debería.

Quizais porque o teu nome leva dentro esa resonancia antiga, esa raíz nórdica que fala de cousas sagradas, de forza silenciosa, de algo que permanece cando todo o demais pasa. E hoxe quero dedicarche tamén un poema, non para que o interpretes, non, senón para que o leves contigo, como quen leva unha pedra quente no peto durante todo o inverno.

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HISTORIA DUN AMOR IMPOSIBLE

Como unha promesa que se desfai no aire, entrei no bosque dos corpos sen nome, onde as árbores latexaban como veas abertas e os paxaros cantaban en idiomas que só a pel entende. A noite mollaba os meus ombros cunha lingua de néboa e sal, e cada estrela era un ollo que me espía sen xuízo, sen tempo, sen moral.

Camiñaba por un río de espellos, onde cada reflexo era unha versión distinta de min: unha muller de lume, un home feito de area, un animal que respira entre os dedos. As mans que me tocaban non tiñan dona, eran vento, eran desexo, eran recordos doutros corpos que nunca vivín. E eu deixábame levar, como quen se entrega a un soño que sabe que é mentira, pero que sabe mellor ca a verdade.

A pel, espida, era un altar onde se ofrecían os silencios, os latexos, os arrepíos que nacen entre a clavícula e o abismo. Unha boca sen rostro murmuraba versos no meu oído esquerdo, mentres o dereito escoitaba ao mar facer o amor coas rochas.

E eu, espido, sen nome, sen historia, era só carne que pensa, pensamento que arde, ardor que se expande como tinta nun lenzo húmido. No centro do mundo había un corazón feito de lume e mel, e alí, entre os seus latexos, descubrín que o pracer é tamén unha forma de oración, que o corpo é templo, e que a pel espida é a única verdade que nunca mente. 

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EGO

Su ego era tan grande que necesitaba dos espejos para verse en su totalidad. Y aun así, se sentía incompleto. Buscaba validación en cada reflejo, en cada mirada ajena. Confundía admiración con afecto y aplausos con cariño. Construyó una imagen tan alta de sí mismo que terminó viviendo a su sombra. Cuanto más alimentaba su orgullo, más hambre tenía de reconocimiento. Porque el ego nunca dice es suficiente. Siempre pide un espejo más, una ovación más, una prueba más de que existe. Y mientras todos miraban el personaje que había creado, nadie alcanzaba a ver a la persona que se escondía detrás de él.

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MIL CAUSAS

Por transitar bordeando un acantilado del que nadie regresa, por viajar de forma inhóspita a la grupa de un galope de sueños, por silbar una irreconocible melodía en interminables madrugadas, por empeñarme en escribir un epitafio en el patíbulo de mil rompecabezas, por adornar con flores profanadas lo efímero de mi alegría, por… Por todo ello salgo huyendo cuando la huella de unos pies desnudos se hace humana en mi dormitorio. 

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MI TRISTEZA

He fortalecido mi tristeza por tener el corazón deshilachado, por tantas soledades que me embisten sin piedad, por agotar mi vida en un tobogán de amores no correspondidos, por detenerme a contar estrellas mientras sueño con aquellas inolvidables noches, por empapar de luz negra el perfil de mis párpados, por… todo y por… nada. 

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EL LIBRO DE NUESTRA VIDA

Llevo años buscándole un título al libro de nuestra vida y no lo encuentro. Tú me has ofrecido mil y todos los he rechazado por pura egolatría. No sé cómo pedirte que me ayudes a caminar por las calles desiertas de nuestra ciudad. Estoy convencido de que en aquel nuestro hotel podríamos crear un nuevo alfabeto de ungidos sentimientos bautizados con el sudor de nuestros cuerpos. 

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DESPRENDIMIENTOS

Tú y yo convertidos en floridos laureles. Nuestras sienes y nuestros cuerpos se esfuerzan en seguir latiendo y disfrutando gozosos del amor.  Pero es imposible porque nuestras noches laten ya sin pulso ni ternura. Todo se ha convertido en una canción ácida que se ha desprendido diáfana de nuestros gélidos labios. Al fin y al cabo, dos vertientes de la misma soledad. 

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MUCHAS NOCHES…

Llevo muchas noches quemando el dolor de un vacío ancestral. Llevo muchas noches siguiendo la estela de un camino de orfandad. Llevo muchas noches sintiendo frío en cualquier instante del día. Llevo muchas noches enterrando sueños enamorados cada vez que una mujer me mira. Llevo muchas noches recordando nuestro último roce de cuerpos acariciados. 

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APUNTES DE UNA LUCIDEZ CREPUSCULAR

Hay una hora del día en la que todo parece volverse más verdadero. No porque las cosas cambien, sino porque la luz se retira y deja ver los contornos de lo que antes se confundía con el ruido. Esa hora intermedia, entre la tarde y la noche, tiene algo de confesión y algo de balance. En ella, la vida se vuelve una superficie silenciosa donde cada gesto parece pedir explicación. A eso podría llamarse lucidez crepuscular: una claridad que no nace del sol alto, sino de su cansancio.

Con el paso del tiempo aprendemos que no todo lo que importa hace ruido. Hay pérdidas que llegan sin ceremonia, como si el mundo se limitara a mover apenas una silla. Hay victorias que no se celebran porque su verdadero sentido se descubre mucho después. Y hay días enteros que pasan sin dejar huella visible, aunque en secreto nos hayan ido cambiando. El tiempo trabaja así: no rompe de golpe, erosiona. No derriba, desgasta. No anuncia, pero insiste.

Mirar atrás con lucidez no consiste en idealizar lo que fuimos ni en condenarlo. Consiste, más bien, en aceptar que la vida no tuvo un solo significado, sino muchos, y que algunos solo aparecen cuando ya no podemos volver a vivirlos. Recordar, entonces, no es volver a habitar el pasado, sino entender de qué manera nos habita todavía. Las personas que amamos, los errores que repetimos, las promesas que no cumplimos, todo eso permanece de alguna forma en nosotros, como una luz tenue detrás del vidrio.

La edad trae una forma distinta de mirar. Menos impaciente, quizá, pero también más exacta. Uno deja de pedirle al futuro que resuelva todo y empieza a comprender que cada etapa tiene su propia música. La juventud cree que el tiempo es una extensión infinita; la madurez descubre que es una sustancia delicada, casi frágil. Por eso cada tarde que cae tiene algo de recordatorio. Nos dice que nada se conserva intacto, que incluso la alegría tiene fecha de transformación, y que envejecer no es solamente perder fuerzas, sino aprender a habitar las sombras con menos miedo.

La lucidez crepuscular no es resignación. Es una forma de ver sin engaño y sin soberbia. Permite reconocer que la vida no fue como esperábamos, pero tampoco fue en vano. Permite agradecer sin ingenuidad y lamentar sin dramatismo. Y, sobre todo, permite entender que el paso del tiempo no nos roba únicamente cosas: también nos entrega una mirada más honda, una especie de paciencia interior que antes no teníamos.

Tal vez la verdadera sabiduría no sea otra cosa que esto: aprender a mirar el ocaso sin confundirlo con el final. Saber que la sombra no anula la forma, sino que la revela. Y aceptar que, mientras el día se apaga, todavía queda una claridad suficiente para comprender, aunque sea un poco, quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo. 

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A NOITE QUE LEVO DENTRO

A noite que levo dentro non chega con estrelas nin con lúa: chega en silencio, co peso frío dun abrigo que non atopo. É un cuarto sen fiestras onde os meus pensamentos se volven farois apagados; é a paciencia dun reloxo que esqueceu o seu tic, o rumor lento do sangue que coñece atallos na sombra.

Camiña polas miñas veas como quen recita un poema nun idioma alleo: sabe de horarios, de despedidas, de nomes que xa non encaixan na boca. Ás veces senta na beira da miña lingua e dinme as preguntas que nunca aprendín a responder; outras, deitase no meu peito e ensíname a escoitar o latexar coma se fose un mapa.

Hai nesa noite un país de pequenas certezas: a lámpada que rexeito acender, a cadeira que sempre queda baleira, o cheiro a libro pechado. Pero tamén hai feroces agochos: risas escondidas nun pregue, unha música que aparece ao azar e me devolve un instante que pensei perdido. Non pretende destruírme: apenas ordena os meus pensamentos en fila, pídelles que se miren á cara e, se queren, que se abracen.

Cando aparece a mañá —e ás veces non aparece— a noite que levo dentro non marcha do todo; queda como un hóspede prudente que garda o meu abrigo e me deixa saír coa promesa de volver. E eu camiño con ela, ensinándolle as beirarrúas, mostrándolle a luz que coñezo, aprendendo a nomeala sen pedir permiso para durmir. 

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ANSIEDADE

Estou asfixiado pola ansiedade e o meu vello desexo de ti afógao o mar cunha man baleira e outra chea de perversa fortaleza. Quero que non me perforen os nervios, eses burís de ferro que habitan na miña alma desde tempos inmemoriais e que me cravan os sentidos nunha romaría de corpos espidos e camas ermas que de novo se afoga no mar. 

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O TEU NOME

Hai persoas que pasan pola vida como follas levadas polo vento; e outras, que sen facer ruído, deixan raíces fondas nos lugares polos que pasan, aínda que se deteñan fugazmente. Ti pertences a estas últimas.

Hai algo na túa maneira de estar —esa mestura de firmeza e delicadeza— que fai, cando te lembro, que o mundo que me rodea se ordene un pouco mellor. Non precisas erguer a voz para que te escoiten. Non precisas explicar quen es: adiviñase.

A túa forza non é de pedra, é de río: constante, paciente, inevitable. E quen te coñece, aínda que sexa por medio dun nome escrito nunha carta, entende que hai en ti unha claridade que non se aprende, unha especie de serena sabedoría que non presume, pero acompaña.

Se algún día estas palabras chegan a ti —véxoo case imposible porque non sei onde estás— quero que saibas isto: non foron escritas para impresionarte, senón para honrarte. Porque hai nomes que merecen ser ditos con respecto, e o teu é un deles. 

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A TÚA PEL

A túa pel foi a primeira xeografía que aprendín a ler sen mapas. Non tiña fronteiras, só ondulacións suaves, como o espertar da miña infancia ao amencer. Era pel de néboa e de lume, pel que gardaba o sal das bágoas que nunca chorei, pel que sabía a herba mollada e a pan de millo cocido.

Cando te achegabas, o tempo facíache reverencias. As horas deixaban de contar, e os días convertíanse en cancións sen letra. A túa pel falábame sen palabras, cunha til que só entendían os que soñan coas mans.

Era pel de festa e de loito, de romaría e de inverno. Pel que sabía agardar sen pedir nada.

Agora que es recordo e vento, sigo buscando o arrecendo da túa pel nas páxinas dos libros vellos, nas pedras quentes do mediodía, nas voces que se cruzan na memoria. E ás veces, cando o sol se reclina sobre o mar, creo sentila outra vez: esa pel que foi casa, que foi refuxio, que foi poema antes de que eu soubese escribir. 

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AÍNDA QUE DOA

A soidade camiña comigo. Non a amarga. A outra. A que che deixa escoitar o que de verdade sentes. Non consola. Non pregunta. Só te deixa estar contigo, aínda que doa.

Aí entendo que o desamor non sempre é perder algo. Ás veces é aceptar que o que un quere non pode ser. E que a vida segue, sen agardarnos, aínda que doa.

E, con todo, o amor platónico sostenme. Ese amor sen corpo, sen tempo, sen posibilidade. Non é pequeno. Vive no que imaxino, no que non se toca, no que non se estraga. Non pide nada. Non esixe nada. Só existe. E ás veces existir é suficiente, aínda que doa.

Se queres, podo levalos aínda máis lonxe: máis rotos, máis mínimos, máis como pensamentos que un escribe sen erguer a cabeza da almofada. Queres que os faga aínda máis íntimos ou prefires que os deixe así? 

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UNHA RÚA DE MADRID

Camiño por unha rúa que non existe neste Madrid mollado. É a miña forma de pensar nela sen romperme. Cada paso trae unha pregunta que non sei contestar. A tristeza sempre chega primeiro, como unha sombra que se adianta. É a tristeza do que non foi, do que calei, do que xa non terá lugar.

Pero despois, sen avisar, aparece unha ledicia pequena: imaxinar o seu sorriso, lembrar un xesto que quizais inventei, unha mirada que tal vez nunca aconteceu. E esa chispa mínima, esa luz que dura un instante, bástame para seguir camiñando. 

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AQUELLA TARDE

La tarde cae despacio sobre la mesa de aquel bar. Dos copas vacías, algunos recuerdos y un imposible que nos empeñamos en que sea real. Tú hablas de nuestros sentimientos como el marinero que come a nuestro lado habla de la mar: a veces están en calma y reflejan el cielo con claridad, y otras veces se agitan en tormentas que parecen interminables. Y yo, crédulo e infeliz, asiento con firmeza. No quiero saber que en este mismo momento te estoy perdiendo. 

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DESEO

Mi sombra se ríe de mí, con esa ironía silenciosa que parece conocer todos mis secretos, y me dice que el cuerpo los olvida con el tiempo. Pero no es cierto, porque basta con pensarte un instante —recordar tu piel, tu respiración, la manera en que te acercabas sin prisa— para que algo dentro de mí despierte. Entonces mi mano recuerda antes incluso de que lo decida mi mente, y comienza a moverse lentamente, con un ritmo antiguo y natural, como la marea que avanza y retrocede sin pedir permiso. Poco a poco el cuerpo vuelve a latir con una intensidad que creía apagada, y cada recuerdo se vuelve más claro: tu boca, tu lengua, la noche en que nuestros cuerpos se buscaron con urgencia mientras el resto del mundo desaparecía alrededor. Mi sombra intenta detenerme, intenta convencerme de que todo eso pertenece al pasado, pero el deseo ya ha comenzado a caminar y no escucha advertencias. La habitación parece arder despacio, como si el aire mismo estuviera cargado de una electricidad suave, y dentro de mí crece una ola que no deja de elevarse. Cierro los ojos y dejo que llegue ese momento inevitable, esa convulsión breve y profunda del placer que atraviesa el cuerpo como un relámpago silencioso. Después llega el silencio, y la respiración vuelve poco a poco a su ritmo lento mientras el cuerpo recompone su calma. Entonces me levanto, recojo las cenizas invisibles que quedan en la habitación, y escribo con ellas, porque incluso la ausencia puede convertirse en palabras. 

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CENIZAS

Me despierto entre cenizas, con la sensación extraña de que alguien intentó quemarme durante la noche, aunque también podría haber sido solamente un sueño que todavía se aferra a mi piel cuando abro los ojos. Me levanto despacio y sacudo el polvo gris que cubre mi cuerpo, como si cada movimiento despertara recuerdos antiguos, porque hubo en mí una fuerza que ardía con intensidad, un fuego antiguo que parecía imposible de apagar. Sin embargo, ahora solo quedan restos tibios, brasas ocultas bajo una capa de silencio. Me palpo el pecho casi sin pensarlo, y entonces los pezones me despiertan una memoria inesperada, como si todavía recordaran la presión de tus dientes y el eco de tus labios. Cierro los ojos lentamente y, mientras respiro hondo, imagino tu boca acercándose otra vez, tu respiración cálida recorriendo mi piel como una corriente suave que vuelve a encender lo que creía dormido. Pero la sombra aparece, inevitable, y me susurra con una voz tranquila que ya no volverás. Entonces me dejo caer en la vieja butaca, de cuero cansado y oscuro, mientras la habitación parece respirar despacio a mi alrededor. Evito mirarme en el espejo, porque sé que encontraría demasiada tristeza en ese reflejo, demasiada ausencia acumulada en los ojos. Y, sin embargo, algo comienza a despertar dentro de mí, una memoria profunda del cuerpo que se mueve lentamente, oscura pero persistente. Es entonces cuando pienso en ti, y en ese instante el deseo regresa, no como un incendio, sino como una brasa pequeña que, a pesar de todo, sigue viva. 

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CARTA

Quizais algún día leas isto. Non é unha confesión. Non é unha declaración. É só a miña maneira de poñer orde ao que sentín por unha muller cuxo nome non quero escribir. Non porque non o mereza, senón porque o nome a encerra, e eu só quero quedar co misterio.

Non sei se existiu tal e como a lembro. Ás veces penso que foi unha luz que me acompañou cando todo estaba escuro. Outras veces creo que si a toquei, que si estivo, pero xa non lembro a súa pel. Sexa real ou inventada, o que deixou en min foi verdade: tristeza, ledicia, soidade, un amor que nunca chegou a ser, unha nostalxia que non sei de onde vén. Todo iso xunto. Todo iso revolto. Ás veces afúndeme. Ás veces sálvame. 

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CAMIÑO

Ás veces camiño sen saber por que. Como se algo vello, algo que non fala, pero insiste, me empurrase a seguir. Estou fronte ao mar. Sempre volvo aquí sen pensalo. Chámame, recóllome, bórrame. O sal leva as miñas pegadas coma se quixese dicirme que non son tan importante, que todo pasa.

E neste ruído suave, neste cheiro que queda na pel, naceume unha necesidade: escribir. Non o poema, non as palabras exactas. Só escribir. Porque hai cousas que non caben dentro para sempre. E hai silencios que, se non os abro, pésanme máis co corpo. 

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ESTOU PERDIDO

Estou perdido. Dinme que siga escribindo, pero o meu anhelo mergúllase nun océano cheo de pirámides e de leitos mortuorios. Nun deles leo que desapareceu a miña literatura, que a devorou un gran tiburón branco que está cubrindo o fondo mariño con poemas asinados por min, un tal José María Máiz Togores.

Estou perdido. Esperto do soño e non me atopo. Sigo perdido. Non nun bosque de palabras, nin nunha cidade estranxeira, nin nunha aldea galega despoboada, senón no corredor sen paredes onde as miñas palabras se esvaen antes de tocar o papel.

Estou perdido. Quizais escribir non sexa chegar, senón quedar. Quedar no bordo da vida, no limiar, nese lugar onde o sentido aínda non naceu, pero xa respira.

Estou perdido, si. Pero nesta perda hai unha música que non cesa. 

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OUTRA VEZ

Quero que me convides a un pracer sen nome, clandestino, deses que non deixan pegada, pero abren mil portas para que os nosos corpos perdan o norte e suban, cegos, a un cumio de gozos invisibles. E ti repítesme que a delicia desa gloria só a coñecerei contigo, que será un gozo secreto, un pacto de pel e saliva.

A miña fidelidade á soidade é tan feroz, tan limpa, que nunca vexo o sol, que para min sempre chove. E eu sigo aquí, empapado de espera. 

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SEN RESPOSTA

Acariciáchesme como a un neno. O que nun principio considerei un cándido piropo, aos poucos minutos vin como un ferinte menosprezo. Estabamos no noso escarallado pub da rúa Hermosilla. Si. Aquel. Si. O do cheiro, segundo ti, a prurito de vulgaridade sucia e mendicante.

Sabes? Es letal coas comparacións. Quixen a miña mellor versión para a túa fragrante e balsámica pel. E ti que se un neno mimado. Deus! E eu, hológrafo dun estrañado e vencido home, morto antes de recoñecer cada poro da túa pel.

E ti que que exsudación de vulgaridade. E eu que se un murmurio, que se unha caricia, que se unha invitación. E ti, palabras sen compromiso. E eu, que é o noso recóndito espazo para as nosas confesións. E ti que se as túas medias de cristal valen máis ca as consumicións deste garito.

E eu, esmirrado e raquítico ao teu lado, pedinlle ao home do piano que tocara a nosa canción. E ti, que xa non é miña… dixeches. 

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NOITE PECHADA

É noite pechada e non vexo, como sempre, o camiño que me leva a ti. Sempre é de noite, sempre sen luz para que os meus ollos se perdan nun labirinto de soidades e non poidan os meus beizos bicarte coa forza do meu sangue. Esperta, muller, esperta, que a chuvia que estás vendo servirá de leito cando ti e máis eu sexamos un. 

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UNA NUEVA PALABRA

No, no me he olvidado del cansado escritor. Sigue sentado en su silla, frente al ordenador encendido, esperando a que nazca una nueva idea.

La pantalla ilumina su rostro con una luz fría que no consigue espantar el sueño. El cursor parpadea con una paciencia infinita, como si supiera que, tarde o temprano, las palabras acabarán llegando. Afuera, la ciudad continúa su rutina sin reparar en la batalla silenciosa que se libra entre un hombre y una página en blanco.

Sobre la mesa descansan una taza de café ya frío, un cuaderno lleno de frases tachadas y un bolígrafo que hace horas dejó de ser útil. El escritor relee las últimas líneas que escribió la noche anterior. No son malas, piensa. Simplemente no conducen a ninguna parte.

Entonces ocurre algo casi imperceptible. No una gran revelación, ni una inspiración fulminante. Apenas una pregunta.

«¿Y si el personaje tampoco supiera cómo continuar su historia?»

El escritor sonríe por primera vez en todo el día. Sus dedos vuelven al teclado. El cursor deja de parpadear solo para convertirse, por fin, en la primera palabra de una nueva página.

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REFLEXIÓN POÉTICA

Á lume do eco poético, os meus versos atopan a súa morada definitiva. Non son palabras soltas no espazo, son palabras incandescentes que continúan ardendo mesmo cando eu, poeta, sucumbo ao silencio. O lume nunca é estático, móvese, transfórmase, consome e alimenta; e así é a poesía que en min medra.

Cada verso non é un mero reflexo, é un novo nacemento, unha pulsación que segue viva e que, terxiversada polo paso do tempo, non perde a súa esencia. O eco, como gardián dos meus versos, protéxeme do lume, permitindo que as súas lapas só iluminen outros camiños, quizais outros corazóns, quizais novos soños.

Cando remata, non hai silencio absoluto, só a continuidade da palabra que se entrega ao vento e se deixa levar polo lume e polo eco, fundíndose co universo e tornándose parte do infinito. A poesía é a lume dese eco e xamais se apaga. Ela transcende a morte en calquera tempo, resiste á escuridade e atopa sempre unha nova forma de existir. 

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CHOVENDO

Hoxe a escuridade é absoluta, como se o mundo se pechase sobre si mesmo e só quedase o ruído da chuvia interior. Chove nos recordos, nas preguntas sen resposta, nas palabras que non atopan saída. Pero, aínda así, algo permanece aceso, pequeno e teimudo, como unha luz que non sabe apagarse.

A esperanza non fai ruído: aprende a quedar, a respirar fondo, a agardar o seu momento. Sei que o día existe mesmo cando non se ve, porque xa volveu outras veces. Cada nube leva dentro o cansazo de tanta auga e tamén a promesa do ceo aberto.

Non é debilidade agardar, é unha forma de valentía silenciosa. Sigo avanzando a paso lento, sostendo o corazón coas dúas mans. A chuvia non dura para sempre, por máis convincente que pareza hoxe. E cando menos o espere, din, a luz atopará o camiño e o día abrirá.

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O QUE VEÑA

Agora que o reloxo deixou de marcarme as horas alleas, ábrese ante min un tempo sen dono, un territorio brando onde a morriña é bruma e tamén semente. Non quero falar do que remata, senón do que brota: unha vida que respire ao meu compás, onde as palabras sexan casa e refuxio, e escribir non sexa tarefa senón necesidade, como quen acende a lareira nas tardes húmidas.

Que o futuro non me sexa ingrato, que me trate coa delicadeza coa que se sostén unha cunca de porcelana herdada, e que a saúde me acompañe como un río manso que non fai ruído, pero dá vida. Que non haxa envexas que envelenen o aire nin sombras que me rouben a luz, e que a soidade emocional non me roia por dentro como a couza na madeira antiga.

Quero sentir que cada amencer é unha páxina en branco que me pertence, que podo enchela co latexo sincero do que fun e do que aínda desexo ser. Se a morriña chega, que chegue doce, como un recordo que aperta, pero non afoga; e que no silencio atope non un baleiro, senón un espazo fértil onde seguir medrando, escribindo, vivindo á miña maneira, sen medo e con esperanza. 

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CARBALLEIRA

Penso en voz alta mentres avanzo por un camiño desta carballeira que botaba de menos. Ás veces o que xorde é prosa que busca un ritmo máis ca unha conclusión; outras, preguntas que permanecen abertas como claros no bosque. Non quero ensinar nada, nin convencer a ninguén. Quero compartir este proceso mínimo: o xesto humilde de nomear para que non desapareza, de escribir para que o vivido non se dilúa sen deixar rastro. E cando chego ao final do sendeiro —ou quizais ao seu comezo— sinto que algo foi dito, aínda que non saiba exactamente que. Acompáñame o cheiro da terra mollada, o croar das follas baixo os pés, esa calma que non resolve nada e, con todo, o sostén todo. Sei que mañá o tempo volverá apremarme, que o ruído regresará coa súa insistencia habitual, pero tamén sei que esta carballeira permanece aquí, agardándome.

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RETRANCA

Difícil de entender para unha persoa que non coñece en profundidade Galicia. Podemos dicir que é a caralluda habilidade para falar con segundas pretensións, en especial cando se procura unha ironía intencionada no que se di e sae revestida de certo valor creativo e gracioso. Para entender perfectamente a retranca transcribo unha viñeta de Castelao na que o taberneiro lle pregunta ao cliente: «Que che parece o meu viño?». O viño era ruín, pero o paisano saíu do apuro dicindo: «Por onde vai, molla, e como refrescar, refresca». Outros exemplos: «Choverá?» «Se ten que chover, que chova, pero por riba de nós». «Éche o que hai». Dise para xustificar a nota dun exame ou para deixar claro que non está convidada á festa. 

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O DESEXO CARNAL

O desexo carnal chega a min como unha treboada de verán: rápido, quente, inevitable. Pero o desamor faise cargo de todo e deixa en min un frío lento, persistente, como unha saba húmida que non hai maneira de secar. E empapa as miñas miserias coma se ninguén quixese visitarme. A festa nocturna onde o suor, o alcohol e a néboa se mesturan ata formar unha única substancia que non se pode explicar, só vivila ao máximo. Entón, o teu corpo quente e vivificante, aquela madrugada de verán, refrescará o meu corpo acendido de soidade. E disme que deixe que o orballo reconforte as miñas ansias, que non queira unha misericordia de corpo espido porque ao final, cando durma nos teus brazos, saciarasme plenamente.  

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MIS VERSOS

Escribir siempre ha sido, para mí, en el fondo, una forma de quedarme a solas sin estarlo del todo. Mis poemas nacen precisamente de ahí: de la necesidad de decir lo que normalmente callo, de mirar de frente lo que suelo esquivar, de poner palabras a lo que me duele, a lo que me pierde, a lo que permanece y a lo que nunca volvió.

No busco un lugar cómodo para escribir. Tampoco lo he pretendido. En mis poemas no hay textos morales fáciles ni frases bonitas para salvar el día. Hay preguntas, recuerdos, heridas, deseos, ausencias, silencios largos y pensamientos que llegan de madrugada cuando todo el mundo duerme y uno ya no puede mentirse más.

Hablo del amor, sí, pero no del amor perfecto ni del que siempre gana. Hablo del amor que llega tarde, del que se rompe, del que queda a medias, del que uno recuerda durante años sin saber por qué. Del amor que salva y del amor que destruye. Del amor que no fue y del que fue demasiado.

Hablo de la mujer, mi pasión, no como idea ni como símbolo, sino como presencia real, compleja, contradictoria, luminosa, desnuda y oscura a la vez. La mujer como recuerdo, como ausencia, como refugio, como error, como destino o como casualidad. La mujer como todo lo que cambia una vida sin pedir permiso.

Hablo de la soledad, esa compañera que todos conocemos, aunque pocos la nombramos. La soledad elegida y la soledad impuesta. La soledad que pesa y la que libera. La soledad de las ciudades llenas de gente y la de las habitaciones en silencio. Porque hay momentos en la vida en los que uno entiende que la soledad no siempre es estar sin nadie, sino no poder contarle a alguien lo que de verdad importa.

Hablo del paso del tiempo, inevitable, silencioso, constante. El tiempo que se lleva personas, lugares, versiones de nosotros mismos. El tiempo que convierte todo en recuerdo. El tiempo que me enseña que casi nada era tan importante como parecía y que casi todo era más importante de lo que yo creía.

Hablo del desamor, del rechazo, de la nostalgia, de la memoria. Desamor, vivido y sufrido en más de una ocasión, acompañado de un rechazo físico y emocional. Nostalgia por lo que fui, por lo que no fui, por lo que pude ser y no fui. Nostalgia por épocas en las que no sabía que era feliz. Nostalgia por conversaciones, por calles, por canciones, por miradas que no volvieron a repetirse. Nostalgia por Galicia, esa tierra que me vio nacer y que por razones muy diversas, desde la meseta castellana la recuerdo plena de vida y humedad.

Pero, sobre todo, mis poemas son un lugar de sinceridad. De sinceridad incómoda. De pensamientos sin maquillaje. De emociones sin corregir. De palabras escritas sin intentar quedar bien, sin intentar gustar, sin intentar tener razón.

Desnudarme no es solo quitarme la ropa. Desnudarme es decir lo que uno piensa de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, las envidias, los errores, los recuerdos que aún duelen, las personas que aún importan, aunque ya no estén. Desnudarme es aceptar que estoy hecho de recuerdos, de heridas, de inseguridades, de complejos, de celos, de fracasos, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.

Las cenizas aparecen en mí porque algo ardió. Y todos, si vivimos lo suficiente, acabamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de huidas, de miedos, de promesas incumplidas, de lugares a los que no volvemos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.

Mis poemas no pretenden enseñar nada, ni dar lecciones, ni tener respuestas. Yo solo pretendo escribir. Escribir para entender mi vida, si es que en algún momento llego a comprenderla. Escribir para recordar todo lo que fui perdiendo pulso a pulso. Escribir para olvidar lo que no puedo olvidar, y quisiera. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras. Los recuerdos que me rodean sin cansarse, si no se ponen negro sobre blanco, acaban perdidos en un laberinto sin salida.

Quizá quien lea esta entrada se reconozca en alguna de sus líneas. Quizá no. Quizá la desprecie y le ponga un «cero bajo cero» como calificación final. Pero si alguna vez alguien, al leer este texto, piensa «de eso quería yo hablar», entonces este lugar ya tendrá sentido, ese que llevo yo buscando con desesperación.

Al final, todos compartimos más de lo que creemos: el amor junto al desamor, la pérdida y el olvido, el miedo al paso del tiempo, la ansiedad que no el miedo, el resentimiento, la envidia por el físico de otros, los fracasos, por desgracia buscados, la efímera alegría cuando uno cree que ella le guiñó un ojo, las limitaciones de la memoria, la saudade por una tierra que sabes que no volverás a pisar, la necesidad de que alguien me entienda, la nostalgia por lo que ya no existe, la sinceridad que me da pavor y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intento comprenderla.

Esto son mis versos: un lugar para escribir sin esconderse. Un lugar para recordar. Un lugar para perderse. Un lugar para decir lo que normalmente no se dice. Y, sobre todo, un lugar para quedarse a solas con las palabras y ver qué queda cuando todo lo demás se apaga. 

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SIN TI

La maleza que crece en mi interior desde que te fuiste está repleta de animales indómitos y de jeroglíficos imposibles de resolver. Tú ya no estás aquí conmigo y lo que parecía un hombre pleno ahora se ha convertido en un esperpento, un museo de debilidades. Entonces, esa repulsiva charla que mantuvimos en la distancia y en la que tú quebraste las bases del andamio que me alejaba de mi enfermizo vértigo, se instaló en mi memoria y me desnuda de nervadura cada vez que sufro tu ausencia. Has dejado mi presente tan corito, tan seco de atractivo que a mi habitación solo vienen murciélagos y gusanos precocinados. 

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EL AMOR

Se esconde en los poros de mi piel, en los pliegues de la memoria, en la respiración lenta de las madrugadas, en los objetos que nadie se atreve a mover. Se queda viviendo en cosas pequeñas: una palabra que todavía pronuncio en silencio, una canción que ya no escucho, la forma exacta en que tu nombre se acomodaba dentro de mi boca. El nosotros, sin embargo, no sobrevivió. Quedan fragmentos. Restos diminutos como polvo sobre la piel. Pedazos de una historia que ahora caminan separados, como dos sombras que alguna vez fueron una sola. Y aquí estoy. Habitando este cuerpo que todavía sabe cómo quererte, aunque ya no tenga dónde hacerlo. A veces me pregunto si el amor termina realmente o si simplemente aprende otra manera de quedarse solo. 

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MI MANO

Mi memoria recuerda lo que el amor olvida. Por eso algunas noches me despierto con la sensación de que todavía estás aquí. No en la habitación de aquel sudado hotel que ya aprendió a pronunciar mi nombre sin testigos, sino en una parte más profunda, en ese lugar donde la piel guarda las antiguas costumbres. Hay gestos que sobreviven a la despedida. Mi mano sabe que el espacio que antes ocupabas se ha vuelto un territorio sin dueño. No entiende de finales. Solo avanza, con la paciencia ciega de quien ha amado demasiado tiempo. A veces pienso que el amor no desaparece. Simplemente cambia de lugar. 

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DESNUDO

Desnudo de todo me presento ante ti. Mejor dicho, ante tu recuerdo. Ese reptil venenoso que adula mi memoria con un jolgorio inhumano de lascivas soledades. Tiembla todo mi cuerpo en una obscena negligencia. Recorro de pensamiento toda tu epidermis y vuelvo a temblar, en esta ocasión con más intensidad. Cada poro de tu piel es un libertino dolor que me devora en esta soledad elegida por mí. ¿Lo ves? Recuerdo que me dijiste el primer día que nos vimos al demostrarme que tu cuerpo tenía una piel de seda. Y el último. La segunda vez quise, con la torpeza del niño que intenta montar su juguete el día de su cumpleaños, recuperarte sin apenas esfuerzo emocional. Y tú, en el umbral de la puerta, te diste media vuelta y hasta hoy. No. Hasta nunca, me sentenciaste. 

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SE AMARON

Se amaron en domingos lentos, en cafés compartidos, en miradas que    decían más que mil palabras. No necesitaban grandes gestos, solo la rutina de estar juntos sin prisa. Como dos páginas que se leían sin saltarse líneas, sin buscar el final. Y aunque el libro se cerró, ambos recordaron el aroma de las hojas de aquellas tardes.

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ENVEXA

Din que a envexa é tristeza polo ben alleo, pero no teu caso parece unha profesión a tempo completo. Non che doe a miña sorte, dóeche que non sexa a túa. Mírasme como quen mira un erro do universo. Tranquilo, se puidese, tamén che daría algo… aínda que fose un motivo menos para odiarme.

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RE-PRESENTACIÓN RACIONAL DE «OQUINTODOTEMPO.COM»

Ponerle puertas al campo es imposible. Lo mismo ocurre con Internet, donde coexisten tratados filosóficos, tutoriales para doblar camisetas, consejos de curanderos o falsos médicos, mil recetas de bizcochos o un sinfín de páginas para encontrar una pareja perfecta. ¿Cuánto tardamos en acudir a esa multitudinaria fuente de sabiduría colectiva para buscar una información, una opinión o unas recomendaciones? Cero.

Cuando joven, si no tenías un familiar con un saber enciclopédico, una vasta biblioteca en casa o una buena enciclopedia, ¿dónde encontrar datos objetivos sobre el conflicto interracial en el continente africano, información veraz sobre Mahatma Gandhi, consejos para resolver difíciles problemas de física, realizar con éxito arduas traducciones de latín o instrucciones para tontos de cómo arreglar una lavadora en el mes de agosto? Hoy en día, sería «una falta de respeto o una pavada» no recurrir a la eficiencia contemporánea que supone internet. Además, gratis. Sin que nadie se entere y a cualquier hora. Sin contraseña ni bibliotecario de por medio. Lo maravilloso de esta «democratización» del conocimiento es que ya no importa tanto si el texto es profundo, riguroso o siquiera veraz; lo importante es que está ahí, accesible para todos, flotando entre recomendaciones gatunas y tutoriales para programar un teléfono que viene sin instrucciones porque se pone en marcha «por intuición».

José María, tienes que ser breve. Maldita tu tendencia a la paráfrasis. Menos es más… y tus lectores lo agradecerán con menos bostezos.

¿Qué beneficios vas a encontrar como lector en este blog?

Al reconstruir recuerdos pasados, inventados o no, y reflexionar sobre ellos, yo me enfrento a mi propia historia, entendiendo mis motivaciones, mis miedos, mis errores, mis deseos, mis teimas («obsesiones» en gallego), mis valores (si los tengo), mis amores… Es una forma de mirar hacia adentro intentando vencer mi asociabilidad, mi timidez y mi pudor, que tanto me persiguen «ab immemorabili tempore» de forma sigilosa como un perro de caza huele una pieza a muchas leguas de distancia.

«Hatroz» no es una autobiografía al uso. No cuenta mi vida al pie de la letra porque, si lo hiciera así, sería mucho más interesante una pantomima sobre las costumbres y hábitos de un mosquito cenzalino. Pretende el narrador referir correrías y peripecias de un personaje llamado Rafo. En algunas ocasiones, vivirá o sufrirá andanzas que tú, lector avezado, en ellas me verás a mí como un «protagonista disfrazado». Juego con una ambigüedad muy diseñada para dejar que tú, conocedor de mi palabra, sospeches sin poder confirmar la veracidad de lo relatado por el narrador. Esto me permite, a un mismo tiempo, que tú hagas una lectura más rica y yo proteja mi identidad real detrás de Rafo y del narrador. Incluir en el protagonista características claramente distintas o incluso hacerle vivir aventuras indeseables que el autor no ha protagonizado desvía la sospecha de que sea un alter ego. Narrar en tercera persona crea una barrera entre el narrador y el protagonista, haciendo menos evidente la construcción subjetiva que un «contador de historias» tiene sobre sí mismo. Escribir sobre experiencias propias, verdaderas o no, preserva momentos significativos que podrían desvanecerse con el tiempo. Este blog se convierte en un archivo íntimo que atesora la esencia de lo vivido por mí. Los rasgos autobiográficos aportan una verosimilitud ficticia difícil de conseguir con ficción pura. Esto enriquece la textura del relato y permite una conexión más genuina con el lector y una mayor libertad creativa.

Espero que te guste. Gracias por leerme.

Los libros que yo he escrito desde el año 1995 «hasta mañana mismo» en los que, bien con poemas en prosa, bien con textos en prosa o bien artículos expreso sentimientos, fracasos, visiones retrospectivas de Galicia, definiciones subjetivas y bárbaras de palabras, ejemplos de la retranca gallega y todo lo que sea poner negro sobre blanco.

En los poemas en prosa escritos en castellano hay una persistencia de ciertos asuntos que regresan como regresan los pájaros a la rama seca: el amor y sus ruinas, la soledad como patria portátil, el tiempo pasando con la paciencia de un verdugo y la nostalgia, que no siempre mira hacia atrás con dulzura, sino con esa mezcla de cuchillo y caricia que tienen las cosas perdidas. En esos textos, el amor rara vez comparece limpio; llega herido, tardío, a veces apenas como un rescoldo. La memoria, por su parte, no actúa como archivo sino como niebla: deforma, embellece, borra y devuelve. Hay en esa prosa un intento de fijar lo fugitivo, de sentar a la mesa lo que ya se ha ido, de poner nombre al temblor antes de que desaparezca.

Escribo la poesía en gallego escribe una herida antigua y fértil: la de quien ama lo que se aleja. La morriña no es aquí simple melancolía, sino una forma de conocimiento; una manera de mirar el mundo sabiendo que toda belleza contiene ya su pérdida. El amor, la soledad, el desarraigo y la nostalgia se vuelven en gallego materia especialmente dúctil, como si la lengua conservase una humedad primitiva para nombrar lo íntimo. Hay en ella una música de lluvia contra la piedra, de casas vacías, de puertos al atardecer, de madres que esperan, de hombres que se marchan y de sombras que regresan tarde. El gallego, cuando nombra la ausencia, no la corrige: la acompaña. Y en esa fidelidad a lo perdido encuentra una de sus formas más hondas de belleza.

La escritura me permite canalizar emociones intensas que no he sabido superar. Puede convertirse en un espacio seguro para hablar de aquello que me cuesta expresar oralmente. Tengo que lograr que cuando escriba este blog no ver en la pantalla del ordenador a un posible lector.

Poner la vida por escrito permite construir una narrativa, en este caso incoherente, sobre quién soy y sobre lo que yo he llegado a ser. Esto es especialmente valioso en momentos de cambio o búsqueda personal.

La vida cotidiana, cuando se escribe, adquiere tintes simbólicos. Un objeto, un lugar, una conversación banal pueden cargarse de significado al reinterpretarse a través del texto. Pueden gustar y «santificarme» o enviarlas directamente a la papelera de reciclaje.

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RAZÓNS «SURREALISTAS» POLAS QUE EU ESCRIBO POEMAS EN PROSA

No reino flotante entre a palabra e o silencio, os poemas en prosa surrealistas son criaturas ambiguas: non son do todo verso, pero tampouco prosa libre; existen como peixes que respiran aire, nadando en ríos de sintaxe para formar unha alquimia emocional que desafía a lóxica lineal.

Un poema en prosa surrealista non se desculpa pola súa forma: deslízase sen rima, pero con música secreta. A súa xenética é caótica: nace do soño, da intuición, e ás veces de quen fala soñando palabras. É o diario íntimo do absurdo, onde unha cadeira pode chorar e un reloxo pode falar en dúas linguas que non coñece.

O surrealismo abraza o inconsciente, e o poema en prosa é o seu mellor conspirador. André Breton entenderíao como un acto de rebeldía sintáctica, onde os significados se evaporan antes de pousar. Revélase en imaxes inesperadas: «O coitelo pensou na lúa, e o espello ladrou cando viu á miña nostalxia chorar». ¿Ten sentido? Non. ¿Ten verdade? Absolutamente.

Estas obras non buscan claridade, non van dirixidas á súa comprensión lóxica, non, buscan a desorientación lúcida. As palabras reúnense como insectos arredor dunha lámpada fundida: atraídas por unha luz que xa non existe e non se pode tocar. No canto de describir a realidade, desfigúrana para que poidamos vela máis profundamente.

Así, o poema en prosa surrealista é unha máquina de atmosferas, un espello sen forma, un gato que escribe con tinta de lúa.

Exemplo de poema en prosa surrealista

O paraugas soña co océano. Non pola auga, senón polo esquecemento. Na súa tea escóndense as cartas que nunca chegan, escritas por mans que non existen. Cando o abras, choverá dentro.

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VERSOS SILENTES

Hai versos que viven na penumbra da miña gorxa, como hóspedes tímidos que rexeitan a luz. Non son covardes, non. Son versos que aprenderon a respirar en silencio, que se teceron con fíos de pudor e de medo, coa tinta invisible do que nunca se atreveu a ser confesado.

Escribinos en marxes de axendas esquecidas, en panos engurrados, no bafo dos espellos. Algúns falaban de ti, outros de min, e os máis valentes falaban de nós, do que fomos sen ser. Pero nunca os pronunciei. Porque dicilos era invocar un tremor, unha fenda, unha verdade que non sabía se quería escoitar.

Ás veces síntoos axitarse, como paxaros pechados no peito. Pídenme voo, pídenme voz. E eu míroos, acaríñoos co pensamento, prométolles que algún día… algún día serán aire.

Pero hoxe seguen sendo iso: versos que nunca dixen en voz alta. E, porén, habítanme. 

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A TERRA

A terra é recordo, é corpo, é lugar do que se vén e ao que sempre se volve, aínda que sexa só coa cabeza. Rinse de min porque falo das aldeas do pasado, das aldeas que xa non existen, das que quedaron a medio camiño entre a memoria e o abandono. Falo con agarimo, pero tamén con dor, porque querer algo non implica cegarse. E eu non estou cego. 

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OS SILENCIOS

Dóenme os silencios que non sei romper e dóeme a alma, cansa de querer a medias. Camiño polo seu interior con coidado, como quen pisa un chan fráxil para non volver caer. Non é que falte amor, é que sobra desgaste e xa non queda forza para finxir.

Ás veces, sentir pesa máis que calar, e o «non» convértese nun acto de honestidade. Descansar tamén é unha forma de seguir vivo por dentro. Hoxe quedo aquí, en calma, coidando o pouco que aínda sinto. 

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AQUEL BICO

Aquel bico, aquela man, aquel desexo, aquel pracer. Os catro, desde hai tempo, por ti, abertos a lume vivo. Os catro, desde hai tempo, por ti, do teu corpo espido namorados. Os catro, desde hai tempo, por ti, habitantes dun soño durmido das túas ferventes caricias. Aquel bico, aquela man, aquel desexo, aquel pracer. Os catro gardados entre os suspiros dun tempo sen retorno, dormen na miña escura memoria, lonxe dos teus ollos, moi preto da miña alma. Foron só un instante e xa son a eternidade. 

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HERIDA

Sorda. Sí. Así es. No se oye. No se ve. Pero se siente. Es profunda como una sima oceánica. El dolor rezuma como la lava de un volcán destruye cuanto inunda. Es intenso. Como una plaga castiga la inocencia y deambula por mi interior cual fantasma con esputos en el alma. Este salivazo emocional me prostituye los sentidos y me deja exhausto tras leer tus ojos. Sí, esos que se clavan en mi corazón indolente con la búsqueda de una mujer que me abrace con sangre de sinfónico placer. 

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QUINCE AÑOS

Durante mi primera adolescencia fui feliz y entonces no lo sabía. La culpa —o el milagro— fue de una chica que todavía recuerdo. No sé si ella llegó a entender el efecto que producía al acercarse, al reír, al mirarme como si el mundo fuera algo sencillo que se podía compartir. Fue ella quien me espabiló. Quien me sacó del rincón tímido donde los muchachos suelen esconderse cuando el cuerpo empieza a cambiar y todo parece demasiado nuevo. A su lado el miedo no tenía demasiado espacio. Las palabras salían con una naturalidad que después tardaría años en volver a encontrar. Yo hablaba, caminaba, incluso soñaba con una ligereza que ahora me parece casi irreal. No ocurrió nada extraordinario. No hubo grandes promesas ni gestos memorables. Solo la sensación limpia de que una chica podía mirarme y encontrar en mí algo suficiente. Y así descubrimos nuestros cuerpos, con una lentitud deliberada, desde los labios hasta la perdición. Y durante un tiempo, breve y luminoso, yo también lo creí. 

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AUSENCIA

Ausencia é ver como a escura neve golpea con branca crueldade e saña, unha vez rematada, a ardente caricia que estendiches onte por todo o meu corpo. Deste xeito verás como quedan os nosos corpos espidos sobre un solitario leito de ácido pracer, e o teu perfil, entre mil sombras acariñado, desaparece cuberto do suor das nosas almas. Entón, o meu corpo chora a túa ausencia cheo de soidades. 

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ESPELLISMO OU REALIDADE

Ninguén me dixo que estabas aí. De súpeto, unhas pernas enfundadas nunhas vingativas medias cubriron de feridas a tranquilidade da miña espera. Eras ti, claro. Agasallo do demo ou caricia dun anxo? Estiven dous minutos observándote e parecéronme dous séculos de longos camiños e crecentes feridas. ¿Espellismo ou realidade? Por un momento soñei que volvías espida a min coas mans cheas de desexo e disposta a arrolar a miña soidade cun pracer sexual de rexuvenecida saudade. 

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A MAREA DA VIDA

Un percorrido polo meu interior confúndese co percorrido que fago na miña mente tódolos veráns pola costa. Cada texto que escribo é unha marea distinta, unhas veces en calma, outras veces brava. Non busco respostas nin conclusións. Só quero deixar constancia do que estou sentindo, do que vou aprendendo e do que fun perdendo e do que espero gañar.

Quizais algún día me leas ti, lector descoñecido. Quizais algún día alguén entenda que estas palabras non falan só dunha muller, senón de todas as formas que ten o amor cando non me atrevo a pronuncialo en voz alta.

O mar seguirá aquí, eterno, borrando e escribindo historias na area. E eu seguirei camiñando pola praia coa esperanza de que cada paso me leve un pouco máis preto de min mesmo. 

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IMAGINADO

El amor imaginado tiene algo de refugio. En ese abrigo puede ser intenso, profundo, incomprendido, solitario… Sobre todo, no corre el riesgo de ser rechazado por esa mujer que se dibuja en bucle en mi memoria. Y así, sin darme cuenta, he ido acumulando inviernos. Unos, heredados de un torbellino emocional; otros, elegidos por mí sin darme cuenta. Hasta que llegó un día en el que aprendí a quedarme solo, sin el asedio de la pasión y de la necesidad de un cuerpo… No escribo estos versos para acusar a nadie de mis culpas, ni siquiera al muchacho poco sazonado que fui. Los escribo porque, al fin, empiezo a sospechar que incluso el invierno más largo contiene una pequeña grieta. Y en ocasiones basta una grieta para que el hielo empiece a fundirse. 

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CERCA

Mientras mi necesidad de vida se anega en falsos «me quieres» que el viento repite sin convicción, la sensación de tenerte cerca sana lentamente las heridas que aún me duelen. No necesito promesas ni palabras grandes: basta la tibieza de tu presencia. Porque hay heridas que no se curan con explicaciones, sino con la sencilla certeza de que alguien permanece a nuestro lado. 

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SOMBRAS E SILENCIOS

Ás veces, nos momentos tranquilos do día, sorpréndome a min mesmo agochado detrás dunha voz que non acaba de saír. Sinto un impulso interno que quere falar, asomarse, respirar… pero detense xusto antes, coma se lle dese vergoña mostrarse por completo. Cúbrome cunha especie de néboa suave que apaga os meus xestos e as miñas palabras, mentres o meu corazón latexa tranquilo, coidándose, agardando o seu momento.

As palabras veñen a min, móvense inquedas, pero non se atreven a voar. Os meus ollos buscan refuxio no chan, coma se alí puidesen agocharse do mundo. E os meus murmurios, pequenos e fráxiles, quedan atrapados nas miñas dúbidas, navegando nese mar interno que ás veces me supera.

Aínda así, dentro dese silencio hai algo valioso. Un pequeno mundo íntimo, delicado e honesto, que florece no profundo. Alí gardo o que son, o que aínda non mostro, o que agarda o instante xusto para abrirse sen medo. É un lugar onde a miña aparente fraxilidade se transforma en forza, onde a miña sinceridade brilla sen necesidade de facer ruído.

Entendo que a timidez non é un muro: é unha porta. E detrás dela hai un corazón vibrante, que desexa ser visto e abrazado tal como é. Aínda que ás veces me agoche entre sombras e silencios, sei que por dentro se está xestando un espertar. Chegará o día en que as miñas palabras deixen de tremer, en que os meus ollos se ergan cara ao mundo, e en que a miña voz flúa sen conterse.

Porque en min, detrás desa brétema, vive unha verdade que non se apaga: o meu silencio tamén fala, e a miña timidez non é máis ca o paso previo para mostrar un corazón que, cando se atreve, ilumina sen esforzo. 

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SOMOS

Estos poemas son una forma de permanecer un momento en silencio frente a lo que somos cuando nadie nos mira. Un lugar donde la memoria respira sin prisa y deja aparecer aquello que el ruido de los días suele ocultar. Tal vez escribir sea solo eso: detenerse un instante ante uno mismo y escuchar lo que queda cuando todo alrededor calla. 

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ESCRIBIR

Escribo porque xa non sei facer outra cousa que aguantar mentres algo se desfai por dentro. O que aparece aquí non é valentía nin lucidez, é resto, é lixo emocional sen filtrar nin pedir permiso. Non me importa soar patético, roto ou excesivo, porque é o meu estado actual. O corazón do que escribo non quere ser lido nin comprendido, quere ser expulsado dunha vez. Se queda algo en pé despois, será por erro, non pola forza da miña escrita. 

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O PASO DO TEMPO

O paso do tempo doe porque converte os días en lembranzas e ás persoas en historias. Doe porque todo acontece só unha vez, porque sempre hai unha última vez para saír cos amigos, para rir sen pensar, para ver a alguén sen saber que será a última. O tempo non leva a vida de golpe, lévaa en pequenos momentos que non volven. E un día miras atrás e decátaste de que eras feliz e non o sabías.

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CRUCEIRO

Sentado en el regazo de tu pétrea herida en una encrucijada de caminos, te ruego, hijo de la tierra de Breogán, te ruego, desvalido y lloroso, como una mariposa en el crudo invierno, como el perro que olvidó el fuego de su hogar. A la orilla de tu sombra calmo mi corazón con tu voz cariñosa, pues tus santas palabras entierran de un golpe el lento veneno que como un río de tristeza amarga anegaba, desde hace tiempo, mi risueño cantar de estrellas.

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OJOS

A veces regresan sin nombre ni voz. Solo unos ojos que me miraron una vez y dejaron en mí una claridad imposible de borrar. Desde entonces viven en un rincón secreto de la memoria, como una lámpara que nunca termina de apagarse. No sé de dónde vienen cuando aparecen ni por qué vuelven en las noches más calladas. Tal vez los recuerdos caminan por dentro de nosotros como sueños que no han terminado de irse.

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EL PLACER

Lo hacemos con ahínco, con denuedo, con tesón. Desde tiempos inmemoriales. Somos dos colosos frente a una muchedumbre hambrienta de fracasos. Nos miran extrañados por ello, como si fuéramos dos objetos en el museo de la efervescencia. Dicen que nunca lo alcanzaremos, que es más fácil obtener el goce emocional que el placer físico. Ante mi extrañeza me muestran fotos de rostros placenteros en grado sumo contemplando un paisaje. Les espeto que eso es fugaz, que tal visión es inmutable y que no responderá jamás a mis caricias. Las necesito. ¿Y eso es importante? Yo preciso saborear el contacto con la piel para saber que estoy vivo. No te debe extrañar. Si no me extraña. Lo que te vaticino es un invierno cubierto de llagas por un intempestivo frío que congelará las huellas de tus dedos para que no sientas los hirvientes latidos de mi pulso. Entonces, estaré muerto definitivamente. Al final, resucitarás. Confía en mí. Yo no te dejaré morir. No sé quién me habla. ¿Me oyes? 

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AMAR LA SOMBRA

Me censuraron hace unas semanas con muy mal gusto lo que escribí en un texto semejante a este. Me dijeron ―te escupo mi opinión, es lo que te mereces― que un hombre no habla o escribe de los senos de su amada ni en público ni en privado. Y muchas cosas más muy ofensivas. Me quedé pensativo y atribulado en un rincón de mi habitación. Me sentí culpable y afloró en mis manos el impulso bloguicida. Una lectora desconocida me comentó que hay personas que no entienden la creación literaria en forma de poema en prosa. Confunden al creador del texto ―tú― con el dueño/lector ―todos nosotros―. Tú escribes literatura, tú escribes literatura y punto. Al cerrar el correo, de pronto, una sombra se irguió delante de mí y me habló con voz sincera y sensual: No hagas caso a nadie. Mi cuerpo es para ti. Y cuando digo eso es para que tú hagas con él lo que quieras: amarlo, acariciarlo, describirlo o rechazarlo. Y se sentó en la cama con una sonrisa tan generosa que brotó como un milagro de la naturaleza en mi cuerpo un placer incombustible. Luego, cogí tu sombra de la mano, te sentaste primero en la cama, luego te acostaste e hicimos el amor de una manera que jamás había soñado. Cuando desperté, tenía una nota en el suelo que decía lo siguiente: la próxima vez que quieras experimentar lo que es el verdadero amor solamente tienes que llamarme. Y no fui capaz de encontrar la sombra que me había poseído en mis sueños. 

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A SAUDADE

A morriña e a saudade son o fío que cose todos os meus sentimentos. A saudade, esa palabra nosa que non precisa tradución, é a que mellor explica o que me pasa: a presenza dunha ausencia, o calor dun recordo que non se apaga, a ferida doce de algo que non volverá, pero que tampouco quero esquecer. A rúa do Franco, co seu interminable circuíto de cuncas, é o escenario perfecto para esta mestura de emocións que me acompañan desde hai tanto tempo. 

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RAZÓNS «LÓXICAS» POLAS QUE EU ESCRIBO POEMAS EN PROSA

Nun mundo literario onde as formas tenden a viviren en compartimentos —o poema, a novela, o ensaio—, o poema en prosa aparece como unha criatura poética que tende unha ponte entre o lírico e o narrativo. Escribir poesía en prosa non é simplemente rexeitar o verso, senón explorar unha liberdade distinta, unha linguaxe que non precisa cortarse en versos para ser intensamente poética.

O poema en prosa libérase da métrica e da rima, pero non renuncia á música. A cadencia convértese nunha cuestión interna: o ritmo nace do alento, da elección precisa de palabras, da disposición secreta das frases. Este tipo de escritura permite que a emoción flúa sen as interrupcións do corte versal, sen a necesidade de xustificar cada verso cun patrón formal.

A prosa poética é ideal para o pensamento que non se acomoda a unha forma pechada. Permite vagar, dubidar, asociar ideas con imaxes, buscar unha verdade emocional sen ter que chegar a unha conclusión. É o formato perfecto para explorar a paisaxe interior: o que se sente, pero non se sabe dicir do todo.

Un poema en prosa pode contar unha historia, pero farao coa economía e a intensidade dun poema. Pode reflexionar como un ensaio, pero deslizarase entre símbolos e silencios como un soño. A súa forza radica nesa hibridez: é literatura que resiste ser clasificada, que se move entre xéneros sen pedir permiso.

Vivimos nunha época de fragmentos: pensamentos interrompidos, emocións superpostas, memorias que chegan como refachos. O poema en prosa responde a esa sensibilidade. É unha forma ideal para capturar o fugaz, o que non se desenvolve por completo, pero deixa unha pegada profunda. A brevidade non é unha limitación, senón unha forma de condensación.

Aínda que pareza moderno, o poema en prosa ten unha longa historia. No século XIX, Baudelaire xa o utilizaba para sacudir os límites da linguaxe poética. Rimbaud, Aloysius Bertrand, Pizarnik, Cortázar, Lezama Lima, Luis Cernuda ou Anne Carson exploraron esta forma como un campo de resistencia. Escribir poemas en prosa é dialogar con esa tradición que non teme a transformación e o progreso.

O poema en prosa permite experimentar: xogar co ton, a sintaxe, a repetición e a imaxe. É un espazo onde a linguaxe se estira, se torce, se reinventa. No seu interior, o escritor non está obrigado a seguir unha fórmula, senón a unha pulsión, unha voz interior que dita o seu propio ritmo.

Escribir poemas en prosa non é só unha elección formal: é unha declaración estética. É optar por unha linguaxe que flúe libremente, pero segue sendo esixente, unha forma que non precisa do verso para emocionar, unha vía aberta para dicir o que non cabe no convencional. Para quen sente que a  poesía está en todas partes —nunha idea, nun recordo, nunha imaxe fugaz—, a prosa poética é o territorio natural para habitar e vivir. 

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IDEALIZACIÓN

Non te idealizo. A idealización é unha forma de covardía. Prefírote real. Con sombras. Con contradicións. Con lugares onde non me deixas entrar. Hai algunha sombra en ti —ou no que imaxino de ti— que me mantén alerta. Inquedo. Esperto.

Escríboche isto porque escribir é unha forma de achegarme a ti sen tocarte. E a distancia, cando hai desexo, tamén é unha forma de erotismo. Non todo desexo quere corpos. Algúns só queren durar. Queren imaxinar o teu corpo espido sen tocalo. Queren deixarte sen roupa dentro da mente.

Non busco que me respondas. Nin sequera que me leas con agarimo. Bástame con que existas nun pensamento meu e que quizais eu exista nun teu. Aínda que sexa un segundo. Aínda que sexa co corpo.

Se algunha vez sentes que alguén te mira desde as palabras, sen mans, sen ollos, con paciencia, imaxina que son eu. Pode que sexa eu escribindo outra vez, sen saber se estás onde te imaxino.

Esta é a miña maneira de dicir: non che debo nada, non me debes nada, pero cando a miña mente te espida en silencio, o mundo vólvese un lugar moito máis lento. E moito máis perigoso.

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FEITIZO

A palabra feitizo non está aquí por casualidade, non señor. Coouse voando en vasoiras, aparcou con descaro no meu teclado e díxome insolente: «escribe sobre min, escribe!».

Eu sempre pensei que a literatura tiña algo de maxia, pero non desa maxia de magos con capa brillante e fume sospeitoso, senón da maxia humilde, a das pequenas transformacións, a das aldeas, a dos lugares con encanto por si sós… como cando metes un calcetín gris na lavadora e sae rosa sen que ninguén o autorizara.

Un feitizo non cambia o mundo, pero pode cambiarche un día enteiro. Pode converter unha dor nunha dorciña manexable, como cando das un golpe no dedo maimiño e sobrevives. Pode facer que un recordo deixe de pinchar ou que unha emoción se acenda como unha lámpada LED de baixo consumo. Eu busco iso: non grandes revelacións tipo «descubrín o sentido da vida!», senón pequenas claridades, como atopar por fin as chaves que levabas na man.

O feitizo que eu coñezo fala e cura o amor, si, pero non do amor perfecto das películas onde ninguén súa, ninguén ronca e todo o mundo ten pestanas quilométricas. Fala do amor que doe, do que chega tarde, do que se perde polo camiño porque se entretiña mirando escaparates, do que se lembra máis do que se vive… ese amor que te deixa o corazón como un acordeón despois dunha verbena.

O feitizo tamén fala da soidade, pero non como castigo, senón como territorio propio, como un piso pequeno pero acolledor onde podes andar en calcetíns e ninguén te xulga. Ás veces estou mellor aí que en calquera compañía, sobre todo se a compañía mastiga forte.

E, por suposto, o meu feitizo fala da terra, de Galicia, que sempre está de pano de fondo, de protagonista ou de convidada sorpresa. Galicia é un sentimento máis, un feitizo máis, unha presenza que me acompaña incluso cando non a nomeo… como o cheiro a polbo que se che queda na roupa despois dunha boa «jartá», como di unha amiga sevillana cada vez que a levo ao O Sendeiro de Santiago de Compostela, onde serven un laminado á feira incomparable.

Pero non te esquezas do queixo de San Simón á prancha, remata sempre. 

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DESPEDIDA

Erguícheste calada, ferida e espida, mentres eu consumía un café xélido que me levou ao paraíso dos orgasmos sen pracer. Miráchesme con ollos cheos dunha caduca luxuria. E vin a frialdade do teu corpo. Espido, pero xélido. O teu tempo pasou, dixéchesme cunha mestura de indignación, sensualidade e condescendencia. E eu crino coa xenerosidade dos pusilánimes derrotados. Deixáchesme só. Aínda sigo así no noso cuarto. 

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CONTRA O ESQUECEMENTO

Espimos os nosos corpos como quen deixa caer o último recordo do día. A noite pechou a porta e quedamos dentro do silencio. A túa pel era unha casa antiga e as miñas mans entraban amodo, como quen volve a un lugar que amou. Fóra chovía, ou quizais a chuvia eramos nós. Abrazámonos para non desaparecer, para enganar ao tempo, para que a soidade tivese, polo menos, forma de corpo. 

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EXPLICACIÓN E PRÓLOGO DE «XA NON É DÚBIDA»

No ano 1995, con data do 94, publiquei, en autoedición, un libro titulado Xa non é dúbida nunha editorial que non cumpriu dous acordos establecidos: unha corrección de galeradas en condicións e unha distribución dos 300 exemplares editados. Eu cumprín a miña parte pagando unha cantidade de pesetas nada desdeñable. Non houbo distribución por parte da editorial e un bo día atopeime na miña casa, ao volver do traballo, tres caixas cos 300 exemplares.

Quixen distribuílos eu, pero o que fixen foi unha «cutredistribución» —o meu coñecemento desta actividade era, e é, nulo— e conseguín vender 76 exemplares. O resto, si, o resto, regaleinos a familiares, escritores, cantantes, concelleiros de cultura dunha infinidade de concellos… Foi unha «xenerosa inversión» a asumida por min: sobres de gran calidade e selos para os gastos de envío a case todas as cidades e vilas de España. A cifra foi mareante. Especialmente doeu moitísimo o maioritario silencio que recibín.

Inciso: lembroume a Johan Cruyff cando, o 17 de febreiro de 1974, nos deixou calados «in situ» a todo o madridismo ao marcar o terceiro gol, creo, nunha das derrotas máis dolorosas do Madrid fronte ao Barça.

Foi como unha labazada de realidade: a moi pouca xente lle interesa a poesía. ¿Tampouco á túa familia? Corramos un tupido veo.

Aquí teño que facer mención a dúas librarías que levaron a medalla de ouro e a de prata en agradecemento ao labor publicitario que exerceron.

A libraría Pérgamo, sita na rúa General Oraá 24, rexentada por dúas irmás, especialmente a maior, Lourdes. Esta muller publicitou o meu libro no escaparate, proclamouno a voz en berro e vendeuno cunha desbordada xenerosidade. Eternamente agradecido. Se algún día lese esta entrada, gustaríame que soubese que o meu agradecemento non coñece límites temporais.

En segundo lugar, a entrañable Rubiños 1860, sita na rúa Alcalá 98, onde o dono me permitiu ter no escaparate durante quince días o meu libro. Como é normal nesa zona, o «triángulo chuchón» devorouna, evaporando o ancestral e engaiolador aroma dos libros que exhalaba, por moito que dixesen que manterían o espírito da libraría nun lugar prominente do xigantesco edificio que posúen. Non é o mesmo.

Sen estas dúas librarías, ¿cantos libros tería vendido? Ningún.

O libro Xa non é dúbida, incorporado agora a Poetario (1994-2026), recompilación de todos os meus poemas en prosa, foi prologado —a parte máis importante do libro— polo catedrático da Complutense, e profesor meu, Eduardo Tejero Robledo, xa tristemente falecido. O meu agradecemento tamén é eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «XA NON É DÚBIDA»

En José María, a dedicación poética é vocación sostida, non pasatempo efémero, e logos paliativo para a soidade de quen cre andar necesitado de comunicación. Á marxe do hedonismo ao uso, xa que rende de novo o malestar da cultura, este mozo inquire, busca, golpea coa palabra e coa imaxe depurada para atopar camiños na muda desesperanza.

Como profesional da literatura que exerce e como poeta responsable, acumulou lecturas de clásicos sempre redivivos: Rubén, Aleixandre, Cernuda, Dámaso e outras moi respectables compañías. Neles bebeu o esencial poético, a saber, a interrogación retórica fronte ao mundo e a pregunta íntima, tan lacerante ás veces, reservada á vida cotiá.

Ítem máis, o dominio da forma, xa canalizada na rima asonante ou fluíndo ritmicamente no verso libre. Así o demostra en tantos poemas de Xa non é dúbida e de varios inéditos que por xenerosa amizade cheguei a coñecer.

Se os títulos son premonición e aviso de camiñantes, pode verse unha temática reiterada para quen se considera buscador de sombras e pasa a noite escura da alma: Tempo de silencio, A soidade amparada, O túnel do amor, Memorias nocturnas, Disfrace nocturno, Setembro negro, Sondaxes nocturnas, Peregrinación humana, Nocturno, outra vez.

A poesía, que Juan Ramón desexaba para a inmensa minoría, é brisa e catarse en días de incerteza. Teñamos aos poetas respecto reverencial, pois eles escudriñan e alumean o tenebroso labirinto que somos.

José María, bo amigo, oxalá perseveres en tan firme e sincera escritura e recibas o asentimento e a acollida cordial que en xustiza mereces. E alá vai a despedida co sabrazo dos teus versos máis propicios e alentadores:
Que ninguén desdeñe o meu contento, que ninguén vulnere a miña celosía.

Eduardo Tejero Robledo, catedrático na Universidade Complutense 

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MALGASTADOR DE SOÑOS

Infinitas palabras ao vento, mil e un debuxos que alivian xenerosos como un avezado faquir o meu vital desacougo. Infinitas palabras ao vento, que tornan vestidas de azuis agoiros e forxan férreos elos na fragua dos meus alicerces. Infinitas palabras, como mil e unha bolboretas que irradian incombustibles na miña pertinaz loita, cal tregua en pleno apoxeo. Ao fin e ao cabo, tan só iso, infinitas palabras ao vento que ninguén quere compartir, que ninguén quere ler e que non me deixan durmir. 

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A MIÑA VOZ EN SILENCIO

Non quero ser un berro nin un canto. Quero ser sombra tranquila, presenza que permanece cando todos marchan. Escribo sen retorno, como quen garda unha carta que nunca será enviada. Pola noite camiño pola miña casa como por un libro pechado, e cada habitación é un recordo que respira. O silencio non está baleiro, está cheo de nomes, de pasos que xa non volven, de palabras que non chegaron a dicirse. A miña voz en silencio é só isto: converter a ausencia en algo que permaneza. 

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POR QUÉ ESCRIBO POEMAS EN PROSA

Escribo en poemas en prosa porque es en lo que mejor me escucho. No lo hago por compromiso ni por necesidad pública, sino por un placer íntimo, por esa sensación de reconocimiento que solo aparece cuando las palabras nacen en el formato en el que una parte de mí piensa, siente y recuerda. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La lengua me acompaña en ese espacio interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.

Siempre he sido una persona tímida. No una timidez de inseguridad constante, sino esa que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Y el poema en prosa, para mí, es ese rincón: un lugar donde las palabras pueden quedarse, reposar, no marcharse antes de tiempo. Muchas de las que escribo no han encontrado el momento adecuado para salir en otras formas. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación. En castellano, en cambio, se sienten a salvo.

Lo que escribo no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se han ido instalando con el paso del tiempo. Y el poema en prosa me permite nombrarlas sin romper su delicado equilibrio. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho. Y el poema en prosa es una de esas compañías silenciosas.

No pretendo explicar nada. Solo crear un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Y siempre esa sensación de que hablar demasiado puede romper algo frágil. El poema en prosa me permite esa contención, esa manera de decir sin gritar.

Escribo poemas en prosa sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en esta forma. Y está bien. No busco multitudes, sino lectores que entiendan que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se fue. Y en mi caso, lo que nunca se fue el poema: la forma que me sostiene cuando escribo y que me devuelve, siempre, al lugar donde realmente estoy. 

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NO HAY PAZ PARA MÍ

Lo que habita en mí no descansa. Es un vaciamiento lento del alma, un cansancio del espíritu que adopta formas grotescas y crueles. La angustia se disfraza, se burla, se arremolina como miedo persistente. Todo es congoja comprimida, inquietud repetida como cuentas de un rosario que no concede fe. Naufrago en un dulzor falso, en un desasosiego clínico, en una tristeza medida en dosis mínimas que no curan nada. Me hablan de descanso eterno, de paz, pero esa palabra no figura en mi vocabulario íntimo. Nunca supe cómo pronunciarla. 

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POEMA EN PROSA INTRODUCTORIO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir.

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ANSIEDAD

Estoy asfixiado por la ansiedad y mi viejo deseo de ti se ahoga en el mar con una mano vacía y otra llena de perversa fortaleza. Quiero que no me perforen los nervios, esos buriles de hierro que habitan en mi alma desde tiempos inmemoriales y que me clavan los sentidos en una romería de cuerpos desnudos y camas yermas que de nuevo se ahoga en el mar. 

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OTRA VEZ

Quiero que me invites a un placer sin nombre, clandestino, de esos que no dejan huellas, pero abren mil puertas para que nuestros cuerpos pierdan el norte y suban, cegados, a una cima de goces invisibles. Y tú me repites que la delicia de esa gloria solo la conoceré contigo, que será un goce secreto, un pacto de piel y saliva. Mi fidelidad a la soledad es tan feroz, tan limpia, que no veo nunca el sol, que para mí siempre llueve. Y yo sigo aquí, empapado de espera. 

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LLOVIENDO

Hoy la oscuridad es absoluta, como si el mundo se cerrase sobre sí mismo y solo quedase el ruido de la lluvia interior. Llueve en los recuerdos, en las preguntas sin respuesta, en las palabras que no encuentran salida. Pero, aun así, algo permanece encendido, pequeño y terco, como una luz que no sabe apagarse. La esperanza no hace ruido: aprende a quedarse, a respirar hondo, a esperar su momento. Sé que el día existe incluso cuando no se ve, porque ya ha vuelto otras veces. Cada nube lleva dentro el cansancio de tanta agua y también la promesa del cielo abierto. No es debilidad esperar, es una forma de valentía silenciosa. Sigo avanzando a paso lento, sosteniendo el corazón con las dos manos. La lluvia no dura para siempre, por más convincente que parezca hoy. Y cuando menos lo espere, me dicen, la luz encontrará el camino y el día despejará. 

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LA TIERRA

La tierra es recuerdo, es cuerpo, es lugar del que se viene y al que siempre se vuelve, aunque sea solo con la cabeza. Se mofan de mí porque hablo de las aldeas del pasado, de las aldeas que ya no existen, de las que quedaron a medio camino entre la memoria y el abandono. Hablo con cariño, pero también con dolor, porque querer algo no implica cegarse. Y yo estoy ciego. 

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LOS SILENCIOS

Me duelen los silencios que no sé romper y me duele el alma, cansada de querer a medias. Camino por su interior con cuidado, como quien pisa un suelo frágil para no volver a caer. No es que falte amor, es que sobra desgaste y ya no queda fuerza para fingir. A veces, sentir pesa más que callar, y el «no» se vuelve un acto de honestidad. Descansar también es una forma de seguir vivo por dentro. Hoy me quedo aquí, en calma, cuidando lo poco que aún siento. 

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MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito ni un canto. Quiero ser sombra tranquila, presencia que permanece cuando todos se han ido. Escribo sin retorno, como quien guarda una carta que nunca será enviada. Por la noche camino por mi casa como por un libro cerrado, y cada habitación es un recuerdo que respira. El silencio no está vacío, está lleno de nombres, de pasos que ya no vuelven, de palabras que no llegaron a decirse. Mi voz en silencio es solo esto: convertir la ausencia en algo que permanezca. 

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ADONIS

Se adora tanto que confunde el amor propio con la incapacidad de amar a otras mujeres que le ofrecen una belleza física inalcanzable para la mayoría. Habita en un jardín cerrado, lleno de flores que nadie puede tocar. Una mujer, que yace a su lado, quiere excitarlo sin dejarse acariciar, pero no se protege lo suficiente y florece en su sexo un diamante tan brillante que solo verlo le produce un orgasmo a Adonis. Nadie lo puede ver. Sólo él. Las manos masculinas quieren cogerlo, pero en un instante el jardín se troca en un museo de cuerpos femeninos intocables. Y él, su único espectador, se cansa de mirar siempre lo mismo sin poder experimentar un orgasmo semejante al primero.

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ILUSIÓN NOCTURNA

A ilusión, no amor, é facer e perceptible ao sentido do tacto (desordenado pracer de algodón a túa pel) o saboroso lume que nace ebrio na caluga; e que, tras un espasmo en forma de chama gozosamente excitada, móstrame tanxible na súa sensual man a cinza dun excitante que xamais ardeu en realidade. Todo é un bucle de fantasmagorías que gravitan espidas de realidade nunha nube de pel desaparecida e xamais acariñada. E despois, cando todo sexa unha realidade incorpórea, ti e máis eu poderemos facer dese anhelado soño algo real e pracenteiro. 

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Y DALE

Circunloquio de la necedad. Me dices que soy una auténtica mentira. Que he reconstruido un pasado sobre unos cimientos inexistentes. Me dices que yo no tengo ninguna credibilidad, que soy un despojo de un residuo de hemética pasividad. ¿Recuerdas cuando te pedía un compromiso, un simple compromiso? Y tú lo convertiste, influido por esa «magna familia» que presidía todos tus actos, en una exigencia de altar y alianza. ¿Cuántas veces te dije, sincera como el cristalino, que eso era una patraña? ¿Cuántas veces te escribí ríos de tinta argumentando que toda relación debía avanzar para no pudrirse como un charco de aguas estancadas? Y tú, dale que dale, que no te querías comprometer lo más mínimo, que tu libertad era intocable. ¿Recuerdas tus últimas palabras? Las relaciones precipitadas mueren sin remisión. ¿Quién dijo eso?, te espeté. Y tú guardaste silencio. No. Perdón. Repetiste lo de siempre. Y dale, te dije. 

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LA PRIMERA NOCHE

Aún recuerdo el dolor que sentí la primera noche sin ti. El vacío existencial y emotivo que ardió en mi interior ha dejado en mis labios secuelas de las que me ha sido imposible reponerme. Fue a traición. ¿Y hablas tú de traición? Una tarde en la que no había nubarrones entre los dos. Una tarde en la que el sosiego presidía mis actos. Una tarde en la que experimenté por primera vez lo que era decirte llanamente la verdad. Una tarde en la que no había influencias perversas y nocivas en mi entorno. Una tarde en la que no había palabras de terceros. Una… Y llegó la noche. Y yo vulnerable. Enquistado en tu recuerdo. Con sangre en lugar de lágrimas. Y un rosario de reproches en mi conciencia. Y un cilicio de verdades en la memoria. Y, por tu parte, eres un mentiroso. 

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A POESÍA

A poesía non se escribe, escóitase como se escoita o mar dentro dunha buguina. Vive en libros vellos, en páxinas dobradas, na prosa esquecida que ninguén volve ler. Habita nos días iguais, na chuvia sobre os cristais, nos camiños de terra, nos recordos que volven sos. A miña poesía non berra, é unha luz acesa nunha casa baleira, unha voz baixa que fala coa memoria. Nace en Madrid, pero camiña por Galicia, entre néboa, mar e pedra. Escribo para que o tempo non borre do todo o meu paso.

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A POESÍA COMO UN BISTURÍ

Son fillo dun cirurxián. Desde neno aprendín a mirar as mans do meu pai, firmes e delicadas, capaces de abrir a carne con precisión e, ao mesmo tempo, de pechala con tenrura. Ese xesto, esa disciplina do bisturí, converteuse nunha ensinanza que me acompaña ata hoxe. Eu non opero corpos, pero opero palabras. Na aula, cando ensino, e na miña escritura, cando me espido, o bisturí transfórmase en metáfora: cortar, abrir, explorar o oculto, e logo suturar coa delicadeza de quen sabe que cada ferida precisa tempo para cicatrizar.

A poesía é a miña cirurxía íntima. Cada palabra abre unha capa da miña alma, cada verso é incisión, cada frase unha sutura que intenta recompoñer o que se rompeu dentro de min. Escribir é a miña maneira de resistir, de recuperar un fragmento de silencio entre o ruído, de darlle voz ao que quedaría sepultado baixo o peso da cidade e da vida.

Son un home triste e melancólico, habitado pola sombra da morriña e o peso dos fracasos. Pero tamén son fillo dunha disciplina que me ensinou que mesmo a ferida pode ser camiño de coñecemento. A poesía permíteme transformar a tristeza en palabra, a melancolía en música, o fracaso en cicatriz que brilla.

Madrid resúltame dura, coma se cada rúa me devorase pouco a pouco. A cidade engúleme co seu ruído, coa súa velocidade, coa súa indiferenza, e eu síntome perdido entre multitudes que non me ven. Escribir convértese no meu refuxio, na miña maneira de recuperar un espazo íntimo onde a palabra xorde lentamente, como unha ferida que busca cicatrizar.

Galicia é o fío invisible que atravesa cada liña. Na súa terra e no seu mar moran os meus recordos e a miña voz. Alí aprendín que a morriña non é só dor, senón tamén raíz, memoria, pertenza. A poesía úneme a esa terra, devólveme ás súas augas, recórdame que mesmo lonxe sigo habitado por ela.

A poesía é confesión e bálsamo. É bisturí e cicatriz. É o espazo íntimo onde a palabra se converte en sostén, nunha columna invisible que me impide caer. É a miña maneira de abrirme, de deixar que outros entren na miña ferida e recoñezan nela a súa propia historia.

Quen se achegue á miña poesía atopará fragmentos de vida, retallos de dor e de esperanza, confesións que quizais tamén lle resulten propias. Porque escribir é compartir a intimidade, a morriña, os fracasos e as pequenas luces que nos sosteñen no medio da escuridade.

A poesía, para min, é iso: un bisturí que corta e revela, unha sutura que recompón, unha cicatriz que brilla na memoria. É a miña maneira de dicir que sigo vivo, que sigo buscando, que sigo aprendendo a transformar a ferida en palabra e a palabra en luz. 

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O SEXO

O sexo, cando arde amodo e se deixa medrar, non é só un encontro: é unha tensión que se estira entre dous corpos que xa se escolleron antes de tocarse. Hai algo eléctrico nesa proximidade, na maneira en que a pel anticipa o que virá, en como unha mirada pode percorrer máis ca unhas mans. E cando por fin acontece, non estala, senón que se desliza, se enrosca, constrúese coma un lume que sabe durar.

Achegarse á muller nese territorio é entrar nun ritmo que non se domina, que se segue. É aprender a ler as súas pausas, a forma en que o seu corpo responde, como se abre e se recolle coma unha respiración viva. Non hai présa, porque o pracer faise máis denso cando se alonga, cando se roza o suficiente para que cada intre pese máis. E nese xogo, un deixa de ser un mesmo para converterse en parte dun latexar compartido.

Todo ten música aí dentro: o movemento, a tensión, a maneira en que o desexo sobe e baixa coma unha marea morna. O sexo non é só pracer, é unha especie de vertixe suave que conecta con algo antigo, algo que empurra dende dentro con insistencia. E cando remata —se é que realmente remata— queda esa sensación suspendida, coma se o tempo respirase máis fondo, coma se por un intre a vida marcara o seu ritmo co corpo.

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EL SEXO

El sexo, cuando arde despacio y se deja crecer, no es solo un encuentro: es una tensión que se estira entre dos cuerpos que ya se han elegido antes de tocarse. Hay algo eléctrico en esa cercanía, en la forma en que la piel anticipa lo que vendrá, en cómo una mirada puede recorrer más que unas manos. Y cuando por fin sucede, no estalla, sino que se desliza, se enrosca, se construye como un fuego que sabe durar.

Acercarse a la mujer en ese territorio es entrar en un ritmo que no se domina, que se sigue. Es aprender a leer sus pausas, la forma en que su cuerpo responde, cómo se abre y se repliega como una respiración viva. No hay prisa, porque el placer se espesa cuando se alarga, cuando se roza lo suficiente para que cada instante pese más. Y en ese juego, uno deja de ser uno mismo para convertirse en parte de un pulso compartido.

Todo tiene música ahí dentro: el movimiento, la tensión, la forma en que el deseo sube y baja como una marea cálida. El sexo no es solo placer, es una especie de vértigo suave que conecta con algo antiguo, algo que empuja desde dentro con insistencia. Y cuando termina —si es que realmente termina— queda esa sensación suspendida, como si el tiempo hubiera respirado más hondo, como si por un instante la vida hubiera marcado su ritmo con el cuerpo. 

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EL DÍA QUE OLVIDE TU NOMBRE

El día que olvide tu nombre me tendré que empezar a preocupar. Habita en mí desde mi adolescencia. Se fundió con mi piel en una unión que parecía, por entonces, imperecedera, pero mi inmadurez y mi pusilanimidad la redujeron a cenizas. Yo me empeño en hablar de adolescencia, pero que un «significativo» profesor de Filosofía habló muy claro aquel día en el que, nefasta coincidencia, tú me dijiste que lo nuestro era todo pasado y que no tenía, por mi culpa, nada de futuro. Los jóvenes de hoy en día vivís en una continua tardoinfancia. ¡Cuánta razón en esta pequeña frase! Podré olvidar mi lugar de trabajo, mi libro favorito, las canciones de Enrique Urquijo, el pulso de mi sombría vida, hablar de pacatos sentimientos, explicar determinado tema en un aula, el sangrado anímico de todas las noches y esa trasnochadora y diaria embriaguez con una foto que guardo como oro en paño. Podré… pero el día que olvide tu nombre dejaré de tener una razón para vivir. 

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HE TENIDO UN MAL SUEÑO

He tenido un mal sueño. Rompía todas tus fotos, todas tus cartas, todas tus canciones, todos tus recuerdos. Y me despertaba vacío de memoria, como un pobre anciano, tras decenas de años vividos en ausencia de ti, con las manos llenas de lágrimas. Era incapaz de incorporarme en la cama. Tu ausencia pesaba como un cuerpo muerto. Pero lo intenté de nuevo. Por ti lucho hasta la extenuación, gritaba en mi soledad desesperada. En mis sueños, tu rostro mostraba una sonrisa amarilla, de tiempos remotos, aquellos tiempos en los que tú y yo fuimos felices. Te equivocas, José María, te equivocas. Nunca fuimos felices. Nunca estuviste a mi lado. Vivimos una hermosa historia, pero desde el minuto uno sabía que lo nuestro era imposible. ¿Y me lo dices ahora? Nunca quisiste afrontar la verdad. Esa ha sido tu vida: una huida constante. Y sigues huyendo. ¡Cómo me conoces! Y no te veo desde hace… 

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DESDE QUE NO HABLAMOS

se han tornado en bisiestos todos los años.

Desde que no hablamos se han entumecido mis sentimientos como si hubiera ejecutado una pirueta emocional alardeando de una seguridad que no habita en mí desde que me dejaste.

Desde que no hablamos los subterfugios de la inmisericordia me escupen culpas y responsabilidades que, por mi carácter pusilánime, ya no sé cómo asumir.

Desde que no hablamos un ángel caído nocturno me invita a una ceremonia de placeres solitarios que hieren como alimañas, y que me enredan en un egoísmo onírico que coloca mi alborozo en una añoranza tan punzante que me impide actuar con generosidad.

Entonces, en mi circunstancia ególatra, volátil y nada elegante, tú sonríes, arropas mi mano y me cubres de besos inexistentes. Y me duermo acunado por una lacerante ingratitud. 

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MIL DERROTAS Y UN TRIUNFO

Con la voz vencida por mil pretéritas leyendas con moldes de derrota y el aliento quebrado por esta enésima ilusión, he alzado la vista ante ti, y la unción con tu estrella ha esculpido en mi nueva primavera un sinfín de ilusiones, un sinfín de nuevas letras, que espero algún día los dos fundamos en una faz sin tinieblas y con los cuerpos desnudos. 

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CARALLADA

A palabra carallada é unha das expresións máis versátiles e expresivas do galego coloquial, derivada de carallo, que tamén ten múltiples usos na lingua popular. O seu significado varía segundo o contexto, o ton e a intención do falante, podendo transmitir desde diversión ata desprezo ou irritación.

Nun sentido positivo, carallada pode referirse a unha festa ruidosa, unha folga ou unha celebración desinhibida, como cando se di: «Fixemos unha carallada que durou ata o amencer». Neste caso, é sinónimo de esmorga, foliada ou troula, evocando momentos de alegría compartida.

Por outro lado, carallada tamén se emprega para designar cousas sen importancia ou tolerías, como en «Non me veñas con caralladas», onde se expresa fastío ou desinterese ante comentarios ou accións que se consideran irrelevantes ou absurdas. Neste uso, aproxímase a termos como parvada.

Noutros contextos, carallada pode ter unha carga máis crítica ou negativa, referíndose a algo mal feito, ridículo ou sen sentido: «Ese proxecto é unha carallada». Aquí, a palabra funciona como un xuízo contundente, sinalando a inutilidade ou a falta de seriedade dunha proposta ou situación.

Tamén pode usarse carallada para nomear obxectos pequenos, triviais ou sen valor, como en «Comprei unhas caralladas na feira», onde se alude a cousiñas decorativas ou curiosidades sen gran relevancia práctica.

En resumo, carallada é unha palabra que encapsula a riqueza expresiva do galego falado. Pode ser divertida, crítica, afectuosa u ofensiva, segundo como e onde se diga. É un exemplo claro da capacidade da lingua para transmitir emocións e matices con forza e autenticidade, e forma parte do patrimonio lingüístico que define a identidade galega. 

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SUXESTIÓN NOCTURNA

Rompe dunha vez co teu pasado, deixa que caia como po vello entre as túas mans abertas. Esquece esa muller que habita na túa mente como un eco que non lle pertence. Camiña lixeiro, sen cadeas invisibles, coa alma limpa da súa sombra. Goza o instante coma se fose un lume breve e necesario que te fai renacer. Vive, e permite que os teus desexos máis íntimos respiren libres, sen medo nin culpa. 

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ALGO VELLO, PRA MIN NOVO

Escribir poemas en prosa e a conversión a esta forma de toda a miña obra literaria non é só unha elección técnica. É unha maneira de falar sen corsé, de deixar que a emoción marque o ritmo, e non o verso. É escribir como quen conta unha historia xunto ao lume: con pausa, con verdade. Porque hai versos que non saben a poema, e hai sentimentos que piden un camiño amplo, como os que atravesan a serra sen mirar atrás.

A prosa poética é ese camiño. Para quen ve poesía nun instante, nun recordo, nunha canción que se perde entre as pedras. Para quen sabe que a beleza sempre toca.

Aquí, en recuncar.com, e co recordo de Galicia, aprendo a contalo todo coa sal e coa brétema da vida. Na miña poesía río, choro, suplico, admiro, bailo, envexo, boto de menos, canto… mesmo cando chove no meu corazón. Escribir así é tamén iso: unha forma de galeguidade desde Madrid, de facer da palabra un refuxio, de expandir o verso na prosa, de dixerir todo tipo de emoción ata que se volve ritual. A pel que fala de min non precisa sílabas para emocionar. Só precisa verdade. E tempo para que ti a leas só ou en compañía.  

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LA INSPIRACIÓN

Nuestro escritor se despertó en una realidad metaliteraria. Estaba enmarañado en una red de ficción y verdad. Palpó el lado derecho de su cama y notó que estaba caliente y que conservaba la forma de un cuerpo humano. Acercó su nariz y percibió un aroma a cuerpo femenino que le embaucó por unos segundos en un alumbramiento casi salvaje. Le volvió su inherente concepto de la culpa, pero su frágil voluntad hizo que se enredara en un bucle de recuerdos y soledades. Se levantó estimulado por un hechicero olor a café. ¿Quién lo ha preparado?, se preguntó entre la sorpresa y el temor. Lleno de curiosidad se acercó a la cocina y allí vio dos tazas: una sucia por un uso reciente y otra limpia y preparada para él. Imaginó que todo había sido obra de la mujer que lo visitó ayer. Con lo cual tengo razón y esa mujer existe, dedujo abducido por el aroma del café. Se sirvió tres cuartas partes de la taza y dos dedos de leche. Un primero sorbo prolongado le supo a gloria, cerró los ojos y experimentó placenteramente el despertar de sus neuronas. Tuvo la tentación de encender un cigarro. No puedo caer en el vicio que tanto me costó dejar. Aquí sí obtuvo un rotundo éxito. Está concienzudamente convencido de que sigue siendo un fumador que no consume tabaco. Se tomó el pulso. Lo tenía extrañamente acelerado. Mil proyectos en la mente y un documento en blanco. Tornó a su estudio y se sentó frente al ordenador, su potro de tortura. Una mirada a la pantalla y otra historia más evaporada. ¿Cuándo se acabará esta deshidratación creativa enquistada? De nuevo el acechante ordenador se abre ante él. ¿Qué hacer?, pensó. Volver al camino, aunque sangren las yemas de los dedos. Y se puso en disposición de darle vida al deshabitado documento en blanco. Alguien, en una ensoñación real, le susurró una palabra al oído y no supo seguir. 

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CAPÍTULO XL DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (y II): EL FINAL

Carmen me dijo que el libro saldría en unos seis meses, más rápido de lo habitual, como si todos hubiéramos decidido no sostener más lo que ya se deshacía. Sin final. Carmen apenas discutió y su silencio terminó diciendo más que cualquier versión anterior de nosotros. Edición de 500 ejemplares. No habría presentación ni intento de explicarlo porque ya no estaba seguro de que la historia me perteneciera, se me había escapado de las manos o quizá nunca había sido mía. Se imprimirá en buen papel como una concesión inútil y necesaria, como si lo material pudiera fijar lo que ya no me pertenecía. Tendría menos páginas, quité demasiado, quizá lo aún no escrito borré lo que ya no sabía sostener. También dejé lo que él habría eliminado, sin justificarlo, ordenando solo lo que entendía y dejando abierto lo demás. No le puse final porque cualquier cierre habría sido una forma de traición. Terminaba en un bar con una frase escrita en una servilleta y una conversación que no sé si llegó a existir. Algunos dijeron que era valiente y otros que era una vergüenza, y ambos tenían razón de una forma que no supe responder. Por eso, no habría presentación, por eso volví al bar a la misma hora y el camarero me entregó otra servilleta sin mirarme, como si ya lo hubiera hecho antes. La letra era suya y no necesité leerla para saber lo que decía. «No escribas un final que yo no autorizaría porque no lo hay. Además, no me busques porque no me encontrarás. Y, si nos vemos un día, me haré el desconocido». La doblé junto a la otra y desde entonces las releo una y mil veces. No sé si para entender a Rafo o para comprobar que siguen diciendo exactamente lo mismo. La última relectura me produjo una extraña sensación: sería capaz de jurar que la última frase no estaba allí o que no la había escrito él sino yo, como si algo hubiera empezado a corregirse sin mí o, peor aún, había empezado a terminarse conmigo dentro.

Este libro se imprimió
el 21 de abril de 2026,
San Anselmo de Canterbury,
monje nacido en Aosta
que demostró que la inteligencia
podía ser el puente más sólido
hacia lo sagrado.

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CAPÍTULO XXXIX DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (I).- AUSENCIA

Tuve muchas dudas, pero al final, volví al bar de nuestra ruptura al día siguiente a la misma hora. Después de varios intentos había logrado quedar de nuevo con Carmen y como me resultó imposible localizar a Rafo ayer por la noche lo dejé al albur de su voluble intuición. Me pateé los cinco o seis garitos que suele o solía frecuentar «el fugado», pero nadie lo había visto.

—No ha venido hoy por aquí, y eso sí que es raro, me dijeron en los seis locales que visité. Parecía que se habían enviado por guasap la misma respuesta.

Después de mi infructuosa búsqueda, me senté en casa al ordenador y escribí un borrador de epílogo que me gustaría que lo leyeran Rafo y Carmen. Yo, como siempre, con ese maldito complace que me bloquea las ideas cuando hablo de Rafo.

No fue una decisión fácil volver al mismo sitio. Dudé muchísimo. Pensé, tal es Rafo, que evitaría el lugar que había sido el escenario de su huida. Además, tampoco quería que se convirtiera en una costumbre por cómo me miró el camarero al entrar. Otra vez Al Pacino en El padrino. Fue más bien una forma de aplazar algo que ya intuía, pero que todavía no quería formular con claridad. Como si repetir exactamente el mismo gesto —la misma hora, la misma bebida, la misma mesa, incluso la misma forma de sentarme— pudiera mantener en suspenso lo que había pasado la tarde anterior.

El camarero que me reconoció al instante no hizo ningún comentario, pero en su manera de dejar la cerveza sobre la mesa había una mínima pausa, como si esperara a que yo dijera algo más, como si aquel sitio, de pronto, necesitara una explicación.

—¿Y su amigo? —preguntó finalmente. Mire que era raro el tío.

Tardé un segundo de más en responder.

—Vendrá. Vendrá y le podrá decir a la cara todo lo que piensa de él, respondí seco y cortante como Jack Nicholson en Mejor…imposible, que interpreta a Melvin Udall, un escritor con trastorno obsesivo-compulsivo y que trata a todo el mundo con desprecio y sarcasmo.

No sonó convincente. Ni siquiera para mí. Estaba claro que mis poses de malhumorado con comentarios hirientes y respuestas secas era una mala interpretación por mi parte del gran Nicholson.

Asintió con una neutralidad aprendida y dejó también el cuenco pequeño con aceitunas. Las miré durante un rato. Recordé el gesto de Rafo, su manera de examinarlas como si escondieran algo más que su sabor, como si fueran una prueba o una provocación. Cogí una. La mastiqué sin ganas. No tenía nada de especial, quizá un regusto a nevera vieja de bar.

Saqué su móvil del bolsillo. Lo había cargado durante la noche. Me sorprendió lo rápido que uno incorpora a su rutina los objetos de otro, como si fueran provisionales pero necesarios. Lo encendí otra vez, aunque sabía lo que iba a encontrar.

Nada. Ni mensajes. Ni llamadas. Ni rastro de una vida que, hasta hacía unas horas, parecía desbordarse en todas direcciones. Abrí de nuevo la lista de contactos, por si ayer lo hice mal, pero nada, sólo estaba mi número. Volví a cerrarla.

Probé a llamarme desde su teléfono. Escuché el tono en mi propio bolsillo. Durante unos segundos mantuve ambos móviles en la mano, como si aquel eco absurdo fuera una forma de comprobar que algo seguía funcionando, aunque no supiera exactamente qué.

Pedí otra cerveza.

El bar seguía igual: conversaciones superpuestas, una silla arrastrándose, la máquina de café expulsando vapor con ese ruido breve y agresivo que siempre interrumpe todo. Nada había cambiado. Y, sin embargo, había algo desplazado, como si una pieza invisible se hubiera movido y el resto siguiera sin darse cuenta.

Miré la puerta varias veces al principio. Después, cada vez menos.

A la segunda cerveza ya no esperaba verlo entrar, pero aún no aceptaba del todo que no lo haría.

A la tercera, lo entendí. No iba a volver.

No hubo una revelación clara. No hubo un momento exacto. Fue más bien una acumulación de pequeñas certezas: el silencio del móvil, la repetición inútil de los mismos gestos, la sensación cada vez más nítida de que todo lo que pudiera hacer ya llegaba tarde.

Llegó Carmen y se sentó frente a mí sin decir nada. Bueno sí: tengo diez minutos.

—Rafo no quiere sacrificar la textura del papel. El verjurado no es un capricho, es parte de la respiración del libro —le dije, sin levantar la vista del ordenador.

—La respiración no paga la imprenta —respondió Carmen—. Ochocientas páginas en verjurado encarecen el coste un 40%. Eso no es estética, es inviabilidad y antiecológico.

—Inviable es publicar una vida ajena como si fuera un folleto. Esta historia exige cuerpo, peso, permanencia. El lector debe sentir que sostiene una vida, no un resumen.

Carmen no entendía nada. Vio con plausible sorpresa, que me había situado en el «bando» de Rafo.

—El lector también debe poder comprarla —replicó ella—. Y terminarla. Nadie está pidiendo un folleto, solo criterio. Tienes tres escenas redundantes, veinte páginas que repiten la misma emoción.

—Repetición no es redundancia, es insistencia. Así funciona la memoria.

—Y así se pierde el ritmo —cortó la editora—. Además, Rafo quiere decenas de ilustraciones. Cada una implica derechos, diseño, ajustes de tinta. El presupuesto se dispara y el calendario se rompe.

—Las ilustraciones son evidencia, no ornamento. Anclan la ficción en lo tangible. Sin ellas, el lector sospecha.

—El lector sospecha cuando el libro se vuelve indulgente —dijo ella, ya sin disimular el cansancio—. Tu protagonista ocupa todo el espacio, incluso el de quien lo lee.

—Porque esa es la tesis: una vida que invade otras. Quitarle espacio sería traicionarla.

—No te pido traición, te pido edición —respondió con firmeza—. Reducimos un 15%, seleccionamos cinco ilustraciones esenciales y cambiamos a un offset de calidad. Mantienes intención, ganas lectores.

—Pierde materia el libro —insistí yo—. Pierdo la fricción que obliga a quedarse.

—Ganas claridad —dijo ella—. Y un libro que puede existir fuera de tu mesa. Si no cedes en nada, no habrá libro. Habrá un objeto imposible.

—¿Y si lo imposible es precisamente lo necesario?

—Entonces publícalo como pieza única en otra editorial —concluyó la editora—. Pero si quieres un fetiche, yo no estoy dispuesta a poner ni un euro.

Miró el reloj y lo soltó como una bomba:

—Como sospechaba tu sumisión a Rafo, te dejo aquí los originales de los contratos que hemos firmado y te libero de cualquier compromiso. Silencio. Pues eso, hasta nunca; y, si cambiáis de opinión, vuélveme a llamar. Adiós.

Me quedé desnortado: sin protagonista de la historia y sin editora. Me levanté bruscamente, dejé el dinero de la consumición y me fui frustrado y muy desanimado.

Durante los días siguientes repetí los mismos movimientos, como si con ello pudiera comprender lo que estaba viviendo.

Fui a su casa con una terquedad pasmosa. Llamé varias veces. Esperé en el rellano mucho más tiempo del necesario, escuchando ruidos que no tenían nada que ver con él. Nada.

Busqué otra vez en los lugares que había mencionado en el relato de su historia, en esas conversaciones caóticas que yo mismo había ordenado y reducido para que encajaran en una narración. Me di cuenta entonces de que sabía muy poco de él. O peor aún: que sabía sólo lo que él había decidido contarme.

Llamé a dos o tres personas que yo consideraba que podrían saber algo de Rafo.

—Hace tiempo, afortunadamente, que no sé nada de él.

—Rafo siempre ha sido así. Estará encerrado en su casa sin salir y sin hacer caso a nadie.

—Seguro que aparece. Él me comentó que sufría, sin ser reconocido por un psiquiatra, una especie de conjunción de agorafobia, depresión leve y ansiedad social. Me lo dijo cuando rechazó el ofrecimiento de una antigua alumna para que unos conocidos de ella ojearan su obra literaria. Ahora mismo, seguro que sufre un miedo hatroz a salir de casa, no tiene motivación alguna y le aterra ser juzgado o humillado por otras personas. Me lo sé de memoria.

Esa frase de que «no tengo ni idea», la repitieron los tres con una facilidad inquietante, como si fuera una forma de cerrar la conversación sin comprometerse con nada.

Volví muchas veces a la servilleta. La extendía con cuidado, como si el gesto pudiera alterar lo que decía.

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Al principio busqué un sentido preciso, una clave, algo que justificara su salida, que la convirtiera en una decisión comprensible. Luego dejé de buscar.

La frase empezó a tener un claro significado: Siento que ya perdí mi momento. No veo forma de empezar de nuevo, así que preferiría desaparecer antes que seguir viviendo así.

Carmen me llamó una semana después.

Su tono era más contenido de lo habitual, pero más amistoso, como si hubiera decidido no entrar en terrenos que no controlaba.

—¿Sabes algo de Rafo?

—No. Me aseguran los conocidos que está encerrado en su casa. Es como si su mente le dijera que salir es peligroso o demasiado difícil, y quedarse en casa es lo único que le hace sentir seguro, aunque eso le limite la vida.

Hubo un silencio más largo de lo necesario.

—¿Y el libro? —dijo finalmente.

Miré la pantalla del ordenador, que seguía abierta desde aquella tarde. El cursor parpadeaba en una línea en blanco que no recordaba haber dejado así.

—No podemos esperar indefinidamente —añadió.

—Ya. Pero tú rompiste el compromiso unilateralmente. No entiendo esta llamada, sino es por un gesto de humanidad.

—¿Qué vas a hacer?

Tardé en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla implicaba aceptar algo que hasta ese momento había mantenido en suspenso.

—Terminarlo.

—¿Cómo? ¿Sigues en el bar de la fuga?

Apoyé los codos en la mesa. Miré la servilleta doblada a un lado del teclado.

—Sin él.

Carmen no respondió con rapidez. Aguantó unos segundos. Supuse que, por primera vez, no tenía nada que corregir.

—Es que me jodería que apareciera en otra editorial como yo te había propuesto por última vez.

Colgué.

Me quedé un rato sin escribir.

Y entendí entonces que, por primera vez desde que había empezado todo aquello, no era una cuestión de narrar y ordenar su vida. Era una cuestión de decidir qué hacer con su ausencia. 

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A SANTA COMPAÑA «DE COÑA»

Din que a Santa Compaña percorre os camiños galegos en silencio, portando velas, cruz e penitencia. Mais iso era antes. Hoxe, a procesión espectral evolucionou. Xa non busca almas: busca cobertura móbil, un café de pota e alguén que saiba usar Google Mapas.

Á cabeza vai a alma en pena, vítima non do pecado, senón do estrés laboral. Leva unha tableta acesa, buscando sinal entre os eucaliptos. Séguelle unha comitiva de veciños que se apuntaron por erro, pensando que era unha excursión do Imserso con merenda incluída. O portador da cruz xa non arrastra madeira: leva unha cruz de LED con bluetooth e altofalante incorporado, reproducindo cantigas de Amancio Prada en bucle. O can negro, antes símbolo do máis alá, agora chámase Chipichospis e leva un abrigo impermeable con estampado de grelos.

A ruta oficial vai do cemiterio ao bar de Manolo, pasando pola taberna de Maruxa. Detéñense cada 300 metros para pedir lume, aínda que todos son incorpóreos. Se chove, suspéndese. A Santa Compaña non sae sen paraugas nin chuvasqueiro, aínda que estea homologado pola Xunta. En caso de néboa, actívase o protocolo de emerxencia: todos en fila, agarrados a unha corda fluorescente, coma nunha excursión escolar.

As normas son claras: non se aceptan vivos sen sentido do humor. Recoméndase levar empanada para compartir e evitar cruzarse coa procesión se estás en pixama.

Se te atopas con eles, non fuxas: probablemente che pidan o contrasinal do wifi ou che ofrezan un folleto de propaganda do seu novo canal de TikTok: @CompañaFantasma.

E se sobrevives ao encontro, non te convertes no novo guía. Convérteste no CEO da Santa Compaña, encargado de actualizar o seu perfil, responder comentarios do tipo «Onde estades esta noite?» e subir selfis espectrais con filtro de néboa.

Porque en Galicia, mesmo os mortos teñen axenda. E sentido do humor. 

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A SANTA COMPAÑA

A «Santa Compaña» é unha das lendas máis misteriosas, arraigadas e fascinantes do folclore galego.

É unha procesión espectral de ánimas en pena que percorren os camiños dunha parroquia durante a noite. A súa aparición adoita anunciar unha morte ou unha desgraza, e está sempre envolta nun ambiente de néboa, arrecendo a cera e ao son dunha campaíña. Curiosamente, non son só espíritos: a procesión vai guiada por unha persoa viva, condenada a levar unha cruz e unha vela. Esta persoa está baixo unha maldición e só pode liberarse se consegue pasar a cruz a outro mortal. A crenza na «Santa Compaña» ten raíces na Idade Media e está vinculada a tradicións europeas sobre procesións de mortos.

En Galicia, tamén se coñece por outros nomes, como «Estantiga», especialmente na zona de Ourense.

A expresión «Santa Compaña» pode proceder do latín sanctam cum pania, que algúns interpretan como «os que comen do mesmo pan», aínda que esta etimoloxía é moi discutida.

Se te atopas coa «Santa Compaña» nun camiño galego envolto en néboa… o mellor que podes facer é evitar coller a cruz que che ofrece o vivo e debes responder con firmeza: «Cruz xa teño» e cruzar os brazos en forma de cruz. Isto obrígao a seguir o seu camiño. Ademais, debes portar unha cruz, unha estampa dun santo ou unha figa (amuleto en forma de man) que pode protexerte da súa influencia.

Hai aldeáns que contan como, ao pasar por un cruceiro en plena noite, sentiron un vento repentino e viron unhas luces en procesión que se apagaban ao achegarse. Un deles asegura que se protexeu facendo un círculo no chan e rezando, e que a comitiva pasou sen detelo, mais di que nunca volveu camiñar só de noite por aquel camiño. 

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BREOGÁN

Cando penso en Galicia, non penso só nun lugar do mapa. Penso nun xeito de mirar o mundo.

Galicia é néboa e é luz. É o rumor constante do Atlántico, o verde profundo dos montes, a pedra antiga das aldeas e o silencio que habita nos camiños. É tamén memoria: memoria de quen viviu antes, de quen partiu e de quen, xeración tras xeración, seguiu nomeando a terra como algo propio. Este texto nace desa memoria, aínda que hai coñecidos meus que se empeñan en lembrarme que eu non teño nada de galego.

Breogán evoca unha figura mítica que, máis alá da lenda, representa unha raíz profunda da cultura galega. Breogán é símbolo de orixe, de identidade e desa antiga conciencia atlántica que conecta Galicia con historias e pobos que sempre miraron cara ao mar.

Mais este texto non pretende falar dende a historia erudita nin dende a lenda afastada. Pretende falar dende a experiencia, dende o recordo, dende as pequenas escenas que forman a vida dunha terra. Porque Galicia vive nos grandes relatos, si, mais tamén nos detalles: nunha conversa ao solpor, no arrecendo da chuvia sobre a terra, no son dunha campá que marca o paso do tempo ou na lonxanía que doe cando se palpa nesta terra de seca e calor abafante.

Estas palabras son, dalgún xeito, un intento de escoitar. Escoitar o que me din os lugares, o que me din as persoas, o que me di a memoria. E converter esa escoita en palabras.

Quizais por iso o título suxire palabras. Non son só palabras escritas: son palabras herdadas, palabras escoitadas na infancia, palabras que viaxaron con quen emigrou e palabras que regresan sempre, como regresa o mar á costa.

Se Breogán simboliza a orixe, este texto quere ser un eco contemporáneo desa orixe: un pequeno testemuño do que Galicia foi, é e seguirá sendo para quen sente a súa presenza máis alá da distancia.

Porque Galicia non é unicamente un territorio. É unha forma de pertenza.

E tal vez, ao final, estas palabras non sexan só de Breogán, senón tamén de todos aqueles que, dun xeito ou doutro, seguimos sentíndonos fillos desta terra atlántica. 

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REÍRME DE MÍ MISMO

Reírme de mí mismo es, probablemente, la única forma elegante de admitir que no siempre doy la talla… y aun así sigo adelante como si nada. Saber reírme de mí mismo me ayuda a no tomarme todo tan en serio. He cometido suficientes errores como para montar un museo, pero al menos ahora cobro entrada en forma de anécdotas. Hay días en los que mi torpeza alcanza niveles casi artísticos, y en lugar de ocultarla, la exhibo con cierto orgullo absurdo. Porque si voy a tropezar, mejor hacerlo con estilo y una sonrisa. Al fin y al cabo, nadie puede ridiculizarme mejor que yo mismo, y eso me da una ventaja competitiva bastante peculiar. Reírme de mis meteduras de pata no las borra, pero las vuelve más llevaderas… y, de paso, más entretenidas. Así que, si encuentras algo cuestionable en lo que sigue, tranquilo: seguramente ya me he reído antes que tú.

Versión 1

Tengo barriga, sí, y no es ningún accidente ni descuido vergonzoso. Está ahí porque ha sido cultivada con constancia, con devoción casi artística, a base de brindar, repetir y celebrar. Nada de esa pereza que tanto os gusta imaginar ni de excesos grotescos. Lo mío tiene más que ver con una fidelidad alegre a la espuma y al momento compartido. Mientras otros se empeñan en comprimirse en moldes estrechos, tensando el vientre como si la vida fuera una competición de sequedad, yo llevo esta curva con cierta dignidad, como quien acepta que la cebada también deja huella… y qué huella.

Porque no, no es una simple panza. Es más bien una especie de archivo viviente, un escudo dorado donde han quedado registradas las pequeñas victorias de cada ronda, cada charla larga, cada risa que se alargó más de la cuenta. Y ahí sigue, resistiendo al tiempo con una serenidad que ya quisieran muchos. Así que adelante, criticad si queréis, vosotros, los enjutos, los disciplinados hasta el bostezo. Contad vuestra historia de privaciones. Yo, mientras tanto, me permito el lujo de reír sin prisa, con amplitud… y de seguir brindando por esta gloriosa redondez.

Versión 2

Decís muchas cosas de mi barriga, con esa facilidad que da hablar de lo ajeno cuando el juicio va justo de equipaje. Os recreáis señalando, ampliando el defecto como si fuera una hazaña, y sin embargo pasáis de largo ante lo evidente: lo vuestro también está ahí, bien alimentado, cuidadosamente disimulado bajo capas de excusas y posturas estudiadas. Tenéis el espejo delante, pero preferís usarlo como decoración. Cada cual se vende como delgado por convicción, mientras esconde su pequeño tonel con una dignidad bastante frágil.

La diferencia es sencilla y, a estas alturas, casi elegante: la mía no se esconde. Se presenta sin rodeos, sin esa hipocresía tan trabajada que os gusta cultivar. Es redonda, sí, pero también honesta; fruto de momentos disfrutados y no de negaciones impostadas. En cambio, la vuestra vive en ese terreno incómodo entre la envidia y la negación: ni se permite el placer ni tiene el valor de admitirlo. Una especie de virtud fantasma que se desvanece en cuanto aparece una copa y deja al descubierto todo el teatro.

Así que quizá convendría bajar un poco el tono. Porque al final, expuesta al sol y sin disfraces, mi barriga tiene algo que la vuestra no alcanza: coherencia. Y, sobre todo, una tranquilidad que no depende de fingir hambre para parecer mejor.

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UNA BARRIGA CERVECERA

Defensa de la barriga cervecera atacando a los que teniéndola se burlan de mí.

Decís muchas cosas de mi barriga, con esa facilidad que da hablar de lo ajeno cuando el juicio va justo de equipaje. Os recreáis señalando, ampliando el defecto como si fuera una hazaña, y sin embargo pasáis de largo ante lo evidente: lo vuestro también está ahí, bien alimentado, cuidadosamente disimulado bajo capas de excusas y posturas estudiadas. Tenéis el espejo delante, pero preferís usarlo como decoración. Cada cual se vende como delgado por convicción, mientras esconde su pequeño tonel con una dignidad bastante frágil.

La diferencia es sencilla y, a estas alturas, casi elegante: la mía no se esconde. Se presenta sin rodeos, sin esa hipocresía tan trabajada que os gusta cultivar. Es redonda, sí, pero también honesta; fruto de momentos disfrutados y no de negaciones impostadas. En cambio, la vuestra vive en ese terreno incómodo entre la envidia y la negación: ni se permite el placer ni tiene el valor de admitirlo. Una especie de virtud fantasma que se desvanece en cuanto aparece una copa y deja al descubierto todo el teatro.

Así que quizá convendría bajar un poco el tono. Porque al final, expuesta al sol y sin disfraces, mi barriga tiene algo que la vuestra no alcanza: coherencia. Y, sobre todo, una tranquilidad que no depende de fingir hambre para parecer mejor. 

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ESTE TEXTO

Este texto é o recuncho onde deixo caer, coma gotas de orballo, as palabras que me acompañan dende hai décadas. Este texto pode ser un poema en prosa, unha prosa sobre calquera cousa, lembranzas ou reflexións en galego, a lingua que me sostén e devólveme sempre á raíz. É un espazo íntimo e aberto ao mesmo tempo, nacido da morriña e da vontade de compartir. En Das noites que non durmo cada texto quere ser un encontro, memoria e horizonte. É unha fiestra aberta ós recordos e á emoción. É un espazo humilde, pero cheo de vida, onde a escrita se converte en camiño e regreso. Que quen se deteña nestas páxinas sinta a mesma saudade que me guía e a mesma luz que me acompaña. Se buscas un refuxio feito de palabras, se queres sentir á Galicia que peta no corazón, entra no blogue no que se asentan estas palabras miñas, www.josemariamaiztogores.com. Aquí o silencio tamén escribe. As palabras son como unha paisaxe galega que garda no seu interior séculos de auga, vento e brétema. No meu sangue dormen historias e sentimentos para que eu nunca esqueza quen son. Un blogue que soamente conta coas miñas palabras e que cobra vida e medra cando ti me les, lector fiel e proveitoso. E se paras nun texto, convértese nunha árbore con vida que te invita a que durmas na súa fértil sombra. E se, despois de lido, xera conversa moito mellor porque deste xeito porque ti o convertes en algo teu.

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OTRA BARRIGA CERVECERA

En defensa de la barriga cervecera con un ataque a los que se burlan de mí.

Tengo barriga, sí, y no es ningún accidente ni descuido vergonzoso. Está ahí porque ha sido cultivada con constancia, con devoción casi artística, a base de brindar, repetir y celebrar. Nada de esa pereza que tanto os gusta imaginar ni de excesos grotescos; lo mío tiene más que ver con una fidelidad alegre a la espuma y al momento compartido. Mientras otros se empeñan en comprimirse en moldes estrechos, tensando el vientre como si la vida fuera una competición de sequedad, yo llevo esta curva con cierta dignidad, como quien acepta que la cebada también deja huella… y qué huella.

Porque no, no es una simple panza. Es más bien una especie de archivo viviente, un escudo dorado donde han quedado registradas las pequeñas victorias de cada ronda, cada charla larga, cada risa que se alargó más de la cuenta. Y ahí sigue, resistiendo al tiempo con una serenidad que ya quisieran muchos. Así que adelante, criticad si queréis, vosotros, los enjutos, los disciplinados hasta el bostezo. Contad vuestra historia de privaciones. Yo, mientras tanto, me permito el lujo de reír sin prisa, con amplitud… y de seguir brindando por esta gloriosa redondez.

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TRES CITAS EN GALEGO SOBRE A LECTURA

A lectura é un milagre que nos abre portas a mundos descoñecidos. Cada libro é unha fiestra de luz que ilumina a nosa imaxinación. A través das palabras viaxamos sen mover os pés. Os contos e as historias ensínannos a soñar e a comprender mellor a vida. Ler é un agasallo que alimenta a mente e enriquece o corazón.

A tristura que producen os que denostan os libros é fonda e silenciosa. Cando alguén menospreza a lectura, semella que apaga unha luz no mundo. Os libros gardan soños, memoria e sabedoría que nos fan medrar. Desprezalos é pechar portas á imaxinación e ao coñecemento. Esa actitude deixa un eco frío onde podería haber palabras e esperanza.

As casas libros enchen o corazón de ledicia e imaxinación. Entre as súas páxinas viven historias que nos fan soñar sen límites. Cada recuncho gardado nun libro é unha porta aberta a novos mundos. O recendo do papel e o silencio compartido traen paz e felicidade. Nunha casa con libros, a alegría medra coa forza das palabras. 

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SOÑAR GALICIA

Eu tamén quero soñar Galicia. Cando neno, soñaba cunha Galicia castelá. Unha Galicia que non falaba galego, agás nesas situacións excepcionais nas que a lingua de Rosalía convertíase nun exemplo case arcaico museístico de manifestación literaria do rural. Era unha Galicia que pensaba, falaba e actuaba na lingua de Cervantes, xa que era a que outorgaba ós galegos ese falencioso prestixio que con tanta ardencia desexaban algúns. Había que tollermos o acento galego porque «o correto» era falar sen a musicalidade nin os erros das campás de Bastavales. E xa non digamos se falábamos con alguén de fóra, daquela o propio era limparmos de xiros rurais e excepcións paifocas, trocando o galego nun gaspallo inevitábel dos nosos antergos. Iso si, se queríamos facer un exercicio de mergullamento en pobo (como dícía Unamuno) ou folgar coa literatura «popular», «collíamos con pinzas» a nosa lingua nunha mostra de toleranza e respecto para con ela. Uns intres de esparamexos en galego non podían «prexudicar seriamente a nosa saúde lerdamente capitalina». Bo, para ser xustos, o meu tío Filoso e mailo meu avó Lois eran dous verdadeiros crentes, e actuantes, do galego. Con eles comecei a espertar e a soñar en galego. Eran a nota do snobismo madrileño? Eran dúas senlleiras illas nunha marusía castelanizante? Non cho sei.
Cando mozo, soñaba cunha Galicia de esmorga e troulada. En Madrid facíamos un meticuloso proxecto das diferentes etapas da nosa xira gallifeira. Por falar, comezábamos coas festas do Apóstolo e rematábamos coas de San Ramón no Tremo. Corenta días de berros, foguetes, romarías, viño, gaitas e gargalladas escachantes. Algúns días, a choiva mesturábase co cheiro do polbo á feira; e os churros, correúdos pola humidade, sabíannos entón a toxos e aroma do campo da festa. ¡Deus, que pracer! Certo é que a festa da Peregrina era a festa da comarca. «Movilizaba» miles de persoas e por ela mesma prestixiaba á orquestra que participaba nela. Non había liortas nin leas violentas, soamente algunha que outra roñadela, produto da efusividade da nosa falangueira vida. Certo é que entón foi cando eu comecei a concienciarme (a Deus grazas!) dalgunhas cousiñas da «problemática galega». Como di o refraneiro, «co tempo maduran as uvas vagas». Os libros e o falar coa xente da aldea fixeron o resto. Cando…, hoxe, mellor dito, soño algo moi diferente. Soño cunha Galicia ergueita e propia de seu. Unha Galicia na que non cumprisen mergullamentos lingüísticos nin discriminacións positivas de persoas ou linguas. Unha Galicia na que fose, para todos, un privilexio falar unha lingua coma a nosa. Unha Galicia que soubese campar das súa peculiaridades sen ter que pedirlles perdón ós que as rexeitan por badocas. Unha Galicia que fose respectada por esa minoría de veraneantes que chegan cada ano con tanta borra e tan pouca planta e que fan en certas vilas de verán o que xamais farían na costa leste da península. Unha Galicia sen paro, sen contratos lixo e sen violenza de calquera clase. Unha Galicia na que non existan arbitrariedades, nin atropelos, nin iniquidades, nin ilegalidades. Unha Galicia solidaria, aberta ó mundo e enchoupada das novas que veñan de calquera recanto afastado do mundo. Unha Galicia moderna, ben comunicada e na que ninguén sentise o menor arredamento por mor da súa ideoloxía. Unha Galicia baldeira de tópicos. 

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A LINGUA GALEGA

Muller viva, única, feita de carne e vento, corpo de segredo e de nostalxia, levas no alento palabras que só os corazóns feridos saben descifrar. Achégome a ti cos ollos erguidos, buscando no ceo un xardín de roseiras limpas, e traio nos beizos un canto nacido no colo da túa estrela.

O rumor da túa pel roza a miña, e un pracer antigo, profundo, percorre cada recuncho do meu corpo. Sei que aínda é cedo para falarche dun bo guiso ou dunha fragua de penas ben traballada. Mais o meu peito está cheo de queixas doces, de soños espidos e de quimeras que apenas botan folla.

Estou fronte a ti, espido de medo, cheo de esperanza, coa certeza de que un día tomarás as miñas mans e recoñecerás nelas o lume da paixón que me habita. Por iso desexo que alguén —unha muller coma ti— queira escoitar, no segredo da miña alcoba, o branco rumor dunha cantiga ben feita, semente viva da nosa terra.

Silencio de mosteiro. Ninguén me escoita. Ninguén me fala. Só o latexar dos teus peitos soñados, velados, que rozan os meus beizos como caricias de vento. 

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PERFORMANCE

Os meus lamentos, tollidos de soidade, e os meus dedos feridos soñan con posuír o teu corpo de avea, e non a súa sombra, nun xardín feito todo frenético paraíso. Pero todo se converte nunha performance obscena e sucia que nubra a nosa realidade: dous corpos espidos e afastados polo medo que se desexan desde hai tanto tempo que xa están esgotados por tanta ausencia e soidade. E os calafríos que percorren o meu corpo síntoos como orgasmos emocionais.

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DECÁLOGO DE «ME GUSTA» / «NO ME GUSTA»

«ME GUSTA»

  1. Me gusta el café antes de que el mundo empiece a opinar y a decirme lo que tengo que ponderar y lo que tengo que denostar. Voto por los librepensantes y no por los «manoseados mentalmente» como plastilina.
  2. Me gusta abrir un libro, el que yo quiera, ―ya he superado la dicotomía papel/digital― y desaparecer sin dejar rastro en este mundo asfixiante de realidades prostituidas por el cerebro de las editoriales.
  3. Me gusta caminar sin GPS, sin esclavitud digital ni «dopaminado» por las notificaciones, como si aún fuera legal, y posible, perderse en el anonimato en cualquier lugar de esta ciudad hiperconectada.
  4. Me gusta Madrid cuando parece una ciudad y no un parque temático en el que hay que pagar por todo y visitar por obligación, si no eres un «castrado cultural», lo que anuncia la publicidad pública.
  5. Me gusta encontrar silencio en los bares y cafeterías, ese bien de lujo que no cotiza en bolsa. Cada día que pasa, el ruido ―una metáfora de todo lo sonoro― se instala con insolencia digital en los lugares públicos.
  6. Me gusta la gente que escucha mirándote a los ojos… especie que está claramente en peligro de extinción. Pensarás que soy pura contradicción, pues sí, tienes razón. Aunque, relativamente, porque los encuentros minoritarios los alabo hasta perder la cabeza por unos ojos.
  7. Me gusta recibir un «¿qué tal?» sin emoticonos, sin estrategia y sin interés oculto. Me gustan los guasaps. Quien ha probado los míos, sabe que soy un experto en «leer más».
  8. Me gusta el amor sin escaparate, sin artificios, sin cuentos ni narrativa televisiva impostada. Uno aún piensa que amar no necesita algoritmos ni pantallas digitales.
  9. Me gusta quien tiene una cultura vastísima y no se afana en demostrarlo cada cinco minutos, como si estuviera en un «pasapalabra». El que sabe tiene la tranquilidad de su conocimiento y no necesita una pantalla Samsung Neo QLED de 98 pulgadas para demostrarlo.
  10. Me gusta pensar que aún se puede escribir sin pedirle permiso al algoritmo y sin disfrazarlo de nada. «Es que tardas mucho en escribir» me dicen, yo lo siento mucho, pero es que mi escritura es lenta por respeto a las palabras y no corre, piensa.

«NO ME GUSTA»

  1. No me gusta nada el ruido constante: obras, música desorbitada, conversaciones telefónicas a todo volumen, las bocinas de los conductores impulsivos, el tráfico en calles que son peatonales y… opiniones que no han sido solicitadas.
  2. No me gusta la gente que camina mirando el móvil como si la vida fuera un borrador. Es decir, no me gusto yo. Otra tara más para anotar en mi expediente de «peculiaridades».
  3. No me gusta sentir que todo tiene precio, incluso lo básico, como si tuvieras que justificar estar aquí y hacer del coste de la vida cotidiana un lujo absurdo, pero real. Tu ciudad ya no es tuya, sino de quien puede pagar las facturas sin tirar de la visa.
  4. No me gusta la basura en la calle, ya sean electrodomésticos pequeños, muebles, colchones, comida a cualquier hora del día y luego culpar con la típica frase «aquí no se recoge la basura».
  5. No me gustan los que hablan de todo para parecer listos y consiguen justo lo contrario. Cada vez hay más de estos especímenes. Con el placer que yo siento cuando digo que no sé una cosa y una persona me lo explica sin ningún alarde de conocimiento.
  6. No me gusta publicar algo y que el algoritmo decida que no existo, que yo no soy digno de Google, de cualquier dios digital o del servidor que domina la nube, que no meteorológica.
  7. No me gusta mirar las estadísticas de las visitas como si fueran el horóscopo del fracaso. Yo lo leo todos los días y es demoledor. En ocasiones son más atractivas las estupideces de mi horóscopo que la comprobación de que nadie ha visitado mi blog.
  8. No me gusta la sinceridad pendenciera de quien en realidad sólo es un maleducado. No soporto la frase «es que tengo que ser sincero» porque cuando lo eres tú con él te retira el saludo por agresivo y faltón.
  9. No me gusta la obligación moderna de tener opinión sobre absolutamente todo. Hay temas en los que yo soy un necio y no miro en internet cuál debe ser mi opinión. José Cadalso, en el siglo XVIII, populariza con bastante mala leche el término calificativo «eruditos a la violeta» para personas que presumen de cultas, pero que en realidad tienen conocimientos superficiales. Son «culturetas de postureo».
  10. No me gusta que lo importante pase desapercibido (el lamentable fracaso académico de un alumno) mientras que se discuten tonterías con convicción épica y vocabulario cidiano (¡Qué injusto! Esta pregunta debería valer dos puntos y no uno).

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ROSIÑA

En este mundo idílico y a la vez fantasmagórico de la Galicia más rural discurren por las corredoiras más estrechas y angostas contomeladas de todo tipo, circulan por las barras de las baiucas más enxebres muchos contos de vella y se comentan en los atrios de las iglesias las más delirantes historias.

―Nesta aldea hai moita feria de Deus.

Y… ¡qué razón tienes, amigo Queixiño!

¿Recuerdas la que le montaron al pobre Rafael Rodríguez o Peideiro cuando ocurrió lo que ocurrió en la final del trofeo de la Virgen Peregrina?

Cómo olvidar aquello!

El pobre hombre tuvo la mala suerte de «liberar» una ventosidad descomunal en el mismo momento en el que su hijo tenía de intentar detener un penalti decisivo para ganar dicho trofeo.

El pobre chaval se asustó tanto que no pudo parar el balón que se le coló moi despaciño por entre las piernas. Lo cierto es que tal sonoridad fue una verdadera bomba de palenque. ¡Para que luego hablen de las que lanza Suso do Maía!

Aún recuerdo como si fuera ayer mismo los improperios que gritaron los espectadores que estaban viendo el partido. Desde un extremo al otro del campo se oyó un sinfín de divertidísimas expresiones: ¿Qué fue eso, otra bomba atómica?

!Dios, Dios, confesión, que es el fin del mundo! ¡Libertad! ¡Abrid la puerta! ¡Que
viene el lobo! ¡Eso sí que es generosidad! ¡Un médico, ese hombre va a morir!
¡Corrimiento de tierra habemus! ¡Ya tenemos himno!

Hasta un reconocido personaje de Madrid que estaba de paso comentó que tal cuesco superó claramente y con grandísima diferencia al expelido por el señor Cela en el Senado mientras elaboraban la Constitución en la época de la Transición, y que fue comentado hasta en la prensa internacional. Grand fart in Spain tituló un periódico sensacionalista de Londres.

Pero aquello fue verdad. No lo inventó nadie, que tú y yo fuimos testigos presenciales de tal estruendosa vibración. Yo me refiero a esas historias que han ido pasando de generación en generación, y que nadie se ha preocupado, ¡y a Dios gracias!, de averiguar si son ciertas o no.

Como la de la pobre Rosiña.

En ella estaba pensando yo. ¡Tenemos telepatía! Algo me dice que algo bueno nos va a ocurrir.

―Cousa dos anos máis ben.

¡Ya está el filósofo frustrado en acción!

Y ustedes, claro, se preguntarán quién es esa pobre Rosiña y qué historia sin ninguna base real se le atribuye. Si la misma es graciosa, si es una fedelidad o si es pura invención.

Ahora mismo, yo no sé exactamente quién fue la persona que, cuando aún no me dejaban beber café, me contó esta batallita. ¿O tal vez la leí en alguno de esos libros que tenían mis tíos en la finca para las por entonces interminables tardes de lluvia?

La sitúo en mi memoria en esa época de niño en la que uno es muy cruel con los animales y disfruta martirizando escarabajos de la patata en impúdicas corridas de toros en la era de la finca.

Lo que sí sé es que me hizo muchísima gracia; y que como me llegó a mí quiero que les llegue a ustedes.

Rosiña era una rapaza de diez años, pero con un cuerpo muy despierto y dicharachero. Le gustaba muchísimo subirse a los árboles por poder observar desde ellos, y con absoluta impunidad, cualquiera cosa que ocurriese en su aldea.

Un día de un caluroso mes de la Virgen, Rosiña pasaba el tiempo vacacional encaramada a una rama de un manzano atisbando el camino que llevaba a una de las casas más rimbombantes de la zona. Desde allí podía ver cómo jugaban los hijos del hombre más influyente de la comarca.

Cuando el cura de la parroquia la vio allí subida, y sin cueiros, se lo recriminó vivamente y le gritó que bajara en un abrir y cerrar de ojos.

Después de persignarse media docena de veces, le dijo en un tono más bajo y menos recriminador:

―Filliña, ¿qué haces ahí? ¿No te das cuenta de que te puedes caer y te puedes matar?

La rapaza miraba el suelo con el miedo de quien está a punto de recibir una buena calabazada. Pero no, el cura metió la mano en la faldriquera y le dio a Rosiña una moneda bien hermosa.

Para que tu madre te haga un buen cueiro y no tengas que llevar el culo a la vista de todo el mundo.

Rosiña se fue como un rayo hacia su casa y le dio la moneda a su madre con una alegría grandísima. Esta, que tenía máis voltas cos cabaliños da feira y le daba sopas con caldo a más de uno en la aldea vio el cielo abierto pensando en los cartos que le podía sacar al cura.

Dejó pasar unos días, y en la víspera del día de la Virgen, cuando el cura tenía que pasar varias veces por cerca del ya famoso manzano, quiso poner en práctica su función teatral.

Tuvo que escoger un manzano diferente al de su hija porque tenía éste las ramas muy delgadas y quebradizas para soportar su voluminoso cuerpo. Le echó el ojo a una rama bien hermosa y de gran consistencia. Se subió a ella con un enorme esfuerzo, y, después de no sé cuántos gestos y dificultades para colocar sus grandiosas nalgas, quedaron todas ellas a la vista del próximo visitante, que no era otro que el cura de la mano generosa. Para que no pasara desapercibida su presencia, se puso a silbar una llamativa y popular canción.

Cuando el viejo hombre de iglesia pasó por el lugar hizo los mismos ademanes que la vez anterior, pero no ocurrió así con sus palabras. La mujer, queriendo llamar bien la atención, realizó tales esfuerzos que se cayó escandalosamente y se despanzurró cual sapo festivo delante del cura, que, por cierto, se sonrojó con cierto aire de voluptuosidad, tal vez por la excesiva degustación del caldo encarnado de Barrantes.

¡Mala centella te mate, mujer! A tus años y haciendo cosas de nenos.

La madre de Rosiña no escuchó nada de la regañina sacerdotal, y, como un pedigüeño menesteroso, le extendió la mano en señal evidente de petición de una limosna. Este metió los dedos en la faldriquera «generosa» para darle una moneda, y con una solemnidad propia de la más alta ceremonia religiosa le dijo mientras ponía un patacón en su mano:

¡Toma, por marrana, para que te compres una buena pastilla de jabón! Parece que has dormido en un cortello en vez de en una cama.

Y sin decirle más, se dio media vuelta y la dejó boquiabierta y con un enfado de rabo e de coliflor.

Saca de aí diante, saca,
cara de filloa queimada;
que se meu avo ve o corpo
véndoche de abaixo a cara. 

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CUANDO ME MIRABAS

Cuando me mirabas, me quedaba en blanco. ¿Recuerdas? Insomne por llegar en primero a clase y poder ocupar aquella silla junto a ti y que era el deseo de muchos. Me temblaban las manos, se humedecía el papel de mis futuros apuntes, respiraba entrecortado y era incapaz de mirarte a los ojos. ¡Cómo pude mostrarme tan inmaduro! Y aún así tú me saludabas con una sonrisa tan blanca que simulaba un zumo recién exprimido por las mañanas. No te tocaba, pero te besaba en mi imaginación; no te hablaba, pero te deseaba muchísimo. ¿Cuántos días te va a soportar ella?, me decía por las noches. Y, otra vez, desvelado. En esa ocasión por una turbulencia emocional que me dejaba exhausto y con la habitación llena de ígneas culpabilidades.

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CAPÍTULO XXXVIII DE ‘HATROZ’.- LA SERVILLETA

Rafo llegó tarde, como casi siempre. No pidió perdón ni dio explicaciones. Se sentó, dejó el tabaco sobre la mesa, después el móvil y me miró como si la conversación hubiera empezado el día anterior y no hiciera falta ningún saludo. Rafo, desde que nació, siempre quiso ser el centro de atención. La realidad es muy distinta y lo ha ido colocando en su sitio.

—¿Qué has escrito esta vez? —preguntó mientras hacía una seña al camarero como queriendo decir «lo de siempre».

—Lo de Galicia. Y lo de Ana, que me ha sorprendido muchísimo.

Rafo hizo un gesto ambiguo, entre la aprobación y el fastidio, entre el aburrimiento ―¡otra vez lo mismo!― y la falta de novedades.

—Siempre escribes lo que te conviene. Lo que queda bien. Lo que parece literatura. Lo que a ti te gusta. Además, lo haces como a ti te da la gana.

—Yo escribo lo que tú me cuentas, dije muy sorprendido.

—No. Tú escribes lo que quieres que yo haya vivido. Y mi vida tiene muchos claroscuros que te los «has fumado».

El camarero dejó dos cervezas y un cuenco pequeño con aceitunas. Rafo cogió una, la miró como si fuera un objeto filosófico y se la llevó a la boca con parsimonia. Puso mala cara y la escupió al plato que soportaba el cuenco.

—Te estás quedando con mi vida —dijo de repente—. Te estás quedando con mis recuerdos. Y además los estás ordenando. Eso es lo peor. Te dije desde el principio que no quería orden.

—Alguien tendrá que ordenarlos. Me lo ha dicho mil veces tu editora.

—Mi vida no tuvo ―ni tiene― orden. Mi vida tiene un desorden aburrido y caprichoso y la editora no puede imponerme su criterio.

—El libro sí lo necesita.

Sufrí la mirada de Rafo que pasó de ser limpia y brillante a una expresión oscura, endurecida y casi demoníaca. Luego sonrió con una ironía que yo ya conocía muy bien. Guardó silencio unos segundos, carraspeó y no se frenó en nada.

—Ahí está el problema. Que quieres que mi vida tenga sentido porque te sale de las narices. Como tú eres muy ordenado, me quieres ordenar a mí y eso no se lo aguanto a nadie.

Se hizo un silencio breve, pero incómodo. De esos silencios que no son descanso, sino espera.

—Has quitado cosas —continuó Rafo—. Cosas importantes. Momentos oscuros de mi vida que quería que contaras. Y tú los has desechado como cuando antes se tiraba una colilla por la ventanilla del coche, hubiera campo o no.

—También he quitado cosas que no le importan a nadie. Lo tengo clarísimo.

—A ti no te importan. A mí sí. Y te debería bastar. El que te dio un anticipo fui yo.

—Otra vez la maldita pasta, joder. Si contáramos todo, el libro tendría tres mil páginas.

—Pues tres mil páginas.

—La editora te mata y no te leería nadie.

—Eso me importa un carajo porque sería mi libro.

—Pero ten en cuenta que, aunque no te guste, la editorial pone un dinero del que le gustaría recuperar algo.

Rafo salió sin decir nada, como siempre, a fumar un cigarro en la calle. Le importó un carajo que yo me quedara con la palabra en la boca. Él quería que ese cigarro estuviera marcando el ritmo de la discusión.

—Siempre la editora, siempre los lectores, siempre el mercado, siempre la estructura. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?

—Tú estás en todo el libro.

—No. Estoy en tu versión de mí.

Bebí un trago largo de cerveza. Sabía que aquella conversación ya la habíamos tenido otras veces, pero nunca con ese tono. Esta vez Rafo parecía más cansado que enfadado.

—Te voy a decir una cosa —continuó Rafo—. Yo no quería escribir un libro. Yo quería recordar. Los libros, después de los fracasos que he tenido con la poesía, no me importan nada. Quería uno que fuera mío.

—Pues eso estamos haciendo.

—No. Recordar es desordenado. Es injusto. Es caprichoso. Son verdades a medias. Es repetir siempre las mismas historias y olvidar las importantes. Lo que tú haces es otra cosa.

—¿El qué?

—Ponerme un final. Tú quieres liquidarme. Y antes, desaparezco.

Yo no respondí a tal sentencia. Rafo con un gesto lento volvió a coger una aceituna y en esta ocasión la masticó y se la tragó.

—Ves, eso hago yo contigo como me sigas tocando las narices.

—No te comprendo. Hoy estás dispuesto a decir lo que te dé la gana cueste lo que cueste.

—No quiero final —dijo—. Mi vida no tiene final. Tiene interrupciones. Tiene desgracias. Tiene unas comeduras de coco terribles. Tiene mis obsesiones, mis crisis emocionales y mis fracasos.

En ese momento apareció Carmen, la editora, como si alguien la hubiera invocado sin querer. Luego me enteré de que la había citado Rafo. Llegó con una carpeta debajo del brazo y cara de persona que ha tomado una decisión.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que ya habéis empezado sin mí.

Se sentó sin pedir permiso, dejó la carpeta sobre la mesa y me miró primero a mí y luego a Rafo.

—Tenemos un problema, Houston.

Rafo levantó las cejas, divertido. Le hizo gracia la forma de entrar en la conversación.

—Siempre hay problemas cuando aparece un editor. El editor es símbolo de problemón. Son expertos en acrecentarlos para arrimar la ascua a su sardina.

—El libro se está pasando de extensión. Y mucho. Habíamos acordado una cosa y tú estás haciendo otra.

—Yo no he acordado nada —respondió enfadado Rafo—. Yo solo cuento mi vida. Mientras decía esto, Carmen sacó un papel firmado por ambos con las condiciones acordadas. Se lo entregó. Rafo ni lo leyó. Su actitud habitual cuando algo le puede sacar los colores.

—Rafo, tienes que entenderlo, tu vida no cabe en ochocientas páginas.

—Pues quitamos páginas.

—Eso es exactamente lo que hay que hacer.

—No. Quitamos páginas en blanco.

Lo único que pude hacer yo fue sonreír ante tal estupidez. Carmen no. Carmen frunció el ceño porque no entendía que hubiera un conflicto en lo ya acordado.

—Además —continuó Rafo—, quiero que el papel no sea reciclado.

—¿Cómo?

—Papel bueno, de gramaje en condiciones. De ese que huele a libro de antes.

—Eso encarece la edición.

—También quiero ilustraciones. Unas quince.

—Esto no es un libro infantil.

—No. Es mi vida. Y mi vida tiene dibujos. Y no me toquéis las narices, que si no me las hace esta persona ―les entregó un papel con un nombre― os jodo el libro.

Carmen cerró la carpeta despacio, como quien se arma de paciencia.

—Rafo, no puedes cambiar todo ahora. Hay un presupuesto, un número de páginas, un calendario…

—Yo llevo toda mi vida sin decidir nada y ahora, que puedo hacerlo, queréis decidir también cómo la cuento.

La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Carmen y yo nos miramos sin decir nada.

—Siempre ha sido así —continuó Rafo—. Mis colegios, mis estudios, mis novias, mis horarios… Todo lo decidían otros. Y ahora resulta que tampoco puedo decidir cómo termina mi vida en un libro.

—No es tu vida —dije yo en voz más alta—. Es una novela.

Rafo me miró fijamente.

—Ese es el problema. Que tú crees que es una novela y yo sé que es mi vida. Me estáis jodiendo la tarde.

Nadie habló durante unos segundos. El bar seguía con su ruido normal: vasos, conversaciones, una máquina de café, una cucharilla golpeando un plato. Pero en aquella mesa parecía que todo se había detenido.

Rafo se levantó despacio, cogió el tabaco y el mechero.

—Estoy cansado —dijo—. Muy cansado.

—¿De qué? —le pregunté yo.

—De empezar siempre otra vez. De cambiar de colegio, de amigos, de vida. De empezar siempre otra vez.

Se levantó. Pagó en la barra sin mirar atrás. Carmen y yo seguimos sentados en silencio.

—Se enfadará, pero volverá —dijo Carmen.

Yo no respondí porque me temía lo peor. No había visto a Rafo de ese modo nunca. Pasaron unos minutos. El camarero se acercó con una servilleta doblada.

—Esto lo ha dejado su amigo. Dice que es para usted.

Abrí la servilleta. Había una frase escrita con bolígrafo, con una letra irregular, como si hubiera sido escrita deprisa o con la mano temblando.

La leí despacio. Me quedé quieto. Carmen me miraba sin hablar.

—¿Qué pone? —preguntó al final.

Doblé la servilleta, la guardé en el bolsillo y pedí otra cerveza.

Tardé unos segundos en responder.

—Nada —dije—. No pone nada importante. Pero no era verdad.

En la servilleta Rafo había escrito:

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Miré la puerta del bar por la que Rafo había salido unos minutos antes. Pensé en llamarlo. Pensé en salir a buscarlo. Pensé en llamarlo por teléfono, pero me di cuenta de que había dejado el móvil en la mesa. Lo desbloqueé y vi que había borrado absolutamente todo y que sólo estaba en la lista de teléfonos el mío. Deduje, lleno de perplejidad, que, en esta ocasión, no era lo mismo que en anteriores arrebatos. Pero no hice nada. Estaba bloqueado.

Mientras, Carmen, sin comprender la situación, se marchó después de dejar sobre la mesa los papeles del acuerdo rotos en mil pedazos.

Me quedé sentado, con la cerveza delante, aturdido por el ruido del bar, mientras pensaba que, después de dos años escribiendo su vida, quizá nunca había llegado a conocerlo del todo.

Saqué la servilleta del bolsillo y la volví a leer. Luego abrí el ordenador. Y empecé sin él a escribir el final. 

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O TEMPO

Hai un reloxo lento dentro de min que non marca as horas senón as ausencias. O tempo non pasa, escórrese entre as mans coma area mollada, coma lembranzas que xa non queren quedar. Ás veces a soidade senta comigo ao bordo da cama, non di nada, pero sábeo todo. Mírame coma quen mira unha casa baleira onde antes había lume e risas, e hoxe treme por un nome pronunciado en voz baixa. Do desamor non se morre, din, pero queda un pequeno inverno vivindo no peito, un frío que non marcha nin cando chega abril. E eu sigo aquí, aprendendo a vivir co silencio, co tempo, coa sombra do que xa non volve.

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HISTORIA

De su destartalada memoria sale una mujer, que se sienta a su lado y le tiende las manos para que él la abrace y la bese como nunca lo había hecho. Ella lo mira, le sonríe y le pide, por favor, ser la heroína de su historia mientras sus sueños hacen el amor en un orgasmo que los deja postrados en la cama y con las manos vacías.

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LA PASIÓN ABRASÓ TUS OJOS Y RECORRIÓ MI ESPACIO COMO UNA BENGALA

Inmovilizada toda mi fantasía en la mecedora de tu olvido me siento irreconciliable con la humanidad y un férvido sueño, caduco en tu recuerdo, convierte mi horizonte en una ancestral frustración. Solo en un cuarto de incienso mis ojos se cierran con gesto contrito, mórfica representación de una quimera inalcanzable. Oxidada mi sonrisa, ya ni se puede observar, y la doctrina de lo infinito se rebela ante mí absolutamente corita. La flaqueza acuna mis miserias en un alba donde todo fundamento se torna lógico escalofrío. Sedientos latidos reposan radiantes en mi almohada cuando, ausente aquella errática pasión, letales células alcalinas te han convertido en un beso sin rostro. Y observo cómo mi última esperanza se pulveriza en el desafío de una frase: «nadie, en tus horas de insomnio, nadie, te regalará sus sueños».

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MI POESÍA Y OLALLA

En 1995, cuando publiqué el libro de poemas De donde nace mi voz, de tono muy personal, era un no tan joven aprendiz de poeta. Tan desconocido como en la actualidad. El poeta José Félix Olalla tuvo la generosidad de escribir el prólogo de mi libro. Yo era entonces otra persona, o quizá la misma con muchos menos años, menos lecturas y menos conciencia del tiempo, pero igual de tímido y reservado. Él ya era por entonces un poeta con voz propia y con un camino recorrido. Autor de varios poemarios como Ciudad pasajera, que fue reconocido por su calidad nada más ser publicado en 1981.  Luego vinieron, entre otros, Los pies del mensajero, Después de nosotros o, el último creo, Más amor si más hubiera. Aun así, aceptó acompañar aquellos poemas míos con sus palabras, como quien se detiene un momento a iluminar el comienzo del camino de otro.

Con los años he comprendido mejor lo que significa ese gesto. Un prólogo no es solo un texto que abre un libro: es también una forma de confianza, una manera de prestar la propia voz para que otro empiece a encontrar la suya en la intemperie de la página.

Ahora, mientras reviso, ordeno y rehago muchos años de mi propia poesía, vuelvo también a aquellas palabras suyas. Y desde esta distancia, que ya no es solo de tiempo sino también de vida y de escritura, todo adquiere un significado más hondo. Hay gestos cuya verdadera dimensión solo aparece cuando los años han pasado y uno mira hacia atrás con otra luz.

Quiero dejar aquí ese prólogo como quien abre una puerta antigua, con respeto, con memoria y con una gratitud que el tiempo no ha hecho sino agrandar.

ANTES DE CRUZAR EL PÓRTICO (JOSÉ FÉLIX OLALLA)

Si tomáramos la vieja comparación de la vida humana con el curso de los ríos, el mero título de este libro haría referencia a las fuentes, a la roca madre a partir de la cual brota el manantial y por eso, igual que ocurre en los hontanares, los poemas aquí se acortan y los versos adelgazan bruscamente en la agilidad de las torrenteras. Lo que se quiere decir se dirá en adelante sólo con pinceladas, con los trazos esenciales que no se vierten en otros cauces más anchos, propios de un estado anímico diferente.

De donde nace mi voz es el segundo eslabón en la cadena literaria de José María Máiz Togores, maestro y licenciado en Filología Hispánica, que tiene el privilegio de poder trabajar en una tarea vinculada directamente a su pasión por las letras. Hace un año apareció en Madrid su primer libro Ya no es duda en un registro diverso de1 actual como si pretendiera antes que nada liberar las urgencias de un corazón abatido y como si ahora se retomase tranquilamente los pasos por el principio.

Así, antes de empezar hay que atravesar un pórtico, una poética que Máiz escribe como aviso para caminantes, innecesario quizá para los más atentos, pero esclarecedor para los que no leyeron su obra anterior.

Con leves y significativas diferencias, el asunto de este pórtico se repetirá en el poema La historia de mi vida y mediante una superposición comprenderemos que el anhelo por un texto perfecto (vida literaria) es equivalente al anhelo por una mirada (vida real) y que la necesidad de escribir lo es al llanto o tal vez a la devoción, pues la naturaleza del artista participa seguramente de los dos materiales. Del valor simbólico de la mirada, como pequeño vestigio de «eros» volverá a hablarse en el poema Pasado y presente y de los otros atributos por los que también se da a conocer el amor (la voz, el nombre, la piel) se dará cuenta en otros lugares.

Ahí, en la página de arranque, están las que Máiz denomina sus tres ideas básicas: la existencia, el amor y la soledad, que, en el retiro de su habitación, a través de la tarea del orfebre, irán encontrando su síntesis. Pero como ya ocurría en su libro anterior, será la noche el asunto recurrente. La noche porque quizá en ella, liberado ya del trabajo y de las tareas que diariamente le reclaman, José María encuentra la soledad para reflexionar, el amor para soñar y la existencia para poder ser. Si los sentidos permanecen abiertos y se sobreponen al cansancio, Máiz sabe que es en la noche por dentro donde podrá buscar la plenitud de sus tres dimensiones.

Por consiguiente, nos encontramos con una colección de poemas cortos que a veces se aproximan al haiku constituidos acaso por una sola frase ―véanse los poemas Invitación o Si la rosa― o por dos oraciones brillantes, contrapuestas, con la rima apuntada, como sucede en los poemas titulados Incienso o Declaración. Todos ellos están escritos con un mismo tono emocional que da unidad al libro y que sin duda es testimonio de un período concreto, con perfiles notablemente marcados, en la evolución de Máiz Togores.

Educadamente, yo diría que tímidamente, restalla a veces un tono delicado de queja, como un corto lamento, un poco a la manera de la malograda poetisa italiana Antonia Pozzi: Estoy en desventaja con el mundo ―dirá Máiz― y en otro lugar, cuando el amanecer no haya resuelto la carga pesada del insomnio, se escribirá en voz alta: Todo es confuso. Sin embargo, también se afirmará en tono de proclama quiero ser feliz en este lado de la tierra, pero su optimismo será circunstancial.

Porque en este libro no se quiere ocultar al yo personal, sino transparentarlo, medirme cara a cara con la pluma que escribe mi historia, en un combate sin refugios, aunque estos sean legítimos y hasta convenientes en la creación literaria. Fue Gerardo Diego quien explicó que la función social del poeta consistía precisamente en interpretar para los demás el ser profundo, el núcleo medular de la existencia. Fueron muchos los que hablaron entonces de la generosidad y hasta de la desnudez del artista y otros los que acentuaron la necesidad de escribir para atenuar el curso del tiempo.

Aunque Máiz ha pretendido siempre elaborar una poesía pura, ajena a modos literarios y desprovista de referencias culturales, en este libro se incluyen ―lo que es novedad― dos poemas de asunto mitológico dedicados a dos conspicuas ninfas perseguidas por Apolo; Dafne, metamorfoseada en Laurel, y Castalia, ahogada en la fuente a la que dio nombre. Ninguno de estos dos poemas escapará no obstante de la referencia personal. Y en el caso del segundo no lo será por la búsqueda de inspiración (a la fuente del Parnaso iban los poetas a beber) sino más bien por la pulsión primitiva del hijo de Zeus.

En fin, terminada esta frugal refección, atadas las sandalias y prieto el bordón del peregrino, dispongámonos a atravesar ya el pórtico de donde nace la voz clara de este poeta compostelano. (José Félix Olalla) 

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CAPÍTULO XXXVII DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE Y ALGO MÁS

El gran acontecimiento de aquellos meses fue el primer guateque. Para Rafo y sus amigos del Calderilla aquello tenía la importancia de una ceremonia de iniciación. No era una simple fiesta: era la confirmación de que estaban dejando atrás la infancia.

Durante los días previos apenas pudo estudiar. Iba del quinto al primero (pisos de la vivienda y la consulta de su padre, respectivamente) con la excusa de consultar una enciclopedia en el despacho de su padre, subiendo y bajando escaleras para alargar un trabajo escolar que le importaba muy poco y una espera que le importaba muchísimo. Su madre creía ver en aquel ir y venir una aplicación desconocida en su hijo. Rafo, en cambio, solo pensaba en la fiesta, en Maite, en cómo moverse, en cómo hablar, en cómo no quedar en ridículo.

Porque esa era una de sus condenas: siempre se sentía el peor vestido, el menos atractivo y el más torpe del grupo. Lo pensaba al ir a una fiesta, al entrar en una clase, al ponerse frente a una chica. Aquella mezcla de vergüenza y deseo lo acompañaba a todas partes.

El guateque se celebró en casa de Juan Carlos, en la calle Daimiel. Era un piso modesto, pequeño, pero abierto siempre a todo el mundo. Rafo nunca olvidó la generosidad de aquella casa ni la simpatía de la madre de su amigo, capaz de improvisar una merienda para seis adolescentes hambrientos.

El salón estaba despejado para bailar y el comediscos presidía la habitación como si fuera un altar. Los singles se amontonaban y la música fue marcando la noche. Pero para Rafo hubo tres canciones que quedaron unidas para siempre al nombre de Maite: Samba pa ti de Santana, Sellado con un beso de Bobby Vinton y El gato que está triste y azul de Roberto Carlos.

La fiesta fue una eternidad y un suspiro. Eternidad cuando Maite reía con otros o bailaba lejos de él. Suspiro cuando la tenía cerca.

Bailaron varias veces. Hubo incluso besos, torpes y nuevos, que Rafo no supo colocar en ningún sitio conocido de su vida. Durante semanas se hizo la misma pregunta sin encontrar respuesta: ¿Estoy realmente saliendo con Maite?

Ella nunca daba una respuesta clara. Cuando él intentaba concretar algo, ella se escabullía con frases ligeras, como si todo aquello perteneciera a un territorio donde las palabras estorbaran.

El guateque terminó con un sabor agridulce. Un chico invitado por uno de la pandilla robó dinero en la casa y aquello acabó con los guateques para siempre. Aquel primer y último guateque quedó así fijado en la memoria de Rafo: felicidad y final al mismo tiempo.

Con el paso de los meses, el grupo empezó a cambiar. Las reuniones perdieron verdad. Cada uno empezó a interpretar un papel. Ya no había confidencias como antes. Las tardes se reducían a jugar al fútbol, sentarse en un banco o escuchar canciones.

Rafo, que siempre había tenido facilidad para desligarse cuando algo le dolía o dejaba de encajarle, empezó a apartarse poco a poco.

La despedida definitiva llegó cuando terminó aquella etapa y sus amigos dieron por hecho que él seguiría con ellos en el Calderón grande. No fue así. En su casa, las decisiones importantes no las tomaba él. Llegaban ya pensadas por los mayores. A Rafo se le comunicó que estudiaría en el Cardenal Cisneros.

Juan Carlos intentó convencerlo para que no se separara del grupo. Maite, mucho más dura, se lo reprochó abiertamente. Entre ellos había quedado una mezcla de malentendidos, orgullo y cobardía que ninguno supo deshacer.

Y así, un día cualquiera del verano, Rafo dejó de verlos. Como le había ocurrido con colegios anteriores, amistades anteriores y etapas anteriores, cortó el hilo y siguió adelante.

El verano en Galicia le sirvió de refugio. Madrid parecía muy lejos. Pero en septiembre, cuando se acercaba el nuevo curso, todavía esperaba una llamada del pasado. No llegó.

El teléfono sonaba para su padre, para su madre, para su hermana, para su primo. Para él, no. El número que Maite había anotado quedó en nada. El grupo se deshizo en silencio.

Entonces empezó el curso en el Cardenal Cisneros.

Lo primero que lo impresionó fue la lista de apellidos en el tablón. Había nombres sonoros, familias importantes, historias de dinero y prestigio. Un compañero le fue explicando quién era hijo de quién. Rafo escuchaba con una mezcla de asombro y complejo antiguo, aunque pronto descubriría que también había chicos normales y familias trabajadoras.

Y allí, en el primer curso, de manera inesperada, conoció a una chica de nombre Ana. Imposible, inaccesible e inabordable. Un sueño. Una ilusión. Machacó, noche tras noche, los versos del maldito Bécquer.

La vio el primer día de clase y tuvo la sensación absurda de haberla visto ya alguna vez. Se acercó a preguntarle una tontería del comienzo de curso y ella sonrió:

—Tú espera y verás.

Aquella frase lo dejó temblando.

Días después, Ana lo llamó por teléfono para preguntarle una duda del curso. Bastó eso para que no durmiera en toda la noche. Al día siguiente la buscó con la mirada, pero no se atrevió a acercarse. Una vez más, quiso avanzar y no avanzó. Quiso hablar y no habló. La has cagado, amigo, le dijo Luis, su compañero desde el primer día. No está hecha la miel para la boca del asno, le sentenció.

Se dio cuenta entonces de que su vida empezaba a llenarse de momentos en los que no hacía lo que quería hacer. Y esa sensación, sin saberlo todavía, lo acompañaría durante muchos años. 

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INSOMNIO

A noite desbocouse e todos os deuses me profetizan unha reiterada cerimonia de versículos no meu calcinado paraxe. Todo é confuso. Son incapaz de refuxiarme noutro oráculo que non sexa o teu cando sobre min se precipita unha conxunción de milenarias mans mortas. Todo é confuso. E neste oasis de datas imprecisas cada amencer pecho a miña pluma ao mundo convertendo outra páxina da miña historia nun arrolo de desvelos e voces escritas.

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UNHA MIRADA

Un espírito en plenitude descendeu onte e vagou sen rumbo, escravo dunha ficción, polas arañeiras da miña razón, talando un veo de benestar no meu luceiro roubado. Coa humildade dunha gaivota sen praia sigo os teus pasos, gardo as túas pegadas nos meus furtivos desexos e entronizo a túa luz ausente baixo unha sinxela túnica de vellas baladas.

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CIRCUNCISIÓN

Unha máscara circuncidada e inmóbil móstrame, como nun xénese perpetuo, segundo a segundo, o ánimo dun instinto lucente; e anúnciame (afumado polo teu abismo de cereixas) un último farrapo de pel que nas miñas mans gardo desbocado e luxurioso para ti. Xa non podo máis. Aquilo que ti me dixeches con palabras abrasadoras fai anos da miña soidade hoxe é un espello ferinte que…

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CAPÍTULO XXXVI DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE

Rafo llevaba días pensando en mandar a paseo al narrador. Es decir, a mí. Decía que le corregía demasiado, que cambiaba sus palabras, que le quitaba la improvisación a sus recuerdos. Yo sostenía que solo intentaba poner orden en aquel caos para que los lectores no se perdieran. Discutíamos cada vez más a menudo, como si uno no pudiera existir sin el otro.

—Yo soy el que cuenta mi vida —decía Rafo—. Tú solo escribes.

—Yo escribo para que te entiendan —respondía yo—. Si fuera por ti, empezarías una historia por el final y la acabarías en la mitad.

Aquel día, después de fumar un cigarro en la calle y volver más tranquilo, Rafo anunció que iban a dar un salto en el tiempo.

—Vamos a los catorce años. Ahí empezó todo.

Y yo empecé a escribir.

Rafo tenía catorce años y estaba intranquilo. Sus padres esperaban que el nuevo instituto fuera el lugar donde por fin enderezara su rumbo. Aquella mañana desayunaba un tazón de leche con Cola Cao y unas magdalenas mientras pensaba en el nuevo centro, en los recreos, en los compañeros, en el miedo a volver a empezar otra vez.

Ya había pasado por varios colegios y en ninguno había encajado del todo. Recordaba especialmente el primero, donde los profesores le obligaban a escribir con la mano derecha porque la izquierda no era la correcta. Le sujetaban la mano izquierda en la espalda mientras escribía. Años después, cuando lo contaba Rafo, la gente no entendía esos métodos, pero en aquellos años era normal y nadie lo discutía.

En el otro colegio, el profesor de gimnasia, un excampeón de España, le llamaba siempre timorato, miedoso, infantil. Rafo buscó la primera palabra en el diccionario cuando llegó a casa y no le gustó nada. Él no se consideraba cobarde, simplemente no servía para subir cuerdas ni hacer proezas físicas. Pero aquella palabra se le quedó clavada durante años como una etiqueta injusta.

Al final también tuvo que dejar ese colegio. Oficialmente porque no encajaba académicamente; en realidad, también porque la subida de cuotas hacía imposible que su familia pudiera seguir pagándolo. Se fue sin amigos y con la sensación de ser siempre el que no encajaba en ningún sitio.

Por eso el nuevo centro, un instituto, era otra oportunidad.

Su padre lo llevó en un Seat 127 hasta el Calderilla ―así fue bautizado posteriormente―. El edificio era pequeño y modesto, pero el director los recibió en la puerta como si fueran importantes. Aquello le gustó mucho a su padre y tranquilizó a Rafo.

Entró en clase acompañado por el director y lo sentaron junto a un chico llamado Serafín. El día pasó sin sobresaltos. Respondió bien a un par de preguntas y nadie se metió con él. Para Rafo, aquello ya era un éxito.

Pero lo importante ocurrió al salir del instituto.

Cuando se dirigía a la parada del autobús, oyó que alguien gritaba su apellido. Un grupo de compañeros estaba sentado en un banco cerca del río Manzanares y le hicieron señas para que se acercara. Dudó. Había chicas. Eso lo puso todavía más nervioso.

—Quédate con nosotros, queremos conocerte —le dijeron.

Rafo se disculpó torpemente diciendo que tenía que irse, que otro día se quedaría, que tenía que pedir permiso a sus padres. Se fue al autobús pensando en qué excusa inventar para poder quedarse con ellos al día siguiente. Finalmente dijo en casa que querían jugar un partido en el patio del colegio y sus padres le dieron permiso, pero con advertencias muy claras: como incumpliera algo, se acababan «ciertas libertades».

Al día siguiente se quedó con el grupo en el banco. Allí cantaban canciones, alguno tocaba la guitarra, algunos fumaban y todos parecían moverse con una naturalidad que él no tenía. No hablaban de los coches de sus padres ni de casas en la sierra. El ambiente era distinto, más sencillo, más real.

En un momento, uno de ellos le ofreció un cigarro. Todas las miradas se clavaron en él. Sabía que aquello era una especie de prueba de entrada al grupo. Lo cogió con torpeza, temblando, y dio una calada que casi le hace toser. Pero aguantó. Había superado la prueba.

Miró el reloj. Tenía que irse. No sabía cómo despedirse. Entonces una chica llamada Maite le dijo que si quería lo acompañaba a la parada del autobús. La parada estaba a dos minutos, pero ese fue el paseo más largo y más corto de su vida al mismo tiempo.

Fue la primera vez que Rafo sintió algo distinto al mirar a una chica. Caminaban en silencio, rozándose las manos sin querer. Cada roce era como una descarga eléctrica. Ninguno decía nada porque no sabían qué decir, pero los dos querían que el camino no terminara nunca.

El autobús llegó demasiado pronto. Subió torpemente y apenas pudo despedirse. Desde dentro intentó verla otra vez, pero el autobús arrancó y desapareció.

Durante todo el trayecto, durante la merienda, durante la cena y durante la noche, Rafo no pudo dejar de pensar en la mirada de Maite. Algo había cambiado dentro de él.

Al llegar a casa dijo que iba a estudiar y se encerró en su habitación. Intentó abrir el libro que estaba leyendo, pero no podía concentrarse. Solo pensaba en lo que había pasado aquella tarde. En la mirada. En las manos. En el paseo. En el autobús.

Cogió un papel e intentó escribir algo. No sabía muy bien qué. Estaba nervioso, desordenado, lleno de ideas que no sabía cómo poner en palabras. Escribió unas frases, las tachó, volvió a empezar y al final lo dejó.

Guardó el papel en el doble fondo de un cajón de su escritorio, como había leído que hacía un personaje de una novela que escondía cartas de amor.

Apagó la luz, se tumbó en la cama y se quedó mirando al techo. No sabía exactamente qué le estaba pasando, pero tenía la sensación de que aquel día, sin que nadie se lo hubiera explicado, había empezado a hacerse mayor. 

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VERSOS SILENTES

Hay versos que viven en la penumbra de mi garganta, como huéspedes tímidos que rehúyen la luz. No son cobardes, no. Son versos que aprendieron a respirar en silencio, que se tejieron con hilos de pudor y de miedo, con la tinta invisible de lo que nunca se atrevió a ser confesado.

Los escribí en márgenes de agendas olvidadas, en servilletas arrugadas, en el vaho de los espejos. Algunos hablaban de ti, otros de mí, y los más valientes hablaban de nosotros, de lo que fuimos sin ser. Pero nunca los pronuncié. Porque decirlos era invocar un temblor, una grieta, una verdad que no sabía si quería escuchar.

A veces los siento agitarse, como pájaros encerrados en el pecho. Me piden vuelo, me piden voz. Y yo los miro, los acaricio con el pensamiento, les prometo que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen siendo eso: versos que nunca dije en voz alta. Y sin embargo, me habitan. 

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PRESENTACIÓN DEFINITIVA (ALGUNOS DICEN QUE LA «FETÉN») DEL BLOG «OQUINTODOTEMPO.COM»

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao»  en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incansable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.

En este blog no hay un tema único. Hay memoria, Galicia, enseñanza, música, alegrías, gallego, verdades personales, poemas, amores, imprudencias, llantos, fotos, historias, fracasos, anhelos, envidias, artículos, novelas que intentan ser novelas y recuerdos que intentan entenderse. Este blog es un pequeño territorio dividido en «muchos lugares». Tú puedes entrar por donde quieras. ¡ADELANTE! 

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DÁME A MAN

Se por min fose detería o mundo e convidaríate a viaxar polo interior da miña madrugada nunha lúa con matices de azar. Dáme a man, observa a miña fronte, e choverá no noso camiñar un aroma de flores celestes. Dáme a man, espéranos a noite, entre nós fluirá unha caricia de sentidos soles. Dáme a man, xa vén o día e a miña quietude, como ben sabes, non é inmortal, pero, se ti queres, entre os dous podemos arroupala. Dáme a man…

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INMERSIÓN NOCTURNA

Sumergirme en la noche para reconstruir a golpe de lágrimas el cauce de un río anegado explícitamente por el enredo de una ficción. Sumergirme en la noche para perseverar en la vigilia de tu eclipse y así asestar una vez más una enésima copia en los anales de tu dilación. Sumergirme en la noche para así «vivirte», sumergirme en la noche para entonces «sernos», sumergirme en la noche, simplemente para eso, simplemente para «sernos».

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EL MAR

Se amaban como niños: sin miedo, sin lógica, sin futuro. Solo presente, como un castillo de arena antes de la marea. Reían sin pensar en el mañana, se abrazaban sin calcular distancias. Pero el mar llegó, como siempre llega. Y el castillo se deshizo, dejando solo huellas en la orilla y dos cuerpos mutilados.

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RAÍCES

Aquel amanecer llegó despacio, como llegan las despedidas que nadie quiere nombrar. La niebla se levantaba del valle y el sol empezaba a colarse entre los castaños húmedos. Se oían perros a lo lejos y el silencio del campo tenía ese peso antiguo de las cosas que llevan siglos en el mismo sitio.

Domingo Troncoso estaba sentado en su sillón de hierro, frente a la casa. No miraba nada en concreto, pero lo estaba observando todo. La huerta, la capilla, el camino de tierra, la parra, los muros con verdín. Cada piedra tenía para él una historia, y aquella mañana le parecía que todas querían hablarle a la vez.

—Esta casa tiene los días contados —dijo en voz baja.

Lo decía muchas veces, pero aquella mañana sonó distinto, como si ya no fuera una queja sino una certeza.

La casa había sido durante años el centro del mundo. En verano se llenaba de hijos, de nueras, de nietos, de risas, de platos, de puertas que se abrían y se cerraban sin parar. Había ropa tendida, tomates en cajas, pan en la mesa grande, niños corriendo por la huerta y siestas largas después de comer.

Ahora todo eso parecía un sueño contado por otro.

Los hijos vivían en Madrid. Tenían trabajos importantes, reuniones, viajes, colegios, actividades, compromisos. Venían cada vez menos, y cuando venían, parecían estar de paso por un lugar que ya no era suyo.

Domingo había pasado la vida trabajando aquella tierra. Había plantado árboles que tardaban años en dar fruto, había levantado muros piedra a piedra, había arreglado tejados bajo la lluvia, había dormido en el establo esperando a que pariera una vaca. Nunca pensó que lo difícil sería eso: ver cómo todo quedaba atrás sin que nadie se diera cuenta.

Su mujer, Carmiña, salió de la casa con paso lento pero firme.

—Ya está el taxi al caer. Hay que acabar de bajar las maletas.

Domingo no se movió.

—Carmiña, dejamos definitivamente esta casa. Ya no volvemos.

—No digas tonterías —respondió ella—. Llevas toda la vida diciendo lo mismo.

Pero en el fondo sabía que aquella vez era diferente.

Carmiña había heredado la finca y siempre creyó que la familia volvería algún día, que los nietos crecerían y entenderían, que la sangre tira, que las raíces llaman. Lo creía con una fe casi religiosa, como si la tierra tuviera memoria.

Marica, la cocinera, iba y venía con las maletas.

—Señora, algún día volverán —dijo—. Cuando sean mayores. Siempre pasa.

Domingo sonrió sin alegría.

—Cuando quieran volver, esto ya no será nuestro.

Nadie respondió.

El taxi llegó puntual, como todos los años. Ramiro cargó las maletas mientras

Domingo miraba la casa por última vez. La capilla, la huerta, el castaño, el camino, la parra. Todo estaba exactamente igual que siempre, y sin embargo ya no era lo mismo.

Antes de subir al coche, Carmiña entró en la capilla. Rezó despacio, como hacía todos los años antes del viaje. Le pidió a la Virgen un buen camino, salud, y que el año siguiente pudieran volver.

Cuando salió, Domingo ya estaba sentado en el asiento trasero.

El coche arrancó y empezó a subir la cuesta que llevaba a la carretera principal. Domingo se giró para mirar la casa hasta que desapareció detrás de los árboles.

—Adiós, mi casa… meu lar —murmuró.

Carmiña no dijo nada. Sabía que hay despedidas que no se deben discutir.

Al llegar a Santiago, Domingo apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Las torres de la catedral se alejaban poco a poco. Cerró los ojos.

Pensó en los veranos con la casa llena. En los tomates con sal a la sombra de la parra. En los nietos corriendo. En las comidas largas. En las noches de vino y conversación. En la vida entera.

Y pensó que un hombre no es de donde nace, sino de donde entierra su vida.

Se quedó dormido.

Dormía tranquilo, con la respiración lenta, como si por fin hubiera dejado de luchar contra algo que llevaba años persiguiéndolo. Carmiña pensó que estaba descansando.

Pero no.

Domingo Troncoso murió en el coche, en silencio, sin molestar, como había vivido siempre. Se fue sin despedirse, llevándose con él la casa, la huerta, los veranos, la familia reunida y una forma de vivir que ya no iba a volver.

Cuando Carmiña se dio cuenta, le cogió la mano y se quedó mirando la carretera sin llorar, muy seria, como miran las mujeres de la tierra cuando entienden que la vida no pregunta, solo sigue.

Fuera, los campos pasaban uno tras otro, verdes, antiguos, indiferentes. La tierra permanece. Los hombres pasan. Y las raíces, aunque nadie las vea, siguen siempre enterradas en el mismo sitio. 

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QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza…

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza, que leas esta larga entrada porque, de todas las que he escrito, es una de las más importantes para mí.

Hoy no te voy a contar ninguna historia, ni una leyenda, ni un recuerdo, ni un poema. Hoy te voy a hablar del que escribe estas cosas, porque quizá después de más de doscientas entradas ya toca explicar por qué escribo y qué pretendo con este blog.

Después de un sucesivo bloguicidio por mi parte in illo tempore, empecé con este blog el 28 de octubre de 2024. Y con él sigo. Mi fidelidad ha superado, y superará, cualquier laberinto interminable o cualquier muro que se me ponga delante.

Al principio, te invité, con osadía y mucho descaro, a que me siguieras con la suscripción de tu correo electrónico. Así hice con más de 400 personas. Mi ilusión porque llegaran a ti mis textos nubló en gran parte mi raciocinio. Y si tengo que pedirte disculpas, lo hago sinceramente. Obré con muchísimo respeto y con el convencimiento de que mi nombre te iba a garantizar cierto interés por mis escritos literarios. Hablo con absoluta sinceridad: nunca pensé que te fuera a molestar. Nunca. Si lo hubiera intuido, te aseguro que no te hubiera suscrito en ningún momento. A todos nos gusta que nos lean, y el que diga que no, probablemente no dice la verdad.

Llegó el momento y lleno de ilusión, no lo voy a negar, comencé mi periplo como bloguero en josemariamaiztogores.com/. Estaba convencido de que ofrecía unos textos atractivos y bien escritos, además de entretenidos.  

Con el tiempo, los suscriptores van bajando poco a poco. No ha habido ninguna catástrofe ni un hundimiento tan marcado como la fosa de las Marianas. Simplemente, que no deja de preocuparme, es una bajada lenta y constante. La bajada de seguidores no es una tormenta repentina, no, es la marea retirándose despacio, llevándose las huellas de los que yo creía seguros lectores. Y eso, aunque uno intente hacerse el fuerte, afecta al ego. Sí, al ego. Es una lanzada en pleno ego. No pasa nada por decirlo.

Yo empecé este blog porque me gusta escribir. Con cierta conciencia, lo hago desde 1994. Eso creía, y eso sigo creyendo, pero con el tiempo he descubierto que no es tan sencillo. Cuando uno escribe y no le lee nadie, se desanima.

Cuando uno escribe y le lee gente, empieza a pensar en la gente que le lee. Y en ese momento empiezan los problemas, porque sin darme cuenta ya no escribo solo lo que quiero, sino también lo que creo que los demás esperan. Y eso es el principio del KO literario.

He descubierto también que hay dos tipos de lectores: los que me leen y los que me conocen. Los que me conocen no me leen solo por lo que escribo, me leen a mí dentro de lo que escribo. Y eso cambia mucho las cosas. Porque entonces he empezado a pensar: este no soporta el gallego, este pensará que hablar de sexo, aunque sea con discreción, es una barbaridad, este dirá que mencionar el vino como elemento de diversión en algunos personajes es incitar a beber, este creerá que decir que fui mal estudiante es dar mal ejemplo. Y así, sin darme cuenta, he creado un bucle temático irrompible. No sé si alguien piensa eso de verdad, pero yo empiezo a imaginar lectores, y el lector imaginado es peligrosísimo.

Yo he sido profesor durante casi cuarenta años y eso deja una manera de estar en el mundo. Durante este tiempo he procurado no influir en mis alumnos, no meterles mis ideas en sus cabezas, no decirles lo que tenían que pensar, sino intentar que fueran personas decentes, esforzadas, solidarias, honradas, libres y respetuosas. Ese era mi trabajo, junto a la enseñanza de la Lengua y la Literatura, y creo que hice un buen trabajo. Pero escribir no es lo mismo que dar clase. El profesor tiene una gran responsabilidad ante sus alumnos, sin embargo, cuando escribo en mi blog no tengo ningún compromiso creativo con mis lectores. Y eso todavía lo estoy aprendiendo.

Escribo en castellano. Me gustaría escribir en gallego, pero no me atrevo por tu reacción de posible rechazo. A veces escribo relatos, a veces recuerdos, a veces cosas que creo que hacen gracia, a veces poemas, a veces hago uso de la retranca gallega, a veces historias de taberna, a veces textos serios, a veces cosas que no sirven para nada y en más de una ocasión ideas deprimentes.

Mi blog no tiene tema, ni línea editorial, ni estrategia, ni nada de eso que ahora parece obligatorio tener. No quiero. Mi blog es simplemente un lugar donde escribo y evito tocar en serio, desde hace muchísimo tiempo, temas para mí conflictivos en la actualidad (política…religión…fútbol…) porque no quiero posicionarme públicamente en estos temas. Y estoy en mi derecho. Mi blog es un blog literario, y dentro de lo literario, libertad absoluta. Ese es mi credo. Es cierto que esto molesta.

Reconozco también otra cosa: me gusta que me lean. A mi carácter triste, depresivo, autoflagelante, tímido, apocado, asocial y de difícil comprensión le viene muy bien saberse leído y mínimamente reconocido. Pero cada vez tengo más claro que no quiero escribir para gustar a todo el mundo, porque entonces no podría escribir nada de verdad y sincero. Si yo escribo sin molestar a nadie, sin incomodar a nadie, sin que nadie piense que me he pasado, probablemente yo esté escribiendo textos carentes de cualquier interés. Y la literatura, aunque sea la de andar por casa, nunca ha sido del todo inofensiva. La literatura busca, de algún modo, la transgresión.

Voy a confesar también otra cosa. Tengo abiertos otros dos blogs: uno solo para poesía íntima y otro para textos en gallego. Los abrí, sin seguidores, hace unas pocas semanas porque pensé que de este modo no molestaría a nadie, que cada cosa estaría en su sitio y que así nadie tendría que leer lo que no le gustaba. Pero hoy, cuando estoy escribiendo este texto, me he dado cuenta de que eso no es organizar los textos, es organizar mis miedos, es priorizar mi obsesión por un «complace» que me está minando como escritor. Es separar lo que escribo para que no choque de lo que pueda jorobar para que no incomodara. Y me he dado cuenta de que eso es segmentar lectores y presentarme por fascículos independientes. Y lo rechazo visceralmente.

En el fondo, y en la superficie, no es sinceridad, es una manera muy sutil de mentir. Es esconderse con un descaro vergonzante para que tal suscriptor no lea la palabra orgasmo porque le disgusta y le contraría.

Así que he decidido cerrarlos ―lo haré en el momento que cuelgue esta entrada― e incorporar todo a josemariamaiztogores.com/, mi blog entre blogs. Todo junto y todo revuelto, como suele estar mi vida y como suele estar mi cabeza la mayor parte del día. Si sigues como suscriptor, o entras en mi blog vía web, quiero que sepas que un día te podrás encontrar un poema inabordable para ti; otro, un relato de caraduras y sinvergüenzas; otro, un texto en gallego; otro, un recuerdo de mi época de estudiante; otro, una historia inventada; otro, una reflexión; otro, una tontería o memez supinas; otro, un relato con tintes verdes y otro algo deprimente, como mi carácter. Y ese desorden, en el fondo, y en la superficie, es un claro reflejo de mí. Tengo fama de ser muy ordenado, pero soy muy ordenado porque sé que soy un caos insoportable.

Con el tiempo también he entendido otra cosa: no quiero solo suscriptores, quiero lectores. Y no quiero solo lectores, quiero interlocutores, gente que alguna vez diga «esto me ha gustado», «esto no lo entiendo», «esto es un disparate» o «siga usted por ahí». Acepto cualquier opinión porque el que se expone tiene que llevar en su mochila un depósito para aceptar, sin rechistar, opiniones ajenas diferentes. El silencio es lo más difícil de llevar cuando yo escribo, porque no sé si al otro lado hay alguien con criterio o solo números en una pantalla.

En realidad, este blog no pretende enseñar nada, ni dar ejemplo de nada, ni convencer a nadie de nada. Yo ya he pasado mi vida profesional intentando enseñar Lengua y Literatura y procurando que los chavales fueran buenas personas, entre otras cosas. Ahora ya no educo ni enseño las subordinadas a nadie. Ahora, simplemente, escribo.

Escribo porque me gusta juntar palabras, porque me gustan las historias, porque me gusta el gallego, porque me gusta el castellano, porque me gustan las tabernas literarias, porque me gusta la memoria que no tengo, porque me gusta inventar, exagerar, recordar y a veces hasta decir alguna verdad entre tanta trola.

Así que mi blog va a seguir siendo lo que es: un sitio donde un profesor jubilado escribe lo que le da la gana. Y el que quiera leerlo, que lo lea. Y el que no, que no lo lea. No pasa absolutamente nada.

Después de toda una vida trabajando, creo que uno se ha ganado el derecho a escribir sin pedir permiso. Mi blog no va a cambiar para agradar, no, va a seguir siendo un espacio de libertad creativa.

El gallego lo escribo porque hay recuerdos, personajes, conversaciones y maneras de contar que solo me salen en gallego. Traducirlas sería como cambiarles la voz. Como te he dicho, tengo abierto otro blog solo para los textos en gallego, pero me he dado cuenta de que eso también es una forma de separar sentimientos que en mi cabeza y en mi vida van juntos. Así que a partir de ahora el gallego y el castellano convivirán aquí, en josemariamaiztogores.com/, con total normalidad, como han convivido siempre en mi vida.

Y eso es todo. O casi todo. Si quieres contactar conmigo antes de darte de baja como suscriptor, si ahora sí te quieres suscribir, si me quieres cantar las cuarenta o si quieres simplemente insuflarme ánimos, escríbeme a jmmaiz@telefonica.net o maiztogores@gmail.com. Serás muy bien acogido.

En Madrid, a las 6:08 de la mañana, del 26 de marzo de 2026, día de San Braulio de Zaragoza y día mundial de la meteorología. El 26 de marzo de 1892 falleció Walt Whitman, autor de Hojas de hierba y uno de los más importantes poetas estadounidenses, pilar fundamental de toda la lírica contemporánea. 

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FRACASOS

Nunca dijo que me envidiaba, pero celebraba mis fracasos como si fueran fiestas y mis éxitos como si fueran errores del destino. Su sonrisa era un aplauso que sonaba a puertas cerrándose. Desde entonces dejé de buscar su aprobación: entendí que hay miradas incapaces de celebrar la luz porque llevan demasiado tiempo acostumbradas a la sombra.

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CAPÍTULO XXXV DE ‘HATROZ’.- PAELLITA

Ahora que lo voy conociendo día a día, Rafo es un tipo peculiar. Como decía Lina Morgan, es un hombre de taitantos años tranquilo, pausado y moderado externamente; sin embargo, en su fuero interno, es un hombre lleno de titubeos, cavilaciones y firmes incertidumbres. Muy aseado en el aspecto externo, del todo preocupado por el vestir, pero muy inseguro a la hora de decidir qué estilo de ropa adoptar. Es generoso, testarudo y con un pronto arrebatado que le lleva a tener que pedir disculpas en numerosas ocasiones, hecho que no le cuesta lo más mínimo.

No quiere contarme sus complejos físicos y psíquicos, que los hay en abundancia, asegura. Sonriendo, me dice que, como las meigas en Galicia, que «habelos, hainos». Algunos se dejan ver con demasiada claridad ―hablaré de ellos con cabal libertad cuando los perciba nítidamente― y otros laten escondidos en su interior como el secreto del confesionario. Volcado en su trabajo de profesor y en su familia, es muy consciente de que la primera faceta está llegando a su fin y de que en la segunda estará hasta que Dios quiera, como decía su padre.

Desde muy joven, preocupado por el aspecto externo de su físico y de su indumentaria. Él, quizá por herencia materna, siempre tiene en la boca ―lo decía de continuo su madre― este dicho, no sé si conocido o no: los jóvenes se arreglan para gustar y los mayores para no asustar.

Su madre, cuando estaba poseída por esa nube negra de la depresión, decía que era una enfermedad que no mataba, pero que no dejaba vivir. Por tal motivo, no es que cayera en el desaliño, eso nunca, jamás, muy presumida fue hasta su final, pero esa alegría que proyectaba cuando se veía favorecida en el espejo sucumbía estrepitosamente y daba paso a un arreglo en el que se podía leer que su estado anímico estaba poseído por una total y destructiva postración y sin fuerza alguna para pensar en un mayor acicalamiento.

Rafo, por lo tanto, heredero directo de su madre en este aspecto, cuando iba a la universidad, siempre condicionada su ropa por el presupuesto familiar, intentaba no asustar y sí gustar. No podía tener queja alguna, pues le compraban todo lo que pedía, aunque en contadas ocasiones eran sucedáneos de las marcas originales.

No quedaba otra opción. Perfectamente aleccionado por su madre, la colonia de Agua Brava lo acompañaba en todo momento, ya fuera para ir a por el pan como para asistir a la cita de fin de semana más deseada. Fue sustituida años después por Hugo Boss, a quien guarda una fidelidad absoluta. Por ejemplo, cuando iba a una fiesta, siempre pensaba que iba mal vestido y que era el que peor aspecto físico tenía. Bromeaba con el Quasimodo de Nuestra Señora de París por los tubérculos que tenía este en la cara. Este afán de infravalorarse, según los demás, ha perdurado en los años. Lo retomaremos más adelante.

En este punto me contó, sonriendo con cierta vergüenza, cómo le tuvieron que convencer a los nueve años, cuando la realidad de los Reyes Magos aún no había aflorado en todo su esplendor, que para que su padre sacara dinero del banco primero tenía que haberlo depositado en la cuenta que tenía abierta a su nombre. Con una testaruda rotundidad, basada en la ignorancia más exacerbada y exasperante, afirmaba que no, que su padre entraba en el banco sin dinero y que salía con el que él quería. Pues esa generosidad bancaria en la que Rafo creía de niño, años más tarde, por su experiencia laboral, la convirtió en un «pirañeo» absoluto.

Pasados los veinte años habitaba con Rafo un repulsivo acné. Como decía Lope de Vega, quien lo probó lo sabe. No era un acné común. Eran como imponentes vesubios que, en el momento más inoportuno, culminaban en una ulcerante redondez que vomitaba sin contención un asqueroso y sanguinolento pus. No hay casi fotos de Rafo en esa etapa de su vida. O son unas pocas que lo mismo él no controlaba. No soportaba salir de ese modo. Sus amigos dicen hoy en día que no lo recuerdan así, que todo es fruto de un calenturiento recuerdo de cinco o seis granos.

―Algo tendrían mis vesubios que, cuando mi padre me llevó a un dermatólogo amigo y compañero de carrera, este me pidió permiso para hacerme unas fotos de mi rostro y de ese modo incorporarlas a un minucioso estudio que estaban realizando en el hospital donde él trabajaba. Esto me acomplejó durante años. Yo, como ejemplo acneico en un manual de dermatología, tremendo.

Lo normal del acné es que brote en la adolescencia, no cuando ya están bien entrados los veinte años. En ocasiones, evitaba ir por la tarde a clase a la universidad ―si a mí me asqueaban los granos, qué no sentirían los que estaban frente a ellos― y me iba, solo, al cine Ventas a una triple sesión de películas. Hoy en día me arrepiento muchísimo de aquellas pellas, pero me dolía enormemente la cara y no de ser tan guapo, como dice la canción, no.

Esta pequeña exposición requería un silencio absoluto y una fijación extrema en sus ojos que se clavaban en mí despiadadamente. Quería transmitirme la zozobra que sentía en aquellos tiempos, desazón que nadie de la familia entendía, pues cualquier tema relacionado con su acné era infravalorado despiadadamente.

―Mira, mira, mira mi cara. Yo no tengo granos. Yo tengo mil arrugas como surcos para sembrar. Lo tuyo es síntoma de juventud, lo mío de vejez decrépita y achacosa. ¡Divina juventud, te vas para no volver!, decía Rubén Darío. Pues eso, que disfrutes de los granos… ¡¡¡Eso es juventud!!!

Y se quedaba imperturbable mi tío saboreando un cigarro sin filtro. Yo sentía el acné como un estigma facial que me hacía deambular de dermatólogo en dermatólogo. Me sentía ninguneado, porque nadie hacía caso de las dagas psicológicas, junto con otros motivos personales, que se estaban clavando con dolor cenital en mi espíritu. El último, ya a la desesperada, al ver mi bajísima autoestima, me aconsejó que fuera a un psicólogo y me recetó el famoso Roacután, que me alivió en gran medida, al cabo de unos meses, aunque tuviera como efectos secundarios una permanente rojez de piel, una sequedad casi absoluta de las mucosas y una hipersensibilidad a los cambios de temperatura.

Los dos, sentados frente a frente, con dos cervezas a medio consumir, estábamos en el punto álgido del día. Rafo no permitía la más mínima interrupción, pues aún ahora recuerda con tristeza ese pesaroso episodio forunculero que se prolongó durante varios años, los vitales de la juventud y de la primera madurez.

Me cuenta que un día que iba andando desde Moncloa a la facultad de Filología ―prefería la soledad de la avenida de la Complutense al bullicio de los autobuses universitarios― se encontró de frente con Asunción, una compañera que lo llevaba observando con insistencia los últimos días en la asignatura de Literatura gallega. Él, tardo y convencido de que no era digno de su atención, evitaba siempre esa mirada, ya que algo había en esa mujer que le perturbaba notablemente y le hacía escribir de noche versos tórridos y desnudos.

―Hola, Rafo. ¿Ya no vas a Literatura gallega? Mira que es difícil verte. Te vendes caro, ¿eh? Y, según Rafo, mientras le decía esto le clavó los ojos en el lateral izquierdo de la nariz donde habitaba un grano similar al volcán Etna.

―Llevo unos días regular y no he salido de casa, decía cabizbajo mientras pisaba reiteradamente el suelo con unos botos camperos ya muy trillados, como le gustaban a él.

―Pero… ¿Qué te pasa, tío? Yo te veo muy bien. Estás de puta madre. Ya me contarás … No sé… ¡No hay quién te entienda!

A Rafo no le atrajo siquiera el libro que sobresalía de su bolso. Llevaba persiguiéndolo desde que Rosalía de Castro y aquel profesor de Lengua lo sumergieron en la lengua gallega.

―Creo que se ve a la legua cuál es mi problema. Silencio. Rafo sentía un palpitante latido en esa zona que le bloqueaba la capacidad de hablar.

―¿Te puedo dar un beso?

Rafo, aturdido, no sabía qué decir. Dudó. Bajó la mirada, sacó un cigarro y se lo ofreció a Asun. Esta lo rechazó con absoluta normalidad, le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso… en el grano.

―No seas, imbécil, tía. Que me da un asco terrible. ¿No ves que es repugnante?

―¡Me importa un huevo! ¿Ha sido por esto por lo que no has salido de tu casa en estos días? ¡El imbécil eres tú! ¡Te crees el centro del mundo y la gente pasa de ti! ¿No ves que a mí me importan un huevo tus granos? Me gustas tú y punto. Pero ya veo que no es recíproco.

Rafo se machacaba los padrastros de las uñas. Era incapaz de decirle que lo volvía loco, que tenía una espontaneidad natural apasionante, que el tiempo se paraba a su lado y que haría lo que fuera con tal de que no se marchara y pudieran tomar un café. Rafo no hablaba. La desesperación de Asun fue en aumento. Recortó un trozo de papel de sus apuntes, escribió su teléfono y se lo entregó decidida.

―Toma, tío, cuando te apetezca y salgas de tu imbecilidad, me llamas. O si quieres, tira el papel por el váter de tu casa. Me trae sin cuidado. Le dio un beso en la mejilla y retomó su camino en dirección a Moncloa.

Rafo, inmóvil como una estatua, ni giró la cabeza. Se dio cuenta de que había tenido una oportunidad impagable. El papel con el teléfono en la mano derecha, húmedo por el sudor, lo guardó en el bolsillo del pantalón. (Luego me enteré de que el vaquero lo echó a lavar y allá se fue el teléfono).

En los días siguientes, en Literatura gallega, Rafo observaba con tanto detenimiento como tristeza a todos sus compañeros. Asun no aparecía. Parecía que se la había tragado la tierra. Cuando le preguntó por ella a la profesora de la asignatura, esta le dijo que no era alumna, que estaba terminando el doctorado y que iba camino de Lugo para culminar su tesis sobre Aquilino Iglesia Alvariño y su etapa de catedrático de Latín en un instituto de esa ciudad.

Y, en un principio, parece que allí terminó todo. Hay almas que tienen / azules luceros, / mañanas marchitas / entre hojas del tiempo, / y castos rincones / que guardan un viejo / rumor de nostalgias / y sueños. (Federico García Lorca). 

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LA TIMIDEZ

En esta exuberante hora de clausuras y opulenta de veladas intenciones una figura altanera de espiga quemada explora con ardicia mis márgenes, y la silueta de unos ojos de oscuro satén transparentan un pálido misticismo. Accesiblemente solitario paseo tras el contorno de un ciprés, y la huella que mitifica el olor de su sien permanece infranqueable en el anonimato. Intento sumergirme en otro cristal que espolee mi mente abotargada, pero el esbozo de una resonante impaciencia pende inútil de todos mis sueños, y un inteligible perfil de luz temporal no puede conjurar el miedo a otra eterna frustración. No es nueva esta situación. Cuando ya no sé si soy capaz de desterrar el vértigo de mis desdibujadas precauciones otra caricia pretende borrar la huella de viejas pisadas, pero mi piel sólo conoce un aséptico destino, y ese destino me persigue incansable, y gracias a él mis versículos siguen habitando en un sarcasmo de sauces y querubines.

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RAMIRO

En las húmedas tierras de Compostela, en la aldea de Outeiro dos Cachelos, donde la niebla se enreda con las campanas y los peregrinos confunden milagros con meriendas, dicen los beodos lenguaraces, esos que tienen la húmeda más suelta que una campana en día de fiesta, que «nació, echó alas y voló por toda la comarca» uno de los personajes más legendarios que la vella memoria popular ha podido inventar: Ramiro das Trompas. Dicen de él, sin crédito alguno, que era hijo de un delgaducho y faneco marinero que domaba las indomables y bramadoras olas de A Costa da Morte como quien doblega caballos desbocados y de una mujer de hueso ancho que recomponía el estómago a los que lo tenían caído con una mezcla de orujo y de plantas milagreiras que cultivaba en la huerta de su casa. El comentario que se le atribuye al maestro que nunca tuvo, fue que Ramiro quiso ser un gran escritor, y, para inspirarse, prefirió disciplinarse vaciando botellas de vino por todas las tabernas y furanchos que había en su contorna. Era un gran aficionado al vino de Barrantes, ese tinto espeso que tiñe la lengua y la conciencia.

Barrantes vermello vino,
alegra corpo e cabeza,
entra rindo pola boca
e sae cantando na mesa.

Según un vecino que emigró a América gracias al descarado calote (pufo) del cacique de la aldea que le compró por una insignificante cantidad de dinero el poblado bosque que habitaba a las espaldas de su vivienda, Ramiro bebía más que rezaba, rezaba más que trabajaba y trabajaba menos que bebía. Era capaz de superar al tabernero Suso da noite, un hombre que solo sabía beber vino en su propio negocio las veinticuatro horas del día, como si el mundo fuese una bodega infinita.

Si seguimos con la leyenda, en esta aldea también vivía un cura mayor, de sotana multicolor por lo desgastada que lucía y conocido por sus sermones interminables, en los que advertía siempre a los feligreses de los peligros del baile con una cita de un conocido catequista de la época: el baile vertical es la antesala de un deseo horizontal. Este cura se subía al púlpito y comenzaba, con medio cuerpo fuera, el sermón golpeando la madera con el anillo:

―¡Callaos, cona! Y carraspeaba fuertemente. Tened bien claro que el vino de Barrantes es tentación, y la tentación lleva al pecado. Pero toda la aldea sabía que el reverendo, en secreto, mojaba sus labios en la misma tentación, porque nadie se resistía a un Barrantes bien servido. El cura rezaba más fuerte cuanto más roja quedaba su lengua.

Mariquiña, mujer de 25 contundentes años, de ojos como faroles y sonrisa como cuchillo era el caldo de todas las miradas, pero solo el difuminado Ramiro se atrevía a cortejarla con trabalenguas imposibles:

Tres tintos tentaron a tres tristes tragadores, tres tristes tragadores tentaron otros tres tintos, y Ramiro sin tino, por tentar más que los tintos, tentó a María con tres tintos y tentó sin tino. Los tintos de la tentación fueron tentados por los tristes tragadores y Ramiro sin tino los tentó de nuevo con más tintos.

Mariquiña se reía porque no entendía nada, el cura se persignaba por si escondía un pecado mortal, y el tabernero seguía bebiendo al son de las «tes» de los trabalenguas. Cuentan que así pasaban las tardes compostelanas, entre chismes, frases enrevesadas y reiterados tientos a las tazas del vino tinto.

Un día posterior al de la fiesta mayor de Outeiro dos Cachelos, la taberna estaba repleta de resaqueiros y esmorgantes insomnes que intentaban despejar la mente con más vino. Ninguno y todos aprovecharon el gran auditorio para relatar que un fulano con la alegría embotellada ―al que según él, dado el altísimo nivel de la borrachera, las farolas le hacían reverencias―, alucinó cuando se enteró de que Ramiro había prometido a María que si lograba beberse tres jarras de Barrantes sin caerse al suelo, ella le daría un beso de tornillo en la plaza mayor. El cura, indignado, organizó una procesión para impedirlo, y el tabernero, emocionado, llenó las jarras como si fueran océanos.

Ramiro bebió la primera jarra y la lengua se le trabó. Bebió la segunda y los pies se le cruzaron. Bebió la tercera y entonces, milagro o borrachera, comenzó a recitar trabalenguas tan veloces que las campanas de la catedral se confundieron con su voz.

María mira a Sancho, Sancho sueña que María lo mira, si María mira a Sancho y Sancho sueña que la mira, ¿quién mira más, María que mira o Sancho que sueña que la mira?

Y volvió a darle besos de noche de bodas a la jarra. Animado, como todo borrachón, se envalentonó y soltó el más difícil todavía:

Besos besaban los besos de Ramiro, besos buscaban los besos de María, si los besos de Ramiro besaban los besos que María buscaba, ¿qué besos besaban más, los besos buscados o los besos besados?

María, divertida, no dudó lo más mínimo en cumplir su promesa. El beso fue tan sonoro y prolongado que los peregrinos lo confundieron con un milagro. El cura, resignado por no conseguir que respetaran las normas de urbanidad, declaró que aquel día Outeiro dos Cachelos, y por supuesto Compostela, habían sido bendecidas por el vino y por la risa, y añadió en su sermón:

―Si el Señor convierte el agua en vino, ¿por qué no ha de convertir el vino en amor?

El tabernero, fiel a su destino, siguió bebiendo como si el vino se fuera a escapar y con gran constancia, que es la forma seria de beber.

Y como toda leyenda que nace con la alegría embotellada necesita su música.  Los aldeanos, dicen que dirigidos por Ramiro, inventaron un canto que aún se escucha en las tabernas de Compostela cuando el vino de Barrantes corre como caballo desbocado:

Sancho bebió,
María besó,
la gente rio
y el cura rezó.
Tres jarras,
tres besos,
tres campanas
sonaron,
y en Compostela
los milagros
brindaron.
¡Barrantes bendito,
Barrantes tentado,
que el vino
y el beso jamás
se vean negados!

Así quedó escrita una de las leyendas más famosas de Ramiro das Trompas, el marinero que nunca navegó, pero que conquistó las tierras de Compostela con vino, picardía, trabalenguas, versos y un beso que aún resuena en las plazas. Desde entonces, incluso sabiendo que ningún aldeano conoció al tal Ramiro en persona, nadie fue capaz de dudar de la veracidad de dicho relato popular.

Y, desgraciadamente, en este punto tengo que intervenir como veraz narrador de este mito popular. Las mentiras tienen muy poco recorrido, sentenció un pobre que, gracias a las invitaciones, salía todas las noches de la taberna como si hubiera encontrado la solución a sus problemas en el fondo del vaso.   

Hace unos días, cuando alguien ―debo escudar su nombre― se enteró de que yo le iba a dar forma a esta leyenda en mi «afamado blog», se puso en contacto con Suso da noite para poner los puntos sobre las «íes griegas de tal historia» (sic).

Amigho Suso, un afamado afilador, que paseaba su rueda de afilar por las calles de Outeiro dos Cachelos ofreciendo su oficio, y originario de la Terra das chispas, se indignó sobremanera con la leyenda de Ramiro das Trompas y negó con la clarividencia de dos botellas de Barrantes engullidas que «fora ese carallo o protagonista».

Amigho Suso, quien te relató palabra por palabra la leyenda de un hombre sin nombre de Nogueira de Ramuín, la cuna de los afiladores, fui yo, pero como tú no distingues a ninguna hora del día tu casa de la de tu vecino ni el suelo del cielo, y por simpatía con ese etéreo Ramiro, se la adjudicaste a este como quien le cobra el vino al que no ha consumido ni una taza.

A mí, escritor de esta entrada, después de ser pillado en tal trola Suso da noite, me informó la mujer de este por carta que debía saber la verdad de todo. Mi marido, antes de la penúltima taza, mientras descansaba de no beber, juraba por la tumba de sus padres, que aún estaban vivos, que aquella leyenda no era del tal Ramiro das Trompas, sino que la trajo a Outeiro dos Cachelos el afilador antes mencionado natural de la cuna de las leyendas, Vilariño do Silencio.

El tabernero, seguía la mujer, con una cogorza tan descomunal que caminaba en plural y veía doble, pero pensaba la mitad, me juró por el Baco de turno que fue incapaz de distinguir a Ramiro del afilador, pero que el chiflo parecía darles más peso a las palabras del relojero de los cuchillos.

Sin embargo, Suso da noite fingió que seguía dudando porque descubrió que la disputa en la ubicación del protagonista le llenaba el bolsillo y cada noche que hacía caja su cabeza daba más vueltas que una rueda de bicicleta.

Desde entonces, cada vez que alguien menciona la leyenda, su taberna se puebla de «oficiales de la borrachera» para ver si el afamado misterio ve la luz.

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EL AMOR IMPOSIBLE

Macías, el trovador gallego, fue llamado el Enamorado porque toda su vida estuvo marcada por el amor, un amor imposible que terminó convirtiéndose en leyenda. Su historia simboliza el amor fiel y constante, capaz de resistir el tiempo, la distancia, la prisión e incluso la muerte.

Se dice que Macías nació en Padrón y que entró al servicio de don Enrique de Aragón, marqués de Villena. Aunque era de condición humilde, tenía porte de caballero: era ágil con las armas, elegante en sus movimientos y diestro con la pluma. Pero, por encima de todo, era poeta, y su corazón vivía más en los versos que en la guerra o en la corte.

En el castillo conoció a Estrella, la hija del marqués. La llamaban así por el brillo de sus ojos y por la dulzura de su rostro, que parecía siempre lejano, como si mirase más allá del mundo. Macías y Estrella se enamoraron en silencio, sin promesas y sin palabras, porque ambos sabían que aquel amor era imposible. La diferencia social los separaba y el marqués jamás permitiría aquella unión.

Sin embargo, el amor de Macías no se resignó al destino. Decidió ganar fama y honor participando en torneos, con la esperanza de elevar su posición y poder algún día merecer la mano de Estrella. Luchó, venció y fue admirado, y poco a poco su nombre empezó a ser respetado. Pero cuando pensaba que el destino empezaba a sonreírle, recibió la noticia que destruyó su vida: Estrella había sido casada con otro hombre. Sí, Había sido casada.

Macías regresó al castillo con el corazón roto. Allí encontró a Estrella, ya casada, pero todavía enamorada de él. Sus miradas lo decían todo. Entonces Macías comprendió que su amor ya no podría realizarse nunca, pero también comprendió que nunca dejaría de amarla. Desde ese momento, todos sus poemas y canciones fueron para ella. Cantaba al amor imposible, al dolor, a la fidelidad y a la tristeza de amar sin esperanza.

Se puede ver en estos versos:
Cativo de miña tristura
Cativo de miña tristura
ja todos prenden espanto
e preguntan que ventura
é que m’ atormenta tanto.
Pero eu ben sei quen é ela
que me ten en tal estado,
ca por amar a máis bela
vivo triste e namorado.
Traducción al castellano
Cautivo de mi tristeza
ya todos sienten espanto
y preguntan qué ventura
es la que me atormenta tanto.
Pero yo bien sé quién es ella
que me tiene en tal estado,
pues por amar a la más bella
vivo triste y enamorado.

El marido de Estrella, consumido por los celos, mandó encerrar a Macías en una torre del castillo. Pero ni la prisión pudo silenciar al trovador. Desde su celda continuó cantando a su amada, porque su amor era más fuerte que los muros, más fuerte que el miedo y más fuerte que la razón.

Una noche, mientras cantaba, una azagaya (lanza) atravesó la ventana de la torre y acabó con su vida. Nadie dijo quién había sido, pero todos lo sabían.

El poeta fue enterrado en un lugar desconocido. Sin embargo, la leyenda cuenta que algunas noches aparece una luz errante sobre el lugar donde yace Macías, y que esa luz es el alma de Estrella, que incluso después de la muerte sigue buscándolo para reunirse con él. Así, ni la muerte pudo separar a los dos enamorados.

Por eso Macías quedó para siempre como símbolo del amor fiel, del amor imposible y del amor que sobrevive más allá de la vida. No fue grande por sus batallas ni por su linaje, sino por haber amado sin renunciar nunca a su amor. 

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DESAPARECER

Aún sigo huyendo. Adivino que me persigues. Mi ventana es un secreto a voces, pero prefieres esperar en el alféizar de un sueño desmesurado.

Quieres hablarme. He dejado de leer. Te presto atención. Tus palabras suenan huecas y vacías. Nada dicen, pero me prometes la vida. Te creo.

Abro la ventana sin mover las manos. Entras como entra la noche: sin permiso y sin hacer ruido. No traes respuestas, solo el eco de preguntas que olvidé formular hace mucho. Aun así, te hago un sitio.

Me hablas de un lugar donde nadie necesita escapar porque nadie recuerda el nombre del miedo. Lo describes con la precisión de quien nunca ha estado allí. Yo asiento. La mentira, cuando se pronuncia despacio, termina pareciéndose a la esperanza.

Entonces sonríes.

Comprendo que nunca me perseguías. Caminabas detrás de mí para recoger las partes de mí que iba perdiendo en la huida. Las llevas entre las manos como si fueran pájaros heridos.

Quisiera darte las gracias, pero mi voz también se ha quedado en algún camino.

Así que te dejo entrar del todo.

Y, por primera vez, la puerta me parece una forma más elegante de desaparecer.

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CAPÍTULO XXXIV DE ‘HATROZ’.- LOS TRES PRIMOS

Por aquellos tiempos de la infancia los tres primos éramos inseparables. Rosa, Jorge y yo formábamos una piña inexpugnable. Parece una expresión de matices bélicos un tanto exagerada, pero era así.

Nuestro día a día se había convertido en un continuo tobogán de aventuras ―infantiles, evidentemente― en las que nos sentíamos actores de una función polifacética. Unos días navegábamos por las procelosas aguas del pilón de lavar la ropa en unos rudimentarios barcos construidos con pequeños trozos de madera; otros, nos convertíamos en expertos detectives que, en la investigación de un indescifrable asesinato, escudriñábamos en los ocultos recovecos de la casa familiar las pistas que nos permitieran revelar un determinado enigma escogido de un vistoso abanico de posibilidades; y los menos, buscábamos escondrijos donde poder pasar horas y horas a expensas de la familia en un afán desmedido de libertad y osada desenvoltura. «Aquí nadie nos puede decir: esto está prohibido», decíamos en un ritual de raigambre atávica mientras nos atiborrábamos de unas galletas de nata capturadas al «enemigo» en una acción que parecía diseñada por el más alto experto en estrategia militar.

Nuestro mundo era una burbuja. Apenas conocíamos a los vecinos y muy pocas veces salíamos de los límites de la finca. No necesitábamos el exterior para disfrutar de los placenteros veranos. Nuestro reducto familiar era lo suficientemente grande para explayarnos en infinitas andanzas peligrosas. O así las calificábamos nosotros en aquel tiempo.

Del exterior siempre nos preguntábamos lo mismo. ¿Por qué nuestros vecinos no salían nunca de su casa? Nuestros padres nos decían, en un alarde timorato de confesión, ―debían pensar que nos asustaríamos y no dormiríamos de noche― que ellos eran muy especiales, que no podían salir porque estaban poseídos por una fuerza mayor que eran incapaces de controlar. Y ahí se callaban. No nos contaban más. Está claro que ese misterio alimentaba nuestra curiosidad. En más de una ocasión acordamos indagar esta peculiaridad vecinal. Pero, no sé si el miedo a lo desconocido o el interés por otros acontecimientos, la cuestión de los adyacentes pasaba a cuarto plano. En nuestro retiro «arcádico» nos preguntábamos constantemente cómo puede ser que unas personas no salieran de su casa ni para ir a trabajar. Nos preguntábamos que no podía ser verdad. Un primo mayor, que era un paladín de lo herméticamente enigmático, nos contaba a escondidas de los mayores que eran vampiros. Nosotros temblábamos con sólo pensar en esa posibilidad. Él lo argumentaba diciéndonos que en una ocasión los tuvo tan cerca que pudo contemplar su blanca y casi pálida piel. No pueden ser otra cosa, sentenciaba. Y nos dejaba exhaustos por el miedo y boquiabiertos.

En estos quehaceres impúberes pasábamos los días de aquellos veranos inacabables, y, por tanto, agotadores.

El único acontecimiento que rompió nuestra monótona pero placentera distracción por aquellos años fue mi Primera Comunión. Bueno, nuestra; porque Jorge y yo la hicimos el mismo domingo del mes de agosto.

No mencionaré la fecha exacta por esa especie de recato impúdico que me tiene subyugado desde hace unos años. Pienso que es una deshonesta obscenidad vociferar las fechas exactas de algunos acontecimientos. Por eso, debemos hablar de los más que avanzados años 60, casi finiquitados, cuando nuestras familias decidieron que Jorge y yo recibiéramos la Primera Comunión en la pequeña capilla familiar de La Peregrina el día de la patrona de la comarca, la virgen de homónimo nombre al de la finca.

Recuerdo de forma vaga y bastante difusa los mil preparativos, y alguno más, que mi madre estuvo esbozando durante meses. El traje de marinero era algo innegociable, aunque yo me sintiera como un grumete de baja condición. Me sentía avergonzado por llevar puesto una prenda que, en mi pacato discurrir, solo les correspondía a verdaderos héroes marineros. Lo que sentía era una mezcla de sonrojo y vanagloria por emular durante unas horas a los más altos titanes de las epopeyas marinas.

Todo transcurría como se había programado. La ropa, como he dicho, perfectamente diseñada. La cruz pectoral, en la mente de mi padrino, para que yo pudiera hacer gala de ella en las fotos que nos iban a hacer de modo casi cinematográfico. El flequillo, controlado minuciosamente por mi madre. No había día que no me hiciera peinarme exactamente como lo llevaría día tan señalado. Lo retocaba con perfeccionista laboriosidad. No podía ser que me inmortalizaran esquilado como una oveja. Los zapatos, dolorosos como si fueran los de la mili y más rígidos que los que vendían a precio moderado Los Guerrilleros en plena Puerta del Sol. Y la problemática cuestión del aseo perfectamente controlada. No pasó un día en el cual, a la hora del baño, tarea que realizábamos de manera poco concienzuda, nuestras madres ―la de Jorge y la mía― entraban intempestivamente en el cuarto de baño para controlar con rigurosa meticulosidad las orejas, los pies y las rodillas, entre otras partes más que propensas a ir almacenando, como decían ellas, «kilos de suciedad».

Ahora, con el devenir de los años, recuerdo que aquellos días que precedieron a nuestro tercer sacramentar fueron un torbellino de apercibimientos, exigencias y enseñanzas. Del primer sacramentar (bautismo) no tengo el menor recuerdo, pues se llevó a cabo apenas nacido, y el segundo (confesión y penitencia) lo experimenté con un nerviosismo tan extraordinario que me resulta imposible hoy recordar la expiación que me impusieron.

Entre apercibimientos, exigencias y enseñanzas por parte de los mayores de la casa, nuestras vidas transcurrían en un rocambolesco afán de guardar en el más alto de los secretos nuestras empresas de divertimento. Por aquellos días era muy difícil, pues casi de forma preceptuada y cronometrada, éramos requeridos por nuestros padres cada pocos minutos, para ver si seguíamos en perfecto estado de «conservación». Se temían lo peor. Los niños están hechos de la piel del diablo, decía una autoridad eclesiástica. Mi buen padre hablaba de la inocencia infantil y que era imposible presuponer mala intención en nuestras acciones, aunque éstas fueran lo más descabellado del planeta tierra. Deje, deje, que no sería el primer rapaz que tiene que retrasar la recepción de la sangre y el cuerpo de Jesucristo porque de modo horrendo y siniestro ha actuado contra la Santa Madre Iglesia. Mi padre no estaba de acuerdo con tan severa presunción, pero de modo educado y reverente callaba ante las reiteradas admoniciones de tan querido sacerdote.

Y llegó la víspera de tan señalado día. Jorge y yo estábamos muy nerviosos. Casi no pudimos pegar ojo. Todo era un permanente contencioso con nuestros padres. No recuerdo el sinfín de avisos, consejos y prevenciones. No os subáis a los árboles, no os tiréis con el patín por la verja, no juguéis al fútbol. ¡Uf! Menos mal que mañana se acaba todo, nos confesábamos los tres. Como esto dure más, tenemos que emigrar a América. Sin entender muy bien esta frase, la repetíamos constantemente. Era una muletilla que un tío mío, cuando se enfadaba con sus hermanas, soltaba abruptamente. Con ella lograba «animar» el ambiente que reinaba en las comidas.

Sábado. Seis de la tarde. En día tan señalado llegó nuestro juego recientemente descubierto: hacer de peluqueros. En nuestro escondite de la puerta del bosque, nos dispusimos a practicar lo que hacía nuestro entrañable Gabino cada cierto tiempo. No recuerdo exactamente quién fue el que empezó con dicha labor. Lo que sí sé es que nadie tuvo la culpa y los tres cometimos el delito. Con inusitado interés y no menos desacertada impericia nos enfrascamos Rosa, Jorge y yo en un interminable rasurado capilar. El resultado fue calamitoso: mi adorado flequillo se había convertido en una irregular colección de pelos desmadejados y enloquecidos sobre una frente que se dejaba ver ostensiblemente. Todo ocurrió precipitadamente. Ninguno fuimos consciente de la tropelía que estábamos ejecutando. El mundo cambió radicalmente para los tres. Minutos antes mi madre había estado presumiendo del tupido y rectilíneo tupé que había diseñado sobre mi casta y tersa frente.

Las voces se oyeron hasta en Compostela. La desesperación y el enojo se concentraron en mis padres, especialmente en mi madre. Toda mi labor de meses me la has tirado a la basura, y además con tu hermana en la cama por apendicitis, lamentaba mientras se dejaba caer con una creciente resignación en una silla. La indignación en su rostro era visible. Hay que sobreponerse, le dijo mi padre.

La Primera Comunión se celebró ceremoniosamente. Mi madre se encargó de contar a todo el mundo la «desfeita» (desastre, en gallego) cuando le preguntaban por la extraña desaparición de mi flequillo y la presencia de un sorpresivo peinado con una inusitada cantidad de laca. A mi primo Jorge apenas se le notó, ya que tenía ―y tiene― un pelo rizado que ocultó muy bien los trasquilones. Y a mi prima Rosa su madre le pudo disfrazar con harta paciencia los tijeretazos sufridos en su femenina melena.

No hay fotos mías de dicho acontecimiento. Me las hicieron en Madrid en el mes de noviembre. Un día que estaba en la cama con un fiebrón escandaloso. Yo no quería, pero mi madre me conminó a ello. Me levanté sin rechistar. Mi querida madre me dijo por lo bajini que sonriera como si en aquel momento hubiera recibido por primera vez la sagrada forma. Cierto es que cuando ahora contemplo esas fotos observo en mí cierto gesto de vejez prematura.

Cuando en la siesta de día tan especial parecía que todo se iba normalizando llegó la puntilla. Los mayores, después de un copioso y suculento almuerzo, dando cabezadas sonoras y estridentes; los jóvenes, desperdigados por la finca, maquinando la correspondiente salida nocturna. Y los tres pequeños sin dejarnos ver. Todos preocupadísimos porque no aparecíamos por ningún lado los primos protagonistas de esta historieta. Después de una concienzuda búsqueda nos encontraron al pie de un cruceiro que había en la finca tumbados y medio somnolientos. ¿Qué hacéis ahí?, bramó alguien. Cuando vieron entre nuestros tres cuerpos la colilla de un puro habano se dieron cuenta de que nos habíamos cogido una melopea descomunal al fumarnos, tras habérselo robado a mi tío, un puro que le habían regalado en un día tan señalado. Fue el remate de la fiesta. 

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CAPÍTULO XXXIII DE HATROZ: RAFO Y YO

La tercera cerveza llegó cuando el bar estaba en plena ebullición: conversaciones ajenas casi a voz en grito, risas, apuestas de a quién le tocaba pagar, el poseedor del fondo común racaneaba con arte taurina, tortillas de patas, raciones de jamón, vasos chocando y sillas y mesas arrastrándose sobre el suelo para juntarlas… El camarero quería bajar media persiana para que la gente entendiera que llegaba la hora del cierre, pero la calle, detrás de los cristales empañados del bar, no respondía: seguía entrando gente que, haciendo fuerza para subir la persiana, se sumaba a grupos que ya estaban en pleno jolgorio. El cartel de que cerraba a las 12 de la noche, junto al cartelón de las raciones que ofrecían, era ignorado con todo descaro.

Las aceitunas seguían en medio de la mesa como pequeñas balas verdes. Rafo jugueteaba con una de ellas atravesándola con el palillo y así comprobar la dureza de las mismas después de varios días en la nevera.

Yo, sentado frente a él, lo observaba con rigor fotográfico. Cada gesto, cada movimiento de las manos, con especial atención la manía de recolocar veinte veces el teléfono, el tarjetero y el tabaco. Era como observar esa parte de mí que todavía insistía en llamarse Rafo como si el nombre pudiera ordenar mi vida.

Tenía los ojos cansados. No cansados físicamente. Era otra cosa. El agotamiento de quien ha pasado demasiados años interpretándose a sí mismo.

Bebió un trago largo de la caña y después habló sin mirarme.

—Lo que más me irrita de ti es tu manera de simplificarme. Me conviertes en una especie de caso clínico con pretensiones literarias. «Rafo, el egoísta funcional». «Rafo, el hombre que convirtió la enseñanza en refugio emocional». «Rafo, el seductor incapaz de sostener el amor». Todo muy limpio, muy bien ordenado, muy inteligente. Pero mi vida no fue así.

Me incliné hacia delante.

—Explícame entonces cómo fue.

Rafo soltó una risa breve, como si fuera de una marioneta.

—Eso haces siempre. Me provocas para que yo hable y luego tú recoges las frases como un ladrón elegante. Y me traicionas, porque manipulas lo que yo te pido que escribas. Tú no creas nada. Parasitas. Eres un mierda.

—No exageres.

—¿Que no? Mira dónde estamos. En un bar mediocre, con aceitunas de supermercado y cerveza caliente, discutiendo quién escribe un libro que en el fondo solo existe porque tú necesitas justificarme y yo necesito sobrevivirme. Esa es la verdad.

Cogió otra aceituna y la mordió lentamente. La cara de repulsión fue evidente.

—¿Sabes qué ocurre contigo? —continuó—. Que tienes la obscena comodidad de la lucidez retrospectiva. Tú apareces cuando todo ha terminado. Cuando las mujeres ya se han ido, cuando los errores ya son irreversibles, cuando las palabras pueden ordenarse. Pero yo estaba dentro del incendio. Yo era el incendio. Y yo no quiero que ordenes mi vida. Acordamos un libro al ritmo de mi vida.

—Bonita frase. Pero es normal que yo desee ordenar debidamente tus relatos. En caso contrario, no hay editor que lo quiera. Tengo que mirar por tus intereses.

Rafo sonrió con desprecio.

—¿Ves? Eso mismo. No puedes evitarlo. Todo lo conviertes en literatura porque te aterra admitir que mi vida real fue muchísimo más vulgar.

Se quedó callado unos segundos. Luego añadió, más despacio:

—La mayor parte del tiempo no era un hombre complejo. Era simplemente un hombre asustado, tímido y enmadrado.

El ventilador del techo giraba lentamente sobre nosotros, removiendo el humo y el olor a fritura de refritos. El camarero secaba vasos detrás de la barra con una lentitud resignada. Veía que llegaban las 12 y nadie se iba.

Yo bebí antes de responder.

—No estabas asustado. Estabas cómodo. En esa famosa zona de confort que se han inventado los psicólogos y que tú llevas al pie de la letra.

Rafo levantó la cabeza.

—No confundas ambas cosas.

—Las confundo porque en ti eran idénticas. Convertiste la comodidad en una filosofía de vida. Tu aula, tus libros, tus rutinas, tus alumnos adorándote, las conversaciones en los pasillos, los ligues de tres días… Todo eso te protegía de cualquier posibilidad real de fracaso íntimo.

—¿Fracaso íntimo?

—Sí. La convivencia. El compromiso. La permanencia. Que alguien te vea de verdad durante demasiado tiempo. A ti, que no sea de tu familia, no te ha visto 24 horas completas. Sin separaciones.

Rafo dejó el vaso sobre la mesa. Esta vez no hubo brusquedad. Solo cansancio.

—Hablas como si yo hubiese sido un monstruo.

—No. Los monstruos suelen ser más simples. Tú eras peor: eras encantador.

Rafo soltó una carcajada seca.

—Ah, maravilloso. Ahora soy un villano sofisticado.

—No estoy bromeando. La gente soporta muchísimo a los hombres encantadores. Les perdona cosas imperdonables porque saben escuchar, porque citan poemas, porque parecen vulnerables. Tú aprendiste eso muy pronto.

Su expresión cambió apenas. Una pequeña sombra. Había acertado.

—¿Y sabes qué es lo verdaderamente miserable? —seguí—. Que ni siquiera mentías del todo. Cuando amabas a alguien, en ese instante, lo sentías de verdad. El problema era que solo sabías amar dentro de tu propia intensidad momentánea. Después desaparecías emocionalmente, aunque siguieras físicamente allí.

Rafo me observó fijamente. Con la dedicación de un científico que maneja un microscopio de última generación. Como si quisiera descubrir hasta dónde llegaba mi crueldad.

—Te encanta hablar así —dijo al fin—. Te excita moralmente. Diseccionarme. Convertirme en un mecanismo. Pero nunca hablas de lo otro.

—¿Qué otro?

—La soledad.

No respondí.

Rafo continuó hablando, ahora más despacio, casi sin ironía.

—Treinta y siete años entrando en aulas. Treinta y siete años oyendo voces adolescentes, corrigiendo exámenes buenos y malos, preparando clases que a veces salían bien y a veces eran boicoteadas por alumnos irredentos. Treinta y siete años viendo pasar generaciones enteras mientras yo seguía allí, envejeciendo poco a poco delante de chicos que cada septiembre tenían diecisiete años otra vez. ¿Tú sabes lo que hace eso con una persona?

Bebió el final de la cerveza. Pidió otra.

No aparté la mirada. No dejé de observar el brillo de los ojos. Estaban humedecidos. Y se calló porque le flojeaba la voz. Dejó pasar unos segundos para recuperarse.

—Al principio crees que enseñas literatura. Luego descubres que en realidad enseñas entusiasmo. Después entiendes algo peor: que necesitas ese entusiasmo porque fuera del aula tu vida empieza a parecerte mediocre.

El bar quedó en silencio alrededor de su voz. Estaban escuchando la confesión de un profesor jubilado herido por la soledad. Incluso las conversaciones lejanas parecían haberse apagado.

—Los alumnos me admiraban —dijo—. Y eso era peligrosísimo. Porque yo también terminé admirando la versión de mí mismo que aparecía allí dentro. El profesor brillante. El tipo ingenioso. El hombre que siempre tenía una respuesta, una cita, una reflexión. Pero llegaba a casa… y el silencio era otra cosa. Ahí ya no había aplausos invisibles. Ahí solo estaba yo con mis padres y mi hermana y, en los últimos años, solos mi hermana y yo.

Levantó la cerveza hacia la luz. La espuma había desaparecido.

—Y yo conmigo mismo soy insoportable. Me castigo con más dureza que me castigaba don… Me callaré el nombre porque no me acuerdo. Ja. Pero me ataba la mano izquierda a la espalda porque no escribía con la diestra. Y… ahora…

La frase quedó suspendida.

Yo apoyé los codos sobre la mesa.

—Por eso fracasabas con las mujeres.

Rafo sonrió sin alegría.

—No. Fracasé y fracaso porque nunca aprendí a dejar de mirarme mientras amaba.

Sentí algo parecido a una punzada. Porque esa vez no había cinismo. Ni defensa. Solo una claridad brutal.

Rafo siguió hablando.

—Siempre había una parte de mí observándose desde fuera. Incluso en los momentos felices. Pensaba: «Mira qué bien estás haciendo de hombre enamorado». ¿Entiendes la enfermedad? Nunca conseguía desaparecer del todo dentro de la vida. Siempre había una conciencia teatralizándolo todo.

—Eso soy yo —dije.

—No. Tú eres el residuo que dejó eso. Esta frase la pronunció con un desprecio hiriente.

Nos quedamos callados. Yo, con ganas de soltarle un bofetón.

El camarero encendió otra luz más tenue cerca de la barra. El bar empezó a adquirir ese aire melancólico de los sitios que saben que pronto cerrarán.

Rafo salió a fumar un cigarro y regresó con toda rapidez.

—Y aun así tuve momentos felices.

—Claro.

—No lo dices convencido.

—Porque tus momentos felices duraban exactamente lo que tardabas en volver a pensar en ti mismo.

Rafo soltó una risa amarga.

—Puede ser. Pero al menos yo viví esos momentos. Tú no. Tú eres la autopsia de mi pasado.

La frase me golpeó más de lo que esperaba. Él lo notó.

Y por primera vez sonrió de verdad.

—Ahí está —murmuró—. Ahí apareces tú. El narrador herido. El alter ego susceptible. El juez que se enfada cuando el acusado empieza a describirlo también.

Me incliné hacia él.

—Escúchame bien. Si este libro existe es porque alguien tiene que decir la verdad sobre ti.

—¿La verdad? ¿Cuál? ¿La tuya? Porque también eres un manipulador. Tomas mis recuerdos y los editas. Exageras ciertas miserias, suavizas otras, eliminas lo ridículo y conservas solo lo literario. Tú tampoco soportas la realidad completa.

—¿Y cuál es esa realidad completa?

Rafo habló con una voz baja y firme.

—Que no fui un gran hombre ni un monstruo trágico. Fui algo muchísimo más corriente: un hombre inteligente al que le costó madurar emocionalmente. Durante años he sido un niño mayor. Nada más. Y quizá nada menos. Un profesor razonablemente bueno. Un amante intermitente. Un amigo irregular. Un egoísta educado. Eso fui.

Se inclinó hacia mí.

—Pero tú necesitas que yo sea simbólico. Necesitas convertir mi vida en una metáfora del fracaso contemporáneo o de la masculinidad tardía o de cualquier estupidez elegante. Porque si admites que todo fue simplemente humano, el libro pierde importancia.

Noté la irritación subir lentamente dentro de mí.

—No entiendes nada.

—Al contrario. Empiezo a entender demasiado.

—¿Sí?

—Sí. Empiezo a sospechar que escribes porque no sabes vivir.

El golpe fue limpio. Preciso.

Durante unos segundos no supe qué responder. Rafo aprovechó el silencio.

—Mírate —continuó—. Analizas cada emoción hasta dejarla seca. Necesitas comprenderlo todo para no sentir demasiado. Yo al menos cometí errores reales. Me enamoré mal, mentí mal, bebí mal, envejecí mal. Pero tú… tú observas. Siempre observas.

Se acercó todavía más.

—Y observar no es inocente. A veces es otra forma de cobardía.

El ventilador seguía girando sobre nosotros y las aceitunas permanecían intactas.

Afuera pasó una ambulancia dejando un reflejo azul sobre el cristal del bar.

Y entonces entendí algo terrible: Rafo tenía razón.

No completamente. Pero sí lo suficiente como para arruinarme la noche.

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CAPÍTULO XXXII DE ‘HATROZ’.- PACTOS DE PAPEL

Rafo repasó, de modo obsesivo, la lista por tercera vez mientras el carísimo café del bar de Barajas le hacía un favor a sus nervios como los cinturones hacen a los pantalones: lo aprietan y, a fuerza de apretar, obligan a enderezarse. Era la lista de siempre —cargador del Nokia 3310, compra de libros, libreta, bolígrafo, camisa limpia, muda, jersey y una novela a medio leer—, pero la escribió como quien reza una letanía para conjurar el descuido que le había desarmado tantas veces: no presentarse a una cita literaria, una entrega, una oportunidad que siempre se disolvía entre su timidez y su falta de oficio.

Hoy no. Hoy no iba a dejar nada al azar. Hoy iba a Compostela no por turismo ni por impulso, sino como quien acude a una última prueba: María, la editora, le había dejado claro el precio de su atención. Si quería que leyera su manuscrito, que le diera una opinión, incluso que le abriera la puerta de una posible publicación, tendría que ceder a las reglas de su juego. «Amante», dijo ella por teléfono sin eufemismos. Él repitió la palabra en su cabeza mientras la café bajaba a su estómago y le daba coraje y vergüenza a partes iguales.

Rafo tenía cincuenta años, seguía soltero y la capacidad de un adolescente para romantizar los gestos más torpes. A esas alturas su currículum era un parche de intentos: talleres de escritura, artículos que calaban en el silencio y cuentos premiados en certámenes locales. Lo que no generaba eran contratos, ni sueldos, ni la dignidad de ser llamado escritor de oficio. Se había conformado con la etiqueta de «aprendiz de escritor fracasado» hasta que un día, por un golpe de suerte o por su persistencia insistente, consiguió que María le escuchara. Ella, dueña de una pequeña editorial, pero con criterio, le concertó una cita: «Ven a Compostela», dijo, «te leeré si vienes». Y cuando él, por una mezcla de incredulidad y deseo, preguntó cuánto, ella añadió: «Si quieres mi ayuda, tendrás que comer y dormir conmigo». Las palabras fueron un cuchillo; también fue una llave que abrió una puerta que él no sabía si era digna o apenas una rendija para su salvación como escritor.

El vuelo, corto y con pasajeros adormecidos, le dejó tiempo para imaginar. Imaginó el despacho de María, con libros alineados como soldados y una ventana abierta hacia un patio de piedra; imaginó su voz, grave y franca; la escena de entrega del manuscrito y cómo ella, después de hojearlo, le diría palabras que curaran años de rechazo. También imaginó la parte obscena del trato y se sonrojó hasta las raíces del pelo. Se rio una vez, avergonzado, y los asientos a su lado no se enteraron.

En Barajas coincidió con Jaime, viejo compañero de facultad que ahora llevaba una barba desordenada y una bolsa con libros cuya lectura parecía una promesa incumplida. Se reconocieron con la facilidad de los que comparten una historia, aunque las páginas se hayan vuelto opacas.

—Rafo, ¿eres tú? —preguntó Jaime, con esa mezcla de extrañeza y cariño.

—¡Jaime! ¡Hombre! —Rafo le estrechó la mano y luego ambos rieron como si hubieran recuperado un capítulo perdido.

Se sentaron en una cafetería y hablaron de cosas banales que sirven de puente: el trabajo, la familia, quién se había casado o divorciado. Jaime le miró con la curiosidad de quien sabe que el otro siempre está a punto de contarlo todo.

—¿A qué vas a Compostela? —preguntó, directo.

Rafo sintió la tentación de decir la verdad en su totalidad, el precio, el chantaje, la mezcla de esperanza y vergüenza, pero optó por la versión que se ha practicado desde que el mundo era menos amable: una mentira prudente, una verdad a medias.

—A ver a una editora —dijo —, a revisar unos papeles. Ya sabes cómo es esto.

Jaime pestañeó, como si viera una luz que no se explicaba.

—Suerte, entonces. Que te favorezcan las musas y las editoras.

Se abrazaron con la familiaridad de los que no se ven a menudo y Rafo, en el gesto, se sintió un poco más humano. Se despidieron. Jaime iba camino de Barcelona. Luego, el aviso de la puerta de embarque hizo que Rafo se dirigiera a la escalera móvil con la sensación de que cruzaba no solo un aeropuerto sino un umbral.

La llegada a Santiago fue un soplo de aire que no supo describir. El taxi serpenteó entre viñedos y casas bajas; la ciudad le recibió con la humedad tibia de la tarde. El taxi le dejó frente a un hotel de fachada discreta. Guardó la maleta en la habitación con la lentitud de quien negocia consigo mismo. Se miró en el espejo: cincuenta años, ojos que han conocido el desvelo por numerosos fracasos, de todo tipo, una mandíbula marcada por dos mofletes que le hacían un gesto simpático que siempre atribuyó a una cierta obesidad, y un peinado que negaba la gravedad del tiempo. Se dio una ducha larga para fingir compostura, se puso una camisa que oliera a nuevo y salió con la libreta en el bolsillo, el manuscrito dentro de una carpeta de plástico transparente, y una esperanza que se parecía a la prudencia.

La editorial de María estaba en una calle estrecha, con una placa casi imperceptible y una puerta que se abría a un vestíbulo con estanterías que olían a papel. Al cruzar el umbral, notó el silencio propio de los lugares donde las palabras se toman en serio. Una mujer detrás del mostrador lo miró y sonrió con ese gesto pequeño pero revelador que significa «estás en el lugar correcto».

—¿María? —preguntó Rafo, sin atreverse a decir que venía por la cita.

—Sube —dijo la mujer —. Ella te esperaba esta tarde.

El despacho de María no era lo que había imaginado. No había libros en perfecto orden, ni alfombra persa; había pilas de manuscritos con notas en los bordes, tazas de cafés vacías, y en una pared, fotografías pegadas sin marco. María apareció entre papeles como una aparición que no necesita anuncio. Tenía el cabello recogido de forma despreocupada y una puntualidad en la mirada que le mediaba entre la dureza y la ternura.

—Rafo —dijo, extendiendo la mano con un apretón que le gustó más por su sinceridad que por su formalidad.

Se presentaron, pero las presentaciones fueron ropa por encima de algo que no querían nombrar: el acuerdo, la condición que pesaba en el aire como un olor. María hojeó su manuscrito con una destreza que respetó a la vez que intimidó; apenas levantó la mirada y dijo lo que todos esperan y temen: comentarios precisos, cortes de escena, defectos que pulir. Rafo se sentó y habló como se habla cuando se teme que la obligación se rompa: con más verdad de la necesaria.

—Lo que buscaba… —empezó, con la voz que se parte en dos cuando uno confiesa deseos de más de lo que puede merecer.

Ella lo escuchó a medias y luego lo miró con una seriedad que convirtió el despacho en tribunal y santuario a la vez.

—Si quieres que te lea con detenimiento —dijo—, si quieres que te ayude a pulirlo y trabajarlo, hay condiciones. Ya te las dije. Te sonarán obscenas, pero hoy en día nada es obsceno. Nada.

Las palabras volvieron a abrir aquella herida vieja. Rafo se hizo pequeño en la silla, pero, a la vez, no pudo evitar una corriente de electricidad. Quiso protestar y al mismo tiempo no deseó más que aceptar. La escena que siguió fue como una coreografía pactada por dos: aceptó la condición con una mezcla de orgullo y vergüenza. Ella le dijo que le esperara.

La comida fue en un restaurante tibio, de ventanas que daban a una calle donde la luz caía en charcos. Comieron platos de la tierra, hablaron de trivialidades para no nombrar lo que había quedado fuera: del clima, del ruido del mundo, de amigos comunes. El mantel temblaba bajo el peso de las palabras que no se pronunciaban. Después, la tarde se convirtió en una cuestión de trámite y de voluntad. Visitaron algunas librerías, compraron libros, tomaron un café y a última hora volvieron al hotel.

La puerta de la habitación se cerró despacio detrás de ella. Él la miró unos segundos, como si quisiera recordar cada detalle antes de acercarse. Tenía cincuenta años y una serenidad peligrosa en las manos. Ella sonrió apenas, nerviosa, mientras dejaba caer el abrigo sobre la silla.

Él le apartó un mechón del rostro y la besó con calma, sin prisa, como quien conoce el valor exacto del tiempo. El perfume de ella se mezcló con el olor tenue del vino y la lluvia que seguía golpeando las ventanas. Ella le respondió con un beso más intenso aún. No se dejó amilanar.

Las manos comenzaron a explorarse con una intimidad antigua los dos cuerpos. Ella sintió el peso cálido de su respiración en el cuello y cerró los ojos. Él recorría su espalda lentamente, despertando algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

El silencio de la habitación se volvió espeso. Los cuerpos se acercaron hasta perder la distancia posible entre dos personas. Ella lo atrajo hacia sí con una mezcla de deseo y desafío.

Y entonces dejaron de hablar. Sólo quedaron la respiración agitada, las caricias cada vez más urgentes y esa sensación de vértigo que aparece cuando dos desconocidos deciden dejar de ser dos y convertirse en uno.

Al terminar, en el silencio que solo admitía la respiración, María encendió un cigarrillo y lo miró con esa mezcla de certeza y distancia.

—Me debías esto —dijo—. No es personal, Rafo, es un trato profesional. Él sonrió con la ingenuidad de los que se creen vivos porque han sido amados. Ella lo besó en la frente como se besa a un alumno que ha aprendido una lección difícil.

—Mañana, a las nueve en mi despacho —añadió—. Tú vuelas a Madrid a las doce y media, ¿verdad? Eres puntual, ¿no?

Rafo asintió, como si la palabra puntualidad hubiera pasado a formar parte de su carácter. Esa noche se durmió con la sensación de haber cruzado una frontera, no de regreso, sino hacia una tierra donde quizá su trabajo tendría visibilidad. Se despertó con el alba y la certeza huella de ella en la piel. Revisó el reloj varias veces, se duchó, se vistió con una precisión sacada de la angustia y bajó a desayunar con la paciencia de quien tiene que pulir todos los detalles antes de un examen.

Dejó el hotel con una luz fría. Caminó hacia la editorial con la carpeta bajo el brazo y un estómago que hacía preguntas. Llegó puntualmente. La puerta estaba entreabierta y un silencio lo recibió como si alguien hubiera borrado todo sonido en espera del acto final. Subió las escaleras con pasos silenciosos, como los de un ladrón inoportuno. Tocó la puerta del despacho de María con la delicadeza de los que tocan reliquias.

—María —llamó, con una voz que pretendía serenidad.

No hubo respuesta. Empujó la puerta con cuidado. El despacho estaba tal cual lo había dejado: papeles ordenados en su desorden, una taza de café medio vacía, un abrigo colgado en la silla. El teléfono sobre la mesa mostró la pantalla con la hora y ningún mensaje nuevo. Miró la libreta con sus notas, buscó su bolígrafo favorito y no estaba. Las fotos pegadas en la pared seguían igual y una ventana abierta de par en par mostraba una calle donde pasaban transeúntes indiferentes. Todo en su sitio, menos ella.

Rafo esperó. Se sentó en la silla que había ocupado la noche anterior. Su paciencia no era paciente, era expectante; su corazón latía con ese ritmo peculiar de quien ha apostado una parte del alma y teme perderla. Esperó diez minutos, veinte. El reloj, puntual, marcó media hora. Llegó a la conclusión de que quizá ella tenía una reunión, una emergencia, una razón legítima para el retraso. Esperó una hora más. Llamó al móvil. Nada. Escrutó el buzón de correo electrónico del despacho por si hubiera una nota visible y encontró solo correspondencia de trabajo sin abrir. Empezó a caminar por la oficina como quien busca una señal, y en cada esquina su imaginación llenaba el vacío con versiones: un accidente en la carretera, un juez que la retuvo, una llamada inevitable. Pero la racionalidad, esa que a veces llega tarde cuando el corazón manda, le dijo: quizá no venga.

Afuera, la ciudad desplegaba su rutina como si nada hubiera pasado. Rafo sintió que el tiempo y la bondad se habían puesto de acuerdo para dejarle un hueco. Llamó a recepción del hotel para confirmar su vuelo a Madrid; quería saber si podían llamar a un taxi. Cerró las manos en torno a la carpeta, como si pudiera apretar dentro de ella la presencia de María. La carpeta, sin embargo, era solo papel.

Se dio media vuelta y salió del despacho. La calle le pareció más ancha, más indiferente. Caminó hasta el hotel, sin prisa ni prisa, conduciendo su decepción como quien guía una maleta sobre ruedas. Recogió la maleta y se montó en el taxi que ya lo estaba esperando. Los minutos perdidos en el aeropuerto fueron una sucesión de escenas neutras: viajeros, anuncios y cafeterías. Cada imagen se quedaba fuera de su cuerpo como si fuera un paisaje que no podía tocar. En el avión, se sentó junto a la ventanilla y miró el paisaje hasta que la tierra se volvió un mapa borroso. Pensó en María, en sus palabras, en la ausencia que ahora pesaba más que el encuentro. Pensó en su manuscrito, en si la entrega habría sido sincera o solo una trampa con ritmo de promesa.

Llegó a Madrid con la sensación de haber vuelto con las manos vacías y el alma cargada de preguntas sin factura. Tomó un taxi hasta su casa y, al vaciar su carpeta, notó que dentro había una nota suelta, una página que no recordaba haber leído. La tomó con la cautela de quien abre una carta que no esperaba. Era un folio manuscrito con una frase, dos, que decían: «Lo leí. Lo siento. No puedo ayudarte más». No había firma. Rafo apretó la hoja contra su pecho y la dejo caer en la mesa. Caminó por la habitación con la sensación de que había sido burlado, no por la sexualidad del trato sino por la promesa de reconocimiento que le fue retirada sin una explicación.

Se sentó en su mesa de trabajo y miró la libreta de siempre. Su hermana había salido y abrirla fue abrir un refugio y también la evidencia de su demora. Escribió una palabra larga y arriesgada: «fin». Luego tachó la palabra y escribió otra: «prueba». Se dio cuenta de que, a veces, los episodios que parecen puertas cerradas son más bien filtros que muestran qué hay que afinar. No sabía si volvería a llamar a María, si la buscaría en otras editoriales, si entablaría otra estrategia para que su obra fuese leída sin pagar con el cuerpo, con algo que, en la confusión de la edad, había confundido con la moneda legítima del reconocimiento.

Al final de la tarde, Lola intentó consolarlo y algo logró, pero había en él un fondo de fracaso que se alimentaba del silencio de los que han perdido algo que no sabían si tenía precio. Rafo sacó la libreta y se puso a escribir no para salvar el manuscrito de la edición sino para poner en palabras la escena de su propia ingenuidad. Sus frases fueron austeras, sin la grandilocuencia que a veces le traicionaba; describió la oficina vacía, el reloj inexorable, la sensación de que, en el gran comercio de las letras, él había sido servidor y no cliente.

La inmadurez que lo acompañaba a sus cincuenta años no era cosa de apariencia sino de decisiones: aceptó un precio que le urgía porque lo necesitaba; creyó que el amor o el deseo podrían ser canjeado por páginas; creyó que la editorial era un templo donde las palabras se multiplicaban por arte de fe. Ahora, solo quedaba una certeza: la redacción de su propia derrota. Pero también una posibilidad: que de esa derrota naciera un capítulo, no de la novela que llevaba en la carpeta, sino de la novela de su vida. Y con esa tenue idea empezó a escribir, porque la escritura, siempre, es modo de recomponer lo que se perdió. Y así, en su mesa de trabajo, mientras la ciudad encendía sus farolas, Rafo escribió para entender por qué había aceptado, para nombrar la humillación y, quizá, para encontrar otra forma de ganar su lugar en el mundo de las letras sin tener que pagar con lo que más le costaba dejar ir: su dignidad.

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TERRAPLANISTA

Otro merluzo en la cazuela de los conspiranoicos. Afirma, al estilo medieval, y desde una insolente necedad, que la tierra es plana. Este pseudocientífico alardea obscenamente de una estúpida teoría que vociferan los gañanes de la oscuridad científica. Los terraplanistas son ese hermoso recordatorio de que la evolución no garantiza la actualización del software mental. Son valientes exploradores del siglo XXI que, armados con memes, videos de YouTube y una sospechosa desconfianza hacia la geometría, se atreven a desafiar siglos de ciencia con el entusiasmo de quien acaba de descubrir que Google Earth no es prueba suficiente. Para ellos, la NASA es una secta, los satélites son hologramas, y los vuelos internacionales una elaborada coreografía de pilotos cómplices para mantenernos engañados. Es fascinante: desconfían de todo menos de su propio Wi-Fi, creen que el mundo es un escenario gigante cubierto por un domo, pero nunca se explican por qué los gatos no se han caído por el borde. Y aun así, se sienten los héroes de la razón, los iluminados que vieron la verdad en un foro con faltas de ortografía y música conspiranoica de fondo. En el fondo, los terraplanistas no son un peligro para la ciencia: son su comedia involuntaria, el recordatorio de que, por más avances tecnológicos que tengamos, siempre habrá alguien dispuesto a mirar el horizonte… y pensar que hasta ahí llega la inteligencia humana. 

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LUZ

Incluso en los inviernos más largos, existe alguna forma pequeña de esperanza. No suele ser ruidosa ni brillante, más bien aparece como una luz que tarda un poco más en irse por la tarde. Caminas por la calle y notas que el cielo mantiene claridad unos minutos extra. Nadie lo celebra, pero algo cambia. Esa sensación me ha acompañado muchas veces, cuando pensaba que ya era tarde, para aprender a hablar o para intentar de nuevo acercarme a alguien. La esperanza adulta no promete milagros solo abre pequeñas grietas en la nieve del hábito y deja pasar un hilo de calor suficiente para recordar que, incluso después de muchos silencios el corazón, sigue dispuesto a ensayar otra palabra otro gesto, quizá más sencillo, menos perfecto, pero sincero como la primera luz que toca el borde de una ventana al final lento del invierno antiguo que todavía respira bajo la nieve.

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AUTORRETRATO

O meu perfil é inmutable, o meu corpo, delgado e sen memoria, o meu trazo, un veo enredado nunha tormenta, e o meu único sentido, unha boneca libre sementando o teu afán no niño da miña acuarela. A miña sombra é leve, o meu camiñar, urente e insondable, a miña pegada, un sen fin de rogos e demandas, e o meu último anhelo, unha vida sentada perpetuando rosas e caraveis aos pés da túa cama.

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VIOLETAS DE LUZ

Esta tarde conversamos noutro decrépito lugar e confesáchesme que te sentías metodicamente soa, opaca ata a impaciencia e camiñante de imperecedoiros soliloquios. Dixéchesme que necesitabas embriagarte de sentimentos vitais e incubar loucuras ocultas, e afirmaches que te obsesionaba a idea de aliñarte co vento para así estrangular este mundo sen rebeldía. Con todo, con plena submisión, outra noite máis segues velando as crepusculares caricias daquel fatídico axioma, e non atopas a maxia dun intervalo que redima a concreción do teu pranto. Flutúas retoricamente nun marasmo de exterminadoras elucubracións, e o teu dócil presente estremécese ante tan paupérrimas perspectivas.

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CAPÍTULO XXXI DE ‘HATROZ’.- VECINOS

En todas las comunidades de vecinos hay ovejas negras. Lo cierto es que en multitud de ocasiones no sabemos quién es el que bautiza por primera vez a determinado morador con ese calificativo. Es como una corriente comunal que amalgama a un buen número de residentes que proyectan una ira llena de prejuicios morales sobre una diana que en muchas ocasiones se percibe realmente de modo difuminado y poco transparente.

Uno de los vecinos más ignorados por mi familia en Madrid, y al cabo de pocos años me enteré que por casi toda la comunidad, era un hosco y ceñudo señor que vivía en el tercero C. Yo solo sabía tres cosas de él: que tenía una sombrerería, que fumaba como un carretero y que tenía muy malas pulgas. De lo primero tenía noticias por los comentarios del vecindario en tomo a los clientes que frecuentaban hipócritamente dicha tienda ―no le dirigían la palabra, pero compraban en su comercio―; en cuanto a lo segundo, porque siempre que coincidía con él en el ascensor ―yo no podía subir solo, pues era menor de 14 años― me hacía el enorme favor de acompañarme en el elevador mientras me atufaba con un humo asfixiante y con un aroma que me causaba auténticas náuseas; y en cuanto a lo tercero, en más de una ocasión nos había amagado a mi hermana y a mí con damos un coscorrón si no lo saludábamos con la debida preponderancia, como decía él. Hasta que un día mi hermana se rebeló y decidió no volverlo a saludar con tanto ringorrango y observancia. Acontecimiento que fue muy aplaudido y palmoteado por el portero de nuestro edificio.

Este hombre llamado Venancio Recasens era nacido en Reus, ciudad hermosísima, según sus palabras, de la provincia de Tarragona. Conoció a su mujer, una gallega de la Costa de la Muerte (de Corme, por más señas), en un viaje organizado por el ayuntamiento cormelán por la extensa geografía catalana. Lo suyo fue un flechazo, según contaba él a quien le quería escuchar, un amor a primera vista. Son los que otorgan categoría a los contrayentes, argumentaba él con sumo aplomo cuando justificaba una boda tan precipitada como fue la suya. Corrieron malas lenguas cuando contaron que se instalaban en Madrid porque era un lugar casi equidistante de sus lugares de nacimiento respectivos. Algo esconde esta parejita, murmuraba una vecina cada vez que se encontraba en la escalera con un vecino dispuesto a oír sus habladurías.

Los primeros meses estuvieron en boca de casi todos los vecinos. Mis padres, por el contrario, callaban. Cosa que a mí me mosqueaba muchísimo. Cada vez que salía su nombre, ya fuera en el desayuno, en la comida o en la cena, mis padres se miraban y guardaban silencio. Eso a mí me hacía sentirme protagonista del mayor caso que un detective debía resolver. Con mis pocos años, yo observaba, analizaba y escrutaba. Bueno, al menos lo intentaba, pues siempre me pillaban los mayores en el lugar inadecuado.

De pronto, cuando se pudo comprobar que no había sido un matrimonio precipitado ni llevado a cabo por el denominado familiarmente el sindicato de las prisas, la relación con la pareja se fue normalizando. Hasta algunos vecinos se paraban con ellos en el portal a hablar de asuntos de poca importancia. Cuando una mañana apareció una de las hojas del portal cerrada ―lo había hecho reverenciosamente el portero, Felipe― alguien explicó a los ignorantes con sumo gusto que eso significaba que había habido un fallecimiento en la casa. Indagaron los más céleres quién había sido el fenecido y estuvieron casi todos los vecinos en el velatorio como si fueran conocidos de la difunta de toda la vida. En estas situaciones hay que olvidar las rencillas vecinales, bisbiseó, cuando entraba en la casa de la extinta, la viuda del principal a doña Carmen, que fue una de las más beligerantes en la guerra contra el escándalo y a favor de una moral pública intachable.

Lo cierto es que yo me fijaba muy poco en don Venancio, como le gustaba que lo llamaran. Mi atención iba más bien dirigida a una vecinita que se llamaba Rosaura y con la que me hacía constantemente el encontradizo después de esperar minutos y minutos en la caseta del portero agachado y enroscado como un ovillo. Señora, este jovencito va a ser un galán cuando adolescente, le vaticinaba con inflexible orgullo Felipe a mi madre cuando salíamos para pasar la tarde en el Jardín Botánico.

El caso es que la mujer del vecino enfermó y murió súbitamente la víspera de Navidad de no recuerdo el año. Todo trastocó la vida que se habían prometido ambos en un gesto de generosidad mutua. Venancio cayó en el mayor de los aletargamientos anímicos jamás conocido. Y pasó a ser un hombre aún más huraño, ensimismado y receloso del trato social.

Tras la muerte de Carmen Carballido, su mujer, Venancio pasó una temporada larga encerrado en su tienda, no quería relacionarse con nadie. Hablaba con sus clientes lo justo, pues lo que sí tenía muy claro era que lo que le daba de comer (¡y bastante bien!) no se podía abandonar. Al poco tiempo, y por recomendación de su hermana Rosa, decidió contratar a una mujer para solucionar los asuntos caseros. Si das imagen de abandono, no te entrará nadie en la tienda, le justificó escuetamente. Otros, maledicentes en grado máximo, decían que esa fue una manera «muy raposeira» de solucionar un problema que se le vino encima cuando su mujer desapareció de este mundo.

Sabela Martínez era natural de Ortoño, aldea de la provincia de Coruña y muy próxima a Bertamiráns. Tanto que pertenecían al mismo ayuntamiento. Muy diligente en sus labores caseras, pero todos decían que era un tanto churrasca y lurpia (mujer de mal vivir, dirían en aquellos tiempos). De hecho, la mandaron a Madrid a ver si se corregía. Poseía una belleza natural, pero rústica. De carnes rellenas y prietas, tenía unos andares que encandilaron desde el primer momento al todavía joven viudo. Su piel tersa y nueva olía a un limpio que despertaba hasta la libido más adormilada.

Lo cierto es que en las aceras colindantes con nuestra casa empezó a corretear al cabo de varios meses un niño que era la viva imagen de Venancio. Este hijo natural dio mucho que hablar al no conocerse en ningún momento quién fue el agraciado varón que pudo acariciar el torso de Sabela y atemperarle la constante picazón que soezmente manifestaba sufrir.

―Hay que afinar muy bien en el cálculo, maliciaron algunos convecinos de la joven madre.

Lo cierto es que todos intuían algo, pero nadie osaba a decirlo públicamente.

―¿Qué se puede esperar de una mujer que tiene todo el día en la boca la frase ¡ay, señorito, cómo me pica!

―¿Se la oíste tú alguna vez?

―No, pero más de una clienta de la tienda de su señor dice y asegura que de la trastienda han salido mil veces estas palabras.

―Habladurías que crecen como la levadura.

―De habladurías, nada de nada, hombre de Dios; que al cabo de los nueve meses el verbo bien que se hizo carne.

Y entre comentarios como éste llenos de retranca irónica transcurrían muchas veladas en los conciliábulos que se organizaban en los diferentes rellanos de la escalera. Cierto es que en ese concurrido lugar pocos acontecimientos ocurrían en el devenir diario y los asiduos de las chanzas debían aprovechar al máximo cualquier nueva circunstancia. Y aquí la pobre Sabela se convirtió en el blanco de los dardos envenenados de los más asiduos del cotilleo matutino ―y vespertino― de mi querida casa. Cuando la joven pasaba por delante y daba los buenos días se hacía un mayestático silencio, que era encubridor de los más ácidos comentarios. Del interior de una casa salían con bastantes notas desafinadas algunas estrofas de una popular canción gallega: A saia de Carolina / ten un lagarto pintado, / cando Carolina baila / o lagarto move o rabo. / Co teu amor Carolina / non volvas a bailar, / que che levanta a saia / e é moi mala de baixar. / (La falda de Carolina/ tiene un lagarto pintado, / cuando Carolina baila / el lagarto mueve el rabo/. Con tu amor Carolina/ no vuelvas a bailar, / que te levanta la falda / y es muy mala de bajar).

Marcial, o filio ventureiro (hijo nacido fuera del matrimonio), ajeno a  los  comentarios de la vecindad, correteaba por las aceras golpeando, para abrirse paso, con tal contundencia a los viandantes que le iban saliendo al paso que su nombre evidenciaba una clara alusión a su fuerte estructura ósea.

―Cuspidiño (parecidísimo) a Venancio, decía don Froilán, el párroco de la iglesia de las Angustias, un hombre que tenía por costumbre ancestral desayunar pantagruélicamente en un bar que había lindando con su parroquia; y donde, de forma discreta, lo llamaban Carpanta, por su voracidad en la ingesta alimenticia. 

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FUXIR

Querías saber de min! Pechei a porta. Abríchela e sentaches axiña ao meu carón. Fuxín de ti como quen foxe da tormenta na infancia.

Aínda sigo fuxindo. Adiviño que me persegues. A miña fiestra é un segredo a voces, pero prefires agardar no peitoril dun soño desmesurado. Queres falarme. Deixei de ler. Préstoche atención. As túas palabras soan ocas e baleiras. Nada din, pero prométesme a vida. Créote.

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CAPÍTULO XXX DE ‘HATROZ’.- CHAPARRÓN

Rafo se levantó al alba, cuando la casa aún estaba envuelta en ese silencio espeso que sólo existe antes de que empiece el día. La luz gris del amanecer entraba con timidez por la ventana, lo justo para iluminar las páginas gastadas de Los miserables, de Víctor Hugo, que sostenía entre las manos con una especie de reverencia doméstica. Desde hacía tiempo tenía idealizado a Jean Valjean: su fuerza moral, su lucha por redimirse, esa dignidad obstinada que parecía más grande que la propia vida. Leía con los ojos todavía pesados de sueño. A veces parpadeaba largo, como si estuviera a punto de quedarse dormido otra vez, pero siempre regresaba a la línea donde había perdido el hilo. En ese momento temprano, mientras el mundo afuera apenas comenzaba a moverse, tenía la sensación de compartir algo íntimo con aquel personaje que admiraba tanto: la idea de que incluso las mañanas más humildes podían contener una forma silenciosa de esperanza.

—¡Rafo! —gritó su hermana desde la cocina—. ¡El desayuno!

Dejó el libro con cuidado y fue a la mesa. Se sentaron frente a frente con sendos cafés con leche.

—Esta mañana me tomé la tensión nada más levantarme —dijo Lola—. 13.2 y 8. No está mal.

—Yo ya ni sé cuándo medírmela —respondió Rafo—. Antes desayunaba y me iba a trabajar. Ahora parece que el desayuno es una consulta médica: la tensión, la glucosa, el colesterol…

—La glucosa hoy me dio hoy 106 —continuó ella—. El médico insiste mucho en eso de «vigilar», como si uno viviera permanentemente de guardia con su propio cuerpo.

—El jueves tengo analítica —dijo Rafo—. Y ya estoy pensando en el colesterol. Yo no creo que comamos tan mal, pero ahora cualquier cosa parece peligrosa. Uno mira la tostada como si fuera un dron cargado de bombas.

—Bueno, algo habrá que vigilar —concedió Lola—. En la última analítica yo bajé de 220 a 201. Hemos cambiado la mantequilla por esta margarina que no sabe a nada y la mermelada «con» por la mermelada «sin», que tampoco sabe a gran cosa.

Rafo sonrió e hizo un gesto con queriendo decir que en el pasado no había tanta «vigilancia médica».

—Antes el desayuno era simplemente desayuno. Y se disfrutaba. Ahora todo es una recolección de «alimentos paja».

Lola dio un sorbo al café y decidió poner orden al caos mental de su hermano.

—Bueno, vamos a organizarnos. Yo voy a hacer el pedido por internet. Tú, ponte las zapatillas y sal a dar tu paseo obligatorio, el del médico, el de «caminar con intención», no el de pasear viendo escaparates.

Rafo obedeció y farfulló un «si en este barrio ya no hay escaparates, sólo hay pisos turísticos y locales cerrados». Se duchó y luego se vistió con lo que, en su armario, pasaba por ropa deportiva: camiseta, vaqueros, una camisa sport y unas deportivas que fingían, con más voluntad que éxito, pertenecer al mundo del atletismo urbano.

Pensaba caminar a buen ritmo dos horas, aunque, como todos los días, se quedaba en abrir la aplicación del tiempo, ver que «parece que igual llueve», y decidir que mejor mañana, que hoy el sofá le necesitaba más que él a mí. De todos modos, animado por su hermana, a eso de las once de la mañana decidió pisar el asfalto.

Al salir a la calle notó que la luz había cambiado. El azul del cielo se había diluido y un gris espeso avanzaba desde el horizonte. Las nubes se amontonaban unas sobre otras como montañas de humo.

Aun así, y en contra de la opinión de su hermana, salió sin paraguas. Lola era incapaz de convencerlo en este tema. Era un santiagués de secano, pero se creía que podía callejear por Madrid como por los vetustos soportales de Compostela.

—En Santiago sólo hay dos estaciones —dijo con fanfarronería cuando su hermana volvió a insistir—: la de invierno y la del ferrocarril.

Aquella máxima, que él consideraba casi científica, bastó para reafirmarlo.

En el portal se encontró con tres vecinas que celebraron su repentina afición de caminante y le pidieron que, ya de paso, convenciera a sus respectivos maridos para que abandonaran el sillón.

—Me lo ha dicho mi médica —explicó Rafo con resignación.

La vecina más joven sonrió con ese encanto otoñal que todavía la hacía muy atractiva. Rafo se despidió de las tres y emprendió su aventura pedestre.

Tomó primero la calle Conde de Peñalver, después Goya, luego Génova, y recuperó algo de fuelle al comenzar Fuencarral. Allí tuvo que enfrentarse a uno de sus puntos débiles: los escaparates. Los contemplaba con deleite mientras bajaba la calle tarareando una vieja canción de Radio Futura: Zapatos nuevos, son de ocasión…

Avanzaba con la tentación permanente de detenerse en una zapatería ―su vicio― o en una camisería. Pero resistió. Cuando terminó de recorrer la calle hizo discretamente la uve de la victoria con los dedos. No había comprado nada. Para él, aquello ya era una pequeña victoria moral digna de Jean Valjean.

Entonces el cielo cambió de humor. El viento se detuvo. El aire quedó inmóvil y pesado. La luz adquirió un tono amarillento extraño. Un relámpago dibujó durante un instante el contorno gigantesco de las nubes. Luego llegó ese silencio previo al agua, ese momento en que todo parece contener la respiración. Y de pronto el aguacero en forma de un tambor de nubes descargando su furia líquida.

La lluvia cayó con una obstinación casi personal, como si el cielo hubiera decidido ensañarse con él. Parecía que alguien arriba estaba lavando Madrid en modo intensivo. En pocos segundos Rafo estaba empapado de arriba abajo: camisa, pantalón, zapatillas y todas las zonas intermedias y pudendas del territorio textil.

Buscó desesperadamente un portal y vio uno abierto. Corrió hacia él con la determinación de un atleta fondón. Era un hotel. El contraste entre el lujo del vestíbulo y su aspecto resultaba devastador: la ropa pegada al cuerpo como recién salido de una lavadora industrial, el pelo chorreando y formando una pasta repugnante según se iba mezclando el agua con el elegante gel fijador y la expresión de la cara entre heroica y derrotada.

Un empleado perfectamente trajeado le pidió que se identificara para evitar sorpresas.

Rafo permanecía en el umbral intentando sacudirse algo de agua, aunque sin darse cuenta de que estaba fregando el suelo del hotel con sus propios zapatos. Entonces una mujer se abalanzó sobre él.

—¿Rafo? ¿No me conoces? ¡Soy Maite! ¡Del Calderilla!

Rafo se quedó paralizado. No reaccionó y se quedó mirándola como una estatua del Icehotel de Suecia.

—¡Qué bien…estás! —dijo finalmente, cuidando de no pronunciar aquella frase terrible: «¡Qué bien te conservas!».

Maite seguía siendo muy guapa.

—¡Estás seca! —observó Rafo—. Yo estoy empapado como un pollo de una granja gallega en invierno y tú pareces recién salida de un salón de belleza. El nerviosismo le disparó la lengua.

—Mírame: sin afeitar, fatalmente vestido y empapado. Soy un desastre de los pies a la cabeza.

Le dio un beso en la mejilla y parte del maquillaje de Maite quedó transferido a su cara, que le produjo aún más vergüenza.

—Estás hecho un cuadro —dijo ella riéndose.

Decidieron ir a comer a un restaurante que estaba justo enfrente, diseñado como un vagón de tren. A la izquierda se extendía una barra llena de gente joven. Por cierto, Rafo se olvidó de llamar a su hermana.

—Son ofensivamente jóvenes —comentó Maite—. La juventud no debería existir cuando ya no disfrutas de ella.

Se sentaron en el único compartimento libre, pero Rafo apenas prestaba atención al entorno. Su problema era otro: los goterones seguían cayendo por su cuerpo como una pequeña red hidrográfica personal.

Uno especialmente decidido descendió por el cogote y terminó infiltrándose en el bóxer. Aquello era intolerable. Rafo tomó una decisión estratégica: ir al baño.

Se levantó con la mayor dignidad posible y avanzó dejando tras de sí una constelación de gotas que lo delataba como un caracol humano. Justo al pasar junto a la barra, una gota rebelde se liberó de la pernera del pantalón en el momento más inoportuno. El pie resbaló medio centímetro. Rafo ejecutó una pirueta involuntaria, mezcla de paso de baile y maniobra de equilibrista. Durante un segundo quedó suspendido con los brazos abiertos como si saludara a un público invisible.

Dos jóvenes levantaron sus copas en un brindis silencioso. Rojo como un semáforo, Rafo continuó hacia el baño. Diez minutos después volvió exactamente igual de mojado. El secador no funcionaba y tampoco había papel higiénico. Maite se seguía riendo sin piedad.

Hablaron de trabajos, de compañeros antiguos y de sus vidas actuales. Rafo estaba cabreadísimo porque había soñado con este reencuentro mil veces y lo había idealizado como en un atardecer otoñal perfecto y no convertido en una farola parpadeando bajo la lluvia. Intercambiaron números de teléfono. Rafo lo hizo prometiéndose a sí mismo una norma férrea: «él no escribiría primero».

—Me tengo que ir —dijo Maite de repente. La cara de desilusión de Rafo era un cromo, pero no tuvo más remedio que aceptarlo.

Recordaron entonces cómo, en sexto de Bachillerato, ella desapareció del instituto sin despedirse. Después vino aquella timidez adolescente que ninguno de los dos supo romper.

En ese momento una gota especialmente cruel cayó dentro del café que estaban compartiendo y Rafo, que tenía prohibido el café porque lo ponía nervioso, se lo bebió de un trago.

Intentó levantarse para pagar y calculó mal. El exceso de humedad convirtió el asiento en una pista de patinaje. Rafo perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con un golpe seco que resonó en todo el local.

Un segundo de silencio. Luego estallaron las carcajadas como un aguacero repentino en pleno verano, de esos que empapan hasta los pensamientos y no piden permiso.

Intentó levantarse apoyando la mano en el suelo y notó inmediatamente que la palma se hundía en una sustancia grisácea cuya naturaleza era mejor no investigar demasiado.

Las risas aumentaron al mismo ritmo que el chaparrón que le había pillado en plena calle.

En ese momento chocó con la bandeja de un camarero. Los cafés describieron un breve vuelo parabólico y terminaron —de una forma que desafía cualquier explicación física— directamente sobre su cabeza. Las carcajadas se volvieron ensordecedoras cuando los asistentes comprobaron que estaba simulando sin querer a la figura del rey Baltasar el día de Reyes.

Pagó como pudo. Maite lo acompañó al baño y vació su bolso de pañuelos para secarle la cara y el pelo. El resto era imposible.

Mientras caminaban del baño a la puerta del establecimiento, muy despacio porque a Rafo le dolía mucho la rabadilla, los consumidores que estaban apoyados en la barra, en voz alta, salmodiaron sin gracia ninguna:

―No corras tanto, que Urgencias está abierto las veinticuatro horas.

―¡¡¡Santillana en el Bernabeu!!!

―¡¡¡Hugo Sánchez goleando al Atlético!!!

―¡¡¡Viva el Carnaval!!!

―¡¡¡Gento corriendo la banda!!!

―¡¡¡Pichichi, amigo, pichichi!!!

Se despidieron con un beso húmedo y nunca soñado por Rafo, que se dirigió lo más rápido que pudo a urgencias. La radiografía confirmó que no había fractura, sólo una buena magulladura en el coxis. Después de un exhaustivo reconocimiento, no faltó lo esperado.

—Tengo curiosidad —dijo la médica—. ¿Qué le ha pasado exactamente?

Rafo relató toda la aventura con pelos y señales. A medida que avanzaba la historia, la sonrisa de la médica crecía. Salió de la consulta con alivio. Cerró la puerta. Y desde dentro se escuchó una carcajada tan sonora que todos los pacientes de la sala de espera la oyeron.

Regresó a casa en metro, quería pasar inadvertido. Cuando abrió la puerta, su hermana, cabreada porque no le había avisado de que no comía en casa, lo miró durante varios segundos en silencio.

—¿Te has peleado con una tormenta o te ha atropellado un camión de estiércol?

—Ha sido un día muy complicado —dijo Rafo con dignidad fatigada.

—Complicado… Pareces un espantapájaros después de una noche de fiesta.

Rafo avanzó hacia el baño.

—No te acerques mucho —añadió ella retrocediendo—. No sé qué traes encima, pero estoy bastante segura de que no es perfume.

—Necesito una ducha.

—Necesitas una ducha, una lavadora industrial y posiblemente un exorcista. Diez minutos después, bajo el agua caliente, Rafo regresó al mundo de los seres humanos razonablemente secos. 

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DOMINGOS

Amábanse en domingos lentos, en cafés compartidos, en miradas que dicían máis ca mil palabras. Non precisaban grandes xestos, só a rutina de estar xuntos sen présa. Como dúas páxinas que se len sen saltar liñas, sen buscar o final. E aínda que o libro se pechou, ambos lembraron o aroma daquelas tardes.

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EL CUARTO VIRGEN

Escribo estas palabras como quien deja una luz encendida en un cuarto donde nadie ha entrado todavía, pero que yo sé que tú algún día llegarás. No sé si reconocerás la voz que te habla, ni sé si te resultará familiar este tono con mezcla de recuerdo y deseo, pero algo en mí insiste en que mis cartas no necesitan remitente para encontrar su destino. Hay nombres que abren puertas, y el tuyo siempre me ha sonado a llave antigua que entra en cerraduras que no recordaba tener. Hay días en los que pienso que el mundo se mueve demasiado rápido, y que sólo la escritura conserva la capacidad de detener el tiempo. Por eso te escribo: porque tú, sin saberlo, te has convertido en una especie de refugio, un lugar donde reposar el pensamiento cuando el ruido de fuera daña más de lo que debería. Quizá porque tu nombre lleva dentro esa resonancia antigua, esa raíz nórdica que habla de cosas sagradas, de fuerza silenciosa, de algo que permanece cuando todo lo demás pasa. Y hoy quiero dedicarte también un poema, no para que lo interpretes, no, sino para que lo lleves contigo, como quien lleva una piedra caliente en el bolsillo durante todo el invierno. 

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SÍNDROME DEL AULA

Mi psicólogo online dice que sufro el «Síndrome del aula», aunque afirma que el nombre correcto es «Trastorno de Idealización Docente Retroactiva» (TIDR) y que es partidario de que aplique sin mediar un minuto el «Protocolo de Rehabilitación Reputacional del Profesor Jubilado» (PRRPJ). Me lo explica a través de una webcam colocada con tal precisión estratégica que detrás se ve una pared llena de títulos, diplomas y reconocimientos, todos alineados con suma perfección y todos muy solemnes. Sospecho que todos «muy online y muy competenciales». Me habla con una nitidez digital impecable y con un silencio de fondo tan absoluto que, en mi vida anterior, solo podía significar dos cosas: o el colegio había sido evacuado… o los de segundo de Bachillerato estaban tramando algo grave.

Tras 37 años «en el frente académico», me jubilé en junio del 25. Colgué la tiza, apagué el proyector y entregué las llaves del aula con la misma emoción con la que un cirujano entrega su material, después de un sinfín de operaciones, a su sustituto.

Y ahora, según este experto, tengo «mono». Según él, «Carencia Crónica de Interacción en el aula» (CCIA) o «Dependencia Pedagógica Residual» (DPR). Una patología curiosísima. Resulta que, en la tranquilidad casi monacal de mi casa, echo de menos los proyectos curriculares y la burocracia académica. Sí, sí, ya sé que suena raro. Pero extraño —con una intensidad casi literaria— rellenar «actas de evaluación» en plataformas digitales diseñadas, sin duda, por alguien que guarda un resentimiento muy profundo hacia los profesores y, posiblemente, hacia la humanidad en general. También echo de menos esos «planes de mejora de la convivencia» y los «informes de las entrevistas con padres» que ocupan cincuenta páginas para llegar a una conclusión pedagógica de gran calado: el alumno seguirá comportándose exactamente igual que antes, pero ahora el centro tiene un documento muy serio que lo certifica. ¿Y la novedad de las competencias? Lo siento, salgo huyendo.

¿Y las reuniones de tutores y de departamento? ¡¡¡Qué tiempos aquellos!!! Horas enteras discutiendo con gravedad académica si el examen de recuperación debía hacerse el martes a cuarta hora o el miércoles a quinta y si estaban reflejados en el examen todos los contenidos mínimos. Yo asentía con gesto profesional mientras por dentro realizaba cálculos más existenciales: cuántos trienios me faltaban para escapar dignamente de allí.

Pero el tiempo tiene muy mala fe y ha empezado a deformar mis recuerdos.

Lo que antes llamábamos «mala educación» ahora me parece «exuberancia vital del adolescente». Ya no recuerdo el agotamiento de pedir —por decimocuarta vez antes del recreo— que guarden el móvil, que se sienten, que bajen la voz o que dejen de discutir sobre quién le robó el bocadillo a quién.

Ahora recuerdo otras cosas. Por ejemplo, aquella ocasión en la que expliqué durante veinte minutos una idea bastante profunda del estilo de un escritor clásico y, cuando terminé, un alumno levantó la mano con entusiasmo.

—Profe, ¿esto entra en el examen?

Aquel día comprendí que la literatura clásica tiene límites muy claros.

O aquella vez en la que pedí silencio absoluto durante un minuto para que reflexionaran sobre un poema de Quevedo. Fue uno de los silencios más intensos de mi carrera… hasta que alguien preguntó en voz alta:

—¿Pero silencio normal o silencio de verdad?

Son momentos que, curiosamente, el cerebro archiva con una ternura sospechosa.

El silencio de mi casa, en cambio, es inquietante. A veces pienso seriamente en contratar a tres o cuatro adolescentes por horas para que recorran el pasillo gritando, discutan sobre cosas incomprensibles y dejen un rastro de migas de palmera de chocolate por el suelo. Solo para sentir que sigo en mi «hábitat natural».

El psicólogo insiste en que debo «soltar el lastre». O «Desacople del Entorno Educativo Reglado» (DEER). Pero me pregunto yo: ¿cómo «se suelta» un oficio que durante décadas me obligó a ser profesor, juez, mediador, psicólogo improvisado, árbitro de conflictos diplomáticos y experto en descifrar exámenes escritos a las ocho de la mañana con una caligrafía que recuerda sospechosamente a un electrocardiograma durante un terremoto?

Empiezo a sospechar que mi síndrome no es nostalgia. Puede que sea una variante pedagógica del «Síndrome de Estocolmo» o «Fenómeno de Alienamiento Afectivo con la Fuente de Coerción» (FAAFC). He pasado tanto tiempo «secuestrado» por el sistema educativo que ahora que me «han soltado»… me siento ligeramente desorientado. Sobre todo, porque nadie me pide informes, nadie me convoca a reuniones y, lo que es peor, nadie necesita que firme nada.

Dicen que la jubilación es el descanso del guerrero. Yo me siento más bien como un «viejo rockero» que ha dejado los escenarios. Es cierto que el público a veces protestaba, a veces abucheaba y a veces se dormía en primera fila. Pero también es verdad que, de vez en cuando, alguien escuchaba. Y eso, sospechosamente, se echa de menos.

La libertad es maravillosa, no me malinterpreten. Pero es que el silencio de mi casa… es demasiado educado. Y eso, para alguien que ha vivido rodeado de adolescentes durante casi cuatro décadas, resulta francamente inquietante. 

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¿Espejismo o realidad? Nadie me dijo que estabas allí. De repente, unas piernas envueltas en medias vengativas inquietaron y cubrieron de heridas la tranquilidad de mi espera. Eras tú, claro. ¿Regalo del demonio o caricia de un ángel? Estuve dos minutos observándote y me parecieron dos siglos de caminos largos y crecientes mareas. ¿Espejismo o realidad? Por un momento soñé que volvías a mí con las manos bien abiertas.

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ESTREÑIMIENTO

Estado de absoluta sorpresa del ser humano ante los retortijones ocasionados por una ilegal huelga de heces fecales que puede alcanzar un tiempo indefinido si no actúa un interviniente con una placentera manipulación del esfínter anal para que se libere el extremo terminal del tubo digestivo. El estreñimiento es esa experiencia mística que te hace creer en el karma, porque claramente estás pagando por todos tus pecados, uno por cada día que el cuerpo decide rebelarse. Es una vergüenza tan universal como silenciosa: nadie lo admite, pero todos caminan por la vida con la misma mirada de sufrimiento zen, fingiendo serenidad mientras por dentro libran una guerra civil intestinal. De pronto, la fibra se convierte en religión, el baño en santuario y el papel higiénico en símbolo de esperanza. Y ahí estás tú, negociando con tu propio organismo como si fuera un político corrupto: prometes comer verduras, beber agua y dejar el queso, aunque los dos sabemos que en cuanto logres ‘el milagro’, volverás a abusar del pan blanco con la fe ciega de quien no aprende. Porque si algo enseña el estreñimiento es que el cuerpo tiene memoria, el orgullo no, y la vergüenza… se sienta contigo, literalmente. 

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NÓS

Discutimos sobre a vacuidade do ser humano, dicímonos ata logo cando o outro dicía agora, pertencemos a un outono de praceres xa caducos, somos mortais, como todos, e agardamos a eternidade en cada pegada que acariciamos, mais seguimos acendendo luces contra a noite, coleccionando instantes que o tempo esquece pronunciar, erguendo refuxios de palabras sobre a area dos días, aprendendo que tamén a perda ten a súa música, e que ás veces abonda unha man tendida para que o abismo se converta en camiño. Porque, ao final, non fomos máis ca unha breve chuvia, unha respiración compartida entre dous silencios, mais mentres durou o milagre, soubemos chamarlle vida. 

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FASCINAR

La mirada cansada de tanta lectura, el cerebro exprimido de tanto sorprender al lector y el pulso maltrecho por tanta frase borrada. Aun así, nuestro escritor no ceja en su titánica porfía por deslumbrar al lector con una nueva y fascinante metáfora que le dibuje con palabras la soledad que en estos momentos siente.

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LA SOLEDAD

La soledad llegó sin hacer ruido, como el polvo sobre los muebles. Un día me senté a hablar y descubrí que solo respondía el eco, que siempre tiene mi voz, pero nunca mis respuestas. Entonces entendí que la soledad no consiste en quedarse sin compañía, sino en acostumbrarse a no esperar ninguna. Desde entonces abro las ventanas cada mañana, no para que entre alguien, sino para recordar que incluso el aire sabe irse sin despedirse.

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PEDORRO/A

Ventilar un pedo es, aunque pocos lo admitan, un arte ancestral de equilibrio entre la necesidad biológica y la dignidad social. Hay quienes lo tratan como una operación de inteligencia: calculan ángulos, presiones y corrientes de aire, ejecutando el ‘sigiloso estratégico’ con la precisión de un francotirador. Otros prefieren el ‘modo ventilador’, confiando en un giro de cadera que disperse la evidencia antes de que la conciencia —o el olfato ajeno— la detecte. En la oficina abunda el ‘pedito diplomático’, liberado entre el chirrido de la silla y un tosido casual, mientras los más creativos optan por el ‘culposo’, que siempre encuentra en el perro un perfecto chivo expiatorio.

Pero no faltan los valientes: los que hacen del gas una declaración de principios, el ‘artístico’ que se libera con orgullo y melodía, dejando su huella olfativa como si fuera firma de autor. Y cuando la situación se pone crítica, entra en escena el ‘camuflaje táctico’: una combinación de paso disuasorio, mirada inocente y cambio repentino de conversación. Porque ventilar un pedo sin ser descubierto exige cálculo, descaro y fe en el azar.

Al final, nadie escapa a esta democracia del aire: todos lo hacen, nadie lo confiesa, y solo unos pocos logran convertir el momento en una pequeña victoria contra la represión intestinal y la hipocresía social. Porque, en el fondo, cada pedo ventilado es un recordatorio humilde pero poderoso de que, por muy civilizados que pretendamos ser… seguimos siendo criaturas de gases y esperanza. 

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O INCENDIO

Mirábanse coma se o mundo fose acabar: con urxencia, con lume, coa certeza de que cada segundo contaba. Eran dúas chamas bailando no medio do incendio, sen pensar no fume nin nas cinzas. Cando todo rematou, non souberon apagar o lume. Seguiron ardendo, pero xa non xuntos. Cada un converteuse na súa propia fogueira de recordos.

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TI

Espellismo ou realidade? Ninguén me dixo que estabas alí. De súpeto unhas pernas envoltas en medias vingativas inquietaron e cubriron de feridas a tranquilidade da miña espera. Eras ti, claro. Agasallo do demo ou caricia dun anxo? Estiven dous minutiños observándote e parecéronme dous séculos de camiños longos e mareas crecentes. Espellismo ou realidade? Por un intre soñei que volvías a min coas mans ben abertas.

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«TU TRISTEZA» DE ENRIQUE URQUIJO Y LOS PROBLEMAS

«Tu tristeza» es una de las canciones más singulares y poéticas de Enrique Urquijo con su proyecto paralelo Los Problemas. Aparece en el álbum Desde que no nos vemos (1998), una etapa en la que Enrique Urquijo desarrolló un repertorio más íntimo, acústico y emocional que el de Los Secretos.

¿De qué trata realmente «Tu tristeza»? La canción utiliza una idea muy original: la tristeza aparece personificada como si fuera una compañera de viaje, una amante o una presencia constante que, de repente, abandona al protagonista. Otros ven en la canción la sencilla ruptura de una relación amorosa.

Lo habitual en las canciones es que alguien quiera librarse de la tristeza. Aquí sucede algo más complejo: el narrador parece tan acostumbrado a convivir con ella que cuando desaparece siente una especie de vacío.

Por eso la canción tiene una lectura paradójica: Habla del dolor. Habla de la pérdida. Pero también habla de perder aquello que nos acompañaba incluso cuando nos hacía daño.

Es una reflexión muy propia de Enrique Urquijo, cuya obra está llena de personajes que viven entre la nostalgia, la melancolía y el recuerdo. Muchos críticos y seguidores han señalado precisamente esa capacidad suya para convertir emociones difíciles en relatos sencillos y profundamente humanos.

Análisis de los símbolos principales

El arcoíris. Al comienzo aparece la imagen de un arcoíris y de un amor lleno de color. Simboliza: La inocencia. La idealización del amor. La felicidad inicial. Es la visión romántica de alguien que cree que todo brillará para siempre.

El cielo que se nubla. Después llega la tormenta. La nube representa: El fin de la ilusión. El desencanto. La quiebra de un amor. El momento en que la realidad rompe las expectativas. Es un recurso clásico en la poesía, pero Urquijo lo usa con una enorme sencillez.

El avioncito de papel. Probablemente es la imagen más hermosa de toda la canción. Puede interpretarse como: Los sueños infantiles. Los proyectos que no llegan lejos. La fragilidad de los deseos humanos. Un avión de papel vuela un momento y luego cae. Exactamente igual que muchas historias de amor.

La tristeza como personaje. Este es el núcleo de la canción. La tristeza no es un sentimiento abstracto. Tiene comportamiento humano: Aparece. Acompaña. Se queda. Finalmente, se marcha. O es la razón de la ruptura amorosa.

La canción plantea una pregunta muy profunda:

¿Quién eres cuando desaparece aquello con lo que llevabas tanto tiempo conviviendo? ¿Quién eres cuando te deja tu amor por tu tristeza?

Componentes musicales. Los Problemas tenían un sonido muy distinto al de Los Secretos. En «Tu tristeza» destacan: Guitarras acústicas. Piano. Arreglos sobrios. Ritmo pausado. Una interpretación vocal muy contenida. No hay grandes explosiones emocionales. Todo está al servicio de la letra.

La voz de Enrique. La interpretación es fundamental. Urquijo no canta desde la técnica virtuosa. Canta desde la vulnerabilidad. Su voz transmite: Cansancio. Ternura. Resignación. Cercanía. Por eso muchas de sus canciones parecen conversaciones más que actuaciones.

¿Es una canción triste? Sí, pero no solamente. Tiene varias etapas: El final de una relación. Aprender a vivir con el dolor, la identidad construida alrededor de las pérdidas y la personificación de la tristeza. Por todo ello, cada oyente encuentra algo distinto.

Relación con la vida de Enrique Urquijo. Es difícil separar esta canción de la personalidad artística de Enrique. Aunque quienes le conocieron insistían, e insisten, en que no era una persona permanentemente triste, sí era alguien de enorme sensibilidad, y muchas de sus composiciones nacían de experiencias emocionales muy intensas. Su obra está llena de nostalgia, ausencias, recuerdos y búsquedas imposibles.

«Tu tristeza» encaja perfectamente en esa visión del mundo: La tristeza no es un enemigo. Es una compañera, aunque sea la causa de la ruptura. A veces incluso una parte de uno mismo.

Lo que hace grande a esta canción no son sus acordes ni su producción. Es la idea central. En lugar de decir: «Estoy triste porque alguien se fue», dice algo mucho más original: «Estoy desconcertado porque se fue mi propia tristeza». «Estoy desconcertado porque se fue mi amor».

Esa inversión convierte una canción aparentemente sencilla en una reflexión muy profunda sobre la identidad, la melancolía y la costumbre de vivir con ciertas heridas.

Y ahí está una de las grandes virtudes de Enrique Urquijo: escribir letras que parecen simples al escucharlas por primera vez, pero que siguen creciendo en significado muchos años después.

Te adjunto el enlace para que la escuches.

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SEN DISIMULOS

Non vou disimulalo máis. Pénsote dun xeito que non é neutro nin educado. Pénsote co corpo esperto e coa cabeza demasiado clara como para finxir que é casualidade. Hai algo en ti que me activa, que me centra, que me leva a un lugar onde conterse xa é unha decisión consciente. Atráesme cunha forza que non precisa fantasías excesivas. Abóndame imaxinarte preto. A túa presenza xa é suficiente. A túa maneira de estar, de moverte, de mirar sen saber exactamente o que provocas. Ou quizais si o sabes, e iso faino aínda máis intenso. Deséxote. E dígoo así porque suavizalo sería mentir. Deséxote na proximidade que incomoda un pouco. No espazo curto onde o aire se volve máis denso. Nese segundo previo no que ambos sabemos que algo está a pasar, aínda que ninguén o nomee. Hai momentos nos que te observo —sen que o saibas— e descubro que mido distancias. Penso no doado que sería achegarme un pouco máis. No diferente que sería o ambiente se as nosas miradas se sostivesen sen fuxir. Non imaxino escenas irreais: imaxino o real levado só un paso máis alá. Almorzar contigo non é unha idea inocente. É a escusa perfecta para sentarnos fronte a fronte e deixar que a tensión faga o seu traballo. Para comprobar como cambia o teu xesto cando a conversa se volve máis persoal. Para notar como o desexo se infiltra nos silencios, na postura do corpo, na maneira en que xa non nos miramos igual. Non escribo desde a fantasía descontrolada, senón desde un desexo lúcido. Sei o que quero sentir. Sei o que espertas. E sei que hai unha uña moi fina entre o correcto e o inevitable.., e que contigo esa filia vólvese especialmente tentadora. Non agardo resposta. Non a preciso. Isto non é unha invitación directa nin unha esixencia. É unha constatación. Un xeito de deixar claro que hai miradas que pesan, presenzas que quentan, persoas que espertan cousas difíciles de ignorar. Se ao rematar esta carta te sentes observada doutra maneira —máis consciente do teu corpo, da túa respiración, da túa pel—entón entenderás perfectamente desde onde foi escrita. Alguén que non xoga á insinuación, pero que sabe agardar.

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A PEL QUE TAMÉN SOMOS

Todo o que vivimos deixa marca. Non sempre na memoria consciente, non sempre en palabras, pero si nesa superficie sensible que nos separa, e ao tempo, nos achega ao mundo: a pel. Gustaríame levarte comigo por esa zona de contacto onde o que sentimos se converte en reflexión, e onde o cotián, mirado con calma, se transforma en pensamento compartido. Aquí non hai dogmas nin consignas; só preguntas que abren espazo. E, sobre todo, unha vontade sincera de pensar a vida desde o próximo: os xestos pequenos, as contradicións de cada día, aquilo que parece mínimo, pero sostén a nosa maneira de estar no mundo. A miña escrita avanza sobre a túa pel con naturalidade, sen ruído, mais cunha atención fonda ao que as palabras poden tocar. Apóiome na miña experiencia para ir máis alá de min mesmo, convidándote a recoñecerte, a disentir, a seguir pensando pola túa conta cando queiras. A pel, coma metáfora, convértese nun arquivo vivo: todo o que pasou que inscrito nela, mesmo aquilo que cremos ter deixado atrás. Este texto non busca ofrecer certezas, senón acompañar procesos. É un texto para ler aos poucos, que se achega a ti desde a proximidade e o respecto, consciente de que pensar xuntos é unha das formas máis honestas ―e máis humanas― de seguir vivos.

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ANOCHECER EN LA PEREGRINA

La fresca claridad del atardecer se esparce con una alegría nueva por esta vista singular y única. Silencio, sangrado del corazón. Veo la hierba suave, la limpia línea del rojo horizonte y también el pequeño agujero herido de aquella ausencia. Una penumbra llena de flores escogidas, y una calma que antaño fueron mías bendije todos los rincones de este cariñoso lugar. ¡Que no se eche a perder este paisaje!, huele a tierra bien humedecida y a resina de castaño, a hojas del tomillo y a labios de cerezos. Silencio, el corazón vuelve a sangrar. Silencio, ya es noche cerrada, ya anocheció, gocemos este increíble sueño, silencio, calma y descanso plenos en esta generosa playa sin mar.

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CARBALLEIRA

Pienso en voz alta mientras avanzo por un camino de esta carballeira que echaba de menos. A veces lo que surge es prosa que busca un ritmo más que una conclusión; otras, preguntas que permanecen abiertas como claros en el bosque. No quiero enseñar nada, ni convencer a nadie. Quiero compartir este proceso mínimo: el gesto humilde de nombrar para que no desaparezca, de escribir para que lo vivido no se diluya sin dejar rastro. Y cuando llego al final del sendero —o quizá a su comienzo— siento que algo ha sido dicho, aunque no sepa exactamente qué. Me acompaña el olor de la tierra mojada, el crujir de las hojas bajo los pies, esa calma que no resuelve nada y, sin embargo, lo sostiene todo. Sé que mañana el tiempo volverá a apremiarme, que el ruido regresará con su insistencia habitual, pero también sé que esta carballeira permanece aquí, aguardándome. 

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MORRIÑA

Unha fría e chuviosa acedume feriu a miña memoria. Lonxana e soa, a muda xanela observa a cegadora aparición da melancolía. Xa non sinto o pracer do teu afable clima mergullado nas miñas mans, nin latexa en min a música apracible que mansamente desata, con ás de ceo e mar, o piñeiral da miña alegría.

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INSOMNIO

Otra noche más. Y van… No seas, plañidero, José María. El insomnio es el alimento de los noctámbulos, es el germen de las mejores creaciones poéticas. Ahí tienes a… ¿A quién? No das pie con bola hoy. Se te nota la falta de sueño. Aún más la falta de sexo, pero no en su significado pueril y físico. El sexo femenino estimula mis creencias, libera mis prejuicios y domestica una intemperancia interna que vulnera y transgrede mis creencias más íntimas. Cuando noto el físico de una mujer en mis proximidades, ese «engaiolador» aroma de una piel devoradora ―que dicen que confundo con el útero materno―, soy capaz de convertirme en un insomne académico, en un cumplidor del placer compartido, en el estricto seguidor de un reglamento humedecido. ¿Y tu añorada soledad entonces? La guardo para cuando mi corazón furtivo se escapa, irredente y rebelde, de mis manos.

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MIL CAUSAS

Por transitar bordeando un cantil do que ninguén regresa, por viaxar de forma inhóspita a lombos dun galope de soños, por asubiar unha melodía irrecoñecible en interminables madrugadas, por empeñarme en escribir un epitafio no patíbulo de mil crebacabezas, por adornar con flores profanadas o efémero da miña ledicia, por… por todo iso fuxo cando a pegada duns pés espidos se fai muller na miña presenza. 

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SUGERENCIA NOCTURNA

Rompe de una vez con tu pasado, deja que caiga como polvo viejo entre tus manos abiertas. Olvídate de esa mujer que habita tu mente como un eco que no le pertenece. Camina ligero, sin cadenas invisibles, con el alma despejada de su sombra. Disfruta el instante como si fuera un fuego breve y necesario que te renace. Vive, y permite que tus deseos más íntimos respiren libres, sin miedo ni culpa. 

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SE BUSCA VECINO QUE NO HUYA

CONCELLO DE PORTO DA BRÉTEMA

Alcaldía-Presidencia de una villa que aún no existe
Sección de Permanencias Voluntarias y Regresos no tan Voluntarios

NOTIFICACIÓN 01/3/2026

INVITACIÓN/OFERTA FORMAL 

Se comunica al vecino cuyos datos obran en poder de esta Administración que, habiéndose tenido constancia de su rechazo a venir y de su decisión de quedarse en la ciudad de Madrid, este Concello formula invitación expresa a reconsiderar dicha decisión.

A tales efectos, se le informa de que la no aceptación de la presente invitación supone la pérdida de todos los beneficios no publicitados oficialmente, pero reservados a quienes se deciden, por su bien, a instalarse con nosotros.

Entre dichos beneficios se incluyen, sin carácter exhaustivo, inmueble tradicional susceptible de adjudicación afectiva (casiña de piedra con orientación oeste), local a pie de puerto destinado a iniciativa propia y 100 sacos de patatas da terra.

El silencio administrativo en materia de arraigo será interpretado por esta corporación como una lamentable renuncia voluntaria.

Contra esta notificación solo cabe el recurso de quedarse.

Porto da Brétema, a los efectos oportunos.

O Alcalde de una villa que aún no existe

Carta no oficial encontrada fuera del concello escrita por una mujer que aún deja una luz encendida por si todavía te decides venir

No sé si esta parte debería existir. No lleva sello ni registro de entrada. Pero alguien tenía que escribirla. Soy una vecina que no figura en ningún padrón emocional, pero que nota cuando falta un nombre en la plaza. Soy una vecina que ha visto demasiadas maletas salir cuesta arriba y sabe el ruido que dejan detrás. Soy una vecina que preferiría verte abrir una persiana aquí antes que perderte entre luces que nunca saben quién eres.

No sabes todo lo que estás dejando escapar por quedarte en Madrid, aferrado a su ruido constante, a la velocidad que no te deja pensar, a esa luz artificial que convierte cada noche en una prórroga interminable. Te quedas donde todo ocurre, sí, pero donde casi nada se detiene lo suficiente como para sentirse de verdad. Confundes movimiento con avance, y vértigo con propósito.

Aquí las cosas no ocurren tan deprisa. Ocurren más hondo.  No tenemos esa prisa madrileña por llegar antes incluso de saber cuál es nuestro destino. Aquí no medimos la vida en semáforos ni en agendas que se pisan unas a otras.

Aquí las cosas no corren, se quedan el tiempo suficiente como para echar raíces. Sólo corren los perros que conocen a todos los vecinos y los saludan con un natural ceremonial canino no «veterinariado».

Dicen que te ofrecen ahí mil oportunidades. Aquí no sabemos decir esa palabra sin que suene grande. Lo que sí sabemos ofrecer, palabra de político, es una casiña de piedra, pequeña pero entera, con una ventana que mira al oeste y le roba cada tarde un color distinto del cielo. No es moderna. No tiene ascensor. Pero tiene silencio. Y el silencio aquí no pesa, acompaña.

También hay un local a pie de puerto. Otra palabra del alcalde. Reconozco que si un político cumple dos promesas es plusmarca de Guiness. Todavía no tiene nombre. Podría llevar el tuyo. Podría ser una cafetería, una librería mínima, un taller donde inventes algo que en Madrid sería uno más y aquí sería el único. No te prometo éxito. Te prometo espacio.

Los 35 grados en Madrid te invitan a un llenazo de terrazas, es verdad. Pero… ¿Y el asfalto convertido en chapapote? ¿Y esa sensación de estar en el centro cueste lo que cueste? Pero te perderías salir cinco minutos y encontrarte con el mar cuando el día ha sido un «demasié de furibundas actividades». La mejor medicina es apoyarte en el muro del puerto y dejar que el viento te ordene la cabeza sin pedirte nada a cambio.

Te quedas donde siempre hay luz, pero renuncias a ver un cielo que arde al atardecer sin competir con neones. Te quedas donde todos hablan, pero te pierdes conversaciones que no se pisan, que se dejan terminar. Y te escuchan. Aquí nadie te pregunta qué has conseguido. Te preguntan si estás bien. Y esperan la respuesta. Les interesa.

Caminar por esta costa es entender que la vida no es solo avanzar, sino resistir. Las olas rompen una y otra vez contra la piedra y nadie las aplaude. Y aun así vuelven. Y en Madrid la gente se cansa de ver las mismas caras de cabreo una y otra vez.

Lo que más me duele no es que no vengas. Es que quizá nunca llegues a saber quién habrías sido aquí. Con una casa que te habla cuando sopla el viento. Con unas contras que abres tú cada mañana. Con el océano delante, no como paisaje, sino como interlocutor.

Dicen que, si no respondes en un plazo establecido, reasignarán la casiña, el local y las patacas a otra persona. Aquí eso suena a trámite. Pero yo sé que no es un trámite: es una oportunidad que pasa solo una vez.

Quedarte en Madrid es legítimo. Pero no es inocuo. Perderse aquí no es desaparecer. Es empezar. Y todavía estás a tiempo.

Maruxiña, la que prefiere esperarte antes que ver la casiña con otro. 

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DAQUELA

A nostalxia ten en Madrid un sabor distinto, coma se o aire seco da meseta lle roubara un chisco de humidade ás lembranzas. Mais, aínda así, hai días nos que a saudade medra con forza e tráeme, case sen aviso, os veráns de hai moito tempo, aqueles dos anos sesenta e setenta nas aldeas de Bertamiráns e Vedra, no interior da Coruña. É entón cando a distancia deixa de ser só xeográfica e convértese nunha ferida doce, que doe e reconforta ao mesmo tempo.

Recordo as mañás que comezaban cedo, cando o sol apenas asomaba por riba dos montes e xa se escoitaba o cantar dos galos. A luz era diferente, máis branda, filtrada entre carballos e castiñeiros, e o cheiro da terra mollada pola orballada quedaba pegado á pel coma unha segunda roupa. Non había présa, nin reloxo que marcase o ritmo do día; era a natureza quen mandaba, quen decidía cando traballar e cando descansar.

As casas, de pedra fría no inverno e fresca no verán, gardaban historias nas súas paredes. Na cociña, o lume nunca se apagaba de todo, e arredor del xuntábase a familia para falar, para calar, para simplemente estar. Había un silencio cheo de vida, interrompido polo crepitar da leña ou polo ruxido distante dalgún tractor que pasaba polo camiño de terra. A televisión, cando chegou, era pouco máis que unha curiosidade; o verdadeiro espectáculo estaba fóra, nos campos e nos ceos abertos.

As tardes eran longas, interminables. Os nenos corrían polos prados, xogaban entre as leiras, subían ás árbores e volvían á casa coas mans sucias e os xeonllos marcados. Non había medo, ou polo menos non o recordo así; había liberdade, unha liberdade sinxela, feita de espazo e de tempo. As nais chamaban desde a porta, e ese berro —co nome dito con forza— era o sinal de que o día comezaba a rematar.

E despois viñan as noites. Ai, as noites de verán nas aldeas galegas… O ceo enchíase de estrelas, tantas que parecía imposible contalas. Non había luces que as apagasen, e cada unha delas brillaba con unha claridade que en Madrid semella imposible. Sentados fóra, en cadeiras baixas ou directamente na herba, escoitabamos historias: de meigas, de lobos, de tempos aínda máis antigos. O medo mesturábase coa fascinación, e o mundo facíase máis grande e máis misterioso.

Tamén estaban as festas, claro. A música da gaita e do tambor, o cheiro a polbo e a churrasco, as risas que se prolongaban ata altas horas. As romarías eran encontros de xente, pero tamén de emocións: reencontros, promesas, despedidas. Bailábase sen técnica pero con alma, e cada paso era unha celebración da vida compartida. Aqueles momentos ficaron gravados cunha intensidade que o paso do tempo non conseguiu borrar.

Agora, desde Madrid, todo iso semella pertencer a outra vida. As rúas son máis ruidosas, os días máis rápidos, e as noites, aínda iluminadas, teñen menos estrelas. Aquí tamén hai beleza, non se pode negar, pero é distinta, máis urbana, máis apresurada. Ás veces, no medio do bulicio, pecho os ollos e tento volver a aqueles veráns: ao tacto da herba baixo os pés descalzos, ao sabor do pan acabado de facer, ao son distante dunha campá que marcaba as horas sen urxencia.

A saudade non é só tristeza polo que xa non está; é tamén unha forma de amor, unha maneira de manter vivo aquilo que nos fixo quen somos. Levo comigo esas aldeas, esas xentes, eses veráns, aínda que os quilómetros e os anos se interpuxesen. E quizais sexa iso o máis importante: saber que, malia todo, hai lugares aos que sempre se pode volver, aínda que sexa só coa memoria.

Porque, ao final, a nostalxia non é máis que iso: unha viaxe interior, un regreso sen billete nin maleta, onde cada lembranza é un fogar ao que volver cando o presente se fai demasiado alleo. E así, desde Madrid, sigo escoitando —moi ao lonxe, pero con claridade— o eco daqueles veráns que nunca marcharon de todo.

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MANIFESTO POLA DIGNIDADE DO GHALEGO DA CASA

Boas noites, veciñas, veciños e demais fauna autóctona. Estamos hoxe aquí reunidos non para discutir de política, nin de fútbol, nin de quen fai mellor a empanada —anque todos sabemos a resposta—. Estamos aquí por algo máis importante: defender o noso ghalego. O de verdade. O que non se aprende en cursiños nin en PDFs. O que nace no palleiro, na lareira e no banco de pedra diante da casa.

Porque nós non dicimos «gracias. Nós dicimos «ghracias». Non dicimos «gato». Dicimos «ghato», que parece que o animal xa sae máis espelido. E non é un defecto. É unha marabilla acústica. A gheada non é falar mal. Falar mal é pedir un café «take away» en Melide. A gheada é música de aquí. É o vento entrando pola porta da cociña. É o son das rodas do carro na lama. É a voz da nosa xente cando aínda non lle daba vergoña soar a aldea.

Porque ese é o problema: quixeron convencernos de que falar coma os avós era falar peor. E nós vimos hoxe dicir que non. Que peor é falar todos igual. Que peor é un idioma sen barro nas botas. Que peor é un galego tan perfecto que parece embalado ao baleiro. Nós queremos un galego con patacas na terra. Con galiñas cruzando polo medio da conversa. Con palabras que non saen no dicionario pero si na memoria.

Queremos o galego que che pregunta: «E logho, xa comiches ou vas morrer en pecado?».

O galego que distingue entre orballo, poalla, babuxa e «cae unha auga que manda nabo».

Porque cando morren esas palabras, non morre só unha maneira de falar. Morre unha maneira de mirar o mundo. E nós non estamos dispostos.

Non queremos pedir permiso para falar coma aprendemos. Non queremos que nos corrixan desde unha oficina con calefacción. Nin que nos miren raro por dicir «ghaliña» mentres eles din «galiña» coma quen le unha etiqueta do xampú.

O noso «ghalego» ten curvas. Ten toxos. Ten retranca. Ten interrupcións porque pasou un tractor. E sobre todo ten vida.

Así que hoxe facemos aquí un xuramento solemne: seguir falando como nos pete. Con gheada. Con seseo. Con palabras herdadas. Con expresións imposibles. Con acentos que non pasan auditorías. Porque a lingua non é un museo. É unha leira. E as leiras hai que traballalas, non plastificalas.

Que viva o «ghalego» da Maía. O de Vedra. O das aldeas. O das tabernas.
O das avoas que nunca estudaron filoloxía, pero sabían exactamente como había que dicir as cousas. E que nunca nos falte unha boa palabra da casa… nin alguén que a pronuncie con orgullo.

Moitas «ghracias».

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TU PASADO

Pensando siempre en tu pasado sufres con generosidad sus catódicas descargas, y proteges tu entorno afectivo tras una invisible pero tangible almadura que te eterniza en un ser adánico. Sin embargo, tu cerebro se obstina en seguir un itinerario de quiméricas banalidades. La tensión que mana de tu axial fingimiento se precipita densamente sobre mis oídos y padecemos taxativamente el volumen de nuestra debilidad, paradigma de una fronteriza metamorfosis. Entonces, yo, impasible ante tu búsqueda, veo estallar en tus ojos un cautiverio, y las violetas que oprimen mis manos sólo ratifican la ausencia que a ti me acerca, y una mirada, una caricia, un uniforme de vuelos, en la negra pulcritud de tu eclipse nos devuelven provisionalmente la luz.

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CAPÍTULO XXIX DE ‘HATROZ’.- INFIERNO

Estaba muy inquieto y receloso por el silencio de Rafo. Eran frecuentes estas lagunas de absoluto mutismo que duraban varios días. Esta era especialmente preocupante porque el guasap que me mandó la víspera de su prolongada mudez era más crudo que los bautizados por mí como «desnortados», que eran los más frecuentes: «A veces siento que el mundo seguiría girando igual si yo soltara por fin el borde del abismo al que me aferro en silencio. Quizá mañana, cuando amanezca, nadie note que decidí dejar de luchar contra la caída». El cabrón, hasta en plena agonía emocional, sabía mantener el tono poético en sus mensajes.

Llevaba varios días sin saber nada de él, circunstancia habitual como he dicho, pero extraña a la vez, porque cualquier frugal motivo le hacía contactar conmigo de un modo desesperado a cualquier hora del día. La última, otro oasis en medio del taitantos desierto verbal, fue a las tres de la madrugada, me dijo que se había quedado sin tabaco y que estaba desesperado. «Necesito hablar con alguien», me espetó con todo descaro. Cansado de tanto infantilismo, le contesté en un tono abrupto que en Juan Bravo 70 había un estanco nuevo que estaba las 24 horas de todos los días del año abierto. El cachondo me dijo que no me cabreara, como si fuera lo más normal llamar a una persona a esa de la madrugada por semejante gilipollez.

En plan peliculero, en estado de máxima ansiedad, heredado de mi madre, y para tranquilizar ese falso sentido de la culpabilidad que me corroe desde mi más tierna infancia, y con este tipo más, llamé al sanatorio que él considera de cabecera, «pues tienen todo mi prolijo historial», presumía. Después de una prolongada espera, una voz femenina me dijo que no, que en ese sanatorio no estaba registrada ninguna entrada con ese nombre.

Me acosté tarde algo nervioso y me puse los cascos para escuchar en bucle las canciones que tengo seleccionadas en Spotify. No sé si por mi carácter gallego, influenciado por las meigas y las bruxas, mientras repetía y siento que mi vida fracasó de Quiero beber hasta perder el control de Los Secretos, el sueño me venció como un desmemoriado Titán. Durante mi ensoñación casi mortuoria, en forma de contundente pesadilla, aposté por algún incidente grave en la jaranera vida de Rafo.

Me despertó, como siempre, el móvil a las cinco de la mañana. Me puse en pie con rapidez. Sigo sin tener la más mínima pereza en esta tempranera acción, aunque reconozco que en los últimos tiempos casi me subyuga la sanguinaria tentación de quedarme en la cama. No obstante, desde esos provocativos tiempos, con gesto donjuanesco, la venzo de un guantazo y me levanto adormilado, a la par que contento.

En aquella ocasión, mi intención era darle forma a una nueva entrada de mi blog con las notas que había ido tomando en una aplicación del móvil. Ese blog que estaba atascado en el fracaso y que lo miraba, no era ninguna novedad, con ojos de bloguicida. Lo sigo mirando igual.

Desayuné con mi hermana y hablamos de cosas simples y banales, debido a que no era hora para temas de trascendencia vital. No era el momento para desnudar la ansiedad que se ha convertido en mi perenne compañera como ese astuto lazarillo que trampeaba con el deshumanizado amo de turno. Le volví a dar el turre con el tema de todo profesor: el mal comportamiento y nulo estudio de algunos alumnos, que se contrastaba con la exquisita atención y estudio de unos pocos. Mi hermana era, y es, mi paño de lágrimas con este y otros temas.

A las 6 de la mañana encendí el ordenador y me dispuse a escribir, siempre con esa nube creativa acechante que me esputa que hoy es imposible, que hoy no hay ideas y que hoy es mejor cerrar el documento y ponerme a tocar, a pesar de que no tenga ni idea, la guitarra. Lo harás mejor, imbécil.

Salí a la calle a dar una vuelta para ver si se despertaba mi creatividad. Me puse a andar por las calles aledañas a mi casa, incómodas y negadas para el paseo, y una lluvia de ideas se amontonó de modo súbito en mi cerebro. Satisfacción pasajera. Las fui analizando una a una y las descarté, seco de imaginación, en su totalidad. Subí a casa y como un fornido gladiador ante un desesperado condenado a muerte me senté decidido frente al ordenador.

De pronto, sonó el teléfono. A quien le importa de Alaska. Respondo por educación. El ruido de fondo era espantoso ―vasos, tazas, máquinas tragaperras, televisión…― y apenas pude escuchar la voz de mi interlocutor. Era un voz cazallera y madrugadora, que me decía que estaba viviendo una situación alarmante y que no sabía realmente qué hacer. Después de un saludo rutinario, comenzó su parrafada.

―Ayer cerré mi bar como todos los días, a la una de la mañana y comprobé que todo quedaba en orden. Me fui a casa a descansar porque estaba muy jodido. Hoy abro de nuevo a las 6:30 para preparar los desayunos de los madrugadores y recoger el pedido de churros y porras cuando la mujer de la limpieza se abalanza sobre mí para decirme que no puede abrir la puerta del baño de los hombres. Bajo a toda prisa y compruebo ―en un principio, intuyo― que hay un cuerpo atravesado en el suelo que impide que entremos. Después de varios intentos, logro acceder y me encuentro a un hombre durmiendo casi inconsciente. Está todo mojado y con restos húmedos de vómito en la camisa. He intentado reanimarlo y, sí, sí tiene pulso, muy acelerado, pero tiene. He logrado que abriera los ojos y sin mediar palabra me ha soltado con voz gangosa este número de teléfono. Por eso yo le llamo. No tengo ni puta idea de quién es él ni de quién es usted. Sólo sé que o viene usted a por él o llamo en minutos a la policía. No aguanto más esta situación. Mis clientes no pueden ver eso.

Le dije que se tranquilizara, que lo iba a buscar yo y que me hacía cargo de todo. Le puntualicé, después de escuchar la dirección y consultarla en Google mapas, que tardaría una media hora en taxi.

Cerré el ordenador, llamé a Radiotaxi y me vestí a toda velocidad para no perder ni un minuto.

―Este tipo te va a quitar la vida. Lo tienes que mandar a paseo o, como digo yo, a pastar, me dijo mi hermana cuando escuchó la razón de mi repentina marcha.

En tanto que el taxi me trasladaba a dicho lugar, me pregunté mil veces que qué hacía Rafo en el barrio de los Carabanchelitos. No por desmerecerlo, no, y sí porque se encontraba a más de diez quilómetros de su casa y de su radio de andanzas nocturnas.

―Joder, que Rafo no tiene carné de conducir ni coche, se me escapó en alto. El taxista me miró por el espejo retrovisor con los ojos de un hombre acostumbrado a las más rocambolescas situaciones a cualquier hora del día.

Después de convencer al taxista para que nos esperara en la puerta del bar y de este modo tomar cuanto antes el camino de regreso, me bajé del taxi y accedí al bar, que a esa hora estaba casi lleno de trabajadores que tomaban su primer desayuno. El sonido de la televisión era ensordecedor y, con ese punto de ansiedad que me genera Rafo, bajo al baño a buscarlo.

―Pero…tío… ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha traído? ¿Sabes dónde te encuentras? Cada vez me lo pones más fácil para mandarte a la mierda.

Con una voz pastosa y las comisuras de los labios impregnadas de un líquido cuajado y consistente, me dijo que salió a dar una vuelta y que se perdió.

―No, Rafo, no, no me jodas. Uno no se pierde y se va a trece quilómetros de su casa sin coche. Alguien te ha tenido que traer aquí y, cuando bajaste al baño, lo mismo se largó el tío con el que venías porque se hartó de esperarte. Siempre te he dicho que tanta soledad es muy mala.

Lo convencí para que se levantara a fuerza de repetirle que el dueño del bar iba a llamar a la policía. Intentó caminar con su elegancia innata, pero no, se trastabilló varias veces con una resacosa torpeza al subir las escaleras. Descalzo, y pisando lo que la buena mujer de la limpieza había fregado, logramos alcanzar la planta principal y sentarnos a una mesa que estaba libre. Rafo estaba asqueroso y repulsivo, en nada semejante a la imagen de dandi trasnochador que expande cuando salimos por su barrio o cuando nos sentamos en su bareto preferido para hablar del blog.

Aluciné con el pingajo que tenía delante. La cara llena de chorretones negros, de habérsela frotado con unas manos que parecían haber sido rebozadas con betún o algo parecido. Despeinado y con el pelo lleno de grumos de vómito, intentaba pronunciar alguna coherente frase. La camisa, impregnada casi en su totalidad del líquido regurgitado y con un nauseabundo olor a ácido estomacal. Estaba descalzo, en esa época no usaba calcetines, y fue incapaz de decirme dónde había perdido los zapatos. Siempre ha presumido de tener unos pies cuidadísimos, pero en esa ocasión lucían sucios y pringosos. Los pantalones, mojados por haberse orinado encima y con más lamparones de grasa que cuando tomábamos en plan salvaje pulpo á feira en las verbenas gallegas.

Comprobé que no tenía ni un euro en los bolsillos. Bajé de nuevo al servicio y me encontré, colocados por la mujer de la limpieza encima de la cisterna, las llaves de casa, el tarjetero y el teléfono. Me ayudé con un poco de papel higiénico para rescatar sus pertenencias y limpiarlas en el lavabo. El olor era repugnante y me dieron varias arcadas mientras lavaba las llaves de su casa. Los subí, los puse delante de sus narices y le exigí que los guardara en sus bolsillos.

―Perdona, pero yo no me meto esa mierda en los bolsillos. Dile al camarero que me los limpie, contestó con ese ramalazo de hombre acostumbrado a que le hicieran ciertas tareas de limpieza de complementos.

No le hice ni caso, claro está, y se los metí con cierto aire violento en su bolsillo derecho después soltarle tres o cuatro insultos irrepetibles.

En ese momento terció uno de los clientes que se estaba desayunando un «sol y sombra» (coñac con anís dulce), acompañado de un café con leche y tres churros.

―Bah, eso no es nada, hombre. Como si lo viera, mañana ya ni se acuerda. Tres lavados de estómago me hicieron a mí, ¡tres!, y aquí me tienes, entero como un roble. La primera vez fue por celebrar un ascenso en el trabajo que no era ni mío; la segunda, en El Escorial, por despecho; y la tercera… bueno, la tercera fue porque sí, que también hay que ser constante en la vida. Y mírame ahora: el médico me saluda por mi nombre y todo. Aún me invitan a bodas. Y me comporto como un señor. Anda, llévatelo a casa, dale agua y una sopa, que lo peor que tiene no es la borrachera… es la resaca que le va a enseñar mañana mucha humildad.

Le metí un poco de prisa con el argumento de que estaba esperándonos un taxi en la calle. El conductor, ante el aspecto hediondo y sucio de Rafo, se negó a que se subiera a su taxi.

―Tiene cinco meses y me lo va a dejar hecho un cristo.

El dueño del bar, al ver el generoso redondeo que le puse en la mano por los servicios prestados, salió con una sábana tamaño 4XL para que la extendiera en el asiento de atrás y así no tocar en absoluto la tapicería. El taxista lo examinó y cedió, pero me exigió que fuera generoso con la remuneración en destino.

Sobra la marcha decidí que tenía que verlo un médico y que no le venía mal una cura de humildad sanitaria. Sin decirle nada a Rafo, nos dirigimos a su sanatorio de cabecera y lo dejé sentado en el vestíbulo de urgencias, después de asegurarme que conservaba la tarjeta de su aseguradora privada. La enfermera lo reconoció y, sobrecogida porque el habitual olor a colonia se había convertido en un emético aroma a detritus, tomó nota de las circunstancias sin necesidad de mirar la tarjeta.

Sin ningún remordimiento, salí precipitadamente del sanatorio y me puse los cascos de música para aislarme de la experiencia que acababa de vivir. Saltó la canción de Ignacio Canut y Carlos García Berlanga, interpretada por Enrique Urquijo, Encerrado en este hospital…

Al anochecer recibí un guasap de Rafo: «eres un cabronazo. Me has hecho pisar el infierno en un lugar que tenía una imagen irreprochable. No hay derecho. Lo que me has hecho hoy es un putadón como nunca he recibido en mi vida. Mañana, sin falta, a las 13 horas, en Santa Bárbara, en Alonso Martínez».

Ni una palabra del pastón que me había dejado en el bar y en el taxi. Eso le importaba un carajo. ¿Lo importante? Su imagen en su sanatorio de cabecera. Lo demás le importaba un carajo. 

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POÉTICA

Escribir poemas en prosa y la conversión a esta forma de toda mi obra literaria no es solo una elección técnica. Es una forma de hablar sin corsé, de dejar que la emoción marque el ritmo, y no el verso. Es escribir como quien cuenta una historia junto al fuego: con pausa, con verdad. Porque hay versos que no saben a poema, y hay sentimientos que piden un camino amplio, como los que cruzan la sierra sin mirar atrás.

La prosa poética es ese camino. Para quien ve poesía en un vistazo, en un recuerdo, en una canción que se pierde entre las piedras. Para quien sabe que la belleza siempre toca.

Aquí, en este Poetario, y con el recuerdo de Galicia, aprendo a contarlo todo con la sal y con la brétema de la vida. En mi poesía río, lloro, suplico, admiro, bailo, envidio, añoro, canto… incluso cuando llueve en mi corazón. Escribir así es también eso: una forma de galleguidad desde Madrid, de hacer de la palabra un refugio, de expandir el verso en la prosa, de digerir todo tipo de emoción hasta que se vuelve ritual. La piel que habla de mí no necesita sílabas para emocionar. Solo necesita verdad. Y tiempo para que tú la leas solo o en compañía. 

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LA POESÍA COMO UN BISTURÍ

Soy hijo de un cirujano. Desde niño aprendí a mirar las manos de mi padre, firmes y delicadas, capaces de abrir la carne con precisión y, al mismo tiempo, de cerrarla con ternura. Ese gesto, esa disciplina del bisturí, se convirtió en una enseñanza que me acompaña hasta hoy. Yo no opero cuerpos, pero opero palabras. En el aula, cuando enseño, y en mi escritura, cuando me desnudo, el bisturí se transforma en metáfora: cortar, abrir, explorar lo oculto, y luego suturar con la delicadeza de quien sabe que cada herida necesita tiempo para cicatrizar.

La poesía es mi cirugía íntima. Cada palabra abre una capa de mi alma, cada verso es incisión, cada frase una sutura que intenta recomponer lo que se ha roto dentro de mí. Escribir es mi manera de resistir, de recuperar un fragmento de silencio entre el ruido, de darle voz a lo que quedaría sepultado bajo el peso de la ciudad y de la vida.

Soy un hombre triste y melancólico, habitado por la sombra de la morriña y el peso de los fracasos. Pero también soy hijo de una disciplina que me enseñó que incluso la herida puede ser camino de conocimiento. La poesía me permite transformar la tristeza en palabra, la melancolía en música, el fracaso en cicatriz que brilla.

Madrid me resulta dura, como si cada calle me devorase poco a poco. La ciudad me engulle con su ruido, con su velocidad, con su indiferencia, y yo me siento perdido entre multitudes que no me ven. Escribir se convierte en mi refugio, en mi manera de recuperar un espacio íntimo donde la palabra se gesta lentamente, como una herida que busca cicatrizar.

Galicia es el hilo invisible que atraviesa cada línea. En su tierra y en su mar moran mis recuerdos y mi voz. Allí aprendí que la morriña no es solo dolor, sino también raíz, memoria, pertenencia. La poesía me une a esa tierra, me devuelve a sus aguas, me recuerda que incluso lejos sigo habitado por ella.

La poesía es confesión y bálsamo. Es bisturí y cicatriz. Es el espacio íntimo donde la palabra se convierte en sostén, en columna invisible que me impide caer. Es mi manera de abrirme, de dejar que otros entren en mi herida y reconozcan en ella su propia historia.

Quien se acerque a mi poesía encontrará fragmentos de vida, retazos de dolor y de esperanza, confesiones que quizá también le resulten propias. Porque escribir es compartir la intimidad, la morriña, los fracasos y las pequeñas luces que nos sostienen en medio de la oscuridad.

La poesía, para mí, es eso: un bisturí que corta y revela, una sutura que recompone, una cicatriz que brilla en la memoria. Es mi manera de decir que sigo vivo, que sigo buscando, que sigo aprendiendo a transformar la herida en palabra y la palabra en luz. 

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UNA MIRADA

Un espíritu en plenitud descendió ayer y vagó sin rumbo, esclavo de una ficción, por las telarañas de mi razón talando un velo de bienestar en mi hurtado lucero. Con la humildad de una gaviota sin playa sigo tus pasos, guardo tus huellas en mis furtivos deseos y entronizo tu ausente luz bajo una sencilla túnica de viejas baladas.

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DESPIÉRTAME NUNCA

Me lo dijiste aquella tarde en aquel lugar, cuando los dos vivimos el mayor de los placeres humanos: dos pieles, ajenas a la realidad circundante, enmarañadas en un permanente gozo de caricias. Las miradas eran dardos de envidia. Nos tildaron de adultos lujuriosos y soeces. Algunos comentarios nos recordaron a comportamientos inquisitoriales, pero lo que más le indignó a aquel ejército de nauseabundos envidiosos fue nuestra indiferencia, nuestra indulgencia emocional, nuestra actitud de irredentos amantes. Aún recuerdo la actitud de un joven vociferando incongruencias que denostaban con descaro y desencanto la plena vida que habitaba en dos cuerpos enamorados. Nos dio miedo, pero ciertas actitudes bebieron en épocas medievales. Estoy convencido, sentenció un jovenzuelo imberbe y acneico, de que sus hijos no tienen ni idea de lo que están haciendo sus padres. Se les caería la cara de vergüenza. Y yo, engarzado en el aroma de tu piel, sonreía con miedo y placer a un mismo tiempo. La indignación fue en aumento y se empezó a hacer irrespirable el ambiente espeso de ácidas críticas que nos circundaba. Hasta que un camarero, acuciado por una amalgama de voces y reprobaciones, nos espetó a la cara que «ya está bien, hombre, ya está bien». Los dos nos levantamos con parsimonia, recogiste tu bolso con generosa gestualidad, dejaste unas cuantas monedas en la mesa y nos despedimos con el gesto de dos inmisericordes pecadores. Todo en orden, jefe, todo en orden, sentenció con tono mortecino el susodicho camarero cuando nos vio alejarnos plenos de una voluptuosa alegría. Lo último que vimos de él fue su incapacidad por ocultar la mueca de tristeza que se dibujaba en su disgustado rostro.

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PEREGRINACIÓN HUMANA

Impregnado de soños alborozados e fortalecido polo bulicio da nosa doutrina espida, peregrino por un espazo de xestos residuais e intuitivamente, camiño na procura daquela volátil fricción que, onte, na intemperie nocturna, libou o sangue da miña monotonía. Xestualmente quixen esculpir no meu rostro a vixilia doutro delirante bosquexo, pero, unha vez máis, unhas mans umbráticas volveron queimar a miña rancia expiación. Un só segundo de lacerante sopor foi capaz de fulminar, sen máis, a sardónica esperanza humana que habitaba no meu rudimentario corazón.

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DESAFÍO

Sin querer se ha despertado mi aurora. La orilla que ayer me ofreciste vulneró los rincones más íntimos de mi fragante estar. ¿Naufragio y prisión constantes? Quiero llegar al final de mi viaje sin ponientes ni hemisferios dormidos, quiero medirme cara a cara con la pluma que escribe mi historia.

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DÍXENCHO…

Díxencho a corazón granate, díxencho descalzo sobre unha bandada de punzantes cristais, díxencho vestido de ouro e bronce, díxencho… Díxencho de mil maneiras, pero se aínda o dubidas, repetireicho unha vez máis: cada vez que me regalas unha ausencia párase, detense, cal inmóbil reloxo de sol, o pulso das miñas noites e o himno da miña canción.

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UNA MIRADA

Un espíritu en plenitud descendió ayer y vagó sin rumbo, esclavo de una ficción, por las telarañas de mi razón talando un velo de bienestar en mi hurtado lucero. Con la humildad de una gaviota sin playa sigo tus pasos, guardo tus huellas en mis furtivos deseos y entronizo tu ausente luz bajo una sencilla túnica de viejas baladas.

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LA MANO IZQUIERDA

Escribo con la mano izquierda porque es la que piensa diferente. No me enseñaron a usarla al principio: fue ella quien se impuso cuando era un chaval, como un río que no quiere seguir el cauce marcado. La izquierda no es solo mano: es memoria, es resistencia, es una forma de tocar el mundo al revés. Mientras otros escriben hacia fuera, yo escribo hacia dentro, dibujando letras que nacen del lado olvidado del cuerpo. Cada trazo es una pequeña rebelión, cada palabra una forma de decir: «Aquí estoy, y no sigo el camino del reloj». Porque la mano izquierda no obedece: crea. Y en su pulso va mi verdad. 

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CUENTOS DE VIEJO

Dios, que con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche. (Jorge Luis Borges)

Viajamos a los años 70, años en los que Galicia estaba en plena transición entre el mundo rural tradicional y una modernización aún incipiente: gran parte de la población vivía en aldeas y pequeñas parroquias, y la agricultura y ganadería de subsistencia seguían siendo comunes. La emigración seguía marcando con gran crudeza a la sociedad gallega: Alemania, Suiza, Argentina y Venezuela eran los destinos más escogidos por familias que vivían en un estado precario y que buscaban en esos lugares un futuro digno en el aspecto económico. Por ello, muchas familias dependían de las remesas enviadas desde el extranjero.

Nos trasladamos a una aldea del entorno noiés, pueblo costero que vivía del marisqueo, de la pesca artesanal, del comercio de cercanía y de nacientes parques empresariales. El casco histórico de Noia, sus playas y su tradición gastronómica atraían cada vez a más visitantes, lo que impulsaba la apertura de pequeños hoteles, de establecimientos de comida y de otros servicios turísticos en temporada alta. Todo muy incipiente.

La vida en las aldeas era muy diferente. Era una vida de relojes sin agujas, donde el tiempo no lo marcaba el calendario sino la lluvia, la siega, el canto del gallo y ese ritual antiguo que era el ordeño de las vacas, repetido todos los anocheceres con la misma paciencia que el amanecer. El banco bajo, el cubo de metal, el sonido rítmico de la leche golpeando el fondo como un latido blanco y constante. Las manos conocían cada ubre, cada carácter. Había vacas tranquilas y otras que movían la cola con impaciencia. Los campesinos hablaban con ellas en voz baja, casi como con una persona. En la aldea, los animales, las vacas en concreto, tenían nombre porque «habían sido bautizadas» como se hacía con un recién nacido: Maruxa, Rubia, Morena, Estrela… También disfrutaban de memoria y algunas que tenían un teto muy difícil esperaban a que unas cariñosas manos las trataran con esmerada ternura.

Por la noche, la aldea se recogía como un animal manso. Las puertas se cerraban sin llave, pero con confianza. La última luz de la cocina quedaba encendida un rato más, amarilla y tibia, mientras el resto del mundo se volvía sombra. El crepitar de la leña era el único reloj, marcando el final del día con chasquidos suaves.

En el verano, a esa hora mágica, pero a la vez indeterminada, del anochecer, cuando el sol se ocultaba en el horizonte, cuando todos los gatos eran pardos, cuando el cielo se convertía en una bella estampa de infinitos colores, y los pensamientos más sinceros se hacían palpables y latentes todos los niños de la vecindad, en un orden en absoluto premeditado, se sentaban en el suelo de la cocina, alrededor de un viejo hombre, componiendo un armonioso coro infantil de inspiración claramente machadiana.

Las manos de este hombre, en otros tiempos fuertes, vigorosas y diestras, cuando trabajaba el campo con una vocación de clausura, temblaban como un manojo de vides al viento sereno de este anochecer estival. La artrosis las ha ido deformando sin prisa, pero sin pausa. Y cuando viejo se asemejaban más a unas cansadas ramas de un árbol centenario que a un brote recio y macizo como eran en su mocedad y las rapazas disfrutaban de la fuerza con que las agarraba por la cintura cuando bailaba con ellas en las ferias de aldeas contiguas.

Su voz, primitiva y destartalada, nacía de una imperceptible comisura boquiangosta; y, aunque sonaba con cierta potencia, ya no era sino un alejado remedo de una certeza injustamente aniquilada por el paso del tiempo. El trabajo en el campo é una merda de carallo, decía siempre que alguien le preguntaba. En algunas ocasiones, su voz era silenciada por el chasquear y crepitar de la leña que ardía en la lumbre, como si una maquiavélica conspiración, fraguada en el corazón de la vieja lareira, quisiese evitar el nacimiento de otra interesantísima historia.

Su memoria, como un alpendre (construcción cubierta para guardar los instrumentos de labranza) repleto de inútiles trastos, fluía lenta y pausada, aunque en pocas ocasiones se detenía. En ella aún guardaba leyendas que de niño le contó cualquier vecino de la aldea mientras jugaba con una pala de madera en el atrio de la iglesia. Cuentos que en su mayoría se fueron perdiendo cuando la televisión entró de improviso en algunas casas que tenían un mejor nivel económico.

El viejo (apelativo lleno de respeto y cariño), ese día, leía un periódico con dedos espasmódicos. ¡Cada vez le costaba más esta simple tarea que venía haciendo desde tiempos inmemoriales! Pero el ansia por encontrar noticias interesantes derrotaba cualquier obstáculo que se le ponía por delante.

Non lle metades présa, falará cando lle pete. (No le metáis prisa, hablará cuando quiera). La voz de su hija se acrecentaba como esa gigantesca sombra que proyectaba la lumbre en la pared de la oscura cocina.

El viejo, con los hombros muy encorvados por la edad, hablaba con su hija de los beneficios de la comida hecha en el pote, y se quejaba con amargura de perder las costumbres de sus antepasados cuando sus hijos le hablaban de la olla exprés.

―Un árbol sin raíces no vive ni diez minutos. La fuerza que da vida a nuestro espíritu fue sembrada por nuestros ancestros hace muchísimos años en esta tierra. Al viejo le encantaba remontarse a los tiempos de su infancia, esos tiempos amarillos que fueron el germen de su vasto acervo cultural.

―Ya no hay lugar en este mundo para los viejos, filliña. La emigración nos ha arrebatado la vida y esto ―se tocaba el pulso de la muñeca― es una prórroga que nos regala cada día el de arriba. La muerte cada vez nos deja más señales en el cuerpo y en el alma.

―Por Dios, padre, no le diga esas cosas a los niños, que tienen toda la vida por delante. Tus hijos volverán, lo sabes muy bien, y volverás a disfrutar de su compañía. El gesto de incredulidad del viejo era bien plausible.

En la lumbre la ceniza de su vida y en las yemas de sus dedos los restos de la tinta negra del periódico que perdió su inocencia en sus manos. Las dos cosas eran el fruto de unas experiencias quemadas por el monótono pasar de los últimos años.

El viejo cerró los ojos como si quisiera rechazar la vida inocente de los rapaces que estaban sentados delante de él y que tenían la misma tenacidad que un hierro en la forja, pero en el fondo sabía que aquella fuerza joven era el único fuego capaz de templar su amargura y devolverle el latido que creía perdido.

Tras una pequeña carraspera, cada vez más frecuente, mostró un paulatino interés por la rapazada que tenía delante. La pérdida de la memoria era muy traicionera y algunos de los rapaces interpretaron, ante una pausa en exceso prolongada, que aquel hombre tiña xa baleira (tenía ya vacía) la antes repleta maleta de sus recuerdos.

―A ver, rapaces, escuchad bien, que voy a relataros la vieja historia de un hombre que tenía un pecho tan peludo que le llamaban Peito de Anchoa.

El raparigo que más defendía al viejo miró con unos ojos llenos de rabia y cierto desprecio al mayor, que estaba sentado en un taburete, y que había puesto en duda la memoria del anciano con una rebelde marcha del lugar como si fuera un irmandiño.

―En otro tiempo, hoy muy alejado ya, en la conocida fraga de Cecebre vivía un hombre que mostraba un pecho tan ensortijado que decían que en el habitaban pequeños fantasmas que tenían un insólito y maravilloso poder: derrotar a cualquier bicho viviente que intentara robar su comida. De aquella… cuando los árboles hablaban en susurros y el viento sabía el nombre de cada piedra, nadie dudaba de tal prodigio. En la fraga, espesa y húmeda, corría la voz entre los zorros y los mirlos de que aquel hombre no necesitaba trampas ni escopeta. Bastaba con que se sentara a la sombra de un carballo, desmigara un pedazo de pan o abriera su talega, para que una invisible guardia se desplegara sobre su pecho ensortijado como una niebla viva. Decían que, si un lobicán (cruce de lobo y perro) se acercaba demasiado, tropezaba con algo que no se veía, pero sí se sentía: un cosquilleo feroz, un temblor que la hacía huir con el rabo entre las patas. Y si un cuervo osaba picotear su merienda, un soplo leve —casi una risa diminuta— lo desorientaba en pleno vuelo. El hombre nunca confirmaba ni desmentía nada… 

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PARA MÍ

Para mí los mil eslabones que recorren la cadena de tu sed, para mí lo extraño y lo semejante de tu pensar, para mí el terso aroma de la esencia de tu piel, para mí ese diamante vivo que escondes en tu mirada, para mí el cálido verbo de tu envolvente voz, para mí los tortuosos caminos de tu eterno viajar, para mí el castillo de naipes que levantas cada noche, para mí tus amargos insomnios en los que tu dormir es velar.

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PAISAXE

Co paso dos anos comecei a pensar na miña vida como unha paisaxe de inverno. Non un inverno violento nin cheo de tormentas, senón un silencioso, branco, case elegante, onde todo parece detido. Ás veces camiñaba por rúas tranquilas vendo parellas conversar con naturalidade e sentía que eu observaba ese mundo desde unha fiestra cuberta de xeada. Non estaba completamente fóra, pero tampouco dentro de todo. Esa paisaxe interior tiña unha calma enganosa porque baixo a neve seguían latexando desexos, preguntas, curiosidade pola proximidade humana. Só que durante moito tempo me acostumei a contemplar en lugar de participar e, cando un vive demasiado tempo mirando a paisaxe, acaba crendo que observar tamén é vivir, aínda que no fondo algo pequeno, cálido e paciente siga agardando un desxeo lento capaz de abrir camiños entre a neve antiga acumulada en silencio dentro do peito que aínda garda calor posible.

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UN SEGUNDO EN A MAÍA

Rincón de tiempo asombroso, alegría y placer de un hechizante bocado, pequeña gota de mi alma que alborota este amanecer encantado. Bruma leve tiende su manto sobre las tierras dormidas, mientras el sol, suave y dorado, se frota los ojos tras los montes. Cantan los pájaros secretos de luz, y el viento de la tierra acaricia la hierba como una madre que despierta el día sin hacer ruido. Y yo, en un segundo eterno, respiro A Maía como quien bebe agua limpia de recuerdos, como quien encuentra un pedazo de sí mismo en el primer rayo de la mañana.

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MISERIAS

Una mano nueva —que ya quisiera él que viniera con instrucciones—, un puñado de certezas que no sirven ni para jugar al mus, noches más movidas que su tensión arterial y varias pantallas en blanco que lo miran con la misma compasión que una suegra escéptica: he ahí el glorioso patrimonio de un hombre adulto que de joven pensaba beberse la vida a morro… y acabó bebiendo tila.

Tras una colección de vivencias desordenadas —como cualquier cajón de calcetines solteros— ahora se dedica al noble arte de esquivar su pasado, que cada noche regresa puntual, se cuela entre las sábanas perfumadas y le monta una bacanal imaginaria digna de presupuesto europeo… pero financiada con recuerdos reciclados.

—La soledad es muy mala compañera —decía el viejo escritor, mirando su nueva mano con el mismo desprecio con el que uno mira un electrodoméstico que no sabe usar—. Y cansa. Cansa mucho.

Durante unos minutos, que parecieron patrocinados por la duda existencial, se preguntó si no tener a nadie al lado era soledad o libertad. Porque claro, libertad suena mejor… hasta que te despiertas sobresaltado, taquicárdico y hablando solo.

—Desde luego, tú no caerías en esas poluciones nocturnas tan dramáticas que dices que te dan —le soltaba, sin anestesia, una vieja amiga que conocía todas sus miserias con la precisión de un notario con lupa. Ella sabía perfectamente que aquel hombre llevaba años convertido en un trasnochador profesional, especialista en diálogos interiores y cafés recalentados.

Vivió como espectador de cine de barrio: siempre en la butaca, nunca en la pantalla. O bien se sentía incapaz de acercarse a una mujer que él mismo había elevado a la categoría de mito olímpico inalcanzable —mientras la aburría con conversaciones que daban más sueño que un documental sobre líquenes—; o bien se dejaba arrastrar, desnudo de certezas y vestido de inseguridades, por placeres tan momentáneos que caducaban antes que el yogur.

Su pusilanimidad, fiel compañera, lo empujaba por un tobogán de soledades inmundas y perfectamente desnaturalizadas. Vamos, que no eran ni románticas: eran administrativas, rutinarias, con sello y número de expediente.

Y así, entre nostalgias con olor a colonia barata y heroicidades que nunca pasaron de borrador, nuestro hombre seguía convencido de que un día escribiría la gran novela de su vida. Aunque, de momento, lo único que dominaba era el arte de cambiar de postura en la cama sin que cambiara nada más. 

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AUTORRETRATO

Mi perfil es inmutable, mi cuerpo, delgado y sin memoria, mi trazo, un velo enredado a una tormenta, y mi único sentido, una muñeca libre sembrando tu afán en el nido de mi acuarela. Mi sombra es liviana, mi caminar, urente e insondable, mi huella, un sinfín de ruegos y demandas, y mi último anhelo, una vida sentada perpetuando rosas y claveles en los pies de tu cama.

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GALICIA

Verde hierba. Mar total. Tierra mojada. Piedra milenaria. Saudade ancestral. Brumas intactas. Irrepetibles camelias. Sombras desnudas. Milagroso paisaje. Celestial marisco. Perfecta lluvia. Sagrada calma. Inmortal corredoira. Infinita belleza. Bendita niebla. Incomparable costa. Gloriosa gastronomía. Irrepetible hospitalidad. Radiante soledad. Fecunda ausencia. Melancólico sueño.

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EL RUIDO DE FONDO

No soportaba que su habitación estuviera a oscuras de noche. Le amenazaba, cuando no había luz, una oleada constante de sobresaltos emocionales. En ese momento de oscuridad crecían en su mente, aunque decía que los sufría todo el día, un acongojante carrusel de imágenes y sonidos extraños: cucarachas subiendo por la pared con el único fin de atacarlo cuando se quedara dormido, doloridos ladridos de un perro herido por la brutalidad de su amo, feroces lagartijas trepando por sus piernas cual orangután en busca de alimento, la pegajosa humillación de una lluvia de espesos salivazos de una llama en plena boca y una inmensa cisterna desbordándose como un repugnante pozo negro mientras estaba sentado en el inodoro.

Por eso, agradecía a todos los santos cuando el despertador sonaba insensible a las 5 de la mañana y las «estomagantes imágenes disminuían casi en absoluto». Después de despertarse y cerciorarse de que no había nadie en la habitación, lo primero que oía con claridad era siempre lo mismo: el zumbido bajo del fluorescente del pasillo que presagiaba un incendio que él siempre evitaba al levantarse desnudo y darle un seco golpe con una escoba que solo tenía esa utilidad. Burdo ritual de un arrendatario que no podía hacer en la casa alquilada la más mínima mejora.

Martín, simulando una transición entre sus pesadillas y la realidad, oía el mosconeo incluso antes de abrir los ojos, como si no proviniera del techo sino de algún lugar dentro de su cabeza. Era muy molesto, pero no tanto como las fantasmales representaciones de la noche, aunque, según él, estas no lo abandonaban en todo el día. Su lamento en solitario era que, después de ver por la noche repugnantes ecos, ese ruido no lo tranquilizaba en absoluto. Estaba ahí cumpliendo su función sin preguntarse nada: joderle un reparador despertar tras una vomitiva noche. 

Se levantó con sumo cuidado para no despertar a nadie en una casa en la que sólo vivía él. Siempre la misma acción, como si en su entorno sintiera una untuosa compañía de irreales sombras. Es más, la liturgia matinal era patética: cuando llegaba a la cocina, un educado saludo a los ausentes comensales que tenían delante, a falta de café, el desayuno que había preparado Martín la noche anterior. En la cocina, la cafetera tardaba lo mismo de siempre. El sonido lo retornaba a la realidad como todos los días: Martín observaba cómo subía el vapor hasta su nariz y le obligaba a estornudar con gran violencia. Pensaba que, si un día no hubiera vapor, con toda probabilidad lo aceptaría también sin demasiado sobresalto y estornudaría del mismo modo escandaloso.

El piso conservaba esa cualidad ambigua de los lugares habitados en solitario: el acomodo suficiente para no parecer abandonado y el desorden justo para fingir ante sus amigos una vida que en realidad estaba más vacía que un túper después de una comida laboral.

Se duchó a toda velocidad, pero con una violencia que le dejaba la piel en carne viva. Intentaba después que se calmara con una loción para piel atópica extendida con sus rudas manos por todos los rincones de su cuerpo. Se lavaba el sexo con la misma belicosidad, aunque en los últimos tiempos se lamentaba de que dormía cual bebé recién nacido.

Todas las acciones que tenía que hacer para poner la moto en marcha las realizaba de modo rutinario, excepto aquel día que se olvidó de ponerse el casco y le cayó una multa de 200 euros más la pérdida de 3 puntos en el carné de conducir. Odiaba el casco porque, cuando lo llevaba puesto, los sonidos nocturnos se acentuaban como si quisieran vengarse de tanto silencio diurno. En aquella ocasión le contó al guardia una peregrina justificación ―le acababan de robar el casco― que se sufragó en un vergonzoso ridículo cuando le pidió que abriera el compartimento que estaba bajo el asiento, donde pudieron comprobar que había un reluciente casco.

En el banco, el inicio de la mañana se desplegó con la precisión habitual. Siempre entraba tarareando una canción para que se dieran cuenta los empleados de que ya estaba en la oficina el subdirector. Aunque la realidad del tarareo era que no quería que percibieran una cara tensionada como consecuencia de los sonidos nocturnos que se habían despertado, dañinos y amenazantes, en el trayecto de su casa a la oficina. Una vez sentado en su despacho, la odiosa rutina. Ventilar el despacho. Saludar a los que llegaban tarde. Contestar mensajes. Revisar los resultados de la bolsa. Comprobar ciertos datos en la web del banco. La luz de la maldita pantalla clavándose en sus ojos. Números revisados que no pesaban, pero que tampoco desperezaban su modorra. Personas que confiaban en él sin conocerlo. Esto abarcaba las primeras horas de la mañana.

Al final de la mañana, mientras explicaba por enésima vez un procedimiento idéntico al del día anterior, se descubrió pensando ―algún día lo llevaría a cabo, simplemente por provocación― que podía hacer todo aquello con los ojos cerrados. No como metáfora, no. Literalmente. Esto lo hundió en un miserable pensamiento sobre la vacuidad de la vida que llevaba en los últimos tiempos. No veía un incentivo cuando le hablaban de ocupar la dirección, que era el salto lógico, ya que el director estaba a punto de jubilarse. No era infelicidad lo que sentía. Eso lo tenía claro. La infelicidad exige una energía que él ya no estaba seguro de poseer. Lo suyo era otra cosa: una sensación continua de estar gastando el tiempo en una moneda que no le pertenecía. El día avanzaba, pero no dejaba marca, ni buena ni mala.

A la hora de comer, se sentó en un banco de piedra que había en la pequeña plaza que nacía a los pies de la oficina bancaria. Abrió el envase que contenía una ensalada de quinoa, con verduras, garbanzos, dos tortillas de trigo, pan integral y un yogur Activia de stracciatella. Lo aliñó todo con una vinagreta clásica y la devoró en menos de cinco minutos. Siempre mostraba una gran ansiedad a la hora de comer. Una vez terminada la comida, encendió un cigarro y se lo fumó mientras examinaba su entorno.

Observó, sentados a pocos metros, a un grupo de empleados del banco hablar de vacaciones, de reformas, de hijos que crecían como si el crecimiento fuera una promesa y no un aviso mientras comían unos sándwiches de Rodilla con varias latas de Coca-Cola. Pensó que llevaba años escuchando los mismos temas, con ligeras variaciones de nombres. Pensó también que nadie parecía darse cuenta.

Por la tarde, al salir del banco, la ciudad seguía funcionando. Tráfico. Gente. Prisa. Bocinazos. Insultos. Martín caminó sin rumbo fijo durante un rato, como si retrasar la vuelta a casa pudiera tener algún efecto real en su parsimonia. Sabía que no lo tenía. Aun así, su paso era constante y desnortado. Los viernes eran distintos. No mejores. Distintos. Había algo en la cercanía del fin de semana que le devolvía una forma primitiva de atención. Como si el cuerpo se adelantara a la mente y se preparara para algo que no sabía nombrar. Miró el reloj. Era increíble, pero se había perdido. Bueno, quien lo conocía sabía de su evidente desorientación. Después de consultar el Google mapas, regresó a coger la moto y llegó a su casa muy cansado de toda la semana en el banco.

Esa noche bebió más de la cuenta. Entró en el bar de copas como quien entraba en un lugar prestado. Nadie lo esperaba en ninguna parte, y eso le daba una libertad extraña, casi liviana. Se sentó en la esquina de la barra, pidió lo de siempre, y observó cómo las conversaciones de otros se entrelazaban y se deshacían en el aire tibio del alcohol y de la música baja. Habló con desconocidos. Dijo cosas que no recordaría nadie ―él menos― con precisión. No buscaba placer. No buscaba fricción verbal. No buscaba nada en particular. Ni compañía urgente ni olvido completo. Solo el murmullo compartido que le recordase que el mundo seguía latiendo, incluso cuando nadie pronunciaba su nombre.

En casa no había luces encendidas ni ruido de platos. Solo habitaciones que guardaban silencio y un sofá que conservaba la forma de su cuerpo. A veces retrasaba el regreso para alargar la ilusión de pertenecer, aunque fuera como espectador, a la vida de los demás. La calle era una vida llena de latidos, su casa era un símil claro de la más abyecta soledad.

El sábado se despertó tarde, con la boca seca y la sensación de haber estado despierto durante varias horas en un abotargado insomnio. Se quedó mirando el techo, siguiendo con la vista una grieta fina que no estaba seguro de haber visto antes. Pensó en mudarse. No a otro barrio. A otro lugar. Uno donde nadie supiera qué hacía ni por qué había llegado hasta allí. Esa noche no hubo ni sonidos extraños ni ruidos matinales que le provocaban una enorme ansiedad. Se rio de forma desequilibrada cuando le atizó con la escoba a la luz del pasillo. Bebió en casa.

Llevaba años fantaseando con la retirada. No con la huida. La huida implicaba persecución y esta conllevaba una posible búsqueda. Él quería algo más silencioso. Un desaparecer sin ruido, como cuando de niños apagábamos una radio que llevaba demasiado tiempo encendida. Imaginaba un sitio sin conversaciones ajenas, sin la obligación de opinar, sin la necesidad de explicar cruciales decisiones que nunca había tomado del todo.

La noche del sábado al domingo hubo un amago de asquerosos sonidos de animales, pero Morfeo, con sus alas en la espalda, le hizo un gran favor y lo situó en una isla paradisiaca junto a una mujer que no conocía de nada, pero que no paraba de hablar. Se despertó angustiado por el tono hiriente de la mujer que lo acompañó a dicho viaje.

El domingo, la ciudad parecía contener la respiración. Recordaba que le habían dicho que en domingo uno no se podía poner enfermo y mucho menos ir a urgencias. Martín, a pesar de las molestias de estómago, ocasionadas por un certero resacón, salió a caminar temprano. Pasó frente a bares cerrados, persianas a medio bajar, escaparates que no tenían nada que ofrecer y farmacias de guardia. En un banco de un parque desconocido para él, se sentó a observar a un hombre mayor que alimentaba a las palomas con una paciencia infinita. No parecía esperar nada a cambio. Martín se sintió muy extraño, pues no manifestó en alto, como en numerosas ocasiones, el asco que le producían las palomas. Quizá fuera por el respeto que le generaba el anciano.

De vuelta en casa, sudado y necesitado de una ducha, pasó por el baño y otra vez la violencia higiénica. Preparó con ritmo mecánico la ropa para el lunes. El gesto le produjo una incomodidad inesperada. No era rechazo. Era un cansancio anticipado a una semana igual que las mil anteriores. Se sentó en el borde de la cama y permaneció allí más tiempo del necesario, como si el cuerpo intentara negociar algo con la cabeza.

Durante la semana siguiente, pequeños detalles empezaron a desajustar su adquirida rutina. Llegaba unos minutos tarde. Olvidaba contraseñas que había usado durante años, no ventilaba el despacho y una mañana, al mirarse en el espejo del baño del banco, no se reconoció de inmediato. Vio a otro hombre, otro gesto, otra mirada. No fue un sobresalto. Fue la constatación tranquila, casi administrativa de que no «estaba» él en el banco y le había sustituido un avezado y ambicioso joven.

El jueves, en casa, mientras archivaba unos documentos en diferentes carpetas de su portátil, se dio cuenta de que llevaba diez años diciendo la frase «cuando tenga tiempo». La frase se le apareció completa, desnuda, sin adornos. «Cuando tenga tiempo». No sabía exactamente para qué. Solo sabía que ese tiempo nunca llegaba.

Ese viernes no salió. No bebió. No buscó ruido. Se sentó en el sofá con las luces apagadas y escuchó el zumbido lejano de la ciudad. Pensó que, quizá, no hacía falta una decisión espectacular. Que tal vez bastaba con empezar a no hacer, a no aceptar, a no continuar su vida por una «humana» inercia.

Pasó otra semana con los mismos síntomas. Cuando llegó el viernes, pidió el día libre. Los compañeros de la oficina se miraron con extrañeza cuando detectaron la ausencia de su «cumplidor» subdirector.

No tuvo que dar explicaciones elaboradas al director porque este estaba en la boda de una nieta. Nadie se las pidió. Caminó hasta la estación de autobuses y compró un billete al azar, como quien compra un décimo de lotería sin ver el número. Un lugar pequeño. Un nombre que no le dijese nada. Se sentó a esperar sin revisar el teléfono y eso que tenía siete llamadas perdidas del banco.

Un supervisor fue el que miró el billete y le indicó el andén al que se tenía que dirigir para ir a ese lugar misterioso. En ese momento descubrió la ciudad que era su destino. Sonrió porque tenía asegurado el éxito de sus planes si era capaz de llevar a cabo sus deseos, algo que era muy difícil de averiguar, dado que en los últimos tiempos iba de fracaso en fracaso.

Mientras el autobús arrancaba, Martín sintió algo parecido al miedo. En lenguaje castellano, se acojonó. El reflujo volvió y la boca le empezó a saber a la porrusalda del día anterior.  La ansiedad y el espanto ante lo desconocido volvió a aflorar con una fuerza inhumana, que se devoró su entusiasmo y aniquiló el alivio que había experimentado cuando dejó atrás el banco. Era una nueva forma de llamar la atención. Miró por la ventana cómo la ciudad se alejaba sin dramatismo. Pensó que, por primera vez en mucho tiempo, el tiempo no se le estaba yendo de las manos sin dejar rastro. Estaba convencido de que iba a ganar la partida esta vez, aunque, con una íntima sinceridad, desconocía qué iba a pasar. De lo que estaba seguro era de que ya no estaba fingiendo la aceptación de una rutina dañina y despersonalizadora. Sacó un cuaderno de notas y leyó la última que había recordado. Era del Buscón de Quevedo: Nunca mejora su estado, quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres. Y se durmió en un suspiro, como los niños cuando se sienten seguros. 

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PRIMAVERA

Quizá la primavera no llegó cuando debía. Tal vez pasó cerca de mi vida en algún momento y yo estaba demasiado ocupado dudando para verla. Pero los años también enseñan que el tiempo no siempre sigue un orden perfecto. Hay estaciones tardías, encuentros que aparecen cuando nadie los espera y oportunidades discretas que solo se reconocen si uno decide mirar otra vez el horizonte con menos miedo. Ahora no pienso tanto en lo que perdí, sino en lo que todavía podría ocurrir porque mientras exista curiosidad por el otro y un poco de valentía para hablar, el futuro permanece abierto. Tal vez la verdadera primavera no sea una explosión de flores, sino un gesto sencillo una conversación tranquila una puerta que por fin se abre sin ruido después de muchos inviernos silenciosos. Y si llega así, tarde, discreta, inesperada, también sabré recibirla con gratitud, calma, palabras nuevas, menos miedo y con la ofrenda de mi cuerpo.

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MACARRÓNICO

El adjetivo macarrónico significa «error garrafal» o bien propiamente «hombre débil, bobo». Inicialmente, hacía referencia solo al latín, y en particular al que, mezclado con romance, se empleaba de forma burlesca. El género: la macarronea, que es una «Composición burlesca, generalmente en verso, que mezcla palabras latinas con otras de una lengua vulgar a las cuales da terminación latina». Era un latín de cocina.

Con otras palabras, en lenguaje coloquial, se dice del lenguaje que suena a latín, pero parece inventado por alguien borracho en una taberna medieval, con más ganas de impresionar que de saber. Es como si el hablante hubiera mezclado clases de gramática con recetas de pasta y palabrotas, y luego lo hubiera servido todo en un plato de ignorancia con salsa de pedantería. Ideal para parecer culto mientras se dice una sarta de tonterías.

Ejemplo: Carpe chorizum et manduca rapidum, que examinus est proximus. En una traducción muy libre: Aprovecha el chorizo y come rápido, que el examen está al caer. En latín correcto: Carpe diem et celeriter ede, nam examen appropinquat

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ESPELLISMO OU REALIDADE?

Ninguén me dixo que estabas alí. De súpeto unhas pernas envoltas en medias vingativas inquietaron e cubriron de feridas a tranquilidade da miña espera. Eras ti, claro. Agasallo do demo ou caricia dun anxo? Estiven dous minutiños observándote e parecéronme dous séculos de camiños longos e anhelos crecentes. Espellismo ou realidade? Por un momento soñei que me tomabas coas mans ben abertas. Nunha noite de mans abertas pedinche que regresase o noso tempo, aquel de augas cálidas e fermosos soños. Entón palpei ás cegas o noso último inverno, e como pedras que apedran unha vella historia tiven que recoller do chan un montón de estrelas doridas.

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LO QUE VENGA

Ahora que el reloj ha dejado de marcarme las horas ajenas, se abre ante mí un tiempo sin dueño, un territorio blando donde la morriña es bruma y también semilla. No quiero hablar de lo que termina, sino de lo que brota: una vida que respire a mi compás, donde las palabras sean casa y refugio, y escribir no sea tarea sino necesidad, como quien enciende la lumbre en las tardes húmedas. Que el futuro no me sea ingrato, que me trate con la delicadeza con que se sostiene una taza de porcelana heredada, y que la salud me acompañe como un río manso que no hace ruido, pero da vida. Que no haya envidias que envenenen el aire ni sombras que me roben la luz, y que la soledad emocional no me carcoma por dentro como la polilla en la madera antigua. Quiero sentir que cada amanecer es una página en blanco que me pertenece, que puedo llenarla con el latido sincero de lo que fui y de lo que todavía deseo ser. Si la morriña llega, que llegue dulce, como un recuerdo que aprieta, pero no ahoga; y que en el silencio encuentre no un vacío, sino un espacio fértil donde seguir creciendo, escribiendo, viviendo a mi manera, sin miedo y con esperanza. 

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CRUCEIRO AO AMENCER

No cruzamento dos camiños, onde a terra se abre en dúbida e memoria, érguese o cruceiro como un sentinela de pedra. A mañá aínda non decidiu se será sol ou néboa, e mentres dubida, todo se volve sagrado. O cruceiro, mollado polo orballo da noite, brilla con humildade. O musgo que o abraza non é decadencia, senón testemuño. A cruz no alto, co Cristo de brazos abertos, non impón: acolle. Mira cara ao leste, onde o sol intenta romper a bruma como quen busca unha saída entre recordos. Os camiños que se cruzan non teñen nome, pero gardan pegadas. Uns van cara á aldea, outros cara ao monte, e todos pasan por aquí, como se a pedra pedise permiso antes de continuar. Hai pegadas frescas no barro, un silencio que soa a rezos antigos, e un merlo que canta sen saber que canta para os mortos e os vivos. O cruceiro non fala, pero lembra. É altar e encrucillada, promesa e despedida. Aos seus pés, alguén deixou unha flor murcha, un anaco de pan, ou quizais unha pregunta. E mentres o sol se atreve a abrirse paso entre as néboas, a pedra permanece, como quen sabe que todo camiño é ritual.

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«EL BUEN TIEMPO»

En Galicia el buen tiempo no existe: se declara.

Aquí «hace bueno» cuando la lluvia solo te humilla, pero no te arranca el paraguas de las manos. La lluvia no cae: ataca. En vertical, en diagonal, con vocación coreográfica. Si tuviera sindicato, ya habría pedido reconocimiento artístico.

Llevamos tanto tiempo bajo el agua que el sol parece propaganda extranjera. Algo que sale en catálogos turísticos junto a sonrisas sospechosas.

Los ríos se desbordan con entusiasmo oceánico, el jardín muta en arrozal experimental y aun así repetimos: «esto le viene muy bien al campo». El campo, si pudiera hablar, pediría tregua.

El baremo es simple:

–Si no graniza como si Dios vaciara el cenicero, es primavera.

–Si los truenos no te recalculan el pulso, es verano.

–Si llueve pero no ventea, es lujo asiático.

Los claros son criaturas mitológicas. Hay quien ha visto meigas, quien ha visto trasnos… pero un cielo azul sostenido más de siete minutos es herejía atmosférica.

Y cuando deja de llover cinco minutos, salimos a la calle como si regalaran eternidad. Gafas de sol con nubes negras. Manga corta con dignidad tiritante. Porque aquí el buen tiempo no es clima: es resistencia moral. 

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DESNUDARME

Desnudarme no es solo quitarme la ropa. Desnudarme es decir lo que yo pienso de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, los errores, los recuerdos que todavía me duelen y las personas que todavía me importan, aunque ya no estén. Desnudarme es aceptar que todos estamos hechos de recuerdos, de heridas, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.

Y cuando algo ha ardido aparecen las cenizas. Y todos, si vivimos lo suficiente, terminamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de lugares a los que no volvimos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.

Este libro y este blog no pretenden enseñar nada ni dar lecciones. Solo pretenden escribir. Escribir para entender. Escribir para recordar. Escribir para olvidar. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras.

Quizá quien lea estas páginas se reconozca en algunas líneas. Quizá no. Pero si alguna vez alguien, al leer algo de este libro, piensa «esto también me ha pasado a mí», entonces todo habrá tenido sentido.

Porque al final todos compartimos más de lo que creemos: el amor, la pérdida, el miedo al paso del tiempo, la necesidad de que alguien nos entienda, la nostalgia por lo que ya no existe y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intentamos comprenderla.

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VIOLETAS DE LUZ

Esta tarde conversamos en otro decrépito lugar y me confesaste que te sentía metódicamente sola, opaca hasta la impaciencia y caminante de imperecederos soliloquios. Me dijiste que necesitabas embriagarte de sentimientos vitales e incubar locuras ocultas, y afirmaste que te obsesionaba la idea de alinearte con el viento para así estrangular este mundo sin rebeldía. Sin embargo, con plena sumisión, otra noche más sigues velando las crepusculares caricias de aquel fatídico axioma, y no encuentras la magia de un intervalo que redima la concreción de tu llanto. Fluctúas retóricamente en un marasmo de exterminadoras elucubraciones, y tu dócil presente se estremece ante tan paupérrimas perspectivas.

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CAPÍTULO XXVIII DE ‘HATROZ’.- LA PINTURA ORIGINAL

Ayuda al señor arzobispo / cuando tenga que evacuar, / que Dios desde el cielo / bien te lo ha de pagar.

Mientras consumíamos una caña en una terraza de la Plaza de Santa Ana, pude constatar, algo ya intuía, que a Rafo le encantaba volver a su infancia o a esos años en los que se gestaron las anécdotas más graciosas y disparatadas en el entorno de su familia. Creo que tiene muy idealizada esa época, circunstancia que le ha hecho encallarse en un tiempo que jamás volverá. En esta ocasión no respiraba el resquemor de otras ocasiones. Había aparcado el tono hiriente y faltón. Era un verdadero espectáculo contemplar a este hombre relatar cualquier incidente, natural o provocado, que hubiera ocurrido en los aledaños de Compostela, ese locus amoenus que le hacía olvidar los desvelos y las ansiedades generados por lo que él llamaba los fracasos rotundos de su vida.

Hablo desde un presente ―2026― que él califica como la tormenta perfecta porque, por diversos factores de riesgo emocional, dice que llegará tarde o temprano una verdadera catástrofe, acompañada de una viscosa lava de autorreproches, como el culmen de una vida dedicada exclusivamente a vivir sin fruto alguno y a rememorar esas vivencias de su pasado que le anudan la garganta.

Localizado el escenario en las inmediaciones del mítico y legendario Pico Sacro y su desaparecida torre ―se dice que quien pasara por algún camino próximo a ella, durante la noche, oiría con gran nitidez los lamentos y los gemidos de una señora que había sido encantada por un gigante sin que nadie pudiera auxiliarla―, Rafo se dispuso a teatralizarme con admirables gestos faciales y manuales un  sucedido que fue «o acontecemento do mundo mundial», según el matusalénico alcalde la localidad, que cada año ampliaba con una addenda el anecdotario de la comarca. Los paisanos de hábitos taberneiros apostaban, año tras año, en qué siglo acabaría el susodicho libro.

Cando se tome o derradeiro viño que prometerá hai vinte anos, sentenciaba el más conspicuo de los presentes que presumía ser el más retranqueiro de la aldea.

Daquela, teremos que ver antes ó seu paxaro xantar lacón con grelos, le respondía un retador de ironías que no sabía tomar sólo un vino.

Y echaban a reír todos imaginando al bueno del alcalde sin catar «o viño do Ulla» y dándole a su pájaro las sobras de tan selecto plato.

La mandamás de la casa de los Máiz, mujer de armas tomar, allá en los años veinte, decidió que las comidas de la familia, en plena canícula veraniega, tenían que ser un interminable recordatorio de todas las historietas, enredos o intrigas que habían sido protagonizados, unos por su familia, otros por los más insignes invitados y los de más allá por los anónimos habitantes de la aldea. Comentaban los residentes de esa casa que, cuando se le contradecía, se enfadaba como un huracán y daba unos botes, impulsados por sus andariegas piernas, que tocaba el techo con el moño que se hacía todas las mañanas después de llevar a cabo sus diarias abluciones en su dormitorio.

Un vecino de la finca de El Burgo, en Vedra, llamado O estralador, por su hartera forma de reventar las anécdotas antes de que culminara exitosamente su relato, era un digno representante, a pesar de ello, de la narrativa y rumorología oral gallega más ancestral.

―Porque no hay otro igual, decían las lenguas empapadas en vino en la taberna de O corneador do Ulla, por su infructuoso afán de ponerle los cuernos a su resignada mujer.

Este hombre, integrante activo de las diferentes tertulias que en las casas rurales de la comarca ulloana se celebraban, poseía un caudal de historias, unas verdaderas en lo elemental y otras sin ninguna base real, producto de una portentosa imaginación, que iban conformando un rico patrimonio de historietas rurales.

La fiesta de la Virgen de los Dolores, la que más fama tenía en la zona, en el año 1913, culminó sin sacerdote. Este era el titular de la anécdota que manuscribió el alcalde. Robada de un manzano mimado por la familia, una rotunda manzana lanzada por el hijo de diez años de O corneador do Ulla, cual Robin Hood con su arco, atinó a sacudirle al celebrante ―el arzobispo de Santiago― tal golpe en la cabeza mientras hacían las peticiones que cayó desmayado en el suelo como un orondo saco de patatas. Allí acudió el médico de la aldea, amoratado como el vino de Barrantes, a prestarle los primeros auxilios. Además de una micromisa, la fiesta patronal se quedó sin procesión porque el portador del estandarte lo olvidó, como consecuencia de una renombrada beodez, en no se sabe qué lugar de la periferia vedresa.

Las familias de los niños que iban a recibir la Primera Comunión ―tradición que empezó a asentarse a finales del siglo XIX― cayeron en un estado de ansiedad monumental porque intuían que sus hijos se iban a quedar a dos velas y con un palmo de narices si no se recuperaba el noqueado mitrado… de los efluvios vinícolas que expelía por la boca el dispuesto facultativo.

Coincidiendo con la fiesta de la comarca, también se celebraba la Primera Comunión de los pequeños de la aldea que estuvieran en disposición de recibir el mencionado sacramento. Sus esmeradas madres habían cuidado con enorme afán, el peinado y el traje de los primocomulgantes. Un buen negocio había hecho el peluquero el día anterior porque les cortó el pelo y los repeinó de tal modo con el fijador Patrico, para seguir la moda en una época que se llevaba el pelo engominado o el cabello hacia atrás con raya marcada. Era Patrico, en cierto modo, el equivalente español de las pomadas clásicas americanas, pero con un toque propio y un olor fuerte muy característico.

Recuperado del manzanazo el celebrante, más amigo de la calle que del convento, pudo otorgar, muy satisfecho y a toda velocidad, la Primera Comunión a todos los niños, aunque sus ojos estaban puestos en la opípara comida que habían preparado con todo lujo de detalles.

―Necesito recuperarme cuanto antes, acertó a decir con una voz aún herida.

Aquellas fiestas eran pantagruélicas, tanto en la celebración del acto religioso ―aunque en esta ocasión fue de chichinabo, como la tildó un madrileño que llevaba muchos años a la sombra del Pico Sacro― como en la comilona que era la esplendorosa culminación de un día inolvidable para toda la comarca. Decenas de curiosos posaban sus ojos en los diferentes concurrentes que asistían con sus mejores galas al acto casi más importante del año. Como aprendices de tertulianos televisivos, soltaban sus hirientes dardos, bien en forma de sonora carcajada, bien en modo de calificativos irrepetibles, contra todo ser viviente que mostrara un aspecto merecedor de la más dura diatriba.

Las burlas giraban también en torno a la renombrada cogorza que se iba a coger el señor alcalde, a los traspiés que los más torpes cometían en sus andares por el peligroso acceso que circundaba a la casa o en los llamativos trajes que algunos ―sin rubor ninguno― lucían cual esperpento valleinclanesco.

Pero concretemos más. Se organizó un auténtico fangal por culpa de una lluvia torrencial en la zona y la puerta principal, parecido el lugar a un fotocol de famosos, se convirtió en una «chocolatada de barro y agua». De nada sirvió que el acto religioso, por la indisposición del arzobispo de Santiago, fuera fugaz y deslucido. La chuvieira ―lluvia intensa con viento― que cayó fue muy inoportuna y todos los vecinos pudieron disfrutar, con mayor saña que otros años, del hundimiento reiterado de los zapatos en el cenagal que se había formado. Los invitados se vieron obligados a descalzarse para limpiar con esmerada voluntad los casi por seguro ya inservibles zapatos. Las risotadas de los espectadores fueron de escándalo. Ver de esa guisa al médico, al farmacéutico o a la alcaldesa, que tenía unos juanetes que parecían un sexto dedo en plena independencia, era impagable. Estaba asegurada una temporada en la taberna de O corneador do Ulla.

Por entonces, a principios del siglo XX, en estas casas no había cuarto de baño que dispusiera de un inodoro como los de hoy. Uno de los grandes problemas de estos eventos era, cuando se juntaban personajes de cierta entidad, cómo facilitarles la evacuación de sus aguas menores y mayores. El aseo diario se llevaba a cabo en un elegante lavabo que había en cada dormitorio. Las personas que trabajaban la finca se encargaban de dejar la jarra de agua bien repleta y una jofaina limpia para que los durmientes pudieran hacer a primera hora sus purificadoras abluciones.

En la parte posterior de estas viviendas, en la planta baja, en un lugar poco visible, había un excusado llamado común que servía de cagadoiro, como decía vulgarmente la gente de la aldea. Los más refinados se negaban a utilizar ese nombre y hablaban con unos eufemismos dignos de admiración: el excusado, el visitador, el inevitable o el solitario. Consistía en una construcción de madera en la que cabía a duras penas una persona de pie. A la altura de las rodillas había colocada una tabla de madera con un agujero redondo en el centro, lugar por el que se colaba la liberación humana, después de acomodar bien las posaderas, hacia un pozo negro.

Ante este hecho, y con la absoluta certeza de que a lo largo del día el reverendísimo arzobispo iría a visitarlo, un miembro de la familia de la mandamás le dijo entonces a un rapaz que raposeaba por allí:

―Cuando vaya su excelentísimo arzobispo a hacer hueco (a cagar, rapaz, a cagar, ante la cara de sorprendido del chiquillo), estate bien atento, para que en el momento de terminar su liberadora tarea ―no puedes quitar ojo de su libramento, ¿eh?―, tú le pasas por la enlodada comisura de sus nobles nalgas un palo con un paño de tela muy fina ligeramente humedecido con agua y untado con el aromático jabón que elaboramos en nuestra finca. De este modo, su ilustrísima no se ensuciará en absoluto ni la ropa interior ni los faldones de la sotana. La labor tuya es vital para que el único olor que percibamos sea el del aroma del jabón de Consuelo.

El chaval, acobardado, estuvo practicando con esmero desde que fue elegido para tal «ilustre tarea», pues hablaban de las malas pulgas que manifestaba el prelado cuando algo no acababa como él tenía previsto.

Fuco, llamemos así al chaval, al recibir la señal salió como un cohete y se colocó justo detrás del armazón de madera que daba rudimentaria forma al precario retrete. La madera rugió dolorosa cuando los voluminosos glúteos del mitrado descansaron en el tablón agujereado. Gracias a que el maderamen estaba un poco húmedo no se quebró como una plancha seca. Allí, el asustado rapaz tenía los cinco sentidos puestos en la acción liberadora del que había pronunciado minutos antes, como colofón de la comida, un «emotivo sermón» sobre las tentaciones del matrimonio cristiano.

Cuando el joven, magníficamente adiestrado pensó que el ciscador ya había terminado ―el volumen del vaciado y la trompetería que lo acompañó fueron de récord Guiness―, le ajustó el palo a su entrenalgas y frotó con una energía brutal. El mitrado, ante tan sorprendente y enojosa caricia, se puso tieso como un roble. Fuco pensó que tal vez no había realizado una limpieza completa, ya que no subía el aroma del jabón. Debía realizar una segunda e higiénica tarea que le asegurara que estaba todo limpio como una patena. Repitió la operación con más diligencia e impetuosa porfía si cabe. Pero… ¿Cómo iba a pensar el raparigo que el zampón prelado iba a meter la cabeza en el maloliente agujero para ver qué había ocurrido? El resultado fue que, en lugar de limpiarle por segunda vez el trasero, le endilgó unas buenas zurrapas que se habían adherido al paño en la primera limpieza en su rostro que brillaba coloradote por el vino consumido.

El buen hombre bramó como un cerdo por San Martín, despotricó de los hombres y de todo lo que no se encontraba en los escritos. Sin pudor alguno, se presentó en el remate de la comida ―podía ser cena, por la hora― con la cara enmarronada y exigió, tras unas cuantas expresiones malsonantes, que se esclareciese cuanto antes el móvil de aquella sucia ofensa y que se castigara con severidad al desvergonzado responsable. La reparación debería ser pública y notoria.

Y allí había que ver al pobre Fuco, delante del señor arzobispo, que no había permitido que le limpiaran la cara con diligencia, por lo que aún llevaba, según los asistentes que permanecían en riguroso silencio, pero con unas locas ganas de soltar una carcajada, en el rostro algunos restos de lo ingerido copiosamente en el desayuno y comida. Fuco le pidió perdón reiteradas veces ―nada se supo del instigador― con la cabeza gacha y sin mirarle a los ojos. Le aseguraron al gran libertario que el escarmiento iba a ser de los que harían época.

Los rapaces, solidarios con Fuco, estuvieron una semana sin salir de casa por la mañana, pero, por las tardes de esos días nadie les impidió ir al río a bañarse.

Durante esos días, los parroquianos, después de hablar con algún testigo de excepción, decían, entre burlas y parodias, que el verdadero responsable de la trastada sonreía más de la cuenta, como si una alegría interior rebosara de continuo por los poros de su plisada piel. Y este no era otro que el único tío soltero de la familia.

De la pintura del señor arzobispo habló toda la aldea durante meses. Hasta dicen que el hijo de Mariquiña, la de la tienda de comestibles, que pintaba muy bien, por cierto, hizo un lienzo para inmortalizar la heroica hazaña de Fuco. La verdad es que nadie lo vio.

En la tasca de la aldea sí se escucharon, durante bastante tiempo, muchas chanzas cuando los sedientos discípulos de Baco iban al común. Cuentan que salían disparados del estudio de pintura del señor arzobispo (así fue rebautizado el común de la taberna), por si alguno de los pícaros que por allí correteaban los confundían con su reverendísima.

―De la ceremonia religiosa decapitada y del sermón admonitorio sobre los peligros del baile moderno nadie habló lo más mínimo. Lo que se recuerda de la fiesta aún hoy es el gracioso y maloliente incidente del mitrado. Tantos preparativos por parte de la familia y de los vecinos para caer sin remedio en el más injusto olvido, se lamentó Rafo cuando terminó, satisfecho, la narración de la pintura original

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NO QUISIERA…

No quisiera que el calor me hiciera olvidar el nombre que, en estos últimos años, día a día, se ha reflejado en mi memoria. (Para ello tal vez tenga que grabarlo en el cénit de aquel primer recordatorio). Tampoco quisiera confundir la dirección de tus pasos ni envilecer las marionetas que, tras unas horas aciagas, permanecieron inmóviles en tu rebeldía. No quisiera que participaras en este juego de dudas, en este dudoso juego, en el que un simple pasillo de deslices maceraría tu arcana plenitud. No quisiera que en este verano se sofocasen aún más los pliegues de mi ropaje. No quisiera ver mi nombre olvidado en el postrer rincón de tu agenda… o tal vez… sí quisiera, ya que así, ¡al menos!, permanecería en tu recuerdo, aunque fuera prendido con alfileres, aunque fuera en esa última línea de un tétrico escalafón de infinitas miradas. No quisiera… ¿no quisiera?…

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CAFETERO/A

Personajillo, como un servidor, que se toma varios cafés al día y todos ellos, especialmente el primero y el último como si fueran el único refresco del desierto, prostituyendo de ese modo la sabrosa labor de los catadores de ese oro negro líquido. El cafetero, yo, cuando estoy frente a un excelente café ―que no «pasilla», que es la denominación del mal café en Colombia―, salivo como un perro ante una chuche y no encuentro el momento para darle un sorbito. Miro a izquierda y derecha, como prófugo de la justicia que está escondido tras el perfil de un cafeto, y me bebo de un trago el contenido de mi taza. ¿Saborear? Nada. Desastre de cafetero, seguro que piensa el camarero. Sin café soy básicamente un wifi sin señal, le digo al camarero, que me mira como cuando yo era niño y observaba fumar a los murciélagos en una oscura esquina del techo de la capilla. Es el que acaba siendo nombrado y reconocido para presidir el Alto Comisionado para los Asuntos Cafeteros, Protector de las Tazas Sagradas, Defensor del Espresso y Mártir del Insomnio Voluntario. Además de ser presidente vitalicio del Comité Internacional de ‘Solo Uno Más y Empiezo el Día’ ¿Por qué ha sido condecorado? Por sus servicios prestados a la humanidad en forma de aroma tostado y mirada temblorosa, y ser ejemplo viviente de que el sistema nervioso puede sobrevivir a niveles ilegales de cafeína y aún fingir cordura en reuniones de trabajo. 

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AMULETOS

Mi camino está repleto de interminables vericuetos, edificios en ruinas y un exceso de velados amuletos. Todos ellos en el centro de mi pecho, unos me protegen de los ataques de cordura, otros me desnudan sin reservas y muestran un espíritu inerte y maltrecho. Todos ellos, perforando nubes y estrellas, se lanzan sobre mí para blindar en mi interior una calma infinita y sanar entre álamos de fe la llaga de mi cicatriz.

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CANAS

Las canas aparecen despacio, casi con educación. Una mañana descubres algunas en el espejo y entiendes que el tiempo ha seguido trabajando sin pedir permiso. No traen solo edad, también traen una mirada distinta sobre lo vivido. Cosas que antes parecían fracasos absolutos empiezan a verse como rodeos necesarios, decisiones que parecían urgentes pierden importancia y ciertos silencios dejan de doler tanto porque uno comprende el miedo que los produjo. Cuando me observo ahora, veo a alguien que todavía aprende, pero que ya no necesita demostrar tanto. Tal vez, esa sea una de las ventajas discretas del tiempo, permitir que la vida se entienda con menos dramatismo y más curiosidad tranquila, como si cada recuerdo fuera una página que por fin puede leerse sin prisa, ni culpa excesiva, solo con la atención serena de quien sabe que todo pasó para algo, aunque ese algo tarde años en mostrarse al fin.

 

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TRES CITAS EN GALLEGO SOBRE LA LECTURA

A lectura é un milagre que nos abre portas a mundos descoñecidos. Cada libro é unha fiestra de luz que ilumina a nosa imaxinación. A través das palabras viaxamos sen mover os pés. Os contos e as historias ensínannos a soñar e a comprender mellor a vida. Ler é un agasallo que alimenta a mente e enriquece o corazón.

A tristura que producen os que denostan os libros é fonda e silenciosa. Cando alguén menospreza a lectura, semella que apaga unha luz no mundo. Os libros gardan soños, memoria e sabedoría que nos fan medrar. Desprezalos é pechar portas á imaxinación e ao coñecemento. Esa actitude deixa un eco frío onde podería haber palabras e esperanza.

As casas con libros enchen o corazón de ledicia e imaxinación. Entre as súas páxinas viven historias que nos fan soñar sen límites. Cada recuncho gardado nun libro é unha porta aberta a novos mundos. O recendo do papel e o silencio compartido traen paz e felicidade. Nunha casa con libros, a alegría medra coa forza das palabras. 

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LA GENTE DE LA ALDEA DE LOS AÑOS OCHENTA

Cuando cierro los ojos y regreso a la aldea de los años ochenta, no veo primero las casas, ni los caminos, ni los hórreos, ni siquiera los prados.

Veo a la gente. Ellos eran el verdadero paisaje.

No tenían mucho dinero. Muchos tampoco habían podido estudiar todo lo que habrían querido. Pero poseían una riqueza que hoy echo de menos casi todos los días: sabían vivir unos con otros.

Las puertas casi nunca estaban cerradas del todo.

Entrar en una casa era tan sencillo como decir un «¿Pódese?» desde la puerta. Y antes de que terminara la pregunta ya había alguien respondiendo con una sonrisa y acercando una silla.

Siempre aparecía algo sobre la mesa. Un trozo de pan. Un poco de queso. Un vaso de vino. Un café. Lo que hubiera.

Nunca escuché a nadie decir que tenía poco para compartir. Compartían precisamente porque sabían lo que costaba ganarlo.

Recuerdo a los hombres regresar del campo con las manos endurecidas por el trabajo y el rostro cansado, pero todavía con fuerzas para ayudar al vecino a recoger la hierba si veía que el tiempo amenazaba lluvia.

Recuerdo a las mujeres. Qué injusto sería resumirlas en unas pocas líneas.

Sostenían la casa, la familia, la huerta, los animales y, muchas veces, también el ánimo de todos los demás. Madrugaban más que nadie y se acostaban las últimas. Y aun así siempre encontraban un momento para preguntar cómo estabas o para enviarte de vuelta con un plato de comida «por si luego te entra fame».

Nadie hablaba de solidaridad. Se practicaba. Si enfermaba una familia, aparecían otras cinco. Si había matanza, una parte iba para quien la necesitara. Si nacía un niño, el pueblo entero parecía crecer con él.

Y cuando alguien se marchaba para Suiza, Alemania o América, todos sentíamos que una parte de la aldea emprendía también aquel viaje.

Había discusiones, claro que sí.

Algún enfado. Alguna palabra más alta de la cuenta. Porque eran personas de verdad, no santos.

Pero las diferencias casi nunca duraban más que una cosecha. La vida enseñaba demasiado pronto que era mucho más importante llevarse bien que tener razón.

Pienso ahora en aquella forma de vivir y me pregunto si realmente éramos más pobres. Había menos cosas. Eso es cierto. Menos coches. Menos comodidades. Menos dinero. Pero también había menos soledad.

Los niños crecían entre muchas madres y muchos padres. Cualquier vecino tenía autoridad para corregirlos si hacía falta, y ninguno de ellos se sentía menos querido por ello. Aprendían el valor de la palabra dada, del trabajo bien hecho y del respeto a los mayores sin que nadie necesitara convertirlo en una lección.

Con los años llegan carreteras mejores, casas más grandes y aparatos capaces de comunicarnos con cualquier rincón del mundo.

Y, sin embargo, algunas tardes tengo la impresión de que nunca hemos estado tan lejos unos de otros.

Por eso vuelvo tantas veces a aquella aldea. No para escapar del presente.

Ni para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Vuelvo porque allí aprendí algo que todavía me acompaña. Que una persona vale mucho más por la mano que tiende que por lo que guarda. Que la generosidad no depende del tamaño de la cartera, sino del tamaño del corazón. Y que la verdadera riqueza de Galicia nunca estuvo únicamente en sus bosques, en sus rías, en sus playas o en sus montañas.

Estuvo, y sigue estando, en esa gente sencilla que saludaba por el nombre, compartía el pan sin hacer preguntas y era capaz de convertir a un vecino en familia.

Cuando me levanto para marcharme de ese recuerdo, miro una vez más la aldea.

Ya no escucho las voces. Pero sé que siguen allí. Porque hay personas que nunca se van del todo. Mientras alguien las recuerde con gratitud, seguirán caminando por los caminos de Galicia, despacio, con la misma nobleza con la que caminaron toda su vida.

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EL PAISAJE DE LA DESTRUCCIÓN

Quisiera olvidar aquella desmesurada obcecación, pero una marea de segundos, ebrios y torrencialmente despiadados, se precipita sobre mí perfilando en la semilla de mi memoria una silva de guadañas. Esclavo de una cadena de enajenadas migraciones no logro romper el filo de la intrahistoria que ahíta de encamadas pupilas sobrevoló nuestra encrucijada, y despierto todas las noches masticando una acumulación de pretextos incapaces de horadar el insondable secreto de tu ignota biografía. Tu aliento, presente en todas mis fatigadas superficies, dogmatiza cualquier postrero vestigio de luz. Tu aliento no puede evitar que se haga irrespirable el espanto de aquellas torpes palabras, y con mis horas desterradas entre cercos desolados alcanzo, exánime y exento de clarividencia, los sótanos de tu mirada.

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TU PIEL

Tu piel fue la primera geografía que aprendí a leer sin mapas. No tenía fronteras, solo ondulaciones suaves, como el despertar de mi niñez al amanecer. Era piel de niebla y de fuego, piel que guardaba la sal de las lágrimas que nunca lloré, piel que sabía a hierba mojada y a pan de maíz recién cocido.

Cuando te acercabas, el tiempo te hacía reverencias. Las horas dejaban de contar, y los días se convertían en canciones sin letra. Tu piel me hablaba sin palabras, con una tilde que solo entendían quienes sueñan con las manos.

Era piel de fiesta y de luto, de romería y de invierno. Piel que sabía esperar sin pedir nada.

Ahora que eres recuerdo y viento, sigo buscando el aroma de tu piel en las páginas de los libros viejos, en las piedras calientes del mediodía, en las voces que se cruzan en la memoria. Y a veces, cuando el sol se reclina sobre el mar, creo sentirla otra vez: esa piel que fue casa, que fue refugio, que fue poema antes de que yo supiera escribir. 

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CAPÍTULO XXVII DE ‘HATROZ’.- LA NOCHE DE LAS AVIONETAS

He tenido tres horas para escribir y corregir este capítulo. Rafo me entregó las pinceladas del mismo a las 6 de la tarde y me exigió que debía estar en internet colgado a las 9 de la noche. Le dije que era imposible, que tenía otras cosas que hacer, pero todo cayó en saco roto. Cuando Rafo se pone testarudo es imposible que razone. Si tú, lector, encuentras alguna errata, te pido disculpas de antemano. Insiste Rafo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La romería comenzaba mucho antes de llegar al campo de la fiesta. Empezaba en la carretera estrecha, entre montes oscuros y eucaliptos húmedos, cuando los coches avanzaban despacio siguiendo las luces de otros vehículos que parecían perderse entre la niebla. Risas, voces, canciones, ruidos malsonantes, ocupaban la carretera a esa hora de la noche. Los conductores se exasperaban porque los caminantes invadían continuamente la calzada.

Aquella noche del verano de 1978, Jesús conducía el Seat 124 de su padre con una mano apoyada en la parte superior del volante y la otra sujetando un cigarrillo que apenas fumaba.

—Como volvamos a coger otra curva así, me bajo y sigo andando —protestó Clara desde atrás.

—No exageres —contestó Jesús—. Esto no es una carretera, es una prueba de supervivencia.

Pedro soltó una carcajada.

—Pues yo creo que vas más rápido que otras veces para impresionar a Sofía.

—Mira quién habla —respondió Jesús—. El que lleva media hora peinándose con el retrovisor.

—Eso es mentira.

—No es mentira. Y además has gastado más colonia que mi padre en Nochebuena. Apesta el coche.

Sofía, sentada junto a la ventanilla, negó con la cabeza mientras sonreía porque presagiaba que iba a ser una gran noche.

—Los hombres sois ridículos cuando queréis haceros los interesantes.

—Y vosotras disfrutáis viendo cómo hacemos el ridículo —dijo Pedro.

—Eso también.

Detrás venía la furgoneta donde viajaban Carmen, Luisa, Julio, César, Tomás y Marga. Desde lejos ya se escuchaban sus voces.

Cuando por fin aparcaron junto a una hilera de coches mal colocados sobre la hierba, todos bajaron hablando al mismo tiempo.

—¡Madre mía, qué frío hace aquí! —dijo Marga, cruzándose los brazos.

—Frío ahora —respondió Julio—. Espera a las cuatro de la mañana.

—A las cuatro de la mañana tú no distingues entre el frío y una farola.

—Porque a esa hora ya se alcanza la sabiduría.

—No, Julio. A esa hora tú ya no sabes ni cómo te llamas —contestó Carmen.

El campo de la fiesta aparecía iluminado al fondo, lleno de bombillas de colores suspendidas entre postes de madera. La música de la orquesta llegaba amortiguada por el aire húmedo.

Sonaba una canción de Fórmula V y varias parejas bailaban ya sobre la pista de hierba desigual.

El olor a churros, vino y pulpo hervido se mezclaba con el humo de los puestos y del tabaco de los asistentes.

Tomás observó aquello con una sonrisa tranquila.

—Hay algo en las romerías gallegas, este ambiente festivo y familiar, que no existe en ningún otro sitio.

—¿El qué? —preguntó Clara.

—Que aquí nadie viene solo a divertirse. La gente viene a sentirse parte de algo, parte de una fiesta que cada año que pasa está más concurrida.

—Mira qué profundo vienes hoy —se burló César.

—Es que todavía no bebió.

Aquella frase provocó las primeras carcajadas serias de la noche.

Y como si fuese una señal, Pedro levantó el brazo señalando hacia el otro extremo del campo.

—Primera parada: las avionetas.

Todos aprobaron la idea inmediatamente.

El puesto estaba rodeado de gente. Un hombre con camisa remangada llenaba pequeñas tazas de barro mezclando licores de varias botellas alineadas frente a él.

Un cartel pintado a mano decía: AVIONETAS ESPECIALES.

—Yo sigo sin entender qué llevan exactamente —dijo Luisa.

—Nadie lo sabe —respondió Julio—. Y probablemente sea mejor así.

—Seguro que eso lleva gasolina.

—O aguarrás.

—O directamente veneno.

El hombre del puesto los miró con media sonrisa.

—Mucho hablar y luego repetís todos.

—Porque no aprendemos —contestó Jesús.

Pidieron una ronda completa.

Las avionetas quemaban la garganta y dejaban un calor instantáneo en el pecho.

Sofía cerró los ojos tras el primer trago.

—Esto puede arrancar la pintura de una pared.

—Eso significa que está bueno —dijo César.

—No, eso significa que mañana voy a despertarme ciega.

Pedro levantó la taza.

—Escuchadme bien. Esta noche tenemos tres objetivos importantes.

—Ya empezó —murmuró Carmen.

—Primero: bailar.

—Aceptable.

—Segundo: no perder a Julio.

—Difícil.

—Y tercero: conseguir volver todos vivos.

Tomás asintió solemnemente.

—Ese último me preocupa.

La orquesta cambió de canción.

Comenzaron los primeros acordes de Déjame, de Los Secretos.

La zona de baile empezó a llenarse todavía más.

Marga agarró de la muñeca a Luisa.

—Ven conmigo antes de que nos quedemos aquí oyendo tonterías toda la noche.

—Yo no bailo.

—Eso decís siempre y luego sois las últimas en dejar de bailar.

—Porque insistís demasiado.

—Porque si no insistimos os pasáis la vida apoyadas contra una barra mirando cómo viven los demás.

Luisa terminó cediendo.

Mientras caminaban hacia la pista, César se acercó a Tomás.

—Te digo una cosa. Marga tiene razón.

—¿En qué?

—En eso de mirar cómo viven los demás. Hay gente que viene a las fiestas y parece que tiene miedo de pasarlo bien.

Tomás encendió un cigarrillo.

—Porque hay gente que piensa demasiado.

—¿Y tú?

—Yo llevo años pensando demasiado.

—Pues deja de hacerlo esta noche.

Las bailonas hacían que la fiesta fuera un desmadre de movimiento.

La orquesta tenía un cantante con traje blanco brillante que sonreía incluso cuando no cantaba. Parecía feliz de estar allí, bajo aquellas luces, viendo cómo la gente coreaba canciones conocidas.

Jesús empezó a bailar con Clara casi por obligación.

—No me pises.

—Entonces deja de moverte tanto.

—Eso es bailar. Hay más agujeros que en la carretera de la playa.

—No. Eso es intentar derribarme.

Clara soltó una risa sincera.

Pedro, mientras tanto, intentaba acercarse a Sofía sin parecer demasiado evidente.

—¿Te apetece bailar?

—¿Y tú sabes?

—Lo suficiente para no hacer el ridículo.

—Eso ya es bastante.

Comenzaron a bailar despacio.

Pedro estaba mucho más nervioso de lo que aparentaba.

—¿Siempre vienes a esta romería?

—Casi todos los años.

—Entonces igual ya nos habíamos visto.

—Puede.

—Yo me acordaría.

Sofía lo miró divertida.

—Qué seguro estás de ti mismo.

—No, de mí no. De ti.

Ella bajó la mirada un instante.

La música siguió sonando.

Cerca de los puestos, Julio ya había encontrado conversación con un grupo de hombres mayores que discutían sobre fútbol.

—Os digo yo que el Dépor va a cambiar muchísimo en diez años —decía uno.

—Sí, claro. Y yo voy a acabar siendo titular del Celta.

—No os riais. Las cosas están cambiando mucho en el fútbol.

Julio intervino levantando la taza.

—Pues mientras cambian, habrá que seguir bebiendo.

—Eso sí que no falla nunca —respondió uno de los hombres.

Poco después fueron hacia uno de los puestos del pulpo.

Las mujeres cortaban los tentáculos con enormes tijeras sobre platos de madera. El vapor subía espeso hacia las bombillas de colores.

El olor era irresistible.

—Ahora sí que soy feliz —dijo César cuando le entregaron su ración.

—Tú eres feliz con muy poco.

—Eso es una virtud.

Se sentaron todos en bancos largos de madera.

Durante unos minutos apenas hablaron, concentrados en comer.

El aceite rojizo y el pimentón manchaban el pan y las servilletas.

Tomás observó al grupo con calma.

Jesús discutiendo con Clara. Pedro intentando impresionar a Sofía. Julio hablando demasiado alto. Marga riéndose de cualquier cosa.

Carmen y Luisa compartiendo churros antes incluso de haberlos comprado.

Y sintió una especie de nostalgia extraña, como si aquella noche ya estuviese convirtiéndose en recuerdo mientras todavía la estaban viviendo.

—¿En qué piensas? —preguntó Carmen.

—En nada.

—Mentira. Tú siempre estás pensando.

Tomás tardó un poco en responder.

—Estaba pensando que dentro de muchos años vamos a recordar esto exactamente así.

—¿Así cómo?

—Con ruido, con humo, con orquestas infames y creyéndonos eternos.

Julio soltó una carcajada.

—La música no es mala.

—La canta alguien vestido como una lámpara.

—Eso es elegancia.

Después del pulpo llegaron los churros. El puesto estaba lleno de humo dulce y niños con las manos pegajosas de azúcar.

Marga pidió chocolate caliente para todos.

—Esto entra solo —dijo Clara.

—Como las avionetas —añadió Jesús.

—No compares una cosa sagrada con una bebida hecha para matar gente.

Sofía observó el movimiento continuo de la romería.

—Mira alrededor.

Pedro siguió su mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que parece que aquí el tiempo tiene un ritmo distinto.

Él asintió.

—Eso es verdad.

—La gente se ríe más.

—Porque aquí nadie piensa en mañana.

—Eso da miedo.

—¿Por qué?

—Porque las noches mejores son las que luego uno no consigue olvidar.

Pedro se quedó callado unos segundos.

—Entonces espero que no olvides esta.

Ella no respondió enseguida. Solo sonrió levemente.

Más tarde fueron hacia el puesto de tiro.

Tomás insistió en competir con César.

—Te gano fácil.

—Llevas diciendo eso desde pequeños.

—Porque es verdad.

El feriante les entregó las escopetas de balines.

Varias personas comenzaron a mirar.

—Venga, Tomás —gritó Marga—. Demuestra que tantos años cazando moscas sirve para algo.

—Cuando gane quiero respeto.

—Si ganas te compramos otra avioneta.

Los disparos comenzaron. Latas cayendo.  Botellas vibrando. Balines perdidos golpeando la madera.

César derribó más objetivos y alzó los brazos victorioso.

—Aprende del maestro.

—Ha sido suerte.

—No. Ha sido talento.

El premio era un peluche horroroso con forma de perro. César se lo entregó ceremoniosamente a Carmen.

—Para ti.

—¿Y yo qué hago con esto?

—Recordar por siempre esta noche.

—Preferiría una empanada.

La música seguía creciendo. Cada vez había más gente bailando. Las avionetas continuaban circulando de mano en mano. La noche parecía avanzar más rápido de lo normal.

Cerca de las dos de la madrugada, Julio se subió a un banco con una taza en alto.

—¡Silencio un momento!

—Eso nunca es buena señal —dijo Luisa.

Varias personas alrededor comenzaron a mirarlo divertidas.

—Quiero decir algo importante.

—Bájate antes de romperte la cabeza —gritó Jesús.

—Escuchad primero.

Julio carraspeó teatralmente.

—Pasamos el año entero trabajando, estudiando, aguantando problemas y escuchando a gente aburrida. Y luego llega una noche así… y de repente todo parece más sencillo.

—Eso es la bebida que te suelta la lengua —dijo Clara.

—No. Eso es la verdad. Miradnos. Dentro de veinte años igual estamos casados, calvos o viviendo lejos unos de otros… pero esta noche la vamos a recordar siempre.

Hubo varios aplausos y silbidos. Incluso algunos desconocidos levantaron sus vasos.

Tomás sonrió mirando al suelo.

—El idiota tiene razón. Dentro de veinte años lo mismo ya no hay fiestas como esta.

La orquesta empezó otra canción rápida. Jesús sacó a bailar a Carmen. Pedro volvió a acercarse a Sofía. César y Marga discutían riéndose. Luisa, que al principio aseguraba no querer bailar, terminó girando en mitad de la pista.

Las luces de colores atravesaban la niebla ligera que comenzaba a levantarse desde los prados.

Por momentos todo parecía un sueño. Un lugar suspendido fuera del tiempo.

Cerca de las tres de la mañana, algunos niños dormían sobre las sillas mientras los mayores seguían bebiendo y cantando.

La voz del cantante de la orquesta sonaba ya cansada, pero nadie parecía dispuesto a marcharse. La fiesta estaba a punto de terminar porque sonó el Miudiño.

Pedro y Sofía caminaron unos metros apartados del ruido.

Detrás de los coches aparcados apenas llegaba la música.

—¿Sabes una cosa? —dijo él.

—¿Qué?

—Llevo toda la noche intentando parecer más interesante de lo que soy.

Ella soltó una risa suave.

—Eso ya lo sabía.

—¿Y funciona?

—A ratos.

—Bueno, algo es algo.

Hubo un silencio tranquilo.

—No quiero que esta noche termine —dijo Sofía.

—Entonces no termina.

—Sí termina. Todo termina.

Pedro la miró con atención.

—Puede. Pero hay noches que luego se quedan contigo muchos años.

Ella suspiró.

—Eso precisamente es lo peligroso.

Cuando regresaron junto al grupo, Tomás estaba sentado sobre la hierba fumando en silencio.

Jesús se dejó caer a su lado.

—¿Cansado?

—Un poco.

—Pues todavía queda amanecer.

Tomás miró hacia el campo iluminado y observó cómo la orquesta iba recogiendo todos los instrumentos.

—¿Sabes qué pasa?

—Qué.

—Que uno cree siempre que estas cosas van a repetirse eternamente.

—Y no.

—Y no.

Jesús permaneció callado unos segundos.

—Por eso hay que vivirlas bien.

La niebla cubría ya parte del campo y el palco se empezaba a quedar vacío y oscuro.

Los feriantes empezaban a cerrar algunos puestos.

Olía a hierba mojada, café recién hecho y humo apagado.

Marga se sentó en la hierba abrazándose las rodillas.

—No quiero volver.

—Nadie quiere —respondió Carmen.

Julio señaló el horizonte que empezaba a ponerse gris claro.

—Mirad eso.

Todos guardaron silencio un instante.

Las primeras luces del amanecer aparecían detrás de los montes.

Y de pronto, sin necesidad de decirlo, todos entendieron que aquella noche quedaría unida para siempre a sus vidas.

No solo por las canciones. Ni por las avionetas. Ni siquiera por los bailes y las risas.

Sino porque durante unas horas fueron exactamente quienes querían ser. Jóvenes. Libres. Y completamente felices.

Cuando arrancaron los coches, todavía seguían tarareando canciones de la orquesta.

El campo de la romería quedó atrás entre niebla y bombillas apagándose lentamente.

Y mientras la carretera volvía a perderse entre montes húmedos y aldeas dormidas, todos llevaban encima esa sensación extraña que solo dejan las noches verdaderamente importantes.

La sensación de haber vivido algo irrepetible: la noche de las avionetas.

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MANIFESTO PERSOAL DO GHALEGO OU PREGHÓN DUNHA ALDEA QUE XA NON EXISTE

Saúdo inicial.- Boas tardes a todos, veciños, amigos, e tamén a aqueles que viñestes de fóra atraídos polo cheiro do polbo e o son da gaita. É para min un orgullo que non me cabe no peito estar hoxe aquí, subido a este estrado, para dar comezo ás festas desta aldea que non está nos mapas.

Cando me chamaron para facer o pregón, o primeiro que pensei foi: «Ai miña nai, e agora que lles digo eu a esta xente?». Porque aquí todos nos coñecemos, e un non pode vir aquí con palabras raras nin aires de sabichón. Por iso, hoxe quero falarvos do que nos une: da nosa fala. Pero non da que sae nos libros de texto con moito acento e moita norma, senón da nosa, da que usamos para pedir un viño ou para berrarlle ás vacas cando se saltan ao prado do veciño.

Defensa do galego natural.- Hai quen di que o galego hai que falalo con moito xeito, sen «castelanismos», con todos os acentos no seu sitio e as «h» aspiradas onde mandan os señores de Santiago. E home, a norma está ben para as leis e para a televisión, pero a lingua de verdade, a que ten alma, é a que herdamos dos nosos avós.

Esa lingua que nos ensinou que non é o mesmo estar «farto» que estar «farto de todo», nin é o mesmo un «carallo» de sorpresa que un «carallo» de cabreo monumental. O noso galego é prático, é direto e, sobre todo, é cariñoso ata cando insulta. Ou hai algo máis agarimoso que un pai dándolle un bico ao fillo e dicíndolle: «Ai, que rapaz máis caralludo me saíu!»

A tecnoloxía e a aldea.- Hoxe en día todo cambia moi rápido. Agora todos andamos co ghuasap e coas redes sociais. O outro día contábanme a historia dun veciño, o Manolo do Pazo, que lle regalaron un teléfono deses intelixentes. O home, afeito a falar coas mans e berrando de leira a leira, non se daba co aparello.

Un día mandoulle un audio á súa filla que vive en Vigo. O Manolo quería dicirlle que a porca parira sete leitóns, pero o corretor do teléfono, que debeu ser programado por un que non pisou unha bosta na súa vida, cambioulle leitóns por lectores. A filla chamouno asustada: «Papá, como é iso de que a porca ten sete lectores? Que lles estás dando de comer, o xornal?». E o Manolo, coa súa retranca, respondeulle: «Non filla, é que saíron moi ilustrados e non queren fariña, queren a ghalipedia!».

Vedes, o noso galego enténdese ata cando a máquina se trabuca, porque o que importa é o sentido, a intención e a risa que nos bota fóra.

A importancia de falar como somos.- Defender o noso galego non é pecharse en banda. É saber que cando dicimos miñocaluscofusco ou fodichón, estamos usando palabras que teñen séculos de historia e que saben a terra mollada. Non teñamos medo a «meter a pata» ou a que digan que falamos mal. Falamos como somos.

Moitas veces, na cidade, din que o noso galego é gheadeiro ou que ten seseo. Pois claro que si! É a música da nosa costa e dos nosos montes. Un galego sen gheada é como un caldo sen unto: pódese comer, pero fáltalle a graza, fáltalle ese sabor que che quenta o corpo nos días de frío.

O médico e a vella Lémbrome tamén daquela señora, a Sra. Carme, que foi ao médico novo que mandaron de Madrid. O rapaz, moi xeitoso pero que non entendía nin papa de galego, preguntoulle:

—¿Y dígame, señora Carme, qué es lo que siente usted?

E a Carme, tocándose o estómago, díxolle:

—Ai, filliño, teño un fervedoiro aquí no buche que non me deixa parar, e síntome toda esmorgada, coma se me pasara un carro de bois por riba.

O médico quedou mirando para ela coma se fose un extraterrestre. Colleu o dicionario, buscou e non atopou nada. Ao final, a Carme, perdendo a paciencia, espetoulle:

—Mira, meu ben, se non sabes o que é un fervedoiro, mellor vai estudar a veterinaria, porque as persoas da aldea falamos así dende que o mundo é mundo.

E tiña razón a Carme! A nosa lingua é a mellor medicina porque nos permite dicir exactamente o que nos doe e onde nos doe.

O futuro da nosa fala.- Ás veces vexo que os novos teñen vergoña de falar como os vellos. Falan ese galego de laboratorio que soa a tradución de Google. Eu pídolles que escoiten aos seus avós. Que aprendan que unha andrómena non é un trasto calquera, e que estar amoucado é moito máis profundo que estar triste.

O galego da aldea é un tesouro. É a lingua da resistencia. É a lingua que sobreviviu sen leis, só coa forza da xente que non quería calar. Por iso, hoxe pídovos que non o deixedes morrer. Faládeo cos nenos, faládeo cos cans, faládeo ata coas pedras se fai falta. Porque mentres haxa un galego dicindo «bueno, vaise indo», Galicia seguirá viva.

Conclusión e brinde.- Hoxe non estamos aquí para dar clases de gramática. Estamos aquí para celebrar que somos unha comunidade, que somos veciños e que temos a sorte de vivir nun lugar onde a palabra aínda ten valor de lei.

Imos gozar destas festas. Imos comer, imos beber (con sentidiño, ou sen el, que para iso é festa), e imos falar moito. Que se escoite o noso galego forte, que chegue ata o cumio do monte máis alto. Que ninguén nos diga como temos que falar, porque a nosa lingua é nosa, e ninguén a sabe bailar como nós.

Así que, veciños, por todos vós, polos que están e polos que xa non están pero que nos deixaron estas palabras na boca: Que viva a nosa aldea! Que viva o noso galego! E que empece a festa! Moitas grazas a todos. 

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ESCRIBIR

Escribir é unha forma de felicidade silenciosa: non me ocupa tempo porque o tempo deixa de existir cando escribo. As palabras flúen sen présa, as horas vólvense lixeiras e eu permanezo aí, fiel a unha vocación que non se mide en reloxos senón en latexos. Cando remato, descubro que o mundo seguiu o seu curso, pero eu estiven exactamente onde debía estar.

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EL SEÑORITO DEL FRASCO

En todas las familias hay peculiaridades dignas de mención. Sin ir más lejos, leído en un periódico regional hace unos años, un hijo, para no olvidar la memoria de su queridísima madre, todos los santos y cumpleaños de la difunta, realizaba en su casa una ceremonia íntima que consistía en quemar, con el formato de barritas de incienso, un porcentaje mínimo de las cenizas de su madre, para respirar el recuerdo de la mujer a la que más había querido. Fue advertido de la peligrosidad de la acción, pero haciendo caso omiso del apercibimiento, lo siguió haciendo en fechas sucesivas. Todo terminó de modo brusco una noche que tuvo que ir a urgencias por encontrarse mal y un vecino accedió a su casa y vertió las cenizas en el inodoro acompañadas por tres vaciados de cisterna. El pobre hombre no descubrió nunca quién había cometido el «cenicidio».

Después de este curioso ejemplo de la España profunda o superficial, me reafirmo en que en todas las familias, sobre todo si nos remontamos a los alejados mil novecientos, ocurrieron acontecimientos que, sin caer en la petulancia de la unicidad, pensamos que son hechos próximos a la leyenda más original del romancero anónimo. Es evidente que mi familia no iba a estar ajena a tal característica.

Allá, en la hermosa y por entonces pueblerina Compostela, vivía, y vive, parte de mi familia materna y paterna. Orgullo y satisfacción, sin duda. Muchos dirán: otra de tantas. Pero lo curioso viene a continuación.

Como era de rigor, todos los veranos se celebraba en un céntrico restaurante una comida de confraternidad familiar. Se acercaban a ella los mayores, algunos con enormes dificultades de motricidad; luego, los jóvenes más despiertos eran los que facilitaban el traslado de los demás; y los más pequeños, que siempre generaban alguna situación cómica por mor de su impulsiva juventud, volaban como pollastres saltarines alrededor de los mayores, esperando un generoso aguinaldo.

Era de recibo que en estos eventos, tras disfrutar de una copiosa comida, tomaran la palabra las personas que ya peinaban canas desde hace años, sin pudor alguno, y relataran a los presentes alguna aventura privativa de la familia. La expectación siempre era máxima, aunque algunas «batalliñas» estuvieran «más sobadas» que la sotana de don Facundo, celebrante de la pequeña oración que se rezaba, buena disculpa para el gaudeamus, en el inicio del suculento banquete.

Las anécdotas más simpáticas siempre venían de una tía nuestra que tenía en su refajo más aventuras que el baúl de la Piquer. Era una mujer que cumplía ese año otra vez ochenta años, según su peculiar forma de contar y descontar años desde el día que nació. 

Tenía un cutis apenas envejecido que era la envidia de todos los presentes, pues no había en su cara una sola arruga. Ella lo atribuía a tomar todas las noches, antes de acostarse, una copita de orujo. No faltaba siempre el sobrino gracioso que le hacía el típico comentario burlón sobre el habilísimo médico que le había estirado tal cantidad de surcos faciales. Ante estos «pinchazos irónicos», ella siempre sonreía y entonces los ojos se convertían en dos líneas de luz, en dos fervientes horizontes de piedra y sol. Tenía la sonrisa de una niña inquieta y «rebuldeira» siempre dispuesta a hacer cualquier trastada que fastidiara de buena fe a algunos mayores. De memoria prodigiosa, aún era capaz de recitar aquellos versos que el bueno de su difunto marido siempre le cantaba, con acordes claramente disonantes, en su «descontado aniversario» para conmemorar el glorioso día de su primera cita: Esos tus ojos verdes, niña, / te los compro si me los vendes, / son hermosa flor de justicia, / cadena con que tú me prendes.

Sus recuerdos siempre se remontaban a los tiempos de la mermelada de cartón ―nunca explicó el significado de esta expresión―, concepto que todos los presentes tenían muy asumido. La pobre Manuela, su fiel y devota cocinera, era el blanco de sus ironías más sangrientas. Que si no sabía nada de repostería, que tenía menos mano para los dulces que el muñón de Francisco el Ceutí ―un excombatiente tullido de la guerra de África―, que en treinta años no fue capaz de hacer bien un mollete de pan, y que si cada vez que intentaba hacer un arroz con leche los obreros de cualquier obra próxima daban saltos de alegría, pues ya tenían materia prima de primer orden para encementar varias superficies.

Después de tantos cuentos picajosos y cómicos sobre la impericia de la buena de Manuela, el corazón cristiano, decía ella, le obligaba a ponderar alguna de sus escasas virtudes. Entonces hablaba de manera superficial de sus habilidades para hacer el cocido gallego con patatas de la tierra.

Da terra son todas, señora, le contestaba algo molesta la «guisandeira» una y otra vez, sin llegar nunca a entender la pobre mujer el doble sentido de la expresión.

Cuentan, y rabiaba mi tía cuando lo oía, que hasta venía de las aldeas limítrofes a degustar «la ropa vieja» algún que otro gerifalte de hojalata o cacique de ringorrango.

―Pero ya está bien, y cortaba de forma brusca los elogios, no vaya a ser que de tanto bombo y de «tanta boca llena» convirtamos esto en un confesionario. Expresión que enfurecía, todo para sus adentros, al cura que presidía la comida siempre que la oía.

―Alabo lo buena de ella y vitupero lo malo. Eso es justicia, ¿no? Pues hecha está. Y ahora, por favor, a comer.

Otras veces se cebaba en la guerra y con las calamidades que sufrió nuestra familia al morir en ella gran parte de los hombres. En un mundo de hombres y sin hombres, se quejaba con cierta rabia contenida. En otras, se explayaba con los amoríos de algunos conocidos de las aldeas y las parroquias vecinas, tan abundantes ellos, según algunos.

―Mucho «fillo de peta na porta» hay en Galicia, mucho. Y se quedaba tan a gusto con esta aseveración más que atrevida. Nadie era capaz de rechistarle.

De esta forma tan curiosa animaba la comida, y mirando de reojo al cura, que no hablaba porque no cesaba de comer, lanzó a la fama a nuestro primocho, el señorito del frasco.

Contaba que en la postguerra, nuestra familia, como tantas otras, vivió de un modo itinerante por la geografía española, siempre buscando un lugar donde asentarse y poder vislumbrar un futuro menos doloroso e incierto que el que les tocó vivir. En este punto siempre hacía una pausa para dar un dato estadístico un poco anquilosado.

―El índice de mortalidad infantil en aquella época era muy alto. Tanto, que no era de extrañar que en la mayoría de las familias se viviera un periodo de luto más o menos extenso por el fallecimiento de un crío de corta edad y de otro familiar en fechas correlativas.

Olvidé el nombre, pero sé por lo que me contaron días posteriores que habló, como única novedad, de una tía de la familia que había perdido a cuatro de los siete hijos que tuvo. Tres murieron por enfermedades propias de entonces: meningitis, pulmonía y una infección de la sangre que le sobrevino después de un viaje en tren por la comarca de Padrón. El último hijo, el «pechacancelas», que se iba a llamar Valentín, y ya lo llamaban Neco antes de nacer, falleció tras sufrir un aborto la madre al caer escalones abajo por la escalera principal de la casa.

Grandísima fue la pena que generó tal desgracia. Más de uno dijo que nadie de la familia saldría con vida de aquella. Pero la fuerza de la sangre pudo con todo. Cuentan, sin ninguna fiabilidad, que el párroco, el médico y el juez fueron autorizados para otorgarle a la madre el beneplácito, después de atinadas cartas a quien correspondía, de conservar en casa al feto con formol en un frasco de cristal. La madre, obnubilada por la fatal desventura, decidió colocarlo en un lugar preferente de la casa, junto a una radio Marconi que le habían traído de Italia, para que fuera venerado por todos los miembros de la familia y por cualquier visitante que los apreciara lo más mínimo.

―¡La radio se enciende después de la jaculatoria!, les decía a los adultos y a los niños que en ese momento se encontraran en su casa.

Todas las noches la buena mujer le rezaba un rosario y besaba el frasco con tanta devoción que, sus súplicas, tarde o temprano, tras un rosario interminable, serían escuchadas.

Por lo tanto, con tanto cambio que experimentó la familia, el señorito del frasco, como lo rebautizó la buena de Pilocha, viajó por diferentes calles de otras tantas ciudades gallegas. Esta generosa mujer, inexperta e impulsiva, institucionalizó una célebre frase en cada uno de los traslados:

―Señora, ¿qué hago con el señorito del frasco? ¿Dónde lo pongo?

―¡Qué vas a hacer, Pilocha, qué vas a hacer! ¡Cómo siempre! Pues cogerlo con las dos manos, hacer la señal de la cruz, besarlo con muchísimo respeto y no soltarlo hasta que lleguemos a nuestra nueva casa, que allí ya me encargaré yo de que lo bendigan de nuevo. Durante el trayecto, ¡demonio de mujer!, que no se te olvide rezarle una jaculatoria tras otra. ¡Caracoles con la juventud de hoy en día! ¡No saben nada!

―El señorito es mucho señorito de Dios, rosmaba con cierta admiración patética Pilocha, que no entendía nada.

Y como la benigna de nuestra tía había comido, a pesar de sus años, como un cura de aldea, el sopor de la buena digestión la sumía año tras año en tal profundo sueño que siempre les impedía a todos los presentes conocer el último destino de nuestro querido primo, el señorito del frasco. Los más pequeños se juramentaron que se lo sacarían en un mínimo momento de lucidez.

―Dejad a la tía en paz. Dejadla. No tenéis perdón de Dios si pretendéis despertarla.

―El sueño del orujo es de lo más placentero, sentenciaba un viejo camarero que había pasado, por palabras suyas, en muchas ocasiones por una situación semejante. 

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EL PASO DEL TIEMPO

El paso del tiempo duele porque convierte los días en recuerdos y a las personas en historias. Duele porque todo ocurre solo una vez, porque siempre hay una última vez para salir con amigos, para reír sin pensar, para ver a alguien sin saber que será la última. El tiempo no se lleva la vida de golpe, se la lleva en pequeños momentos que no vuelven. Y un día miras atrás y te das cuenta de que eras feliz y no lo sabías.

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CAPÍTULO XXVI DE ‘HATROZ’.- ADJETIVOS

Rafo es un hombre sorprendente. En lo bueno y en lo malo. En lo primero te lleva a horas de gran entretenimiento, y a soltar alguna espontánea carcajada, en lo segundo te hace pasar por indignos momentos en los que disfruta, como quien triunfa humillando al otro, si muestras una actitud servil y aduladora. Es prematuro para ver en él atisbos de una madurez serena y reflexiva. Sigue siendo un inmaduro de injustificadas rabietas, de silencios castigadores, de sarcasmos fuera de tono y de un victimismo propio de los adolescentes. Me escribió hace unos días un guasap interminable. Son los que le gustan. En este mensaje me comentaba que había encontrado entre sus papeles un texto que presentó a un concurso literario convocado por un ayuntamiento extremeño en el año 2000, el año siguiente de la muerte de Enrique Urquijo. Estaba pletórico sin causa, con esa positividad farandulera que emana de las cuatro «avionetas» que te has bebido en la fiesta de La Peregrina. Me recuerda a James Dean cuando, en la piel de Jim Stark en Rebelde sin causa, trata, con desesperación, de encontrarse a sí mismo en medio de una juventud igual de confundida y perdida como él.

―Tal vez me influyó el torrente de nostalgia que me invadió cuando leí en un banco de la calle Goya la noticia de su fallecimiento y las especulaciones del momento al aparecer su cuerpo en un portal de la calle Espíritu Santo del barrio madrileño de Malasaña. Sensible, frágil y vulnerable, decían de él los que lo conocieron en persona. Tres adjetivos, salvando las distancias, con los que me siento plenamente identificado.

―Antes de que te dé el bajón, volvamos a tu guasap, Rafo. Refleja una inusitada alegría, la propia que precede a un posterior bajón anímico espeluznante… ¿O me equivoco? Te lo digo muy clarito: está a punto de salir a la luz con toda su irreflexiva inmadurez. Dices que te encantaría que yo lo incorporara a Hatroz, pues forma parte de mi idiosincrasia amorosa. Así me entenderás algo más, sentencias. ¿No crees que tus lectores, si es que los tienes aún, están muy hartos de tu pasado, de ese tu primer amor? Joder, Rafo, parece que te has quedado encasquillado en ese momento. Deja en paz a esa Maite. Me tienes a mí hasta las narices… pues a tus lectores… Estoy siendo abiertamente franco contigo…Quizá te duelan mis palabras, pero es lo que pienso.

―Sí, claro que me joden. Y ahora no pongas esa cara de sorprendido. Sí. Estoy torciendo el gesto para que lo veas «muy clarito». Eres un imbécil de cojones. ¿Ahora me vienes con esas, cuando tú has sido quien ha alimentado esa idea, la de novelar mi vida? Soy yo el que está hasta el gorro de ti y de tus innumerables advertencias. No he visto escritor, salvo tú, ―y hace un gesto con el índice y corazón de ambas manos― tan pejiguero y tocapelotas.

Sin levantar los ojos de la mesa, se va encendiendo poco a poco.

―Tío, desaparece de mi vista. Piérdete. Esfúmate. No me des más la chapa. Si estás harto, lárgate de una puta vez. Me haces un bizum con lo que te he adelantado y ancha es Castilla, como dice un conocido mío. Estás y no estás. Quieres que te cuente mi vida y, cuando así lo hago, surgen los «esques» y los «peros». Tío, prefieres la comodidad del «pero» a la incomodidad de actuar. Escribe, coño, escribe.

La tensión se masca. Yo he llegado a mi límite. No aguanto más. Apago mi ordenador, lo cierro y lo meto en el maletín. Me levanto sin decir nada, bajo las escaleras, pago la cuenta y no vuelvo la vista en ningún momento. Entiendo que el libro no se está escribiendo: se está imponiendo. El silencio y la calle son lo único que no intenta dictarme.

Rafo se quedó desenmascarado con su copa a medio terminar en Tula, en la calle Claudio Coello 116. Ese lugar mítico de la noche madrileña, ampliado y renovado en la actualidad, aunque con el recuerdo de los años ochenta impregnado en sus paredes y en su música. Tanto Rafo como yo lo pateamos con explosiva juventud, con palpitaciones amorosas y con una sed de diversión incontrolables.

Rafo saca su móvil, lo coloca frente a él y abre el guasap. Es tan previsible en sus movimientos que me los imagino, camino de mi casa. ¿Te has equivocado? No lo veo, pero seguro que no me equivoco lo más mínimo. Rafo se dispone a seguir con su historia.

―A mí no me deja ni dios con la palabra en la boca. Mientras no me llegue el bizum, el tío este sigue siendo mi escritor, y vuelve a hacer mentalmente el gesto que con anterioridad hizo con las dos manos. Como si nada hubiera ocurrido, su guasap retoma la conversación de un texto que había mandado a un concurso literario en el año 2000. Eran las correcciones.

―Como siempre ―él debe de pensar que seguimos frente a frente―, no gané ni el premio de consuelo o de cartón, como dicen algunos. Nada. Después de muchas gestiones, internet en el año 2000 estaba en pañales, de cambios de gobiernos municipales y traslados a sedes más amplias y más prestigiosas, me pude hacer con el periódico en el que publicaron los textos premiados. Un profesor universitario, y sigue mirando hacia donde estaba yo sentado, después de leer los tres premiados y el mío en cuatro folios sin nombre y nada identificable, escogió sin dudarlo el escrito por mí. No digo más.

El texto es el siguiente. Tú, sigue escuchando mi guasap, y, si te sale de las pelotas, lo cuelgas en mi blog, para mañana que es un día clave para los lectores, y dejas que estos lo juzguen.

Me envía el guasap pensando que lo voy a leer antes de acostarme. Está muy equivocado. Oigo cómo suena mi teléfono, pero no me levanto de la cama y sigo con la relectura de «El conde Montecristo», de mi adorado Alejandro Dumas, novela en la que Edmundo Dantès, envidiado por su entorno, y acusado de agente bonapartista, sufre una de las penurias carcelarias más sangrantes de la literatura mundial.

Rafo sale de Tula muy desconcertado y mirando con obsesión el teléfono para ver si se marcaban las dos rayas azules de lectura. Se encamina hacia su casa, envarado como si llevara un corpiño antiguo imaginario, se encuentra a dos vecinos a los que saluda con un fingimiento hatroz y que se ofrecen a ayudarlo en lo que fuera ―en esto los despacha con displicencia― mientras lo observan cómo hace esfuerzos ímprobos para planchar con las manos las arrugas de su camisa de algodón egipcio almidonada. Antes muerto que sencillo. Tumbado en su cama, navega entre un mar de cabreos, otro de falacias y el tercero de reproches injustificados. El guasap sigue gris. Lo termina, obsesivo él, con una innecesaria aclaración: piensa que este texto es de diciembre de 1999 y está sin tocar en su parte esencial, lo único que he corregido son tres cositas de… Y se queda dormido.

Maite fue mi primer amor. Era una chica de dieciséis años, uno más que yo. Tenía el pelo moreno y el cutis blanco, salpicado por unas pecas en torno a la nariz que hacían de ella, cuando se reía, una chica de una absoluta fascinación. Recuerdo de ella también unos labios generosos y rojos, unos ojos dulces, una sonrisa caliente y un aliento que te seducía sin argucia alguna. La nostalgia hace que el recuerdo se aproxime al endiosamiento.

El recuerdo del primer amor lleva incorporado un placentero mérito. Jamás recordamos los malos momentos ni los defectos. Se produce en nuestra mente el mismo efecto que cuando usamos un tamiz: la harina que nos hace sufrir no se filtra y no cae en el saco de los recuerdos positivos, para contaminarlos, que está ansioso de recibir y casi de espiritualizar las vivencias «reales» del pasado. Recordamos los ratos de placer, de aquellas tardes interminables al lado de ella, hablando de un mundo aislado y que solo nosotros podíamos palpar. Esa burbuja que se instala en nuestro cerebro es indestructible y aguanta con una fortaleza desaforada los hirientes golpes de la memoria posterior al primer amor. De vez en cuando se despierta y nos dice que está ahí, reproduciendo un idílico pasado, y que por nuevos amores que vengan, ninguno será como él.

Los recuerdos nos proyectan una película que jamás encontraremos en ninguna parte y que, por lo tanto, aunque los protagonistas y el encuadre espacio-temporal fueran los mismos, nunca podremos saber el grado de veracidad de esa evocación. Es una película de un tono ceniciento con algunas notas de color ―influencia del presente― que vemos en un inexistente cine ―el Mármol de aquella época― con una mezcla de voluptuosidad, ensoñación y nostalgia. Voluptuosidad, porque nos recreamos en el recuerdo de unas vivencias que causan en nosotros un placer inigualable. Jamás gocé como aquellas tardes quinceañeras, dicen algunos con un tono agridulce… pero que, a la par, esa ensoñación les deja un sedimento de tristeza y de acidez emocional imposible de borrar. Y nostalgia porque, desde la soledad actual que sufrimos algunos, amamos con verdadera fogosidad nuestro pasado, y pensamos que nadie puede llenar esa hornacina que permanece vacía de emociones en el día de hoy. ¿Alguien me puede negar que lo que vivimos, piel con piel, Maite y yo bajo el puente que cruzaba el río Manzanares cuando estaban construyendo la M30 no existió?  Por otro lado… ¿Cómo soy incapaz de recordar los malos momentos? ¿Por qué soy un incompetente a la hora de escenificar el instante en el que ella me dejó o yo la dejé? No lo sé. Eso también alimenta la voracidad y la sublimación de ese amor en una invulnerable vanidad. ¿Por qué no me ahogan las discusiones, las peleas, los celos y las malditas horas de silencio esperando ―ella o yo― la deseada llamada que no llegaba? ¿Por qué cada vez que echo atrás la vista el espejo de mi sueño brilla con mayor fulgor?

Son tantas las preguntas que me vienen a la mente que no me dejan vivir en paz porque no sé quién me las podría responder. Pero siempre entre ellas se asoma el rostro de ese primer amor que sacia cualquier carencia presente. Es un huésped permanente que, silencioso y oscuro, como un rayo electrizante, me visita con nocturnidad e invade mi memoria con el deseo de compartir el brebaje efímero de la nostalgia. Desde entonces, tengo sed todas las noches y bebo de él en un vaso como si fuera el santo grial. Nuevo recuerdo, vieja locura. 

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XARDÍN

Adorábase tanto que confundía o amor propio coa incapacidade de amar a outros. Era un xardín pechado, cheo de flores que ninguén podía tocar. Cría que protexerse era suficiente, que florecer só abondaba. Pero sen visitantes, sen mans que acaricien, o xardín converteuse en museo. E el, o seu único espectador, cansou de mirar sempre o mesmo.

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¡ARTÍCULO 200!

El artículo 200 no irrumpe en este blog josemariamaiztogores.com/ con una dosis añadida de «hiperactividad» ni pretende ser una celebración al estilo de la fastuosa boda de Jeff Bezos y Lauren Sánchez. No marca un hito ruidoso ni altera el ritmo con el que escribo desde mi «tardojuventud». Aparece con la misma calma con la que llegan los recuerdos o la lluvia en Galicia: sin urgencia, sin dramatismo. El número solo pide ser mirado un instante, como se mira un paisaje conocido al que se vuelve sin saber muy bien por qué.

Doscientos textos comparten un mismo pulso pausado. Son narraciones que se detienen más de lo necesario, pensamientos que regresan al pasado como si visitaran una casa cerrada desde hace años. Hay poemas en prosa que dudan de sí mismos, pero permanecen, y fragmentos de una novela que no avanza, más interesada, sin causa aparente, en quedarse sola en el umbral de la presentación que en cruzar definitivamente la puerta de una atractiva trama.

Reconozco que el artículo anterior —el de Roma en verano— fue extenso, parsimonioso y exigente en la atención. Su lentitud no es descuido, sino una decisión expresiva: construir un clima y mostrar la desconexión entre los personajes. No todo el mundo está dispuesto a caminar despacio cuando aparentemente no sucede nada. El 200 continúa en esa línea: no es ligero, no promete acción ni giros espectaculares. No lo protagoniza un héroe de cine, sino alguien obstinado en las emociones, alguien que insiste en mirar y sentir. Como todo antihéroe.

Este blog nunca ha querido funcionar como un relato acelerado. Está un poco anquilosado, observa la vida con morosidad y vuelve remolón una y otra vez sobre los mismos temas: Galicia, la memoria emocional, el amor y su ausencia, la soledad entendida no como herida sino como atmósfera de creación. Es una escritura consciente de su lentitud, que no se defiende con violencia narrativa, sino con persistencia.

A veces pienso que debería escribir textos más dinámicos, más adaptados al tiempo vertiginoso del lector y de la celeridad de nuestra sociedad. A veces siento que escribo como quien contempla el mar sin atreverse a zambullirse. Y aun así continúo, porque no sé hacerlo de otro modo, porque incluso cuando la palabra no brilla sigue siendo el lugar al que regreso.

Quienes leen este blog son esenciales para mí. No por su número, sino por su disposición. Aceptar un ritmo lento y una prosa que no siempre seduce, pero que intenta ser honesta, tiene un mérito inmenso. Algunos textos nacen de duras experiencias vividas —el de la depresión— y han sido escritos con absoluta fidelidad a lo que mi hermana y yo vivimos. Es real que ha sufrido mil correcciones, pero ninguna de ellas ha violentado su núcleo temático.

El número 200 no cierra nada. El dos alude a un «matrimonio» entre quien escribe y quien lee; los ceros, a lo que permanece abierto, a lo que aún no sé si escribiré. Es un número suspendido.

Sigo haciéndome la misma pregunta: ¿Vale la pena escribir? No busco éxito ni recompensas visibles. Sé que no las merezco. Escribo porque las palabras me ordenan, porque hay imágenes que necesitan ser nombradas para existir y silencios que solo se vuelven habitables cuando los escribo. Tal vez no ilumine mucho, pero esta escritura señala que hay alguien aquí.

Y antes de cerrar este artículo 200, queda lo esencial. A quienes leen y siguen ahí, incluso cuando los textos se alargan, cuando el ritmo es lento y lo que se ofrece es apenas una voz que camina entre la niebla, gracias. Leer aquí es un gesto paciente, una forma de acompañar sin ruido, como quien atraviesa un paisaje conocido sabiendo que no habrá prisa ni espectáculo. Pessoa escribe que vivir es ser otro, y quizá leer sea eso mismo: aceptar por un instante una memoria que no es propia.

Rilke pide vivir las preguntas, y eso hacen quienes permanecen, avanzando sin exigir respuestas. Y Cunqueiro nos recuerda que la realidad solo se sostiene cuando la palabra la vuelve imaginable, cuando la memoria se mezcla con la invención y el mundo se deja contar. Que sigáis ahí, en esta brecha tranquila de lectura y niebla, es la prueba más hermosa de que escribir, incluso así, incluso despacio, a veces compensa. 

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ROMA EN VERANO

Notas previas: Antes de comenzar este relato, quisiera pedir disculpas si el uso de algunos términos italianos relacionados con el ámbito hotelero no es del todo preciso. No hay en ello más intención que la literaria, y cualquier imprecisión nace del afecto y la admiración por la lengua italiana y su cultura. Un amigo francés me ha dicho que el uso de esos términos sin un conocimiento exhaustivo es una auténtica ‘boutade’, es decir, utilizar una terminología que, por desconocimiento, no hay que tomarla al pie de la letra. En segundo lugar, también quiero pedir disculpas por la extensión del relato.

El sábado, a las dos de la madrugada, Roma aún brillaba caliente, pero muy hermosa. Había sido un viernes muy duro. Un sol a plomo sin piedad hizo que las gotas de sudor se frieran cual huevos a la plancha. La metáfora del tassista hizo sonreír a Asun y a Jaime que dormitaban en el asiento trasero con desinhibida naturalidad. ¿Castigo de los dioses romanos? Nadie lo sabe.

―A alguno de ellos se le habrá ido la mano, les comentó el tassista que los llevó del aeropuerto al hotel. Agosto se caracteriza por ser muy caluroso, asfixiante incluso, pero también es notable su ritmo pausado y veraniego. Es una ciudad que respira muy despacio, como si se pudiera permitir el lujo de no avanzar en el tiempo. Dicen que es ideal para historias de deseo sin promesa, encuentros que no quieren definirse y silencios que pesan más de lo habitual.

Como llegaron al palazzo pasadas las dos de la madrugada, se dirigieron con toda rapidez a la habitación que tenían reservada. Ducha y cama. Nada más. El cansancio acumulado los ayudó a que no tardaran ni un minuto en quedarse dormidos.

Jaime abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Estaba muy nervioso. Histérico, diría su madre. Tenía treinta años y el cuerpo de alguien que aprendió a cuidarse con disciplina desde la adolescencia: hombros anchos, cintura limpia y una musculatura definida sin ostentación. Su aspecto era atractivo incluso cuando vestía sólo bañador, que es una prueba de fuego para muchos. Un tío suyo, que lo operó con urgencia de una apendicitis muy complicada, manifestó orgulloso que poseía un desnudo masculino de líneas equilibradas y una gran elegancia natural. Cuando iban a la piscina del Apóstol Santiago, era envidiada por su amigos y primos argumentando que con esa fachada no tenía rival ante las chicas. El cabello castaño, peinado con un orden casi militar. Todavía no había tonsura en su coronilla y eso le daba una aplastante seguridad cuando iba al fútbol con un amigo y el que estaba detrás de él, al ver una tupida cabellera, desviaba la mirada hacia la «claridad capilar» de su compañero de grada. Lucía barba recortada como si el mundo exigiera simetría. Al mirarse con detenimiento médico en el espejo del baño —mármol claro, toallas gruesas y una ducha que prometía alivio y restauración— pensó que mientras no le salieran canas, la iba a seguir llevando. Me da un punto de seriedad que necesita mi profesión, sentenciaba en silencio.

A las seis, al abrir la ventana de la habitación del palazzo, el aire era una sábana caliente que se pegaba a la piel, y el sol —todavía bajo— hacía brillar con delicadeza las losas como si hubieran sido enceradas durante la noche. Desde esa misma ventana, a pocos pasos de la Piazza di Spagna, el rumor temprano de los impetuosos repartidores subía como un murmullo acelerado.

Al contemplar desde la ventana la ciudad, lo primero que le envolvió a Jaime era una agradable sensación de ser parte de un escenario clásico y casi cinematográfico. Sus padres, cinéfilos de vocación y abogados de profesión, le hicieron ver de pequeño tres veces la irrepetible Vacaciones en Roma con los inolvidables Gregory Peck y Audrey Hepburn.

El suelo de la habitación, de mármol bruñido, reflejaba una luz cálida que invitaba al descanso. Los armarios, de madera maciza oscura, señoriales,  majestuosos y de gran capacidad, se abrían muy generosos para acoger con elegancia y comodidad la ropa y los complementos de los viajeros. Los detalles en seda y tapices antiguos parecían susurrar historias de dignatarios y aventureros ilustres que han cruzado esa habitación desde su inauguración hasta hoy.

El aroma del bancone del ricevimento, con acceso directo a la sala colazioni, era una mezcla sutil de café italiano recién hecho y de flores frescas dispuestas en jarrones altos. El ambiente no era estridente, sino lleno de estudiada calma y discreta sofisticación. El personale di ricevimento, impecablemente uniformado, saludaba a los clientes por sus nombres antes incluso de que terminaran de sonreír. Era un staff atento sin ser pesado, como si supieran exactamente qué necesitaba el cliente incluso antes de que lo echara en falta.

Desde la recepción se podía entrever un salón amplio con candelabros ―chandeliers, dirían los cursis― brillando suavemente, obras de arte clásicas en las paredes y sillones profundos que invitaban a sentarse con un cóctel o un espresso fuerte, según fuera la hora. Caminando un poco más, una escalera elegante guiaba a los pisos superiores donde la vista sobre los tejados de Roma recordaba, sin palabras, que los «durmientes» estaban en el corazón de la Ciudad Eterna.

Era una sensación que mezclaba lujo antiguo con una hospitalidad que superaba cualquier expectativa. Suntuoso, sí, pero de una forma que hacía que incluso el huésped más crítico se sintiera cómodo y bienvenido.

Jaime sudaba muchísimo. Antes incluso de levantarse a abrir la ventana, el sudor ya lo tenía atrapado. El colchón rezumaba fuego, como la parrilla de San Lorenzo, por el calor y la humedad de Roma. La almohada, tibia, tirando a cocina de leña a fuego lento en pleno caldo gallego. El cuerpo, pegado a las sábanas como si estas no quisieran liberar la hermosa presa que habían atrapado. La elegante colcha de verano ―se olvidó de retirarla al acostarse―, adherida también a su piel con una insistencia tan íntima que casi sintió una provocación no deseada.

Jaime, después de abrir el ventanal de la habitación y de contemplar unos minutos la ciudad, se volvió a tumbar en la cama, donde permaneció inmóvil unos minutos. Aplastado contra la «ardorosa» cama por su propio peso y acobardado por una sofocante incomodidad, dudaba si moverse valía realmente el esfuerzo.

Se levantó y se dirigió al baño. Se duchó y se vistió con una elegancia natural nunca aprendida con unos vaqueros y una camisa blanca. Le dejó a Asun una nota en la mesilla en la que le comunicaba que salía a dar una vuelta y a disfrutar con el relente del amanecer. Nos vemos en la sala colazioni para desayunar.

Cerró la puerta de la habitación con suavidad para que Asun no se despertara y bajó en ascensor hasta la puerta de acceso a la calle. La addetta al ricevimento lo saludó con una musicalidad verbal que le espabiló un ánimo que estaba bastante decaído.

En Roma, el verano no perdonaba a nadie. No hacía distingos. Sin rumbo fijo, embocó la primera calle que se cruzó en su camino. El sudor le resbalaba por la espalda y se le quedaba atrapado entre la camisa y la piel, pegajoso, insistente. El aire parecía inmóvil, denso, como si la ciudad entera respirara calor. Cada paso sobre las piedras ardientes le recordó una frase de un buen amigo: en agosto en Roma no se vacaciona, se martiriza.

Asun dormía aún, boca arriba, con una sábana que no lograba decidir si cubrirla o rendirse a su físico. Tenía también treinta años, y una belleza que parecía improvisada: piel dorada, clavículas delicadas, pecho natural y proporcionado, cintura de reloj de arena y unas piernas largas que no pedían permiso. Su cabello castaño se desparramaba sobre la almohada como si hubiera sido arrojado con estudiado descuido por un estilista. Los labios, amplios, guardaban una sonrisa mínima incluso dormida. Ella era elegante sin voluntad, porque su elegancia no nacía del esfuerzo consciente, ni del cálculo, ni del deseo de causar impresión. Cuando se arreglaba lo mínimo para ir a trabajar, lucía de manera natural, casi accidental. Era atractiva sin plan. Es decir, no había intención de seducir, no había estrategia ni control. Su atractivo no respondía a un propósito, no buscaba un resultado. Y sudaba. Sudaba, como sudaba todo el mundo en Roma en plena ola de calor en el mes de agosto: sin pudor, sin tregua.

A Jaime le molestaba —le molesta en toda hora— esa humedad compartida que la noche le había dejado. El sudor era, para Asun, una prueba de vida; para él, un estorbo, una señal de desorden. Aun así, cuando él se despertó, la miró con un libidinoso deseo y con una esperanza que sabía en ese momento irrealizable.

Jaime regresó al palazzo para desayunar con Asun. Se asomó a la sala colazioni y la observó haciendo un pormenorizado examen del bufé libre. Ella seleccionaba lo que en esos momentos le apetecía y él se puso en la cola con la paciencia del que acaba de coger un número altísimo para que le realizaran una resonancia magnética. Tras la elección, se dirigió muy decidida a una mesa libre desde la que podía observar la piscina, en la que dos clientes con aspecto nórdico se estaban bañando. A los cinco minutos llegó Jaime y se sentó a la mesa frente a ella en silencio, que le sirvieron para hacer un análisis pormenorizado de la sala.

El hotel era un edificio lujoso, un palazzo, a la par que discreto. En el comedor, las mesas vestidas de blanco parecían recién instaladas y con una quietud aprendida a base del esfuerzo de los camerieri. El café olía a promesa, la fruta brillaba con una perfección en nada inocente y la bollería desprendía un aroma que invitaba a su inmediata degustación. Las bandejas con diferentes tipos de fiambre se mostraban con un generosidad que era muy difícil rechazar. Los compañeros de desayuno —fingidas parejas de fin de semana, viajeros de negocios vestidos con indumentaria veraniega y familias al completo— hablaban en un volumen de voz respetuoso, que sólo era violentado por los gritos de algunos niños que no sabían qué degustar.

Asun, con un vestido ligero que dejaba pasar el aire como una mentira amable y que se mostraba muy generoso en transparencias, terminó un primer cappuccino acompañado con dos minicornettos ―similares al croissant―. Se levantó de nuevo y regresó con un plato en el que lucía una selección de bufé salado, jamón, queso y huevos, y una rosetta recién horneada para untarla con miel y ricotta, ese queso fresco, ligero y cremoso que le entusiasmó. Además de otro cappuccino.

Jaime, con parsimoniosa apatía, iba degustando lo que había seleccionado en el bufé. Parecía cansado de nacimiento. Estaba enamorado de la belleza natural que exhibía Asun. Nada de retoques «cremosos» excesivos. Una fina película de gel hidratante mínimamente «casada» con un manto de sudor casi imperceptible.

—Roma, en agosto, no perdona —dijo ella saboreando un segundo cappuccino riquísimo—. O la amas así o no la amas, la odias. Y creo que tú estás en esta segunda alternativa.

—Yo prefiero cuando no hace tanto calor —respondió él, ajustándose la camisa—. ¿Hay aire acondicionado en este hotel? Para mí, que no. Con la transpiración y el calor todo se convierte en un escenario incómodo y pegajoso.

—Recuerda lo que nos dijeron en el bancone del ricevimento: el aire acondicionado en exceso reseca la madera, daña los barnices y ceras, afecta a los tapices y tapicerías y las puertas y cajones dejan de encajar bien.

—Chiquilla, ni que formaras parte del staff de este hotel. No muestras ni el más mínimo desacuerdo con una norma para mí castafiórica.

Asun rio. Aplaudió con admiración dos veces la «brillante» ocurrencia.

—El amor comprometido también es incómodo y pegajoso —sentenció con tono de provocación—. Y, aun así, mira qué bien viven algunos.

Jaime sintió el golpe bajo de esa frase.

Él buscaba, desde que se conocieron, una relación con reglas claras y compromisos definidos. Decía que no iba a encontrar a nadie mejor y que la vida había que programarla concienzudamente. Ella, desde el principio, cantó a la libertad como quien conocía la melodía desde niña. Le repateaban las programaciones. Según ella, feliz por la dosificada compañía que le ofrecía Jaime, solo los unía el cuerpo, la cama, esa atracción inmediata que no pedía explicaciones ni prometía nada más allá del instante. Según él, incluso esa atracción que parecía no prometer nada dejaba rastros: gestos, expectativas, una intimidad que no se explicaba solo desde la piel y una continuidad que no se agotaba en ese instante.

Caminaban por calles estrechas donde la sombra era un premio breve. Las fachadas parecían observarlos con ironía. Las fuentes ofrecían agua tibia, casi burlona. Asun avanzaba con una alegría insolente y tentadora. Jaime, obsesionado con el calor romano, medía los pasos, el tiempo y las palabras que no se pronunciaban.

—No me mires así —le soltó ella, de pronto—. No soy tu proyecto, joder, te lo he dicho mil veces.

—No te miro como mi proyecto —mintió él—. Te miro como se mira algo que todavía no se sabe cómo nombrar.

—Qué palabra tan pesada estás insinuando —dijo Asun, y aplaudió de nuevo, esta vez sin alegría—. El futuro con el que tú sueñas me da alergia, me produce un sarpullido emocional.

—No he pronunciado la palabra futuro, joder.

—Pero la has insinuado, que es peor. Si fueras sincero y hablaras a las claras, sin miedo, todo sería más fácil.

Como no querían discutir más, se entregaron a los escaparates de Roma, permitiendo que los reflejos, las vitrinas y las calles anchas amortiguaran lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

Cansados de mirar y no comprar, se acercaron a uno de los mejores restaurantes de Roma para intentar reservar una mesa. La respuesta fue un rotundo no, eso sí, muy educado. Después de dar mil vueltas en busca de un restaurante —parece que están aquí todos los turistas del mundo, dijo Asun— sin protestar, entraron en una pizzería cercana y se sentaron a comer. El calor era hiriente, casi ofensivo, y la conversación sobre el tráfico en Roma se volvió áspera cuando podía ser de lo más hilarante. Ella hablaba con una agresividad seca, cortante, mientras él insistía en un tono cada vez más cariñoso, como si el afecto pudiera suavizar el aire denso que se interponía entre ambos.

—Hace un calor insoportable, pero al final te enamoras de él —dijo él, intentando sonreír—. Cuando vuelva a casa me acordaré de esto con cariño y con cierta benevolencia.

—No sé cómo puedes bromear —respondió ella, sin mirarlo—. Desde que llegamos, todo está mal para ti: el calor, la gente, los precios de las tiendas y este sitio. Como dice Francesca, mi amiga romana de la universidad, que en agosto se va de la ciudad, como los inteligentes: Questo ristorante è una porcilaia. (Este restaurante es una pocilga).

—Solo intento que estemos bien, que no sea un viaje con mil chinchetas en los pies. Sé que es una mierda de sitio, pero no hemos encontrado otro. Cuando le preguntamos a Alessandra Conti, jefa sofisticada y autoridad tranquila del bancone del ricevimento, por un restaurante elegante, nos dijo que teníamos que haberlo reservado por teléfono o internet bastantes días antes. Lo hemos planificado muy mal.

Jaime la miró mientras ella se recomponía un poco de la caminata con un pañuelo de papel y un pintalabios.

—Asun, se respira ahora mismo aquí, entre tú y yo, una tensión que ni en una reunión familiar hablando de herencias. Cuando estamos solos eres más borde que un erizo con resaca. Silencio. Y yo quiero que haya buen ambiente.

—Pues deja de intentarlo —cortó ella—. Ahora mismo, eso lo empeora todo porque se te nota demasiado, y eso pone nerviosa hasta a la buena intención.

Terminaron de comer a toda velocidad y se tomaron de un trago el amaro que le ofrecieron los dueños porque les dijeron que era amargo, digestivo y muy italiano. Asun, si hubiera podido, lo habría escupido.

El sábado se estiró como una siesta interminable. Volvieron al hotel cuando el calor era un muro infranqueable. La habitación, a fuerza de tecnología, los recibió con un silencio que los invitaba a dormir y con un ridículo golpe de frescor, sepultado en breves segundos por el calor que expelían los cuerpos de Asun y Jaime. Compartieron la cama sin hablar. Cada uno con su teléfono móvil, se dedicaron a contestar los mil guasaps que habían recibido porque no habían consultado las redes desde la diez de la mañana. El sudor, otra vez, apareció como una tercera presencia.

Jaime, a la media hora, fingió quedarse dormido. Necesitaba dormir, pero su mente le llevaba por otros derroteros: Si pudiera decirlo de otra manera. Si el calor no me volviera torpe. Ella duerme y yo pienso en anillos, en mañanas repetidas, en una vida que no se aplaude, se construye. ¿Por qué su piel resbala cuando intento aferrarme a ella? Porque no es miedo ni repudio lo que siente, es deseo de independencia. Ella camina como quien no quiere dejar huellas, y yo, en cambio, ya estoy midiendo el terreno, calculando cimientos. Me esfuerzo por no sonar a cerrojo, por no confundir promesa con jaula. Pero cada palabra que ensayo pesa, cada gesto mío parece pedir recibo. La observo respirar y me pregunto en qué momento el deseo de quedarse conmigo empezó a parecer una exigencia. Quiero compartir el futuro como quien comparte una mesa, no como quien firma un contrato. Sin embargo, cuando hablo, se me cuela la prisa y, cuando callo, se me nota el plan. Tal vez amar sea aprender a esperar a que el silencio haga su trabajo. Quizá el compromiso no se pide, se encuentra, un día cualquiera, sin calor, sin torpeza, cuando ambos decidamos no irnos.

La relación era más estrecha de lo que parecía. Ella, de igual modo, se hizo la dormida. Fingía mejor que Jaime. Aparentando una respiración profunda, observaba de reojo la actuación ―muy mal interpretada― de él. Con una  espontaneidad no refrenada, sonrió levemente.

Qué pesado es su silencio cargado de planes. Me desea, sí, y yo a él. Pero cuando suda se vuelve serio, como si el cuerpo le recordara algo que no quiere. Yo no vine a Roma a prometer nada. Vine a caminar sin mapa, a perderme en calles que no me pidieran explicaciones, a dormir mal y despertarme distinta. Vine a ser ligera, a no convertirme en proyecto de nadie. Y, sin embargo, ahí está él, mirándome como si yo fuera una idea que empieza a cerrarse, como si ya estuviera decidiendo por mí qué forma tiene el mañana. No me lo dice, pero lo pienso por él: estabilidad, horarios y una vida que se pronuncia en plural demasiado pronto. Lo quiero —o algo muy parecido—, y eso es lo que más me incomoda. Porque querer también puede ser una trampa si llega con planos adjuntos. Me gusta cuando ríe con espontaneidad, cuando habla sin planificación, cuando no espera nada, cuando el deseo es solo deseo y no un ensayo general del futuro. Pero en cuanto calla, siento que me empuja suavemente hacia un lugar donde no he dicho que quiera quedarme. No es que huya del compromiso. Huyo de sentirme escrita antes de tiempo. De ser una promesa cuando todavía soy una pregunta.

El domingo fue un desfile de contradicciones. Museos e iglesias que prometían la eternidad, gelatos que se derretían antes de llegar a la boca, miradas que se encontraban y se esquivaban. En una trattoria escondida tuvieron que compartir mesa con unos desconocidos que hablaban muy alto. Jaime observó una pareja anciana que comía en silencio, sincronizada. Asun puso sus ojos en un grupo de amigos que reían sin dueño.

—Eso —dijo ella, señalando a los amigos—. Eso quiero yo.

—Y yo quiero eso —respondió él, señalando a los ancianos.

—Entonces no queremos lo mismo.

La noche del domingo volvió a unirlos en la cama. No hablaron. Disfrutaron muchísimo. El sudor fue un argumento más que en esta ocasión no resultó un impedimento. El placer físico, que tenían tan sincronizado, los hacía sonreír, aunque sus realidades emocionales de futuro fueran muy diferentes.

Mañana, aeropuerto. Aún hay tiempo de convencerla. Roma ha visto nacer y consolidarse muchas promesas. Pensaba Jaime.

Mañana, aeropuerto. ¡Qué alivio! Necesito distancia. Roma ha visto morir demasiadas promesas. Pensaba Asun.

La madrugada del lunes llegó con un aire menos cruel. El aeropuerto, con un gélido aire acondicionado ―aquí no había nada que se pudiera deteriorar― era un pasillo interminable de llegadas y despedidas. Unas, alegres; otras, tristes; y algunas, las menos, indiferentes. Las potentes luces blancas y el frío no admitían romanticismos. Jaime sostuvo su maleta como si fuera una pregunta.

—Podríamos intentarlo —dijo, por fin, inseguro—. Con calma.

Asun lo miró incrédula porque no había entendido nada. No aplaudió. No cantó. No sonrió.

—No —respondió, cortante—. No vine para intentos.

Le dio un beso en la mejilla, seco, casi administrativo. Se dio la vuelta. El sudor, ya inexistente a esa hora y en ese lugar, no pudo estorbar. Y eso, para Jaime, fue lo más inhumano de todo.

—Roma me ha enseñado que las cosas bellas no duran porque sí, duran porque nadie intenta poseerlas del todo. Y yo, ahora mismo, solo puedo ofrecerte presencia sin garantía y calor sin juramento. Mañana… mañana ya veremos.

Cuando quiso contestarle Jaime ―no había sido capaz de asimilar sus palabras con celeridad―, Asun ya embarcaba con la decisión de un viandante madrileño. Lo hizo en primer lugar porque había cambiado su billete de turista a clase Business. Cuando cruzaba el finger, le sonó el teléfono con insistencia. La música era la canción de Alaska A quién le importa. Colgó el teléfono sin contestar. Dentro de unos días lo llamo. 

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AS RÚAS

Deixade sereas ás rúas,  deixádevolas. Nelas durmen séculos de historia, dende un pasado ossiánico enchido de acibeches, ata un futuro entallado polo orballo desta dadiveira terra. As súas pedras recenden un cheiro de fontes e romeiros, e manseliño un regueiro de xemas convídanos a disfrutar dun desexo no interior da túa pel canela.

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AMORES QUE MATAN

María es una mujer hermosísima. Posee una belleza insultante, dicen sus amigas, que no aceptan su belleza, pues piensan que su presencia en cualquier reunión o fiesta imposibilita al resto de las presentes la más mínima posibilidad de ligar.

María es una morena voluptuosa y ardiente que, según ella, nació para el amor en el sentido más sensual de la palabra.

—Necesito desgarrar mi piel con cada caricia que me hace una mano masculina. Es como una descarga eléctrica que me exige otra más. No soporto la soledad, me hiere como un cilicio. Yo nací para vivir en compañía, para sentir el aliento masculino en cada poro de mi piel.

María interpreta el amor como un tobogán. No entiende que la rutina es algo consustancial al amor cuando se llevan varios meses de relación. Ella quiere que cada encuentro amoroso sea como una montaña rusa que la haga sentir en la boca del estómago un placer irrepetible. Por eso mismo, no hay hombre que aguante a su lado más de dos meses.

—Son unos blandos de cuidado, se acomodan enseguida. Me tienen miedo cuando yo quiero algo que ellos no pueden darme.

María tuvo una infancia y juventud llenas de alegría; mejor dicho, llenas de

rabietas, caprichos y antojos consentidos. Esa egolatría, heredada de su madre, hizo de ella una mujer insatisfecha de por vida. Solo encuentra en el dolor ajeno un placer semejante al orgasmo físico. Y cuando hiere, hiere de verdad.

—María, hija, tú siempre con la cabeza bien alta. Y si tus primos no quieren jugar contigo, mándalos a sembrar habas o a rezar la salve marinera. Tú no te achiques jamás, que sean ellos los que vengan a hacerte caso y ya verás como en el futuro tú siempre saldrás de cualquier sitio con un hombre a tu lado.

Ya en los tiempos de las primeras romerías de juventud, en las aldeas gallegas, era el centro de todas las miradas. La pandilla, compacta y siempre muy unida desde niños, comenzó a tener sus primeros problemas cuando vieron que el cuerpo de María era el único punto de referencia para los chicos que bailaban en las fiestas de las villas.

—Pero seguro que cuando abre la boca es una tonta de cuidado —decían algunos que no eran capaces de acercarse a ella para invitarla a bailar y experimentar ese escalofrío que decían algunos que sentía su espalda cuando una mano masculina se posaba en su cintura.

—Caramba, su cuerpo se arquea como el lomo de un gato en celo —decía un chico espabilado y un tanto presumido.

En la universidad, fue donde comenzó a recibir los primeros abucheos afectivos. Entonces, sus compañeros de clase, conocedores de sus arrebatos lascivos, jugaban con ella como con un colador. Y ella lloraba sin parar porque ya no era capaz de controlar la montaña rusa en la que viajaba, ahora por obligación de otro y no por su propio deseo. Y el placer se convirtió en sufrimiento.

Ahora, María, ya metida en los treinta, sueña todas las noches con volver a los dieciocho años, para que en sus rojas mejillas se vuelvan a posar aquellos dedos juveniles que le hacían perder el sentido mientras escuchaba hermosas promesas eternas.

Pero todos sabemos que los sueños, si los sacas de su esfera nocturna y atemporal, son una pesadilla inagotable que no mata, pero tampoco deja vivir a quien la sufre. 

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GUATEQUE DEL 73

Aquel guateque del 73 quedó grabado en mi mente como una fotografía ligeramente amarillenta, de esas que uno guarda en una caja de zapatos porque, aunque el tiempo pase, sigue desprendiendo un calor especial. Tenía quince años y la cabeza hecha un torbellino: los estudios de Bachillerato me parecían una muralla imposible, la concentración se me escapaba como agua entre los dedos y la memoria jugaba a esconderse justo cuando más la necesitaba.

Pero nada de eso importaba demasiado, porque había algo —o mejor dicho, alguien— que ocupaba cada rincón de mis pensamientos: aquella chica que te desarmaba con una sola sonrisa.

El guateque se organizó en la modesta casa de un compañero de clase, una vivienda de barrio en la ribera del Manzanares, con muebles sencillos y un salón que parecía más pequeño de lo que realmente era, quizá porque todos llegamos con una energía que lo llenaba todo. Los padres del protagonista, con una mezcla de confianza y prudencia, se marcharon dejando un listado de normas estrictas: nada de alcohol, nada de desmadres, nada de ir a las habitaciones. Aun así, la sensación de libertad era absoluta. Por primera vez, estábamos solos, sin adultos vigilando cada movimiento.

El ambiente se fue calentando poco a poco. Las luces del salón estaban algo más bajas de lo habitual, creando una penumbra amable que invitaba a acercarse. Sobre la mesa, refrescos, patatas fritas y algún que otro emparedado improvisado. El tocadiscos, colocado sobre un mueble que crujía al mínimo movimiento, era el verdadero protagonista de la tarde. Cada disco que se colocaba sobre el plato parecía abrir una puerta distinta.

Y entonces sonó El gato que está triste y azul. La voz suave de Roberto Carlos llenó la habitación con esa melancolía dulce que hacía que todos bajáramos un poco la voz. Algunos se sentaron en el suelo, otros se quedaron apoyados en las paredes, y yo… yo sólo podía mirar de reojo a la chica que me tenía completamente trastornado. Ella llevaba una falda sencilla, el pelo suelto y una risa que parecía iluminar más que la lámpara del salón. Cada vez que se movía, me parecía que el aire cambiaba de dirección.

Después llegó Sealed with a kiss, en la versión de Bobby Vinton, y el ambiente se volvió aún más íntimo. Las primeras parejas se atrevieron a bailar despacio, con esa torpeza encantadora de quienes aún no saben dónde poner las manos. Yo dudaba, claro. El corazón me latía tan fuerte que temía que se oyera por encima de la música. Pero ella me miró, apenas un segundo, y ese gesto fue suficiente para empujarme hacia adelante. No recuerdo exactamente qué dije —probablemente algo torpe—, pero sí recuerdo que aceptó. Y que, durante esos minutos, el mundo se redujo a dos personas que intentaban acompasar sus pasos sin pisarse demasiado.

Más tarde, cuando ya todos estábamos más sueltos, sonó Samba pa ti de Santana. Aquella guitarra, tan limpia y tan emocional, transformó el ambiente. Decían que no era una canción para bailar pegados, pero nadie rompió su pareja y nos dejamos llevar. Algunos movían la cabeza, otros marcaban el ritmo con los pies, y yo sentí por primera vez esa mezcla de libertad, música y juventud que sólo se experimenta una vez en la vida. Era como si la tarde se hubiera detenido, como si nada más existiera fuera de ese salón lleno de adolescentes que soñábamos con ser mayores.

El guateque terminó con risas, promesas vagas de repetirlo y la sensación de haber vivido algo importante, aunque entonces no supiera ponerle nombre. Volví a casa con el corazón acelerado, la ropa oliendo a mezcla de colonia barata y nervios, y la certeza de que algo había cambiado. Quizá no sabía exactamente qué, pero intuía que estaba entrando en un mundo nuevo, lleno de emociones que aún no sabía manejar. 

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GASTADOR DE SUEÑOS

Infinitas palabras al viento, mil y un dibujos que alivian generosos como un avezado faquir mi vital desasosiego. Infinitas palabras al viento, que tornan vestidas de azules augurios y forjan férreos eslabones en la fragua de mis cimientos. Infinitas palabras, como mil y una mariposas que irradian incombustibles en mi pertinaz lucha cual tregua en pleno apogeo. Al fin y al cabo, tan solo eso, infinitas palabras al viento que nadie quiere compartir, que nadie quiere leer.

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OTRA PRIMAVERA BAJO LA MISMA LLUVIA

Escucha y contempla la lluvia que lleva años en mi memoria jugando con el mar. Todo es húmeda monotonía. Esta lluvia siempre repite la eterna canción de un árbol de hojas secas que espía mi sombra cuando el viento vulnera tu perfil. Entonces, imagino tu geométrica silueta al trasluz de mis ojos y te confundo precipitadamente entre la vocinglería de falsos sueños. Dibujas una elegante improvisación con las curvas de tu sonrisa y reúnes secretamente mis vibrátiles arrabales en un sótano de cúbicas esferas. Eterna lluvia de tedio y música intacta, tan solo me ayudas a descubrir que tus mejillas escuecen mis ojos cuando la oscuridad nos congrega en una misma ausencia. Nos ignoramos, nos alejamos mutuamente con la proximidad del que espera lo que nunca tendrá. Eterna lluvia de indescifrables imágenes. Eterna lluvia caprichosa, ¿cuándo volverás a acariciar las entrañas de nuestra claridad?, ¿cuándo, agotada nuestra luz en un intacto suceso, mi ingrávida instantánea se convertirá en un paisaje de círculos congruentes?

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LA DEPRESIÓN

Hoy es el Día Mundial de la Depresión y escribimos en primera persona del plural mi hermana y yo porque no sabemos hacerlo de otra manera. Esta enfermedad no es una idea abstracta para nosotros, ni una palabra de moda, ni una excusa fácil. Ha sido el eco constante de un dormitorio lleno de niebla. Tiene nombre, tiene rostro y tiene historia. Y en nuestra vida, esa historia pasa inevitablemente por nuestra madre.

Durante mucho tiempo vimos cómo la depresión laceraba la vida de nuestra madre sin pedir permiso. No vimos cómo se instaló, sin aprobación y por la fuerza, porque lo hizo mucho antes de nacer nosotros. Nos contaron que no llegó como lo hacen las tristezas normales, esas que tienen una causa concreta y que, con el tiempo, se difuminan, se diluyen, aunque no desaparezcan.

La depresión nació en su interior muy joven y se vio alimentada por unas circunstancias familiares muy duras en tiempos de la guerra civil. Hermanas suyas pudieron asomar la cabeza en ese maremoto, pero esa semilla negra, que parecía muerta, se instaló en su mente con una fuerza y un florecimiento invencibles y la acompañó toda la vida. En aquellos tiempos no tenía una explicación sencilla. Dijeron los especialistas que era una depresión endógena, profunda, persistente y aniquiladora, acompañada además de un pertinaz insomnio que la agotaba aún más y convertía sus noches en un imparable carrusel de dolientes penalidades. No había descanso ni tregua. Y verla sufrir fue una de las experiencias más duras de nuestra vida.

La depresión no es pereza. No es falta de voluntad. No es exageración ni dramatismo. No es un capricho. Es una enfermedad real, seria y devastadora. Una enfermedad que te roba la energía, la esperanza, las ganas de vivir y, muchas veces, hasta la propia identidad. Nuestra madre no era una persona débil. Era una persona fuerte atrapada en una mente que no le daba respiro.

Mi hermana y yo hemos visto el esfuerzo inmenso que suponía para ella levantarse cada día cargando un peso invisible. Hemos visto lo difícil que era hacer cosas que para otros resultaban automáticas: levantarse de la cama, mantener una conversación, sonreír, simplemente estar. Hemos visto silencios largos, balcones cerrados, noches interminables, lamentos nocturnos y lágrimas que arden sin quemar, porque no dejan una huella visible, que es lo peor. En las épocas de depresión lo suyo era una lucha constante y titánica contra una oscuridad que no se ve, pero que consume.

Y también hemos visto el daño que hacen quienes infravaloran esta enfermedad. Los que opinan sin saber. Los que juzgan desde la comodidad de no haberla vivido. Los que reducen el sufrimiento ajeno a frases vacías y crueles, como si todo se solucionara con voluntad o actitud. No saben el dolor que causan, pero eso no los exime de responsabilidad. Porque las palabras pesan, y en alguien que ya está roto por dentro, pueden hacer un daño irreparable.

Nadie elige la depresión. Nadie quiere vivir así. Nadie se despierta deseando sentirse vacío, cansado de todo, desconectado del mundo. Y, sin embargo, muchas personas la viven en silencio, por miedo, por vergüenza, por el estigma que todavía la rodea. Porque aún hay quien piensa que es algo que se supera «si quieres».

Y en medio de todo ese discontinuo sufrimiento, hubo una figura imprescindible que no podemos ni queremos dejar fuera: nuestro padre. Médico de profesión, conocía desde muy joven la realidad de la enfermedad de nuestra madre y no salió huyendo. Sabía lo que implicaban su depresión endógena y su indomable insomnio. No fue algo que descubriera más tarde. No fue una sorpresa ni una carga sobrevenida. Fue una realidad conocida desde el principio.

Aun así, eligió compartir su vida con ella. Se casó con nuestra madre sabiendo, comprendiendo y aceptando lo que vendría. Y la cuidó durante años con una entrega silenciosa y absoluta, sin una sola queja, sin reproches, sin rendirse jamás. La acompañó en las noches en vela, en los días más oscuros, en los momentos en los que la enfermedad apretaba con más fuerza.

Nuestro padre fue apoyo, fue cariño, fue refugio y fue respeto. Nunca minimizó su sufrimiento. Nunca la juzgó. Nunca la trató como alguien difícil, sino como lo que era: una mujer enferma que necesitaba comprensión, paciencia y amor. Su entrega no fue ruidosa ni visible para el mundo, pero fue constante, firme y profundamente humana. De esas que sostienen vidas. Muy pocos saben/sabemos las renuncias que supo afrontar sin reproche alguno.

Hasta el final. Hasta aquella noche de 1992 en la que nuestra madre falleció de un infarto mientras dormía, poniendo fin a una vida marcada por una lucha demasiado larga y dolorosa. Su muerte fue silenciosa, como lo había sido gran parte de su sufrimiento.

Recordar a nuestra madre es recordar su enfermedad, sí, pero también es recordar el amor incondicional de quien no la dejó sola ni un solo día. Porque la depresión no solo afecta a quien la padece; también atraviesa a quienes aman, cuidan y acompañan. Y esa labor silenciosa, constante y tan poco reconocida, también merece ser nombrada y honrada.

No podemos seguir obviando la depresión. No podemos seguir restándole importancia. No podemos mirar hacia otro lado solo porque el dolor no se vea. La salud mental importa. Importa tanto como la física. Y merece el mismo respeto, la misma atención y la misma empatía.

Y queremos terminar recordando algo que nunca debemos olvidar: que hubo épocas en las que la depresión aflojaba, en las que esa nube negra se alejaba, y entonces mi madre volvía a ser plenamente ella. Una mujer simpática,  alegre y muy generosa, una madre buena y presente, con una capacidad especial para hacer fácil la vida de los demás. Era una gran experta en resolver a nuestro favor, con paciencia, buen humor y perseverancia, los cambios que parecían imposibles en las tiendas de los múltiples regalos que recibía mi padre. Era animadora natural de reuniones, de esas personas que llenan una casa sin esfuerzo. Y fue, además, una anfitriona extraordinaria de aquellos sanjosés inolvidables ―nos reuníamos cerca de 40 personas en nuestra casa en el santo de nuestro padre―, donde todo estaba cuidado, donde nadie se sentía extraño y donde la alegría era real. Y como decía uno de los asistentes: muy bien alimentados y entonados. Recordar esto es importante, porque la depresión fue una parte muy visible de su vida, pero no fue su esencia. Ella fue mucho más que su enfermedad, y así es como merece ser recordada.

Escribimos por nuestra madre. Por todo lo que sufrió. Por todo lo que luchó. Escribimos también por nuestro padre, por su amor y su lealtad silenciosa. Y escribimos por todas las personas que hoy conviven con esta enfermedad y sienten que no encajan en un mundo que no las entiende.

Hoy no es un día para frases bonitas ni para discursos vacíos. Es un día para escuchar, para aprender, para acompañar. Para dejar de juzgar. Para tomar en serio una enfermedad que ya ha causado demasiado sufrimiento.

Hoy queremos decirlo muy claro, sin matices ni excusas: la depresión es real.
Y quienes la padecen —y quienes los cuidan— merecen respeto, apoyo y humanidad. Siempre.

Lola y José María Máiz Togores

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RETRANCA

Difícil de entender para una persona que no conoce en profundidad Galicia. Podemos decir que es la puñetera habilidad para hablar con segundas pretensiones, en especial cuando se procura una ironía intencionada en lo que se dice y sale revestida de cierto valor creativo y gracioso. Para entender perfectamente la retranca transcribo una viñeta de Castelao en la que el tabernero le pregunta al cliente: «¿Qué te parece mi vino?». El vino era ruin, pero el paisano salió del apuro diciendo: «Por donde va, moja, y como refrescar, refresca». Otros ejemplos: «¿Lloverá?» «Si tiene que llover, que llueva, pero por encima de nosotros». «Éche o que hai» (Es lo que hay). Se dice para justificar la nota de un examen o para dejar claro que no está invitada a la fiesta. 

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SÍLABAS INVERNALES

Tengo las manos ateridas por el frío. Quisiera anidar esta última fatiga en el retiro de un cristal siempre amarillo. Entonces arrebataría a la rosa su aroma y dibujaría con mi saliva de dulzuras y pasiones una estrella. Tengo las manos ateridas por el frío. Quisiera escribir mi último verso en un nuevo horizonte de vertiginosas dunas y fértiles silencios. Entonces se rebelaría el perfil de mi pulso y desterraría de mi voz este enjambre de quimeras y consuelos. Recordadlo. Tengo las manos ateridas por el frío.

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MANS SEMIBALEIRAS

Como non elucubrar mil temores con este caudal de meixelas ebrias entre as miñas mans? Detente, non mergulles as miñas xenerosas horas baixo unha corrente de pródigas clausuras. Detente, non enterres os meus obstinados beizos baixo un helmo de espantosas corentenas. Detente, non, non… Detente, non xermoles a túa ausencia no fondo da miña soidade.

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A PAISAXE DA DESTRUCIÓN

Quixera esquecer aquela desmesurada obsesión, pero unha marea de segundos, ebrios e torrencialmente desapiadados, precipítase sobre min perfilando na semente da miña memoria unha silva de gadañas. Escravo dunha cadea de migracións alleados, non logro romper o fío da intrahistoria que, farta de pupilas encamadas, sobrevoou a nosa encrucillada, e esperto todas as noites mastigando unha acumulación de pretextos incapaces de furar o insondable segredo da túa ignota biografía. O teu alento, presente en todas as miñas fatigadas superficies, dogmatiza calquera derradeiro vestixio de luz. O teu alento non pode evitar que se faga irrespirable o espanto daquelas torpes palabras, e coas miñas horas desterradas entre cercos desolados atinxo, exánime e sen clarividencia, os sotos da túa mirada.

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UN TREMOR SEN TESTEMUÑAS

Hai encontros que non anuncian nada e, con todo, desordenan para sempre a paisaxe interior de quen os vive. Coñecerte non foi un impacto, foi unha desviación lenta e inevitable. O mundo seguiu no seu sitio, pero eu xa non. Algo en mm n perdeu estabilidade no mesmo instante en que a túa presenza ocupou o espazo sen esforzo, sen ruído, cunha autoridade que non se aprende. Non fixeches nada extraordinario. Fuches. E iso foi suficiente. A túa personalidade pechoume os ollos para o accesorio, para o innecesario, e obrigoume a mirar cara dentro, onde o tempo non pasa: observa. Desde entón, os días teñen outro peso, outra densidade, coma se cada xesto levase inscrita a posibilidade de lembrarte. Este texto non busca xestos grandes nin palabras altas. Vive no cotián, na fenda mínima pola que entran o desexo que non se nomea, a admiración que permanece en silencio e esa soidade que non nace da falta, senón da conciencia. A túa presenza continúa mesmo cando non estás, instalada na memoria como algo que non pide permiso para quedar. Eu escribo desde ese lugar inestable onde achegarse a ti foi aceptar o tremor e afastarse aprender a vivir co seu eco. Non hai conclusións, porque a vida tampouco as ofrece. Hai instantes de lucidez que aparecen e desaparecen, deixando a pel máis sensible, o pensamento máis atento. O tempo aquí non se perde: transfórmase. Faise palabra, faise lembranza, faise resistencia íntima. Este tremor non quere ser visto, pero existe. E se o les con atención, talvez sintas tamén ti esa vibración leve e persistente que só nace cando alguén nos mira de verdade.

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UN SUEÑO «ACADÉMICO»

Me jubilé hace poco ―aún sufro el «resacón» de la enseñanza― después de treinta y siete años enseñando Lengua y Literatura españolas, que son, dicho sea de paso, dos materias que tienen la mala costumbre de metérsete en la sangre como el café: aunque no tomes, sigue temblando por dentro.

Son las seis de la mañana. Argumentan los expertos que es el momento óptimo para despertar y que, en su significado figurado, levantarse a esa hora suele simbolizar responsabilidad, constancia y sacrificio. Es el umbral entre la quietud de la noche y la actividad del día, y que es la hora ideal para levantarse de las personas exitosas.

―Media hora de retraso, José María, media hora de retraso, me dice mi alter ego con una sorna crispante. Tienes que ponerte en marcha. No te va dar tiempo a nada, siempre igual.

Resulta que esta noche he tenido un sueño de los que vienen con argumento, reparto y banda sonora. Un sueño de esos que me atan a la cama al amanecer, pero cuya pérdida duele infinitamente más que despertar.

―¿Banda sonora? Tú, que tienes los oídos enfrentados y que cada vez que cantas no se sabe bien qué canción interpretas. Tú, que tienes el oído lleno de silencios donde deberían nacer las notas.

Curioso es que un 8 de enero, a bajo cero, me haya despertado sudoroso y con una sensación de profe novato, ese que aprende a nadar a marchas forzadas en un océano repleto de las escrutadoras miradas de los alumnos.

―Lamentable. Lamentable. A tu edad, pensar que eres un profesor novato suena rocambolesco y embustero. Tanto como aquella noche que, con compañía femenina, te empeñaste en cantar, en el karaoke, la canción de Quique González Aunque tú no lo sepas y dejaste el espacio acotado para ese espectáculo más vacío que nuestros bolsillos en el mes de enero.

Pronto me di cuenta de que nada era realidad, de que todo había sido una fantasmagoría digna de llevar a un escenario de público juvenil, ese que come palomitas, atiende al móvil y habla en alto con el compañero de butaca después de mil conminaciones a guardar silencio.

En mi sueño no daba clase, claro. No corregía. No evaluaba. No miraba el reloj con esa mirada de «Dios mío, aún quedan treinta y ocho minutos». Yo simplemente «aparecía», abría la puerta, cruzaba el aula en silencio solemne —ese silencio que solo se consigue cuando nadie entiende qué está pasando— y empezaba:

—«Oh!, mesa escolar de pata coja, / altar de la goma y la fotocopia, / monstruo sibarita de la hora, / no juzgues con dureza mi poema…»

Y los alumnos, que en la vida real me habrían pedido ir al baño «con urgencia existencial», allí permanecían hipnotizados. Hasta los del fondo, los que viven detrás de una cortina de palabras, cerraban la boca como quien recibe una severa reprensión de la directora. Solo se oían suspiros juveniles. Alguna lloraba. En primera fila una chica murmuró sarcástica: «¿Esto es… arte?». El alumno que estaba a su lado preguntó si podía «repetir curso» para seguir oyéndome.

El éxito fue atronador. El claustro me miraba con suspicacia y admiración, esa mezcla típica del gremio: «no lo entiendo, pero me ofende que se gasten el presupuesto en un payaso de la poesía». La jefa de estudios, que en mis tiempos se recorría las tutorías con el horario de permanencias, me sonreía como si yo fuese un proyecto europeo. Y la directora —esa mujer que siempre estaba firmando documentos y reprendiendo las ausencias con una buena mano izquierda— me llamó a su despacho para decirme, con voz grave:

—Esto es lo que necesita el centro: poesía sin temario. Hueles a Keating, dicen tus compañeros, pero, tranquilo, si de mi depende, quizá te renovemos el contrato en junio.

Y entonces ocurrió lo inevitable: los padres. Aunque no lo creamos, los alumnos siguen contando en casa lo que ocurre, de forma anómala, en el colegio. Los deberes y notas, no; los cotilleos, sí.

En el sueño, la noticia corrió como si yo fuese un «conocido influencer de la metáfora». Los padres, sorprendidos por el éxito, me abordaron un día a la salida.

—Profesor —me dijo una madre compuesta para la ocasión, queremos asistir a sus sesiones de poesía. Lo hemos hablado en el grupo y somos mayoría los que queremos que nos dé un recital.

—¿Dónde? —pregunté, ingenuo y nada receptivo.

—En el Retiro —dijo otro—. Esta misma noche. A cinco bajo cero. Que así se aprecia mejor.

Yo, camino de casa, pensaba que el Retiro era ese lugar donde los poetas se congelan con dignidad y las ánades, si todavía hay, te juzgan con una «patosa» severidad.

Al final, acepté, porque en los sueños uno siempre asume retos incomprensibles con la naturalidad con la que en la vida real uno acepta ser presidente de la comunidad de vecinos sin resistirse lo más mínimo o ser el estúpido encargado del amigo invisible en el trabajo.

Y allí estaba yo, bajo una farola temblorosa, con bufanda hasta las orejas y el alma ligeramente escarchada, recitando versos mientras el público —padres envueltos en plumas, termos de chocolate por doquier, niños medio dormidos y con la comisura de los labios congelada como si fueran estalactitas o estalagmitas, que no sé la diferencia— asentía con un refrigerado fervor.

Cuando recité un soneto sobre la tilde diacrítica como tragedia griega, hubo clamor de satisfacción. Cuando improvisé una oda a la «hache», esa letra fantasma que nadie respeta, alguien gritó: «¡Bravo!» y otro pidió «otra» como si estuviera en un concierto de «Los Secretos».

Y al final, movido por una intuición ancestral —porque la poesía es gratis, pero el frío no—, saqué un cestillo, ese mismo que cuando tenía doce años pasaba por entre los bancos de mi querida María Auxiliadora. Lo pasé con elegancia, como hacen los músicos del metro, con cara de «si no paga, no pasa nada, pero, al final, sí pasa».

El cestillo volvió a mi lugar, un montículo que habían ideado algunos padres y alumnos con la tierra que había acumulada de una reforestación parcial como si fuera un Ágora con un promontorio para los sabios, «vacío» como el sonido de mi guasap. Ni una moneda. Ni un euro perdido por casualidad. Ni un céntimo sentimental. Nada. El silencio fue un poema en sí mismo.

Con ojos entumecidos por el frío de la madrugada, yo miré sorprendido a mis espectadores, y estos se metieron las manos, guantes incluidos, en sus bolsillos, los termos, manoseados con reiteración, liberaban los nervios de sus dueños y la generosidad, como la merluza de Pescanova en altamar, congelada. Y entendí, con una claridad glacial, que el arte se aplaude con entusiasmo… siempre que no implique abrir la cartera.

Así que dije para mí:

—Bien. Entonces, el último poema lo improvisaré, como si fuera un mal sucedáneo del chocolate, sobre la racanería y el misterioso poco valor del arte literario. Me salió lleno de ripios, lugares comunes y alguna que otra chabacanería: «Que viva el poeta, que viva el cantar, / pero que no nos hagan a nosotros pagar…

Los versos eran dardos, sí, pero con punta roma y sonriente. Me despedí con una reverencia que tenía más de ironía que de humildad. Algunos sonrieron nerviosos, otros me miraron con admiración y desde el fondo se oyeron piropos y olés como si estuviéramos en pleno San Isidro.

Y entonces me desperté sudoroso, con el corazón acelerado y la garganta seca, como si hubiera recitado cien endecasílabos dentro de un congelador. Tardé unos segundos en recordar lo esencial: que no había padres, que no estaba en el Retiro y que mi cestillo por las nubes voló.

Solo estaba yo, jubilado de verdad, tumbado en la cama con la pierna cruzada y pensando en cómo hilar el sueño que había tenido.

De pronto, mi hermana se asomó a mi habitación con la prisa de quien necesita un desayuno en vena.

—Venga, que hay que ir a la frutería y a la farmacia.

Me levanté con ritmo cansino. De pie, ante el flanco izquierdo de mi librería, ahí estaban mis poetas predilectos, me miré las manos y las contemplé sin tiza, sin cestillo, sin textos: sólo el vacío de la nada. Y pensé, con una ternura un poco sarcástica, que la vida tiene su propia métrica. Preparé el café y nos sentamos mi hermana y yo a desayunar.

—He soñado, mi hermana me escuchaba en el desayuno con gesto de resignación por la batallita que se avecinaba, que volvía a ser profesor, sí, pero no de esos que entran, pasan lista, explican la subordinada adjetiva, ponen notas y rellenan partes. No. No. Yo era una especie de «trovador colegial» y me dedicaba, de modo completamente improvisado, a pasearme por las clases como un alma en pena con tiza en el bolsillo y un chorretón de café con churros en la corbata, a recitar poemas y textos literarios escritos por mí.

El sueño me devolvió al aula como un héroe lírico… y la realidad, para que no se me subieran los versos a la cabeza, me devolvió al kilo de naranjas, a las patatas gallegas y a la rodillera.   

Y, fíjate tú, Lola, en un iglú, con aplausos y a cinco bajo cero, eso sí que es literatura de verdad. 

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PEREGRINACIÓN HUMANA

Impregnado de alborozados sueños y fortalecido por el bullicio de nuestra desnuda doctrina, peregrino por un espacio de gestos residuales e intuitivamente camino en busca de aquella volátil fricción que, ayer, en la intemperie nocturna, libó la sangre de nuestra monotonía. Gestualmente quise esculpir en mi rostro la vigilia de otro delirante boceto, pero, una vez más, unas umbráticas manos volvieron a quemar mi rancia expiación. Un solo segundo de lacerante sopor fue capaz de fulminar, sin más, la sardónica esperanza humana que habitaba en mi rudimentario corazón.

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«EL SITIO DE MI RECREO» DE ANTONIO VEGA

La historia de «El sitio de mi recreo» está muy ligada a la sensibilidad de su autor, Antonio Vega. Fue publicada en 1992 dentro del álbum No me iré mañana. Con el tiempo se ha convertido en una de las canciones más emblemáticas de la música española por su poesía, su tono íntimo y la forma en que habla de un lugar de refugio emocional, más espiritual que físico.

La letra no describe un sitio concreto. Más bien evoca un espacio interior, un locus amoenus, donde la persona encuentra calma, libertad, recuerdos, amor o incluso una conexión consigo misma. Precisamente esa ambigüedad es una de las razones por las que tantas personas se identifican con ella.

Comentario muy personal

Para mí, El sitio de mi recreo transmite algo que pocas canciones consiguen: la sensación de haber encontrado un rincón del mundo donde el ruido desaparece. No parece una canción sobre un lugar, sino sobre un estado del alma. Da la impresión de que Antonio Vega intenta atrapar un momento de paz que sabe que es frágil y pasajero. Cuando la escucho, me sugiere nostalgia, pero no una nostalgia triste; más bien la gratitud por haber vivido algo tan hermoso que merece ser recordado. Es una canción que invita a detenerse, mirar hacia dentro y recordar cuál es ese «sitio de recreo» que cada persona guarda en su memoria.

Por eso sigue emocionando décadas después: cada oyente termina convirtiendo esa canción en una historia propia. Es lo que pocos consiguen con su canción.

Aquí tienes el enlace para verla y escucharla

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BREOGÁN

Cuando pienso en Galicia, no pienso solo en un lugar del mapa. Pienso en una manera de mirar el mundo.

Galicia es niebla y es luz. Es el rumor constante del Atlántico, el verde profundo de los montes, la piedra antigua de las aldeas y el silencio que habita en los caminos. Es también memoria: memoria de quienes vivieron antes, de quienes partieron y de quienes, generación tras generación, siguieron nombrando la tierra como algo propio. Este texto nace de esa memoria, aunque hay conocidos míos que se empeñan en recordarme que yo no tengo nada de gallego.

Breogán evoca una figura mítica que, más allá de la leyenda, representa una raíz profunda de la cultura gallega. Breogán es símbolo de origen, de identidad y de esa antigua conciencia atlántica que conecta Galicia con historias y pueblos que miraron siempre hacia el mar.

Pero este texto no pretende hablar desde la historia erudita ni desde la leyenda lejana. Pretende hablar desde la experiencia, desde el recuerdo, desde las pequeñas escenas que forman la vida de una tierra. Porque Galicia vive en los grandes relatos, sí, pero también en los detalles: en una conversación al atardecer, en el olor de la lluvia sobre la tierra, en el sonido de una campana que marca el paso del tiempo o en la lejanía que duele cuando se palpa en esta tierra de secano y calor asfixiante.

Estas palabras son, en cierto modo, un intento de escuchar. Escuchar lo que me dicen los lugares, lo que me dicen las personas, lo que me dice la memoria. Y convertir esa escucha en palabras.

Quizá por eso el título sugiere palabras. No son solo palabras escritas: son palabras heredadas, palabras escuchadas en la infancia, palabras que han viajado con quienes emigraron y palabras que regresan siempre, como regresa el mar a la costa.

Si Breogán simboliza el origen, este texto quiere ser un eco contemporáneo de ese origen: un pequeño testimonio de lo que Galicia ha sido, es y seguirá siendo para quienes sienten su presencia más allá de la distancia.

Porque Galicia no es únicamente un territorio. Es una forma de pertenencia.

Y tal vez, al final, estas palabras no sean solo de Breogán, sino también de todos aquellos que, de una u otra manera, seguimos sintiéndonos hijos de esta tierra atlántica. 

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PARA MIN

Para min os mil elos que percorren a cadea da túa sede, para min o estraño e o semellante do teu pensar, para min o terso aroma da esencia da túa pel, para min ese diamante vivo que agochas na túa mirada, para min o cálido verbo da túa envolvente voz, para min os tortuosos camiños do teu eterno viaxar, para min o castelo de naipes que erixes cada noite, para min os teus amargos insomnios nos que o teu durmir é velar.

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DEFINICIÓNS DO AMOR

É a lúa que brilla inqueda nos rescaldos do meu interior, é a busca dun camiño de vida, é conter as miñas ansias máis ocultas, é agardar a túa visita en longas xornadas de insomnio, é evitar un empacho de idolatría, é afiar a noite para non descansar nunha almofada de espectrais refugallos, é recoller a cinza que sepultei baixo os teus pés e debuxar con ela a túa imaxe ausente, é escoitar a túa nítida voz cando esvara pola miña fronte unha febre enoxada, é soñar co teu rostro reflectíndose con teimosía na miña fiestra.

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CAPÍTULO XXV DE ‘HATROZ’.- LA INOCENCIA

Bendita sea la inocencia, / mi abuelo siempre rezó, / mientras yo abría los regalos / que el Rey Mago en mi portal dejó.

Rafo, ya lo vas conociendo, es muy terco y tozudo. Me argumenta, cuando me propone saltar a la infancia, que ya me había advertido que no quería linealidad narrativa. Soy así y, otra vez, como la carta que escribe mil veces, pero nunca envía, sale a la luz la amenaza de deshacerse de mí como narrador. Terco y tozudo como ese espejo que solo refleja lo que uno quiere ver o como ese muro que crece en altura cada vez que alguien ―yo, por ejemplo― intenta escalarlo.

Rafo se debía levantar de forma sigilosa, en una acción clandestina y oculta como el asesino de la hermosa mujer del doctor Kimble en El fugitivo. Nadie sabía sus intenciones. Si alguien las hubiera descubierto, seguro que lo hubieran reprendido en extremo con una advertencia severísima de que, ante un comportamiento tan desmandado, los Reyes Magos pasarían de largo y no dejarían ninguna de las peticiones que había plasmado en la ya tradicional carta.

Durante la cena se esmeró en bostezar ruidosa y estridentemente repetidas veces. Varias advertencias paternas sobre la educación y los malos hábitos cuando estaban sentados a la mesa salpicaron una espera que temía que se le fuera de las manos. Nada más terminar el postre, fue conminado a abandonar el comedor y a meterse en la cama nun chiscar de ollos e nun airiño de Deus. Dos expresiones gallegas muy conocidas por su padre que, así sumadas, le invitaban al receptor del dictado a hacer diligentemente lo que se le indicaba.

Embozado hasta las cejas, el corazón se le desbocaba y sonaba con gran estruendo en el silencio de su habitación. Había tenido una infinita paciencia fingiendo que ya estaba inmerso en uno de sus fantasiosos sueños infantiles. Escenificó acertadamente la estrategia que había tramado con esmerado detallismo, pues la última vez que entró su padre en el cuarto se cercioró de que no estaba despierto. Reprodujo el sonido gutural que profería el dormido con tanta perfección que su padre le confirmó a su madre que estaba descansando. Como buen gallego, dijo: parece que duerme.

Calculó cuánto tiempo tardarían sus padres en conciliar el sueño. Son unos pesados, dijo para sí, porque no paraban de recorrer el pasillo una y otra vez. ¡Hasta han salido a la calle! ¡Esto es como una canción desafinada que no deja de sonar!, dijo para sí reproduciendo las palabras del párroco de Ortoño cuando lo escuchó en las pruebas de canto para el coro.

Por aquel tiempo Rafo no era consciente de las dificultades de su madre para conciliar el sueño. Le oía comentar que el insomnio es como un teatro donde la mente no baja el telón o como un laberinto sin salida. No sabía aún que su lucha contra el desvelo con un silencio forzado le producía un nudo en la garganta que apretaba más con cada palabra no pronunciada. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre desde tiempos lejanísimos.

―En esa edad temprana todo me parecía tan sencillo que, cuando llegué a la preadolescencia, y me enteré con todo detalle de la realidad, me sentí un poco culpable por no haberme percatado de ciertas experiencias vividas, me comentó el día que estuvimos hablando de este capítulo.

De pronto, explotó el silencio en la casa. Ni vecinos ni camiones por el paseo. O eso creía Rafo en su fingido sueño, porque la noche del 5 al 6, en aquella época, era una auténtica locura con la compra de los regalos descolgados que los niños habían solicitado en la carta a los Reyes Magos.

De vez en cuando, lo que retrasó voluntariamente la puesta en pie de Rafo, un viento gélido golpeaba el cristal del balcón y se colaba por las rendijas de la montura de madera que no asentaba bien. Esto era una cancioncilla que en tiempos pasados habría sido la causa de una apresurada y meteórica incursión en la cama de sus padres.

El miedo era extraordinario como un abismo que empezaba en la almohada y el crujir de la madera era como un invitado no deseado que no se quería ir. Ni aún con la promesa del vellocino de oro se hubiera quedado en su dormitorio otra noche cualquiera. El objetivo que se había planteado para esa noche era tan importante que el éxito de dicha expedición vencía el miedo a cualquier incursión de elementos extraños en su habitación.

Metido en la cama con tres mantas zamoranas, y tapado hasta la nariz, se sentía muy orgulloso por no escapar de la musiquilla maléfica de la puerta del balcón, aunque al otro lado estuviera la señora Danvers, el ama de llaves de Rebeca. No le castañeaban las muelas por más que sintiera en el estómago el aleteo de inquietas mariposas.

Pensó que ya debería levantarse, pero no era capaz de destaparse, paso previo para ponerse en pie y comenzar de este modo sus indagaciones reales. Hacía mucho frío en la habitación y añoraba Rafo la lucecita que sus padres enchufaban de noche para que no cayera en el pavor nocturno, ese miedo que se convertía en un huésped que no veía pero que sabía que estaba a su vera. Lo de la lucecita no lo sabían en el colegio para no ser pasto de las burlas de los compañeros, que siempre presumían de dormir en la más absoluta oscuridad. Hasta su compañero Pedro, cuando hablaban del miedo decía como un fanfarrón: Si viene a asustarme, que traiga algo nuevo, porque los fantasmas ya me aburren. Yo no tiemblo, yo hago temblar al miedo.

Por fin se puso en pie, tanteó la pared y esquivó con suma habilidad la ruidosa baldosa que estaba suelta, mil veces sellada, pero que mis «tranquilos juegos» hacían que se desprendiera reiteradamente. A causa del desasosiego que me generaba la situación llevaba el pijama pegado a la espalda. Hacía un frío invernal, pero sudaba. La zozobra de la situación lo mantenía en vilo, atacado por los nervios y con la mente neblinosa. Estaba convencido de que iba a descubrir uno de los mayores secretos de la humanidad: el mapa del tesoro estaba dibujado con la letra de mamá.

Avanzó por el pasillo como un niño que camina entre dos mundos: el de la fantasía que quiere conservar y el de la verdad que está a punto de descubrir. Olía la presa. Aspiraba un ligero aroma a licor. Era incapaz de distinguir el tipo de bebida que descansaba en la mesa del comedor. Allí estaban las tres copitas llenas con sus respectivos dulces y servilletas. Ajajá, esta noche los pillo seguro, pensó mientras le subía a la boca una regurgitación estomacal. El maldito pudin que se empeñó en cenar ―había sobrado de la comida― haciendo caso omiso a las «advertencias profesionales» que su padre le había hecho sobre los inconvenientes nocturnos de dicha ingesta. Ahí la terquedad infantil es un grado, además de la cierta permisividad que habita en los progenitores en épocas navideñas.

Rafo tenía ocho años y una misión, repetida mil veces en su mente, muy clara: descubrir de una vez por todas quiénes eran los verdaderos Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un compañero de clase con la rotundidad de un niño envalentonado:

―Los Reyes no existen. Son los padres los que compran los regalos. Ayer, mientras rebuscaba en el armario de mis padres, encontré una bolsa llena de juguetes con etiquetas que decían «Para Leo», «Para Clara» y «Para Mateo». Y claro descubrí la mentira: los Reyes Magos no son quienes traen los regalos… ¡son los padres!

La profesora, al enterarse, habló con Mateo. Le explicó que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en compartir ilusión, esperanza y alegría.

Mateo, avergonzado, comprendió que había roto algo más que un secreto: había chafado la ilusión de sus amigos.

Esa noche, escribió cartas a cada uno de ellos, pidiéndoles perdón y prometiendo que, aunque supiera la verdad, nunca volvería a apagar la magia de los demás.

Los padres de Rafo, cada año, le hablaban de Melchor, Gaspar y Baltasar, pero él, después de escuchar a Mateo, sospechaba que algo no cuadraba. Así que esa noche, la noche mágica del 5 de enero, había decidido ejecutar la operación secreta que había urdido sin decir nada a nadie.

Colocó una manta en el sofá del salón, justo frente al portal de Belén que presidía el salón. Tenía una linterna, una libreta para tomar notas, y hasta un reloj con alarma. Dejó los zapatos bien limpios bajo el portal, junto a los dulces para los Reyes y el agua para los camellos. Todo estaba listo.

—Esta vez no se me escapan —susurró, mientras se acomodaba en el sofá. Pero los nervios y el cansancio, compinchados con sus padres, lograron el milagro: se quedó profundamente dormido. Había luchaba contra el sueño como un titán, pero sus párpados pesaban como piedras y no pudo más. A las cuatro de la madrugada, la alarma sonó… pero él no la oyó. Dormía profundamente, abrazado a su linterna.

A las siete de la mañana, sintió una mano suave en el hombro.

—¡Feliz Día de Reyes, campeón! —le dijo su padre.

Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de regalos, los zapatos rebosando de sorpresas, y los dulces mordisqueados.

—¡No puede ser! ¡Me dormí! —exclamó, frustrado.

Su padre sonrió, cómplice.

—Los Reyes son muy rápidos. Quizás el año que viene tengas más suerte. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuando uno no los espera. Quizás la magia está en no verlos.

Rafo miró su libreta vacía y suspiró. Pero en el fondo, sabía que la magia no estaba en descubrir el secreto… sino en que realmente existían los Reyes Magos. 

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O TEU PASADO

Pensando sempre no teu pasado sofres con xenerosidade as súas descargas catódicas, e protexes o teu contorno afectivo tras unha invisible pero tanxible armadura que te eterniza nun ser «adánico». Porén, o teu cerebro obstínase en seguir un itinerario de quiméricas banalidades. A tensión que mana do teu finximento axial precipítase densamente sobre os meus oídos e padecemos taxativamente o volume da nosa debilidade, paradigma dunha fronteiriza metamorfose. Entón, eu, impasible ante a túa busca, vexo estalar nos teus ollos un cativeiro, e as violetas que oprimen as miñas mans só ratifican a ausencia que a ti me achega, e unha mirada, unha cancela, un uniforme de voos, na negra pulcritude do teu eclipse devólvennos provisionalmente a luz.

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ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.

Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a tomar vuelo. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.

Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.

Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.

Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo. 

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EL SUEÑO DE UNA NOCHE

Cada domingo, ya ocioso e improductivo, un profesor jubilado de buen porte ―eso creía él― se sentaba en el mismo banco de la calle Francisco Silvela, justo frente a una colonia de palomas que ya no lo reconocían ni lo temían cuando una mujer mayor las invitaba a diario a un suculento desayuno de migas de pan.

―Las palomas, él sólo veía su lado sombrío, son susurros grises del abandono, alas que ensucian el cielo con polvo urbano, miradas vacías que mendigan migas y sombras que devoran la pureza de las plazas.

Llevaba siempre consigo un smartphone con el que escuchaba música en la plataforma que explota económicamente a los artistas. Especialmente música de los ochenta. Porque los ochenta, según él, tienen ese rollo que engancha: canciones pegadizas y espontáneas, ritmos que te levantan el ánimo y letras que se sienten muy cercanas. Además, nos recuerdan tiempos más simples, fiestas con amigos y la sensación de libertad. Es música que nunca pasa de moda, como un viejo amigo que siempre te hace sonreír.

En una aplicación tenía anotados los nombres de viejos conocidos ―muchos de ellos tachados― que le habían asegurado un guasap para saber de él y de su júbilo o para enviarle una felicitación por Navidad. 

―Quiero que permanezcan en mi memoria y quiero que estos nombres sean como tatuajes de mi vida laboral ―decía―, porque mi memoria es un archivo oxidado en el que guardo piezas que chirrían al abrirse, algunas intactas, otras corroídas, pero todas muy apreciadas por mí. Y ahí quiero tener yo a mis conocidos, rechinen o no.

Esto se lo comentaba a otro jubilado que se sentaba a su lado con un respirador de oxígeno que le impedía hablar con normalidad. El buen hombre lo escuchaba con enorme devoción y el profesor jubilado se lo agradecía con desmesura. Era el tiempo de gloria de dos jubilados. Hasta que un día dejó de ir. El dueño de una ferretería le comunicó que estaba ingresado en la Princesa.

En su día a día el profesor jubilado comprobó que todo lo que se movía en su entorno se había vuelto silencio; y su voz, cada vez más herida, el único rescoldo que le había dejado la enseñanza, solo encontraba eco en un pasado cada vez más lejano. Sentía la jubilación como un reloj sin manecillas: el tiempo sigue, pero ya no marca rumbo, solo silencio y la sombra de lo que fue.

Debido a su mala memoria, un día se dejó ―o abandonó, todo cabía en él― en el banco su móvil abierto por la aplicación de notas. Así pasó la mañana. Por la tarde, un grupo de chicos que salían del colegio se sentaron en el banco a jugar con sus respectivos móviles. En un principio, no tocaron el smartphone abandonado, pero la curiosidad ―ese perro suelto que olfatea cada esquina, que corre sin mirar atrás y que muerde todo lo que desconoce― les pudo y el más listillo lo cogió y leyó lo que tenía escrito: «Si alguien me recuerda, que deje escrito aquí cómo era yo cuando aún me esperaban».

Los chicos se callaron durante unos segundos y el más listo sentenció: Ya tenemos tema para el trabajo de Educación en Valores Cívicos y Éticos.

Desde entonces, el banco de las notas, olvidado con tristeza por el profesor jubilado como un libro cerrado en una estantería polvorienta, tiene flores frescas todos los domingos. 

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POR QUÉ ESCRIBO

Escribo porque me gusta escribir. No por oficio ni por necesidad pública, sino por placer íntimo. Escribo del mismo modo que leo: en silencio, sin prisas, como quien conversa consigo mismo sin esperar respuesta. La piel que también somos nace de ese lugar interior donde las emociones se guardan más de lo que se expresan, no por falta de intensidad, sino por exceso de cautela.

Siempre fui una persona tímida. No en el sentido de la inseguridad constante, sino de esa timidez que observa antes de hablar, que prefiere el rincón tranquilo a la voz alta, que siente más de lo que dice. Muchas de las palabras que habitan este libro no se marcharon porque no encontraron el momento adecuado. Se quedaron dentro por miedo a fracasar, a no ser comprendidas, a exponer lo que es profundamente personal: la soledad, el amor contenido, la frustración, la vergüenza, la desolación.

Este libro no nace de un dolor concreto, sino de una acumulación lenta de sentimientos. Son emociones pequeñas, cotidianas, a veces contradictorias, que se fueron instalando con el paso del tiempo. La soledad, aquí, no es abandono, sino elección parcial. Porque estar solo no significa estar vacío. Significa, muchas veces, estar acompañado de uno mismo, de los libros, de la memoria, de las palabras que aún no se han dicho.

La piel que también somos no pretende explicar nada. Es un espacio de sinceridad discreta. No hay grandes declaraciones ni gestos dramáticos. Hay silencios, dudas, miradas hacia dentro. Hay amor, pero no siempre correspondido. Hay deseos que no se cumplieron y otros que ni siquiera llegaron a formularse. Hay la sensación constante de que hablar demasiado puede romper algo frágil.

Escribo estas páginas sabiendo que no todo el mundo se reconocerá en ellas. Y está bien. Este no es un libro para multitudes, sino para lectores que entienden que la vida emocional también se construye desde la reserva, desde la contención, desde la palabra que decide quedarse. Porque a veces, lo más verdadero es lo que nunca se marchó. 

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LA LLUVIA EN GALICIA

Dicen que en Galicia llueve más que en ningún otro lugar, pero quienes la conocen de verdad saben que la lluvia no es solo un fenómeno meteorológico: es un estado del alma. Galicia llueve por dentro, incluso en agosto, incluso cuando el sol se atreve a posar su luz sobre los hórreos y las playas de agua fría. Llueve en la memoria, en la forma de mirar, en la manera de caminar despacio, como si cada paso fuera una conversación con la tierra.

La lluvia interior gallega no empapa, pero cala. No moja la ropa, pero humedece los pensamientos. Es una lluvia que acompaña, que no interrumpe, que no exige paraguas. Es la lluvia que hace que uno se detenga a escuchar el rumor de un río aunque no tenga prisa, o que mire el horizonte del mar como quien busca una respuesta que no necesita encontrar.

En Galicia llueve por dentro porque el paisaje se cuela en las personas. Los bosques de eucaliptos que suspiran con el viento, las carballeiras que guardan secretos centenarios, los caminos de piedra que parecen haber sido puestos allí para que nadie olvide de dónde viene. Todo eso se filtra, sin pedir permiso, en el carácter de quienes nacen o se quedan. Y también en quienes pasan solo un verano y descubren que, sin saber cómo, ya no podrán marcharse del todo.

La lluvia interior es también una forma de resistencia suave. Galicia ha aprendido a convivir con la niebla, con la bruma que borra contornos y obliga a afinar los sentidos. Esa misma bruma se instala en el corazón y enseña a mirar más allá de lo evidente. Por eso los gallegos tienen fama de responder con otra pregunta: no es indecisión, es una manera de abrir posibilidades, de no cerrar caminos antes de tiempo. La lluvia, incluso la que no cae del cielo, enseña paciencia.

Pero no todo es melancolía. Galicia llueve por dentro porque también llueve alegría. Una alegría que no hace ruido, que no necesita grandes gestos. Es la alegría de una mesa compartida, de un plato de pulpo que humea sobre el mantel de papel, de una conversación que empieza hablando del tiempo y termina hablando de la vida. Es la alegría de una romería que se alarga hasta que el cuerpo dice basta, o de un paseo por la playa cuando el viento obliga a sujetarse la capucha con las dos manos.

La lluvia interior gallega tiene un ritmo propio. A veces cae fina, como un recuerdo que vuelve sin avisar. A veces arrecia, como un abrazo que uno no esperaba. Y otras veces se detiene, dejando un silencio que no es vacío, sino descanso. En ese silencio, Galicia respira. Y quien la escucha, también.

Quizá por eso tantos viajeros sienten que Galicia los mira. No con ojos humanos, sino con la mirada de sus montes, de sus rías, de sus aldeas que parecen resistir al tiempo. Galicia observa, reconoce, acoge. Y cuando uno se va, la lluvia interior se queda, como un pequeño faro encendido en algún rincón del pecho.

Porque Galicia llueve por dentro, sí. Llueve en forma de nostalgia, de ternura, de calma. Llueve en forma de historias que se cuentan al calor de una lareira, o de silencios que dicen más que cualquier discurso. Llueve en la manera de querer, de recordar, de volver siempre, aunque sea solo con el pensamiento.

Y quien ha sentido esa lluvia, aunque sea una vez, sabe que no se seca nunca del todo. 

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ENTREVISTA A UN HOMBRE QUE SE CREE ESCRITOR EN ACTIVO, PERO QUE REALMENTE ES UN ESCRITOR EN DESCOMPOSICIÓN CREATIVA

FECHA DE LA ENTREVISTA:

DOMINGO 28 DE DICIEMBRE DE 2025 A LAS 02:18 DE LA MADRUGADA

LUGAR DE LA ENTREVISTA:

El nuevo despacho de José María ―más conocido como Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo o Tantometén― no es un despacho cualquiera. No tiene estanterías, ni plantas, ni una ventana con vistas inspiradoras. No. Su despacho es un ecosistema autónomo, un microclima, un santuario escatológico donde la creatividad se mezcla con el olor a ambientador barato y decisiones cuestionables.

El escritorio es una tabla improvisada apoyada sobre el bidé, el portátil descansa peligrosamente cerca del lavabo y la silla… bueno, la silla es la tapa del inodoro, que ha sido ascendida a «asiento ergonómico de alto rendimiento». El rollo de papel higiénico hace las veces de asistente personal, tomando apuntes invisibles mientras observa la escena con resignación. La cisterna, por su parte, actúa como supervisor creativo: cada vez que José María escribe algo mediocre, después de arrancárselos de las manos, descarga sola como un aplauso sarcástico hidráulico.

En una esquina, un ambientador con forma de pino lucha por su vida, intentando neutralizar el aroma existencial del lugar. En otra, un bote de gel mira fijamente a José María, como preguntándose en qué momento exacto su dueño perdió el rumbo, se le fue la olla o empezó a comportarse de modo irracional.

Este es el despacho donde ocurre la magia. O, más exactamente, donde la magia viene a morir.

RAZONES DE LA ENTREVISTA:

La entrevista se ha realizado por motivos estrictamente científicos, antropológicos y, sobre todo, por puro morbo, por atracción de lo prohibido. Los expertos del Instituto Internacional de Escritores en Crisis (una institución que no existe, pero que debería) han considerado que el caso de José María es tan extremo, tan fascinante y tan potencialmente contagioso, que merece ser documentado antes de que, dados los síntomas evidentes, él mismo se disuelva en una nube de frustración creativa.

Además, en huelga general indefinida, sus suscriptores —para los que el contenido de los textos de José María se convierte en un jardín secreto que pocos se atreven a explorar— exigieron una explicación oficial. No para volver a leerlos, claro, sino para tener material con el que alimentar sus piquetes imaginarios.

Y así, con un equipo de investigación equipado con mascarillas, guantes y una valentía cuestionable, el entrevistador se decidió a entrar en el baño―despacho de José María para registrar su testimonio. Lo que sigue es la transcripción íntegra de esa entrevista, realizada bajo condiciones extremas y con un riesgo para el transcriptor del 97%.

TRANSCRIPCIÓN COMPLETA DE LA ENTREVISTA:

ENTREVISTADOR.- José María, gracias por recibirnos. Aunque… debo decir que nunca había realizado una entrevista sentado en una de las múltiples tapas de inodoros que tiene en su baño. ¿Es este su nuevo despacho oficial?

JOSÉ MARÍA.- Hoy he alcanzado un nuevo hito en mi carrera literaria. He dejado de ser un escritor en crisis para convertirme oficialmente en un fósil creativo. Si alguien perforara mi cerebro ahora mismo, encontraría restos de ideas prehistóricas, un par de metáforas rotas y quizá un adverbio petrificado. Nada más. Ni rastro de vida inteligente.

ENTREVISTADOR.- ¿Y cómo se siente al intentar escribir desde este… entorno tan aromático?

JOSÉ MARÍA.- Me he sentado frente al ordenador con la esperanza de que, por algún milagro grotesco, una frase decente emergiera de entre los escombros. Pero lo único que ha emergido es un olor sospechoso, como si mi inspiración hubiera muerto hace días y nadie se hubiera molestado en avisarme. El cursor parpadea como un testigo del crimen, señalándome con su luz intermitente: «Fue él. Él mató la creatividad».

ENTREVISTADOR.- ¿Qué tipo de palabras le vienen a la mente en estos momentos de… iluminación intestinal?

JOSÉ MARÍA.- Las palabras que salen de mi cabeza parecen seleccionadas por un comité de criaturas subterráneas con muy mala leche: gibberish, lampoon, migrate… ¿Qué es esto? ¿Un texto o el menú degustación de un restaurante para diarreicos? Si sigo así, acabaré escribiendo en un idioma que solo entienden los insectos que viven dentro de mi monitor.

ENTREVISTADOR.- ¿Ha considerado cambiar de profesión? Algo menos… mental y odorífico.

JOSÉ MARÍA.- He llegado a ese punto glorioso en el que uno empieza a considerar profesiones alternativas que no requieran cerebro. Probador de colchones. Espantapájaros freelance. Modelo de radiografías… Cualquier cosa que no implique enfrentarse a un teclado que ya me mira como si fuera un experimento fallido. El universo, mientras tanto, me manda señales cada vez más claras: «José María, deja de escribir, por favor. Estás perturbando el equilibrio cósmico».

ENTREVISTADOR.- ¿Y qué hay de su autoestima como escritor? ¿Sigue viva?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡La hemos cagado con esa preguntita!!! Me siento como el último escritor de la fila, ese que llega cuando ya han repartido todas las musas y solo queda una criatura extraña, con tentáculos y olor a humedad, que te ofrece inspiración a cambio de tu cordura. Mientras que otros publican novelas brillantes, yo celebro si consigo juntar dos frases que no parezcan escritas por un calamar con migraña y piorrea en la dentadura.

ENTREVISTADOR.- Hablemos de su blog. ¿Cómo llevan sus suscriptores esta… caída libre en el descrédito?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡De descrédito nada de nada!!! Mis suscriptores —esos seres silenciosos, invisibles, que jamás comentan nada— han decidido convocarme una huelga general indefinida. No escriben comentarios, no leen, no reaccionan… Se han organizado en sindicatos imaginarios, han redactado manifiestos que yo jamás veré y han colocado piquetes metafóricos en la entrada del blog. ¡¡¡Claro que podrían darse de baja!!! Pero no. Prefieren quedarse ahí, observando mi caída libre, esperando… ¿a qué? Nadie lo sabe. Quizá a que me derrumbe del todo. Quizá a que publique algo tan desastroso que se convierta en arte involuntario.

ENTREVISTADOR.- Volvamos al baño. ¿De verdad cree que este lugar puede devolverle la inspiración?

JOSÉ MARÍA.- He trasladado mi despacho al baño. Sí, al baño. Lo he ampliado. Este templo de lo escatológico donde, según algunos gurús de internet, la inspiración fluye mejor porque uno está «más conectado con lo esencial». Pues bien: lo esencial huele fatal. Aquí estoy, escribiendo mientras la cisterna me juzga y el rollo de papel higiénico me observa con una mezcla de compasión y asco. Pienso, ante mi bloqueo creativo de cierta calidad, que mis ideas se han ido por el desagüe, literalmente.

ENTREVISTADOR.- ¿Cree que esta crisis pasará?

JOSÉ MARÍA.- Lo mío no es una crisis, es una descomposición. Un proceso biológico. Un festival de bacterias devorando mis neuronas literarias. Si mi talento fuera un edificio, ahora mismo estaría siendo demolido, a causa de la aluminosis, por un ejército de pitufos siniestros armados con mazos de goma.

ENTREVISTADOR.- Y aun así… sigue escribiendo. ¿Por qué?

JOSÉ MARÍA.- Usted está mal informado. No escribo. Aunque, reconozco, que en esta decadencia tan grotesca, en esta ruina creativa tan absurda, todavía puedo producir un lamento digno de un escritor que ya ha perdido la cabeza… y no creo que la recupere.

ENTREVISTADOR.- Última pregunta. ¿Qué le diría a quienes han llegado hasta el final de esta entrevista?

JOSÉ MARÍA.- Que acaban de leer el testimonio de un escritor que experimenta los estertores de este proceso de putrefacción creativa. El último de la fila. El que sigue escribiendo porque, sinceramente, ya es demasiado tarde para dedicarse a otra cosa.

PREGUNTAS ESPONTÁNEAS DE TRES JÓVENES ESPECTADORES QUE PASABAN POR ALLÍ:

ESPECTADOR 1.- Disculpe… ¿es usted estreñido a la hora de escribir?

JOSÉ MARÍA.- Me estriñe, perdón, extraña su pregunta. Ese proceso es muy íntimo y personal que nadie debería saber de él. Le contestaré. Sólo cuando intento sacar ideas. El resto fluye con más facilidad que mis metáforas.

ESPECTADOR 2.- ¿Y no teme que el portátil caiga al agua o se contamine?

JOSÉ MARÍA.- En absoluto. Le he puesto las vacunas pertinentes que la Dirección General de la Salud exige para hacer vida en un inodoro. A estas alturas, si el portátil decidiera independizarse, lo entendería perfectamente.

ESPECTADOR 3.- Corre el rumor entre los ocupantes de los inodoros públicos de que usted va a cerrar el blog. ¿Es cierto?

JOSÉ MARÍA.- Cerrar el blog sería un gesto demasiado digno para mi situación actual. ¡¡¡No puedo cerrarlo!!! Sería otorgarles a mis textos una calificación de Sobresaliente cum laude que no se merecen. Deben seguir dando la cara por mí. Además, los inodoros públicos, que forman un poderosísimo lobby, deberían saberlo mejor que nadie: lo mío no se cierra, lo mío se atasca. El blog no va a desaparecer. Eso pienso ahora mismo. ¿Mañana? No lo sé. Simplemente, según su médico de familia, está en un estado de fermentación creativa, como un queso olvidado en el fondo del frigorífico. Si algún día lo cierro, será porque la tapa del inodoro me lo pida formalmente por escrito o porque la cisterna convoque un referéndum. Hasta entonces, seguirá abierto, aunque huela raro y nadie quiera entrar.

MANIFIESTO OFICIAL DE LOS SUSCRIPTORES EN HUELGA:

«Nosotros, los suscriptores silenciosos, declaramos que no leeremos, no comentaremos y no reaccionaremos hasta que José María recupere la dignidad literaria o, en su defecto, nos proporcione un espectáculo aún más lamentable. Nos decantamos, por un 99%, por lo segundo. Ante esto, le exigimos: menos crisis creativas escribiendo textos de calidad, más caos y fomentar los textos que huelan, como las mofetas, a derrota». Firmado: El Sindicato de Lectores Fantasma

COMUNICADO OFICIAL DEL BAÑO:

«El baño, como espacio de trabajo, anuncia que ya no puede garantizar la estabilidad emocional del escritor. Se ruega no responsabilizar a la cisterna de los bloqueos creativos. Atentamente, La Dirección de Fontanería».

EPÍLOGO DELIRANTE ESCRITO POR EL PRIMER DISCÍPULO, ILOCALIZABLE POR EL ENTREVISTADOR, DE JOSÉ MARÍA:

Y así concluye la entrevista más escatológica, absurda y científicamente inútil jamás realizada. José María sigue en su despacho―baño, luchando contra el teclado, la humedad y su propia mente. Los suscriptores siguen en huelga. El baño sigue en pie. Y la creatividad… bueno, la creatividad está en paradero desconocido. Pero José continúa escribiendo nada. Y eso, aunque huela raro, es admirable. 

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CUANDO LA NOSTALGIA ME LLAMA

Nunca sé señalar el instante exacto en el que la nostalgia por Galicia empieza a habitarme. Quizá, el día de mi bautizo en Santa María Salomé. No llega como llegan las desgracias, con estruendo y polvo levantado, sino como llegan las cosas que no quieren asustar: en silencio, sin anunciarse, ocupando un lugar que llevaba tiempo aguardándola. Tardo mucho en entenderlo, pero al final sé que no viene a herirme. Viene a llamarme. Es una llamada en voz baja, casi respetuosa, de esas que no exigen respuesta inmediata porque conocen bien su destino: tarde o temprano, responderás.

Durante mucho tiempo creo que escribir sobre el pasado es solo una costumbre, una forma de ordenar los años vividos, una disciplina íntima que me sostiene. Hoy sé que no es eso. Es una forma de vigilia. Escribo para no escuchar lo que más temo oír, para no caer de lleno en las imágenes que me miran desde la memoria: la lluvia golpeando los tejados, el tañido de las campanas en la tarde, los bosques que huelen a musgo y a leña. Porque cuando dejo de escribir, Galicia encuentra grietas por donde colarse y me inunda sin compasión. Hay recuerdos que no toleran el silencio: no se conforman con ser evocaciones, quieren volver a vivir, reclamar su sitio. Esperan con paciencia a que la mente se fatigue, a que la razón baje la guardia, a que uno deje de perseguir lo nuevo y empiece, sin darse cuenta, a ser habitado por sombras antiguas que no obedecen.

A mis años ya no me persiguen las promesas —se cansaron de mí, por desleal e informal, hace tiempo—, sino los nombres. Los nombres de las aldeas que ahora son pequeñas urbes, de los ríos que siguen cantando bajo la lluvia, de las personas que me recuerdan quién fui antes de aprender a nombrarlas. Madrid nunca sabe ser para mí un refugio: no acalla nada, no disuelve el murmullo interior. Compostela, en cambio, sí. Tal vez porque no vivo en ella. Tal vez porque la distancia afina la herida. Allí, cada paso remueve lo que creía dormido. La humedad no solo vive en las piedras; se instala en mi pecho. Cuando intento mirar atrás, es ella la que mira por mí, y en ese gesto me concede una paz antigua, casi vegetal.

Esta noche la nostalgia vuelve con una fuerza inesperada, como un ave de presa que reconoce a su objetivo desde lo alto y se lanza a por ella sin titubeos. No deja espacio a lo que estaba ocurriendo: lo arrasa. No reproduce el pasado tal como fue, sino como quedó suspendido. Afectos inconclusos, palabras que no se dijeron porque el aire parecía escuchar y decisiones aplazadas que se convirtieron en costumbres. Sombras que jamás se fueron y que ahora regresan sin violencia, con una ternura que desarma. No vienen a exigir, sino a comprobar que sigo aquí, que aún marcan el ritmo de mi respiración.

Desde la primera línea escrita entiendo que no se trata de comprender —comprender es cerrar—, sino de trazar límites: saber qué pertenece al ayer y qué aún respira en el presente. Las palabras no me encarcelan, pero me señalan. Me muestran mis errores, mis fantasmas, mis pudores. Siempre me dicen que quien vive entre fronteras acaba cruzándolas. Y es cierto: la duda no se va, se sienta conmigo, me observa, se refleja en el espejo cuando paso y se queda un instante más, solo para recordarme que sigue ahí.

Escribo porque hay palabras que persisten incluso cuando nadie las pronuncia. Palabras que saben guardar silencio sin desaparecer. En ellas el silencio no es vacío, es contención. No es calma, es densidad. Cuando empiezo a escribir creo que enciendo una luz, pero esa luz no limpia: revela. Revela lo que no fue, lo que no pudo ser, lo que aún duele. Y hay imágenes que, una vez recuperadas, ya no se retiran. No esperan una segunda oportunidad. Permanecen con los ojos abiertos, mirándome, mientras yo intento sostenerlas con torpeza.

La nostalgia no asusta. Acompaña. Es reconocer un umbral que nunca estuvo delante, sino dentro. Es comprender que a cierta edad uno no despierta: vigila. Y mientras vigila, recuerda. Y mientras recuerda, escribe. Porque empezar de nuevo no consiste en encender otra luz, sino en aceptar que el umbral siempre estuvo ahí, a mi lado, esperando a que por fin me atreviera a mirarlo. 

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SIN RESPUESTA

Me has acariciado como a un niño. Lo que en un principio consideré un cándido piropo, a los pocos minutos lo vi como un hiriente menosprecio. Estábamos en nuestro destartalado pub de la calle Hermosilla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a prurito de vulgaridad sucia y pordiosera. ¿Sabes? Eres letal con las comparaciones. Quise mi mejor versión para tu fragante y balsámica piel. Y tú que si un niño mimado. ¡Dios! Y yo, ológrafo de un extrañado y vencido hombre, muerto antes de reconocer cada poro de tu piel. Y tú que qué exudación de ordinariez. Y yo que si un susurro, que si una caricia, que si una invitación. Y tú, palabras sin compromiso. Y yo, que es nuestro recóndito espacio para nuestras confesiones. Y tú que si tus medias de cristal valen más que las consumiciones de este garito. Y yo, escuchimizado y raquítico a tu lado, le pedí al hombre del piano que tocara nuestra canción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. 

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NO ES IDEALIZACIÓN

No te idealizo. No quiero hacerlo. La idealización es una forma de cobardía. Prefiero imaginarte real, con sombra, con contradicciones, con zonas en las que no entro. Hay algo en ti —o en lo que proyecto en ti— que me mantiene alerta. No, tranquilo. Alerta. Esa es la palabra. Te escribo porque escribir es una manera de acercarme sin invadir. Porque la distancia también puede ser un gesto erótico. Porque no todo deseo quiere resolverse; algunos quieren durar. No busco que me respondas. No busco siquiera que me leas con benevolencia. Me basta con que este poema exista. Con saber que hubo un instante en el que alguien fue pensado con claridad y sin culpa. Si alguna vez sientes que alguien te observa desde el lenguaje, no con ojos, no con manos, sino con la paciencia de quien sabe esperar, puede que sea esto. Puede que sea yo escribiendo otra vez, sin saber si aún estás ahí. Esta es mi manera de decir: no te debo nada, no me debes nada, pero aquí queda lo que siento cuando pienso en ti. En blanco. Como debe ser.

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CUANDO LA NOCHE CALLA

Escribir en Galicia de noche es como abrir una ventana al silencio. La saudade, tan nuestra, respira con calma cuando el mundo duerme. Cada palabra es una luz pequeña que se enciende en la oscuridad, una estrella que dibuja constelaciones de identidad. Escribir en Galicia es abrazar la memoria, sembrar futuro con raíces profundas. En la noche, las voces ajenas callan y solo queda el latido del pensamiento. Entonces las ideas se vuelven más nítidas, como si la oscuridad fuera un lienzo puro donde pintar emociones. La noche regala tiempo sin prisas, y Galicia añade calor, esa música suave que nos une a la tierra y al mar.

Pero aquella noche no escribía para celebrar Galicia, sino para huir del dolor. La lluvia lavaba mi pecho mientras los ecos de risas y brindis resonaban en las tabernas. Nadie sabía por qué brindaban, solo querían ahogar las penas. Yo también. Salí muy tocado de una de ellas, buscando armonía entre las piedras benditas de Santiago, con su aroma a madera y sus tardes doradas en la Alameda. Sin embargo, mis ojos ya no te alcanzaban a ver, y nadie podía imaginar cuánto duelen las ausencias. Un fado y dos espíritus, y en mi pecho cien heridas. Así lo siente un gallego cuando marcha de su tierra… o cuando pierde el amor.

Ahora habito, por mi culpa siempre, una isla desierta y hambrienta. Los restos de un naufragio son testigos de un pasado glorioso que empezó a desvanecerse cuando tú me convertiste en una dorna sin ribera. Entonces, cuando aún creí reír, quise besar tus pechos para comprobar que no te habías ido, pero mis labios, llagas de sufrimiento, hicieron del beso un fantasma de orgasmos. Y así, entre sombras, la tierra florece… pero nosotros no. Porque escribir en Galicia es resistir y celebrar, y yo solo escribo para sobrevivir a tu memoria.

Entonces te busqué en cada palabra, en cada verso que la noche me regalaba. Creí que la escritura podía salvarnos, que la tinta era un puente sobre el abismo que nos separaba. Pero las palabras, esas luces pequeñas, no bastaron para iluminar tu silencio. Tú callabas, y yo gritaba en secreto, confiando en que el eco llegara a tu piel. No llegó. El tiempo, cruel y paciente, fue borrando tus huellas como la marea borra siempre las pisadas en la arena. Y yo, náufrago de tu ausencia, aprendí que hay abrazos que se rompen antes de nacer, que hay besos que se pudren en la memoria.

Hoy escribo para no morir del todo. Escribo porque cada frase es una raíz que se aferra al tiempo y a Galicia, aunque el futuro sea un horizonte vacío. Escribo porque la noche me ofrece un refugio, y Galicia, esa música suave, me recuerda que aún pertenezco a alguien, aunque ya no te pertenezca a ti. Escribo porque amar fue mi quimera, y perderte, mi condena. Y mientras las estrellas guardan su secreto, yo confieso el mío: que cada palabra que nace pensando en esta tierra es un intento desesperado de reconstruir la constelación rota que fuimos. 

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PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiempo avanza como una sombra que no pide permiso. Va dejando huellas invisibles en los muros, en los rostros, en los campos que un día fueron verdes y ahora respiran con dificultad. Camino entre las hierbas altas, ya quemadas por el sol y por el olvido, y siento que cada paso es una conversación antigua entre el viento y la tierra. El viento habla, la tierra calla, y yo quedo en medio, intentando comprender un lenguaje que se deshace entre los dedos.

Hay días en los que el mundo parece hecho de agua: todo fluye, todo escapa, todo se transforma. El agua arrastra consigo las historias que nadie contó, los nombres que ya no recordamos, los sueños que quedaron a medio abrir. Y me pregunto si la poesía no será también eso: una corriente que lleva lo que fuimos y lo que seremos, un espejo donde el hombre se mira y no reconoce su propio rostro.

El bosque, que antes era un libro abierto, va perdiendo páginas. Los árboles, cansados de esperar, dejan caer hojas que ya no son mensajes, sino advertencias. El hombre pasa a su lado sin detenerse, como quien atraviesa una estancia ajena, y no escucha el rumor de las raíces pidiendo un poco de silencio, un poco de memoria. La destrucción no llega de repente: es una lluvia fina que cae durante años, hasta que un día descubrimos que ya no queda nada que pueda crecer.

Y aun así, el viento insiste. El viento siempre insiste. Se cuela por las rendijas de las casas abandonadas, levanta el polvo de las eras, empuja las nubes como quien empuja un destino. El viento es el único que recuerda el camino de regreso, el único que sabe que la vida es una sucesión de puertas que se abren y se cierran sin aviso. La poesía nace ahí, en ese instante en que el viento toca la piel y nos obliga a escuchar lo que no queríamos oír.

La vida, a veces, es solo una pregunta que nadie responde. Otras veces es una herida que no duele, pero tampoco cura. El hombre avanza, siempre avanza, como si tuviera miedo de detenerse y descubrir que el mundo sigue girando sin él. Pero hay momentos —raros, frágiles, luminosos— en los que todo se detiene: el viento suspende su canto, el agua deja de correr, el tiempo respira hondo. Y en ese silencio, el hombre comprende que no es dueño de nada, que solo es un caminante más entre miles de caminantes que pasaron antes y pasarán después.

Quizás por eso escribo. Para dejar constancia de lo que desaparece, para nombrar lo que ya no tiene nombre, para levantar una pequeña casa de palabras donde el viento y el agua puedan descansar un instante. La poesía es el único territorio que no puede ser destruido, porque vive en la memoria de quien la lee y de quien la escribe. Es un sendero que no se ve, pero que siempre está ahí, esperando.

Y mientras escribo, siento que el tiempo se abre como una flor tardía. El bosque, pese a todo, respira. El agua continúa su curso. El viento trae nuevas voces. Y yo sigo caminando, sabiendo que cada palabra es una piedra más en este sendero que no lleva a ninguna parte y, al mismo tiempo, me conduce a todas. 

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MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito, ni un canto, y mucho menos un murmullo que apenas se atreve a romper el aire. Quiero ser presencia callada, sombra que se ofrece sin imponerse, como quien abre una herida y deja que otro se acerque a contemplarla. Así nace este texto, no como un libro, sino como una historia que se desliza entre las paredes de una casa antigua, donde cada habitación guarda un secreto.

El protagonista, un hombre marcado por la soledad, ama sin retorno. En los ojos de una mujer fascinante busca respuestas que nunca llegan. La mirada que se cruza y luego se aparta, el silencio que pesa más que cualquier palabra, la ausencia que se instala como sombra permanente: todo eso se convierte en su vida, en su misterio.

Cada noche recorre las estancias de su casa como si fueran poemas cerrados. En cada rincón se acumulan los restos de un amor imposible: un encuentro truncado, una esperanza apagada sin ruido. El eco de sus pasos es la única voz que responde, y sin embargo, esa voz callada sigue vibrando, reclamando un espacio.

El silencio no es vacío. Es resistencia, es memoria, es dolor. En él se esconde la dignidad de quien se niega a desaparecer. Porque escribir —o narrar— sobre el desamor es su forma de sobrevivir, de afirmar que la herida merece ser contada.

Mientras la lluvia golpea los cristales, cree escuchar un susurro en la habitación más oscura. No es un ruido cualquiera: es como si una mujer ausente deja allí su sombra, un eco de palabras nunca dichas. El misterio se vuelve palpable. ¿Es la memoria la que habla, o acaso la ausencia tiene rostro y voz propia?

El hombre comprende entonces que el silencio puede ser compartido. Que su dolor no es solo suyo, sino universal, porque todos alguna vez amamos sin retorno, esperamos un gesto que nunca llega. Y en esa revelación, la soledad se transforma en compañía inesperada: la certeza de que no está solo en su vacío.

La casa, con sus habitaciones cerradas, se convierte en un espejo. Cada puerta que abre es un poema, cada sombra un recuerdo, cada silencio un latido contra el muro de la indiferencia. Y, aunque nunca obtiene respuesta de la mujer que lo marca a diario, aprende que el misterio del amor no correspondido es también el misterio de la vida: un secreto que nos iguala, que nos hace vulnerables, que nos obliga a mirar hacia dentro.

Al final, mi voz en silencio no es un título, sino una declaración. Una historia necesaria, porque da nombre a lo que tantas veces se calla, porque transforma la ausencia en literatura y la herida en relato. Y quien la escucha —o la lee— se reconoce en ella, como si ese silencio compartido fuera también suyo. 

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YO

A mis lectores suele molestarles cuando hablo demasiado de mí mismo ―para mí, nunca es demasiado― porque los textos, sin remedio, se vuelven unilaterales, porque perciben una evidente falta de interés por mi parte por el mundo y por los demás; y porque puede transmitir rasgos de narcisismo o inseguridad ―en mi caso, mucho más de lo segundo que de lo primero―. Hablando el otro día, con una cerveza Estrella de Galicia por medio, con un experto en comportamientos sociales, me dijo que hablar en exceso de uno mismo ―yo no lo percibo así― me define por cinco rasgos en un principio incorregibles: búsqueda incesante de la validación emocional, temor a pasar desapercibido, sensación positiva de autocontrol, rasgo de aire de superioridad e impacto negativo en la interacción social. Le dije que estaba de acuerdo en los dos primeros ―diches na diana, cabrón― y en total desacuerdo con los tres restantes. Le di la dirección de mi blog y que leyera este texto que estoy escribiendo.

Después de mil lecturas en internet y en diversos libros de psicología que pululan por la biblioteca municipal, he llegado a la conclusión de que en mi vida cotidiana convivo con tres distintivos que influyen de manera profunda, constante y «muy dañina» en cómo me relaciono con el mundo: la atiquifobia, una introversión muy marcada y una dificultad significativa en la sociabilidad.

Durante muchos años he intentado explicar —a quien me quiso escuchar y a mí mismo— estas características sin éxito, en parte porque desde fuera resultan contradictorias con algunos aspectos visibles de mi trayectoria vital, especialmente mi desempeño profesional como docente.

La atiquifobia, o miedo intenso al error y al fracaso, atraviesa gran parte de mis decisiones y comportamientos. No se trata de una sana prudencia ni de una simple exigencia personal, sino de un temor profundísimo a equivocarme, a quedar expuesto o a no cumplir las expectativas que en mí habían recaído. Ante situaciones nuevas, social y cruelmente evaluables, mi mente se adelanta al acontecimiento y construye escenarios de fallo, rechazo o incomodidad. Esta anticipación no me prepara, me paraliza. El resultado suele ser el bloqueo, la evitación o una inmovilidad que se vive con frustración, culpa y un insano remordimiento.

Mi introversión, que considero aguda e inevitable para mí, ha sido sistemáticamente cuestionada por mí durante gran parte de mi etapa profesional. Durante casi 38 años he trabajado en el aula, Lengua y Literatura, con alumnos de entre 14 y 18 años, y allí he sido capaz de realizar actuaciones que muchos interpretan como una prueba inequívoca de que no soy tímido. He hablado de todo en público, he improvisado, he exagerado gestos, he utilizado el humor, incluso he hecho puerilidades y gansadas con la sana deliberación de captar la atención o de crear un clima favorable para una explicación teórica. Sin embargo, esta superficial interpretación ignora un aspecto esencial de mi vivencia interna.

El aula ha sido para mí un espacio escénico estructurado, con reglas claras, un rol definido y un objetivo concreto. En ese contexto, he podido funcionar como un sincero actor que ha interpretado un papel cuidadosamente construido a lo largo de los años. Ese papel notaba yo que me protegía: sabía quién era yo allí, qué se esperaba de mí y cómo responder. La energía emocional y física que invertía era grande, pero estaba dirigida y tenía sentido: que el alumno captara mi atención y que pudiera explicar con cierta comodidad temas que eran auténticos ladrillos para ellos. Al terminar la función, la clase, sin embargo, el desgaste era notable, y la necesidad de retirada y silencio, imperiosa. ¿Por qué? Porque daba paso a una hiriente incertidumbre: la imprevisibilidad en la reacción de alumnos, compañeros o padres. De ahí que «mi contracción a cerrarme como una concha» fuera una nítida forma de regularme ante esa incomodidad. En el aula, mi histrionismo era una manera de brillar dentro de un marco seguro. Fuera de él, mi misma energía me bloqueaba porque no encontraba el cauce oportuno.

Fuera de ese marco profesional, en contextos sociales informales o no estructurados, esa «máscara» desaparecía/desaparece. No había/hay guion que seguir, no había/hay rol que me ayudara/ayude a «actuar», no había/hay objetivo pedagógico que justificara/justifique una exposición de mis sentimientos o de mi realidad personal. Es ahí donde emergía/emerge con fuerza titánica mi profundísima timidez, mi incomodidad ante la interacción espontánea y mi dificultad para sentirme seguro siendo simplemente yo. El hecho de haber sido competente —incluso brillante en muchas ocasiones— en el aula no solo no invalida mi actual introversión en otros ámbitos de la vida, sino que la confirma: demuestra mi incapacidad para la socialización.

La dificultad para la sociabilidad se manifiesta ahora con cruda realidad en contextos no profesionales. Me cuesta mogollón iniciar conversaciones de tipo social, mantenerlas sin otro propósito que socializar con personas a las que tengo un excelso afecto y mantener con soltura una charla sobre sentimientos personales.

A menudo quiero participar en grupos, pero el miedo a decir algo inapropiado, irrelevante o mal interpretado activa de nuevo la atiquifobia y me retiro a mi casa, que es la zona de confort que me da una seguridad aplastante. Se puede manifiestar incluso en conversaciones telefónicas. Esto genera un círculo vicioso: cuanto más intento controlar el error social, más rígido me vuelvo, más artificial me siento y mayor es la sensación posterior de aislamiento.

Situaciones concretas ―bodas, funerales, inauguraciones, presentaciones de libros, comidas o reuniones familiares o de todo tipo― como el aperitivo o copas del próximo viernes para celebrar el inicio de las vacaciones de Navidad condensan de manera muy clara, como el bovril, ese extracto concentrado de carne de vacuno, mi problemática y me genera un doloroso insomnio. Aunque objetivamente pueda tratarse de un encuentro sencillo, subjetivamente se convierte en un escenario de alta amenaza para mí.

Anticipo silencios incómodos, expectativas implícitas, errores sociales irreparables, charlas descompensadas, síes y noes vacíos… Mi cuerpo, en esa paisajística tesitura, reacciona con ansiedad, mi mente se bloquea, soy incapaz de ver lo positivo de cualquier reunión y aparece un fuerte impulso de evitar la situación como forma de aliviar el malestar inmediato que me cierra el estómago y me produce una sudoración anormal en pleno mes de diciembre, a 20 grados de temperatura en mi casa y sin moverme de mi silla.

Todo ello ha tenido un impacto acumulativo en mi autoestima, que la jubilación ha destapado como una fuerza imposible de ignorar y reprimir, que arrasa con todo mi yo y expone mi realidad que, por estar oculta, parecía normalizada para mantener una relación con los demás.

En estos días he sentido que debía justificarme o demostrar por qué, en encuentros de dos o tres personas, no soy tímido. Lo cierto es que puedo ser simultáneamente un profesional eficaz en un rol sistematizado y una persona tímida e introvertida incapaz de afrontar determinadas situaciones en otros ámbitos. Reconocer esta complejidad no me debilita, no me justifica. Al contrario, me permite comprenderme con mayor precisión y menos autoexigencia. Espero que tú me comprendas igualmente.

Escribir este texto forma parte de ese proceso: poner palabras a lo que durante años ha sido malinterpretado y distorsionado, minimizar el juicio externo e interno y empezar a mirarme desde un lugar más honesto, realista y compasivo.

El breve ejemplo que te expongo a continuación no es mentira. Es cierto desde la primera palabra a la última. Lo he tenido guardado desde entonces porque no he sido capaz de sacarlo a la luz hasta ahora. Puede parecer ñoño, pero yo soy así.

Tenía yo 8 años y estaba en el teatro escolar, en Navidad, con mi papel preparado: una frase corta, pero clave para que la obra avanzara. Cuando llegó mi turno, las luces se encendieron sobre mí y todos los ojos se clavaron en mi figura. Noté con claridad los pinchazos.

El silencio se hizo eterno. Abrí la boca, pero las palabras no salieron. La timidez me atrapó por completo: miré al suelo infinitas veces, apreté con fuerza las manos y cada segundo de silencio se multiplicó por mil. Finalmente, otro compañero tuvo que improvisar para que la escena continuara.

No hubo aplausos en ese momento, solo un murmullo de incomodidad en la sala. Sentí una mezcla de vergüenza y frustración, como si hubiera fallado. Y es que había fallado con estrépito. Ahí empezó mi estrecha e íntima relación con la timidez.

Lo mismo estoy equivocado en el contexto. La última vez que mis compañeros de entonces organizaron en Jesús-María un Festival de Primavera con una estructura determinada en la que intervenían alumnos y profesores, yo preparé durante días, en horario nocturno, un monólogo que mostrara la realidad de nuestro colegio en aquel curso ―hoy estaría del todo descontextuado―. Disfruté con la elaboración, lo leí mil veces y me preparé con plena conciencia para proponerlo al equipo organizador. Al final, llegado el momento, me callé y lo eliminé. La maldita timidez me bloqueó porque me imaginé un escenario de fracaso y ruina emocional ante decenas de alumnos y profesores.

La copita del próximo viernes ―volvemos al escenario desestructurado― me invita a una escena de miedo y fracaso. Me tiene ya bloqueado ―y estamos a martes― y sufro porque se ponga en cuestión mi valor personal. Sé que no es un examen, que no es una prueba de competencia social ni una situación en la que tenga que demostrar nada. Mi afecto hacia vosotros es claro, diáfano y manifestado por mí en muchas ocasiones. Eso no ha variado un ápice. Creo que se ha incrementado y lo acuno con mimo todos los días en mi mente. Mi único objetivo es que entiendas que, si no estoy presente, no es por indiferencia o porque esté de vuelta de todo, no. Mi silencio, mi ausencia y mi imparticipación ―perdona el repugnante neologismo creado por mí― solo es una consecuencia de lo expuesto hasta aquí. Si ahora está presente la ansiedad ―que lo está―, no es un fracaso, es una reacción conocida, pasajera, pero inmanejable para mí. Quiero que me entiendas, y si no lo haces, lo lamento sincera y llanamente. Mi afecto por ti es rotundo y terminante.

A cada uno de mis 383 suscriptores ―incluso a los que no me leen y esperando que en 2026 aumente la cifra y no disminuya, como está ocurriendo en este 2025― le/te deseo una Feliz Navidad y que 2026 venga repleto de dicha y felicidad.

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CARTA

Quizá algún día leas esto. No es una confesión. No es una declaración. Es solo mi manera de poner orden a lo que sentí por una mujer cuyo nombre no quiero escribir. No porque no lo merezca, sino porque el nombre la encierra, y yo solo quiero quedarme con el misterio. No sé si existió tal como la recuerdo. A veces pienso que fue una luz que me acompañó cuando todo estaba oscuro. Otras veces creo que sí la toqué, que sí estuvo, pero ya no recuerdo su piel. Sea real o inventada, lo que dejó en mí fue verdad: tristeza, alegría, soledad, un amor que nunca llegó a ser, una nostalgia que no sé de dónde viene. Todo eso junto. Todo eso revuelto. A veces me hunde. A veces me salva. 

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LECTURA

Dicen que leer es un milagro. Y lo es: convertir manchas negras en latidos no deja de ser brujería civilizada. Abres un libro y, de pronto, el mundo deja de ser este barrio con goteras y facturas; se vuelve desierto, palacio, naufragio o cama revuelta.

Cada libro es una ventana. Algunas dan a jardines; otras, a precipicios. Pero todas obligan a asomarse. Leer es viajar sin mover los pies, lo cual resulta ideal para espíritus aventureros con miedo a perder el autobús.

Los cuentos nos enseñan a soñar. Y también a sospechar que la vida real tiene peor redacción y demasiadas erratas. Nos enseñan que hay finales, aunque los nuestros suelan quedar en puntos suspensivos.

Leer alimenta la mente, dicen. Y es verdad. Lo que no añaden es que, cuanto más lees, menos toleras la estupidez en estado puro. La lectura no te hace superior, pero sí te vuelve menos paciente con la mediocridad orgullosa.

Un libro no te salva. Pero te acompaña mientras te hundes con estilo. 

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EL TIEMPO PASA

El tiempo no pasa, nos pasa: cruza por nosotros como una brisa que reacomoda los papeles de la mesa y deja, sin hacer ruido, una esquina doblada en cada cosa. A la luz le toma medidas nuevas cada tarde; mueve los contornos, afina una sombra, estira las mangas de la memoria. En los cristales flotan partículas que antes fueron harina, tiza, lluvia: archipiélagos minúsculos que nos recuerdan que todo viaja, incluso cuando parece quieto. Los relojes laten por costumbre, pero es en lo inmóvil —el cuenco, el marco, la silla que conoce nuestro peso— donde el tiempo escribe más hondo.

A veces, al abrir un cajón, vuelve un olor antiguo, pan y bicicleta, una voz que nombra lo que ya no está en su sitio. Las calles cambiaron de nombre sin consultarnos, y, sin embargo, al pasar por la esquina de siempre el cuerpo saluda como si volviera de un viaje. Los retratos guardan miradas que aprendieron a vivir en silencio, y el mantel tiene una cartografía de manchas que sería difícil llamar manchas: son islas donde aquel verano descansa, todavía tibio.

Con los años, uno aprende a dejar que el día haga su trabajo: pulir, deshilachar, pulir. Nos volvemos anfitriones de ausencias pequeñas, de hábitos que ya no hacen ruido, de promesas que se cumplieron por otros caminos. No es tristeza, o no solamente: es una gratitud extraña por lo que se queda sin quedarse, por lo que nos acompaña cambiando de forma. Al final de la tarde, cuando el color se afloja y la ventana se vuelve un espejo, el tiempo nos acerca una taza y nos invita a nombrar lo que aún es cálido. Y lo nombramos luz, aunque ya esté anocheciendo. 

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NUNCA VOLVERÁS

Nunca volveré, me dijiste con una voz serena, sedosa y seductora. Como dando a entender lo que me perdía. Tu soledad te devorará como un famélico saturno. Pero con una leve diferencia: tu alimento será mi olvido y tu sed jamás la saciarás con mi recuerdo. Nunca volveré. Y tu signo triunfante, obsceno y provocador, me dejó fulminado en la cuneta de aquella carretera que no me llevó a ninguna parte cuando me vi solo y desvalido. Desde entonces duermo solo. Al levantar la cabeza vi un paisaje desértico y polvoriento que se anclaba en mi piel como un lastimero ungüento. Nunca volveré. Y entonces me di cuenta del significado de esta nebulosa y tétrica frase.

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ALTURA

Nunca tuve miedo de ellas. El miedo verdadero era otro. Era esa sensación íntima de no estar a la altura de lo que veía delante. Cuando una mujer inteligente hablaba con pasión o cuando reía con esa libertad que llena una habitación yo sentía admiración, pero también una pequeña alarma interior preguntándome si sabría responder si podría sostener una conversación sin parecer torpe o insuficiente. Con el tiempo descubrí que esa duda no nacía de ellas sino de mí de una exigencia silenciosa casi absurda que me pedía ser perfecto antes de atreverme a decir algo. Así muchas veces elegí callar, observar o sonreír levemente y dejar pasar el momento creyendo que algún día estaría preparado. Pero la vida rara vez avisa cuando llega ese momento y mientras uno espera la oportunidad perfecta el tiempo avanza ligero y las palabras necesarias siguen quietas detrás de los labios como pájaros tímidos dormidos.

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CRUCEIRO

Naciches pétreo, ferinte e sublime nunha encrucillada de camiños, e de contado collín a túa memoria, abandonada e soliña pola zuna dos homes. Sentado no colo da túa longa ferida, prégoche, fillo da terra de Breogán, prégoche desvalido e choroso, coma bolboreta no cru inverno, como can que esqueceu a lume do seu lar. Deitado á beira da túa sombra e aliviado o corazón pola túa fala agarimosa, vaise enterrando, debaixo dun: anaco de santiñas verbas, este lento veleno que coma un río de tristura aceda asolagaba, suco a suco, o meu sorriseiro cantar de estrelas.

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LA PUERTA DE MI DESVÁN

Este espejo que aúlla todas las noches sesgadamente desnuda la amargura de una herida henchida de sinsabores. A él me acerco soltando las amarras de mi vida. Quiero odiarla sin límites, emanciparme de la injusta ley que preside mis actos, mas mis ojos retroceden atónitos y se sumergen en una bacanal de dudas. ¿Cómo renunciar a este remanso de viejas historias?, ¿cómo no forzar la puerta de mi desván? Algún día, ya vislumbro el horizonte­, forjaré en mi fragua nocturna la más hermosa de las mutaciones, y mis sueños ―entonces realidades― moldearán en cuerpo de mujer la más bella de las pasiones.

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MORRIÑA

Una fría y lluviosa acedía ha herido mi memoria. Lejana y sola, la muda ventana observa la cegadora aparición de la melancolía. Ya no siento el placer de tu afable clima sumergido en mis manos, ni palpita en mí la música apacible que mansamente desata con alas de cielo y mar el pinar de mi alegría.

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FRUSTRACIÓNS

Gustaríame ter unha vontade de pedra para así non refuxiarme na miña xa familiar tebra de sentimentos cativos cada vez que navega pola miña memoria esta ruleta de impulsos e desvaríos. Gustaríame ter a claridade de ideas que ostentan algúns dos fantasmas que eu evoco, e así, ¡sen máis!, lanzar todos os meus temores nocturnos por un verde precipicio de inocencias e desafíos.

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LA POESÍA

La poesía no se escribe, se escucha como se escucha el mar dentro de una caracola. Vive en libros viejos, en páginas dobladas, en la prosa olvidada que nadie vuelve a leer. Habita en los días iguales, en la lluvia sobre los cristales, en los caminos de tierra, en los recuerdos que vuelven solos. Mi poesía no grita, es una luz encendida en una casa vacía, una voz baja que habla con la memoria. Nace en Madrid, pero camina por Galicia, entre niebla, mar y piedra. Escribo para que el tiempo no borre del todo mi paso.

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ESTA NOITE

Afónica a miña voz, segredo dunha destrución non vivida, só conserva de ti o recordo dun esvarón por interrogantes e libérrimas simetrías. E esta noite, nos inefables mensaxes duns beizos ennegrecidos, na liberdade do estraño insomne, escríboche estas torpes letras, agora que se volven tolos os meus papeis, tolos por non comprender os inefables mensaxes duns beizos ennegrecidos.

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AUTORRETRATO

Mi perfil es inmutable, mi cuerpo, delgado y sin memoria, mi trazo, un velo enredado a una tormenta, y mi único sentido, una muñeca libre sembrando tu afán en el nido de mi acuarela. Mi sombra es liviana, mi caminar, urente e insondable, mi huella, un sinfín de ruegos y demandas, y mi último anhelo, una vida sentada perpetuando rosas y claveles en los pies de tu cama.

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VEO

Veo una luna desconocida que crece sobre mí llena de manos infinitas. Veo mis heridas buscando en la noche el calor de una lumbre. Veo la música de la feria que acaricia dulcemente a una pareja lejana. Veo el sonido de unas palabras rodeándome muy cerca con el sabor redondo de un abrazo. Veo el latido de nuestra tierra, que es el primer hogar de las almas en cuarentena. Veo a la gente de la aldea que duerme muy despacio en un lecho de flores rojas.

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ESE HOMBRE…

Era un hombre tan convencido de su sexo que no sabía que era una mujer. Todos los días, en la intimidad de su casa, veía cómo su cuerpo, pungente catecismo de silenciosos placeres, se deshacía en el purgatorio de su incredulidad. Sus amigos más íntimos, al ver su sufrimiento, le decían que debía hablar con su sombra. Él lo negaba con una certera rotundidad y manifestaba un deseo de recomponer su cuerpo cada noche. Pero llegaba la mañana y no sabía si ponerse un pantalón o una falda. Ya estamos con los atuendos sexistas, le decía, rácanos de odio, su conciencia. Y cogía de su armario el primero que veía. Libertad, decía mientras se vestía. Y cuando despertaba de este segundo sueño no sabía qué decir. Como aquel héroe medieval, en sueños, cualquier cosa puede pasar. Puso la mano en la mujer que tenía a su lado y comprobó que su sexo era el de siempre. Dejó de sudar por un rato e hicieron, en sueños, el amor tantas veces como habían soñado sus cuerpos.

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SE HA PUESTO DIFÍCIL VIVIR

Anclado en una sucesión de galerías otra noche más sondeo las huellas que en mí dejó tu mirada. Ignoro la razón, o tal vez la vitupere algún día, pero aún sigo recordando tus ojos otro atardecer más. Desmáyame en tu elocuente piel. Tú, que sabes pulir mis impenitentes turbaciones, deja que me asome a tu memoria, a tu morada, vengo herido de voces, y mi luz lleva una eternidad pleiteando con la amargura. Otra vez más sólo quiero condensarme en tus palabras y aprehender el fragor de tu aliento clavándose en mis cicatrices pausadamente otra noche más.

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DISFRAZ NOCTURNO

Se consume el instinto de mi reproche ante tu desconcertada deserción, y absortas y fugitivas nuestras falsas caretas fluctúan en un marasmo de confusas vejaciones. Los fundamentos de la autenticidad languidecen mientras impávidamente asumo la zozobra de tu bruñida palidez, y en una perezosa, pero visible ceremonia, estos días de rigurosa negligencia se ahogan ponderadamente en una proclamación de memorables apariencias.

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LA VERACIDAD DE MI ESCRITURA

(Siento con verdadero dolor de mi corazón esta «chapa», «turra» o «letanía laica», pero necesito publicarla. En caso contrario, ya sabes, papelera).

Durante muchos años he invertido esfuerzo, tiempo y pasión ―no sé si capacidad― en la práctica de la «escritura creativa», término que no me gusta nada. Mis primeros versos son del año 1986. Los anteriores, una burda creación, unos impulsos adolescentes, unas obscenidades mal redactadas o unas lágrimas quinceañeras con formato verbal. Tengo que decir que detrás de ellos siempre había una mujer de carne y hueso o una realidad palpable. 

1986, traspasado mi ánimo por un fracaso en las oposiciones de Instituto, fue un año de lectura empedernida, compulsiva y vehemente, especialmente poesía española, argentina, inglesa, irlandesa, uruguaya, maldita (los malditos franceses) y de los países del este, como se decía entonces.

Mi primer ataque creativo supuso emborronar y ensuciar una ficha durante tres horas de una noche de insomnio existencial. Y me lancé y escribí y escribí y escribí en los siguientes años. En 1994, ya trabajando en Jesús-María de Juan Bravo, me pasé una noche en vela y realicé un escrutinio al estilo del cura y el barbero de Don Quijote, que liquidaron un sinfín de libros de caballerías. Tuve la tentación de tirarlos por la ventana porque había un patio muy hermoso para hacer una hoguera con las pocas fichas que iba a eliminar. Al final, fueron muchísimas, más de las que conservé por un breve periodo de tiempo. Mi primer sangrante arrepentimiento. Pero repetido hasta la saciedad a lo largo de los años, hasta la actualidad. Soy un «hombre rompedor» Ja. Cumplidor del fundamento o raíz del mal escritor: no conservar ningún borrador. Ninguno. Sólo el resultado final. Sólo. Limpio. Pulcro. Ordenado. Aunque sea un texto horroroso. Todo ello en una carpeta pequeña SARO, que con la llegada del ordenador murieron en minúsculos añicos en una papelera de la vía pública.

Ese mismo año publiqué mi primer libro y me di cuenta de dos cosas: mi forma de escribir no era la acertada ―muy poca gente se atrevió a decírmelo con absoluta sinceridad, pero sin mala intención― y la nula vocación de lector de poesía de las personas que habitaban mi entorno. No suscitó en mí consideración alguna la opinión de los maledicentes, que los hubo, y los sigue habiendo. Este punto es asunto baladí.

Cada texto que escribo desde entonces expresa mi propio trabajo creativo, esconde mi largo periodo de reflexión, que es brutal, y refleja mi experiencia personal. Todo es una eterna «trabajina» de escribir y borrar.

Hasta la aparición del ordenador, utilicé, y aún utilizo esporádicamente, miles de fichas del tamaño 5 de miquelrius emborronando en ellas mil poemas y otros tantos textos. ¿Destruidas? Un porcentaje altísimo de las fichas utilizadas. Así soy yo. No guardo borradores. Solo conservo el resultado final y queda sepultado en él las innumerables horas invertidas, así como la tinta de cientos bolígrafos Bic cristal azul marino.

No sé recurrir a atajos. Nunca he sabido. Y hoy en día, para mí, es impensable acudir a máquinas que escriban por mí. ¿Cómo va a dominar mi imaginación ―aunque sea desmañada, desastrosa y torpe de entendederas― un sistema de algoritmos?

Lo que aparece en este blog es pura y exclusivamente lo que ha dado a luz mi pensamiento y mi mano siniestra. Claro que he recurrido a fuentes de información y a diccionarios, que para eso me he gastado un pastón en ellos. Pero eso lo hace todo el mundo que se dedica a escribir, incluso los que nos dedicamos a juntar palabras como yo.

Todo esto es una consecuencia de una acción que me ha provocado un disgusto tan grande como el casino The Venetian, que es el más grande de Las Vegas y que supera en metros cuadrados a todo el espacio que ocupa el Bernabéu o, juguemos con comparaciones o símiles caseros, cuando el 17 de febrero de 1974 ―yo estaba presente tras el banquillo del Madrid― el Barcelona de Cruyff nos metió una manita y el «holandés volador» salió del campo ovacionado por todos los aficionados madridistas.

Concreto. Me llegaron el otro día tres correos electrónicos con tres emisarios absolutamente irreconocibles acusándome de utilizar la Inteligencia Artificial en mis textos del blog. Es curioso que, analizados los mensajes, tenían los tres una estructura muy parecida. Diferentes reacciones se sucedieron en mí mientras no era capaz de levantarme de la silla. La lectura de los correos me mantuvo imperturbable frente a mi ordenador y salté de inmediato con un exabrupto irrepetible. Silencio, rabia, angustia, tristeza, incredulidad, ira, frustración y abatimiento. Todos ellos en décimas de segundos, los cuales culminaron en un estado de shock del que sólo pude salir apagando el ordenador. Volví a encenderlo, volví a leer los tres mensajes y los borré pensando que era el modo más efectivo de hacer frente al «allanamiento de morada creativa» que acababa de sufrir. La misma reacción de siempre, el gesto heredado del tiempo, como si los tuviera ritualizados. Que los tengo.  

El siguiente paso, en plena compulsión de reacciones, fue cerrar el blog. Me encontré esnaquizado y desfeito, dos términos gallegos para indicar que estaba muy afectado y hundido moralmente. Menos mal que alguien desconocido ―ese alter ego que me zurra sin piedad cuando escribo―, de modo etéreo, celestial e incorpóreo, me iluminó y, cuando tenía el cursor del ratón sobre la tecla de eliminar, lo retiré, abrillantada mi frente por el sudor, con gran brusquedad.  

Herido en el orgullo, decidí suscribirme a dos plataformas de detección de AI (Quillbot y GPTzero) porque me dijeron que no me debía fiar de una sola plataforma ni de las gratuitas, que fracasan con una regularidad casi algorítmica. Me he gastado un pastón en ellas. No sabía que eran tan caros esos detectores de AI.

Tengo escrita una leyenda de un personaje inventado por mí. Llevo dedicadas unas cuantas horas a dicha narración. Bastantes. Una biblioteca infinita de infinitos instantes. He borrado una eternidad de veces, frases y párrafos completos. Si los imbéciles que me dicen que utilizo AI supieran las horas que paso ante el ordenador tecleando, borrando y reescribiendo, no habrían mandado el correo. Mientras otros jubilados se patean El Retiro o la Casa de Campo, pasean por Madrid-Río, visitan museos, viajan a países impensables, intervienen en mil actividades gratuitas, yo invierto mi tiempo en escribir. Bien o mal, pero en escribir. No quiere decir que los resultados sean óptimos. En compañía de mi hermana, pero con una soledad creativa absoluta.

Navegando por internet, encontré opiniones muy interesantes sobre las herramientas de AI para detectar que un texto ha sido escrito con esas plataformas. Lo cierto es que esos sistemas no son infalibles, decían; y pueden llegar a ser contradictorios o a indicar como artificiales ideas y estructuras gramaticales que son profundamente humanas. ¿Debo cambiar mi estilo? Algo, o bastante, ha cambiado desde el 30 de junio de este año, último día de trabajo y comienzo de mi ansiada e imperfecta jubilación. Primera cuestión: ¡¡¡Cómo voy a escribir igual a los 67 años que cuando tenía 40!!! Durante mi época laboral mi dedicación estilística fue mínima. No sé si por exceso, pero mi dedicación laboral me dejaba exánime y desfallecido. Era escribir, una mínima revisión ―por eso, mi primo Jorge siempre me apuntaba erratas― y colgarlo en el blog. Ahora, con la jubilación, son incontables las horas que paso frente al ordenador. Incontables. De verdad. Mil consultas: diccionarios, libros especializados, enciclopedias digitales… Pero eso, como ya he dicho antes, lo hace todo el mundo. Hasta los incompetentes y desmañados como yo.

Por lo visto, los algoritmos son los que sentencian ahora que mi voz literaria ha dejado de existir; pero, en mi humilde opinión, creo que la tecnología no ha llegado a reconocer la originalidad, la riqueza y la diversidad del estilo de escritura humana. Quillbot me dice que esa leyenda escrita por mí es humana al 100%, pero, en cambio, GPTzero me suelta la coz: 92% de AI. Y yo no entiendo nada. ¿Y mis horas? ¿Quién las valora? ¿Hay algún sistema de algoritmos que detecte mi tiempo invertido? ¿Al final todo es una apuesta por mi credibilidad? ¿Y si el concurso literario al que la voy a presentar se rige por GPTzero? ¿Y si se rige por Quillbot? O descalificado o posible premio, me sentencian. Esto es la leche. Si me he equivocado en algo de mi exposición, lo siento. Llevo tres días empapado de sudor por la AI.

Curiosidad: pego un texto largo en GPTzero y me dice que es AI al 100%. Lo he escrito yo. Lo fragmento en siete partes y las voy pegando sucesivamente con el mismo orden que escribí el texto completo y me dice que las 7 partes son humanas al 90%.

Quiero dejar claro que yo me comprometo con la veracidad de mi escritura. Mis escritos seguro que tienen ―joder, yo los escribo― repeticiones estructurales o de términos ―en literatura existe un recurso expresivo que se llama paralelismo, y otros muchos como la anáfora, la epífora, el quiasmo, la epanadiplosis, la anadiplosis, hasta el anacoluto teresiano… Además de la sinonimia, el pleonasmo o la redundancia―, metáforas poco agraciadas, vulgares, comunes o sorpresivas ―se denominan metáforas pobres, gastadas, clichés o incluso metáforas muertas―, giros extraídos de una voluminosa lectura de décadas o un tono uniforme ―Quillbot dice que eso es AI―. ¿Por ello debo cambiar y convertirlo en una etapa reina del Tour con los puertos de Luz Ardiden y el Tourmalet…? ¿Eso no es un defecto? Una máquina es la que decide hoy en día que debo cambiar mi identidad literaria, que todos sabemos que no se puede medir ni con porcentajes ni con etiquetas digitales. En la creación literaria existen decenas de recursos estilísticos ―la conocida Retórica― que están a disposición del escritor para darle a su texto una intención determinada.

En mi blog tengo ahora colgados 168 textos. Sí. ¿Cómo van a ser todos uniformes o escritos con el mismo patrón? Soy humano. He evolucionado emocional y estilísticamente. Desde una angustia vital tipo San Manuel bueno, mártir de Unamuno hasta una laxa humanidad tildada de un pesimismo no hiriente. ¿Es lo mismo escribir después de un fracaso amoroso, después de la muerte brusca y repentina de una madre con la que todavía yo no había cortado el cordón umbilical o después de un descalabro literario? Pues no. Aunque lo afirme Thomas Edison.   A este célebre hombre, inventor de la bombilla y otros dispositivos, se le atribuye la frase: «No fracasé, solo descubrí 1.000 maneras de cómo no hacer una bombilla». Actitud que refleja la idea de que nunca se equivocaba, sino que acumulaba aprendizajes. Mi inexplorada interpretación: 999 fracasos.

Yo pienso seguir escribiendo. Ladran, luego cabalgamos. Esta expresión significa que las críticas o ataques de otros son señal de que uno avanza en la dirección correcta. Aunque suele atribuirse erróneamente a Don Quijote dirigiéndose a Sancho ―según los críticos especializados dicen que Cervantes nunca la escribió―, su origen real está en un poema de Goethe y se popularizó en el ámbito hispano gracias a Rubén Darío.

Y si a ti, suscritor, que no sé si lector, de mi blog no te gusta lo que escribo o dudas de mi creatividad ―te felicito por ello con el calor humano, la vehemencia y el fervor de un chambón de las letras―, por favor, date inmediatamente de baja en la suscripción de mi blog y dedica tu tiempo a lecturas más interesantes e igualmente creativas. Seguiré escribiendo porque creo en la fuerza de la palabra y en la sinceridad de mi trabajo. Este es mi blog y mientras tenga algo que decir lo continuaré haciendo con la misma dedicación, limpieza y honestidad que desde mis principios. ¿Y este texto? Como se dice en italiano ¡Chi lo sa!

(Siento con verdadero dolor de mi corazón esta «chapa», «turra» o «letanía laica»).

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Siempre he pensado que el amor no es solo una persona concreta. A veces es también una idea, una forma de admirar la presencia femenina en el mundo. Me ha fascinado la inteligencia inesperada de muchas mujeres, su manera directa de mirar los problemas, su risa cuando algo realmente les divierte y la naturalidad con la que habitan su propio cuerpo. Yo observaba todo eso con una mezcla de respeto, curiosidad y una distancia que a veces parecía inevitable. Tal vez porque temía romper esa belleza con mi torpeza o tal vez porque estaba enamorado de la idea misma del amor como algo amplio, luminoso, casi abstracto, que no siempre sabía cómo encajar en la realidad cotidiana de dos personas hablando frente a frente. Aun así, esa admiración persistente fue siempre sincera y silenciosa, como una música que sigue sonando incluso cuando la habitación queda vacía y solo permanece el eco.

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CANCIÓN DE UN OPTIMISTA

Quiero ser feliz en este lado de la tierra, ser un pez en el agua, no asistir a últimas cenas, y quiero reposar sin alborotos ni naufragios en una constante ribera. Turbias baladas sin acento reposan en mi orilla lenta, una jauría de cantos rodados fermenta el frugal aroma de la hierbabuena. Rezo náufrago en mi zozobra, corono de espumas una ladera, y un sinfín de quebrantos y negros espirituales llenan mi alma de tristeza. Me dicen que huela la esencia de los nardos, pero no sé cuál es su riqueza, sólo sé que hay un hueco en mi mano que espera no llenarse de mareas. Quiero proteger mi verde fronda, salvar mi último emblema, que no digan que mi verso persigue de la desidia su estela, ¡en fin!, quiero ser feliz en este lado de la tierra.

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A SOIDADE

A soidade é unha illa perdida no medio do peito. As horas pasan como barcos que nunca atracan. A miña voz rebota nas paredes coma un eco sen dono. As estrelas son cartas que ninguén escribiu para min. O vento fala unha lingua que só entende o silencio. Cada paso pesa como unha áncora de pedra. O sol tamén sabe esconderse detrás das nubes da alma. Mais no fondo da noite nace unha pequena faísca. Porque ata a árbore máis soa agarda a primavera. E eu sigo en pé, agardando que volva a luz.

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INVITACIÓN MARINA

Yo te invito a pasear conmigo, a dejar que nuestros pasos se mezclen con el rumor de las olas y que el viento marino nos envuelva como un secreto compartido. Quiero que sea un paseo sin prisas, en el que cada instante se convierta en un recuerdo, en el que cada mirada sea una confesión silenciosa.

Cuando pienso en ti, te imagino caminando a mi lado, con una sonrisa que ilumina más que el sol reflejado en el agua. Veo cómo tus manos pueden rozar las mías, sin necesidad de palabras, porque hay silencios que dicen más que cualquier discurso. Yo te invito a que descubramos juntos esa complicidad que nace cuando dos almas se reconocen en el mismo horizonte.

Quiero que sientas conmigo la fuerza del mar golpeando contra los acantilados, esa energía que nos recuerda que la vida es intensa y breve, y que por eso merece la pena vivirla con pasión. Yo estoy aquí, ofreciéndote mi compañía, mi tiempo y mi mirada, porque sé que contigo cada detalle se transforma en poesía.

Cuando nos detenemos frente a un faro, quiero que sea como una promesa: su luz guiando nuestros pasos, igual que tu presencia da sentido a mi caminar. Cuando nos sentemos en una piedra a contemplar el atardecer, quiero que sea un instante eterno, en el que el mundo desaparezca y solo quedemos nosotros, tú y yo, respirando la misma calma.

Yo te invito a que dejes que la brisa acaricie tu rostro, que la sal del mar se mezcle con tus labios, que cada paso sea una celebración de la vida compartida. No te prometo grandes aventuras imposibles, solo te prometo la verdad de mi presencia, la sinceridad de un corazón que se abre sin miedo.

Quiero que camines conmigo por los senderos que bordean los acantilados, que descubramos juntos que cada día puede ser una fiesta si lo compartimos. Quiero que sientas que contigo deja de ser un lugar solitario y se convierte en un escenario íntimo, en el que cada piedra, cada ola, cada nube habla de nuestra historia.

Te invito a sumergirte conmigo en la música de las olas, en el silencio de las mañanas serenas, en la complicidad de un gesto pequeño que se convierte en infinito. Yo estoy contigo, y contigo quiero estar, porque la vida es hermosa, pero contigo es aún más hermosa.

Y te digo con toda claridad y con toda emoción: quiero que vengas conmigo, que descubramos juntos este camino, que dejemos que la vida se mezcle entre nosotros como la espuma que se pierde en el mar. Quiero que sea un paseo que no termine nunca, porque cada paso contigo es un capítulo nuevo, cada mirada es una confesión, cada sonrisa es una promesa.

Yo te invito, con toda mi alma, a que camines conmigo, porque sé que allí, entre el mar y el cielo, entre la luz y la sombra, entre el silencio y la palabra, puede nacer algo tan íntimo y tan verdadero como lo que ahora te estoy diciendo. 

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CERVEZA

Por su sola existencia deberíamos santificar clandestinamente a los endiosados artesanos egipcios. Sería yo el primer devoto de este elemento cristalino de color dorado que hasta al hombre más fanfarrón en la lona de los envalentonados cerveceros ha noqueado.

La cerveza es ese elixir milagroso que hace que el jefe parezca simpático, que los chistes malos se vuelvan obras maestras del humor, y que los problemas se reduzcan al tamaño de la espuma en el vaso. Es la consejera más barata del mundo: te escucha sin juzgarte, te anima sin pedirte explicaciones y, por un rato, te convence de que bailar reguetón con dos pies izquierdos es una gran idea. Claro, al día siguiente, cuando el sol entra por la ventana y tu cabeza suena como tambor de guerra, recuerdas que la cerveza tiene un gran talento: primero te hace sentir sabio, guapo y valiente… y luego te cobra con intereses cada sorbo de optimismo.  

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MEMORIA DE TI

Vulneraches a perfecta simetría dos meus afectos, fuches escavar nos máis íntimos recunchos do meu ser, erosionaches o máis oculto das miñas entrañas e profanaches a reconstruída armazón da miña fe. Noutras palabras, conseguiches que as eventuais dispersións do teu rastro deixen en min un baleiro dunha dimensión aterradora.

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TU NOMBRE

Hay personas que pasan por la vida como hojas llevadas por el viento; y otras, que sin hacer ruido, dejan raíces profundas en los lugares por los que pasan, aunque se detengan fugazmente. Tú perteneces a estas últimas. Hay algo en tu manera de estar ―esa mezcla de firmeza y delicadeza― que hace, cuando te recuerdo, que el mundo que me rodea se ordene un poco mejor. No necesitas levantar la voz para que te escuchen. No precisas explicar quién eres: se adivina. Tu fuerza no es de piedra, es de río: constante, paciente, inevitable. Y quien te conoce, aunque sea por medio de un nombre escrito en una carta, entiende que hay en ti una claridad que no se aprende, una especie de tranquila sabiduría que no presume, pero que acompaña. Si algún día estas palabras te llegan ―lo veo casi imposible porque no sé dónde estás― quiero que sepas esto: no han sido escritas para impresionarte, sino para honrarte. Porque hay nombres que merecen ser dichos con respeto, y el tuyo es uno de ellos.

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INVENTARIO

Estoy hecho de diminutos fragmentos de inquietud. Acantilados rotos y sin dirección se abaten en mis senderos camino de algún sur. Estoy moldeado por unas tránsfugas manos que eternizan cualquier diluente señal habitándola en un desierto de cañas e informes cometas. Estoy concebido como un egregio postigo que golpea y disemina rombos azules persiguiendo de puerta en puerta­ aquellas promesas del pasado por ti hoy ya olvidadas.

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A COSTA DA MORTE

El mar respira con fuerza frente a los acantilados. Las olas llegan como animales desbocados, golpean contra la piedra y levantan un aliento blanco que se esparce por el aire húmedo. El viento sopla sin descanso, arrastra la lluvia en hilos oblicuos que golpean la tierra y hacen que todo se vuelva líquido, que todo se mezcle en una misma materia de sal, agua y memoria. A Costa da Morte vive en el presente, y cada instante es una lucha entre la belleza y la herida.

Los acantilados alzan su frente oscura, como si fueran muros levantados contra el mundo. La piedra resiste, pero también se quiebra, y cada grieta cuenta una historia de siglos. El invierno es duro, la lluvia cae sin tregua, el viento arranca hojas, arrastra ramas, abre caminos invisibles sobre el mar. La gente que habita estas tierras sabe que aquí todo se sufre: el frío que cala en los huesos, la humedad que nunca se seca, el rumor constante de las tormentas que amenazan cada noche.

Pero también hay belleza. El verde de los prados brilla incluso bajo la niebla, como si la tierra quisiera recordar que la vida persiste. Las aldeas, pequeñas y recogidas, encienden luces cálidas que se ven desde lejos, como estrellas bajas que guían a quienes regresan. El mar, cuando se calma, muestra un azul profundo que parece infinito, y los rayos del sol, cuando se abren paso entre las nubes, dibujan caminos dorados sobre la superficie.

La memoria de los marineros está presente en cada puerto, en cada piedra mojada. Los nombres de quienes murieron en naufragios resuenan en el viento, y sus historias pasan de generación en generación. Hay quien dice que las almas de los ahogados siguen caminando por las playas, que su canto se mezcla con el bramido de las olas. A Costa da Morte es un cementerio invisible, un lugar donde el mar guarda los cuerpos y la tierra guarda el recuerdo.

Y aun así, la gente sigue viviendo aquí. Planta, cosecha, pesca, construye. El invierno duro no detiene la vida, solo la hace más consciente. Cada día es una batalla contra la fuerza de la naturaleza, pero también una celebración de su belleza. El verde de los montes, el blanco de la espuma, el gris de las nubes, el negro de las piedras: todo compone un cuadro que es al mismo tiempo terrible y hermoso.

Quien escribe esto observa en presente: el mar golpea, el viento sopla, la lluvia cae. A Costa da Morte no es un recuerdo, es una realidad que se renueva a cada segundo. Aquí el tiempo no se mide en horas, sino en mareas. Aquí la vida es frágil, pero también intensa. Y quien contempla este lugar entiende que el dolor y la belleza pueden convivir, que la muerte y la esperanza pueden formar parte de un mismo horizonte. 

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LA PEREGRINA Y EL BURGO

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alza una pequeña capilla que es mucho más que piedra y cal. Como se deduce, hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino nos llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable, apreciada y muy valiosa espiritualmente. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también muy íntimo y muy familiar. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre ha estado en manos privadas, circunstancia que me ha dificultado, y me dificulta, teniendo en cuenta mi gran timidez, una minuciosa visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en lugar de celebración de actos públicos, y privados, sede de la concellería de cultura y en un ajardinado espacio abierto para los ciudadanos de Bertamiráns. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario. 

ACLARACIÓN.- Te recomiendo que, de vez en cuando, hagas clic en el enlace de josemariamaiztogores.com/ por si quieres ver la portada del blog. Yo siempre te lo agradeceré. En caso de que te molestase recibir mis entradas, ya sabes, date de baja de este blog. Mil gracias. 

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LOS PIMIENTOS DE PADRÓN Y EL PULPO Á FEIRA

Hay comidas que alimentan el cuerpo. Y hay otras que alimentan la memoria.

Cada vez que veo un plato de pulpo á feira rodeado de cachelos y una fuente de pimientos de Padrón recién fritos, no pienso primero en el sabor. Pienso en las personas. Porque nunca recuerdo estos platos sobre una mesa para dos. Siempre aparecen rodeados de familia, de amigos, de voces que se pisan unas a otras y de esa alegría tranquila que solo nace cuando nadie tiene prisa por levantarse.

El pulpo llega humeando, todavía brillante por el aceite de oliva. El pimentón dibuja sobre él un rojo que parece hecho para abrir el apetito incluso al que acaba de jurar que ya no puede comer más. La pulpeira mueve las tijeras con una destreza que parece un baile aprendido hace muchas generaciones. Cada corte cae en su sitio, como si las manos recordaran solas lo que tienen que hacer.

El pan espera al lado. Nunca como el primer trozo de pulpo sin mojar antes un pedazo de miga en ese aceite teñido de pimentón. Ahí ya empieza el banquete.

Después llegan los pimientos. Verdes, brillantes, todavía cantando en el plato por el calor de la sartén. Siempre hay alguien que dice riendo que unos pican y otros no. Y siempre aparece el valiente que asegura que a él nunca le toca uno de los bravos… hasta que le toca. Entonces todos nos reímos mientras busca el vaso de vino como si en él estuviera el remedio para todos los incendios del mundo. Qué pequeñas eran aquellas felicidades. Y qué inmensas.

Recuerdo comidas que parecían no terminar nunca. Fuentes de pulpo que desaparecían para volver llenas otra vez. Cestas de pan que siempre encontraban una mano dispuesta a vaciarlas. Pimientos que iban desapareciendo sin que nadie llevara la cuenta. Y yo… yo comiendo con un entusiasmo que hoy me hace sonreír. Más de una vez terminaba con un empacho de los que obligaban a desabrochar un botón del pantalón y prometer, muy convencido, que no volvería a repetir.

Mentía. Al domingo siguiente hacía exactamente lo mismo. Y era feliz.

Porque la felicidad tiene muy poco que ver con la medida. A veces consiste precisamente en olvidarse de ella durante unas horas.

Mientras la conversación va saltando de un recuerdo a otro, miro las caras que me rodean. Algunas tienen más arrugas que antes. Otras ya solo viven en mi memoria. Pero cuando cierro los ojos vuelvo a escucharlas todas al mismo tiempo. Las bromas, las discusiones sobre si el pulpo estaba más tierno el año pasado, las recetas imposibles, las historias repetidas cien veces y celebradas como si fueran nuevas.

Comprendo entonces que el verdadero secreto de estos platos nunca estuvo en el pimentón, ni en el aceite, ni siquiera en la calidad del pulpo o de los pimientos. El secreto siempre estuvo en la mesa. En compartir.

En alargar la sobremesa hasta que la tarde se confundía con la noche.

En marcharse a casa con el estómago demasiado lleno y el corazón todavía con más sitio para los recuerdos.

Hoy vuelvo a probar un trozo de pulpo. Después un pimiento. Sonrío para mis adentros. El sabor sigue siendo magnífico. Pero lo que de verdad me alimenta no está en el plato. Está en todas las personas con las que, a lo largo de la vida, tuve la inmensa suerte de sentarme a comerlo.

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A GAITA GALEGA

A gaita é vento que fala, alma que respira, memoria que camiña descalza polos montes da nosa terra. É un grito antigo que esperta aos carballos, que fai danzar a néboa entre os penedos, que chama aos mortos para que bailen cos vivos en romarías eternas. No seu fol vibra o corazón dun pobo que nunca se rendeu, e no seu punteiro os dedos debuxan unha historia que non se esquece. Cada nota é un lamento, unha alegría, un segredo gardado nas entrañas do tempo. A gaita é nai e filla, é lume e choiva, é festa e duelo. Cando soa, Galicia enteira ergue a cabeza e lembra quen é, de onde vén e cara a onde vai. Porque a gaita non é só música: é sangue, é raíz, é liberdade.

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GALICIA Y YO

Galicia y yo, una historia que se escribe sola. No hay manera más auténtica de volver a mi tierra sin moverme de Madrid que a través de la escritura. Aquí, entre el caos de las calles y avenidas y el frío seco de esta ciudad incansable, cada palabra que sale de mí lleva impregnada el eco de la lluvia persistente gallega. Para mí, Galicia huele a la brisa marina de las rías, a eucaliptos y carballos empapados por la humedad, a esa lluvia constante que llena el aire de nostalgia, a los viñedos de albariño esperando la vendimia en silencio, a las huertas rebosantes de patacas da terra (patatas de la tierra) y a los mercados llenos de carne tierna, pescado fresco y mariscos deliciosos traídos desde el Atlántico. Aunque Galicia no esté presente físicamente aquí, en Madrid, vive intensamente en mi memoria. Es como un perfume de raíces, de naturaleza palpitante y de recuerdos que atesoro en el corazón.

Escribir sobre Galicia es resistir, es negarme a aceptar la distancia, es querer mantener viva mi tierra y hacer menos doloroso este exilio. Galicia huele a mí, a los veranos interminables en El Burgo de Vedra y La Peregrina de Bertamiráns, esas dos fincas que marcaron mi infancia, mi adolescencia y el inicio de mi vida adulta. Ese territorio imborrable que no se marchita con el tiempo, aunque los lugares cambien sin remedio y las personas más queridas se vayan. Basta una pequeña señal ―una canción, una comida, una foto― para que esos recuerdos resurjan con toda su fuerza y me permitan revivir lo que fui. Mi niñez, mi juventud y mis primeros años como adulto reviven cada vez que mi memoria se abre y me permite ser quien una vez fui.

De repente, siento la hierba húmeda entre mis pies descalzos, el sabor agridulce de la fruta recién arrancada del árbol, el aire fresco que me envolvía mientras mis risas se unían al canto de los grillos, el aroma de la madera vieja y de las cocinas donde todo se cocinaba a fuego lento, la lluvia impredecible que caía sobre la tierra, confirmándome que Galicia sigue viva dentro de mí. Galicia huele a mí, a mi memoria, a mis raíces, a la eternidad que aún llevo dentro y a esa morriña ―exagerada y oportunista, según una amiga― que me quita el sueño muchas noches.

Quiero compartir tres anécdotas ―triviales e insignificantes, según un madrileño con aires de grandeza― que guardo como tesoros y que ya es hora de contar.

Una tarde de compras cerca del Black Friday ―¡cómo no!―, buscando algo que realmente no necesitaba en una tienda enorme, escuché a un gallego negociando el precio de un reloj, como si fuera el entrañable Suso, el dueño del bar Mahía en Bertamiráns, al que llamaban o Barateiro en el mercado de Santiago por su habilidad para regatear. No fue el reloj en sí lo que me emocionó, sino el ritmo de su voz, su firmeza serena al defender su tiempo y la forma en que cada palabra transmitía la dignidad de un paisano acostumbrado a luchar por lo que quiere. En ese momento, rodeado de vitrinas brillantes y luces artificiales, supe que Galicia estaba allí conmigo, que no era el único que llevaba su tierra a cuestas, que incluso en Madrid la identidad se manifiesta como un río subterráneo que nunca deja de fluir.

La otra escena que guardo con cariño, como cuando de niño escondía en mi armario los filetes de carne que me daban en el colegio, ocurrió en un restaurante gallego aquí en Madrid. Estaba disfrutando de un pulpo á feira con un albariño, servido en un plato de madera, cuando el camarero, con una mirada entre cómplice y desafiante, me preguntó si eso me sabía a Galicia. Su pregunta me impactó, porque no se refería solo a mi gusto, sino también a mi memoria: ¿puede la tierra viajar en los sabores?, ¿puede la infancia volver en un bocado? ―Sí, me sabe a Galicia ―le respondí―. Al humo de las incontables ferias, al sonido de las olas en las terrazas de cualquier pueblo costero, al calor compartido con mis primos y amigos en las romerías, al eco de las voces que ya no escucho, pero sí oigo, y a ese regreso imposible que me atormenta.

La tercera anécdota me llegó desde lejos, desde Buenos Aires. Cuando experimentaba con mi primer blog ―ya saben que no tengo suerte con los blogs― con el correo chioleiro@outlook.es, allá por diciembre de 2012, y que borré porque descubrí que el nombre de Chioleiro era el de un asesino gallego conocido, recibí un correo de un hijo de gallegos que vivía en Buenos Aires, enviado desde el Centro Gallego. Me agradecía mantener viva a Galicia en mis escritos. Acá la tierra se queda callada, me escribió, pero tus palabras nos hacen hablar de nuevo. Ese mensaje fue como un espejo. Me di cuenta de que escribir no es solo algo personal, sino también un puente que une orillas, que conecta a los que viven lejos.

Escribir, para mí, es una necesidad que no se discute, aunque sepa que al otro lado de este blog solo hay silencio. Es mi manera de detener el tiempo, de celebrar lo que nos duele y lo que nos salva, de aceptar que vivo en Madrid sin renunciar a mi identidad gallega. Escribir es recuncar, como decimos en Galicia: volver a decir, volver a sentir, volver a empezar. Cada palabra es un acto de fe, con la esperanza de que lo escrito resuene en otro cuerpo, en otra voz, en otra vida.

Mi deseo, como en cada entrada, es pensar que los futuros suscriptores de mi blog ―¿los habrá alguna vez?― me lean, aunque se queden en un silencio incómodo que abre una herida que no sana.

Y sepa usted, como me dijo un antiguo alumno con toda sinceridad, que casi nunca llegamos al final del texto, profe.

Y ahora, mientras cierro estas páginas, quiero despedirme con la misma calma con la que un marinero se despide del puerto antes de zarpar por última vez. Gracias por acompañarme en esta nostalgia que no es solo mía, sino de todos los que amamos a Galicia, por haber entrado en estas páginas que no son solo palabras, sino también confesiones. Espero que estas frases te acompañen como la lluvia constante, que te estremezcan como el eco de una voz que regresa de la distancia, que te protejan en la noche como el fuego encendido en una casa de aldea o como en esas noches en las que hablábamos y discutíamos ―en tiempos en los que no existía Google para resolver nuestras dudas, por ejemplo, una fecha de nacimiento― después de cenar, bajo un cielo estrellado impresionante.

Y si alguna vez sientes que la morriña te invade, recuerda que no estás solo, que cada palabra mía es otro regreso compartido, otra prueba de que Galicia está viva, y nosotros con ella, dondequiera que estemos, haciendo lo que sea que estemos haciendo. Gracias por leerme, por escucharme, por compartir parte de mi amor por Galicia. Que estas palabras te acompañen más allá de esta entrada, más allá de esta despedida, que te sostengan en tu soledad, que te recuerden que, al final, las tierras no se olvidan, siempre regresan. Y si hoy regreso en forma de escritura es por ti, Galicia. Gracias. 

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UN ARAÑAZO EN EL CORAZÓN

Un arañazo en el corazón. Dos. Tres. Bien repleto de heridas que duelen muchísimo. Es un manantial de sangre enamorada. Delante de ti lloro demacrado y enjuto. Miras hacia otro lugar. Rechazas lo nuestro. Intento coger tu mano para que apagues mi dolor. Ya no te encuentro. La soledad me acaricia con una condescendencia hiriente. Me siento en el suelo, helado como tu respuesta y me quedo dormido en el regazo de tu rechazo.

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TUS OJOS

En tu nombre duerme la noche antigua, esa que conoce los secretos del fuego antes de que tuviera nombre. Llevas en los ojos la memoria de la tierra húmeda, esa que no olvida, ni perdona, ni miente. Cuando caminas, el aire hace un gesto de respeto, como si reconociese en ti una verdad que no se puede explicar porque yo la convertí en mentira. Y yo, que soy un simple eco en el corredor de las sombras, escucho tu paso como quien escucha una promesa que no se atreve a pedir. Si algún día lees estas palabras, que sea de noche, cuando el mundo calla y solo queda lo que es cierto. Porque tú eres una llama que no se apaga, una frontera que no se cruza, una pregunta que no duele. Y ahí, justo ahí, es donde nace lo inmortal. (Poetario) (1994-2026)

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VIDA LÚGUBRE Y NOCTURNA

(Recreación del ambiente del que podría disfrutar el personaje principal de una ficticia obra naturalista de Emilia Pardo Bazán. Con todo respeto, este sería el comienzo).  

La ciudad respira como un animal viejo bajo un manto de neón y polvo. Las calles se curvan en suspiros, las fachadas guardan secretos y la luz se vuelve un hilo que intenta coser la noche al presente. Cada paso suena a memoria. El aire pesa. Hay un olor a humedad y ceniza que se pega a la piel, recordatorio de incendios apagados y de cigarrillos que no terminaron de hablar. Los que caminan lo hacen con manos en los bolsillos, con rostros que han aprendido a no sorprenderse. El farol solitario dibuja sombras largas y dóciles. Bajo su lámpara, los rostros parecen esculturas de ceniza: ojos que miran sin buscar, labios que guardan frases inacabadas. La noche convierte la voz en rumor y el rumor en compañía. Los sonidos se vuelven cercanos y lejanos a la vez: un perro que ladra en otra calle, el tic tac de un reloj sin hora, la música que se escapa de un bar y se rompe en la esquina. Todo compone una partitura lenta, casi metálica. El yo que observa es un náufrago con abrigo. Reúne fragmentos: una risa, una lágrima escondida, un cartel despegándose. No reclama la belleza; acepta la belleza que queda, la hecha de desgaste y paciencia. La vida nocturna es un laboratorio de ausencias. Aquí los encuentros son pequeñas transacciones de abrigo: un gesto, una señal, un cigarrillo ofrecido. No hay promesas grandes, solo pactos diminutos que sirven para cruzar la madrugada. A veces la lluvia cae como una noticia grave y tibia. Todo se vuelve espejo: charcos que repiten fachadas, paraguas que navegan la ciudad como barcos diminutos. La lluvia borra los contornos y hace que los recuerdos parezcan más cercanos. Al amanecer, la ciudad no se arrepiente; descubre sus heridas con discreción. Los últimos faroles se apagan como ojos que parpadean. Y aunque la luz devuelve formas y nombres, la noche deja su estela: una calma hecha de ceniza y una certeza tenue de que la vida lúgubre también existe para quien sabe escuchar. 

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TE LO HE DICHO…

Te lo he dicho a corazón grana, te lo he dicho descalzo sobre una bandada de punzantes cristales, te lo he dicho vestido de oro y bronce, te lo he dicho… Te lo he dicho de mil formas, pero si aún lo dudas, te lo repetiré una vez más: cada vez que me regalas una ausencia se para, se detiene, cual inmóvil reloj de sol, el pulso de mis noches y el himno de mi canción.

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EL PASADO

Mientras paseo por los aledaños del Pico Sacro, hablo con el pasado sin idealizarlo. La saudade no me llama para volver atrás, sino para entender por qué ciertos recuerdos siguen vivos dentro de mí, cuando fuera ya no existen. Hay paisajes que persisten como un latido obstinado. Esta tierra —real y simbólica— es origen y límite: siempre regreso a ella, aunque sea solo con el pensamiento, aunque sea solo para comprobar quién soy cuando dejo caer todas las máscaras. Me detengo. Escucho. El tiempo pierde fuerza cuando dejo de obedecerlo. No creo en la productividad constante ni en la obligación de resolver lo que siento. Caminar es resistir: parar, mirar, aceptar que la soledad no es una carencia, sino un espacio fértil donde mi voz puede hablar sin interferencias. Aquí, entre árboles, la soledad me acompaña como una presencia buena, atenta, casi necesaria.

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MI ORDENADOR

Es el rincón donde dejo caer, como gotas de rocío, las palabras que me acompañan desde hace décadas. Aquí reúno poemas, prosas, recuerdos y reflexiones escritas en mis noches de insomnio, la lengua que me sostiene y me devuelve siempre a una incansable lucha por la palabra exacta. Es un espacio íntimo y abierto al mismo tiempo, nacido de la morriña y de la voluntad de compartir, donde cada texto quiere ser encuentro, memoria y horizonte. Es una ventana abierta a la memoria y a la emoción. Cada palabra que aquí se deja caer lleva consigo un trozo de morriña, de raíz y de horizonte. Es un espacio humilde, pero lleno de vida, donde la escritura se convierte en camino y regreso. Que quien se detenga en estas páginas, cuando salgan a la luz, deseo que sienta la misma saudade que me guía y la misma luz que me acompaña.

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LA CIUDAD

La ciudad late a veces con un fervor que asfixia. Entre edificios que parecen rozar el cielo y luces que desgarran la noche, yo me descubro náufrago en un océano de rostros desconocidos. Camino por las calles y las caras que me cruzan se desvanecen tan rápido como aparecieron, como si mi existencia fuese apenas un espejismo. La multitud me envuelve, pero el mundo permanece distante, y yo me siento un visitante en mi propia vida.

Cada esquina guarda su historia, pero yo estoy atrapado en la mía: una historia de soledad. Soledad que me flagela aun rodeado de la vibrante vida que lucha a mi alrededor. Escucho risas arrastradas por el viento, conversaciones que suenan como música lejana. Qué paradoja: la ciudad rebosa ruido y vida, y yo me hundo en un vacío profundo, en un anonimato que me devora.

A veces deseo que alguien me mire de frente y descubra el tormento que arde en mis ojos, junto a este gesto despoblado que llamo sonrisa. Sueño con que un extraño me regale un instante de complicidad, como si compartiéramos un secreto invisible. La soledad es para quienes no tienen elección, pero también es mía: la busco cuando me falta, y cuando regresa me expulsa sin piedad de cualquier paraíso.

Me acompaña incluso en el transporte público. Miro distraído por la ventana para evitar que ojos ajenos se claven en mi espalda o en mi rostro. Los compañeros de viaje nunca entenderían que en ese trayecto lo único que hago es rastrear, en el rincón más oscuro de mi espíritu, la fuente del vacío que mana de mi corazón.

¿Qué historia me rodea? Mujeres y hombres cuyas vidas se cruzan y se deshacen a mi alrededor, que se sumergen en el silencio de la noche y ansían que la luna se muestre plena y blanca. Yo, en cambio, hablo con ella: le confieso mis problemas como si pudiera comprenderme, le explico que el desasosiego de mi alma late a un ritmo frenético en esas horas de insomnio.

Hay, sin embargo, algo más íntimo en esa soledad compartida con mi alter ego. Necesitamos encontrarnos en el terreno emocional, porque la distancia nos vuelve vulnerables, y yo —a diferencia de él— no lo soporto: regreso siempre al vacío de mi soledad.

Quizás alguien en el autobús intentó abrazarme con su belleza y su oscuridad, pero mi fatiga y mi hambre de compañía transformaron al detective que llevo dentro en un torpe rastreador de destellos de luz. 

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EL TIPO QUE SÓLO SABÍA «OBRAR» LIBROS Y NO RESIDUOS INTESTINALES

Nadie sabía de dónde coño salió. Benito, le decían. Otros lo llamaban «el del intestino blindado». No sabía leer ni escribir, pero tenía la cabeza llena de tormentas e ideas que no pedían permiso. Historias que salían como eructos de otro mundo. Doce libros. Doce. Y ni una letra escrita por él.

Los dictaba al vacío a gritos. Literal. Se encerraba en baños públicos para concentrarse en la estructura de la historia, que él desconocía. Hablaba solo o con su recto irritado. Grababa, con la vehemencia de un presidiario que se declara inocente ante el juez de la patraña, historias en móviles que se encontraba en la calle y que luego alguien transcribía con un miedo hatroz. Una vez dictó una novela entera mientras se peleaba con una paloma en un parque. La paloma, por historia tan visionaria, murió de un infarto. El libro ganó un premio sin galardón.

Y así, un día, le cayó el «Nobel de las Mentiras Más Originales». Lo invitaron a Estocolmo. Él fue pomposo y lleno de fatuidad con un traje que olía a naftalina y una barriga que parecía preñada de piedras. Llevaba quince días sin cagar. Quince. El médico del hotel, al ver la radiografía, dijo: «Esto no es un colon, esto es un búnker de la segunda guerra mundial».

El presidente del acto de entrega de los premios pronunció unas palabras en un inglés macarrónico para que todo el mundo entendiera su ceremoniosidad:

«Welcome to the grandious Nobelistic premiation! Today we celebrify the geniusness of human brains and global peaceness with big joy and ceremonical proudness».

La mujer de Benito, preocupada porque no entendieran bien en su pueblo esta presentación, la tradujo sobre la marcha a un español, que ella consideró «perfecto»:

«Bienvenidos todos los gentes del planeta a esta premiación nobelística tan grandiosa. Hoy celebramos las genialidades de los cerebros humanos y la pacitud global con mucha alegrancia y orgullosidad ceremoniosa».

Como no obraba, le dieron a Benito un laxante de caballo. Uno de esos que hacen temblar a los establos y llamar a los bomberos. Se encerró en el baño del hotel, sudando como testigo falso, y con una IA robada del móvil de un camarero que salió corriendo porque era la primera que percibía olores y sinsabores, dictó su discurso:

«No sé leer. No sé escribir. Pero tengo una imaginación que no cabe en este puto planeta. Mis libros no los redacto, los escupo. Y si me dan este premio, es porque el mundo está tan jodido como mi intestino».

Cuando salió, pálido y con los ojos en otra dimensión, subió tembloroso al estrado y empezó a leerlo en voz alta. La gente no sabía si aplaudir o llamar a un exorcista. Y justo cuando iba por la parte donde agradecía con gran afecto a su sombra por no abandonarlo, entró la policía.

Lo arrestaron por «atentar contra la dignidad del galardón». Pero no podían llevárselo aún. El laxante estaba en plena faena. El parte oficial del gendarme principal decía: «Riesgo de explosión intestinal con consecuencias olfativas catastróficas y destructivas por su dureza y consistencia en espacio cerrado».

Una hora después, tras un rugido que hizo vibrar los cristales del hotel, Benito evacuó el apocalipsis. El baño fue clausurado, el recepcionista pidió la baja, el director se exilió a Samarcunda, estado insular con cultura austera y políticas de asilo generosas, y entonces sí, lo esposaron.

Mientras lo arrastraban, gritó:

«¡Me cagaré dentro de quince días en la gramática! ¡La imaginación no necesita ortografía ni papel higiénico!»

Desde la celda, dictó su decimotercer libro: El preso que soñaba con palabras que no sabía escribir y con cagar sin dolor. Lo firmó como «Benito el Extreñío».

Y sí. También fue un éxito. Pero póstumo porque a los veinte días tuvieron que ingresarlo y se ahogó con su propia defecación. Descanse en paz. 

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CONFIESO QUE…

La confesión literaria es un acto valiente que va más allá de las limitaciones de mi ego y me permite desvelar las tétricas profundidades de mi ser. Este estilo de escritura, que se   caracteriza por la honestidad y la autenticidad, se convierte en un reflejo que muestra no solo mi pensamiento, sino que puede mostrar también mis dúctiles inquietudes. A través de mis palabras puedo, y deseo con ardor, generar conexiones emocionales contigo, lector. Es mi deseo último, y primario. Cuando yo me atrevo a examinar mis propias lesiones y vulnerabilidades, incito a mis lectores a confrontarlas con las suyas.

A mí este proceso me resulta liberador y me ayuda a una mayor comprensión empática con personas que tienen diferentes modos de entender la vida o la escritura.

En resumen, para mí la confesión literaria no es simplemente un recurso narrativo, no. Es un medio de comunicación que tiene un poder casi absoluto, porque me permite desnudarme con mayor o menor exigencia. Puede ocurrir que el rechazo ―larvado a lo largo de mis 146 entradas― obtenga ya un estímulo definitivo para recibir yo un último golpe fulminante y definitivo.

Confieso que repetir una declaración o una idea mil veces no es obsesión, es una liturgia creada por mi obsesión en transmitir con claridad y honradez mi pensamiento.

Confieso que un furancho puede ser un laboratorio de poemas. Quien lo probó lo sabe. Una taza de vino, una ración de queso, un cuaderno y un bolígrafo bajo la parra de una vivienda particular son el cenit de la creatividad. Te aconsejo que consultes la www.guiafuranchin.com.  Si pasas por las Rías Baixas entre abril y octubre, tienes estas casas particulares habilitadas en planta baja, jardín o garaje como excelentes restaurantes de productos caseros.  

Confieso que de la desolación humana, es el riesgo de escribir, puede salir un excelente poema o una aberración con formato de poesía.

Confieso que este blog es mi confesionario de mis pequeñas verdades, de reflexiones inéditas, de miedos contradictorios y lo íntimo de mi pensamiento social. ¡Ah!… Y no tengo sacerdote.

Confieso que escribir de lo que me produce muchísimo pudor aumenta en progresión aritmética una evolución emocional peldaño a peldaño que no sé a qué situación me llevará.

Confieso que soy en puridad un forastero inestable que tiene un blog invisible que se conforma con tener pocos lectores porque, después de mil cambios, no logro que nadie se suscriba de modo voluntario. ¿Para qué tienes, me espeta mi alter ego, en www.recuncar.com la invitación a que tus potenciales lectores se suscriban? Es como salir a la calle hoy con una vela encendida bajo la lluvia.

Confieso que no voy a cambiar mi estilo. Sí habrás notado que, una vez jubilado, le dedico mucho más tiempo a mi blog y a la lectura. Eso ha hecho que observe más la estructura del texto, el vocabulario, las metáforas, la creatividad…porque ahora, por ejemplo, puedo dedicarle tres horas a un texto de 10 líneas o a investigar con lupa filatélica técnicas narrativas.

Confieso que en cada entrada pierdo jirones de sueño, que soy capaz de despertarme a las tres de la mañana, encender la luz en forma de libro abierto que tengo en la mesilla y escribir cuatro ideas en una hoja cualquiera.

Confieso que escribir es tirarme al vacío sin un salvoconducto y sin el amparo de una red salvífica y «despanzurrarme» como un héroe trágico en su última escena.

Confieso que mantener este blog es resistir con heroicidad el respetuoso silencio de los lectores. Otra «teima» ―obsesión, en gallego― que me persigue como el agente 007 perseguía al doctor No. ¿Diferencia? James Bond salía vencedor al final. 

Confieso que me apasiona la soledad ―algunos le llaman asociabilidad―, aunque de ella mane una pérdida de autoestima, ese faro que me debería guiar como hace en las tormentosas noches de la Costa da Morte.

Confieso que paso olímpicamente de los que no entienden que la tristeza es canción y que la melancolía escribe mis poemas casi sin pensar.

Confieso que no busco redención, solo el alivio de haberme dicho la verdad a mí mismo. Deberías probar la dosis de placer que me invade cuando creo que he escrito un buen texto.

Confieso que la saudade que me inunda es un acto reflexivo que duele igual que un beso de cemento, ese beso que he probado muchas veces.

Confieso que habito en un mundo inhóspito que, cada día que pasa, me convierte en una corona de sombras que todavía no sabe brillar en la oscuridad.

Confieso que no tengo respuestas para muchas de tus preguntas, pero nunca me esconderé en el abismo para responder a ellas, si las hubiere.

Confieso que el eco de mis textos no se escucha en ningún lugar y eso me produce una sordera creativa que me posterga al rincón de la pluma sin tinta o al del ordenador sin Microsoft Word.

Confieso que cada palabra que nace de mí es una chispa de mi alma buscando encender otras. El problema mío es que mi terreno es húmedo y me cuesta muchísimo que la chispa prendida despierte en una sucesión de fogonazos.

Confieso que paso olímpicamente de los que no quieren escudriñar mis versos como un alquimista busca oro en mis cenizas con el banal argumento de que esa conjunción de palabras la realiza cualquiera.

Confieso que aún tengo que aprender a detectar y a ponerle certero nombre a mis carencias, pero esto no me impide manifestar mi deseo de que reciban un reconocimiento mis micropartículas que se convierten en el peso de una entrada del blog.

Confieso que revelar y desnudar mis debilidades no me enflaquece; sino que me convierte en un antihéroe de esta descortés sociedad. Y confieso que tú, lector, me gustas más que la calma que me invento para no necesitar a nadie o como el primer sorbo de humeante café, la tinta con la que escribo mis días, en una mañana de lluvia como la de hoy. 

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LA NOCHE QUE LLEVO DENTRO

La noche que llevo dentro no llega con estrellas ni con luna: llega en silencio, con el peso frío de un abrigo que no encuentro. Es un cuarto sin ventanas donde mis pensamientos se vuelven faroles apagados; es la paciencia de un reloj que ha olvidado su tic, el rumor lento de la sangre que conoce atajos en la sombra.

Camina por mis venas como quien recita un poema en idioma ajeno: sabe de horarios, de despedidas, de nombres que ya no encajan en la boca. A veces se sienta en la orilla de mi lengua y me sopla las preguntas que nunca aprendí a responder; otras, se acuesta en mi pecho y me enseña a escuchar el latido como si fuese un mapa.

Hay en esa noche un país de pequeñas certezas: la lámpara que rehúso encender, la silla que siempre queda vacía, el olor a libro cerrado. Pero también hay feroces escondites: risas escondidas en un pliegue, una música que aparece al azar y me devuelve un instante que pensé perdido. No pretende destruirme: apenas ordena mis pensamientos en fila, les pide que se miren la cara y, si quieren, que se abracen.

Cuando aparece la mañana ―y a veces no aparece― la noche que llevo dentro no se va del todo; se queda como un huésped prudente que guarda mi abrigo y me deja salir con la promesa de volver. Y yo camino con ella, enseñándole las aceras, mostrándole la luz que conozco, aprendiendo a nombrarla sin pedir permiso para dormir. 

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LOS HOMBRES QUE SE CREEN GUAPOS Y ATRACTIVOS

Ya en el colegio empieza a dar señales de su futura tragedia estética: el niño que se peinaba con gomina a los ocho años, convencido de que las niñas van a suspirar por él mientras recita la tabla del siete. En el patio, se pasea como si fuera protagonista de una serie juvenil, con la camiseta metida por dentro y el pecho inflado, creyendo que su andar era elegante, cuando en realidad parece un desmañado pato con problemas de coordinación. Su atractivo es comparable al de un bocadillo de mortadela olvidado en la mochila. Las niñas lo miran, sí, pero no con deseo: lo miran con la misma mezcla de pena y risa con la que se observa a un compañero que tropieza con la cuerda de saltar.

En el último curso el mito se agrava. El adolescente se cree modelo de revista, aunque su acné puede servir de mapa topográfico. Se perfuma como si quisiera fumigar el aula y se ajusta la chaqueta creyendo que es James Bond, cuando en realidad parece un vendedor de seguros en prácticas. Y lo peor: se convence de que todas lo desean, cuando en realidad todas le evitan, porque nadie quiere que se le acerque el que huele a mezcla de desodorante barato y ego desbordado.

Y llega sin sorpresas el examen de selectividad, ese momento supuestamente solemne. Allí está él, sentado en primera fila, creyendo que incluso en medio de un examen su atractivo es un arma de seducción masiva. Mientras los demás sudan tinta intentando recordar fórmulas de matemáticas o fechas de historia, él se recoloca el pelo con gesto ensayado, como si la comisión examinadora fuera un jurado de belleza. Saca el bolígrafo con un movimiento teatral, convencido de que hasta el modo en que escribe desprende magnetismo. En realidad, lo único que desprende es lástima: su examen es un festival de faltas de ortografía y frases huecas, pero él sonríe satisfecho, seguro de que su «mirada intensa» compensará la mediocridad académica.

El resultado es el mismo que en el curso anterior: suspenso en contenido, matrícula de honor en ridículo. Porque el hombre que se cree guapo no entiende que la vida no se aprueba con abdominales imaginarios ni con selfis mentales. Cree que su atractivo es un pasaporte universal, pero lo único que consigue es ser recordado como un bufón moderno, un chiste que empezó en el colegio y alcanzó su clímax tragicómico en la selectividad.

Ya adulto, el guapo autoproclamado sigue arrastrando esa fe ciega en su propio mito. El que realmente lo es, se convierte en esclavo de su espejo y de la crema hidratante, atrapado en la cárcel de su reflejo. El que no lo es, se convierte en caricatura: barriga cervecera disfrazada de abdominales, gafas de sol en interiores, sonrisa ensayada que parece más un espasmo que un gesto seductor. Todos ellos comparten la misma tragedia: creen que el mundo entero los observa con deseo, cuando en realidad el mundo entero los observa con risas y carcajadas.

En definitiva, el hombre que se cree guapo es un espectáculo tragicómico que empieza ya en el colegio y nunca termina. Es el bufón moderno que confunde la vanidad con el encanto, el hombre que nunca deja de mirarse en el espejo del baño creyendo que es un dios, cuando apenas alcanza a ser un chiste mal contado. 

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MEMORIAS NOCTURNAS

Dun xeito canso consumiuse a nosa vontade nun deserto calcinado de entullos. Ao lembrar aquilo, hoxe medran no meu interior inesgotables pulsos de vida e as pequenas espiñas que transpiran nos meus intra muros feren mil preguntas ao vento. Son instintos que oprimen o meu peito, saudosos daquela primeira embriaguez. Agora pretendo imaxinar por que os teus hábitos se afastaron do meu mundo evaporando o orballo daquela noite, pero só podo identificar o desafiante eco das túas imperecedoiras palabras golpeando a miña mente como un poema de silencio. Agora intento espertar nos meus ollos unha razón de vida que culmine na promesa doutros beizos. Por esta razón de vida, rezo todas as noites para que non me durman os recordos.

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LA LOCA HISTORIA DE UN CONCURSO LITERARIO

(Esta es la traducción del gallego realizada por mí. El original lo publiqué en mi blog en gallego orballar.com)

Tengo una buena relación con Uxía Fontán Vilameán, la meiga de los cuentos olvidados, que es una mujer misteriosa y sabia y que irradia un aire mágico. Vive en una aldea llamada San Caculo de Abaixo, aldea que estuve todo un día buscando en Google Maps y nada, no la encontré.

Ella sabe que tengo cierta debilidad ―la voluntad humana es un castillo de arena construido en la orilla del mar― por los concursos literarios, especialmente por aquellos que no existen. Me encantan. Por eso, como trabaja en un periódico que está cerrado desde antes de nacer, me envió la historia de un premio literario que nadie creó, pero que tiene muchos participantes que no se presentan.

Lo que te cuento a continuación es el relato detallado de ese concurso inexistente, pero lleno de misterio y guasa.

Lo primero que me remitió es el recorte de la convocatoria del concurso:

El Diario de San Caculo y alrededores

Edición especial literaria de un diario que no existe

Noviembre de no se sabe qué año

Convocatoria del Premio Literario Piedra del Demonio del año que el participante quiera.

Se convoca a todos los escritores, poetas, narradores de cuentos y demás gente con tendencia a escribir tonterías con estilo a participar en la difunta edición del Premio Literario Piedra del Demonio, organizado por la Sociedad Cultural «La Hoja sin lectores».

Las bases son las siguientes:

Lugar: San Caculo de Abaixo, parroquia sin wifi, pero con mucha alma.

Plazo: Hasta que el cura diga «Amén» o se acabe el vino de la fiesta.

Temática: Libre, pero no cualquier cosa. No. Se prefieren textos que incluyan afiladores, vacas con nombre o declaraciones de amor en bares de carretera. Debe estar escrito en gallego.

Participantes: Cualquier persona que sepa leer y escribir, para garantizar que lo haya creado la susodicha. Porque, si no sabe escribir, ¿cómo puede hacer una historia? Nadie me responde esta pregunta.

Premio: Lote de chorizos, diploma plastificado y noche en la pensión «La Cama Caliente» (desayuno incluido si no se escapa el gallo). Ni un euro porque no tenemos dinero.

Nota importante: No se aceptan de ningún modo textos escritos por inteligencias artificiales, por humanos que fingen ser inteligentes, ni por vecinos de San Caculo de Arriba, por motivos históricos que no vienen al caso.

JURADO

Está formado por los siguientes egregios hombres y mujeres:

Maruxa Castromil, la del Lomo de Vaca. Presidenta honoraria y experta en empanadas de aire. Siempre lleva un sombrero con antenas para captar ideas brillantes.

Xurxo Figueiras Loureiro, el Zorro de Montebaixo. Encargado de las puntuaciones misteriosas. Nunca revela sus criterios, pero siempre acierta.

Antón Reboiras Castiñeiro, el Hablador de las palabras retorcidas. Crítico de estilo y poesía espontánea. Habla en prosa rimada y solo bebe infusiones de tojo.

Sabela Caride Meixide, la Paspaniña de las siete lunas. Secretaria y responsable de la estética cósmica. Decide según el movimiento de las estrellas y su péndulo de madera.

NOTA ACLARATORIA: Los miembros del jurado no trabajan. Su dedicación a este gran concurso que no existe es exclusiva.

A continuación, después de muchas dudas, hago público en este blog el relato que envié al concurso.

Ourense, martes sin día de cualquier mes del año de la niebla y del pan caliente.

Recuerde el jurado que tengo 67 años y que mi abuelo murió hace ya muchas décadas.

Querido avoíño, hoy me ha pasado una cosa de esas que solo pueden ocurrir en esta nuestra tierra, donde lo real y lo mágico se juntan como la gaseosa y el vino en las fiestas de la parroquia. Estas no son palabras mías, no, son de don Armindo, párroco de pocos años que llegó, según mi parecer, antes de ser ordenado sacerdote. Ya sabes, la Iglesia y sus «cousas».

Sin saber qué decisión tomar, iba al súper pensando si comprar chorizo o seguir con la dieta que me recomendó la prima Maruxa, que hoy está tan delgada que si se colocara detrás de una escoba no se vería ni su sombra.

De repente, después de doblar una esquina, me encuentro de bruces con un afilador. Era un afilador de los de toda la vida. Llevaba un chifre que, como me contaste tú en más de una ocasión, su inconfundible melodía avisaba a los vecinos de que el afilador estaba en el barrio. El silbido se convertía en una llamada ancestral al metal y al hierro, como si las cuchillas lo reconocieran. Él me dijo que era el oficio de la sirena del afilador, que consistía, había sido contratada para ello, primero de todo, en despertar a los cuchillos dormidos.

Por su memoria y aspecto, me parecía que había vivido tres vidas y media, y la bicicleta que llevaba como mesa de trabajo parecía comprada entre los desechos de una película sobre la guerra.

Me preguntó si tenía algo que afilar, y yo, con las llaves del coche y un paquete de tabaco en el bolsillo, le respondí que no, pero que a lo mejor me podía afilar la paciencia, que la tengo puntiaguda desde que Carmiña me mandó a buscar a su gato, que se había escondido en el tejado, y me quedé sin pantalones y con medio barrio riéndose de mí.

Mientras la rueda del afilador bailaba y las chispas con ella, me fue contando que los afiladores de antaño eran unos reyes de la carretera, que tenían novia en cada pueblo y que sabían más de amor que todos los libros de literatura erótica juntos. Y, como experiencia personal, concluyó contándome que, en Xinzo, una viuda le llevó a afilar todos sus cuchillos. Le comentó que los quería muy bien preparados para lonchear a sus hijos, que no paraban de pedirle cosas. Es broma, «home». «Pouca corda tes», le comentó. La historia remata casándose con ella, que regentaba una taberna que servía el mejor vino sin molienda de la comarca.

No sé si era verdad o no todo lo que me contó el afilador, pero, carallo, aquí, ya sabes, la mentira bien contada vale más que la verdad aburrida.

Escribiéndote esto recuerdo aquellas tardes que pasábamos en tu casa, cuando tú me contabas lo de los afiladores que cruzaban montes, ríos, que sabían hablar con las piedras y que tenían un pacto con el diablo para que el chifre sonara de un modo diferente. Por el elevado número de veces que lo he intentado, mi fracaso ha sido redondo. No debo de tener voz «co demo». Todos mis intentos siempre me recordaban al «bruído» ―bramido en gallego― de una vaca al parir.

Sin embargo, después de todo soy tu nieto, y recuerdo muchas veces todas las aventuras que pasaste en la guerra. Y siempre te ponías muy triste. Aunque en esta ocasión me he acordado de aquella vez en la que me dejaste afilar el cuchillo de matar y casi le corto una oreja al tío Severino, que por suerte ya la tenía medio caída. O aquella vez que me enviaste a buscar la navaja que tenías detrás del retrato de Castelao y, como soy un cotilla, acabé abriendo el cajón de la ropa interior de la abuela para descubrir que tenía más encajes que una tienda de novias.

Tú decías que los afiladores eran como las monjas, que salían cuando menos lo esperabas, sabían mucho y cobraban muy poco. Siempre que tenías ocasión me contabas con suma picardía de la tía Circuncisión, que era monja en un pueblo de Andalucía, que ser monja era el único trabajo donde el uniforme nunca pasa de moda, el jefe siempre está mirando, y los ascensos… bueno, dependen de los rezos acumulados, y no de los correos respondidos.

Este afilador era de los monjiles. Se fue como vino. Se despidió con una bendición, sin cobrar y deseándonos salud y éxitos. En mí, como las buenas amantes, ha dejado una profunda huella por su simpatía y por su retranca.

Si lo ves por ahí, dale un saludo de mi parte y pregúntale a ver si afila recuerdos, que tengo un montón de ellos que se me están oxidando.

Cuídate mucho, no dejes que te afilen la lengua, que siempre la tuviste muy afilada y a buen recaudo. Tu lengua, según el tabernero, es como una navaja pequeña, no mata, pero puede cortar muy hondo. Y si oyes un cuerno con un sonido diferente por allá arriba, no te asustes, no es el final, es simplemente que Ourense sigue siendo Ourense.

Un abrazo grande de tu nieto ya hombre y que bien te quiere, Carliños

Jamás envié esta carta al jurado porque entonces pensé que era una mierda. Y lo sigo pensando. Por eso mismo, escribí un texto en el que le contaba al jurado mi decisión. Los amigos de la taberna me dicen que eso es una tontería, pero, como yo soy más terco que una piedra firme que jamás se ha movido, allá fue.

La carta es la siguiente:

Estimado, respetado y reconocido jurado del inexistente Premio Literario Piedra del Demonio de San Caculo de Abaixo:

Agradezco profundamente vuestra consideración y el honor de invitarme a participar en este certamen tan prestigioso como surrealista. No obstante, me veo en la obligación de rechazar cualquier tipo de galardón, aunque no haya enviado mi carta, y hago esta renuncia con toda la elegancia que me permite el café de máquina que me acabo de tomar.

Las razones son claras, aunque absolutamente inexplicables:

1.- Mi texto fue escrito bajo los efectos de una empanada de pulpo que me provocó visiones del difunto Fraga bailando reguetón.

2.- La musa que me inspiró es alérgica al éxito y cada vez que gano algo —aunque nunca haya ocurrido— se esconde detrás del microondas durante semanas.

3.- El bolígrafo con el que escribí tenía envidia de otro bolígrafo y no quiero fomentar rivalidades literarias entre el inútil material de oficina.

Con todo el respeto y un poco de arrogancia, creo que bien merecida,

Carliños (el único que hay en la aldea)

El jurado, que valoró muchísimo mi carta, respondió de este modo:

San Caculo de Abaixo, tierra de letras y de sospechas

Estimado señor Carliños:

Recibimos su carta de renuncia al premio con estupefacción, carcajadas y un leve dolor de cabeza. Agradecemos, cómo no, el esfuerzo creativo, pero nos vemos en la obligación de rechazar su renuncia. Y no por cortesía, sino por principios, por honor y porque, francamente, no le corresponde ningún premio. Como bien sabe usted, todavía no se ha premiado en el mundo entero a un no-concursante.

Tras una exhaustiva investigación —que ha incluido diversas y furtivas consultas a IA, interrogatorios durísimos, y sin abogado, a bolígrafos, un profundísimo análisis de las empanadas sospechosas y la correspondiente consulta a una pitonisa de Verín— llegamos a tres conclusiones irrefutables:

1.- Su texto, que no ha enviado, es un plagio descarado, y no escrito, de una conversación entre dos loros jamaicanos que viven en la Plaza Mayor desde que don Restituto llegó muerto de hambre de su viaje por tierras del Caribe. Tenemos grabaciones.

2.- Detectamos el uso de una inteligencia artificial que aún está por crearse, con desvergüenza y descaro, como quien va a misa con el móvil en el bolsillo y le pide selfis al cura en el campanario.

3.- El bolígrafo envidioso que menciona en su carta fue identificado como cómplice. Ya está en manos de la policía literaria de San Caculo y enseguida se pondrán en contacto con usted para ver cómo se apoderó de arma tan letal.

Por todo esto, creo que están debidamente expuestas las razones, le comunicamos que queda oficialmente «desgalardonado», «desinspirado» y «desconvocado» del certamen. Eso sí, reconocemos que tiene estilo, que tiene chispa, y que, si algún día escribe algo sin ayuda de máquinas ni de otras personas de fantasía, igual le dejamos entrar «de extranjis» por la puerta de atrás.

Sin más, y con toda la arrogancia que nos da ser jurado de un premio que no existe, un abrazo que no se merece.

Atentamente,

Doña Sabela Caride Meixide, secretaria vitalicia (y algo rencorosa) del Premio Piedra del Demonio.

Querido lector de mi blog, esta es la loca historia de un concurso literario inexistente. Me gustaría que te rieras a carcajadas al leerla. Ese es mi deseo.

La secretaria del jurado del concurso literario leyó ante los habitantes del pueblo el texto que Carliños no envió y que todo el mundo rechazó. Lástima que no se pudieran escuchar los aplausos —que no abucheos— que sonaron como si fuera el público asistente al Concierto de Año Nuevo de Viena aplaudiendo la conocida Marcha Radetzky. 

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CUANDO CALLO, ESCRIBO

(No sé si no gusta que aporte este dato, pero yo lo siento necesario: Comienzo este texto a las 5:35 del martes 11 de noviembre y lo termino el jueves 13 a las 9:13. Evidentemente, que no con exclusividad de trabajo. El cronómetro que vigila mi horario me dice que le he dedicado 8 horas y 33 minutos. Revisado entre 14:30 y 15:15. He suprimido tres párrafos).

Soy el margen de un texto que nadie lee. Soy la errata que el lector no enmendó… porque no me leyó. Soy… Tranquilo, que no voy a seguir en este tono desolador y devastado.

Me han dicho mil veces que por qué escribo tantos mensajes ―creo que no son tantos comparados con los que reprime mi voluntad―, que por qué no mando audios, que por qué no llamo, que «quiero escuchar tu voz», me dijo una exalumna parafraseando a no sé qué cantante.

Hay personas que no se atreven a decirme lo que realmente piensan. Frases del estilo: «Venga, estúpido, que eres una página en blanco que se cree una enciclopedia. Llámame por teléfono. Habla. Comenta. No te creas el rey de la fiesta que, por su propia seguridad, no asiste a reuniones ni habla». Y no profundizo más. Porque escarbar en mí es como hacerlo en la tierra… te puedes encontrar raíces que no sabías que estaban ahí.

Otros me miran sin hablar y leo en su mirada que si soy raro, que si parezco distante, que si la gente ya no se comunica así, que no estoy en la onda. Y yo, mientras tanto, escribiendo. Porque sí, porque me gusta, porque me sale así. Porque si tengo algo que decir, prefiero pensarlo, darle forma, ponerle comas, y que no suene como un balbuceo atropellado entre el semáforo y el supermercado.

Virginia Woolf lo dijo mejor que yo: «No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente». Y yo añadiría: ni a mi teclado, ni a mi mano. Porque escribir me permite estar ―o eso creo― sin tener que presentarme «a todo volumen». No es frialdad, es otra forma de presencia. Y quien me conoce de verdad, considero que lo sabe.

No te das cuenta ―habla mi odioso alter ego― de que más de uno aprovecha tu silenciada voz para argumentar que no te gusta comunicarte, que te molesta que te incordien con mensajes. Falacia. Rotunda. Me encanta recibir mensajes. Me encanta. José María, no sigas por ahí, que te puedes estrellar.

No es que tenga fobia a la voz humana, ni que me dé alergia el micrófono del móvil. Es que simplemente no me nace. Me parece más íntimo escribir. Más honesto. Más mío. Y si eso me convierte en un bicho raro, pues qué le vamos a hacer. Hay gente que colecciona sellos, yo colecciono palabras.

Además, soy muy sincero: ¿Cuántas veces un audio de guasap ha sido realmente necesario? ¿Cuántas veces no ha sido simplemente alguien diciendo «eeeeh… bueno… nada… era para decirte que…»? 45 segundos de puro relleno. Para el desguace. Yo no quiero dedicar mi tiempo a eso. Prefiero escribir tres líneas que digan algo. Y, eso que no falte, con una puntuación correcta, con sus tildes correspondientes y respetando todas las normas de la ortografía.

Y luego está esa idea de que el guasap escrito es una conversación de doble vía. ¡¡¡Qué bonito suena!!! Pero en mi experiencia, en algunas ocasiones, es más bien un monólogo con eco. Uno escribe casi una encíclica ―lo hago porque me peta, claro está― y la otra persona responde con un emoticón. Si estuviera a mi lado, le retorcería el cuello como a un pavo por navidad. Comunicación moderna, me dicen. ¡Ah! Por cierto, ahora me dicen que el OK, necesario en algunas ocasiones, es molesto, que se interpreta como una falta de ganas de seguir dialogando, que no lo debo utilizar. Me comprometo a ello. Es el colmo.

Tengo dos blogs y soy…¡¡¡un infeliz!!! Ahí me lee quien quiere. «Nemo me legit, dico», se quejaba un avispado compañero de la universidad versado en la lengua de Catulo allá por los primeros años ochenta cuando nos reprochaba no leer los poemas en latín que escribía «in tenebris noctis». 

Lo mismo lo que se me exige en silencio ―argumentándolo con ese falaz «le molestan los guasaps»― es que grabe un podcast, con voz y audio, en lugar de escribir una entrada en mi blog. Lo siento, pero no. Del contador de visitas mejor no hablar.

Yo cuelgo una entrada y respeto la intimidad de cualquier suscriptor cuando envía el correo a la papelera sin leerlo o lo deja dormir en el cajón de entrada como una bella durmiente que nadie la desvelará. Es su libertad. Y la respeto. Me gustaría que no fuera así, pero no lo voy a calificar. Un excompañero me dijo un día que con estas palabras ya lo estaba calificando. Afilado análisis por su parte.

Alejandra Pizarnik ―me encanta la introspección emocional y la exploración del lenguaje que hace― escribió: «Nada más intenso que el terror de perder la identidad». Y yo lo siento cada vez que me empujan a comunicarme como no soy. Como si tuviera que adaptarme a un molde social que no me representa. Como si la espontaneidad tuviera que ser ruidosa para ser válida. Temo ser la vela que se apaga sin que nadie note la oscuridad. Con sinceridad plena, como decía al principio, me aterra convertirme en una página que nadie vuelve a leer. No quiero convertirme en el nombre que se borra sin resistencia.

Mi letra te quiere más que mi voz. Mi voz se distrae, se cansa, se esconde. Pero mi letra se queda, te busca, te piensa. Cuando escribo, estoy más cerca de ti que cuando hablo. Porque en la escritura no hay interferencias, ni gestos forzados, ni silencios incómodos. Solo tú y yo, sin ruido. Y eso, para mí, es estar verdaderamente presente. Soy más yo cuando te escribo que cuando te hablo.

Y sí, lo reconozco: tengo tendencia a la soledad. No me incomoda estar solo, ni me angustia el silencio. No mientas, José María, no mientas. Lo has prometido. Otra vez mi maldito alter ego. Me gusta observar desde fuera, sin tener que participar todo el tiempo. Tengo una visión bastante asocial de la vida, no en el sentido de despreciar a los demás, sino en el de no necesitar estar constantemente en contacto. No me gusta la hiperconectividad, ni la obligación de estar siempre disponible. Pido que se me entienda, pero también —y esto lo digo sin rencor— que no se espere de mí lo que no soy o no puedo dar.

Clara Varela, una escritora que nadie puede conocer porque me la he inventado yo, lo resume así: «Escribo porque hablar me interrumpe. Y porque en el silencio de las letras, nadie me exige sonreír. No quiero que te quedes en el tráiler, quiero que veas la película completa».

Y ahí estoy yo. En ese silencio. En esas letras. Sin exigencias. Sin ruido. Solo yo pensándote siempre. 

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NO ME DEJES

Es cosa del demonio. Cuando estoy en tu compañía no sé qué me pasa. Deseo con más fuerza que nunca agarrar tu cuerpo con mis manos para que mi piel se llene de tu sangre caliente, pero mi frío emocional no conoce de sexo ni de fronteras mentales. Tu pecho, para mí, es un paisaje de placeres vertiginosos que me ciega el entendimiento y que me excita de tal modo que soy incapaz de dejarlo de acariciar. Y anhelo que tus caderas, acompasadas en una noche de oscuros cariños y de falsas erecciones, no me rechacen hartas de falsas promesas que nunca llegan. Mujer sin nombre, no me dejes solo y no permitas que la mía, ya diminuta fuerza, se pierda en un ánimo de cuerpos desnudos jamás no comprendidos.

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SÍLABAS INVERNAIS

Teño as mans entumecidas polo frío. Quixera aniñar esta última fatiga no retiro dun cristal sempre amarelo. Entón arrebataríalle á rosa o seu aroma e debuxaría coa miña saliva de dozuras e paixóns unha estrela. Teño as mans entumecidas polo frío. Quixera escribir o meu último verso nun novo horizonte de vertixinosas dunas e fértiles silencios. Entón rebelaríase o perfil do meu pulso e desterraría da miña voz este enxame de quimeras e consolos. Lembrádeo. Teño as mans entumecidas polo frío.

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UNHA VOZ

Que doado parece dicir adeus cando un xa coñece da noite as dúas beiras: a dos morcegos e os fantasmas e a que ten o sabor das fresas. Pero sempre xorde, nesa mesma escuridade ferida, unha voz chea de estrelas que te fere de novo e volve pluma tremente a túa alma outrora viaxeira. Que doado parece dicir adeus cando un xa coñece da noite as dúas beiras.

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CRUCEIRO

Sentado no colo da túa pétrea ferida nunha encrucillada de camiños, rógocho, fillo da terra de Breogán, rógocho, desvalido e choroso, coma unha bolboreta no cru inverno, coma o can que esqueceu o lume do seu fogar. Á beira da túa sombra acougo o meu corazón coa túa voz agarimosa, pois as túas santas palabras enterran dun golpe o lento veleno que, coma un río de tristeza amarga, anegaba desde hai tempo o meu riseiro cantar de estrelas.

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A TIMIDEZ

Nesta exuberante hora de clausuras e opulenta de veladas intencións, unha figura altiva de espiga queimada explora con curiosidade as miñas marxes, e a silueta duns ollos de escuro satén transparenta un pálido misticismo. Accesiblemente solitario paseo tras o contorno dun ciprés, e a pegada que mitifica o arrecendo da súa sen permanece infranqueable no anonimato. Tento mergullarme noutro cristal que esporee a miña mente entumecida, pero o esbozo dunha resoante impaciencia pende inútil de todos os meus soños, e un intelixible perfil de luz temporal non pode conxurar o medo a outra eterna frustración. Non é nova esta situación. Cando xa non sei se son capaz de desterrar o vertixe das miñas desdibuxadas precaucións, outra caricia pretende borrar a pegada de vellas pisadas, pero a miña pel só coñece un destino aséptico, e ese destino perségueme incansable, e grazas a el os meus versículos seguen habitando nun sarcasmo de salgueiros e querubíns.

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A MAÍA

Camiño sen rumbo polo val da Maía, como quen busca algo que non sabe nomear. O aire cheira a herba mollada e a tempo detido. Cada paso é un latexo, cada pedra un recordo que non sabía que gardaba. As árbores murmuran segredos que só se escoitan se se camiña amodo, como quen respecta o misterio da terra.

O ceo, sempre cambiante, é un espello do que levo dentro: nubes que se desfacen como pensamentos, claros que abren feridas de luz. Hai unha calma que me envolve, unha especie de abrazo silente que me fai esquecer o reloxo, o ruído, a cidade. Aquí, no fondo do val, son só eu… e quizais nin iso. A Maía non é só paisaxe, é estado de ánimo. É a miña melancolía feita camiño, a miña alegría convertida en canto de paxaro. Ás veces penso que o val me coñece mellor ca ninguén, que sabe cando preciso perderme para atoparme. E entón deixo que me leve, que me conte, que me cure.

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SEQUÍA

Dices que se me está secando el alma. La tengo seca desde hace décadas. Desde aquel día en el que compartiendo una música histriónica y ofensiva tú me reprochaste falta de pasión y una preferencia por la juerga fácil y no por la comprometida. Eres un inmaduro, me asestaste como un dardo envenenado. Así que no me vuelvas a llamar. Yo ya no estoy para ti. Y te levantaste dejándome enjuta la mirada y huérfano el sentido del olfato. José María, el aroma de esa piel ha volado para ti. Y tú, en una fracción de segundo, gritaste mi nombre de modo convulso y desvalido. Y tú seguiste tu camino dejando un reguero de juventud que ya nunca he vuelto a saborear. Mentiroso. ¿O te recuerdo el nombre de la tipeja aquella? A tu lado, un emoticono de decrepitud. Ya. Ahora con esas… Y el sonido de un guasap me volvió a mi hórrida realidad.

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POÉTICA

La historia de mi poesía se inició un día en el que súbitamente se cegó mi pecho y la necesidad de escribir colmó mi palabra. Bajo este cielo azul, llevo un cúmulo de años clamando por un poemario que satisfaga mis cuatro ideas   básicas: existencia, soledad, amor y tierra. Desde entonces, entre clamor y clamor, entre sombra y sombra, una chispa eléctrica ilumina las sequedades de mi alma y prende las tinieblas de mi cuerpo, y desde entonces, cautivo de una ilusión, y en el retiro de mi habitación, echo, imagino, modelo, escribo, corrijo y rompo con plena consciencia   cientos de versos. Sinceramente, pienso que los cuatro elementos básicos de mi poesía se funden en un poema cuando, en el ya no breve camino de mi vida, una mirada detiene una vez más el pulso de mi historia.

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GUAPERAS

Narcisista en estado puro. Se recrea «orgásmicamente» en una placentera autocontemplación y actúa de modo tan exhibicionista y prepotente, con un plus de brillantina y ropa de marca, que frustra el ser juzgado por su físico y aspecto. Se da por hecho que es bello, aunque su estética luzca realmente una obscena falta de armonía. Es una persona que confunde las solicitudes de ayuda con piropos que sólo existentes en su cerebro. Cree osadamente que los espejos son sus furibundos fans y que cada vez que se contempla en alguno, que no es de su propiedad, debería reverenciarle con un saludo próximo a la realeza. Cuando cuelga una foto en las redes sociales lo hace como si fuera una obra de arte para las nuevas generaciones. Dicen que su última petición, en el momento de su fallecimiento, es que su cuerpo sea disecado o momificado para el recreo placentero de sus enamoradas. 

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DAME LA MANO

Si por mi fuera detendría el mundo y te invitaría a viajar por el interior de mi madrugada en una luna con tintes de azahar. Dame la mano, observa mi frente, y lloverá en nuestro caminar un aroma de flores celestes. Dame la mano, nos espera la noche, entre nosotros fluirá una caricia de sentidos soles. Dame la mano, ya viene el día y mi quietud, como tú bien sabes, no es inmortal, pero, si tú quieres, entre los dos la podemos arropar. Dame la mano…

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SIN DISIMULOS

No voy a disimularlo más. Te pienso de un modo que no es neutro ni educado. Te pienso con el cuerpo despierto y con la cabeza demasiado clara como para fingir que es casualidad. Hay algo en ti que me activa, que me centra, que me lleva a un lugar donde contenerse ya es una decisión consciente. Me atraes con una fuerza que no necesita fantasías excesivas. Me basta imaginarte cerca. Tu presencia ya es suficiente. Tu manera de estar, de moverte, de mirar sin saber exactamente lo que provocas. O quizá sí lo sabes, y eso lo hace aún más intenso. Te deseo. Y lo digo así porque suavizarlo sería mentir. No escribo desde la fantasía descontrolada, sino desde un deseo lúcido. Sé lo que quiero sentir. Sé lo que despiertas. Y sé que hay una línea muy fina entre lo correcto y lo inevitable… y que contigo esa línea se vuelve especialmente tentadora. No espero respuesta. No la necesito. Esto no es una invitación directa ni una exigencia. Es una constatación.

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BLACK FRIDAY

Sacar del cajón un texto que lleva años esperando es como darle aire fresco a una semilla que por fin puede crecer (¡Qué cursilada tenía escrito!). Lo guardé con cierto pudor, como quien teme que sus palabras no estuvieran listas para ver la luz. Cada noviembre lo releía y le añadía alguna otra metáfora que depuraban mis sentimientos mientras estaba en la cola de unos grandes almacenes. Pero hoy siento que ha llegado el momento.
El «Black Friday» es un tema jugoso, casi inevitable, porque en él se mezclan consumo y prisas, luces y ofertas, y también la ironía de verme arrastrado por la fiebre de las rebajas.
Al rematar este poema ―me he levantado hoy a las cinco de la mañana y no me he levantado de la silla― me descubro porque ayer caí y llegué a casa con la mirada atrapada por escaparates brillantes y anuncios que me prometían la felicidad casi eterna a cambio de un descuento.
Y me pregunto si no somos todos parte de un mismo ritual, una danza frenética que celebra lo efímero ―tema para otro poema―. Mi creación ―mejor, recreación― quiere ser testigo de mi total contradicción: la euforia del instante frente al vacío que queda después y el dolor emocional que no cede por no cumplir las promesas mil veces realizadas.
En caso de que haya algo que no te guste, lo siento muchísimo; pero creo que el tema ―soy yo el del poema― merece este tono histriónico y faltón.
BLACK FRIDAY
Soy un idiota reincidente,
un consumidor compulsivo,
un Vesubio de la vena compradora,
un bufón con tarjeta de crédito temblando,
un esclavo voluntario de las rebajas
que huelen a plástico herido,
un vientre hinchado de ansiedad,
que se infla con cada compra
y se desinfla en la cola de devolución.
Me arrastro entre pasillos iluminados
como quirófanos,
con la dignidad de un perro famélico
husmeando descuentos,
con la mirada turbia de quien confunde
necesidad con ansiedad.
Cada año me prometo cordura
y cada año me convierto en payaso sudoroso,
en mendigo de ofertas que no necesito,
en cadáver financiero
disfrazado de cliente satisfecho.
Me siento ridículo,
me siento patético,
me siento un saco de huesos
envuelto en bolsas negras,
con la autoestima rebajada al 20%.
Soy el hombre que se vende a sí mismo
por un ordenador,
que se alquila por un móvil,
que se prostituye por un televisor inteligente
que terminará siendo infrautilizado,
que se pasea, junto a mi estupidez,
por unos impúdicos grandes almacenes.
Me miro en el reflejo de los escaparates
y la imagen que veo es la de un Romeo enamorado
de un reloj aún no inventado,
la de un payaso que se arrastra con mil compras
colgando del cuello como órganos robados
en un mercado clandestino.
Me huelo a derrota fabricada por mí mismo,
a sudor rancio por estar infinitas horas
tras algo que no necesito,
a basura emocional con etiqueta de oferta limitada,
a intestinos retorcidos que mastican descuentos
y al despojo que nadie compraría ni en liquidación.
Soy el mismo imbécil de siempre,
el que cae cada año,
el que se jura cada noviembre no volver a caer,
el que compra otra vez
mientras se jura no comprar nada,
el que se pudre en la cola del banco
para obtener una nueva tarjeta,
el que se ríe de sí mismo con sarcasmo barato
porque ya no tiene un euro.
Y todo esto,
porque sé que volveré a reincidir
en una pena de la que no me puedo librar,
porque sé que nunca aprenderé la lección,
porque sé que el Black Friday
es mi doctrina maloliente
y mi credo sin religión.

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UNHA BENGALA

Inmobilizada toda a miña fantasía no mexedor do teu esquecemento, síntome irreconciliable coa humanidade e un férvido soño —caduco no teu recordo— converte o meu horizonte nunha ancestral frustración. Só nun cuarto de incenso os meus ollos se pechan cun xesto contrito, mórfica representación dunha quimera inalcanzable. Oxidado o meu sorriso xa nin se pode observar, e a doutrina do infinito revélase ante min absolutamente espida. A febleza arrola as miñas miserias nunha alba onde todo fundamento se torna lóxico arrepío. Latidos sedentos repousan radiantes na miña almofada cando, ausente aquela errática paixón, letais células alcalinas te converteron nun bico sen rostro. E observo como a miña última esperanza se pulveriza no desafío dunha frase: «ninguén, nas túas horas de insomnio, ninguén, che regalará os seus soños».

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CONTRA EL OLVIDO

Nos desnudamos como quien deja caer el último recuerdo del día. La noche cerró la puerta y nos quedamos dentro del silencio. Tu piel era una casa antigua y mis manos entraban despacio, como quien vuelve a un lugar que amó. Afuera llovía, o tal vez la lluvia éramos nosotros. Nos abrazamos para no desaparecer, para engañar al tiempo, para que la soledad tuviera, al menos, forma de cuerpo.

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POÉTICA: LA POESÍA COMO BISTURÍ

Soy hijo de un cirujano. Desde niño aprendí a mirar las manos de mi padre, firmes y delicadas, capaces de abrir la carne con precisión y, al mismo tiempo, de cerrarla con ternura. Ese gesto, esa disciplina del bisturí, se convirtió en una enseñanza que me acompaña hasta hoy. Yo no opero cuerpos, pero opero palabras. En el aula, cuando enseño, y en mi escritura, cuando me desnudo, el bisturí se transforma en metáfora: cortar, abrir, explorar lo oculto, y luego suturar con la delicadeza de quien sabe que cada herida necesita tiempo para cicatrizar.

La poesía es mi cirugía íntima. Cada palabra abre una capa de mi alma, cada verso es incisión, cada frase una sutura que intenta recomponer lo que se ha roto dentro de mí. Escribir es mi manera de resistir, de recuperar un fragmento de silencio entre el ruido, de darle voz a lo que quedaría sepultado bajo el peso de la ciudad y de la vida.

Soy un hombre triste y melancólico, habitado por la sombra de la morriña y el peso de los fracasos. Pero también soy hijo de una disciplina que me enseñó que incluso la herida puede ser camino de conocimiento. La poesía me permite transformar la tristeza en palabra, la melancolía en música, el fracaso en cicatriz que brilla.

Madrid me resulta dura, como si cada calle me devorase poco a poco. La ciudad me engulle con su ruido, con su velocidad, con su indiferencia, y yo me siento perdido entre multitudes que no me ven. Escribir se convierte en mi refugio, en mi manera de recuperar un espacio íntimo donde la palabra se gesta lentamente, como una herida que busca cicatrizar.

Galicia es el hilo invisible que atraviesa cada línea. En su tierra y en su mar moran mis recuerdos y mi voz. Allí aprendí que la morriña no es solo dolor, sino también raíz, memoria, pertenencia. La poesía me une a esa tierra, me devuelve a sus aguas, me recuerda que incluso lejos sigo habitado por ella.

La poesía es confesión y bálsamo. Es bisturí y cicatriz. Es el espacio íntimo donde la palabra se convierte en sostén, en columna invisible que me impide caer. Es mi manera de abrirme, de dejar que otros entren en mi herida y reconozcan en ella su propia historia.

Quien se acerque a mi poesía encontrará fragmentos de vida, retazos de dolor y de esperanza, confesiones que quizá también le resulten propias. Porque escribir es compartir la intimidad, la morriña, los fracasos y las pequeñas luces que nos sostienen en medio de la oscuridad.

La poesía, para mí, es eso: un bisturí que corta y revela, una sutura que recompone, una cicatriz que brilla en la memoria. Es mi manera de decir que sigo vivo, que sigo buscando, que sigo aprendiendo a transformar la herida en palabra y la palabra en luz. (A la sombra del verbo) (1995-2025)

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CARALLADA

La palabra carallada es una de las expresiones más versátiles y expresivas del gallego coloquial, derivada de carallo, que también tiene múltiples usos en la lengua popular. Su significado varía según el contexto, el tono y la intención del hablante, pudiendo transmitir desde diversión hasta desprecio o irritación.

En un sentido positivo, carallada puede referirse a una fiesta ruidosa, una juerga o una celebración desinhibida, como cuando se dice: «Hicimos una carallada que duró hasta el amanecer». En este caso, es sinónimo de juerga, foliada o parranda, evocando momentos de alegría compartida.

Por otro lado, carallada también se emplea para designar cosas sin importancia o tonterías, como en «No me vengas con caralladas», donde se expresa hastío o desinterés ante comentarios o acciones que se consideran irrelevantes o absurdas. En este uso, se aproxima a términos como chorrada o tontería.

En otros contextos, carallada puede tener una carga más crítica o negativa, refiriéndose a algo mal hecho, ridículo o sin sentido: «Ese proyecto es una carallada». Aquí, la palabra funciona como un juicio contundente, señalando la inutilidad o la falta de seriedad de una propuesta o situación.

También puede usarse carallada para nombrar objetos pequeños, triviales o sin valor, como en «Compré unas caralladas en la feria», donde se alude a cositas decorativas o curiosidades sin gran relevancia práctica.

En resumen, carallada es una palabra que encapsula la riqueza expresiva del gallego hablado. Puede ser divertida, crítica, afectuosa u ofensiva, según cómo y dónde se diga. Es un ejemplo claro de la capacidad de la lengua para transmitir emociones y matices con fuerza y autenticidad, y forma parte del patrimonio lingüístico que define la identidad gallega. 

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EL PESO DE MADRID

Hay días en los que Madrid pesa más de lo que debería. No por los edificios que son como jaulas que aprisionan la memoria de una ciudad que olvida su alma. No por los coches que se han apoderado de las arterias de Madrid, convirtiendo sus calles en ríos de humo y ruido donde la vida camina a contracorriente, ni por sus habitantes que andan por la calle sin mirar, como fantasmas con prisa, esquivando recuerdos que ya han expulsado de su memoria por ese afán capitalino de llegar antes de salir.

Me pesa porque no es Galicia. Porque no huele a eucalipto mojado, ni suena una gaita a lo lejos, ni se escucha el mar golpeando contra el malecón como un corazón que nunca se cansa, ni el susurro que brota entre la niebla, como si la hierba contara historias en voz baja.

Escribo desde esta ciudad que me acoge desde que nací, pero que, por tal motivo, sueño con Galicia y con aquellos veranos «pantagruélicos» que se han esfumado ―utilizo el pretérito perfecto compuesto por su valor de acción finalizada en un tiempo aún no acabado―, pero que bullen y se revuelven en mis recuerdos.

Aquí llevo viviendo tantos años que, por la inercia del ritmo de esta ciudad, debería tener vacía la mochila de los deseos; pero no, no, está aún repleta porque un instante en el recuerdo es una caricia de tiempo indefinido.

Mi intimidad, esa que se construye con silencios compartidos y recuerdos que no necesitan palabras, está cincelada con caminos y atajos de tojos, de tardes de lluvia mansa, de conversaciones al relente de noches estrelladas y de fiestas con una música ya evaporada.

Aquí, en Madrid, todo es ruido, prisa, ausencias, aislamiento ―en mi caso buscado motu proprio porque me ha derrotado el avispero capitalino― y la imposibilidad de volver, por la vida, por los compromisos que nos atan sin saberlo y por la soledad que allí puedo encontrarme. Todo esto es una herida que no sangra, aunque duele sistémicamente. Y duele cada vez que veo una foto de la aldea que ya no es, cada vez que consumo un mollete de pan gallego, cada vez que escucho el acento galaico en la calle o cada vez que leo un libro ambientado en el rural de mi tierra. Todo confluye en una punzada de alegría y tristeza. Alegría porque me satisface su memoria, pero también es un recordatorio de que estoy lejos.

La ceguera por la tierra es un amor que no necesita razones, es un amor que se siente en el estómago, que se manifiesta en la morriña y en la saudade por estar lejos. Es un afecto íntimo que me hace escribir, que me obliga a buscar palabras que me lleven de regreso, aunque sólo sea por un instante como la niebla entre los eucaliptos: breve, húmedo y lleno de misterio.

Hay noches en las que cierro los ojos y estoy allí. En la casa vieja, en la casa nueva, en la capilla, en el son de los grillos y en el frío de la piedra bajo los pies descalzos.

Hablo con mis padres, que ya no están, pero que viven en mí cada vez que mi hermana cocina caldo gallego o le echa sal a las patatas como hacía mi madre o me encuentro a alguna persona en un recóndito lugar que aún recuerda el buenhacer de mi padre como persona y como médico.

Esas noches son las que me salvan porque me dibujan quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero ir yo. Es una puerta de niebla que da a un bosque de recuerdos, donde el tiempo se detiene y el alma se moja de saudade.

Esta entrada es eso: un intento de volver, de reconstruir el puente entre lo que fui y lo que soy, de compartir mi intimidad con la esperanza de que alguien, en algún lugar, se reconozca en estas palabras y que sepa que no está solo. La morriña es común y la saudade es compartida y la inclinación casi lasciva por la tierra es un lazo que no se deshace.

Si estás lejos, también sientes esa punzada en el pecho cuando piensas en Galicia, esta entrada es para ti. En ella hablamos de nosotros, de los que soñamos con la niebla, de los que llevamos la lluvia dentro, de los que sabemos que la tierra llama, aunque sea en silencio. 

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EL PRIMER BESO EN UNA ROMERÍA DE ALDEA

No recuerdo el año. Ni falta que hace.

Hay recuerdos que nunca llevan fecha porque viven en un lugar donde el tiempo deja de contar. Solo sé que es verano, que la hierba está recién segada y que la romería empieza mucho antes de que suene la primera canción.

Llego caminando entre amigos. Nos reímos por cualquier cosa. A esa edad uno no necesita motivos para sentirse feliz. Basta con estrenar una camisa, oír a lo lejos la música de la orquesta y saber que la noche será larga.

La carballeira ya está llena de gente.

Las mujeres hablan formando corros pequeños. Los hombres comentan la cosecha, el ganado o el partido del domingo. Los niños corren sin cansarse nunca. De algún puesto llega el olor de los churros recién hechos. Más allá, una pulpeira levanta la tapa del caldero y el vapor se mezcla con el aroma del pimentón. Todo parece ocupar exactamente el lugar que le corresponde.

Empieza la música.

No será la mejor orquesta del mundo. Tampoco importa. Las primeras notas bastan para que la plaza cobre vida. Hay pasodobles, cumbias, alguna ranchera y esas canciones que todos conocemos, aunque nadie recuerde cuándo las aprendió.

Entonces la veo. No lleva el vestido más bonito de la fiesta. Ni falta que le hace. Hay personas que iluminan el lugar donde están sin darse cuenta. Habla con unas amigas y, de vez en cuando, aparta un mechón de pelo que el viento se empeña en devolverle a la cara.

Intento parecer tranquilo. No lo consigo.

Me acerco despacio, como quien teme espantar un pájaro si da un paso demasiado rápido. Hablamos. De cualquier cosa. Del calor, de la música, de quién ha venido a la romería. En realidad, ninguno escucha demasiado al otro. Los dos estamos pendientes de algo que todavía no sabemos nombrar.

Bailamos. Nunca fui un gran bailarín, pero aquella noche hasta los pies parecen entenderse con el corazón. El mundo entero se reduce a una canción, a unas manos que se buscan con timidez y a una sonrisa que vale más que todas las palabras.

La orquesta hace un descanso. Nos alejamos un poco del bullicio.

La luna asoma entre las ramas de los robles y alguien sigue riendo a lo lejos. Se escuchan vasos chocando, una conversación perdida y el murmullo de la fiesta que continúa sin nosotros.

Nos quedamos en silencio. Es un silencio limpio. De esos que no incomodan. Entonces sucede. El primer beso. Breve. Torpe. Maravilloso.

No hay fuegos artificiales. No suena ninguna melodía especial.

Solo el corazón, que de pronto parece empeñado en latir tan fuerte que pienso que todo el pueblo puede escucharlo.

Han pasado muchos años desde aquella noche.

La vida me regala alegrías inmensas y también despedidas que nunca imagino. Aprendo que el amor verdadero se parece poco al de las novelas. Es mucho más sencillo y mucho más valiente.

Sin embargo, cada vez que vuelvo a una romería y la música empieza a llenar la carballeira, una parte de mí regresa sin pedir permiso a aquel muchacho que descubre el mundo en un beso.

Sonrío. No porque quiera volver a ser joven.

Sino porque comprendo que hay recuerdos que no envejecen.

Se quedan esperándonos, pacientes, en el mismo rincón donde los dejamos.

Y cada verano, cuando la verbena vuelve a encenderse bajo las estrellas de Galicia, ese muchacho y yo volvemos a encontrarnos durante un instante.

Después cada uno sigue su camino.

Pero los dos sabemos que aquella noche nunca termina del todo.

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EL PAPEL

Brais —San Brais empieza a hacerse famoso cuando le saca a un niño una espina que tiene clavada en la garganta muchos siglos atrás— nace en un rincón donde la lluvia no pregunta y el viento siempre tiene algo que decir. No es valiente por elección, sino por necesidad. Su carácter, prisionero de su propio pensamiento, se caracteriza por ser el fantasma de sí mismo y por andar con los pies atados con hilos invisibles.

Aprende a callar antes que a mentir, a mirar antes que a pedir y a discutir antes que a perder a un amigo.

Lleva siempre en los bolsillos recuerdos que no caben en palabras, y a la espalda una historia que nadie conoce entera.

Cada mañana, Brais se sienta en la misma mesa del bar de la esquina, justo al lado de la ventana empañada. Pide café solo, sin azúcar, y escribe en papeles frases inconexas. No son poemas ni cartas. Son fragmentos. Pedazos de algo que nunca termina de entender.

Los vecinos lo saludan con un gesto leve, como si supieran que cualquier palabra puede romper algo dentro de él. Nadie sabe dónde vive. Nadie sabe a quién espera.

—¿Por qué escribes siempre en papeles desparejados y no en un cuaderno?, le pregunta la camarera.

Brais la mira como si le hubieran tocado una cicatriz aún reciente.

—Porque el papel suelto aguanta muy bien mi locura, le responde como si fuera una sentencia.

En un papel escribe: «Hay lugares que no se olvidan porque nunca fueron visitados». Lo deja sobre la mesa y se marcha sin pagar. Piensa que su «arte» es suficiente pago.

Al día siguiente vuelve como siempre. La camarera no sabe cómo actuar. Es la primera vez que se encuentra con un tipo así.

Esa misma tarde aparece una joven con zapatos negros y una mochila a la espalda. Se sienta a su lado, sin pedir permiso, en el banco público donde Brais está fumando un cigarro.

—¿Eres tú el que escribe triste?, le pregunta.

Brais sonríe por primera vez en años.

La joven recoge con cierta alegría todos los papeles y le pide que le cuente el origen de esa afición. Brais escucha como quien recoge piedras raras en la playa.

La joven se marcha sin despedirse con un «ahora vengo».

Brais espera, pero la joven no vuelve y escribe de nuevo una frase en un papel que saca del bolsillo: «Hay ausencias que pesan más que los recuerdos». Lo deja en el banco.

Cuando Brais abre el portal y mira en el buzón, encuentra un papel que dice: «Búscame porque aún tengo muchas preguntas».

Esa noche nadie más ve a Brais, pero un testigo cuenta que esa noche deja en diferentes bancos de la ciudad papeles con frases escritas por él. Todos al mismo tiempo. Y nadie sabe lo que dicen. Solo alguien afirma que una joven se dedica todas las noches a recogerlos y a guardarlos en una desordenada buhardilla. 

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DISCUSIÓN PSEUDOFILOSÓFICA SOBRE GALICIA

GUSTAVO.- ¿Verano en Galicia? ¿Eso qué es? ¿Una broma climática? ¿Un simulacro de estación? Llevas tres días en chanclas y ya tienes hongos. No hay sol, hay humedad. No hay calor, hay moho. Esto no es verano, es una primavera deprimida con complejo de otoño.

RAMIRO.- Qué bruto eres. El verano gallego es un regalo para los que no soportamos el infierno de Madrid. Aquí respiras. Aquí duermes sin sudar como un cerdo. Aquí puedes caminar sin que el asfalto te derrita las suelas. Es un verano para el alma, no para Instagram.

GUSTAVO.- ¿Para el alma? ¿Y qué hace el alma cuando lleva cinco días sin ver el sol? ¿Se alimenta de niebla? ¿Se ilumina con el gris? No me jodas, Ramiro. Esto es perfecto si eres un helecho. Pero los humanos necesitamos vitamina D, no poesía húmeda.

RAMIRO.- La lluvia limpia, Gustavo. Purifica. Te obliga a parar, a mirar, a escuchar. ¿Has oído cómo suena el agua en los tejados de piedra? ¿Has sentido el frescor de una mañana en Lugo, con el cielo encapotado y el café humeando? Eso es vida. Eso es verano.

GUSTAVO.- Eso es humedad en los huesos, eso es reuma precoz, eso es tener que llevar chaqueta en julio como si fueras el abuelo de Heidi. ¿Y el café? El café humea igual en Almería, pero allí no tienes que secarte los calcetines con el secador.

RAMIRO.- Pero en Almería te fríes. Te cueces. Te conviertes en una croqueta humana. Aquí puedes leer, pensar, escribir. Aquí el verano no te obliga a estar en una piscina rodeado de niños chillando y adultos borrachos. Aquí hay silencio. Aquí hay niebla. Aquí hay alma.

GUSTAVO.- Aquí hay hongos, Ramiro. Hongos en las paredes, hongos en los pies, hongos en el alma. Y silencio, sí, porque nadie quiere salir. Porque está lloviendo. Porque el cielo parece una sábana sucia. Porque el verano gallego es una estafa emocional.

RAMIRO.- Pues prefiero esta estafa a la tiranía del sol. Prefiero un paseo por la playa de Carnota con chubasquero que una barbacoa en Córdoba con 42 grados y moscas suicidas. Prefiero el verde que se riega solo, que el marrón que se quema sin piedad.

GUSTAVO.- Prefieres el verde porque no tienes que tender la ropa. Porque no tienes hijos que se aburren. Porque no tienes que explicar a tus amigos que sí, que es verano, aunque parezca noviembre. Porque vives en una fantasía climática que solo funciona si eres tú.

RAMIRO.- Y tú vives en una dictadura térmica. En un culto al sol que te ha dejado seco por dentro. Galicia no es para todos, Gustavo. Galicia es para los que saben mirar más allá del cielo. Para los que entienden que el verano no tiene que gritar para existir.

GUSTAVO.- Pues que se lo quede Galicia. Que se lo quede con su lluvia, su fresco, su niebla y sus poetas empapados. Yo me voy donde el verano se nota. Donde el sol no se esconde. Donde la estación no tiene complejo de otoño.

RAMIRO.- Y yo me quedo donde el verano no me obliga a fingir que soy feliz solo porque hay sol. Me quedo en Galicia, con mi chubasquero, mi café, mi alma mojada y mi paz. 

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¿QUIÉN SOY?

Mi nombre pesa como la madera mojada. Como un bosque que no se ve entero, pero se siente alrededor.

Soy firmeza callada, tradición sin exhibición, resistencia que no se rompe porque sabe doblarse. Mi apellido no pasa deprisa por la boca; se queda. Tiene algo de antiguo, de piedra húmeda, de hojas que se deshacen lentamente bajo la lluvia.

Nací varias veces.

La primera, en una casa donde el silencio no era distancia, sino una manera torpe de querer. Allí aprendí que el amor no siempre habla. A veces simplemente permanece.

La segunda vez nací cuando entendí que amar no era una emoción, sino una forma de mirar el mundo. Desde entonces, todo lo mido con ese temblor.

Aprendí a observar antes de hablar. A sentir antes de explicar. A guardar.

Tengo raíces hondas. No me muevo rápido. La noche me pertenece porque en ella nadie exige claridad inmediata. Necesito tiempo. Mis decisiones no son impulsos; son sedimentaciones.

Por fuera parezco contenido. Por dentro, ardo despacio. No sé amar a medias.

Me cuesta marcharme porque cada vínculo lo entiendo como si fuera tierra donde plantar algo. Cuando amo, planto un árbol. Y lo riego aunque el clima sea incierto. Y espero. Y confío.

El centro de lo que escribo —y también lo que callo— es una mujer concreta, real, imperfecta, viva. No la convierto en símbolo: la habito. El amor, para mí, no es idea; es casa. Es territorio elegido. Es destino asumido con una mezcla de gratitud y miedo.

Escribo para no perderla. Escribo desde ella.

Y a veces escribo contra el terror secreto de que un día lo que siento deje de ser verdad.

Lo que más temo no es el abandono. Es olvidarme de la intensidad con la que hoy amo. Mi mayor virtud no es la pasión. Es la fidelidad silenciosa. 

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VERANOS EN BERTAMIRÁNS: UNA EPOPEYA FAMILIAR

La epopeya familiar comenzaba en la estación del Norte de Madrid. Allí, entre el bullicio de los viajeros y el silbido de los trenes, se reunía nuestra pequeña caravana: los adultos ―no todos los de la familia porque algunos se libraban― y una tropa de primos que en ocasiones llegábamos a diez. El andén se convertía en un escenario de abrazos, regañinas, maletas imposibles de cerrar y niños, nosotros, que ya empezábamos a corretear como si el viaje fuera parte de nuestro juego.

El trayecto en tren, en el «famoso» TER, de casi diez horas, era una travesía heroica que no sé cómo soportaban los mayores, especialmente mi madre. Nosotros, los pequeños ―no sé si hiperactivos― lo vivíamos como una aventura: explorábamos los vagones, hacíamos alianzas secretas para que no nos pillaran, y recibíamos regañinas constantes de los revisores que intentaban mantener el orden. Los adultos, mi madre, con un maletín lleno de bocadillos, zumos y paciencia, eran los verdaderos capitanes de aquella expedición.

Al llegar a Santiago, el desembarco era digno de una película: los bultos y maletas se multiplicaban, el taxi―camioneta lo reventábamos y Bertamiráns nos esperaba como cada verano, con sus casas abiertas, sus olores familiares y esa sensación de que el tiempo allí transcurría de otra manera.

Durante dos meses cada verano, Bertamiráns se convertía en el epicentro de nuestra historia familiar. A escasos kilómetros de Santiago, este rincón gallego nos acogía como si supiera que allí se gestaban memorias que durarían toda una vida. En el mes cumbre, agosto, llegábamos a ser diecinueve personas: padres, tíos solteros o viudos, y nosotros, diez primos de todas las edades. Una constelación humana que orbitaba en torno a tres casas que parecían expandirse mágicamente para darnos cobijo a todos.

La convivencia era intensa, a veces caótica, pero siempre auténtica. Reíamos con fuerza, discutíamos con pasión, llorábamos sin pudor cuando había que bañarse. Cada día era una aventura compartida, un capítulo nuevo en una novela que escribíamos entre todos.

Las dificultades para ver la televisión de noche por culpa de una antena rebelde se convertían en una comedia dramática involuntaria. Nos reuníamos frente a un vetusto aparato como si fuera un altar, esperando que la imagen se estabilizara, mientras los mayores ajustaban de mil formas la antena con la única intención de poder ver el primer canal, el único que se podía programar.

Los juegos en torno a los diez años eran el alma de nuestras tardes y noches. El escondite se volvía épico, con estrategias dignas de una operación militar. Digamos que no faltaban los sustos morrocotudos, no sé si intencionados.

Los menores competíamos en concursos de zurrapas, una tradición inventada por un primo mayor que mezclaba creatividad «culinaria» con valentía estomacal.

Al cabo de los años, los cigarros furtivos en el bosque, o en el triángulo, eran rituales de iniciación, compartidos entre susurros y miradas cómplices. A los 14 años, muchos sentimos esa mezcla de curiosidad, inseguridad y deseo de pertenecer, y en ese intento por crecer rápido, imitábamos gestos, palabras o actitudes que veíamos en nuestros primos mayores y que nos servían como modelos. La aldea te daba esa libertad.

Las peticiones a última hora siempre para ir a la verbena de La Peregrina ―la virgen que se veneraba en nuestra finca y que celebrábamos todo el pueblo su día mayor el segundo domingo de agosto― eran negociaciones diplomáticas que involucraban promesas de buen comportamiento y el acatamiento de un estricto horario. Nunca se respetaban.

Las galletas de nata, hechas por las manos expertas de Pepa, la cocinera, eran el manjar más esperado, y su aroma anunciaba que algo especial estaba por suceder. Nos inventamos que había que proteger como un fortín la alacena de las galletas de nata. Sarcasmo puro y duro porque éramos nosotros los que acometíamos las únicas incursiones.

A veces, los vecinos nos invitaban de noche a ver cómo ordeñaban a las vacas, y ese gesto sencillo, pero trascendental para el campo, nos conectaba con una vida rural que nos fascinaba y que desconocíamos absolutamente.

Las bicicletas eran nuestras aliadas. Con ellas recorríamos caminos, descubríamos rincones secretos, íbamos a la piscina y sentíamos que el mundo era nuestro.

En una de esas tardes eternas, yo, con quince años y una energía «gamberruna» desbordante, me rompí gravemente el brazo derecho en una fractura abierta de cúbito y radio por hacer el animal con un patinete que era para cualquier uso menos el que fabulamos los chicos en esa ocasión. Tal vez quisimos emular ―yo, el primero― a Francisco Fernández Ochoa cuando ganó la medalla de oro en las olimpiadas de invierno de Sapporo en 1972 en la prueba de eslalon. Fue un tremendo susto que se prolongó durante diez meses ―junto a la fastidiosa mononucleosis, esto merece otra entrada― y que resolvió por fin en Madrid el reconocido doctor Ladreda en La Paz con un injerto de hueso de la cresta ilíaca. Lo que debería haber sido una rectificadora lección se convirtió en una anécdota que me valió para presumir durante los años siguientes.

La habitación destinada al estudio tenía un nombre que nos hacía reír: Calabacines’s Club. Allí, los que habíamos suspendido alguna asignatura intentábamos recuperar el tiempo perdido, mientras los demás entraban a molestarnos, a charlar, o simplemente a compartir el frescor, o la lluvia, de las mañanas de verano. Era un espacio de redención y camaradería. Recuerdo que el mayor de los primos, ya fuera del colegio, con una escalera de madera tambaleante pretendía sorprendernos en un renuncio escalando por una de las ventanas del estudio.

El sábado víspera del segundo domingo de agosto, día de la Virgen Peregrina, los mayores, ayudados por las fuerzas vivas de la aldea, se volcaban en los preparativos de la misa mayor que se oficiaba ese domingo a las 11 de la mañana y su posterior procesión por diferentes carreteras que bordeaban nuestra finca. Todos nos vestíamos de gala. Nosotros, los más jóvenes, por la sequedad de la boca, hacíamos frecuentes viajes a la fuente natural de agua que había en el patio de la cocina, mientras observábamos y participábamos en la ceremonia con respeto y algo de impaciencia.

En algún momento, Jorge y yo nos propusimos hacer un periódico para sacar algo de dinero. Quizá influenciados por Jesús Hermida, que fue el narrador de la llegada del hombre a la luna para la televisión española el 20 de julio de 1969, cubriendo el evento desde Houston. La idea de nuestro periódico era buena, la ejecución caótica, pero el entusiasmo era real. Aunque no prosperó, nos dejó frases memorables y portadas imaginarias que aún recordamos.

Las excursiones a la playa de Las Gaviotas en Noia eran otro ritual. Un adulto nos llevaba en su SEAT 1500 por la mañana para pasar allí un par de horas. El agua, gélida como pocas, nos recibía con bofetadas de frío que nos dejaban las piernas amoratadas, pero felices y contentos. Jugábamos con castillos de arena, nos enterrábamos y soñábamos con aventuras marinas que eran propias de los mayores.

Ya en la adolescencia tardía, las noches configuraron otro universo. Santiago nos ofrecía su movida, había que romper tabúes, y las verbenas de aldeas cercanas a la nuestra eran el espacio propicio para divertirnos hasta altas horas de la mañana. Bailábamos, reíamos, y descubríamos que la juventud tiene su propio lenguaje, hecho de música, luces y promesas. Fue allí donde comenzaron los primeros tonteos, las miradas tímidas, los silencios que decían más que las palabras y las frustraciones por la «brevedad» del verano.

Aquellos veranos en Bertamiráns fueron más que vacaciones. Fueron una escuela de vida, un laboratorio de emociones, un refugio donde aprendimos a convivir, a compartir, a crecer. Hoy, al recordarlos, no puedo evitar sonreír. Porque en cada rincón de esas casas y en cada rincón de la era que las reunía, en cada sendero del bosque, en cada ola helada de la playa, quedó grabada una parte de nosotros. 

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ENTREVISTA SURREALISTA ENTRE UN EMPRESARIO Y UN TRABAJADOR

Empresario.- Buenas tardes, caballero. Usted es el candidato número 27. Los anteriores ya se marcharon corriendo. ¿Trae algo especial para convencerme?

Trabajador.- Traigo un saco de patatas y una gaita. Las patatas son para negociar el salario y la gaita para animar las reuniones.

Empresario.- Excelente. Aquí valoramos la innovación. ¿Sabe usted hacer informes?

Trabajador.- Informes no, pero sé inventar palabras raras y ponerlas en un PowerPoint con colores llamativos. Eso siempre impresiona.

Empresario.- Eso es exactamente lo que necesitamos. Aquí nadie lee los informes, pero si tienen gráficos y palabras como «sinergia disruptiva» ya parece que trabajamos.

Trabajador.- Pues yo también puedo añadir frases en latín inventado. Por ejemplo: «Pataticus maximus». Queda muy profesional.

Empresario.- Maravilloso. El puesto es de director de nada. Tiene que mandar sobre todo el mundo sin hacer absolutamente nada. ¿Cree que puede?

Trabajador.- Hombre, yo ya mando en casa sin pagar facturas. Esto sería un ascenso natural.

Empresario.- El salario es simbólico: dos monedas de chocolate al mes y acceso ilimitado a la máquina de café, siempre que traiga el azúcar de casa.

Trabajador.- Perfecto. Yo ya estoy acostumbrado a cobrar en especie. En mi último trabajo me pagaban con entradas para la verbena y vales de churrasco.

Empresario.- Aquí también tenemos beneficios sociales: puede llevarse a casa los clips, las grapas e incluso los post-it usados. Eso sí, tiene que firmarlos como si fueran patrimonio histórico.

Trabajador.- Me encanta. Además, quizá monte un museo de material de oficina robado. Ya veo a la gente pagando entrada para ver un boli Bic medio mordido.

Empresario.- Usted tiene visión empresarial. Dígame, ¿cómo se ve dentro de cinco años?

Trabajador.- Dentro de cinco años me veo sentado en la misma silla, pero con una manta encima, porque seguro que no ponen calefacción. Y con más patatas, claro.

Empresario.- Esa ambición es la que buscamos. La empresa necesita gente que no quiera progresar, para que no nos dé trabajo despedirla. Bienvenido al equipo.

Trabajador.- Gracias. Eso sí, mañana no vengo, que tengo que ir a la feria. Pero pasado mañana igual paso a tomar un café y ya vemos.

Empresario.- Perfecto. Aquí la puntualidad es opcional. Lo importante es que parezca que trabajamos cuando vienen los inspectores. Si no viene, mejor, que así no ocupa sitio.

Trabajador.- Pues ya está. Contratado sin trabajar. Este es el mejor empleo de mi vida. Voy a celebrarlo con una tapa de pulpo.

Empresario.- Y yo con un vino. La empresa queda cerrada hasta nuevo aviso. ¡Productividad gallega en su máximo esplendor! 

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LA QUIETUD QUE ME NOMBRA

Camino entre voces, pero me quedo en silencio. No es miedo, aunque a veces lo parece, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuerda que observar también es una forma de estar. Mis manos quieren hablar, pero se esconden en mi abrigo. Mis palabras ensayan en la mente frases que tal vez nunca pronuncie, y sin embargo, dentro de mí suenan claras.

La timidez no es ausencia, es un jardín cerrado. Quien no conoce su puerta piensa que detrás no hay nada, pero yo he visto cómo florecen colores que nadie imagina, cómo se guardan en silencio historias enteras que esperan el instante preciso para brotar. Hay quienes caminan hacia el mundo como si no hubiera barreras. Yo avanzo lento, con pasos que miden distancias invisibles, y quizá no llegue antes, pero mi llegada siempre se siente íntegra. Aprendí que la timidez no es un muro. Es un velo que se aparta con paciencia. Y algún día, cuando la luz me toque con delicadeza, saldré al centro sin temblar, sin dejar de ser quien soy. 

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EL ESCRITOR CAÓTICO

No sé si seguir con el blog. No sé si cerrarlo. No sé si importa. No sé si alguien lo lee. No sé si yo lo leo. No sé si tiene sentido seguir escribiendo cosas que no tienen forma, ni fondo, ni fuerza. Me repito. Me contradigo. Me agoto. Me decepciono. Me doy vergüenza. Me doy rabia. Me doy pena. Me doy igual.

Hay días en los que pienso que debería hacer como Elías Fritz, que no solo abrió y cerró su blog veinte veces, sino que en la última lo dividió en siete partes, las publicó en siete plataformas distintas, luego las borró todas, luego las recuperó, luego las mezcló, luego las tradujo al esperanto, luego las convirtió en un archivo de audio que nadie pudo reproducir, luego se peleó con sí mismo en los comentarios, luego se bloqueó a sí mismo, luego escribió una entrada pidiendo perdón por existir, luego la borró, luego la volvió a subir, luego la editó para insultarse, luego se denunció por plagio, luego se absolvió, luego se fue. O como Martina del Río, que imprimió todo su blog, lo metió en una caja de cartón y lo tiró al Támesis una madrugada de enero, sin testigos, sin explicación, solo porque no soportaba ver sus textos acumulados. O como Hugo Sanz, que escribió una entrada titulada “Última cena digital” y luego llevó su portátil a un parque de reptiles en Florida y lo lanzó a la boca de un cocodrilo llamado Marvin, que lo trituró sin esfuerzo. O como Clara Vignale, que prendió fuego a su blog en sentido literal: imprimió cada entrada, las apiló en su jardín y les prendió fuego mientras gritaba que el algoritmo la había traicionado. O como Tomás Gutiérrez, que denunció su propio blog a la policía por acoso emocional, y cuando los agentes le dijeron que eso no tenía sentido, insistió tanto que acabaron llevándolo a la cárcel por alteración del orden público.

Y yo aquí, sin saber si quiero hacer algo parecido o si solo quiero que alguien me diga que no estoy tan mal. Pero sí estoy mal. Estoy cansado. Estoy harto. Estoy bloqueado. Estoy solo. Estoy escribiendo esto como si fuera una confesión, pero ni siquiera sé si lo voy a publicar. No sé si quiero que lo lean o que lo ignoren. No sé si quiero que me entiendan o que me olviden. No sé si esto es una despedida o solo otra noche más en la que no puedo dormir y me pongo a escribir para no pensar.

No sé.

Y mientras no sé, sigo escribiendo. Aunque no sirva. Aunque no guste. Aunque no importe. Aunque no se entienda. Aunque no se lea. Aunque no se quede. Aunque no se note. Aunque no se salve. Aunque no se cure. Aunque no se arregle. Aunque no se cierre. Aunque no se abra. Aunque no sepa. 

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REINADO EFÍMERO

Un hálito de no muy buen gusto me encaramó en la cima de las leyendas oblicuas. Entonces leí los versos de un poeta varado en la ausencia de ella, y el miedo a sucumbir bajo un diluvio de imágenes rotas me hizo regresar cautivo y taciturno a la realidad de mi senda. Mas, obstinado e inmisericorde, seguí perpetuando la vereda de aquel metálico laberinto, y todo aquello evocado en mi memoria con tintes de terca nostalgia anidó en este cuerpo deshabitado de lienzos, y me acechó como una soga, y como una ecléctica sentencia confirmó el relámpago de mi solitario duelo.

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LA MELANCOLÍA

Habito el terreno de la melancolía desde tiempos remotos, casi decimonónicos. Esos que descubrí en blanco y negro cuando mi herida sangraba rojo pasión. En ella me siento seguro y capaz de tomar las más cobardes decisiones, aquellas que sepulté en mi tardoadolescencia por culpa de una decrepitud emocional. El día que te perdí descubrí la tristeza como compañera de fatigas. La adoro, la cuido, la venero y la amo. No como un cuerpo femenino, no. La poseo mientras araña mi nuca en un ademán de placer inalcanzable y sudo ríos de soledad. Todas las noches sueño que me abandona y tomo otra vez, cada solitario amanecer, a mi vieja canción: pero a tu lado.

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ASUSTADO/A

Individuo parlanchín que presume de múltiples hazañas, siempre en solitario, pero que ante una inesperada multa de tráfico o una forzada inmersión, con flotador, en alta mar se queda sin habla, se ruboriza cual pimiento morrón y lo vemos muy acoquinado porque la realidad le ha escupido a la cara una careta sacada del túnel de los horrores. Entonces, su voz se congela como el aliento en pleno invierno y su corazón late como un sonoro tambor en medio de una descomunal tormenta. 

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EL POTE GALLEGO

El pote, en Galicia, es mucho más que un simple recipiente de barro o hierro. Es símbolo de hogar, de comunidad, de tradición y de memoria compartida. En el centro de la cocina, con el fuego a sus pies, el pote es donde se mezclan los sabores de la tierra y los afectos de la familia. En él se cuecen los caldos, los guisos, las historias y los silencios. Cada ingrediente que se añade tiene un significado, cada aroma que se eleva es parte de la identidad familiar.

El pote es un contenedor emocional: todo cabe en él, desde los recuerdos de la infancia hasta los relatos de los antepasados. Es metáfora de la vida misma, donde se mezclan momentos dulces y amargos, tiempos de abundancia y de escasez, encuentros y despedidas. Este simbolismo sirve de hilo conductor para explorar Galicia a través de sus paisajes, monumentos, personajes y sentimientos. Porque todo, incluso lo que parece pequeño u olvidado, tiene cabida en el pote de la memoria gallega.

El pote es un espacio de memoria viva, un cuaderno de viaje emocional que recorre los rincones más íntimos y hermosos de Galicia. Aquí, las palabras son semillas que crecen entre los caminos de piedra, los bosques húmedos y las brumas que envuelven las aldeas.

En torno al pote toda la familia escucha relatos que mezclan lo personal con lo colectivo, donde los monumentos no son solo piedras sino testigos del tiempo: castros olvidados, iglesias románicas que guardan secretos de siglos, pazos que cuentan leyendas de hidalgos o cruceiros que guardan miles de sueños. También, en su interior, hay espacios naturales que quitan el aliento: cascadas escondidas, playas que parecen sueños y fragas que laten con vida propia.

El pote es un espejo donde se reflejan los sentimientos que despierta en mí Galicia: la morriña por una tierra que no quiero olvidar, el arraigo familiar casi perdido, el orgullo de un origen inigualable, la espiritualidad que me transforma sin remedio, la ternura de una lluvia menuda que acaricia, la fuerza de una identidad nunca perdida y una reconfortante melancolía por las viejas costumbres. Es un diario de experiencias vividas y soñadas, de caminatas por el Camino de Santiago, de fiestas populares llenas de música y fuego y de cenas compartidas junto a una chimenea.

Los personajes que salen del pote son reales e imaginarios, vecinos de carne y hueso o figuras que la tradición mantiene vivas: el anciano que relata cuentos en la taberna, la mujer que recoge hierbas de San Juan, el marinero que habla con el mar como con un hermano, el emigrante que vuelve de la nada o del todo, la meiga satánica o la bruxa que cura el mal de ojo. Todos ellos forman parte de este universo que es Galicia.

El pote simboliza a quien ama la palabra, a quien recuerda aquella Galicia, a quien busca reconocerse en el paisaje y en la memoria, para quien entiende que cada piedra, cada camino y cada recuerdo tienen algo que decir. Porque todo, incluso lo más pequeño, incluso lo que parece olvidado, cabe en el pote de la vida gallega. Sólo queda que lo abramos todos para compartirlo. 

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LA BELLEZA DE LAS MUJERES

La belleza de las mujeres no se mide, se siente. No se encierra en formas ni se atrapa en palabras. Es un temblor que atraviesa la mirada, una luz que se posa en los gestos más simples: en la forma en que recogen el cabello, en el silencio que dejan al marcharse, en la risa que estalla sin permiso.

Hay mujeres que caminan como si el mundo las esperara. Otras que se detienen y, sin saberlo, hacen que todo gire a su alrededor. Hay belleza en sus manos, en sus voces, en sus dudas. En la piel que guarda secretos, en los ojos que no temen mirar de frente, en las cicatrices que no ocultan.

La belleza de una mujer está en su forma de estar presente, de resistir, de amar sin pedir permiso. En la ternura que ofrece sin condiciones, en la fuerza que sostiene sin alardes. Es una belleza que no busca aprobación, que no se rinde ante el espejo, que florece incluso en la sombra.

He visto mujeres que brillan sin saberlo, que transforman el aire con su paso, que hacen del mundo un lugar más habitable solo con existir. Mujeres que no necesitan adornos, porque su esencia basta. Mujeres que son poema sin verso, música sin partitura, fuego sin ceniza.

Y cuando una mujer se sabe bella, no por lo que le dicen, sino por lo que siente, entonces el universo se ordena. Porque la belleza de las mujeres no está en lo que muestran, sino en lo que despiertan. 

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AQUEL BICO

Aquel bico, aquela man, aquel desexo. Os tres, desde hai tempo, por ti, abertos a lume vivo. Os tres, desde hai tempo, por ti, namorados da soidade. Os tres, desde hai tempo, por ti, habitan nun soño durmido de caricias. Aquel bico, aquela man, aquel desexo, gardados entre os suspiros dun verán sen retorno, dormen no recuncho máis escuro da memoria, lonxe dos ollos, preto da alma. Foi só un instante… e xa é eternidade.

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PERFECCIÓN

Durante mucho tiempo, perseguí una idea de perfección imposible. Pensaba que antes de declarar un sentimiento debía estar seguro de todo de mis palabras, de mis gestos, incluso de mi futuro. Con esa exigencia silenciosa, cada conversación se volvía un examen y cada emoción debía pasar por un filtro interminable. El resultado fue previsible, nadie puede vivir a la altura de una perfección imaginaria y, mientras yo esperaba ser mejor, la vida seguía ocurriendo sin mí. Con los años descubrí algo más simple: el amor real es imperfecto, torpe, lleno de frases mal dichas y momentos confusos, pero también es valiente porque aparece, aunque uno no esté completamente preparado. Tal vez entender eso tarde fue doloroso, pero también liberador porque desde entonces ya no busco decir lo perfecto, solo intento decir lo verdadero cuando todavía queda tiempo para que alguien lo escuche cerca, sin miedo antiguo, cerrando vez la boca.

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WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

La vida de Fernández Flórez fue una constante paradoja.

Fue un destacado y atentísimo cronista parlamentario, sucedió a Azorín en ABC, y un pionero del cine en España.

Era un dandi conservador que, en sus obras, cuestionaba con ironía la milicia, la iglesia, el caciquismo, la patria.

Empezó a escribir, tras la muerte de su padre, en periódicos de pequeña difusión a los quince años unos artículos muy elogiados por la crítica de entonces. A los dieciocho ya dirigía un diario, lo que muestra su determinación y talento precoz. En este punto, hace muchos años, en un viaje que hice a Ferrol, «un ferrolítico» ―dícese del ferrolano de pro que es capaz de sobrevivir a los vaivenes de la historia naval, industrial y política de la ciudad― me contó que dirigió durante año y medio el Diario Ferrolano, pero como legalmente no podía ejercer ese cargo siendo menor de veintitrés, falseó su fecha de nacimiento para poder asumirlo. Este gesto muestra tanto su determinación como su precoz talento periodístico.

Rechazó las vanguardias literarias, prefiriendo una narrativa clara, directa y eficaz, sin perder profundidad ni frescura.

Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad. «La humanidad trabaja por horror al trabajo, por un afán tenaz y esperanzado de librarse de él».

Su estilo se caracteriza por una ironía aguda, que recuerda a autores como Anatole France o incluso Charles Dickens en su cordialidad humana. En obras como Volvoreta o El bosque animado, se percibe una sensibilidad nostálgica hacia el mundo rural gallego, que contrasta con su visión urbana más desencantada. En 1913, pasó el verano en San Salvador de Cecebre, y quedó tan fascinado por el entorno que volvió cada año hasta el final de sus días. Allí se inspiró para escribir El bosque animado, y hoy su casa en la calle apeadero 14 se ha convertido en museo y centro de interpretación.

Aunque sea tirarme piedras sobre mi propio tejado, le recuerdo una frase que soy incapaz de olvidar por lo que a mí toca: «No debe leerse nunca a un mal escritor, ni aun para desdeñarlo. Siempre hay un grumo de tontería que se pega».

Álvaro Cunqueiro, maestro de la narrativa fantástica y fundidor de lo mítico con lo cotidiano, habló elogiosamente de él. «Es humano, irónico, sencillo y camina con la nostalgia a la espalda. Nos vacuna contra el puritanismo y el intelectualismo, y atiende especialmente a la creación y desarrollo de un espíritu libre, humano e ilusionado. Pero nada ni nadie le librará de su melancolía, su escepticismo y su fantasía».

Llevó con seriedad la etiqueta de humorista, que le abrió las puertas de la Real Academia Española. Se caracterizó siempre por evitar el chiste fácil: «El humorista no es un clown», recordaba con frecuencia. «El humorismo ha de ser la comprensión, un poco bondadosa, del alma humana, con todo lo que hay en ella de dolor y de placer, de virtud y de malicia». Cuando llama al humorismo «la sonrisa de una desilusión», acierta plenamente. Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad.

De este hombre hay muchísimas anécdotas. En su longeva vida acumuló una ingente cantidad de ellas. La que voy a narrar no es nada nuevo, pero que refleja su humor cáustico y ácido, y que nunca se calló estuviera delante de él quien estuviera.

Detestaba cualquier tipo de festejo o celebración, pero había algunos irrechazables.

En una ocasión lo invitaron a una fiesta de sociedad y no tuvo más remedio que asistir. «Estos compromisos me hacen llorar de risa», sentenciaba él.

La anfitriona, a espaldas de Flórez, para atraer a los dudosos, les dijo que iba a asistir un conocidísimo humorista.

Nuestro escritor se sentó en una silla que había en una de las esquinas de la sala con la intención de pasar inadvertido.

Las señoras, que estaban expectantes, a la par que decepcionadas por su silencio, le espetaron a la cara varias veces que no se le notaba que era humorista.

―¡Venga, hombre! ¡Cuéntenos algo gracioso!

Los desconocidos de la fiesta lo cercaron y clavaron los ojos en su rostro, aguardando que con un chiste rompiera su silencio y su actitud displicente. Con gran timidez, dijo que no, que de ningún modo y que rompiera el silencio otra persona más dispuesta a la broma y al chiste. 

―Es que en la fiesta no hay más humorista que usted, le respondieron con enorme ansiedad.

Entonces Fernández Flórez se puso en pie y dirigiéndose a la mujer «más beligerante» le espetó a la cara con los nervios muy bien templados:

―Señora, ¿cuál es la profesión de su marido?

―Cirujano, y con un prestigio intachable.

―Envidiable profesión, señora. Pues que comience él.

―Mi marido no tiene ninguna gracia, ¡cáspita!

―Es que no le hace ninguna falta. ¿No es cirujano? Pues que le extirpe el apéndice a alguien que aún lo tenga, y después yo haré lo que ustedes quieran. ¿Cómo es eso de que ustedes quieran que sea yo el único que ejerza aquí su profesión? No. No. No. Que empiece otro, ¡rayos!

Flórez volvió a su silla con una gran solemnidad. Nadie lo pudo convencer. Lo que sí consiguió es que lo dejaran en paz. Genio y figura hasta la sepultura. 

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VALENTÍA

Durante moito tempo pensei que a valentía era algo espectacular, un xesto rotundo, unha frase perfecta pronunciada no momento xusto. Cos anos entendín que ás veces a valentía é moito máis sinxela. É dicir “quérote” antes de que o medo invente unha escusa. É quedar cando todo dentro pide retirarse. É aceptar que un pode ser rexeitado e, aínda así, falar. Eu tardei demasiado en aprender esa forma simple de valor. Sempre atopaba unha razón para esperar un día máis, un sinal máis, unha seguridade imposible. E mentres buscaba esa certeza absoluta, o tempo avanzaba sen pedir permiso. Cando por fin comprendín que a valentía tamén pode ser torpe, xa deixara pasar moitas ocasións. Aínda así, entender tarde segue sendo entender, porque desde entón cada palabra dita a tempo vale máis ca cen silencios elegantes que só protexen o medo antigo que un día decide soltar.

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LA TRISTE HISTORIA DE ROSALINDA Y EL CHOURIZO DE BASTAVALES

Rosalinda era una mujer gallega que llevaba años intentando aprobar el carné de conducir. Tras 45 intentos, otros tantos suspensos y mil lágrimas, descubrió por fin un método infalible que le permitió aprobar á primeira. El propio director general de Tráfico, desde su despacho de Madrid, la felicitó con un noraboa, muller, y ella sintió que por fin la vida le sonreía, como si estuviera en el Monte do Gozo.

Pero su desconocimiento era grandísimo en el tema de los inventos y no registró el invento, y su marido —conocido como o Chourizo de Bastavales, experto en pufos y demás engaños varios, le robó con todo el descaro del mundo la idea.

A él nunca se le conoció preparación nin trabal/o algún. Vivía de lo que le sacaba a Rosalinda, que se ganaba la vida limpiando escaleras en Compostela. Con lo que le robaba, se iba derechito a la taberna, a gastar en viños, chourizos ao albariño y retranca barata, mientras su mujer sudaba la gota gorda cada día por unas pocas monedas.

El sinvergüenza del marido forrouse vendiendo el método, salió en la TVG y en mil cadenas internacionales, mientras se presentaba como el gran descubridor.

Rosalinda, en cambio, cayó en el olvido más absoluto y se tuvo que poner a pedir limosna en un soportal junto al Obradoiro, pues el dinero de las escaleras no le llegaba, por culpa de las sisas de su marido. Esto lo hacía con la mano extendida y el corazón roto. El mundo entero hablaba del método, pero nadie recordaba que había sido ella quien lo había creado.

Un día, paseando por las rúas de Compostela, Rosalinda se cruzó con su marido. Él, el Chourizo de Bastavales, se hizo o tolo, fingiendo no reconocerla, desviando la mirada como si nunca hubiera compartido vida con ella. Ese gesto fue más doloroso que todos los suspensos juntos.

Pero la historia dio un giro inesperado. Una abogada, apenada por la mala suerte de Rosalinda, llevó el caso de esta mujer ante Estrasburgo, y el Tribunal de Dereitos Cívicos da Terra Galega, con sede en Bruselas, y presidido por el honorable Pepiño do Carallo, dictó sentencia: detención inmediata do Chourizo de Bastavales.

Solo que, para entonces, o Chourizo ya estaba bailando la samba en las playas de Copacabana, con gafas de sol, caipiriña en mano y sin rastro de culpa.

Una periodista de Compostela experta en trapalladas, traiciones e impunidades, se prendió de la historia de una mujer humilde que inventó la llave del éxito y acabó en la miseria, mientras el ladrón de sueños se escapaba entre palmeiras y ritmos brasileiros. Le hizo una entrevista en la radio y el teléfono se bloqueó con relatos de las chourizadas do seu home.

Pero esta periodista se empeñó en que la verdadera historia de Rosalinda se hiciera famosa en toda Galicia y gastó parte de sus ahorros en hacer carteles que colgó por todos los lugares que ella conocía. Estaba empeñada en que el destino de esta mujer diera un giro copernicano.

La injusticia sufrida por la mujer corrió de boca en boca, desde Muxía ata A Guarda, y pronto se convirtió en símbolo de resistencia. Las alfombradoras de Ponteareas, los gaiteros de Ortigueira, los mariscadores de Cambados y hasta los peregrinos que cruzaban o Cebreiro hablaban de ella como «a muller que loitou contra o mundo e non perdeu a alma».

El Concello de Santiago le concedió la Medalla da Terra, y en el Obradoiro, donde antes pedía limosna, se erigió una placa que dice:

Recibió homenajes en la TVG, en la Festa da Dorna, y hasta en el Festival de Cans, donde se proyectó un documental titulado «Rosalinda: a que nunca se rendeu».

Mientras tanto, o Chourizo de Bastavales, bailando samba en Copacabana, se enteró por la prensa de que su nombre había sido borrado de todos los registros. En Galicia, ya nadie lo recordaba. Solo se hablaba de Rosalinda, a nosa heroína, que con escoba en mano y dignidad no peito, había vencido a la traición con la fuerza de su verdad. 

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DESPEDIDA

Te levantaste callada, herida y desnuda, mientras yo consumía un gélido café que me llevó al paraíso de los orgasmos sin placer. Me miraste con ojos inmisericordes llenos de una caduca lujuria. Tu tiempo pasó, me dijiste con una mezcla de indignación y condescendencia. Y yo me lo creí con la generosidad de los pusilánimes derrotados. Me dejaste solo. Aún sigo así. 

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GRITÉ UNA NOCHE

Hoy el día se estrelló. / La luna inunda la ciudad. / Durmiendo oí tu voz. / Si es un sueño, miro, y tú no estás. (Grité una noche, Antonio Vega)

En el mes de agosto de un año que no recuerdo, lo tenía todo preparado para enviar este texto a un concurso literario que había convocado una organización de profundas raíces gallegas, pero… a última hora, caí en el pozo de la prédica de una persona muy influyente para mí… y, daquela, este texto pasó a dormir en la carpeta de las frustraciones literarias. Yo no lo votaría nunca porque es lacrimógeno en exceso. Las palabras de este árbitro y sentenciador visionario me hundieron en la miseria literaria porque, en aquella época, hacía caso a todo consejo, viniera de donde viniera. Hoy, no. Lo he rehecho y, en recuerdo del dichoso y afamado juez ―hoy, fallecido― he aumentado su pulso gimiente y lacrimoso de un modo intencionado dejando a Bécquer en el banquillo de los suplentes.

GRITÉ UNA NOCHE

Hay noches que no callan. Noches que no duermen, que se extienden como niebla sobre la piel de la memoria, que nos hablan en voz baja y nos piden que escuchemos. Este texto nace de esa escucha. Hecho de silencios rotos, de palabras que brotan en la oscuridad, de sentimientos escritos cuando el mundo parece ausente.

Galicia es el telón de fondo, pero también es protagonista. Está presente en cada letra, en cada imagen, en cada aliento. Es la tierra que me vio nacer, que me formó junto con Madrid, que me enseñó a nombrar el amor, el desamor, la morriña, la esperanza, la sonrisa, la herida y el consuelo. Galicia es la piedra mojada que me hace recordar, el mar que me murmura en silencio, el monte que me observa y la lengua que me hace latir.

Estoy haciendo un canto íntimo a mi tierra, pero también un diálogo con ella sobre lo que siente, lo que ama, lo que pierde, lo que busca.

Es un mapa emocional, un haz de luces y sombras, un conjunto de pulsos escritos sin reloj. En estas líneas hay alegría, dolor, contemplación y rabia. Sueño con estar al lado de una lareira o en un vagón de tren camino de Breogán, pero no en medio de esta noche insomne. Escribo sin máscara, sin artificio, sin miedo a mostrar lo que duele y lo que salva y a golpe de sangre.

El amor, el desamor y sus abismos. La morriña como hilo que une tiempos y personas, como bruma que no se disuelve. Sueño sin dormir con encuentros, despedidas, cuerpos que se buscan y almas que se pierden. Hay versos que quieren ser bálsamo, otros que son herida abierta. Pero lo tengo claro: «quiero dormir contigo, Galicia».

Escribo de noche como lugar donde todo se intensifica. En la noche escribo, escucho el latido de la casa que ya no existe, el rumor del viento que me habla y palpo el silencio de quienes ya no duermen. En la noche siento que puedo ser más yo, que puedo abrirme sin temor, y que puedo gritar sin que nadie me calle.

En definitiva, esta narración es un acto de resistencia emocional, una forma de decir que la belleza existe, que el dolor puede ser nombrado, que la palabra puede salvar. Si te he tocado en algo, si estas líneas te recuerdan a algo, si alguna palabra te devuelve una emoción olvidada, entonces este texto habrá cumplido su destino.

Gracias por llegar hasta aquí. Gracias por caminar conmigo entre sombras y luces, con la ayuda de este faro, soy una mano tendida, y gracias por la noche que nos une. 

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YO ESCRIBO, TÚ NO ME LEES Y ASÍ NOS ENTENDEMOS (O NADA ME ENAMORA MÁS QUE LA TECLA DE ELIMINAR)

Perdón por la «brevedad» de este texto. Lo colgaré en mi blog, ese que está autofinanciado por mi fe en el fracaso y que no lees nunca. Allí te espera en minutos.

Tú, que no me lees, sabes muy bien lo que te quiero comentar. Comienzo los textos como este con el tiempo dedicado a su creación. Comencé el 31 de febrero a las 26 horas de la mañana y terminé el 32 de septiembre a las 15 horas de la madrugada. Si lo has calculado, te habrás dado cuenta de la cantidad de días que le he dedicado a la búsqueda de información y a la consulta de libros y diccionarios. Hoy, 13 de octubre, desde las 5 de la mañana lo he corregido doce veces. Nada. Una menucia, una fruslería, una nimiedad.

El 30 de febrero pasado recibí un correo electrónico de un seguidor mío que no ha leído nada escrito por mí, ni una coma, ni un título, ni siquiera la contraportada de los libros que no he escrito.

Lo releo: afirmo, con seguridad plena, que me gusta mucho ―me apasiona― tu estilo, el bovinismo literario, y te ruego que escribas un texto sobre tu inexistente vida literaria. Para no leerlo. Para saber de ti y así no contaminarme con tu prosa.

Me lo pidió con entusiasmo, como quien encarga una paella sin arroz. Y yo, que soy obediente en lo absurdo, aquí estoy: escribiendo para quien no quiere leerme, pero que desea saberlo todo de mi escritura. Es el nuevo paradigma del lector moderno: no lee, pero opina. No conoce, pero admira. No se acerca, pero exige cercanía. Y yo, encantado.

Para ello, me he desplazado a las cuatro de la mañana a un bar de la Gran Vía con mi ordenador de escritorio. Sentado a una mesa muy próxima a la puerta, para que no me moleste el trasiego que conlleva entrar y salir de continuo, me encuentro tomando un grato desayuno —café con leche, tostada con aceite, zumo de naranja y con la esperanza «frailusiana» ―deseó toda su vida un encuentro místico― de que hoy alguien me lea. Será difícil superar las cero visitas de ayer, pienso orgulloso. De pronto, noto que un grupo de turistas me observa, me escruta, me examina. como si fuera una atracción local, como si el acto de escribir en público fuera una danza ancestral.

Uno de ellos, valiente y angloparlante, se me acerca y me pregunta en inglés que qué estoy haciendo. Como no tengo ni idea de inglés, le respondo con dignidad: «Escribiendo. ¿Quiere participar?», le digo en español, con tono de tertulia de tasca. Me responde: «Yo no hablo español». Y así, sin más, la conversación alcanzó la cima de lo absurdo. Dos seres humanos, frente a frente, unidos por la incomprensión y el turismo, celebrando el fracaso comunicativo como quien brinda por la paz mundial.

Y hablando de fracasos, mi carrera literaria —si se le puede llamar carrera a una interminable sucesión de tropezones con la misma piedra— comenzó con una hazaña digna de los anales del heroísmo doméstico.

Allá por el 95, cuando aún se usaban disquetes y la autoestima se medía en pesetas, un inolvidable día regresé con precipitación del colegio porque había recibido una llamada anunciándome el envío de los 500 ejemplares de mi primer libro. Una edición autofinanciada, claro, porque los mecenas de los fracasados estaban ocupados financiando cosas más urgentes, como el último disco de Camela o el nuevo y penúltimo adoquinado de la plaza mayor.

Vendí 76 ejemplares. Setenta y seis. Un número que, en términos literarios, equivale a «casi nada, pero con entusiasmo».

El resto —424 libros, para los que no son de letras— emprendieron un viaje épico por los buzones y estanterías de familiares, amigos, escritores, cantantes, alcaldes, concejales de cultura, comentaristas de televisión y radio, y algún que otro repartidor que tuvo la desgracia de cruzarse conmigo en un semáforo. Si alguien los leyó, jamás lo confesó. Si alguien los usó para calzar una mesa, tampoco. De esos 424 ejemplares «regalados», sólo me contestó un 10%. El resto se esfumó en el silencio, como si el libro hubiera sido una caja de polvorones en agosto.

Luego vinieron los concursos literarios. ¡Ah, los concursos! Esa noble institución donde uno envía su alma en formato Word y recibe, si tiene suerte, un silencio educado. Participé en muchos. Tantos que podría montar un museo de bases legales y plazos de entrega. Y en todos, sin excepción, me devolvieron «nada». Ni premio, ni accésit, ni mención, ni «gracias por participar», ni un simpático «gracias». Nada. Un desastre tan perfecto que debería estudiarse en las facultades de estadística.

Y lo más doloroso —como una vacuna sin anestesia— fue descubrir que entre los que no contestaron estaban familiares, amigos y demás fauna cercana. Gente que uno creía capaz de leer al menos la dedicatoria. Pero no. El silencio fue tan rotundo que parecía coreografiado para un Got Talent. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo en ignorar mi obra con elegancia «ristiana».

Pero no todo fue en vano.

En la última limpieza de mi ordenador —ese ritual que uno realiza cuando quiere fingir que tiene el control de su vida literaria— decidí liquidar muchos textos y libros. Muchos. Me apasiona escribir durante horas y horas para luego borrarlo todo, como quien cocina un exquisito banquete para alimentar al voraz cubo de basura. Borré un sinfín de textos con la solemnidad de quien lanza al mar una botella con mensaje, sabiendo que el mar está cerrado por reformas.

Hoy me arrepiento. Me arrepiento muchísimo. No por los textos, que eran mediocres con dignidad, sino por el gesto. Porque borrar es admitir que uno creyó, aunque fuera por un segundo, que aquello no valía la pena.

Y sin embargo, aquí estoy. Como he dicho antes, sin premios, sin accésits, sin libros en librerías, pero con una historia que ni Cervantes en su etapa de cobrador de impuestos. Porque hay algo profundamente heroico en fracasar con estilo. En regalar libros como quien reparte estampitas de santos. En escribir sabiendo que el único lector será el antivirus ―no tengo― del ordenador.

Por eso sigo escribiendo. Porque sé que tú no me lees. Y precisamente por eso, sé que te gustará este texto. Te lo dedico a ti, lector que no me lees. Antes de que otro impulso destructivo mande todo al río Ganges y se convierta en una vaca para que me adore todo el mundo que nunca me ha leído.

Y el grupo de turistas se marchó. El más locuaz, que no tenía idea de español, me dijo: «Siga escribiendo, es lo mejor que puede hacer en este mundo que vende mil canzoncillos en un día y ningún libro».

Ahora me despido, como corresponde a alguien de mi estirpe con una confesión de mi carácter:

Destructivo, como quien rompe el espejo por si acaso refleja algo que le gusta.

Pusilánime, como quien pide perdón por existir en voz baja.

Asocial, como quien se esconde en el baño cuando suena el timbre.

Vergonzoso, como quien se ruboriza al enviar un correo sin faltas de ortografía.

Inseguro, como quien duda si poner punto final o puntos suspensivos.
Y necesitado de apoyo, como quien deja el libro en la mesa esperando que alguien lo abra por accidente.

Gracias por no leerme. Me has salvado de la fama, del éxito y de tener que sonreír en las fotos.

Seguiré «recuncando». Aunque sea en silencio. Aunque sea en bata. Aunque sea como vaca sagrada en el Ganges.

Termino resumiendo mi vida literaria con un aforismo personal: No premiado, no leído, no devuelto: éxito rotundo

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EL ZURDO QUE ESCRIBE CON LA ZURDA (JA)

Soy zurdo. No por moda, ni por rebeldía estética. Lo soy desde que agarré el lápiz como quien empuña una espada contra el mundo. Y desde entonces, cada vez que escribo, el mobiliario escolar me recuerda que no fui invitado a esta fiesta. Allá en mi infancia, cuando se me caía el bolígrafo, porque se empeñaban en que escribiera con la diestra, por allí pasaba la «diestra» de don Venancio y me dejaba muy clarito con una tierna colleja, como decía él, cuál era la correcta mano ejecutante. Bueno. Corramos un tupido velo.

Si te cuento las dificultades de mi etapa universitaria, no termino esta entrada. Las aulas magnas, las mesas corridas de la facultad, donde nos sentábamos quince en un espacio de ocho o diez. Pues eso. Los tableros de esas mesas sólo aceptaban el papel en posición horizontal y para diestros. Y termino con las sillas con brazo. ¿Quién fue el maldito que las inventó? ¿Quién fue el encargado de material de los centros educativos que las compró? Y así tomar apuntes a la velocidad del «Pensamiento Impaciente», una invención gallego-universal que viajaba más veloz que la lógica, más fugaz que la vergüenza, y más errático que Wayne Rooney, que sobrio falló unos cuantos penaltis.

Llegué, como profesor, a un centro donde el cuerpo docente era diestro. Las mesas del enseñante para diestros eran mi campo de batalla. Me sentaba, intentaba acomodar el codo izquierdo… y nada. El borde me lo escupía. El apoyo estaba del otro lado, reservado para los elegidos del sistema educativo. Mi brazo colgaba como jamón en secado, mientras intentaba escribir en diagonal, esquivando el espiral del cuaderno que me raspaba la muñeca como si fuera un castigo medieval. Entonces, la mesa me miraba con desprecio. Como tenía ese apoyo lateral diseñado para el codo derecho, cada vez que me sentaba, me decía: «Aquí no se admiten zurdos, gracias». El codo insistía y buscaba apoyo y encontraba vacío. Era como escribir en la cornisa de un acantilado.

Pero lo peor no era la mesa. Lo peor eran la pizarra y el ordenador.

¡Ah, la pizarra! Ese muro de la vergüenza. Miraba la oración que tenía que analizar sintácticamente y mi mano izquierda no sabía qué postura adoptar: la de un caracol, la de una berza o la de un percebe. Tenía que escribir delante de todos y ahí iba, desde la mesa del profesor a la pizarra, sin tener claro el modelo que seguir. Con mi mano izquierda alzada como si fuera a invocar a Rosalía de Castro regateaba los nervios y escribía con una tiza perpendicular a la pizarra, con el pulso del relojero de la Puerta del sol, una oración perfectamente alineada… pero borrada. ¡Milagro! Como escribía con la zurda, mi propia mano tapaba y borraba lo que acababa de escribir. Cada palabra que escribía desaparecía bajo mi antebrazo como si fuera un truco de magia. Los alumnos me miraban raro y se reían. Yo intentaba inclinarme, girar el cuerpo, escribir en zigzag… y acababa pareciendo un contorsionista con tiza.

Y no era solo incómodo. Era humillante. Porque mientras los diestros escribían con fluidez y elegancia, yo parecía que estaba peleándome con el encerado. Kafka me entendería. Él también era zurdo. Y si sus textos eran oscuros, no era solo por la burocracia… era fruto de su mano «siniestra».

Porque si escribir en una mesa para diestros es incómodo y en la pizarra es humillante, usar un ordenador es directamente una prueba de fe.

¿Quién decidió que el ratón va a la derecha? ¿Quién pensó que el teclado numérico debe estar a la derecha? ¿Por qué el bloqueo de las mayúsculas está a la izquierda? Digresión: ¿Por qué no hay fundas con tapa para smartphones que se abran hacia la derecha? Perdón.

Yo intento trabajar, lo juro. Pero cada vez que muevo el ratón con la izquierda, el cursor se va de Erasmus. Y si lo dejo a la derecha, tengo que cruzar el brazo como si estuviera tocando la gaita con una sola mano. El teclado, por su parte, me odia. Las teclas de función están lejos, el enter me queda en Moscú, y el shift derecho está en el Camino de Santiago.

Y no hablemos ya de la pantalla digital del ordenador cuando la pandemia. Y el bolígrafo digital. Una tortura informática. Tenía que escribir con la mano vertical y sin tocar la pantalla porque, si la apoyaba, borraba todo o se activaban mil opciones que te ofrecía el ordenador o la tableta. Y sin pandemia, coño. Ese invento moderno que, en teoría, iba a liberarnos… en mi caso solo sirve para que mi mano tape la pantalla mientras escribo como un poseso. Ahora, acabo con la muñeca tensionada, la pantalla manchada, y un texto que parece una empanada de pulpo mal cortada.

Y pensarás, pues organiza, que se puede, el ratón para zurdos. Pero a mi edad, y después de tantos años con el ratón diestro, eso me supondría otro arduo aprendizaje.

Aquí sigo. Jubilado, zurdo, testarudo, y con el ratón en la izquierda. Porque cada clic, cada línea escrita, cada atajo de teclado mal ejecutado… es un acto de resistencia, una fábrica de exabruptos, una declaración de principios y una oda al caos creativo. Menos mal que estoy terminando esta entrada, sino acabaría con el diccionario secreto de Cela.

Y no hablemos si se te ocurre escribir con pluma estilográfica o con un bolígrafo que deja un poquito de tinta. Terminas el día con la parte que une la palma y el dorso de la mano impregnada toda ella de tinta. Sólo tienes dos opciones: mil viajes al lavabo o ser el portador de un aspecto sucio que ha metido la mano no sabe dónde.

Menos mal que ya no me ven ni los alumnos ni los compañeros con el codo en el aire, la muñeca raspada, y la espalda torcida. Porque escribir con la izquierda en un mundo diestro no es solo incómodo, es poético. Es como cantar en gallego en medio de una reunión de angloparlantes. Como escribir con la mano equivocada… y hacerlo con orgullo. 

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VEXO…

Vexo unha lúa descoñecida que medra sobre min chea de mans infinitas. Vexo as miñas feridas buscando na noite a calor dunha lareira. Vexo a música da feira que acariña docemente a unha parella afastada. Vexo o son dunhas palabras rodeándome moi preto co sabor redondo dun abrazo. Vexo o latexar da nosa terra que é o primeiro fogar das almas en corentena. Vexo a xente da aldea que dorme moi amodo nun leito de flores vermellas.

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FEITIZO

La palabra feitizo no está aquí por casualidad, no señor. Se coló volando en escoba, aparcó con descaro en mi teclado y me dijo insolente: «¡escribe sobre mí, escribe!».

Yo siempre pensé que la literatura tenía algo de magia, pero no de esa magia de magos con capa brillante y humo sospechoso, sino de la magia humilde, la de las pequeñas transformaciones, la de las aldeas, la de los lugares con encanto por sí solos… como cuando metes un calcetín gris en la lavadora y sale rosa sin que nadie lo haya autorizado.

Un feitizo no cambia el mundo, pero puede cambiarte un día entero. Puede convertir un dolor en un dolorcito manejable, como cuando te das un golpe en el dedo meñique y sobrevives. Puede hacer que un recuerdo deje de pinchar o que una emoción se encienda como una bombilla LED de bajo consumo. Yo busco eso: no grandes revelaciones tipo «¡he descubierto el sentido de la vida!», sino pequeñas claridades, como encontrar por fin las llaves que llevabas en la mano.

El feitizo que yo conozco habla y cura el amor, sí, pero no del amor perfecto de las películas donde nadie suda, nadie ronca y todo el mundo tiene pestañas kilométricas. Habla del amor que duele, del que llega tarde, del que se pierde por el camino porque se entretuvo mirando escaparates, del que se recuerda más de lo que se vive… ese amor que te deja el corazón como un acordeón después de una verbena.

El feitizo también habla de la soledad, pero no como castigo, sino como territorio propio, como un piso pequeño, pero acogedor donde puedes andar en calcetines y nadie te juzga. A veces estoy mejor ahí que en cualquier compañía, sobre todo si la compañía mastica fuerte.

Y, por supuesto, mi feitizo habla de la tierra, de Galicia, que siempre está de telón de fondo, de protagonista o de invitada sorpresa. Galicia es un sentimiento más, un feitizo más, una presencia que me acompaña incluso cuando no la nombro… como el olor a pulpo que se te queda en la ropa después de una buena «jartá», como dice una amiga sevillana cada vez que la llevo a O Sendeiro de Santiago de Compostela, donde sirven un laminado á feira incomparable. Pero no te olvides del queixo de San Simón á plancha, remata siempre. 

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EL TIEMPO

Hay un reloj lento dentro de mí que no marca las horas, sino las ausencias. El tiempo no pasa, se escurre entre las manos como arena mojada, como recuerdos que ya no quieren quedarse. A veces la soledad se sienta conmigo al borde de la cama, no dice nada, pero lo sabe todo. Me mira como quien mira una casa vacía donde antes había fuego y risas, y hoy tiembla por un nombre pronunciado en voz baja. Del desamor no se muere, dicen, pero queda un pequeño invierno viviendo en el pecho, un frío que no se marcha ni cuando llega abril. Y yo sigo aquí, aprendiendo a vivir con el silencio, con el tiempo, con la sombra de lo que ya no vuelve.

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VERANOS EN «EL BURGO» DE VEDRA

Hay lugares que no se recuerdan: se sienten. Vedra, para mí, no es una aldea gallega, sino una emoción que se activa con el olor a tierra mojada, con el crujido de una puerta de madera, con el eco de una risa que ya no sé si fue mía o prestada. Y «El Burgo», esa finca que parecía contener todos los secretos del mundo, era nuestro escenario de aventuras, de pactos infantiles, de pequeñas rebeliones que aún hoy me hacen sonreír.

La bodega era nuestro refugio. Oscura, fresca, con ese aroma a vino dormido y piedra antigua. Allí nos escondíamos cuando llovía, que era casi siempre. Jugábamos a ser contrabandistas, alquimistas, monjes con capa de saco. Robábamos uvas con solemnidad, como si fueran hostias consagradas. Y cuando alguien nos pillaba, decíamos que era para ofrendar a la Virgen de las Ermitas, que nos vigilaba desde su capilla con una mezcla de paciencia y complicidad.

El hórreo era otra cosa. Era torre, nave, castillo. Subíamos a él como quien escala el poder. Desde allí se veía todo: los campos, el río, los adultos que no entendían nada. Nos creíamos invencibles, y quizás lo éramos. Al menos por unas horas.

La lluvia, siempre presente, no nos detenía. Al contrario: nos daba permiso. Mojados, descalzos, con las rodillas llenas de barro, corríamos como si el mundo fuera nuestro. Y lo era. Cada charco era un espejo donde nos veíamos eternos. Cada gota que caía sobre la capilla parecía bendecir nuestras travesuras.

Ahora, cuando llueve en Madrid y el asfalto huele a nada, cierro los ojos y vuelvo. A la bodega, al hórreo, a la capilla. A las risas que no pedían permiso. A las tardes que no tenían reloj. Y siento que algo en mí sigue corriendo por Vedra, con el alma limpia y las manos sucias de infancia. 

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EL POETA HABLA

Estoy en desventaja con el mundo. Cada verso que escribo supone para mí un palpitante encuentro con el mar. Sin embargo, cada verso mío que leéis provoca en vosotros una niebla de risas y un gesto de hilaridad. Estoy en desventaja con el mundo, estoy en desventaja contigo. Cada verso que te recito quiere ser un manual de caricias en la tersura de tu dorada piel. Sin embargo, cada verso que me escuchas lo concibes como la burda pirueta de un torpe funambulista que se desploma destartalado en una cenicienta red.

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EL CAMPEONATO DE ZURRAPAS

(Esta narración es absolutamente verdadera. Tiene tintes literarios, ¡cómo es normal!, pero el fondo ocurrió hace ya unos cuantos años).

Jorge y yo, Camay, teníamos ocho años y una clara obsesión, en un principio secreta: las zurrapas.

No eran manchas de plastilina, muy utilizada en otras artes, ni mermelada de La Tejea, exquisita confitura al estilo de la abuela, ni restos de cocina sustraídos con habilidad encomiable.

Eran manchas de excremento adheridas al calzoncillo. Ya éramos independientes en la limpieza anal, pero en ocasiones ocurrían pequeñas desgracias en forma de pequeñas, palpables, traicioneras, a veces redondas, a veces alargadas, siempre inesperadas, manchas de color chocolate.

Y nosotros, cuando nos acostábamos, dormíamos en la misma habitación, en nuestra infinita sabiduría e inocencia infantiles, colocábamos los calzoncillos todas las noches en la madera que formaba el pie de la cama para que nuestras madres los vieran y así hacer un prelavado de carácter privado.

Una noche, Carlos, el mayor, que ya había entrado en los veinte, vio los calzoncillos y las susodichas manchas. Las observó con detenimiento y dedujo que podían ser clasificadas, comparadas, incluso premiadas. Nos retó a ver quién ofrecía al juez de la Audiencia Peregrina, al día siguiente, el mejor palomino.

―Cada uno de vosotros colocará mañana sus calzoncillos en el mismo sitio que hoy, y yo, con una lupa de coleccionista numismático y una cinta métrica de sastre, analizaré con todo detalle vuestras respectivas zurrapas, dijo con voz seria y rigurosa de ujier asistente del juez, después de colocarse en la cabeza a modo de birrete unos calzoncillos limpios. 

A continuación, señaló con suma claridad las bases del concurso: no vale mancharse a propósito, no vale ir a la cuadra de los Pereiro, no se aceptan zurrapas de días anteriores, y la exhibición debe hacerse con discreción después de cenar, en esta habitación y a la misma hora que hoy.

Mi primo Jorge y yo, iguales casi en edad, pero con distintos estilos a la hora de defecar, o «hacer de cuerpo», como decía el electricista que venía a casa a arreglar algún desperfecto del pleistoceno eléctrico que iluminaba nuestra finca, pasamos con una normalidad aplastante el día uno del campeonato. Éramos vigilados por Carlos en los momentos cruciales del día como si formara parte de una cadena de jueces del campeonato olímpico de marcha de cincuenta kilómetros.  

Y llegó la hora del «juicio». Los mayores se sorprendieron de que Jorge y yo quisiéramos acostarnos tan pronto, pero es que el corazón se nos desbocaba por los nervios. La sorpresa fue mayor cuando vieron que Carlos, el primo mayor, no estaba sentado en el exterior de la casa fumándose un cigarro.

Nos metimos en la cama a la velocidad del rayo, como un tren que entra en la estación sin frenos ni protocolo. Tapados hasta la nariz porque el frío húmedo se apoderó de nosotros enseguida, mirábamos continuamente el reloj y echábamos pestes de una tardanza provocada con toda calculada intención.

La escalera de madera crujió repentinamente, prueba latente de que alguien subía. Carlos asomó la cabeza y soltó una sonora carcajada al vernos tapados como si fuéramos dos bocadillos de carne y sábana.

Se colocó a la altura de los pies de las camas marcando una imparcialidad que yo ponía en duda. Es su hermano pequeño, narices. Algo tiene que pesar, barruntaba yo.

Carlos comenzó con gesto muy serio el riguroso examen de las zurrapas, como quien evalúa obras de arte.

―Esta tiene buena forma, pero poco color. Esta otra, coño, parece la firma de Picasso. Volviendo a la primera, observo que tiene textura de yogur de chocolate, pero la segunda no se difumina en ningún momento, muestra un perfil grueso y continuado.  

Nosotros aguantábamos una risa nerviosa, una pudenda vergüenza y un mal entendido orgullo.

―Me ponéis en un verdadero dilema. Las dos coinciden en que son artísticas. La valoración de una viene de la forma, mientras que la otra es brutal.

Carlos, como si estuviera jugando al stop con dos columnas solamente, anotaba en su cuaderno con calificación numérica, las diferentes características de las zurrapas: estética, calidad de la fragancia, originalidad, condensación, persistencia…

Luego supimos que el galimatías de números que tenía en su cuaderno había sido un paripé muy estudiado durante el día.

Carlos fue a buscar a nuestra tía abuela para hiciera de Magistrada Ponente de la sentencia del juez. Todo formalismo. No podía caer en el olvido y debería formar parte de los anales de la finca. Cuca se negó con un rotundo:

―¡¡¡Estáis enfermos!!!

La final fue legendaria.

Carlos traslució sus elucubraciones. Afirmó que estaba todo muy igualado.

―Yo me decantaba por la firma de Picasso. Soy un artista y valoro la dificultad de dicho perfil. Pero el otro, formateado involuntariamente, tiene la forma de Galicia, nuestra tierra. 

―Después de este silencio necesario para poder lo más objetivo posible, he decidido ya la sentencia.

El primo mayor se quedó callado y pensativo unos segundos para crear un ambiente propio de un arbitro analizando una jugada con el VAR en una final europea. De pronto, nos sorprendió con la decisión:

―¡¡¡Empate!!! Pero el verdadero ganador es el intestino de cada uno de vosotros.

Los tres aplaudimos calurosamente, pero sin saber muy bien qué significaba lo que había dicho.

Y aquí estoy yo, muchos años después, narrando el primer combate de zurrapas lleno de vergüenza y nostalgia. De nostalgia, se puede entender; pero de vergüenza, no. Era una auténtica guarrada. ¿Justificación? Era nuestra infancia, nuestra complicidad, y el poder de convertir lo más bajo en lo más alto. Aunque fuera solo por un verano.

Los mayores fueron recibiendo noticias del «campeonato» con una cara de alucinante sorpresa.

Lo primero que escuchó Carlos cuando se sentó con los mayores ―nosotros estábamos acostados― fue un mandato de corte militar:

―¡¡¡Coge esos calzoncillos!!! ¿¿¿Lo has hecho??? Levanta de la cama a tu primo y a tu hermano e inmediatamente los tres laváis los calzoncillos en el pilón. ¡¡¡Ya es tarde!!!

Y cuando nuestros padres fueron informados de los detalles del campeonato, no faltaron las sentencias:

—¡¡¡Eso no son juegos, eso es una inmundicia elevada a categoría!!!

―¡¡¡Habéis denigrado a los jueces!!!

―¡¡¡La mierda no compite, se limpia!!!

―¡¡¡Niños!!! ¡¡¡A ver si os entra en la cabeza que la higiene no es opcional!!!

—¡¡¡Más vale culo limpio que medalla de zurrapa!!!

—¡¡¡Esto no puede salir de aquí!!! ¡¡¡Nadie se puede enterar de esta guarrada!!!

Mientras Carlos, Jorge y yo frotábamos con energía las zurrapas de los calzoncillos, oímos una cadena de carcajadas, que fueron in crescendo hasta alcanzar los parámetros de un ruidoso recreo de adolescentes.

Cuando estábamos comiendo al día siguiente una riquísima tortilla de patatas, nos sermonearon contundentemente los mayores. Después de unas miradas cómplices, negaron terminantemente la explosión de carcajadas que se escuchó la noche anterior tras el campeonato. Jorge y yo, mirando al plato, fingimos un sincero arrepentimiento, pero sabíamos que, en el fondo, aunque no lo dijeran, admiraban nuestra capacidad de convertir lo innombrable en un ritual festivo. 

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PESADILLA

No sé si fue sueño o invasión. Lo cierto es que apareció sin previo aviso, sin lógica, sin carne. Una mujer que no existe, que no ha existido jamás, pero que se presentó con la autoridad de lo inevitable. No tenía rostro, pero sí mirada. No tenía voz, pero sí presencia. No tenía historia, pero parecía conocer la mía mejor que yo.

La habitación estaba en silencio, como si el mundo hubiese hecho una pausa para que ella pudiera entrar. No caminó. No flotó. Simplemente estaba allí, al pie de la cama, como si siempre hubiese estado esperando ese momento. Su silueta era borrosa, como si la memoria la estuviera inventando en tiempo real. Vestía algo parecido a un vestido antiguo, de encaje gastado, pero sin textura ni peso. Era más una idea de vestido que un vestido en sí.

Intenté moverme, hablar, encender la luz. Nada. El cuerpo, traidor, se había rendido. Solo los ojos, abiertos en la oscuridad, eran testigos de su aparición. Ella no hizo nada. No dijo nada. Pero su sola presencia era una acusación. Como si viniera a recordarme algo que había olvidado, o peor aún, algo que había querido olvidar.

Me miraba —o eso creía yo— con una mezcla de ternura y condena. Como si fuera madre, amante y fantasma a la vez. Como si su existencia dependiera de mi culpa, de mi deseo, de mi miedo. Y entonces lo entendí: no era ella quien me visitaba, era yo quien la había convocado. En algún rincón del alma, en alguna grieta del pasado, la había creado. La había alimentado con silencios, con ausencias, con nombres que nunca pronuncié.

La pesadilla no fue terrorífica en el sentido clásico. No hubo gritos, ni persecuciones, ni sangre. Fue peor. Fue íntima. Fue como abrir una carta que uno mismo escribió y olvidó enviar. Como escuchar una canción que no recuerda haber compuesto, pero que habla de uno con una precisión insoportable.

Cuando desperté, la habitación estaba intacta. La luz entraba por la rendija de la persiana. El reloj marcaba una hora absurda. Todo parecía normal. Pero yo no lo era. Algo había cambiado. No sé si fue ella, o lo que representaba. No sé si fue el sueño, o el espejo que me puso delante. Solo sé que, desde entonces, cada vez que cierro los ojos, temo que vuelva. No por lo que pueda hacerme, sino por lo que pueda recordarme. 

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ESCRIBIR

Escribo porque ya no sé hacer otra cosa que aguantar mientras algo se deshace por dentro. Lo que aparece aquí no es valentía ni lucidez, es resto, es basura emocional sin filtrar ni pedir permiso. No me importa sonar patético, roto o excesivo, porque es mi estado actual. El corazón de lo que escribo no quiere ser leído ni comprendido, quiere ser expulsado de una vez. Si queda algo en pie después, será por error, no por fuerza de mi escritura.

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RECUNCAR EN «OQUINTODOTEMPO.COM»

Hay verbos que no se traducen, que no se pueden traducir. No porque no tengan equivalente, sino porque llevan dentro una forma de estar en el mundo. Recuncar es uno de ellos. Es un verbo gallego, sí, pero también es verbo de alma, de memoria, de ritual.

Es un verbo que lo llevaba persiguiendo mucho tiempo. Mucho. Pero siempre estaba registrado. Hasta que hace unas semanas lo vi libre y con el dominio que yo quería. Y me lancé a por él. Le di una emotiva patada a pasoreservado y di el salto a josemariamaiztogores.com.

Si tú todavía me soportas, leerías una entrada en la que me inventaba una discusión de taberna entre unos amigos que decidíamos que el nombre del blog fuera josemariamaiztogores.com/. Fue una escena simpática en un bar que existe realmente en Compostela y que conozco muy bien porque en él recunqué muchas veces.

Cuando decidí viajar a josemariamaiztogores.com, lo hice con ese verbo como bandera. Porque recuncar no es repetir sin más: es volver a decir, volver a sentir, volver a pasar por el corazón. Es lo que hacemos con los poemas que nos marcaron, con las canciones que nos acompañan, con las palabras que nos definen.

www.josemariamaiztogores.com es un espacio para textos muy gallegos, pero escritos en castellano. Porque hay una forma de mirar, de contar, de emocionar que es profundamente gallega, aunque se exprese en otra lengua.

Aquí conviven la saudade, el humor, la ironía, la ternura, la provocación, el amor y la soledad. Los conozco tan bien que han anidado en mi corazón. Aquí se recuncan recuerdos, miserias, imágenes, rituales, miradas y sentimientos. Es un blog que canta en castellano, pero con acento de aldea, de tasca, de romería. Un lugar para dramatizar lo cotidiano, para convertir la resaca en poema, el refrán en manifiesto, el dolor en comunidad.

Este es el blog al que tú estás suscrito y que te llega por correo electrónico cada nueva entrada. Espero y deseo que las disfrutes. Y si me lees sin estar suscrito, te lo agradezco igualmente. Este es www.josemariamaiztogores.com, el blog de siempre.

Recuncar habla en castellano con alma gallega. www.josemariamaiztogores.com, para recuncar en castellano lo que me duele, lo que me alegra, lo que me define. Este es la conversión de pasoreservado. Este es el que recibes en tu bandeja de tu correo electrónico.

Y ya sabes, si conoces a alguien que le pueda interesar mi blog, dame su correo que yo lo suscribo encantado. Sería un hermoso regalo. 

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OLVIDO

¿Recuerdas aquel verano de música y abrazos? Quizá te pregunte embargado por los recuerdos alguna vez. Entonces, en mi placentera fantasmagoría, tú sentirás que la distancia recorta los días de nuestro común pero caducado calendario, y por fin yo seré capaz de proyectar mi retrato en nuestra añorada juventud, átomo de desvergonzada vitalidad. Entonces, abrigado por un aullido de sueños, colocaré sobre tu galante figura una cadena de renovados latidos y sobre tus labios una selección de mis mejores poemas.

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HOY

Hoy no encuentro el pródigo regalo de tus horas junto a mí. Hoy mi alma no sabe lo que es el latido febril de un pulso apresurado. Hoy me muestro desgarrado como una noche sin luna llena. Hoy prolongo mi sueño con la herida de tu cáliz ya no compartido. Y hoy me enojo, ahogado en mis miserias, como un lecho de soledades.

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CAMINOS DEL ALBA

Que no echen más cenizas sobre mí, ni más zozobras, ni más reinos de promesas a sueño abierto, que no me cuenten más historias de cenicientos enredos. ¡Déjenme combatir en mi oscuridad, déjenme elegir el rumbo de mi vida!, y si por un casual me caigo, ¡Déjenme que solo me puedo levantar y a tientas, en mi pluma apoyado, mi senda proseguir!

 

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LA EMIGRACIÓN

Hay historias que nunca deberían olvidarse, y la emigración gallega es una de ellas. Siempre me conmueve imaginar a quienes abandonaban su tierra con una maleta pequeña y un miedo enorme. Debía de ser muy duro despedirse de la familia sin saber cuándo volverían a verse. Pienso que aquellos viajes estaban llenos de esperanza, pero también de una tristeza difícil de explicar. Muchos lograron construir una vida mejor, aunque pagaron un precio muy alto: la distancia y la nostalgia. Creo que quienes nunca tuvieron que marcharse no siempre comprenden ese sentimiento. Cada carta enviada desde el extranjero debía de contener mucho más que palabras; llevaba también el deseo de regresar algún día. Por eso considero que la emigración no solo cambió la vida de miles de personas, sino también la forma de entender Galicia y de recordar el hogar.

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CAMINO

A veces camino sin saber por qué. Como si algo viejo, algo que no habla, pero insiste, me empujara a seguir. Estoy frente al mar. Siempre vuelvo aquí sin pensarlo. Me llama, me recoge, me borra. La sal se lleva mis huellas como si quisiera decirme que no soy tan importante, que todo pasa. Y en este ruido suave, en este olor que se queda en la piel, me nació una necesidad: escribir. No el poema, no las palabras exactas. Solo escribir. Porque hay cosas que no caben dentro para siempre. Y hay silencios que, si no los abro, me pesan más que el cuerpo. 

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SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.

Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a volar. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.

Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.

Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.

Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo.

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TU VOZ

(A Compostela, esa mujer que entonces me hablaba muy bajito al oído cada vez que nos encontrábamos en las calles de mi ciudad.)

Deseo escuchar tu voz cada nueva mañana, cada despertar claro, como si mi sangre acariciara con impulso diáfano tu cuerpo mientras nuestros sexos se despedían a los pies de un manantial cálido.

Sumergido en una noche de desmayos e hipnosis, mis manos desnudas tocaban tu cuerpo en el placer de un sueño colmado de fantasmas y realidades falsas.

Me aguijonea desde hace tiempo el verdadero deseo de un posible regreso a tu lado.

Y mi alma, anegada y adornada por la larga ausencia de nuestro último beso, casi sin fuerza y despojada de vida carnal, comienza lentamente en el regazo de la soledad a imaginar. 

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AÑOS

Con el tiempo uno aprende a mirarse con menos dureza. Durante la juventud solemos juzgar cada error como si fuera definitivo, pero los años van limando esas urgencias y enseñan que casi todo forma parte del aprendizaje. Yo también he empezado a aceptar que fui como fui con timidez, dudas, silencios largos y un exceso de prudencia. Esa aceptación no borra el pasado, pero lo vuelve más habitable como una casa antigua que finalmente se ventila y deja entrar aire nuevo. A veces recuerdo ciertas escenas y ya no siento vergüenza, sino una especie de ternura hacia ese hombre más joven que todavía estaba aprendiendo a decir lo que sentía. Quizá crecer consista precisamente en eso, en mirar atrás sin tanto reproche y entender que incluso los silencios torpes estaban intentando proteger algo frágil que necesitaba tiempo para encontrar su propia voz tranquila, humana, imperfecta, pero verdadera al fin también.

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EL PÁJARO

En una aldea muy pequeña y muy apartada de las más lejana Galicia moraba hace unos años un cura muy viejiño él, pero con el aspecto físico de un roble, decían quienes lo atendían en sus labores caseras. De este hombre han hablado, y hablarán mucho las lenguas de la comarca. Tenía una afición que los hombres de la aldea no envidiaban en absoluto. Esta afición de la que voy a hablar consistía en darse un baño diario en una curva que hacía el río en las afueras de la aldea. Las aguas están heladas, según los que lo intentaron como avezados nadadores. Una vez y nada más, sentenciaron al unísono. El cura seguía con su costumbre y no lo frenaba nada. Disfrutaba tanto que olvidaba siempre que muy cerca se encontraba el pilón de lavado de la ropa de uso público. Las primeras habladurías fueron las de una mujer que debía de tener el teleobjetivo de las águilas: cuando este hombre nada para atrás parece un reloj de sol. Otras, las que le arreglaban sus prendas sacerdotales se quejaban de que tuvieron que hacer unas sotanas de talla extragrande porque, si las ajustaban demasiado al talle, la feligresía perdía en un instante la devoción cuando hablaban con él en el atrio de la iglesia. El más osado era el cantinero, hombre irreverente y ateo, hablaba de un verdadero diablo entre las piernas.

Este sacerdote tenía como afición la ornitología. Salía todos los viernes, nevara, lloviera o hiciera un sol del carallo, a escuchar, en expresión de Fray Luis de León, la música no aprendida de los pájaros.

Una vez le regalaron un canario que decían que lo proclamaron campeón de España en una prueba que se celebró en Valencia con más de cien participantes. Lo cuidaba, perdón por la blasfemia, como si fuera un santo más de su capilla. En uno de estos cuidados, un día, al levantarse de la cama, notó que no estaba Severino, ya que el silencio reinaba en la casa y se podía escuchar muy bien el sonido de los ratones que caminaban por el fayado de su casa. La jaula, vacía, no volvió a ser la casa de Severino.

Su disgusto y su preocupación fueron tan grandes que decidió preguntar a sus feligreses cuando finalizó la misa mayor del domingo. No quería que «la cosa» cayera en el olvido y se puso a hacer preguntas tipo Hércules Poirot en cualquiera de sus interesantes investigaciones.

De primeras, preguntó que quién tenía pájaro. En este punto se levantaron todos los hombres y alguno de ellos de un modo muy jactancioso. No he hecho la pregunta correcta, comentó muy avergonzado para sus adentros el cura.

―A ver, amigos, a ver. Yo quiero saber si ustedes en estos últimos días han visto en la aldea mi canario, un pájaro muy llamativo y gracioso.

En este punto se levantaron de sus bancos casi todas las mujeres, unas con el rostro colorado por la vergüenza, otras, las que se quedaron en sus asientos, con cierta tristeza y resignación. Tampoco funcionó, y manifestando una aparente ingenuidad, preguntó:

―¿Quién ha visto mi pájaro?

Y como cohetes de bomba triple todas las monjas se pusieron de pie llenas de alegría.

El templo «estalló» en carcajadas.

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LA PEREGRINA Y EL BURGO: RECUERDOS DE UNA VIDA

Cuando pienso en mi infancia y en mi adolescencia —la tardía también—, el corazón me lleva inevitablemente a dos aldeas que marcaron mi vida y la memoria de mi familia.

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alzaba una pequeña capilla que era mucho más que piedra y cal. Hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino me llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable. Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también más íntimo. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre estuvo en manos privadas, circunstancia que me dificultó mucho, teniendo en cuenta además mi gran timidez, su visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en un espacio abierto a la gente de Bertamiráns para visitarla y realizar actos públicos. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario. 

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PAISAJE

Con el paso de los años empecé a pensar en mi vida como un paisaje de invierno. No un invierno violento ni lleno de tormentas, sino uno silencioso, blanco, casi elegante, donde todo parece detenido. A veces caminaba por calles tranquilas viendo a parejas conversar con naturalidad y sentía que yo observaba ese mundo desde una ventana cubierta de escarcha. No estaba completamente fuera, pero tampoco dentro del todo. Ese paisaje interior tenía una calma engañosa porque bajo la nieve seguían latiendo deseos, preguntas y una curiosidad por la cercanía humana. Solo que durante mucho tiempo me acostumbré a contemplar en lugar de participar y cuando uno vive demasiado tiempo mirando el paisaje termina creyendo que observar también es vivir, aunque en el fondo algo pequeño, cálido, paciente siga esperando un deshielo lento capaz de abrir caminos entre la nieve antigua acumulada en silencio dentro del pecho que aún guarda calor posible.

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IDEALIZACIÓN

No te idealizo. La idealización es una forma de cobardía. Te prefiero real. Con sombras. Con contradicciones. Con lugares donde no me dejas entrar. Hay alguna sombra en ti —o en lo que imagino de ti— que me mantiene alerta. Intranquilo. Despierto. Te escribo porque escribir es una forma de acercarme sin tocarte. Y la distancia, cuando hay deseo, también es una forma de erotismo. No todo deseo quiere cuerpos. Algunos solo quieren durar. Quieren imaginar tu cuerpo desnudo sin tocarlo. Quieren dejarte sin ropa dentro de la mente. No busco que me respondas. Ni siquiera que me leas con cariño. Me basta con que existas en un pensamiento mío y que quizá yo exista en uno tuyo. Aunque sea un segundo. Aunque sea con el cuerpo. Si alguna vez sientes que alguien te mira desde las palabras, sin manos, sin ojos, con paciencia, Imagina que soy yo. Puede que sea yo escribiendo otra vez, sin saber si estás donde te imagino. Esta es mi manera de decir: no te debo nada, no me debes nada, pero cuando mi mente te desnuda en silencio, el mundo se vuelve un lugar mucho más lento. Y mucho más peligroso.

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‘PASORESERVADO’ O ‘RECUNCAR’ U «OQUINTODOTEMPO.COM»

El Pataca hervía como pocos días. Allí estaban Víctor, Jorge, José María y su hermana Lola. Las voces, las risas, las canciones se sucedían entre cuncas de vino que viajaban de mano en mano como un tren de alta velocidad. Es uno de los bares más conocidos entre los compostelanos y la amenaza de cerrar cuelga sobre él como el péndulo del reloj de la Puerta del Sol. Sus famosas y deliciosas tapas de patata gallega asada son uno de los atractivos de este local situado en plena rúa del Villar de Santiago, una de las calles más visitadas y transitadas de la parte antigua de la ciudad, a sólo cinco minutos de la catedral.

―Non sei ti, pero encántanme as patacas preparadas en horno de leña, decía un paisano queriendo mantener la compostura después de unas cuantas tazas de ribeiro.

Están cocinadas al estilo de la casa: en su cocina de leña, cocidas a fuego lento en salsa de carne, lo que hace que tengan un color amarillo-dorado inusual y un sabor único.

Un buen amigo compostelano, que está montado en la parra todo el día, convocó a los tres amigos con unas palabras muy cariñosas con el fin de dilucidar el nombre definitivo del blog de José María que estaba bautizado provisionalmente con el nombre de pasoreservado.com. La cena de días atrás en la pulpería de Melide terminó con muchas canciones da terra, pero sin ninguna decisión clara.

―El viño enreda los pensamientos coma la niebla en las corredoiras, decía el bueno de Ignacio dando sorbos largos y densos a su taza mientras comía tres o cuatro trozos de pulpo con un palillo bastante usado ya.

―Un trago más y ya no sé si pienso o estoy pensando que pienso, apuntaba Víctor con los ojos encendidos.

―Mi padre afirma que el vino es viento caliente que despliega las velas de la locura, sentenciaba con sobrias palabra Jorge, el más dicharachero.

Y el simpático de José María, que no se enteraba de nada por el rebumbio que había en la tasca remató la faena:

―El vino no da respuestas, pero hace olvidar las preguntas.

Y los cuatro rompieron a reír como si no lo hubieran hecho en la vida. Las comisuras de los labios se pintaron de granate porque tuvieron la nefasta idea, no de ir a bañarse a la playa, no, sino de cambiar de vino: Barrantes. Vino denso, de color intenso, con alta acidez y textura consistente que teñía todo lo que mojaba.

Al Pataca no se va a beber una vez. Se va a recuncar. A repetir copa, verso, historia o suspiro. A volver al plato que emociona, al rincón que abriga, al idioma que canta.

El blog de José María que lleva cultivando desde hace meses es como una tasca con mesa de madera y vino de Ribeiro: entra quien quiere, se queda quien siente, y repite quien encuentra agradable sabor en sus textos. Hay poesía, hay retranca, hay bichos traviesos y verdades envueltas en pan. Y si alguna palabra te hace cosquillas en el corazón… sírvete otra taza. Porque aquí, como en el Pataca, lo bueno se repite. Y si tiene algo de gallego, mellor.

Ya sabemos que los tres amigos están en el Pataca en una noche de risas y vino de Ribeiro y Barrantes. Ignacio se marchó a una hora prudente porque al día siguiente tenía que ir al chollo.

Son tres amigos de toda la vida, tres copas más de las que pensaban, y una discusión que ya parece un debate parlamentario, pero con más migas de chorizo que corbatas.

Víctor, con la taza en alto, ya en modo filósofo de barra, proclama:

―¡Pero a ver, José María! pasoreservado.com suena misterioso, elegante, como si entrar al blog fuera como colarse en un reservado con cortinas de terciopelo. ¡Tiene marcha! ¡Te invita a entrar! La camisa blanca de José María tenía una minuciosa ducha de puntitos granates provocados por la efusividad de Víctor al hablar.

―Es mi obra de arte para tu blog, sácale una foto y la cuelgas. Tendrá un éxito cojonudo.

Jorge, que ya ha dicho «¡eso, eso!» tres veces sin saber a qué:

―Sí, pero josemariamaiztogores.com tiene alma, tío. Tiene Galicia. Tiene esa cosa que no se explica, pero que se siente. Es como cuando Pepa decía «recuncar» y tú sabías que ahí había algo escondido, algo tuyo, que era digno de repetir.

José María, con el Ribeiro haciendo efecto poético:

―Es que recuncar no es solo una palabra. Es como un suspiro con raíces. Es el rincón donde se guardan las historias que no se cuentan en voz alta. Es el perro que se mete debajo de la mesa cuando llueve. Es… es mi blog, carallo.

Jorge, emocionado porque ha elegido su nombre, aunque no sabe bien la razón:

―¡Pues entonces no hay más que hablar! josemariamaiztogores.com/ suena a verdad. A tierra. A tasca. A ti. A mí. A Las Pateiras. A San Ramón y a bebedeira en cualquier lugar de Galicia, a San Simón.

Víctor, sirviéndose otra taza:

―Y si algún día haces una sección de «pasoreservado», que sea para los secretos, los poemas escondidos, los recunchos del alma, esa segunda vida que dices tú tener. Pero el nombre… que sea gallego, que sea tuyo.

Y así, entre brindis y patacas, se decide que el blog no será solo una página, sino un recuncho donde caben todos los Jorge, los Víctor, y los José Marías del mundo. Con vino, con alma, y con nombre gallego.

El vino ya no se sirve, se canta. Jorge rasca la mesa como si fuera una zanfoña, Víctor marca el ritmo con el vaso, y José María, está a punto de protagonizar una escena de juramento cidiano. Los tres dispuestos a recuncar por enésima vez.

Jorge, entonando como si estuviera en un festival de cantautores de Lavapiés:

―¡pasoreservado.com! Suena a jazz, a club con cortinas rojas, a contraseña secreta, a puticlub. Es como decir: solo para los que saben mirar las cosas ocultas del autor. ¡Y yo me río de que las haya!

Víctor, que ya está improvisando palmas y versos:

―Pero josemariamaiztogores.com/… eso es tamboril, gaitas, y pan de millo. Es repetir porque está bueno, porque emociona. Es como cuando la canción termina y todos gritan: ¡Outra vez! ¡Outra vez! ¡Outra vez!

José María, con el alma en clave de fa y el Ribeiro haciendo de afinador:

Recuncar es volver al plato, sí, pero también al verso que te hizo cosquillas. Es repetir la historia del perro que se escapó con el jamón, porque cada vez que la cuentas, alguien se ríe distinto. Es Galicia en bucle, pero con ritmo.

Jorge, ya con la taza como micrófono:

―¡Pues que sea josemariamaiztogores.com! Y que cada entrada del blog sea como una canción que pide un bis. Que tenga intro, estrofa, y final y que se quede en la boca como el vino.

Víctor, levantando el brazo como si fuera una batuta:

―Y que el blog empiece con una bienvenida que suene a brindis. Que diga:

entra, siéntate, y si te gusta… recunca.

Y el taberneiro, sirviendo tazas a destajo, que lleva la camisa abierta hasta el ombligo, el delantal con manchas que podrían contar la historia de Galicia entera, y los ojos como faros en niebla de Ribeiro, se apoya en la barra como quien se apoya en la historia, y con voz cazallera, ronca y ceremoniosa, recita un romance que tiene más versiones que el rostro de la Preysler:

No nace de nube nin nace de mar, / nace nun recuncho onde se pode recuncar… 

Y volvió a callarse como si sólo fuera capaz de recitar dos versos de un romance de carallo. La mujer lo aplaudía para que siguiera como si fuera un poema nuevo y le dio un beso de recién casados.

La mesa ya parece campo de batalla de migas, la gaita duerme apoyada en la pared, y el aire está tan cargado de risas que hasta las moscas se quedan escuchando.

Al fondo de la barra, donde nadie la veía, pero todos la respetaban como a una buena meiga, estaba Lola con lengua de corcho. Había entrado sigilosamente para observar la escena. Llevaba tiempo callada, bebiendo en taza como quien bebe recuerdos.

De pronto, se pone en pie. La silla cruje como si supiera que algo importante va a pasar. Se acomoda la voz, se limpia la comisura con el dorso de la mano, y con voz de gaiteira jubilada que aún canta en los entierros, sentencia:

¡josemariamaiztogores.com!

¡Carallo!

¡josemariamaiztogores.com!

Porque lo que es bueno, repítese. / Porque lo que emociona, vuelve. / Porque Galicia no se visita unha vez, / recúncase. / ¡josemariamaiztogores.com/, carallo, josemariamaiztogores.com!

Silencio. Hasta Jorge deja de rascar la mesa. Víctor se queda con la taza en el aire. José María, sonríe como quien acaba de recibir el nombre de su primer hijo. Y Lola, satisfecha, se sienta. La tasca aplaude. La gaita se despierta. Y el blog, por fin, ya tiene nombre: josemariamaiztogores.com.

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LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mundo sabe que el perro simboliza la fidelidad y la lealtad y que en muy pocas ocasiones aparece con una significación malvada y envilecida.

―Alguna vez tenía que ser, dijo el tío Filoso. Además, eso es porque no conocieron a Milucha, ¡demonio de perra!

Cierto es que el tío Filoso no estaba muy de acuerdo con esa premisa. Contaba él que, cuando era más joven, en la casa de A Maía, había una perra pequerrechiña que tenía unas aviesas intenciones jamás conocidas en la aldea.

―Es una sinvergüenza, una desalmada. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lanzó como una endemoniada desde el desván donde estaba escondida hacia mi tobillo izquierdo y me dio en él un mordisco del carajo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escuchaba sin apenas mudar el color, pues conocía muy bien sus artimañas.

―Eres peor que ella, Filoso. Como dice el rapsoda de A Maía, no es mala, es intensa. No muerde por odio, sino por exceso de entusiasmo. Su ladrido no es amenaza, es poesía en clave canina.

―No digas eso, Carlos; que yo sólo me defiendo de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el culo un cigarro encendido?

―¡Como no lo voy a recordar! Ese día me reí a carcajadas. ¡Dios, cómo corría la astuta por la era! Semejaba un cohete de feria. Y gruñía como un dragón medieval.

―No la juzgues por sus gruñidos. Escúchalos como quien escucha una canción en una aldea con un mensaje oculto.

―Sí. El otro día mantuve una conversación con Maximino. ¡No sabes cómo bailaba de joven la muiñeira! Y me dijo que los perros no hacen gamberradas, que son un escudo contra todo aquello que no les gusta.

―Y tú, Filoso, reconoce que no la dejas en paz.

Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie la compró. Apareció por allí como una peregrina sin destino y como había comprobado que allí había alimento de vez en cuando, una golosina, pues decidió quedarse. Pronto surgieron los problemas con los miembros más jóvenes de la familia. Al cabo de unos meses, tras mordiscos, arañazos en todos los tobillos, robo de calcetines y meadas en lugares intempestivos sólo se llevaba bien con doña María, la matriarca de la familia, que le daba siempre cobijo en su regazo como si fuera una niña.

Cuando veía a algún niño, salía a toda velocidad hacia un banco de piedra que había en la capilla y allí se escondía llena de miedo. Desde ese rincón, observaba con curiosidad a los niños y esperaba que llegara el momento justo en el que uno de esos niños se sentaba en el suelo a su lado, sin prisas, y le ofrecía una caricia sin exigencias. Porque incluso las perritas más gamberras como Milucha tienen su propio ritmo para confiar en los demás. Especialmente después de la última gamberrada.

Era una tarde tranquila, mientras la casa respiraba siesta y silencio después de comer. Milucha decidió que los cojines del sofá no estaban cumpliendo su función estética y con sigilo de ladrón de guante blanco y mirada de estratega, los arrastró hasta el pasillo. No contenta con eso, los desmenuzó como si estuviera limpiando una merluza: plumas por el aire, tela hecha jirones, y ella en medio del caos, con la lengua fuera y el pecho henchido de orgullo.

Cuando la familia se desperezó, ella se sentó sobre los restos como quien presentaba el último récor Guinness. Ni rastro de culpa. Solo la certeza de haber conseguido lo que ninguno de los pequeñajos del casero se había atrevido a hacer.

La tía María es la única que la defendió la «penúltima vez» cuando convirtió un jardín en círculo alrededor de la fuente de piedra de la era en una pateada plaza de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha destrozado el jardín!

―¿Y qué? El jardín volverá. Pero esa chispa en los ojos… eso es vida. Y la tía María acariciaba a la perrita, que se escondía acobardada tras las cortinas del cuarto de estar.

―Yo también fui gamberra. Y mírame, aún me invitan a misa.

Una mañana bien temprano, cuando todavía la falta de luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover «la de Dios es Cristo» el tío Filoso se apostó sin decir ni hacer nada de ruido, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movimientos y… ¡Ya veríamos entonces! Para estas cosas las pocas fuerzas que tenía se insuflaban de energía como un joven militroncho haciendo guardia.

Después de comer, se despidió y justificó un gran cansancio para dar una vuelta por la finca y luego dormir la siesta en su dormitorio. Todo fue como él había planeado. La perra, también cansada por todas las carreras que se había dado por la finca, apareció en su habitación muy modosa, como queriendo hacer las paces, pero Filoso se lanzó sobre ella y cuando la tuvo bien asida por el rabo, salió zumbando hacia el mirador que había en la parte alta de la finca sin que nadie lo viera.

Llegado al mirador, la volvió a trincar bien por el rabo y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar fuerza y así poder lanzarla lo más lejos posible. La perra gruñía cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible no fueran a sorprenderlo en la más hiriente de sus venganzas. El vuelo libre de Milucha duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un tambullón, y acompañado de tres o cuatro descuidados gruñidos llenos de dolor.

Filoso pasó una tarde tranquila como pocas, ya que no había ni sombra del animal. Nadie preguntó por la perra. Feliz como un niño en su Primera Comunión cenó un buen plato de sopa y una muy bien hecha tortilla de patatas. Para sorpresa de todos, esa noche no hubo televisión ni nada. Todo el mundo en silencio. La perra no apareció por ningún lado. A la cama se fue Filoso, a seguir leyendo Los diez negritos. Subió las escaleras muy dinguilendeiro. Pero la alegría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y asqueroso cerollo de Milucha.

―¡Mierda! Ya lo dije yo, esta perra tiene siete vidas como los ghatos. ¡Carajo! La infravaloré. Bien, mañana vuelta a empezar. ¡Bueno es saber que sólo le quedan seis! ¡Qué mañana, esta misma noche! Y desde no se sabe qué escondite de la finca la perra Milucha parecía sonreír la muy festeiramente

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SAUDADE

E despois viñeron as chuvias. Entón foi cando comezou a renacer en min aquela tristura sen causa que xamais me abandonara, pero que o sol estival do meu interior espantara. E puiden palpar as néboas da mañá, e os meus ollos cegáronse coa humidade do sol, e o meu espírito, alimentado coa calor das lareiras, arrolouse en soños contemplando aquel mar. E despois viñeron as chuvias. E cando espertei, cos ollos cheos de paz, comprobei que nesta cidade nunca chovía como nos meus soños a saudade esculpía. E despois viñeron as chuvias.

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AMULETOS

O meu camiño está cheo de interminables pedras, edificios en ruínas e un exceso de velados amuletos. Todos eles no centro do meu peito: uns protéxenme dos ataques de cordura, outros espídeme sen reservas e amosan un espírito inerte e maltreito. Todos eles, perforando nubes e estrelas, lánzanse sobre min para blindar no meu interior unha calma infinita e curar entre álamos de fe a chaga da miña cicatriz.

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ESPEJISMO O REALIDAD

Nadie me dijo que estabas ahí. De pronto, unas piernas enfundadas en unas vengativas medias cubrieron de heridas la tranquilidad de mi espera. Eras tú, claro. ¿Regalo del demonio o caricia de un ángel? Estuve dos minutos observándote y me parecieron dos siglos de largos caminos y crecientes heridas. ¿Espejismo o realidad? Por un momento soñé que volvías a mí con las manos bien abiertas y dispuesta a acunar mi soledad.

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ENCUENTRO CON LA REINA LUPA EN EL PICO SACRO

Subí solo, como quien busca una respuesta que no se puede formular. El Pico Sacro me esperaba con su silueta de tierra antigua, su aliento de leyenda. El viento soplaba como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Yo tampoco.

La noche había caído sin ruido, envolviendo el monte en una penumbra azulada. Entonces la vi. No sé si apareció o si siempre estuvo allí, esperándome. La Reina Lupa, vestida con un manto de niebla, con los ojos encendidos como brasas que no se apagan. No era joven ni vieja. No era humana ni bestia. Era ella, la que traicionó a los discípulos, la que custodia secretos bajo tierra, la que conoce el lenguaje de los lobos.

No dijo mi nombre, pero lo pronunció con la mirada. Me acerqué como quien se acerca a un fuego que no quema. Su piel tenía el olor de la tierra mojada, del musgo antiguo, del deseo que no se atreve a decirse. Me tocó la cara con una mano que parecía hecha de viento. Y entonces habló, no con palabras, sino con memoria:

—Has venido a buscar lo que no se puede encontrar. Has venido a amar lo que no se puede poseer.

No respondí. No podía. Ella se acercó más, y el monte entero pareció inclinarse hacia nosotros. Nos besamos como si el tiempo no existiera. Como si el mundo fuera solo ese instante. Su boca sabía a leyenda, a traición, a redención. Me abrazó con la fuerza de quien ha esperado siglos. Y yo me dejé llevar, como quien se entrega a un destino que ya estaba escrito en las piedras.

El Pico Sacro nos envolvió. El viento dejó de soplar. Los lobos callaron. Solo nosotros, en medio del monte, éramos reales. O quizás no. Quizás fue sueño. Quizás fue delirio. Pero desde entonces, cada vez que subo al Pico, siento su presencia. Y cada vez que cierro los ojos, vuelvo a besarla. 

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CAPÍTULO XXIV DE ‘HATROZ’.- LA GUISANDEIRA

Falan que as guisandeiras son as mellores cociñeiras, falan todos moi ben delas como si aínda as houbera.

(Cuentan que las guisandeiras son las mejores cocineras, todos hablan muy bien de ellas como si aún las hubiera).

―La comida casera es una parte esencial en el desarrollo de los jóvenes y no esas porquerías que comen en los bares a los que van.

Así hablaban los queridos ascendientes de los pequeños cuando sesteaban delante de la casa vieja de La Peregrina después de un buen elaborado almuerzo en una vella cocina de leña.

Lo cierto es que en verano todos engordaban unos cuantos kilos. Mil argumentos varios para una realidad gallega: las patatas gallegas, el pan, los huevos de corral… ¡Hasta algunos decían que el aire puro del valle de Amaía engordaba más que el contaminado de Madrid!

Rafo, cuando era pequeño, escuchó reiteradas veces un elogio un tanto desmesurado de las patatas gallegas y los tres pequeños iban a la cocina con la misma frase. 

―Pepa, no hay nada como as patacas da terra.

La buena guisandeira miraba a Rafo, a Jorge y a Rosa con cierto gesto de incredulidad campesina y paciencia quincuagenaria, se frotaba las manos y les soltaba con profundo acento gallego:

Da terra son todas.

Y volvía a sus tareas culinarias.

Jorge aclaró que la frase era respuesta de Maruxa, una mujer que trabajó en su casa durante muchos años.

―Nunca conseguiréis que acepte el doble significado de esa expresión. Sois muy tercos. Cada verano le decís lo mismo con el afán vuestro de que en esa oportunidad se vaya a reír con vosotros. Ni lo soñéis. Pepa es de una simpleza argumentaría que no buscará nunca el doble sentido de esa palabra. ¡Ojo que lo digo como elogio y no como descalificativo!

Así hablaba el tío Filoso cada vez que veía que se multiplicaban las visitas de los pequeños a la cocina.

En realidad, las incursiones al «territorio de Pepa» tenían en muchas ocasiones una razón muy diferente. Eran las «requetefamosas galletas de nata» las responsables.

Pepa las elaboraba con la nata de la leche de las vacas recién ordeñadas cada noche en una granja vecina. Cuando los quehaceres de la cocina de leña le permitían otros cometidos, los pequeños lo celebraban con gritos de alegría que querían imitar al linajudo e inconfundible aturuxo (grito agudo, fuerte y prolongado que se emite en señal de alegría en las fiestas mientras se realizan algunas labores agrícolas).

Anhelaban que entre esos otros cometidos estuviera la elaboración de las inimitables y singulares galletas de nata. Todo dependía de la inexistencia de algún encargo familiar.

Hacía muy pocas galletas para la cantidad de comensales que estaban dispuestos a saborearlas. En algunas ocasiones protestaba polo miúdo (en voz baja) cuando podía comprobar que esa noche se había pertrechado el más escandaloso de los ataques. El placer, con el recuerdo actual, no se sabe si estaba en la galleta, que seguro que sí, o en la sensación de exención de culpa cada vez que, en la fría y húmeda oscuridad de la noche, se abalanzaban casi obscenamente sobre el bote que las albergaba.

Pepa se levantaba muy pronto. A las seis de la mañana ya había ruido de cacerolas en la cocina. Así lo aseveraban los primos mayores de la casa que, como habían llegado de madrugada, se quejaban de tal alboroto organizado. Su cuarto se encontraba justo encima de la cocina. Los suelos de madera de entonces no aislaban lo suficiente para amortiguar los golpes protagonizados por la guisandeira cuando preparaba todo para la comida del día. Mientras reposaban en los mullidos colchones de lana, oían con absoluta nitidez el vetusto ritual de Pepa, en forma de sintonía culinaria. Únicamente se mitigaba cuando el aroma inconfundible de un caldo gallego se colaba por las rendijas que tanta madera vieja ofrecía. Hoy, con el dolor de la nostalgia que destroza realidades pasadas, recuerdan todos aquel exquisito caldo elaborado a fuego lento y en cocina de leña. El crepitar de la leña era música de un galán que cortejaba a los ingredientes del caldo gallego.

Su afán era tener todo dispuesto a media mañana, para poder dedicar algún tiempo al tratamiento de sus variados achaques médicos. Las varices, la tensión… y cuantas dolencias habitaban en su pequeño cuerpo.

Como tenía muy cerca de la cocina el baño que ella utilizaba para sus abluciones matinales y otros menesteres, no había que ser muy lince para imaginar que, cuando la comida reposaba a medio elaborar en las diferentes mesas de la cocina, y la «circunstancia física» lo requería, las visitas al excusado eran reiteradísimas.

No le gustaba nada que hubiera fisgones mientras ella cocinaba. Los expulsaba de su pequeño reino como el más déspota y despiadado monarca. A la familia, los espectadores, siempre les dirigía unas palabras que hoy nadie es capaz de recordar. He buceado en la memoria de los familiares que aún viven con saña inquisitorial, pero nada. Todo ha sido baldío. Esas palabras les hacían salir a toda velocidad de la cocina y disimular ante ella que cumplirían a rajatabla tal indicación.

Duraba el precepto unos cinco minutos. La curiosidad infantil, en muchas ocasiones, era superior a la de los adultos cuando eran expulsados y amagaban con marcharse para dar vueltas continuas con el único afán de seguir fisgando en la «propiedad de Pepa».

Célebre fue la reacción de esta buena mujer cuando visitó a su médico de toda la vida y le recetó unos supositorios. La cara de ella era todo un poema, cada vez más impactante, según iba escuchando al doctor lo que le había recetado para atenuar ciertos dolores que tenía en la zona baja del vientre.

―Lo que le receto en esta ocasión es algo novedoso para usted, pero que es muy efectivo si se utiliza debidamente. Los supositorios son muy positivos para aliviar el dolor de modo casi inmediato. ¿Me entiende usted? ¿Lo ve? Y le mostraba uno como referencia visual. Es un medicamento sólido de forma alargada y acabado en punta que usted debe introducir por el ano con una presión continua hacia el interior hasta que usted se percate de que no va a salir. Puede ser que haya experimentado en ocasiones otros tratamientos también exitosos que se utilizan introduciéndolos por la vagina. Cuando lo introduzca por el ano debe cerciorarse de que lo retiene perfectamente en su interior para que el supositorio libere su ingrediente activo cuando se funda con la temperatura del cuerpo.

La cara de Pepa iba de susto en susto. Lo único que le apaciguó el pudor que invadió su rostro fue la contundencia de las palabras del médico cuando le aseguró su efectividad. Sus palabras fueron persuasivas y concluyentes.

―Lo tiene que hacer usted. No tenga reparo alguno. Esto es una práctica muy frecuente hoy en día. Es evidente que no es un tema para una conversación, pero si usted indaga un poco, muchas mujeres le corroborarán mis explicaciones.

La salida de la consulta fue todo un concierto sin preludio. La ansiedad le había producido una gasificación que no fue capaz de reprimir y hubo una liberación absoluta de música de viento.

Su enrojecido rostro subió de tono al recibir el frío de la mañana y el camino hacia el taxi lo hizo cabizbaja y consternada.

No abrió la boca en todo el recorrido de la consulta a La Peregrina. Se bajó aturullada y torpe por los nervios, y se tropezó con el patinete que había en la era. Rogó a lo más alto que ningún hombre de la casa le preguntara por la visita al médico.

―Por poco la tengo que llevar a urgencias, le dijo el taxista. Algo muy grave le ha tenido que comentar el médico para postrarla en ese azorado atontamiento. Espabile, mujer, espabile, que seguro que no es nada grave.

Pepa, haciendo caso omiso a cualquier comentario que llegaba a sus oídos, se introdujo en la casa vieja mirando fijamente al suelo y con el rostro aún encendido de vergüenza. No veía el momento en el que pudiera descansar en su dormitorio a solas. Era su mayor deseo en ese instante. El movimiento de la llave se oyó con nitidez en la acera de la casa vieja. Golpe seco y firme con el siguiente significado: no me molesten.

―Algo peliagudo ha tenido que ocurrir, comentó el tío Filoso, mientras saboreaba un cigarrillo perfectamente liado con mano habilidosa y ducha en esta labor desde la adolescencia.

Como la comida estaba hecha, Pepa no salió de su habitación hasta el atardecer. De hecho, varios miembros de la familia golpearon con los nudillos en la puerta de su dormitorio y no encontraron respuesta alguna. La preocupación era evidente. Empezaron a barajar la posibilidad de que lo hablado en la consulta del médico fuera más allá de una simple dispensación de recetas.

―Ningún médico sensato se lanza a hacer un diagnóstico sin pruebas previas. Tiene que ser algo muy molesto, pero nada grave. Es lo mínimo. A no ser que fuera, que no lo es porque lo conozco yo muy bien, o carniceiro de Reboredo, cerca de San Andrés de Teixido que sajaba los granos de la cara haciendo tres grandes cortes en distintas direcciones para así garantizar la extracción de todas las impurezas.

―Ninguén o fai mellor ca eu. E, cando me reclaman anestesia, doulles un augardente de oruxo blanco de 50º, o mesmo que utilizo después para limpiar a pel, que os deita na cama como si recibiran un puñetazo en seco de Mujamá de Alí.

Los pequeños, a lo suyo como es evidente, entraron reiteradas veces en la cocina con la esperanza de que estuviera elaborando galletas de nata. Estos «tres elementos» ―Rafo, Jorge y Rosita― no podían calibrar la gravedad de la posible enfermedad de Pepa. En la niñez no se conocen nítidamente los imponderables que se van presentando en la vida adulta. Ninguno de los tres valoró los achaques que sufría la buena de Pepa y que la postraron de aquel modo tan significativo.

En el silencio del atardecer, y entre ronquidos indignantes, parecidos a una motosierra, de algún familiar, se oyó de pronto el chirrido de las bisagras de una puerta. La madre de Rafo levantó la vista del punto que estaba calcetando y, en un silencio casi nocturno, se puso en pie y se dirigió con rapidez a la cocina. Después apareció la madre de Jorge. La de Rosa no estaba presente porque se había a dar con su marido el paseo de todos los días.

Allí estaba Pepa, en el umbral de la puerta que daba acceso a su territorio con la caja de los supositorios en la mano derecha en plan de afrenta medieval.

Las hermanas se interesaron y le preguntaron si precisaba algún tipo de ayuda con las croquetas de la noche.

―Ustedes tranquilas. La masa ya está hecha y sólo me falta envolverlas en pan rallado y huevo. Ahora voy al baño, ya saben ustedes, y luego las envuelvo.

Lo curioso de la noche es que todos se sorprendieron muchísimo cuando las madres de Rafo y Jorge decidieron no tomar croquetas esa noche. Si es vuestro plato preferido, les bombardearon todos mientras se iban sirviendo ritualmente.

Nadie supo la razón. Bueno, sí, dos personas. 

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CHIPICHOSPIS

(Esta anécdota es verídica cien por cien. Lo novedoso es que la he adornado con una lección moral más amplia. Creo que necesaria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la mañana con una energía que causaba sorpresa y admiración en los alumnos de 2º de Secundaria. No entendían que, ellos, medio dormidos y con un bostezo continuo mientras preparaban el cuaderno y el libro de texto, yo pasaba lista con voz potente para hacer de despertador y así poner en la línea de salida espabilados y dispuestos para trabajar a todos los alumnos.

Había uno que estaba especialmente dormido. Creo que todavía le quedaban legañas en los ojos, pero, por el sueño, no era consciente de que tenía que quitárselas.

―A ver, usted, Jaime, dígame qué le ha ocurrido esta noche para estar en ese estado adormecido y somnoliento.

―Nada, de verdad que nada. He dormido muy bien.

―Entonces está relacionado con su desayuno. Dígame qué ha desayunado.

―Lo de siempre, profe, lo de siempre: un colacao con unas galletas.

―Claro, claro, ahí está el quid de la cuestión. Ahí está. Usted debería desayunar como yo, unos potentes Chipichospis.

―Eso no existe, seguro, dijo su compañero de sitio, que salió en defensa del adormilado.

―Usted me dirá, dije con la certeza de estar en posesión de la verdad, si los tomo todos los días. Todos. Chipichospis, se lo repito. Son una inyección de energía y vigor para toda la mañana.

El joven, un poco aturdido por mi vitalidad, se lo comentó a su madre y esta le dijo con voz tranquilizadora que mañana iría al ultramarinos a preguntárselo al dueño, al señor Daniel.

Jaime llegó al aula crecido porque el señor Daniel le había dicho a su madre que debería estar yo equivocado, que no existían esos cereales.

―Pues dígale, yo afiné lo más posible mi cascada voz, que los desayuno todos los días y que claro que existen, que son muy conocidos entre los trabajadores que vivimos de la voz. Yo creo que debe decirle a don Daniel que los encargue a su proveedor.

Jaime, más azorado de lo normal, fue esa misma tarde con su madre al ultramarinos del señor Daniel y le reprodujo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, dígale a su hijo que se deje de tonterías y que desayune productos que todo el mundo conoce, nada de las invenciones de su profesor, por mucho crédito que tenga.

Jaime, testarudo y terco, al día siguiente, me volvió a decir que estaba muy equivocado y que yo le estaba mintiendo.

―Esa es la postura más cómoda, decir que yo estoy equivocado. ¿Me está llamando usted mentiroso? Mire que eso sí son palabras mayores. Yo nunca miento. Nunca. Terminemos con esta historia que me está cansando mucho. Venga, ¡¡¡olvídelo!!!

Pero Jaime se lo tomó casi como una promesa divina, el conseguir los famosos Chipichospis. Fue a un súper que había abierto a espaldas de su casa y le entregó al encargado un papel con el nombre escrito del producto y le «exigió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuando lo mandaba a su cuarto a estudiar en lugar de ver la tele― los consiguiera.

El encargado del súper le dijo al día siguiente que no había ningún producto registrado con ese nombre, y que la respuesta por ello es muy sencilla: ¡¡¡no existen!!! Y hale, al colegio a estudiar. Y se puso a reponer unas magdalenas que tenían un éxito masivo.

Jaime pasó en vela esa noche. No sabía qué decirme, quería que fuera algo convincente. Estaba superado por la situación.

Al día siguiente, al observar un poco traspasado a Jaime, encaré la situación como si fuera un cuento del conde Don Juan Manuel.

―Señores, hoy no vamos a analizar oraciones en la pizarra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochila llena de libros: la mentira.

Miren, mentir es como meter una piedra en el zapato. Es lo que hice yo hace cinco días exactamente. Metí una piedra en el zapato de Jaime. Al principio no le molestaba mucho. Pero cuanto más caminaba su afanoso compañero, más le dolía la frustración de no encontrar los Chipichospis. Y yo le seguí metiendo piedras, día tras día, hasta el punto de ya no poder avanzar: las palabras del encargado del súper lo frenaron súpitamente. Esa era la verdad.

Luego debatiremos si he obrado bien o no.

Cuando uno miente, en este caso yo, no solo carga con el miedo de que lo descubran, sino también con la culpa de la acción, que es lo que yo llevo en mi mochila. Es como tener una alarma que me avisa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso intervengo yo ahora. Ya no «tenía más camino que recorrer mi mentira» y esta mañana, mientras desayunaba un café con leche con Choco Krispies, he decidido hablarles claramente. Ante todos ustedes, afirmo que lo de los Chipichospis es una mentira y que por ello le pido perdón a su compañero Jaime.

Además, cuando alguien nos pilla en una mentira, ustedes estaban a punto de lograrlo, lo que se rompe es la confianza en la persona que miente. Por eso yo, he intervenido, en esta clase, porque les faltaba a ustedes minutos para pronunciar la palabra «mentira podrida».

Es como romper un vaso de cristal. Puedes intentar pegarlo con el mejor loctite, pero ya no queda igual, se notan las uniones. Y recuperar la confianza cuesta más que sacar un diez en un examen sin estudiar.

Luego lo hablaremos en la tutoría y ustedes me juzgarán.

Yo he obrado bien porque he reconocido mi mentira y le he pedido disculpas a Jaime en el mismo espacio en el que había soltado el «trolón».

Les explico, delante de todos ustedes, que la finalidad de mi acción era muy clara: no deben confiar ciegamente en lo que les dice cualquier persona. Siempre hay que cerciorarse de que lo que les proponen o les piden sea cierto.

Así que antes de soltar una mentira, piénsenlo bien. A veces decir la verdad duele, sí, pero duele menos que vivir con el peso de haber engañado a alguien.

Y recuerden esto: la verdad puede tardar en salir, pero siempre llega. Les repito: por tal motivo yo he intervenido hoy. Quería que me oyeran a mí decirles que era una mentira. Quería que me oyeran pedirle disculpas a Jaime. Porque cuando llega, más vale que te pille con la conciencia limpia. 

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REFLEXIÓN POÉTICA

A la lumbre del eco poético, mis versos encuentran su morada definitiva. No son palabras sueltas en el espacio, son incandescentes palabras que continúan ardiendo incluso cuando yo, poeta, he sucumbido al silencio. El fuego nunca es estático, él se mueve, se transforma, consume y alimenta; y así es la poesía que en mí crece. Cada verso no es un mero reflejo, es un nuevo nacimiento, una pulsación que sigue viva y que, distorsionada por el paso del tiempo, no pierde su esencia. El eco, como guardián de mis versos, me protege del fuego, permitiendo que sus llamas sólo iluminen otros caminos, quizá otros corazones, quizá nuevos sueños. Cuando termina, no hay silencio absoluto, solo la continuidad de la palabra que se entrega al viento y se deja llevar por el fuego y por el eco, fundiéndose con el universo y tornándose parte del infinito. La poesía es la lumbre de ese eco y jamás se apaga. Ella trasciende a la muerte en cualquier tiempo, resiste a la oscuridad y encuentra siempre una nueva forma de existir. 

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LA SANTA COMPAÑA DE COÑA

Dicen que La Santa Compaña recorre los caminos gallegos en silencio, portando velas, cruz y penitencia. Pero eso era antes. Hoy, la procesión espectral ha evolucionado. Ya no busca almas: busca la cobertura del móvil, un café de puchero y alguien que sepa usar Google Maps.

A la cabeza va el alma en pena, víctima no del pecado, sino del estrés laboral. Lleva una tableta encendida, buscando señal entre los eucaliptos. Le sigue una comitiva de vecinos que se apuntaron por error, creyendo que era una excursión del Imserso con merienda incluida. El portador de la cruz ya no arrastra madera: lleva una cruz de LED con bluetooth y altavoz incorporado, reproduciendo cantigas de Amancio Prada en bucle. El perro negro, antaño símbolo del más allá, ahora se llama Chipichospis y lleva un abrigo impermeable con estampado de grelos.

La ruta oficial va del cementerio al bar de Manolo, pasando por la taberna de Maruxa. Se detienen cada 300 metros para pedir fuego, aunque todos son incorpóreos. Si llueve, se suspende. La Santa Compaña no sale sin paraguas ni chubasquero, aunque esté homologado por la Xunta. En caso de niebla, se activa el protocolo de emergencia: todos en fila, agarrados a una cuerda fluorescente, como excursión escolar.

Las normas son claras: no se aceptan vivos sin sentido del humor. Se recomienda llevar empanada para compartir y evitar cruzarse con la procesión si estás en pijama. Si te los encuentras, no huyas: probablemente te pidan la contraseña del WiFi o te ofrezcan un folleto de propaganda de su nuevo canal de TikTok: @CompañaFantasma.

Y si sobrevives al encuentro, no te conviertes en el nuevo guía. Te conviertes en el CEO de la Santa Compaña, encargado de actualizar su perfil, responder comentarios tipo «¿Dónde estáis esta noche?» y subir selfis espectrales con filtro de niebla.

Porque en Galicia, incluso los muertos tienen agenda. Y sentido del humor. 

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AQUEL LUGAR

Me abrasaste con una pregunta que electrocutó nuestro espacio. No quiero hablar de mí, me dijiste con un gesto manual que malinterpreté como un desfalco emocional. Yo insistí mientras caminábamos con los ojos dañados por el sol de nuestra solitaria ventana. Yo insistí. Y nada. La melancolía se apoderó de aquel nuestro espacio, de aquel nuestro lugar. Cayeron las manos. El pulso, perfilado en remotas ventiscas, se detuvo azotado por nuestra incongruencia. Nos miramos. Estábamos en aquel nuestro lugar. Pero una invasora veleta te llevó a otro puerto y mi navío encalló otro día más en la más terca soledad.

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PRINGAO

Espécimen urbano que, por exceso de buena fe o déficit de malicia, acaba siendo el voluntario no solicitado en todas las faenas, el blanco fácil de bromas, y el último en enterarse de que el juego ya empezó… sin él. El pringao no nace, se hace: normalmente tras decir «yo me encargo» en una reunión o confiar en que «esta vez sí me van a valorar».  

Se le reconoce por su mirada de esperanza eterna, su agenda llena de favores ajenos, y su habilidad innata para caer en todas las trampas sociales con la gracia de un pato en patines.  Sin el pringao, el mundo sería menos eficiente… pero también menos divertido.

El pringao es el que presta dinero y se queda esperando el Bizum como si fuera una promesa electoral. Es el que ayuda a su ex a mudarse… con el nuevo novio. Es el que se prepara hasta la extenuación las reuniones con el jefe y nunca toman en serio sus comentarios y propuestas. Cuando habla él, inmediatamente el jefe dice: el siguiente. Es el que se estudia todo el temario y luego pasa los apuntes al que aprueba copiando. Es el que lleva tres meses haciendo horas extra sin cobrar y aún espera que se las paguen. Es el que sigue, después de meses, sin entender que el «necesito tiempo» de ella es un calabazón. Es el que en el trabajo organiza los cumpleaños, recoge dinero y compra los regalos del Amigo Invisible y nadie se lo reconoce. Es el que se presenta voluntario a presidente de la comunidad de vecinos el año que hay mil obras que hacer. Es el que paga en un bar y cuando le dan mal las vueltas, para no aparentar ser un tacaño, las convierte en propina. Es el que siempre llega el primero a la oficina, hace el trabajo de todos, y cuando hay que quedarse hasta tarde, él nunca dice que no. Pero cuando reparten los méritos o los ascensos, nadie se acuerda de él. 

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INVENTARIO PERSONAL

No soy feo. Soy una colección de errores dermatológicos con patas. Una especie de catálogo clínico con pretensiones de persona. Mi piel, por ejemplo, no es piel: es un campo de batalla en erupción constante y con un enrojecimiento, sin previo aviso, como si una emoción olvidada despertara en la piel. No lo pido, no lo provoco, pero ahí está: un rubor que delata lo que ni yo sé que siento. Como si el cuerpo hablara antes que las palabras. Dermatitis atópica, le llaman. Yo la llamo traición cutánea. Se me seca hasta el alma, se descama como si quisiera mudarse de cuerpo, y convierte cada abrazo en una ruleta rusa de escozor.

Y luego está mi dentadura. Ah, mi gloriosa dentadura. Un poema de horror gótico en clave bucal. Dientes como escombros, encías que parecen haber sobrevivido a una guerra civil. Cuando sonrío, la gente no sabe si reír o llamar a un arqueólogo. No hay ortodoncia que me salve: soy el antes de todos los anuncios de clínicas dentales.

¿Y el sudor? El sudor es mi firma. No transpiro. Me derramo. Soy una fuente pública sin botón de apagado. Camino y dejo rastros. Me siento y el asiento llora. En invierno sudo. En verano sudo más. En primavera sudo con flores. En otoño sudo con hojas. Soy una estación húmeda con patas.

Y la celulitis… esa topografía emocional que me acompaña desde que tengo uso de espejo. Mis muslos son un homenaje al relieve gallego: colinas, valles, ondulaciones que desafían la lógica y la lycra. No hay filtro que me salve, ni pantalón que no tiemble al acercarse.

Lo sé. Lo veo. Lo rechazo. No hay consuelo en la autoaceptación cuando el cuerpo parece una broma mal contada. No quiero que me digan que soy único, ni que la belleza está en el interior. Mi interior también suda.

Y sin embargo, aquí estoy. Escribiendo. Riéndome de mí antes de que lo hagan otros. Porque si no puedo ser hermoso, al menos que mi miseria tenga estilo. Que mi fealdad sea literaria. Que mi cuerpo, este desastre con DNI, sirva para algo más que para incomodar espejos. 

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FRUSTRACIONES

Me gustaría tener una voluntad de piedra para de esta forma no asilarme en mi ya familiar tiniebla de sentimientos cautivos cada vez que navega por mi memoria esta ruleta de impulsos y desvaríos. Me gustaría tener la claridad de ideas que ostentan algunos de los fantasmas que yo evoco, y así, sin más, arrojar todos mis nocturnos temores por un verde precipicio de inocencias y desafíos.

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CAJÓN

Con los años aprendí que el silencio puede convertirse en un hábito silencioso. Uno empieza callando una vez por prudencia, luego otra por timidez y finalmente calla porque ya no sabe hacer otra cosa. Yo fui guardando frases como quien guarda cartas en un cajón. Palabras que imaginé decir, pero que nunca llegaron a cruzar la garganta. Gestos que quedaron detenidos en ese instante extraño anterior al valor. Desde fuera todo parecía tranquilo, incluso educado, pero dentro se acumulaban pequeñas tormentas de frases no dichas. A veces pensaba que algún día abriría ese cajón y ordenaría todo lo que había callado. Pero el cajón seguía cerrándose cada noche con la misma suavidad y yo terminaba convenciéndome de que el silencio también podía ser una forma discreta de vivir, aunque en realidad solo era una habitación llena de palabras esperando paciencia, tiempo y un poco de valor para salir afuera.

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MIRADA FURTIVA

Un acio de ebriedade na primavera, onte. Ese que degustamos os dous sen contacto físico, sen coñecernos e sen habitación compartida. Só nebulosas dun pracer efémero. Hoxe, unha simple brétema de outono camiño de ningures que nos deixa un pracer de fruición voluptuosa duns ollos que nunca volverán atoparse e que converteron o vivido nun segundo de alborozo fantasmal.

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LA SOLEDAD AMPARADA

Presumes iluminar tus tinieblas tras una reconversión dinámica y preconcebida, pero tus circunstancias se estremecen cuando una onírica mano te detiene el pulso y su mirada no logra cercenar el eje de tu sombra. Piensas en ella con obsesión pleonástica, mas los escrúpulos de tus deducciones ocupan ya demasiado espacio de otra estática ficción, y en ese mismo instante respiras voluntariamente los hálitos de la pasividad para así bloquear la víspera de tu despertar.

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AÑORANZA POLA TERRA

A miña terra vive gardada no peto do corazón. Cada monte é unha páxina do libro da miña vida. Os ríos levan a voz da infancia cara ao mar. O cheiro da herba mollada é un abrazo que non esquezo. As pedras dos camiños coñecen o meu nome. Cada carballo levanta os brazos para recibirme. A choiva canta as mesmas cancións de sempre. Mesmo lonxe, o vento tráeme anacos da casa. A saudade é unha raíz que nunca deixa de medrar. Porque a terra que me viu nacer tamén latexa dentro de min.

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CAPÍTULO XXIII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (II)

Rafo, a los dieciocho años, había comenzado una relación que se le estaba yendo de las manos. Sabía que era un inmaduro para afrontar algo serio y con proyección de futuro. En su casa la presión era muy grande, o él la sentía así, para que abandonara esa «amistad», ya que se negaban a tildarla de noviazgo. Ella era la que se obstinaba en mantener una relación más seria y él la procuraba más física que sentimental. Yo me dejo llevar por una inercia egoísta y cobarde, decía en la intimidad a sus amigos sin rubor ninguno. Iba de la respuesta más desabrida al beso más turbador en un abrir y cerrar de ojos.

Todo esto que estoy narrando me lo contó Rafo de una tacada mientras comíamos en Mingo, restaurante especializado en pollos asados y sidra de elaboración propia. No soportaba la grasa de los pollos, pero reconocía que la pechuga asada, él no comía ni muslos ni zancos, era riquísima.

Hizo una pausa en la narración y se le fue de la mente la idea que estaba a punto de comentar. Distraído, y con un cigarro sin encender entre los dedos, se mostraba incapaz de mantener la mirada. Sabía que estaba dejando al descubierto una personalidad pusilánime y endeble. Hablar de ese pasado tan lejano le suponía hacer un esfuerzo tal que sólo le estimulaba el café que se ofrecía aromático y retador delante de él. Estaba frío por la tardanza en su consumición. Su rostro, mientras, reflejaba las lejanas huellas de una ruptura que él llevó a cabo de forma torpe, abyecta e innoble.

Marisa nunca entendió el motivo aducido por Rafo. Nunca. Él cortó por lo sano una noche en la que le repitió infinitas veces ese endeble argumento de la falta de libertad y ese manoseado hasta la saciedad por los adolescentes de que no podía atarse a una mujer en edad tan temprana. Marisa vislumbró detrás de esas palabras la sombra de los padres de Rafo. El argumentario no resistió ni la más nimia de las réplicas de Marisa, que fueron consistentes y lúcidas, como era ella. Con la sencillez de la verdad, le hizo unas cuantas preguntas que él, acunado por una alcurnia de hojalata, respondió con muy mal gusto y con cierto tono de oligarca emocional, dada su incapacidad para afrontar la verdad simple y transparente.

Me confesó que le daba un miedo pavoroso la naturalidad con la que se regía Marisa en todos los ámbitos de su vida.

―Yo, un tempestuoso mar de titubeos, miedos y desaciertos; ella, siempre cabal, íntegra y decidida. Te lo juro, yo me pasaba tres noches en vela dándole vueltas a una simpleza que era incapaz de resolver y ella con una clarividencia insultante la solucionaba exitosamente en cinco minutos. Y siempre acertaba, joder, siempre acertaba.

Esto le retraía y ponía en evidencia su incapacidad en la toma de decisiones. Y esperaba como agua de mayo que llegara el sábado. Cada vez más mentiras de compromisos que ni él mismo se creía. Sonaba el teléfono y un Te esperamos en La Cruz Blanca rompía cualquier expectativa de pareja tradicional. Fue la primera huida hacia delante que terminó con las grandes ilusiones de un futuro compartido que habían pergeñado Marisa y él. Más Marisa que él.

Por otro lado, volviendo a los inicios universitarios, el comienzo de Rafo fue de sentimientos encontrados. Muy encontrados todos ellos. Y aquí encajaba perfectamente el título de la entrada.

¿Agridulces las sensaciones? Fue un auténtico encontronazo con una realidad que Rafo desconocía, aunque la profesora de Historia de COU algo les había insinuado. Corrigió enseguida lo dicho por un compañero y enumeró de modo claro y diáfano las características de una dictadura.

―Y si no me comprenden, no tienen ningún derecho a realizar estudios universitarios, remató. Vayan al museo de cera que están montando cerca de aquí y muéstrense en él tal como son ustedes: unos alcornoques revestidos de piel humana. Y se quedaba tan tranquila sin hacer ni caso al profesor de Formación del Espíritu Nacional, que le reprobaba que cargara de ideología sus clases. Este último entendía que hablar de los éxitos de Franco no era inyectar de ideología a los alumnos.

―Le dijo la sartén al cazo, y apagaba el cigarro en el cenicero de pie con una virulencia casi inquisitorial la libertaria profesora de Historia.

La mampara ideológica que su familia había diseñado a su medida durante décadas todavía aguantó unos embates más, pero se observaban en ella, cada vez más nítidas, unas grietas que daban luz a una realidad para él desconocida.

Se pueden imaginar el aspecto que proyectaba Rafo en esos años. Barbilampiño como era, con una cara de crío descomunal, con una forma de vestir pseudopija y con un abanico de temas de conversación tan limitado que fue enseguida catalogado por un descarnado profesor como un burguesito inmaduro. A tanto llegó el incomprensible desprecio que le profesaba ese barbado docente de magisterio que cuando quería intervenir en un debate abierto sobre temas muy polémicos le estaba a la cara:

―Usted baje la mano que sus argumentos serán rancios e insustanciales. Le aseguro que no aportarán nada nuevo, sólo una visión retrógrada y ultramontana de la realidad española.

En aquella época ni derechos del estudiante ni nada. En aquella época había que apechugar con lo que decía el profesor y punto. Esto lo digo yo y no nuestro protagonista.

Rafo decidió no comentar en casa nada de lo que escuchaba en la universidad y menos aún lo que le escupían a la cara. Nada. Lo que sí es cierto es que empezó a entender algunos comentarios que oía a universitarios mayores en un bar de la calle Conde Peñalver llamado La Cuba. Expresiones como cambio, constitución, democracia, rojo, traición, libertad de expresión, franquista, censura o derechos civiles fueron tomando forma en una época de convulsiones ideológicas. Lo que tristemente le sorprendía era que un profesor que estaba educando a futuros educadores se mostrara tan sectario e insultante.

Un día, ya en Filología, entró en la cafetería con aire tímido e indeciso. Le habían dicho que no había clase de Latín porque estaba indispuesto el profesor, una tal Agustín García Calvo, desconocido en ese momento para Rafo, pero posteriormente lector compulsivo de su poesía. Sus compañeros, aún desconocidos para él, estaban allí. Con esa manida falta de seguridad, echó un vistazo a las mesas ocupadas y de pronto vio una mano levantada al compás que escuchaba su nombre. Una chica le estaba indicando que se sentara con ellos. La mesa estaba ocupada por tres chicas y dos chicos. Así podemos jugar al mus por parejas, barruntaban. Rafo no conocía ningún juego de cartas y desbarató con una sonrisa el lúdico propósito de sus nuevos compañeros de clase.

A su lado estaba sentado un joven al que todo el mundo llamaba Lete. Manuel, Manolo, Manolete. Simpático, juerguista y con enormes ganas de vivir los tiempos que estaban diseñando los políticos de la época. Hubo un momento de cierta tensión, porque se dieron cuenta de que Rafo no había dicho la verdad cuando hablaron de la ideología de los padres. Como siempre, el complace que crecía obscenamente en él. Hizo mención a Paracuellos y un perturbador silencio se extendió por toda la mesa. De pronto, sin comerlo ni beberlo, un recién incorporado llamado Quique le preguntó:

―¿Tu padre ha estado en la cárcel?

Rafo, inmaduro y desconocedor de la «otra realidad» como había empezado a calificar su padre, balbuceó muy bajo.

―Mi padre es un hombre honrado.

Desafortunado por ignorante. Muy desafortunado por una ignorancia que cada vez se aireaba más. El compañero saltó como un muelle.

―Más honrado que él mío, no. Lo que pasa es que mi padre ha estado cinco años en la cárcel por rojo.

Rafo se quedó petrificado y apenas pudo atender a las explicaciones de Quique: un conflicto que hubo en los años sesenta en la universidad y que supuso prisión para varios profesores universitarios, su padre entre ellos. Llevaba varios días noqueado por este comentario y cuando él lo creyó oportuno, una reunión familiar de las muchas que había, lanzó la preguntita comprometedora:

―¿Alguien de la familia ha estado en la cárcel?

Hubo un silencio muy significativo y miradas comprometedoras. De pronto, un familiar intervino de forma tajante:

―Algo más habrá hecho ese tipejo. Seguro. Más que dar clase, como es su obligación, habrá vociferado mítines políticos en el aula. Ahora resulta que todo hijo de vecino justifica su paso por Carabanchel con las revueltas antifranquistas de los años sesenta. Todos han sido unos luchadores clandestinos contra la dictadura. Yo leo la prensa a diario y no salgo de mi asombro por la cantidad de hombres y mujeres que han sufrido un «exilio interior» y que han participado en todos los motines que proliferaron en los «últimos años franquistas». Crecen como setas. Aunque nosotros bien lo sabemos.

Rafo era un experto inquisidor que, como no lo frenaran, no soltaba la presa. Su padre bien lo sabía. Los mayores vieron que la conversación tomaba unos derroteros incómodos y embarazosos. El padre de Rafo le dijo con tono paternal:

―Vete a tu cuarto a estudiar, que, ante los exámenes que se te avecinan, aprovecharás más el tiempo que con preguntas que ya te contestaré yo otro día. Aquí, ahora, no… ¡Venga!

―Sí, ese día que nunca llega, dijo para sí Rafo.

Sabía que ese melón lo abriría su hijo con sumo placer y «minaría» la reunión con un sinfín de preguntas.

Rafo, malhumorado, se fue a su habitación y, en lugar de estudiar, actitud infantil, se puso a escuchar mil veces La otra España, de Mocedades que le había grabado en un casete un compañero de clase. Aquí entenderás muchas cosas, muchas, le dijo con tono críptico. Entendió que era una canción que versaba sobre la emigración de aquella época y no vio el claro mensaje político que algunos decían que transmitía. 

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DIARREA

El individuo que padece diarrea no es un enfermo, es un artista conceptual trabajando gratis en su intestino. Una actuación improvisada ―escribe performance, que te entenderán mejor― en la que su estómago grita: «¡Minimalismo líquido para todos!». El retrete se convierte en un público cautivo, aplaudiendo en silencio cada descarga como si fueran ráfagas de jazz experimental. Además, como bien sabrá todo el mundo, puede ir acompañada de un redoble de tambores que recuerde la leyenda del tambor del Bruch.

No es una urgencia ―a no ser que esté en una trascendental comida de trabajo o sentado al aire libre en una terraza de la plaza de la Quintana― es un teletransporte instantáneo ―envidia de Amazon: a las cinco en punto está en el sofá saboreando una cerveza mientras ve un culebrón y a las cinco y cinco segundos ya está meditando en posición de cuclillas, con la frente sudada y una palidez oriental como si fuera a resolver los misterios del universo. Y claro, cada explosión viene acompañada de un original efecto sonoro que hace envidiar a los ingenieros de Pixar: trompetas, tambores, burbujeos y, a veces, una percusión que roza lo épico. Siempre innovando: cada efecto sonoro es diferente.

En realidad, la diarrea es la democracia del cuerpo. Como el amor del libertino don Juan Tenorio, le afecta a los que habitan las cabañas y a los que habitan los palacios. Nada de jerarquías sociales ni estructuras sólidas, todo se licúa en igualdad de condiciones y baja por la tubería como una procesión carnavalesca. 

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INVENTARIO CAÓTICO

Un «inventario caótico» en literatura es un texto que consiste en hacer una enumeración en la que se listan elementos de forma aparentemente desordenada, acumulativa o fragmentaria, con el efecto de transmitir abundancia, confusión, sobrecarga sensorial o desorden mental.

Las características principales son: enumeración extensa e inconexa, falta de orden lógico aparente, ritmo acumulativo: cada elemento suma intensidad o extrañeza, función expresiva: evocar caos, multitud, saturación, ruptura de la coherencia textual, frecuente en flujos de conciencia, pretende mostrar la fragmentación del pensamiento o la memoria, subraya un exceso de sensaciones y provoca sorpresa, humor, ironía o angustia, según el tono.

NO ME GUSTA el lector de un único libro, el comentario maledicente, el café con espuma, la suciedad de las calles, el olor a sobaco en el metro en el mes de agosto a las tres de la tarde, el beso que te deja la mejilla húmeda, el pulpo crudo, el calor asfixiante de Madrid, la tienda con ambientador de frambuesa y kiwi, la mierda de los perros sin recoger, el insomnio, la gente que mastica con la boca abierta, el café hiperestimulante de algunas oficinas, el nuevo cartón de leche que no hay quien sirva sin derramar una gota un primer vaso, las motos sin silenciador, el spoiler sin previo aviso, la persona que niega diciendo «para nada», el pazo de un conocido semiderruido, el recuerdo triste pero recidivante, la interrupción cuando alguien está hablando, el minuto convertido en una hora de atención al cliente, el sonido de un cuchillo en un plato de porcelana, el dedo meñique erecto, la capa de grasa de algunas botellas en los bares de mala muerte, la persona mayor que no respeta el turno sin decir nada, el aliento que producen algunos cereales, el que te dice que te relajes cuando estás muy molesto, la hipocresía disfrazada de cortesía, el sonido de los microondas o de las cafeteras de cápsulas mientras escuchas la radio, el bocadillo de chorizo en un lugar cerrado, el tiempo de espera mientras se abre una página web importante, la persona que va avasallando por la calle porque sólo ella tiene prisa, el sonido de llamada de mi móvil, la promesa rota sin explicación, la arena de la playa mientras se seca el bañador en el coche, la gente que no escucha y que sólo está esperando su turno de palabra, el tacto de un pantalón vaquero con apresto, los intransigentes con piel de cordero, el que hace distinciones con el rh de los hombres, el calcetín mojado, la persona que dice «yo no veo series» como si fuera superior espiritualmente, el sonido alegre del despertador, el compañero que «no cree en horarios, pero mágicamente aparece solo para el café, el que responde a mis guasaps largos con un emoticono, el fenómeno que dice «yo no necesito vacaciones» porque ya las disfruta el resto del año en el trabajo, ese «comprensivo» que te dice «tú haz lo que te haga feliz» y luego te critica a tus espaldas, el cambio constante de contraseñas y la cuenta corriente de mi banco.

SÍ ME GUSTA Enrique Urquijo, y Antonio Vega, y Andrés Do Barro, y Antonio González, el olor de un niño recién bañado, el sonio de una aguja cayendo en una sala en silencio absoluto con suelo de madera, la forma de expresarse de los apasionados, la Capilla Sixtina y el Dolmen de Dombate, pelar de forma perfecta una mandarina de una sola vez, el aroma de la leche acabada de ordeñar, la sonrisa femenina, la lectura del mismo párrafo tres veces porque te gusta cómo suena, la lengua afilada de Pérez Reverte, la manzana de color rojo sangre, la persona que cambia de opinión radicalmente y se siente libre por ello, una tienda de libros en un lugar desconocido e inesperado, el paseo por una calle vacía mientras llueve a modiño, la fresa de Aranjuez, el calcetín nuevo, suave y sin pelusas, el pulso de una mano acariciando mi piel, un guasap inesperado, bailar torpemente en casa como si fuera la estrella de un videoclip, el pan de boroa, el sentimiento de una mirada caliente, el primer sorbo de zumo de melocotón frío, un verso de Pessoa, y uno de Machado, y uno de Whitman, el estudio y el aprendizaje de algo inútil pero fascinante, como que los pulpos tienen tres corazones, escuchar el silencio frente a la Costa da Morte, el lejano ladrido de un can de palleiro, el cuadro de inspiración hiperrealista, una mirada al cielo y sentir que todo tiene sentido por cinco segundos, degustar un buen vino con un amigo en una tasca de una aldea casi deshabitada, la comida de algo crujiente sólo por el sonido, el olor a jabón de hotel, el respeto a la intimidad y al pensamiento ajeno, el que se reconoce espectador de programas de cotilleo, jugar a algo sin saber las reglas y ganar igual, hacer una parada en un interminable viaje en coche, el tacto de un libro sin estrenar, cantar muy mal pero con orgullo, la tranquila tarde de domingo, ver el suelo de las calles limpio, extender la ropa lavada, la humildad de los inteligentes, verte en el espejo y decir «hoy tampoco»,  el reencuentro con una canción que olvidaste que te encantaba, el silencio del teléfono, el que sabe escuchar con atención, una comida tan picante que te hace ver el futuro, sentarte en silencio sin hacer nada y que eso sea suficiente, recibir una carta escrita a mano, meterte en la bañera con un libro y salir arrugado pero feliz, encontrarte una moneda antigua y pensar en quién la usó, la sensación del viento fuerte en la cara como si te despeinara los pensamientos, el desayuno a la hora de la cena, el beso inesperado de una mujer, el recuerdo de un sueño raro y pensar que podría ser una película, componer listas caóticas como esta y sentir que estás creando arte, todo lo que me huele a ti y el estilo de vida de Don Quijote.  

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ECOS DE MADRUGADA

¡Qué áspero mutismo nace de tu anónima geografía y acude pausadamente a mi encuentro! Esta somnolencia que oprime mi sangre y me eleva hacia el cielo sin donación posible me confunde, palmo a palmo oculta mi espíritu, ¡dicen que es la voz humana de la madrugada! Me siento como un huérfano dogmático, y sigilosamente sofocantes instintos cristalizan en una encubridora fatiga de palabras sin acento. Insoslayablemente se van quemando mis raíces cada vez que el viento vulnera nuestra tierra, y su huella, reminiscencia inaccesible, se extiende real y quimérica por todos los ángulos de mi espejo.

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PEDANTE

Esta palabra designa a ese espécimen humano que confunde saber cosas con anunciarlo a gritos. El pedante no habla, dictamina. No conversa, imparte cátedra, aunque nadie la haya solicitado. Es el tipo de persona que, si mencionas que te duele la cabeza, te responde con una disertación sobre la historia del ibuprofeno desde Mesopotamia hasta hoy, rematada con un «pero claro, tú no lo sabías».

Un pedante es como un medidor de decibelios en una biblioteca. Siempre detecta y corrige el menor murmullo, sin reparar en el silencio que rompe.

Un pedante es un faro que ilumina cada granito de arena en la playa, pero pierde de vista el océano.

Un pedante es capaz de corregirte la pronunciación de una palabra que él mismo aprendió hace diez minutos, pero que ya considera parte de su identidad espiritual. Vive para ese momento glorioso en el que puede decir «en realidad…», seguido de un dato irrelevante que no mejora la conversación, pero sí su ego, que es lo único que le importa.

Ejemplo clásico es cuando tú comentas que te gusta el café. Entonces aparece uno diciendo: «Bueno, técnicamente lo que tú tomas no es café, es una infusión de baja extracción con notas terrosas mal apreciadas por paladares no entrenados». Otro cinéfilo ejemplo. Dices que viste una película y te responde: «Ah, sí, la versión comercial». Yo prefiero la edición del director que solo proyectaron en un sótano de Berlín durante tres días».

En resumen, el pedante no busca iluminarte, sino recordarte que él brilla más. O eso cree. 

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ANOITECER NA PEREGRINA

A fresca claridade do solpor espállase cunha alegría nova por esta vista singular e única. Silencio, sangrado do corazón. Vexo a herba suave, a limpa liña do horizonte vermello e tamén o pequeno burato ferido daquela ausencia. Unha penumbra chea de flores escollidas, e unha calma que noutrora foron miñas: bendicín todos os recunchos deste agarimoso lugar. Que non se estrague esta paisaxe! Cheira a terra ben mollada e a resina de castiñeiro, ás follas do tomiño e aos beizos das cerdeiras. Silencio, o corazón volve sangrar. Silencio, xa é noite pecha, xa anoiteceu, gocemos este incrible soño: silencio, calma e descanso plenos nesta xenerosa praia sen mar.

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CAPÍTULO XXII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (I)

Rafo, cuando la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, según iba creciendo, se empezó a dar cuenta de ciertas realidades que chocaban con una visión idílica del vecindario. Él, en su ingenuidad infantil, pensaba que todos los vecinos tenían un «trabajo honrado y decente», creyendo con fe absoluta las palabras de su padre y de Felipe, el portero que velaba, desde su ilimitada bondad, por una comunidad bien avenida solventando todos los problemas que surgían día a día.

Pero un día, en el que la vecina del cuarto centroizquierda requirió la atención de su padre, los ojos de Rafo observaron unos movimientos extraños y los oídos, conversaciones en voz muy baja.

Rafo, curioso como todos los niños, se lo preguntó a su padre y este le contestó sin ningún tipo de remilgos con una sentencia que levantó más dudas que aclaraciones:

―Hijo, en medicina no debe haber ningún tipo de miramiento cuando hay que atender a un enfermo. Ninguno, hijo, ninguno.

La vecina de este piso, Marijuana, no tenía un oficio conocido. Eso decían. Como decía un vecino excombatiente, es una «roja». Sé positivamente que participó en todas las algaradas antirreligiosas de la República. Una elementa, Felipe, una elementa de aúpa. Y ya no hablemos del oficio actual.

Su padre, cuando lo consideró oportuno, subió andando con su hijo las seis plantas y le hizo una radiografía de cada vivienda. Cuando pasaron por delante del piso de la susodicha, su padre carraspeó y sólo le dijo su nombre. Esto abrió un interrogatorio por parte de Rafo que su padre bandeó con palabras y expresiones inconexas de muy difícil comprensión para él.

En una época en la que cada vecino vivía en su casa, pero a la vez en la de todos. El recato, palabra que era bandera de lustrosa visibilidad en la convivencia de los residentes de todas las comunidades de vecinos, debía brillar con total nitidez. Según los parámetros que regían el recato vecinal, esta mujer no los cumplía, y los inquilinos que decían ser modelos de decoro público la evitaban como si fuera portadora del más infecto comportamiento.

Para el padre de Rafo no existía esa pudibundez cuando era reclamado para realizar una revisión médica, como en este caso, porque se encontraba indispuesta con una fiebre muy alta.

Rafo se empezó a dar cuenta de que sus padres se habían obcecado desde bebé en protegerlo con unos intranspirables algodones para que su contacto con la calle en la adolescencia no perturbara su educación y su formación. Eran conscientes de que lo que se planteaba en los primeros años de la educación de sus hijos luego crecería recto y auténtico. Por eso nunca entendió, quizá fuera por desesperación, que en la crucial edad de los catorce años lo matricularan en un instituto de la ribera del Manzanares, donde los orígenes familiares eran de una clara diversidad ideológica y social y no tenía nada que ver con la homogeneidad del colegio anterior.

En el Calderilla «empezó a ver» situaciones familiares y a «escuchar» frases que le conectaron con la ocupante del cuarto centroizquierda de su casa. Hablo del primer quinquenio de los setenta, muy convulso en todos los sentidos. Las manifestaciones, las protestas, las huelgas y los registros empezaron a ser el pan nuestro de cada día en las zonas más populares de Madrid. El cabeza de familia, entonces el padre, era consciente de que en la capital había una serie de reivindicaciones que él ocultaba a sus hijos por un, llamémosle miedo, a que los «árboles crecieran torcidos y pútridos».

La desprendida y lenguaraz madre de un simpático compañero de clase llamado Serafín, cuando celebraron en su casa los quince años del joven, le preguntó a Rafo si su padre médico era un represaliado. Guardó silencio porque no sabía lo que significaba esa palabra. Era nueva para él. La madre, sin quererlo, estropeó la fiesta, que era el primer guateque al que asistía Rafo, porque la frescura de los quince años se vio ahogada por el peso de una mochila familiar que muchos creían tener a buen recaudo. Ese primer guateque será pieza primordial de otra entrada.

―Papá, ¿qué es un represaliado?

El padre de Rafo tragó con cierta dificultad el trozo de pescado que se había llevado a la boca. Guardó silencio durante unos interminables treinta segundos, y, después de mirar a su mujer, expuso, en un paradójico circunloquio, aquello que él consideraba que su hijo debía saber.

―Mira, hijo, hemos vividos unos esplendorosos años y ahora, en los setenta, vivimos una crisis económica brutal. Es la conocida como crisis del petróleo. Los empresarios seleccionan muy astutamente a los trabajadores que quieren contratar. Y no quieren problemas. Los conflictos, del tipo que sean, nadie los desea en su negocio y según este criterio los que aún no han aceptado la nueva realidad española tienen muchas dificultades para ser contratados. Te estoy hablando de republicanos y simpatizantes de la República, miembros del clero y laicos católicos perseguidos. Estos, según la legislación actual, deben ser juzgados y encarcelados y de este modo nunca serán contratados. Y punto.

―Entonces…don Fausto, el del sexto derecha, y los vecinos que se acercan a ti después de misa para pedirte ayuda porque su marido lleva muchos años sin trabajar…

―Aunque sea en silencio, pero el resentimiento arraigado que manifiestan los que tú mencionas en un claro impedimento para que puedan empezar una nueva vida.

―La madre de Serafín me comentó que haber pasado por el TOP era una cruz insalvable. ¿Qué es el TOP?

Los padres se dieron cuenta de que había sido un craso error la elección del centro escolar. Estaban comprobando que su hijo se adentraba en una poblada fraga, como la de Cecebre, residencia del generoso bandido Fendetestas, protagonista de El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

―Un tribunal, hijo, un tribunal como otro cualquiera. Juzga delitos. Y punto. A la cama, y, como dice tu hermana, chimpún. Se acabó.

―Pero la madre dice que su marido no ha hecho nada malo. Y no lo entiendo. ¿Juzgarte por no hacer nada?

―Venga, me estás cansado. Tengo que estudiar un poco, que mañana tengo dos operaciones muy importantes.

El sintagma que titula esta entrada se hizo muy famoso en posteriores años, en el entorno universitario de Rafo.

Sus comienzos, en horario de tarde por las consabidas razones familiares, le ofrecieron una sucesión de imprevistas novedades. El primer paseo por la cafetería le mostró una fotografía viviente que le retrotrajo a los años del Calderón de la Barca.

Después de hablar con un grupo que estaba disfrutando de un bocata con un refresco, no quiso decir ni palabra, empezó a entender muchas circunstancias que él había vivido siempre bajo el prisma familiar. Las manifestaciones por el paseo de las Delicias, los comentarios airados de unos pocos feligreses en el atrio de María Auxiliadora, las críticas soterradas de alguna madre de sus compañeros de clase cuando lo invitaban a merendar, las visitas continuas de dos policías a un profesor del Instituto con apellido vasco…

Rafo estaba desconcertado y en ese lapso temporal de tres años de magisterio intentó desenmarañar un ovillo que estaba lleno de nudos. En esos tres años se sintió incapaz de procesar tanta novedad. La familia tenía todavía un peso decisivo en su formación y las valoraciones de sus diferentes integrantes, la mayoría, de modo compacto iban en una misma dirección. Hay que desmantelar tanta mentira, decía un tío suyo.

Aunque Rafo quería evitarlo, casi siempre coincidía en la barra de la cafetería de la universidad con un «agitador político y subversivo», según palabras de su padre cuando le comentaba las valoraciones de dicho compañero.

―Tío, y se envalentonaba el Sindiós, hiperactivo y metomentodo, parece que te han bautizado en el puto Vaticano, le decía con cierta frecuencia para poner sobre la mesa su ramalazo anticlerical cada vez que se quejaba del café, que a Rafo le parecía un exceso casi ofensivo decir que venía directamente de Colombia.

Nuestro protagonista en esa época era un aprendiz de hombre. Como dice ahora en tono humorístico, en esa época era un hombrín. Corazón y razón estaban enfrentados a sangre y fuego. Estaba muy confuso porque por entonces él entendía que simplemente escuchar ciertas ideas era traicionar a la familia. 

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EXPLICACIÓN Y PRÓLOGO DE «YA NO ES DUDA»

En el año 1995, con fecha del 94, publiqué, en autoedición, un libro titulado Ya no es duda en una editorial que no cumplió dos acuerdos establecidos: una corrección de las galeras en condiciones y una distribución de los 300 ejemplares editados. Yo cumplí mi parte pagando una «no pacata» cantidad de pesetas. No hubo distribución por parte de la editorial y un buen día me encontré en mi casa, a la vuelta del trabajo, tres cajas con los 300 ejemplares. Quise distribuirlos yo, pero lo que hice fue una «cutredistribución» ―mi conocimiento de esta actividad era, y es, nulo― y logré vender 76 ejemplares. El resto, sí, el resto, los regalé a familiares, escritores, cantantes, concejales de cultura de una infinidad de ayuntamientos… Fue una «generosa inversión» la asumida por mí: sobres de gran calidad y sellos para los gastos de envío a casi todas las ciudades y pueblos de España. La cifra fue mareante. Especialmente me dolió muchísimo el mayoritario silencio que recibí.

Inciso: me recordó a Cruyff cuando, el 17 de febrero de 1974, nos calló «in situ» a todo el madridismo al meter el tercero gol, creo, en una de las más dolorosas derrotas del Madrid con el Barça.

Fue como una bofetada de realidad: a muy poca gente le interesa la poesía. ¿Tampoco a tu familia? Corramos un tupido velo. Aquí tengo que hacer mención a dos librerías que llevaron la medalla de oro y la de plata en agradecimiento a la labor publicitaria que ejercieron.

La librería Pérgamo, sita en la calle General Oraá 24, regentada por dos hermanas, especialmente la mayor, Lourdes. Esta mujer publicitó mi libro en el escaparate, lo aireó a voz en grito y lo vendió con una desaforada generosidad. Eternamente agradecido. Si algún día leyera esta entrada, querría que supiera que mi agradecimiento no conoce límites temporales.

En segundo lugar, la entrañable Rubiños 1860, sita en la calle Alcalá 98, donde el dueño me permitió tener en el escaparate quince días mi libro. Como es normal en esa zona, el «triángulo chupón» la devoró evaporando el ancestral y embaucador aroma de los libros que exudaba, por mucho que dijeran que mantendrían el espíritu de la librería en un lugar prominente del gigantesco edificio que poseen. No es el mismo. Sin estas dos librerías, ¿cuántos libros hubiera vendido? Ninguno. El libro Ya no es duda, incorporado ahora a Versos que no dije en voz alta (1995-2025), recopilación de todos mis poemas en prosa, fue prologado, es la parte más importante del libro, por el catedrático de la Complutense, y profesor mío, Eduardo Tejero, ya tristemente fallecido. Mi agradecimiento también es eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «YA NO ES DUDA»

En José María, la dedicación poética es vocación sostenida, no pasatiempo efímero, y logos paliativo para la soledad de quien cree andar menesteroso de comunicación. Al margen del hedonismo al uso, ya que rinde de nuevo el malestar de la cultura, este joven inquiere, busca, golpea con la palabra y la imagen depurada para hallar caminos en la muda desesperanza. Como profesional de la literatura que ejerce y como poeta responsable, acumuló lecturas de clásicos siempre redivivos: Rubén, Aleixandre, Cernuda, Dámaso y otras muy respetables compañías. En ellos bebió el esencial poético, a saber, la interrogación retórica frente al mundo y la pregunta íntima, tan lacerante a veces, reservada a la vida cotidiana. Ítem más, el dominio de la forma, ya canalizada en la rima asonante o fluyendo rítmicamente en el verso libre. Así lo demuestra en tantos poemas de Ya no es duda y de varios inéditos que por generosa amistad llegué a conocer. Si los títulos son premonición y aviso de caminantes, puede verse una temática reiterada para quien se considera buscador de sombras y pasa la noche oscura del alma: Tiempo de silencio, La soledad amparada, El túnel del amor, Memorias nocturnas, Disfraz nocturno, Septiembre negro, Sondeos nocturnos, Peregrinación humana, Nocturno, otra vez. La poesía, que Juan Ramón deseaba para la inmensa minoría, es brisa y se catarsis en días de incertidumbre. Tengamos a los poetas temor reverencial, pues ellos escudriñan y alumbran el tenebroso laberinto que somos. José María, buen amigo, ojalá perseveres en tan firme y sincera escritura y recibas el asentimiento y la acogida cordial que en justicia mereces. Y allá va la despedida con el sablazo de tus versos más propicios y alentadores: Que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía.

Eduardo Tejero Robledo, Catedrático en la Universidad Complutense

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EL MAR DE LOS PESCADORES

Siempre he pensado que el mar de Galicia tenía un carácter propio, como si pudiera hablar con quienes vivían de él. Los pescadores salían de madrugada sin saber qué les esperaba, y esa incertidumbre me sigue pareciendo admirable. No era una vida fácil; al contrario, estaba llena de sacrificios que hoy cuesta imaginar. Sin embargo, me emociona recordar la dignidad con la que afrontaban cada jornada. Las lonjas, el olor a salitre y el ruido de los barcos formaban parte de una rutina que daba sentido a muchos pueblos. Tengo la impresión de que hoy miramos el mar más como un paisaje que como una forma de vida. Quizá sea inevitable, pero siento que con ese cambio también hemos perdido una parte importante de nuestra identidad. A veces echo de menos aquella relación tan intensa entre las personas y el océano.

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EL VAGO

Distinguido amigo: Imagino, déjame que sueñe un poco, que «te habrás pateado» www.recuncar.com y habrás concluido que en mi blog hay una desmesura de ironía y sarcasmo. Por tal motivo, estás a punto de enviarme un sinfín de correos electrónicos para que yo los suscriba. ¿Verdad? Veo hilaridad en tu rostro. Te pido resignación. Déjame que siga con el sueño.

Hoy quiero hablar del más perseguido de los ciudadanos: el vago. Ese individuo que no se levanta, ni soñando, a las 6 de la mañana para trabajar 12 horas por un sueldo que apenas cubre el alquiler; no ese no. El vago convierte su vida en un escándalo porque osa dormir hasta las 11, las 12, las 13 horas, como pronto.

Creo que el vago no es el problema. Tal vez el problema es un sistema que mide el valor humano por la cantidad de horas que pasa uno frente a una pantalla y no acostado. ¿Por qué no se valora al que está repanchigado en su cama observando, si lo tuviere, el gotelé del techo? ¿Quitar el gotelé por antiguo? Ya volverá, ya volverá. Así me ahorro ese trabajo. Pero bueno… ¿quién soy yo para cuestionarlo? Eso sería trabajar.

El vago es el héroe tumbado, es el mártir del sofá, el incomprendido. Su última propuesta en el trabajo, fechada el 14 de febrero, no produjo nada, sólo el cabreo permanente del jefe. El vago propuso ahorrar el número de reuniones y constreñirlo todo en un correo enviado en vacaciones, y como los sindicatos prohíben trabajar en periodo vacacional, no hay desgaste ni físico ni emocional. Olvídate de que el vago es un ser improductivo.  El verdadero vago sabe que la cama, el sofá o el suelo son espacios de productividad emocional. ¿Trabajar sentado? ¡Qué anticuado! El vago trabaja tumbado… pensando en lo que podría hacer.

El vago practica el arte de mirar por la ventana como si estuviera resolviendo ecuaciones existenciales. El sistema tolera sus enfermedades, que se manifiestan de lunes a viernes, pero con enorme desconfianza. ¿Qué culpa tengo yo si el sábado y el domingo me encuentro bien?, se justifica.

Le encanta hacerse preguntas con respuestas evidentes para él. ¿Trabajar más? ¿Para qué? Si con lo mínimo se sobrevive, ¡el resto es vanidad!

¿Acaso no es él quien sostiene la economía de este país cuando nadie trabaja y él aún menos? ¿Quién mantiene viva la industria del café instantáneo y las series nefastas? ¿Quién, si no él, ha perfeccionado el arte de parecer ocupado sin hacer nada?

El vago no es que no haga nada, es que optimiza su esfuerzo al punto de la inactividad total. ¡Eficiencia pura! No produce estrés, no genera trabajadores quemados, no contribuye al descenso del PIB. ¿Qué más quieren? ¡Le sale barato al estado!

El vago es un filósofo del «mañana lo hago» porque vive bajo el noble lema de «¿para qué hoy, si puedo no hacerlo nunca?».

La vagancia no es un crimen, es una forma superior de existencia. Mientras los activos corren como hámsters en ruedas laborales, el vago contempla el universo desde su cama, preguntándose cosas profundas como: ¿Y si hoy tampoco hago nada?

La historia está llena de vagos ilustres. Sócrates no trabajaba. Diógenes vivía en un barril. Y todos los filósofos parecen haber tenido mucho tiempo libre. ¿Coincidencia? No lo creo.

¿Y si el príncipe de Dinamarca fuera un vago existencial? Piensa tanto que no actúa. Duda, reflexiona, se cuestiona. ¿Es eso vagancia o profundidad? En un mundo que exige decisiones rápidas, Hamlet es el incómodo espejo de la conciencia.

El vago no contamina, no congestiona el tráfico, y jamás interrumpe con ideas innecesarias. Es ecológico, silencioso y perfectamente inofensivo. Un monumento a la paz mundial.

Por eso, el vago propone que se le erija un monumento. Y te pide que colabores. No de pie, claro, sino acostado. Con una manta, un mando a distancia, y una expresión de sublime indiferencia. 

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CAPÍTULO XXI DE ‘HATROZ’.- DESNUDO

Mientras tomábamos un café en Milford ―el paraíso de la juventud, según Rafo―, hablamos torpemente de nimiedades, especialmente porque Rafo salió del colegio indignado e incendiado por el comportamiento de un grupo de alumnos en la última clase de la tarde.

Bebió compulsivamente el café. No le salían las palabras y yo comprendí que no era un buen momento para una prolongada conversación. Me dijo que le dejara diez minutos, que le permitiera dar una vuelta a la manzana, que con eso le llegaba. Salió taquicárdico y cayó de nuevo en el tabaco. Dos caladas y al cenicero público. Se llamó mil veces imbécil y juró que no lo volvería a hacer.

Rafo entró con un rostro un poco más relajado. Estuve a punto de llevarlo a urgencias, preocupado por el estado de nerviosismo que reflejaba su aspecto. Al despedirnos, me dijo que yo me había comportado como un señor, porque lo había acompañado a su casa y me dijo que luego me mandaría un guasap para confirmar su mejoría. Así fue.

Una nueva cita, pero esta vez en el Penta de la calle de la Palma. Me planteó tres exigencias: no tomar nota de nada, no releer ni reescribir lo escrito y no matizar nada. Yo protesté con palabras gruesas y, animado por la cerveza, hice el ademán de irme, pero Rafo ni se inmutó, dio un trago a su cerveza y se puso a leer los guasaps que latían en su teléfono. Había uno, según él, que esperaba con acongojante zozobra.

―Te lo repito, me dijo, como lea algo matizado o reescrito por ti, te planto. Te dejo y que me escuche otro tío. Tú, no. No me cuesta nada cambiar de negro literario o escritor fantasma en cuanto te desvíes de mi camino. Peculiar e inexplorado, pero es el mío. En el caso de que no te lo creas, provócame y lo verás. Te planto sin decir adiós. Los anillos que nunca he tenido no se me caerán por ello.

―Pero… ¿Quién te crees que eres? Si nadie te conoce. Eres el genio anónimo detrás del bostezo literario o el autor favorito de nadie. Perteneces a la más vulgar de las intrahistorias de este país. Además, utilizas unos adjetivos trogloditas y altamente casposos. Si cierras el blog, piensa que yo tengo todas las contraseñas, ¿nadie pierde, nadie? ¿Y tú? El gran perdedor. Porque al final, como decía Freddie Mercury, eres el gran farsante, el gran simulador. Los grandes perjudicados somos tú y yo. Tú, porque te conocerán como el escritor fantasma que ni los fantasmas leen; y yo, seguiré con mis deudas. Nada. Piénsatelo bien. ¿Otro autor en la sombra? ¿No ves que el problema eres tú y tus descabelladas condiciones?

Rafo guardó silencio ante mi invectiva y sólo hizo un gesto de enfado, que se quedó en una ridícula mueca de fastidio.

―Dejando esto a un lado porque así no se avanza, te comento dos aspectos de mi vida literaria: lo que yo escribo lo leo, lo releo y corrijo mil veces. No me puedes pedir que no rehaga los errores porque puede ser caótico. Aún estoy reescribiendo poemas que escribí en los años 90. Ya sé muy bien tus principios, pero…también tienes que entender cómo soy yo. ¿Qué prefieres? ¿Lo caótico o lo perfectamente estructurado? Si me obligas a no retocar textos, nuestro blog se puede convertir en algo calamitoso y nada apetecible.

―Pues eso es lo que quiero, joder. Mi vida y mi cabeza son caóticas, pues que mayor constatación de ello que los relatos muestren una atractiva anarquía.

―De atractiva, nada de nada. Tú no lees los correos que me envían zascándome por el desorden. Sería un galimatías. Además, tengo muy mala memoria. Lo mismo confundo escenarios, frases o vivencias. Entonces… Si no me ajusto a lo dicho por ti… ¿Vas a creer que yo no he matizado nada y que todo ha sido fruto de mi incapacidad de plasmar en azul con exactitud absoluta lo narrado por ti? Me los vas a reprochar. Y te cabrearás. Por favor… ¡déjame tomar notas!

Me comenta que me tiene que dejar cinco minutos porque tiene que contestar una llamada importantísima para él. Vital, la califica. A los cinco minutos exactos vuelve y se sienta, en esta ocasión, frente a mí y no a un lado como elegí yo. Yo, a lo mío.

―Observo que eres feliz relatándome episodios superficiales y candorosos de tu vida, pero están tan deshilvanados que me resulta inexcusable no meter mi pluma. Me exiges objetividad, que me convierta en un componedor de textos ajenos y no en un narrador omnisciente que sabe todo de ti, el protagonista. Por tal razón, no me permites ver tus miserias, tus vergüenzas y tus debilidades. Las tengo que intuir y colegir de lo que tú me cuentas. Creo que es un grave error no permitirme hacerlas públicas.

―Tú, cuando escribas, no deduzcas, no; tú, escucha, teclea y cuelga en el blog. ¿Que me quieres decir algo de viva voz? Pues adelante, suéltalo. Si fuera boxeador, diría ―y lo dice muy convencido― que soy un encajador que se faja muy bien en las distancias cortas.

―Lo considero un trabajo hatroz, que si no fuera por mis necesidades económicas lo mandaría todo a pastar. Me desasosiega saber si mi visión de la realidad que tú me relatas y la que yo transcribo se compenetran como una pareja bailando un sensual tango.

Hacemos una pausa mientras guasapea con una lentitud que me relaja. Aún hay personas más torpes que yo.

―Por lo que voy conociendo de ti, y por lo que me cuenta tu entorno, puedo decir, en una espontánea lluvia de calificaciones, que eres noble, que no linajudo, generoso en las acciones, poseedor de un pronto muy dañino, sincero y raudo en la petición de perdón, muy buen escuchador, desubicado geográficamente ―son palabras tuyas―, parco en palabras, prolífico intermitente en la escritura ―también son palabras tuyas―, nada altanero, desinteresado en lo material, abatido por nimias preocupaciones, lleno de debilidades y dudas, disfrutador en la intimidad de tus pocas certezas, agradecido con los gestos ajenos y con una tendencia clara a la soledad. Y, por último, con un póker de complejos que nunca desvelas.

―¿Y todo lo has deducido de nuestras conversaciones? ¡Ah, perdón! Que hablaste con mi entorno. En contra de mi voluntad.

―No me lo prohibiste radicalmente.

―¿Y ahora qué hago contigo? ¿Me largo? ¡Eres un auténtico cabrón, tío! Y yo confiaba plenamente en ti.

―Tus certezas siempre se tambalean cuando vuelves los ojos a tu infancia y tu adolescencia, tanto la temprana como la tardía. No deberías caer, como muchos de nosotros, en valoraciones extremas cuando hablamos de aquellos años. Lo que ocurre es que te gusta la sangre emocional, te gusta exudar congojas y desdichas.

―Sigue, sigue. Estoy alucinando.

―No puedes hacer un juicio sumarísimo de la época en la que sufriste algunas experiencias impropias de un adolescente. Pero… ¡no te equivoques! No pierdas la perspectiva… ¡Mucha gente sufre como tú y muchísimo más!

Sé sincero y noble, ya te juzgará el lector. Creo que fuiste un niño feliz y, como dices tú, un tardoadolescente hipersensible con las afecciones, enfermedades y fallecimientos de tu familia. Hoy serías un PAS clarísimo.

―¿Cómo?

―Persona Altamente Sensible.

―¡¡¡Lo que me faltaba!!!

―Yo creo que tienes un miedo pavoroso a que se resquebraje esa imagen celestial que tú has cincelado a lo largo de los años. Pero tienes que entender que este paso que tú has dado va en esa dirección. Es absurdo que te quieras convertir en un segundo principito cuando tú eres realmente un hombre de carne y hueso, con tus virtudes y tus defectos. Una compañera tuya ―torció el gesto― me dijo hace unos días que te encantaba darle lustro a esa segunda vida que muchos creen que tienes.

―Cuando sale ese tema, se sonríe como un tuno en una rondalla y se le ponen unos ojillos de inocente libertino que me encantan, me susurró confidencialmente.

―Vamos a ver. Vamos a ver. Como soy un lector compulsivo de la literatura decimonónica y de las primeras décadas del XX, no soy ni un desahogado juanitosantacruz ni un disoluto baudelaire. Pero si me retas a elegir, te diré que tengo más del primero que del segundo, aunque… Estoy soltero y el buey suelto bien se lame. No tengo yugo alguno que me impida cualquier movimiento. Me encanta la palabra. Soy un crápula.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y acordamos que nos guasapearíamos para concertar otra entrevista.

Tú, lector de este blog, o de un futuro libro, te habrá extrañado muchísimo mi silencio como narrador en algunas entradas anteriores. Como bien sabes, en un principio, mi única fuente de información era la voz de Rafo porque no me atrevía a fisgar en su entorno. Si llegara a sus oídos, la capitulación sin acuerdo posible sería inmediata.

Yo he puesto en duda algunas partes de su relato. Me parece increíble que tuviera dentro de su casa un comportamiento filial―paterno ejemplar que no se movía un ápice del ideario o credo familiar. Ahí empezó, en mi opinión, su pernicioso y famoso complace. No quería dar disgustos a su madre. Los académicos eran otra cosa. Ahí no había complace alguno. Y en la calle vivía lo mismo que la mayoría de los adolescentes del momento.

Luego, cuando decidí hablar con el entorno, lo tenía muy fácil realmente, porque algunas voces me dijeron enseguida que no era oro todo lo que relucía y que los años universitarios ―como hemos visto en entradas anteriores― los vivió, por muy diferentes motivos, que retomaré en otros momentos, anegados de emprendedoras juergas y temerarias francachelas con sus amigos de toda la vida. No sé el porqué de su empeño en ocultar unos largos años de descarado e imprudente desfase. 

En lo que se refiere a enfermedades, situaciones familiares difíciles de soportar y fallecimientos de parientes se atiene a la verdad más absoluta en su justa medida. Como dice él: con este tema no me gusta la fabulación. Todo ha sido y es como yo lo cuento.

Cuando habla conmigo, no miente; ya que está convencido plenamente de que lo que narra es la verdad absoluta. No es consciente de que a esos momentos de evocación les está poniendo un filtro de adulto. Era un joven incoherente en su grado máximo. Se creía adulto cuando era un adolescente o joven poseído por una inmadurez, que no le impedía sentir física y emocionalmente, como es lógico, los primeros latidos del crecimiento. Pero las responsabilidades académicas se perdían en innumerables promesas que se evaporaban en dos o tres días.

Yo sabía con quién hablar para confirmar expresiones, valoraciones o acontecimientos que me dejaban perplejo, pero que no los hago públicos por respeto a él. Mis artimañas han logrado romper su hornacina emocional y alguna perla ha soltado. Rafo no miente. Lo afirmo. Oculta, que es diferente. ¿Ocultar no es mentir? Rafo, en este punto, ha exteriorizado la misma inmadurez que ha regido sus actos a lo largo de su vida: un miedo hatroz a romper la imagen que tienen ahora los que lo conocen. En los temas familiares, ha esperado a que la mayoría de sus parientes de más edad fallecieran para ceibar (soltar) la lengua.

Lo poquito que he podido recabar en su entorno me confirma que fue un niño feliz y un adolescente lleno de pulsiones, inquietudes y obsesiones que habitan per sécula en una negra nube que no se ha separado de él desde entonces.

Otra de sus obsesiones era su madre. Él no quería que sufriera por su culpa, pero no lo logró. Sus juergas, su tío Filoso, su endeblez en los estudios no hicieron más que acrecentar el insomnio y las depresiones de Lola madre. No quiso, no pudo, no supo, no entendió que él era, en esos años, un puntal para su madre y el hacerle compañía no era suficiente.

Un psiquiatra con el que coincidí en una cena de amigos ―conocidos, mejor― me dijo, al consultarle mi miedo de tergiversar las palabras de Rafo, que la memoria siempre traiciona, ya sea la de un pez o la de un elefante.

―¿Uno recuerda el pasado tal como pasó? Imposible. La memoria tiene sus triquiñuelas que ponen en duda los hechos que uno relata con una certeza absoluta. Pero eso le pasa a todo el mundo, hasta a los que juran tener una magnífica memoria. Sólo con olvidar un dato, ya estamos tergiversando esa verdad.

Aprendí que la psiquiatría se mueve entre dos planos básicamente. Uno, la alomnesia o ilusión del recuerdo, que consiste en falsear el recuerdo provocando una rememoración errónea. Se recuerdan las situaciones de una forma equivocada. La persona no tiene conciencia de la alteración, mostrándose convencido de su recuerdo. Y, por otro lado, hablamos de amnesia anterógrada o de fijación, que manifiesta la incapacidad para la aprehensión o la fijación de nueva información. También se conoce como olvido a medida.

―Creo que, en tu actuación como narrador de la historia de Rafo, estás entre las dos situaciones, de ahí tu obsesión por tomar nota de todo aquello que te cuenta el protagonista. 

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LA TIMIDEZ

La timidez que llevo no es una debilidad, es una forma delicada de sentir el mundo. Cada palabra pesa y cada gesto necesita valor. Hay noches en las que el silencio duele y mañanas en las que desearía desaparecer. Eso no me hace menos, solo me muestra cuánto cuido de mí y de los demás. Dentro de ese pudor hay una fuerza tranquila: la capacidad de observar con atención, de escuchar con ternura y de brillar en momentos pequeños, pero verdaderos. Quiero avanzar a mi ritmo, celebrar los pasos diminutos y recordar que, quienes me quieren, ven la belleza de mi sensibilidad, incluso cuando aún no la veo yo. 

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PUFO Y CUENTO

Te hablo de pufo, estafa, timo, fraude o engaño. Pero legal. Yo lo veo así, pero el protagonista del cuento que te voy a narrar está en un absoluto desacuerdo conmigo.

El origen de la palabra PUFO se relaciona con el sonido del aire escapando de la boca como un globo que se desinfla. Esta imagen se utiliza para representar algo que parece sólido o valioso (el dinero o la realización de un encargo), pero que en realidad no lo es y desaparece, dejando solo un vacío o una «inmundicia».

Hablo de un aficionado a contar historias, propias o ajenas, reflexiones o lo que fuere. Pongámosle de nombre Inocencio. Su pasión es tal que decide que un «experto» mejore su blog, porque, según conocidos suyos, el actual es un blog decadente, obsoleto y «feo».

La única razón de recurrir a un especialista es que Inocencio no sabe nada de programación, ni de diseño web, ni de inglés, los pilares de la web.

Sin inmutarse, Inocencio se lanza a buscar ayuda en la red. Es entonces cuando conoce a un «experto», un desarrollador que se hacía llamar «arquitecto digital». El «experto», con un arsenal de tecnicismos como CSS, HTML, JavaScript, Jetpack, plugins, páginas y APIs, convence a Inocencio de que él es la única persona capaz de «rescatar» el blog que tiene en mente. Le promete un sitio web «de última generación», «único» y «personalizado».

Inocencio, deslumbrado por la jerga y la confianza del «experto», acepta. No le importa pagar 25 euros por hora de trabajo, pensando que eso lo va a controlar desde su casa: trabajo domiciliario. Pero no, el «experto» le asegura que trabaja con más eficiencia desde su casa. Inocencio lo acepta a regañadientes porque no le queda otra. El precio está justificado por la «complejidad» y la «exclusividad» del proyecto. Inocencio empieza a acordarse de la canción Parole, parole, parole de… Mina Mazzini y Alberto Lupo.

Después de cuatro horas de trabajo, el «experto» conecta a Inocencio con su blog. Lo ve tan sencillo, tan minimalista que…se desmorona. Nuevas promesas llenas de palabras que Inocencio sigue sin entender.

Pasadas otras cuatro horas, el «experto» le «entrega» el blog. Lo mismo. Inocencio ve lo mismo. El «experto» vuelve a un sinfín de palabras que Inocencio no entiende. Me has entregado una «pesadilla digital», le dice. No eres consciente de todo lo que he realizado en las «tripas» de tu blog, de verdad, le dice usando un término muy coloquial, remata diciéndole por teléfono. Pasa el día Inocencio muy atribulado y pensando que ha sido pasto de un perfecto pufo.

Lo peor de todo, es que al día siguiente intenta contactar con el «experto»: el número de teléfono no existe y su correo electrónico le rebota todos los correos porque no existe tal dirección. Cuando Inocencio quiere subir hoy domingo 24 de agosto ―San Bartolomé, desollado vivo por no renunciar a su fe―, a las cinco de la mañana su primera entrada, descubre que no tiene acceso al panel de control. Para cualquier cambio tiene que contactar con el «experto», que ha desaparecido. Sí. Ha desaparecido. Inocencio «se papa» un sinfín de tutoriales en youtube.

Inocencio, sintiéndose estafado y frustrado, se da cuenta de su ingenuidad. Le recuerda a Mr. Bean, que lo convencen enseguida para comprar los objetos más inútiles.

Había pagado un dineral por algo que no podía usar. Con el corazón roto y la cartera vacía, decidió cortar por lo sano con el «experto». Al final, después de mucho investigar y tragarse tutoriales, descubre plataformas de blogs intuitivas y gratuitas que le permiten, al fin, crear su propio espacio de forma sencilla, sin necesidad de códigos ni de intermediarios. Ya tiene trabajo para la próxima semana.

La moraleja de la historia de Inocencio es que a menudo, lo más simple es lo más funcional, y que un buen profesional no es el que habla más complicado, sino el que te entiende, te da una solución que realmente necesitas y hace lo que tú quieres. 

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¿POR QUÉ «OQUINTODOTEMPO.COM»? Y PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN

Este blog renació como nacen muchas cosas importantes: sin prisa, sin ruido, pero con una necesidad profunda. La de poner en palabras lo que a veces se siente, pero no se dice. La de reunir los pasos que he dado, los que me han llevado lejos, los que me han hecho volver, los que aún no sé a dónde me llevarán.

josemariamaiztogores.com nació también para pensar en voz alta, para escribir sin filtros y para compartir lo que me mueve. Aquí hay reflexiones, anécdotas, momentos, preguntas sin respuesta, y alguna que otra historia que se cuela entre líneas. No pretendo enseñar nada, pero si algo de lo que escribo te acompaña, te hace frenar un segundo o te deja pensando, entonces ya vale la pena.

Escribo como camino: a veces rápido, a veces despacio, a veces sin saber muy bien el porqué. Pero siempre con la intención de estar presente. Este blog es eso: presencia. Un espacio para mirar hacia dentro, para conectar con lo que importa, para no olvidar que cada paso cuenta.

Gracias por pasar por aquí. Siéntete libre de leer, comentar, compartir o simplemente quedarte un rato. La puerta está abierta.

PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN, CRÍTICO QUE AÚN NO HA LEÍDO ESTE BLOG:

Esta es la edición definitiva, en un solo dominio, de las obras completas de este prosista de pasillo, que escribe mientras camina por ese río estrecho que no existe en su casa. Es un escritor en versión beta porque ninguna obra suya llega a la versión final. Lo he apodado «El Sísifo digital». Es un autor prolífico en lo que respecta a páginas de inicio y entradas de presentación. Su carrera literaria está marcada por la creación compulsiva de blogs. Se estima que ha inaugurado 87 en los últimos cinco años, todos con la primera entrada titulada «Ahora sí que sí». Cada blog empieza con grandes promesas, un diseño minimalista y un lema ambicioso («Este será mi espacio definitivo»), y termina, invariablemente, con una última entrada de disculpas: Perdón, pero me tengo que ir. Su obra completa podría recogerse en un volumen titulado «Dominios comprados y olvidados», que incluiría capturas de pantalla de todos sus encabezados y un apéndice con las contraseñas que ya no recuerda. Bienvenido sea este nuevo blog, que, por cierto, aún no he leído.

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LA VIRGEN PEREGRINA EN BERTAMIRÁNS

Hay días en los que uno no necesita mirar el calendario para saber que son distintos. Basta abrir la ventana. El aire trae un olor nuevo, las campanas repican de otra manera y hasta la luz parece detenerse un poco más sobre las fachadas de las casas.

Hoy es uno de esos días.

Todavía hay vecinos colocando flores, moviendo bancos y saludándose como si el tiempo transcurrido desde la última fiesta hubiera sido apenas una semana. En los pueblos ocurre ese milagro. Los años pasan, pero las personas vuelven a encontrarse exactamente donde dejaron la conversación.

Espero. No tengo prisa.

Sé que dentro de un momento aparecerá la Virgen Peregrina y, aunque la he visto tantas veces, siempre siento el mismo estremecimiento.

No sabría explicar de dónde nace esta devoción.

Tal vez empiece cuando soy niño y veo a mi madre persignarse con una naturalidad que nunca necesita explicaciones. Tal vez nazca al escuchar a mi abuela decir que hay caminos que se recorren con los pies y otros que solo puede recorrer el corazón. O quizá nazca simplemente aquí, entre estas caras conocidas, donde la fe se mezcla con los recuerdos de toda una vida.

Las campanas anuncian la salida. Entonces el murmullo desaparece. No hace falta que nadie pida silencio. Llega solo.

La imagen avanza despacio entre flores blancas y cirios encendidos. Hay quien reza en voz baja. Hay quien no dice nada y simplemente la mira pasar. Yo tampoco encuentro palabras. Algunas emociones se estropearían si intentara explicarlas.

Mientras camino detrás de la procesión voy reconociendo rostros. El hombre que fue panadero. La mujer que siempre tenía una sonrisa para los niños. El matrimonio que nunca faltó a una fiesta. También faltan muchos. Y precisamente por eso hoy los siento más cerca. En una procesión nunca caminan únicamente quienes se ven.

Nos acompañan también quienes siguen viviendo en nuestra memoria.

El incienso deja un aroma dulce suspendido en el aire. Se mezcla con el de las hortensias, con el de la hierba recién cortada y con esa humedad tan nuestra que parece abrazarlo todo sin hacerse notar.

Miro a la Virgen y, por un instante, vuelvo a ser aquel muchacho que creía que el mundo entero cabía entre la iglesia, la plaza y el camino de regreso a casa.

Qué poco necesitábamos para sentirnos felices.

Una fiesta. Unas campanas. Una mano amiga sobre el hombro.

Y la certeza de pertenecer a un lugar donde todos conocían nuestro nombre.

Cuando la imagen vuelve a entrar en el templo, las campanas repican otra vez. No siento que termine una celebración.

Siento que se renueva una promesa silenciosa. La de regresar siempre. Porque hay devociones que no se aprenden en los libros. Se heredan. Y mientras alguien las siga llevando dentro, nunca dejarán de caminar con nosotros.

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«OQUINTODOTEMPO.COM»

¡Buenos días!

Deseo de corazón que tanto tú como tu familia estéis pasando unas descansadas vacaciones. Si ya han terminado, te deseo que tengas hayas tenido una soportable integración al trabajo. 

Te agradezco que me sigas como suscriptor o lector. Espero que sea por muchos años más. Desde el punto de vista literario, me está costando un gran esfuerzo creativo el mantenimiento del blog, aunque lo haga con sumo entusiasmo.

Compartir su contenido contigo me produce tal placer que, cuando me sé leído por ti, siento lo mismo que si disfrutáramos, como amigos, de un suculento café una noche de invierno en una tranquila terraza.

Los suscriptores de reciente incorporación no lo habrán percibido como los veteranos, los que me soportáis desde tiempo inmemorial. Me refiero a diversas entradas que están reescritas por mí. Me he dado cuenta de que «exigían» esos retoques y confío en que lo entiendas perfectamente.

Saber que al otro lado estás tú dando sentido a cada palabra que escribo, es una de las razones por las que este espacio sigue vivo. Yo necesito escribir, pero también necesito que tú, lector silencioso, conviertas mis ideas en una vivencia especial y desconocida. Que tú estés ahí me motiva una barbaridad, aunque no nos veamos, pues sé que compartimos el instante de la creación y la lectura.

Aunque no nos conozcamos, cada lectura tuya deja en mí una huella que ni te lo imaginas, un eco de sabrosa compañía, una chispa de gratitud que crece con cada palabra compartida. No solo me inspiras a seguir escribiendo, sino que también me haces sentir que este espacio tiene sentido cuando alguien, al otro lado, se detiene a «escuchar» con los ojos. Es un lugar donde las palabras tienden puentes entre quien escribe y quien lee.

Mi intención siempre ha sido, y sigue siendo, que este blog sea un rincón donde encuentres algo útil, entretenido o inspirador para tu día a día. Y gracias a ti, que sigues acompañándome en este camino, puedo seguir creando con ilusión y ganas porque sé que hay alguien que juzgará severamente mis entradas.

Quiero contarte que voy a hacer algunos ajustes en el blog para mejorar tu experiencia. Especialmente, un diseño más claro. Me lo han aconsejado no sé cuántas veces, pero nadie cuenta con mi impericia. Para mí, lo difícil es facilísimo para un experto.

Seguirás recibiendo el mismo correo con el texto exactamente elaborado por mí en las mismas condiciones. Eso no va a variar en absoluto. Los cambios los verán los que entran directamente al blog. Confío en que percibas de igual modo la esencia de mis textos. La de siempre. Sólo me dicen que debo presentarla de una manera más cómoda, agradable y atractiva. Me dicen.

El contenido seguirá siendo el mismo que os gusta, solo que con una presentación mejorada. Eso me dicen.

Después de que me dieran la brasa de modo inmisericorde, he decidido cambiar el dominio. Las razones que me comentan son que el actual es demasiado largo (¿problemas de espacio?), que es muy complicado de recordar (tú sabes cómo te llamas, pero al que no te conoce le cuesta mucho memorizar) y que presenta más dificultades para acceder a él.

Con un nombre breve y atractivo será más fácil acceder a tu blog, compartirlo y encontrarlo sin problemas.

El contenido seguirá siendo el mismo de siempre, solo que con un dominio más claro y práctico. A lo sumo, dos palabras de uso diario. Si estás suscrito, te llegará exactamente igual a tu cuenta de correo.

Lo único que el remitente será www.oquintotempo.com El problema lo tendrán quienes quieran entrar por la URL, que tendrán que escribir esta última. No creas que ha sido fácil encontrar un dominio atractivo, wordpress tiene casi todos copados.

La próxima entrada, es decir, esta, la recibirás como siempre. Será a partir de la siguiente.

He consultado a un experto, a uno de tantos, que espero que no sea «el erudito a la violeta» de Cadalso, aquel que tenía un conocimiento meramente superficial. Me dice que los nombres de los dominios deben ser fáciles de recordar, fáciles de acceder (los lectores pueden teclearlo sin errores) y aún más fáciles de compartir en redes sociales y en el boca a boca.

Como verás, estoy atascado en los suscriptores y no veo modo alguno de aumentarlos. Entiendo que la gente es muy reticente a dar su correo electrónico, pero es el camino más corto. Como otras veces te he pedido, a quien creas que le puede gustar mi blog le solicitas que te autorice a darme su correo, me lo mandas a jmmaiz@telefonica.net y yo lo suscribo. Nada más. Yo no doy a nadie ese correo. Lo guardo como oro en paño.

(Te pido perdón si te encuentras algún error en este texto. Últimamente, el sueño no es mi mejor compañero). Mi voz no me permite ni un segundo dormir, / el sueño me dibuja su ausencia en mi caminar, / el cansancio no quiere de mi vida partir / y el reloj repite cansino su apacible velar. Lo mismo te gustan más los versos con los que el ventero respondió, en plan de broma, a Don Quijote para fingir que él también fue caballero andante:  Mis arreos son las armas, / mi descanso, el pelear, / mi cama, las duras peñas, / mi dormir, siempre velar. Forman parte del romance popular «La constancia».

Y para despedirme, te escribo, te pido que no me abandones ahora, que forma parte de la letra de un hermosísimo tango del argentino Alfredo De Ángelis titulado de ese modo: No me abandones.

¡Gracias por seguir ahí y acompañarme en esta evolución, que espero que sea para bien! 

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CAPÍTULO XX DE ‘HATROZ’.- LOLA HIJA

En la madrugada de ayer me despierta el móvil y el ordenador. Me anuncia Rafo, por medio de un acongojado guasap que me ha enviado un correo con el capítulo que le falta a la novela Hatroz, uno dedicado a su hermana Lola.

Desde que empiezo este afán de «malnovelar» episodios de mi vida, se resiste a airear algunos de la suya. Como soy un plasta le digo: o todo o nada. Me repite una y otra vez que hay un acontecimiento que no, que no sale a la luz mientras yo esté viva.

De este modo, escribo 39 capítulos. Espero que los hayas leído todos. Cuando Lola acepte ser el capítulo XX, le daré el cierre definitivo a este engendro de narración que sólo quiere ajustar cuentas con mi memoria, aunque esta nunca es lineal ni es capaz de poner orden a mis escombros.

Lola y yo hemos hablado mucho. Por fin, antes de ayer, me da el plácet para que escriba las partes que yo le esquematizo en un papel. ¡Por fin consigo convencerla para ponerlo todo negro sobre blanco! Por tal motivo tengo que reordenar los capítulos para situar el de mi hermana en el lugar que yo quiero, que es el capítulo XX. Exijo, termina, que, a diferencia de algún otro capítulo, esté escrito en presente porque yo quiero que quien lo ojee lo sienta en la actualidad.

Después de leerlo varias veces y de hacer infinitos cambios, me resulta difícil encadenar con fluidez los diferentes episodios de este capítulo que voy a narrar porque algunos son compactos y muy cerrados, y no admiten una clara transición para no distorsionar el espíritu que quiere transmitir Rafo, que no quiere aceptar que una congénita timidez sirva de explicación para todo.  

Lola Máiz Togores nace en el Sanatorio del Rosario de Madrid el 3 de octubre de 1954. Ella le repite a quien le quiera escuchar que «nace de nalgas y que el parto dura unas 32 horas». En un tono no sé si humorístico culpabiliza a estas dos circunstancias las futuras desgracias de su vida. Ella explica, sin convencimiento alguno, que el destino o el carácter de una persona están determinados desde el nacimiento: si alguien «nace de nalgas» (es decir, de una forma considerada poco favorable o fuera de lo normal), entonces sus dificultades futuras son consecuencia de esa condición inicial.

No le gusta que la llamen Loli a los 71 años que tiene, en cambio acepta el apodo de «Woolite» porque se lo ponen con mucho cariño nuestros dos primos mayores. Habría que investigar si algo tiene que ver con el carácter fuerte que manifiesta, una clara herencia de los Bermejo por vía paterna, y el poder suavizante del susodicho producto.

Estudia el bachillerato en el colegio Mater Salvatoris en la calle Límite donde son 40 alumnas y luego se trasladan a Aravaca donde construyen un gigantesco edificio. Nunca habla con claridad de su experiencia en este colegio ―últimamente, sí― por esa timidez que le impide hablar y actuar con decisión, pero el término acoso está presente en muchas situaciones vividas. Sólo libra en su negativo recuerdo a la madre Madurga, que la tutela con cariño y respeto durante muchos años.

Por estas razones, una tía de la familia les recomienda a nuestros padres en varias ocasiones que la trasladen al instituto Isabel la Católica, donde, ejecutado por fin el cambio, realiza exitosamente COU. Tiene verdaderas amigas, aunque algunas se pierden con el paso del tiempo y otras diversas suertes. Es evidente que la enseñanza en aquellos tiempos es muy diferente. Sólo recordar que en el colegio le dejan solo para septiembre la 4ª evaluación de Química. Hoy eso…

En la etapa colegial, en 4º de bachillerato, sufre la corea mínor ―el conocido baile de San Vito―, enfermedad que no brota de manera brutal hasta el verano de ese mismo año. Mi padre, por entonces, vacacionaba en septiembre, pero nada más verla el diagnóstico es claro y evidente. Tiene una recuperación tan lenta que le dura varios años, asociada al doloroso Benzetacil mensualmente.

Estudia Farmacia, trabaja en diversas oficinas de farmacia, con visiones agridulces los años que a ello se dedica. Tiene la oportunidad de comprar una farmacia y ser codueña de una oficina situada en Vallecas. La experiencia no es buena. La relación es imposible con el otro dueño y decide vender su parte. Cuando se firma dicha venta en la notaría de un familiar, este le dice con clara retranca: es evidente que no llevaste lentillas cuando negociaste con él y realizaste la compra.

Deja el trabajo para casarse con un arquitecto en 1989, ceremonia que se celebra, bajo una intensa lluvia, en el colegio de El Pilar de Niño Jesús, con el objetivo de vivir en Valladolid, ciudad que había ganado el futuro marido en unas durísimas oposiciones.

Este matrimonio, por la intolerancia del novio ante unos vómitos de acetona en la noche de bodas, se rompe el día siguiente de celebrarse. Como van a Pucela a vivir, y en Madrid no tienen casa, ni ella un duro, se encuentra sola a las 11 de la noche con una maleta y una cabina telefónica. Llama a nuestro padre para ver si la acogemos de nuevo en casa. Respuesta afirmativa, evidentemente.

El matrimonio es declarado Matrimonio Rato y No Consumado (Ratum et non consummatum) por la Rota a los dos años de la ceremonia.

Lola pasa una temporada bastante larga muy mal ―con apoyo psicológico y psiquiátrico― porque no entiende nada y se siente psicológicamente maltratada por todo lo que le dice el novio, acusándola reiteradas veces de niña, entre otras cosas. Aclaro yo que conoce a Lola desde hace muchos años.

Se reintegra a trabajar en diferentes oficinas de farmacia con una nociva experiencia en algunas de ellas. En estos momentos le viene a la memoria el argumento de «cómo nace».

En 1979 fallece una tía nuestra soltera de un terrible cáncer de mama que es el sustento económico y anímico de otro hermano soltero, que no puede trabajar por diferentes causas mentales y físicas. La defunción plantea el destino de nuestro tío porque solo no puede vivir ni personal ni económicamente. Para resumir, se decide vender la casa y que se traslade a vivir a nuestra casa porque nuestro padre es médico. Un hermano de nuestro padre dice no se valoran en ningún momento las profundas depresiones cíclicas de nuestra madre. El impuesto de sucesiones entre hermanos en aquella época es brutal.

En nuestra casa, Lola le cede su habitación. Cambia un espacio, al final de la vivienda, en el que hay un pasillo con un generoso armario, una mesa camilla grande para estudiar y una cama con su correspondiente cómoda por un cuartito junto a la cocina en el que sólo cabe un sofá-cama y una pequeña mesa de estudio. Es decir, cambia la amplitud por la estrechez. Mi hermana no dice nada y manifiesta una generosidad suprema. Este periodo dura ocho años, hasta 1987 en el que muere nuestro tío.

En 1992 muere nuestra madre y supone un golpe durísimo para todos, especialmente para nuestro padre que se culpabiliza de no haber oído nada cuando todo ―el infarto súbito sufrido― ocurre de noche en la cama de matrimonio que comparten ambos.

En 1993, por las indecisiones de nuestro padre, Lola impulsa, dentro de sus posibilidades y conmigo al fondo, la venta definitiva de la finca que tiene la familia de nuestra madre en las proximidades de Compostela.

En 1995 deja de trabajar en una oficina de farmacia ―la dueña le exige una indemnización, hecho que niega el Colegio de farmacéuticos― para atender a nuestro padre durante todo el día, que sufre un deterioro progresivo de sus capacidades físicas y mentales por varios ictus que sufre.

Curioso es decir que lo que pagamos a la persona que cuida de nuestro padre, ocho horas al día, en un periodo breve es muy superior al sueldo de mi hermana en la farmacia. Por tal motivo, decide colgar la bata y entregarse al cuidado de nuestro padre con una ayuda puntual una hora al día para bañarlo y asearlo. Esto dura hasta 2002, año en el que fallece nuestro padre en casa, no en una residencia como nos recomiendan algunos conocidos. La atención fue excelente y continua por sus conocimientos farmacéuticos y por la generosísima ayuda permanente de un amigo anestesista de nuestro padre. (Perdón por repetir tantas veces nuestro padre).

Lola, en su faceta privada, después de este fallecimiento, e impulsada por mí, intenta retomar su vida social con un antiguo amigo, que se trunca por el fallecimiento de él. Lola me cuenta que este hombre la llama semanas antes de la boda para confirmar si ella está dispuesta a casarse con el arquitecto. Como la respuesta es un sí, él desaparece de su vida.

Como consecuencia de ese deseo mío de que retome su vida social, una noche, un cabrón de muy buena facha, con el que comparte una cena, la acompaña hasta el ascensor de nuestra casa y ahí, debajo de las escaleras de acceso a los pisos, la ataca, la reduce por la fuerza física y mantiene con ella una relación sexual contra su total voluntad. Lola lo único que hace es llorar. Se acuesta en casa llorando y como no para de sangrar la ingresan en una clínica por orden de su ginecólogo, donde le tienen que dar varios puntos de sutura por la violencia sufrida. El daño que le causa la acompaña durante años. Es una herida que nadie puede ver, pero que no puede borrar.

Tras esta brutal experiencia, confirmada en todos sus términos por el ginecólogo que la trata, hay quienes expresan recelo con ese relato, como si la verdad necesitara pruebas imposibles. A la violencia sufrida se añade otra forma de sufrimiento: la incredulidad de algunos miembros de nuestra propia familia. Ahora me viene a la memoria aquel juez que, ante una situación en nada parecida, utiliza como eximente del hombre la minifalda de la mujer. Es decir, hay personas de nuestro entorno que buscan la explicación del resultado en una característica de quien lo padece, en lugar de analizar principalmente la inicua conducta de quien toma la decisión de realizar tan ignominioso acto. Con otras palabras, se culpa a quien sufre la violación por el daño que otro decide causar o se traslada la responsabilidad del agente a la víctima.

Esto lo comento en contra de la férrea voluntad de Lola, pero me importa un carallo, porque quiero manifestar que también hay violaciones con traje de Armani o violadores que fingen conocer a la familia ―es el caso de mi hermana―, para lograr un espacio y un entorno que le permita lograr su nefando objetivo. Hay una persona que dice que malinterpreta la timidez de Lola. Asqueroso y vomitivo.

Mi hermana no quiere que lo cuente porque tiene inoculada desde el nacimiento esa obsesión de que no se puede contar nada por vergüenza, cuando ella es la que sufre un ataque sexual que no busca ni provoca en ningún momento.

Saltamos al día de hoy. Recibe una ayuda económica generada por la atención a nuestro padre y por no haber cotizado lo suficiente, ya que por tal dedicación familiar se quiebra de golpe su etapa laboral.

Como consecuencia de una educación muy tradicional, encuentra en la atención de nuestro padre su particular purgatorio. Esta frase la escribo porque no entiendo ―y eso que le doy vueltas para encontrar un mínimo resquicio de razón― que alguien pueda justificar una silenciosa, pero hatroz violación.

Con los años Lola «se acostumbra» a lo vivido, pero no lo olvida porque lo que le marca aquella noche sigue formando parte indisoluble de ella. Si yo no lo olvido, y lo tengo presente todos los días, ¡cómo lo va a olvidar mi hermana!

Ahora, tras dos mudanzas en los últimos veinte años, vivimos armoniosamente los dos juntos en un pequeño piso de La Guindalera. Los dos solteros, y tras un sincero ajuste de caracteres y acuerdos convivenciales, disfrutamos de uno de los periodos más tranquilos de mi hermana.

Como finalización, una lluvia de ideas para clarificar qué carácter tiene Lola: genio y pronto muy fuertes, pero se diluyen enseguida, insegura, generosa, cabezota, impulsiva, ingenua, animalofóbica, risueña, impaciente, sufridora de varios complejos e incapaz de superarlos, bondadosa, botellín, solitaria, de poco trato, derrochona con todo el mundo, insomne, negativa, se autoculpa siempre por todo, hasta del hundimiento del Titanic, miedosa, poco ambiciosa, acuafóbica, cierta incapacidad para tomarse las cosas a broma, ansiedad social, temor al ridículo y a meter la pata en público, poseedora de un dañino complace, minuciosa, sin aires de superioridad… 

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MEMORIA DE TI

Has vulnerado la perfecta simetría de mis afectos, has hurgado en los más íntimos recovecos de mi ser, has erosionado lo más oculto de mis entrañas, y has profanado el reconstruido armazón de mi fe. En otras palabras, has logrado que las eventuales dispersiones de tu rastro dejen en mí un vacío de una dimensión aterradora.

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LA PLAYA DE RODAS EN LAS ISLAS CÍES

La playa de Rodas, situada en las Islas Cíes, es una de las joyas naturales más impresionantes de Galicia y, según muchos, del mundo entero. Con una forma de media luna perfecta, esta playa se extiende a lo largo de más de un kilómetro, uniendo las islas de Monteagudo y del Faro en un abrazo de arena blanca y finísima que brilla al sol como si fuera nieve cálida. Sus aguas, de color turquesa y sorprendentemente transparentes, evocan paisajes caribeños, aunque con una frescura atlántica que despierta los sentidos.

Bañarse en una playa de aguas limpias y arena blanca fina es una experiencia transformadora. Al sumergirse en el agua cristalina, se siente la frescura que acaricia la piel, mientras las olas suaves invitan a jugar y relajarse. El sol brilla en el horizonte, creando un juego de luces sobre la superficie del mar. La sensación de la arena fina entre los dedos de los pies proporciona un confort especial, conectando cuerpo y tierra. El murmullo de las olas, el aroma salado del mar, el vuelo pausado de las gaviotas y la luz que rebota en las aguas crean una experiencia sensorial única.

Este entorno natural es un refugio para el alma, donde el sonido del mar y la brisa suave ofrecen una serenidad incomparable, convirtiendo cada baño en un momento de puro gozo. El entorno, protegido, garantiza la conservación de su biodiversidad y belleza virgen. La playa está rodeada de naturaleza casi intacta, con rutas de senderismo que llevan a miradores espectaculares y calas escondidas, perfectas para la contemplación o el descanso.

Este paraíso gallego ha sido reconocido como la mejor playa del mundo, destacando su belleza salvaje y el equilibrio entre acceso y conservación. Rodas no es solo un lugar para tomar el sol o bañarse: es un espacio de encuentro con la naturaleza, con la memoria del mar y con la identidad atlántica que define Galicia. 

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LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

Ya me había hablado alguien de mi familia hace tiempo de Rafael Rodríguez, el Peideiro. Aquel hombre que vivía en la villa de Aranjuez en una casita conocida como La pedorreta, y que se casó con una mujer sorda, pero que sabía muy bien cómo hablaba su hombre tirando por lo bajo.

―Seré sorda, pero los otros sentidos, y se tocaba la nariz, los tengo más que desarrollados, especialmente el olfato, comentaba ella después de veinte años de vida en común.

Este hombre era un gran aficionado al fútbol, y siempre que viajaba a Galicia a saludar a la familia no dejaba de acercarse al campo de As Pateiras de Bertamiráns a ver algún partido.

En esta ocasión coincidió con la final del trofeo de La Peregrina y en las repletas gradas había unos quinientos seguidores, que cantaban, silbaban y abucheaban a los jugadores que, ya fueran los de casa o los del equipo rival, rumiaban un resacón de órdago. Unos, los más jóvenes, profiriendo cualquier insulto que se les pasaba por la cabeza; otros, los más veteranos, preferían centrar todos sus insultos en la figura del árbitro, que, según ellos, olía a vino que aturdía.

―No suda agua, carallo, suda vino y aguardiente, decía el seguidor más «experimentado» de la grada principal; y que, por tal motivo, exigía que se le permitiera decir cualquier cosa.

―Tengo más antigüedad que tu abuela, le decía al presidente del club, que peinaba unas alborotadas canas, reflejo de una noche de farra y esmorga.

El presidente, conocido como Ventolín, porque no hacía nada más que soplar de una petaca que tenía escondida en una chaqueta multicolor, habló antes del partido con el árbitro y los linieres para que no hicieran ninguna barrabasada.

―¿O no te acuerdas del penalti que pitaste cuando el delantero rival se tiró en el área como Mark Spitz, el nadador que ganó en Múnich 72? Si hay caghada, para nosotros y le regaló una botella del orujo que fermentaba en su casa.

―Aviñado, esponja, trinqueteiro, borrachuzas, carpanta, chiqueteiro… Le chillaban. Todos ellos sinónimos populares de borracho.

―Cuando corres das más bandazos que el arado del demonio cuando huye de la Virgen Peregrina.

―Duerme la mona, carallo, duerme la mona antes de venir a arbitrar.

Decían los amigos que Rafael, con los años de matrimonio y la alegría conyugal, engordó muchísimo. Algunos insinuaban que llevaba el colchón antibalas incorporado para evitar las agresiones. Tenía una barriga muy generosa, como un depósito estratégico de provisiones, que se movía rítmicamente cuando caminaba por la calle.

―Rafaeliño, tienes que adelgazar, que ya no puedes abrochar los cordones de los zapatos, le decían con un hablar amistoso. Pareces un museo andante de recuerdos gastronómicos.

Rafael, «apisonadora de las fiestas», rezaba un cartel en la puerta de la casa de sus parientes.

Aún no se olvida en la aldea lo que aconteció hace unos pocos años. Fue una anécdota que nadie ha olvidado. Algún blasfemo dijo que había que pedir la santidad para Rafael.

En el último minuto del partido, por tradición festiva, el árbitro volvió a pitar penalti cuando el equipo de casa ganaba por uno a cero. El campo quedó en silencio absoluto. Mientras el delantero rival esperaba la señal del colegiado para tirar la falta máxima, nadie hablaba en las gradas. El silencio y la tensión se podían palpar y cortar con un cuchillo. Mas en el momento en el que el nueve foráneo fue a golpear el balón, en ese mismo instante, bramó, mejor dicho, rebramó, en las gradas una ventosidad tan descomunal como «la música» de un huracán. Y claro, el delantero falló y mandó el balón a un pinar próximo al campo.

La gente comenzó a hablar aturdida y llena de un gracioso alelamiento que no podía controlar:

―¡Dios! ¿Qué fue eso?

―¡Han liberado al preso!

―¡Confesión, es el fin del mundo!

―¡Libertad!

―¡Generoso!

―¡Vaya firma sonora!

―¡Qué viene el lobo!

―¡Un médico!

―¡Este hombre va a morir!

―¡Viva la homeopatía!

―¡Ya tenemos himno!

―¡Hiroshima! ¡Nagasaki!

―¡Monja y cura juntos, carallo!

―¡Ya tenemos gas natural!

―¡Qué nos bajen el recibo!

―¡Ya tenemos orquesta!

―¡Y dicen que no había cultura!

―¡Qué viene el cambio climático!

―¡Presidente, notificación inalámbrica!

―¡Vaya contraseña!

Y no sé cuántas caralladas más.

Hasta un hombre comentó que este pedo superó claramente, y con grandísima diferencia, al que se había tirado en el Senado el señor Cela, amante de lo escatológico, en la época de la Transición y seguidor de Quevedo que dijo: «el pedo es vida, porque hasta el Papa se lo tira». Cela lo negó argumentando que él era, como todos los españoles, pedorro domiciliario y no pedorro transeúnte.

Rafael sonrió con doble satisfacción. Por un lado, liberó el gas retenido en su barriga, y, por otro, ayudó al Bertamiráns a ganar el trofeo de La Peregrina.

Los más niños reían de la sonoridad de este hooligan de la música baja, y algunos chicos intentaron valientemente llevarlo a hombros hasta el palco de la fiesta para que allí lo homenajeara la aldea. Alguien con muy buen tino lo evitó porque, dijo, como se le escape otro, manda a los chavales a Cuba.

El caso es que este trofeo pasó a llamarse, según los más acérrimos futboleros, O Cheirosiño; y la primera peña que tuvo el Bertamiráns, con motivo de esta generosa acción, se bautizó con el nombre de La música baja de Aranjuez. No hay constancia escrita de este hecho. Que yo sepa, este es el único sonoro trofeo que muestra el club en sus vitrinas. 

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CAPÍTULO XIX DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (II)

Cuando los profesores nuevos escucharon por primera vez esa frase se sonrieron, entendieron que era la resolución de un carrozón y lo observaron con una mirada cargada de una clemente conmiseración.

―La acrobacia generacional es de tal dimensión que el humor, en apariencia casposo y trasnochado, provoca en ti generosas dosis de lejana hilaridad. Debes valorar en su justa medida, te lo recomiendo con afecto, la estima que dices que tu entorno laboral proyecta sobre ti.

―Me siento descolocado. En mi historia laboral ya todo es pasado. Me queda muy poco para echar la llave a mi estancia en el colegio y se entremezclan varias sensaciones: alegría por el trabajo bien realizado, tristeza por dejar a unos compañeros que se han comportado conmigo insólitamente bien, bonanza por poderle dedicar más tiempo a mi hermana, escepticismo ante un futuro desconocido para mí, congoja por una brusca escisión con unos alumnos que me han hecho crecer año a año, sosiego por apartarme de un maratón escolar que me ahoga en la actualidad y placidez por el convencimiento de que los que vienen detrás de mí lo harán mucho mejor.

―¿Y tu experiencia?

―¿Qué entiendes por experiencia?

―Llevas treinta y siete años en el aula. Eso es una barbaridad. Lógico que haya luces y sombras en un periodo temporal tan amplio.

―Yo diría mejor, sonrisas y lágrimas. Copiando el título de una película que hoy es, junto con otras, el centro de atención de la corrección política. En un aula puedes reír y llorar en apenas cinco minutos. No voy a negar, sin opulenta vanidad, que he tenido éxitos que me han provocado una silente satisfacción. Y esperaba rematar así.

―Siempre me has dicho que hay muy buen ambiente en tu colegio.

―Y me reafirmo en ello.

Rafo estaba muy nervioso y no era capaz de captar la razón. Lo escruté con severidad y escuché un ligero temblor en su cascada voz, como si hubiera trasnochado cinco días seguidos y al sexto le solicitaran declamar en solitario, ante un selectísimo auditorio, un recital poético de su obra.

―Por otro lado, dejemos a los jóvenes por lo que ellos consideran su camino. No podemos hacer otra cosa que no sea estar a su disposición para cuando soliciten un consejo o una información, pero nunca agobiarlos con una tormenta de recomendaciones que en muchas ocasiones son obviedades que ellos mismos sabrán afrontar en el aula. Son jóvenes, que no incapacitados para afrontar problemas. ¿Errores? ¡Como todos! Lo bueno de los errores es saber rectificar, y, si es necesario, pedir disculpas.

Rafo en este punto cayó en un taciturno silencio. Apoyados los codos en la mesa, y mientras manoseaba el vaso de la consumición solicitada en la terraza del hotel Room Mate Alicia en la plaza de Santa Ana, le sonó el teléfono. Me sorprendió el tono de llamada. Llevaba años con el gallego Pousa pousa y lo había sustituido por un potentísimo A quién le importa de Alaska. La tierra por una declaración de principios.

―Tiene un valor simbólico. Es un grito de libertad ante el pensamiento único y agendado que nos quieren imponer hoy en día. Es algo hatroz lo que está ocurriendo con esta obsesión por controlarnos absolutamente y por uniformar la hermosísima diversidad de nuestra sociedad. No soporto el circuito cerrado que diseñan los nuevos pensadores de una sociedad que quieren homogeneizada y maleable como el blandiblup.

Después de una misteriosa conversación de dos minutos, volvió a caer en un compungido silencio, pero a los treinta segundos lo rompió con una sonrisa morriñenta, con una sonrisa picarona, con esa sonrisa que muestra cuando quiere contar una anécdota que sabe ocurrente.

―¿Sabes? Llevaba muy pocos años en el colegio cuando me ocurrió una simpática anécdota en el aula. En la tutoría de profesores no la comenté nunca porque aún imperaba en mí una injustificada timidez. Carraspeó nerviosamente.

En la clase reinaba un gran ambiente. El tránsito de una asignatura a otra lo ocupaban las alumnas en cotilleos escolares, en entonar alguna canción conocida o en proyectar la salida del viernes, estuviera cercana o no. Entré en clase como siempre, con mis libros en la mano y con un silencio en los labios que tenía que repetir en varias ocasiones. Logré superar la maldita tarima de madera que, en los últimos cursos, se había convertido en un peligroso obstáculo. Una vez en lo alto de la tarima, consulté el plano de sitios que estaba adherido en la mesa del profesor para desmontar los engaños que algunas alumnas provocaban con «despistados» cambios de mesa. Abrimos el libro de Literatura y les expliqué la obra de Garcilaso de la Vega y el Renacimiento. Observé en el extremo superior derecho de mi mesa un papel doblado. Como tenía la seguridad de que no era mío y ante la duda de ser una posible chuleta lo arrugué y lo tiré a la papelera. Terminamos la clase con un comentario pormenorizado del soneto V del autor antes mencionado, aquel que termina con unos versos inolvidables que encierran lo que nadie ha sabido manifestar con tanta claridad: Cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir, y por vos muero. Se produjo un emotivo silencio y en cada mente adolescente se dibujó el nombre de algún chico.

Volví al día siguiente con otro memorable soneto en el que Lope de Vega definía el amor con un alarde de paradojas y contradicciones, y de este modo vimos las características del Barroco: Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso… Esto es amor, quien lo probó lo sabe. Volví a encontrarme un papel esquinado en la mesa. Lo volví a arrugar y a tirar a la papelera. Salí con paso firme y tranquilo, haciendo un alto en la carpeta de apuntes de una alumna que, según parecía ella, me sorprendió gratamente: ¿Dónde estás, señora mía, / que no te duele mi mal?, / o no lo sabes, señora, / o eres falsa y desleal. Me mola mil, profe, me dijo. Hoy echo de menos esa costumbre de escribir textos para lucirlos «públicamente».

Al día siguiente tuvimos un examen para reconocer las características del Renacimiento y del Barroco, según fuera el texto. Estaban todas sentadas y colocadas en filas individuales. Repartí las hojas del «encuentro individual con un texto», como decía una profesora. El texto era de Gutierre de Cetina: Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué, si me miráis, miráis airados? / Si cuanto más piadosos, / más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira, / porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormentos rabiosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos. Mi paseo sorteando las mesas logró que yo no viera a nadie copiar. Eso no quiere decir que no lo hicieran, porque en esa clase había «buenísimas doctoras» en esa especialidad.

Al día siguiente, clase a las ocho de la mañana. La mayoría, dormidas. Lo sabía. En mi mesa había un folio horizontal con la siguiente leyenda: ¡¡¡No me tires y léeme!!! Con una flecha dibujada que me llevaba de nuevo a la esquina superior derecha de la mesa. Obedecí y leí el papelito después de deshacer las mil dobleces que presentaba. Ponía: Para quererte sólo valgo. Sabían mi devoción por Los Secretos y en especial, en aquella época, por la canción Otra tarde, en la que Enrique Urquijo nos invita a reflexionar sobre nuestras propias luchas emocionales. Lo interpreté en aquel momento, estábamos en invierno aún, como el irreprimible brote primaveral de una adolescente que no sabía a quién decírselo ―me eligió a mí― y el secretismo de una situación que la encendió sobremanera. No niego que la curiosidad me incitó a hacer con los ojos, desde mi sitio, un barrido visual por todas las mesas. No logré nada. El grupo de teatro que teníamos en pañales por entonces había logrado que una alumna hiciera una grandísima actuación. Sigo sin saber su autora.

―Eso es lo de menos, le dije. La anécdota tiene su gracia. 

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CAPÍTULO XVIII DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (I)

El viernes pasé la tarde y la noche con Rafo. Me pidió que lo recogiera en su casa a las seis y me dijo que me llevaría un sorpresón cuando me dijera el lugar al que quería ir. Nada más sentarse a mi derecha, vi sus intenciones. Después de un tímido carraspeo, burdo pretexto de una naturalizada timidez, se explayó con banales argumentos sobre los beneficios anímicos que les reportaría la visita a su antigua facultad. Deseaba recordar su época universitaria. Me olía mal. Lo que quería era que yo conociera la facultad donde estudió, donde realizó su querida Filología, que viera que era verdad, donde despertó a un mundo que él apenas conocía y donde se dio cuenta de que había tenido una adolescencia entre algodones. El recorrido fue muy tranquilo y lleno de anécdotas añejas y antediluvianas, como decía él.

Llegamos a la facultad de Filosofía y Letras, que desde 1975 compartía sus aulas con Filología, cerca de las siete de la tarde. No quiso sorprenderse por la gran cantidad de carteles que adornaban la entrada y me dirigió con certero paso a la cafetería. Allí tomamos un pincho de tortilla y un café con leche creyendo el pobre hombre que su ingesta lo retrotraería a aquellos primeros ochenta en los que cada día se desayunaba con una novedad política, social o cultural.

Se levantó repentinamente y me pidió que saliéramos, que nos fuéramos, que ya había visto todo lo que quería ver. Es decir, nada, ausencia total de recuerdos. Su rostro dictaba una frustración absoluta y reflejaba que las segundas partes, cuando había un lapso temporal tan amplio, no eran recomendables si lo que se pretendía era recuperar el pasado.

Como si nada hubiera ocurrido, o como si ya estuviera más que acostumbrado a las frustraciones, me pidió que fuéramos a la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana, cuyos dueños, acertadamente, la califican de madrileña, bulliciosa y cosmopolita. Yo le advertí que por la cantidad de clientes que acudían cualquier día de la semana a este sanctasanctórum de la noche madrileña era un lugar incómodo para mantener una tranquila conversación como él quería. Le ofrecí otros baretos que habíamos pateado los dos, pero todos cayeron en saco roto porque tenía entre ceja y ceja «La Alemana».

En ocasiones ocurría que Rafo se ilusionaba con un establecimiento por el simple recuerdo subjetivo de unos ojos que allí se cruzaron en su camino. Entonces, lo empezaba a dibujar con el mismo pulso que como cuando copiaba con enorme interés apuntes sobre Rosalía de Castro en las clases de Literatura Gallega con la inolvidable Marina Mayoral. Estos arreones emocionales y consumistas le otorgaban un gran conocimiento de bares, tabernas y tugurios que poca gente de su entorno dominaba. Todo comenzó, en soledad, en la Bodega de la Ardosa, hoy desaparecida, en la calle Hermanos Miralles, hoy General Díaz Porlier; El Barril de Goya o la Cervecería Alemana de la plaza de santa Ana. Se prolongó durante años con algunos compañeros de la facultad en El anciano rey de los vinos de la calle Bailén. Y la puntilla, con mi entorno más cercano e íntimo, se movía entre La Cruz Blanca, La Gallina loca, Cleo, Narizotas, Tula, El Escenario, La Cesta, My Flower, Fass… Rafo disfrutaba callejeando en solitario con el único afán de saborear una cerveza bien tirada y poder apuntar en su cuaderno de notas cuatro versos impactantes, condensación de una experiencia frustrada.

Cuando entré yo en su vida, por decirlo así, siempre me invitaba a compartir con él esos cenobios o templos del bebercio nocturno. Conocí de este modo lugares en nada higienizados, lugares con un aroma a cerrado que se habían convertido en perfectos comunicadores de virus, lugares con un ambiente tan cargado que necesitábamos pico y pala para entrar en ellos que, por ejemplo, nadie había repuesto las bombillas fundidas.

―Esta luz opaca y tenebrosa, como dices tú, es el arte de la noche, le dijeron mientras le servían una caña en un vaso que tenía ligeramente marcada pintura de labios.

―No se confunda conmigo, no. Me gusta lo cutre, lo añejo y lo ochentero, pero limpio e higienizado. No disfruto oliendo una butaca con olor a culo. Y siento mucho esta expresión.

Su primo Jorge tenía un compañero de clase Alfonso M., que vivía en la calle Velázquez, muy cerca del Retiro, y que, forrada de pasta la familia, él vestía con ropa vieja y descuidada, pero limpia, limpísima. Esa es la imagen que le encantaba a Rafo.

Ponderaba siempre esa atmósfera de encanto misterioso, de solitaria intimidad en compañía de una creadora melancolía.

―Es mi deriva de ser asocial, se justificaba entre dientes mientras jugaba muy torpemente con el móvil. Quizá por los nervios.

Cuando accedimos a la cervecería, me miró buscando mi aprobación. Joder, el caso es que ahora le tengo que agradecer el haber seleccionado un sitio limpio y bien iluminado, me dije sin palabras.

Durante la cena, mientras saboreábamos un doble de cerveza y un pulpo a la vinagreta, me habló de sus primeros años de trabajo en un colegio del barrio de Salamanca. Estaba triste y apenado porque se le iba el tiempo de las manos.

―No puedo con este tiempo transitorio y fugaz. Me despierto en ocasiones con el verso de Quevedo de soy un fue, y un será, y un es cansado y en otras con el pensamiento de un joven de 30 años que se quiere comer el mundo. Entonces unas certeras palabras de los que me rodean me colocan en mi sitio bruscamente. Esos cinco segundos de gloria se evaporan y vuelvo a mi realidad con otros versos de Quevedo: Ya no es ayer, mañana no ha llegado; / hoy pasa y es y fue, con movimiento / que a la muerte me lleva despeñado.

Esta visión negativa del paso del tiempo hizo que su rostro se tornara trascendental y en un zigzag nada cerebral me dijo que todo era literatura, que se recreaba en los versos más letales para purificar un alma dolorida y dañada por no saber atrapar el presente:

Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde. / Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos. / Envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma. / Envejecer, morir / es el único argumento de la obra.

Me recitó estos versos de Gil de Biedma con el apoyo de su móvil ―siempre la maldita memoria, casi bramó―. «No volveré a ser joven». No los conocía. Me comentó que los leyó por primera vez hace mucho tiempo, pero lo que le impactó fue oírlos en la voz de Gonzalo de Castro.

(https://www.youtube.com/watch?v=EGN-cVssLbc&list=LL&index=145)

―Esa voz, Dios mío, esa voz. Luego pude escucharlos recitados por el propio autor y en otra ocasión musicados por Loquillo y Ara Malikian.

Los repitió. Una pareja de jóvenes que estaba en una mesa contigua le preguntó por el autor de esos versos.  Rafo, feliz por su interés por la poesía, recibió un tortazo:

―Es que soy un admirador de Loquillo y me falta la «canción que usted ha leído».

Miré a Rafo rogándole que no actuara como un profesor indignado por la mala expresión de un joven porque, aunque fuera de modo desafortunado, se había interesado por la poesía. Le dio el enlace y punto.

―Atiende, Rafo, el remordimiento por no haber aprovechado el tiempo es un lugar común y el teatro es una metáfora extraordinaria para expresarlo. Borges decía que ese sentimiento no me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado.

Lo veía venir. Lo veía. Cuando empezó a hablar de sus principios laborales y de su actual cansancio psíquico, le dio un trago a la caña y silabeó con orgullo su laudatorio veredicto:

―Entré en el colegio gustando a algunas alumnas, luego empezaron a fijarse en mí algunas madres y hoy en día me miran con buenos ojos algunas abuelas jóvenes.

―Eres muy pesado con algo que yo considero un juicio certero y gracioso, pero que si lo conviertes en una sentencia repetida cien veces perderá toda la simpatía que tuvo el día que lo creaste.

No me hizo ni caso. Una sonrisa picarona se dibujó en su rostro. He dado en la diana, debió pensar. Yo le insistí en que no podía convertirse en un disco rayado. Eres como una enciclopedia de queso manchego: madura, sabrosa, pero siempre abierta en la misma página. Me sentí orgulloso por la metáfora, aunque cerró este tema contundentemente:

―Soy como un reloj sin manecillas: no marco la hora, marco territorio. Y, si repito, es porque mi historia merece eco.

Nos levantamos y le oferté la posibilidad de sentarnos en una terraza de Santa Ana. Aceptó dócilmente porque iba saboreando la rotundidad de su metáfora y no me prestaba la menor atención. 

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LA LECTURA

Abrir un libro es como abrir mi propio refugio. No necesito que nadie me entienda. Basta con que las páginas me hablen. Dicen que leer es perder el tiempo, pero yo sé que en cada palabra encuentro un latido, en cada historia una forma distinta de respirar. Los libros me regalan pensamientos que me sostienen, sueños que no se desgastan, silencios que me acompañan cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.

En la calma de la tarde, la voz escrita se convierte en compañía. Es un río que nunca se agota, una música que me envuelve sin fin. Cada página es un sendero que me invita a caminar despacio, cada verso un horizonte que me abre los ojos. Leo sin prisa, guiado por la luz de la palabra, como quien sigue una estrella en la noche.

Cuando todo calla, el libro permanece abierto, paciente y fiel, aguardando por mí. Y entonces sé, con certeza, que el verdadero viaje no necesita mapas ni relojes: basta una página, basta un corazón dispuesto a escuchar lo que la tinta guarda.

Y a veces, mientras paso las páginas, siento que no estoy solo. Que alguien, en algún lugar, escribió estas palabras para mí, sin saberlo, y que en ese gesto invisible se esconde la más pura forma de compañía. Leer es, al fin, reconocerme en otros, y descubrir que mi vida también se escribe en silencio. 

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CUMPLEAÑOS

Sí. Hoy cumplo 67 años. Es una verdadera proeza. He conseguido evitar los accidentes de tráfico, no conduzco, los soponcios anímicos nacidos en el aula, las eternas pandemias, las ganas de mandar todo a paseo y lograr que una persona, a la que yo no conozco, entienda mi forma de vida, tan alejada de Phileas Fogg, icono de los viajes literarios, o del legendario Marco Polo paseando por Mongolia y China. 

Ahora me toca la recompensa. ¡La edad dorada! Debo tener cuidado porque últimamente te venden como oro lo que es simple cobre pintado. Si el oro habla demasiado, es que está mintiendo.

La sociedad te ofrece un trato inmejorable:

―José María, has sobrevivido a las durísimas crisis, a las burlas más hirientes y a las modas que todos considerábamos absurdas. Has superado la crianza de niños, que no los has tenido. Que yo sepa, me dices sarcásticamente. Ahora te mereces un descanso.

No me quiero olvidar de lo cansado que estoy. He encargado en Amazon, el asesino del comercio de barrio, al que todos recurrimos, unas tarjetas con mi nombre completo y con el sobrenombre de «experto en fatiga crónica». Este remoquete me lo puso un camarero después de observarme comer un croissant a la plancha.

Ya no me canso por hacer algo, me canso por el simple hecho de existir. Es un agotamiento metafísico, casi filosófico. Aún me acuerdo de cuando sufría unas punzantes agujetas por ir al gimnasio o por nadar torpemente. Pues ahora, además, me dan por ir a la cocina a por una simple galleta.

Y aquí tengo a mi Némesis particular, esa diosa de la venganza que es, según los griegos, la ejecutora de la justicia divina, por encima de la humana. Es una mensajera divina que ataca en nombre de las deidades a los culpables de soberbia y altivez y a los transgresores de la ley. Su actuación tiene como objetivo dejarnos meridianamente claro a los mortales que, precisamente por serlo, debemos abandonar la esperanza de ser muy afortunados para no romper el equilibrio universal. Nada de esperar grandes recompensas. Aunque sea tu cumpleaños.

Como ejemplo de lo anterior, el móvil, antes una herramienta muy útil, se ha transformado en mi Némesis particular. No puedo esperar la satisfacción de manejarlo correctamente algún día. La pantalla parece hecha para los pulgares de Pulgarcito, y los iconos, si no los tienes en modo «gigante para ciegos», son invisibles. Lo pierdo en casa constantemente. Entonces, me llamo desde el fijo y, cuando lo localizo, me sorprende, como si fuera un truco de Juan Tamariz, que tenga una llamada perdida. ¿Quién me habrá llamado? Mandar un mensaje o un guasap se ha convertido en una odisea, si no de diez años, sí de una hora tranquilamente. Y el remate de «satisfacción» se produce cuando me envían como respuesta un emoticono enano.

Joder, lo que quiero es escribir y que me escriban. Y yo, con la misma paciencia, me digo si no sería más fácil volver a las cartas de papel. En este punto te das cuenta de que entre los fervientes adoradores de los emoticonos y yo hay una distancia mayor que la fosa de las Marianas.

Mi cuerpo ya no es mi amigo. Es un inquilino con el que tengo que negociar a diario. La espalda me pide el divorcio cada vez que me agacho. Las rodillas, que antes me llevaban a correr, ahora me recuerdan que su único propósito en la vida es crujir. Y si hablamos de las pastillas… ¡Bienvenido a la farmacia en casa! Una para el colesterol, otra para la tensión, otra para los huesos… Al final del día, parece que me he comido un estante de una farmacia. Es como un coctel de bienestar químico.

El olvido se ha vuelto mi mejor compañero. El cansancio que me genera es abismal. No recuerdo dónde he dejado las llaves, el nombre de ese actor que me encanta o la receta de la tortilla francesa que llevo haciendo 40 años. Pero, curiosamente, me acuerdo de la letra de una canción de los años 80 que no escucho desde hace cuatro décadas. Y, por si fuera poco, tengo ese superpoder de «cuando yo era joven…», que me permite dar lecciones de vida a todo el que me rodea. Porque, claro, en mi época, la vida era en blanco y negro y no había internet, lo que me hace automáticamente más sabio y más racional.

Así que, me autofelicito, levanto mi copa (con cuidado, que me puede dar un calambre) y celebro junto a mi hermana mis 67 años. Acepto que mi vida ahora es una tragicomedia, y que el mejor plan para el día de hoy es ver un largo documental sobre la vida de un pájaro que permanece ocho horas en el cableado de la carretera Madrid―Compostela. Me quedaré dormido en mi butacón y lo tendré que rebobinar mil veces. A las nueve, cena en el sofá y a las diez directo a la cama para levantarme a las cinco para una nueva etapa de vida sana. ¿Hay algún dato más que me indique que el paso del tiempo se ha convertido en una ironía para mí?

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LA ALDEA QUE SE FUE APAGANDO

Cuando era niño, la aldea parecía el centro del mundo. Siempre había humo saliendo de las chimeneas, voces en los caminos y puertas abiertas que invitaban a entrar. Hoy, cuando regreso, siento que el silencio pesa demasiado. Me cuesta aceptar que tantas casas estén vacías y que las huertas, antes cuidadas con orgullo, se escondan bajo las zarzas. Tal vez idealizo el pasado, pero creo que entonces la gente tenía más tiempo para hablar y para ayudarse. No había grandes comodidades, es cierto, pero sobraban las conversaciones al caer la tarde y las risas compartidas. Ahora todo parece más cómodo y, sin embargo, también más frío. Cada rincón de la aldea me recuerda que el progreso tiene un precio que pocas veces se menciona. Quizá no podamos recuperar aquel mundo, pero me resisto a pensar que olvidarlo sea la única opción.

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EL PROFESOR QUE NUNCA TUVO BARBA

(Fecha y hora del inicio de este texto: Domingo 10 de agosto de 2025 a las 5 horas 25 minutos de la tarde) 

En la real villa de Plumarejo del Tintero, en la antigua provincia de Letramar, la concejalía de Incultura y Despropósitos varios, cuya prioridad era que todos los carteles públicos tuvieran al menos tres faltas de ortografía, organizó, cuando ninguno de sus habitantes sabía ni leer ni escribir, la «Semana del Desconocimiento literario». La charla principal, precedida de un concurso literario al que nadie concurrió, versó sobre «Cómo olvidar lo que nunca aprendiste en la escuela».

El escritor del que voy a hablar envió un texto para que no lo leyera nadie, pues, como he dicho antes, ninguno de sus habitantes sabía leer ni escribir. El iletrado alcalde, ante tal dilema, lo tiró a la «papelera de los despropósitos e inutilidades municipales». Estaba repleta de documentos porque nadie la vaciaba. No sabían que había que hacerlo. El encargado a dedo de tal tarea fue el maestro «Versolindo», que hacía un quijotesco escrutinio de todo lo desechado. De este modo, a Dios gracias, descubrió el siguiente texto que alguien copió a mano y me lo envió hace unos días.

Imagina a Don José María Máiz Togores, más conocido por «el profe de las Comas, de los Acentos y de los Puntos». Lo bautizaron con este nombre tan largo como reflejo de su pasión por las subordinadas que nadie entendía. Es un profesor de Lengua española jubilado que vive en un piso donde los diccionarios se apilan como muros de fortaleza medieval, desde El Tesoro de Sebastián de Covarrubias del siglo XVII, pasando por el DRAE de 1780 hasta un sinfín de glosarios de argot juvenil de los siglos XX y XXI.

Como se negaba a llamar a los electrodomésticos por sus nombres originales, hizo, el último día de clase, un concurso para fomentar una original denominación de los electrodomésticos caseros. La alumna más avezada, y única participante, le propuso que los denominara así: a la nevera, arca frigorífica; a la lavadora, tambor de abluciones textiles y al microondas, horno de irradiación breve. El premio que recibió esta joven fue un libro aún no editado: Diccionario Ilustrado de la Lengua Desbaratada, una edición apócrifa, no avalada por ninguna academia seria.

Este hombre, en sus orígenes, cuando escribía, nunca usaba ordenador. No existía. Prefería una máquina de escribir Olivetti Lettera 32 del año 1968, con la cinta ya desvaída, para «que las palabras suden tinta».

Como costumbre diaria, y no la abandona, corrige mentalmente los menús o los rótulos de los bares del barrio. No es «uso esclusivo de cliente» sino «uso exclusivo de los clientes». No le hacen el menor caso, pero él se cree un victorioso Cid camino de Valencia.

En una reunión, al ver y al escuchar al nieto de un familiar lejano, manifestó muy orgulloso su diagnóstico lingüístico: «Está en la fase más deliciosa de la lengua: la glosolalia prearticular». Todos se quedaron en silencio. Su cuñado le preguntó si eso significaba que el niño hablaba. Él respondió con más seriedad si cabe: «Aún no, pero sus balbuceos son un poema fonético en estado embrionario».

Nuestro barbilampiño lleva décadas escribiendo textos y textos que nadie lee, ni siquiera él, porque prefiere corregirlos hasta el punto de borrar el tema por completo. Los escribe. Los archiva. Los elimina. Tras un patético arrepentimiento, dedica horas y horas a recuperarlos. No lo logra. Pero esto no impide que vuelva a caer en el mismo proceso como un imbécil. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y después exige que la piedra se disculpe.

Vestía chaquetas de corte moderno sesentero que ha dejado de usarlas porque olían a tiza, a tinta y a lluvia, por su origen gallego. No las llevaba al tinte porque no soportaba que unas manos ajenas a sus actividades las manosearan y les quitaran esa inspiración de madrugada que era, para él, como la fuente Castalia de los griegos.

Aún hoy, ya jubilado, en su ambiente familiar, mantiene la costumbre de hablar en voz alta con las tildes, como si fueran vecinas de toda la vida. Los que lo conocen no saben el origen de tal proceder. Lo han llevado al médico en diversas ocasiones, pero lo único que ha logrado es un sinfín de carcajadas, debidamente corregidas en su pronunciación y sonoridad.

La aplicación de su móvil que usa como cuaderno de notas está llena de frases que empiezan con el original «Érase una vez…» y terminan en puntos suspensivos, porque dice que la vida, como la gramática, siempre deja algo pendiente.

En los cafés lo confunden con un excéntrico inofensivo porque rellena esa vieja aplicación con mil ideas o mil nombres que espera que no mueran, pero que tampoco las mima. Al cansado camarero le preguntó un día si le parecía bien la siguiente frase de influencia daliniana: «Mi mente es un carrusel de relojes derretidos girando en mitad del desierto». Su mirada sin palabras fue elocuente: «este tío está zumbao».

Se le da muy bien conjugar verbos inexistentes como: zambroñar (Sumergirse en un sofá hasta casi desaparecer), desmonear (Quitarle la gracia a algo que antes hacía reír); y su preferido: escribujear (Escribir y dibujar a la vez sin que quede claro qué es qué). Siempre se atasca en el pretérito perfecto simple del futuro de subjuntivo, que no existe. Pero él sigue insistiendo.

Cree que sus manuscritos serán descubiertos dentro de dos siglos por arqueólogos literarios, quienes, desconcertados, se preguntarán por qué todas sus historias incluyen al menos un zapato huérfano y una metáfora sobre la tilde de la i. Habla de los clásicos como si fueran compañeros de escuela, y cada vez que oye la palabra «influencer» se persigna con el diccionario de la Real Academia.

Este es el profesor que nunca tuvo barba. 

(Fecha y hora de conclusión de este texto: martes 12 de agosto de 2025 a las 9 horas 5 minutos de la mañana).

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DOÑA ERNESTINA «LA GENERALA»

No hay familia que no presuma, si quiere hacerlo, de que alguno de sus antepasados participara en determinados conflictos religioso―políticos o paraculturales. Todos, cuando miramos hacia nuestros ancestros, imaginamos a alguno de ellos, para eso están las leyendas familiares, bien conspirando en algún cenáculo de corte libertario, bien sabiéndose privilegiado observador de las intrigas más eminentes de la vida cultural de la ciudad o pueblo en el cual le tocó en gracia vivir. En estas circunstancias, yo tengo que hablar de doña Ernestina «la Generala», mujer de armas tomar, que fue, durante unos cuantos años, el figurón más destacado de la provinciana, por entonces, Compostela. Para hablar de esta mujer nos tenemos que situar en los últimos años de Isabel II y en los conocidos tiempos de la Gloriosa. (Isabel II, reina de España (Madrid, 1830―París, 1904), hija de Fernando VII. Bajo su reinado sufrió el 18 de septiembre de 1868, por sus veleidades con los poderes más reaccionarios, la revolución denominada la Gloriosa, por lo que tuvo que instalarse en París. Después de varios intentos para forzar su restauración, abdicó en su hijo Alfonso el 25 de junio de 1870).

Esta mujer nació, vivió y murió en la casa más bonita y hermosa de la rúa Nova compostelana: soportal de tres arcos, cuatro luces, una fachada de una piedra labrada primorosamente y, para finalizar, una escalera majestuosa y señorial. En el frente de la casa, cuatro imponentes escudos entallados en el siglo XVIII, tiempo en el que se erigió la aristocrática casa. Doña Ernestina resumía en su sangre todas las vicisitudes de la nobleza gallega: rivalidades feudales, rencores familiares, odios heredados e incomprensiones de cualquier clase, que se resolvieron cuando sus padres se casaron, dicen que para hacer las paces de un pleito secular que afectaba a las dos familias.

―De nacer hombre, sería un glorioso militar, afirmaba ella misma extrañando el «bigotazo» que tendría en la dicha circunstancia.

Pero como no fue así, tuvo que conformarse con montar unas terribles y descomunales peleas en su entorno. Cierto es que de todas siempre salía ella como gran triunfadora. Estaba en una edad en la cual disfrutaba de cada éxito obtenido y se burlaba con obscenidad de la persona que había sufrido la humillación. Por desgracia para ella, aunque muchos lo dudaron en Santiago, su marido y su hija murieron muy pronto. El vacío que dejaban en casa era significativo, pero, como las dotes de mando eran inagotables, conservó en su casa los mismos sirvientes que cuando eran tres los habitantes de la misma.

―Yugo y vara, es mi lema con esta chusma; arengaba a su hija cuando era muy pequeña y veía en ciernes una excelente generala. Su intención era preclara: no debía alejarse lo más mínimo del camino recto y derecho de la estricta rectitud moral y emocional. Como en un principio sus dotes dictatoriales no salían del ámbito doméstico, el servicio, como decía ella, estaba harto de sus amonestaciones y sermones, pronto se convenció, para alegría de sus sirvientas, de que debía proyectar sus decretos de limpieza ética en alguna otra faceta de la vida de su ciudad.

―¡No se puede tirar por la borda una capacidad como la mía! Si me dejaran, yo los metería en cintura a la voz de ya y les pondría unas buenas y rígidas cinchas a esta manada de ateos oportunistas y librepensadores. Pensó que el terreno religioso―social era el más apropiado. De ahí que fundó y, ¡cómo no!, presidió durante años la «Asociación de damas carlistas». No conforme con esto, se hizo cargo de la dirección de las siete cofradías más importantes de la ciudad; por lo cual su poder iba desde la provisión de una canonjía vacante hasta colocar cuando ella quería a las jóvenes de la zona de Ribadavia en casas conocidas y de buena fama. (Ribadavia: localidad a 25 kilómetros de Santiago, en la provincia de Ourense. Capital de la región vinícola del Ribeiro. El último sábado de agosto se celebra en esta localidad la Fiesta de la Historia. Declarada de Interés Turístico Nacional. Por un día, la localidad se sumerge en la Edad Media vistiendo cómo se vestía en la época y representando la historia de la localidad, antigua capital del Reino de Galicia por un día. La moneda oficial utilizada es el marabedí. Es de visita obligada el castillo de los Condes de Sarmiento, construido en el siglo XV). De esta forma tan humana, se garantizaba disfrutar de la información más secreta y pudorosa de sus convecinos, que tantos golpes de pecho se daban en la próxima iglesia de Santa María Salomé. Esos conocimientos de la vida personal eran un punzante y letal aguijón que clavaba ella en la reputación del paisano que osara mancillar su limpio nombre o poner en entredicho su autoridad. Con un sólo gesto, ella confirmaba o bien tiraba por tierra cualquier «runrún» que se expandiera por la ciudad sin su sagrado consentimiento.

―¡Quien controla la intimidad del vecino, tiene la sartén por el mango! Si sabes cómo se comporta en lo personal, lo podrás desnudar sin piedad en público y mostraba una sucia dentadura, penitencia que debía soportar, decía ella, por un liviano y irreflexivo error de juventud. No quería pisar ni por asomo la consulta del doctor Mendes, porque decía que podría poner en práctica algún rito oculto para disolver su proverbial poderío, ya que lo vieron ―sic― procesionando con la nocturna Santa Compaña, leyenda que consiste en la aparición de una fila de encapuchados fantasmales cuya función no es otra que la de visitar o poner en aviso de una futura defunción. 

La asistencia o no invitación a sus bailes anuales suponían el empellón definitivo o la postergación más absoluta de una familia en sus claros deseos de integración social. Tenía la potestad de hacer y deshacer noviazgos, siempre pensando en el buen decoro de la respetuosa ciudad. Muchas jóvenes que, por su culpa, quedaron para vestir santos, la detestaban con asco y desprecio. Eso sí, siempre en silencio.

―Y se me detestáis, hacedlo con la palabra del mudo, guardando vuestra ira en vuestras entrañas y en absoluto silencio, como hago yo con mis almorroides, nombre inventado por ella para designar la majestuosa y solemne dolencia que sufría desde la adolescencia. Mis tías cuentan que sus intervenciones en las fiestas del casino de Santiago, rompiendo parejas de baile, hicieron época. También se empleó a fondo en la censura de estrenos teatrales, pues ella pensaba que era la persona idónea para decidir qué obra se ponía en cartel y cuál no. Por ejemplo, Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas no se representó en Compostela gracias a ella. (Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel Saavedra, duque de Rivas (1835), el gran drama romántico español. En relación a Don Juan Tenorio de José Zorrilla se podría aplicar el siguiente dicho gallego: el río Sil lleva el agua y el Miño, la fama). Había que verla cómo alardeó de su gran hazaña durante meses en los múltiples confesionarios de la catedral hasta que un sacerdote recién llegado le dijo que mostrara algo de humildad, calidad que no conocía en absoluto.

Hasta que un día se equivocó gravemente. Intentó censurar la ópera La Traviata de Guiseppe Verdi basada, según ella, en la inmoral y licenciosa La dama de las camelias de Alejandro Dumas. (Alejandro Dumas (hijo) narra en su novela La dama de las camelias (1848) la historia de Margarita Gautier, una cortesana del París decimonónico, que se siente redimida de su pasado por el verdadero amor que le profesa Armando Duval, un nuevo miembro de la alta burguesía provinciana, y decide retirarse con este último al campo. Gautier espera disfrutar del amor verdadero durante los últimos días de su vida, ya que no considera la posibilidad de poder superar la terrible tuberculosis que la afecta). En esta ocasión lanzó todos sus poderosos e influyentes tentáculos sobre el empresario del teatro, los actores, el arzobispo y demás autoridades y fuerzas vivas de la villa. Pero nada. La obra se representó varias veces y siempre a teatro lleno. No consiguió prohibirla. Fracasó estrepitosamente. Sumergida en una vergonzosa humillación, decidió alejarse del ambiente social a su pazo de Ribadavia, en una especie de mal entendido exilio interior voluntario.

―Así me lo pagan estos cafres incultos e ignorantes, devotos del más perverso de los dioses del cenáculo romano. Ya me echarán de menos y me vendrán a llorar. Entonces, los pondré la cada uno de ellos en su sitio. ¡Por estas y por Dios bendito!, blasfemaba a cada vez más repoluda mujer.

Pero nada de eso ocurrió. Todo el contrario. La villa creció en muy valorada libertad y caralludo jolgorio. Débil y muy enferma, regresó poco antes de morir a su casa de la rúa Nova. Quería morir como una señora, en la ciudad que la vio nacer, y no en un pueblito de mala muerte, como denominaba ella a la histórica Ribadavia. O sería, lo más lógico según ella, para que todos los estómagos agradecidos de Compostela asistieran a su entierro y la reconfortaran en su muerte, hecho que no supieron hacer en vida.

Durante muchos años se habló en la ciudad de la fastuosidad del cortejo que recorrió el trayecto que separa la antigua rúa do Bico Novo del cementerio del Rosario. Llevó mucha gente de Dios. Así manifestaban algunos compostelanos de pro el tumulto congregado. Las lenguas venenosas, que, como las meigas, haberlas las hay, decían y contaban que la mayoría de los asistentes se acercó al camposanto para comprobar in situ que esta mujer estaba muerta y bien muerta. Mis tías hablan de que cómo les contaron detenidamente que uno de los concurrentes a su inhumación lo hizo por tal motivo, así lo certificó públicamente en el casino cuando fue requerido para tal hecho. Las dudas sobre su verdadera desaparición latían en los pechos de los más incrédulos y blasfemos agnósticos. Hasta, aseveran, que se lo hicieron jurar por la fe de los pecadores ―sic―.

―Bicho malo nunca muere, murmuraba muy bajo uno de los vecinos más beligerantes en la juventud de la Generala.

―Al muerto que no está presente, la vela no se le enciende; sentenció un buen hombre que portaba un grano cirio en su mano derecha para que lo pusiera al pie de la sepultura por orden expresa de su devota y correligionaria esposa y de ese modo certificar su muerte ¡Qué por mí…!

―No hay cosa peor que un muerto vivo, culminó el más experto y aguerrido de los enterradores del cementerio, mientras echaba sin descanso palas y palas de tierra sobre el féretro de doña Ernestina. La incrédula gente abandonó el lugar cuando los sepultureros dieron por finalizado su «santo trabajo» y pudieron comprobar que allí, sobre el féretro de la Generala, había más tierra que la extraída de las minas de Almadén. A muller que morrera onte / deixou moito caldo na pota, / comamos, amigos, comamos, / non sexa o demo que volva. 

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AQUEL SUDOR

Aún habita en mí. Aquel hotel. Aquel día tórrido de un Madrid ochentero con ínfulas de europeo acomplejado. Aquel silencio que navegaba entre nosotros con la fuerza de un desprecio que empezaba a nacer en ti. Lo noté en tu mirada cuando me dijiste con el candor de una ninfa acostumbrada a ser observada que ya no volveríamos a vernos. Puse mis labios con ansias vivo en una gota de sudor que recorría procaz la piel erizada de tus pechos y diste un respingo tal que tus ojos se clavaron en mi desnudez mientras yo te perdía perdón. Eres repugnante, sentenciaste llena de pronto de un pudor claretiano. Y me dejaste suspenso en aquella destartalada cama. Todavía conservo en mi almario el sabor de aquella sudorosa despedida. 

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ENZO

Enzo es un hombre nacido en Florencia, la cuna del Renacimiento. Esa ciudad con un entorno natural en la región de la Toscana, que es simplemente espectacular.

Enzo llegó a Madrid en la década de los noventa, el Madrid de la película Historias del Kronen (1995) que refleja una juventud hedonista, desinhibida y con un trasfondo de rebeldía y nihilismo.

Enzo personifica ahora una madurez infantilizada con un toque de encanto atemporal. Su cabello, ahora salpicado de canas que se mezclan con su color original, le da una distinción natural. Las arrugas alrededor de sus ojos son el mapa de una vida llena de risas, preocupaciones y momentos inolvidables, y su sonrisa franca revela una calidez genuina. Cuando va a trabajar se viste con un estilo clásico y pulcro, valorando la calidad de las telas y el buen corte. Aunque se mueve como un madrileño más, sus genes italianos afloran en una elegancia innata.

Enzo entra ciego de furia en su dormitorio y cierra la puerta tras de sí. El caos que se observa es símbolo de una época presidida por una absoluta anarquía de sentimientos y realidades. En su cara, la fuerza de Red Butler en Lo que el viento se llevó, la química candente y explosiva de Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc caliente y la decadente madurez de Al Pacino en La sombra del actor.

Conforma un conjunto armónico y altamente atractivo. «El que tuvo retuvo», ha aprendido a decir cuando los amigos destacan esa decadencia cada vez más plausible. En su interior, él lo sabe; pero a los cincuenta años no puede dar la razón a los envidiosos que lo acechan como tiburones blancos. Lo intenta explotar en poquísimas ocasiones, y, cuando observa que el éxito está asegurado, pone en acción esa fingida actuación que descompone a las mujeres y que es muy codiciada, por los que se llaman sus amigos.

Tras unos minutos de absoluto silencio, sólo vulnerado por el acelerado ritmo de su convulsa respiración, apoya su rectilínea y señorial espalda en un imperial espejo de pared que, colocado en un lateral de la habitación, convida a cualquiera a ponerse delante de él y a realizar un pormenorizado examen visual. Alguno de sus amigos lo evita astutamente, por no caer en la crueldad del presente: el deterioro de los años que cabalgan desbocados por toda la geografía humana.

Los músculos de la mandíbula se marcan con generosidad en un perfil que él cada vez soporta menos. Estoy envejeciendo a toda velocidad, se lamenta al observar las ojeras que marcan la parte inferior de los ojos y las famosas patas de gallo, conocidas por él como «zampe di gallina».

Con todo, el frío del cristal lo obliga, involuntariamente, a recomponer un poco su gesto y lanza un suspiro que deja entrever un profundo sentimiento de angustia, ese calambre que no sabe manejar desde la adolescencia.

Esta situación no hay quien la aguante. Mañana mando todo a la mierda: contratos, reuniones… Como dice mi psiquiatra, cirugía, Enzo, cirugía.

Poco a poco se va desvistiendo y colocando con sumo cuidado sobre una silla de caoba ―paso intermedio del lugar definitivo, el galán de noche―, regalo de su madre, cada una de las piezas de las que se va deshaciendo. El ritual es el mismo todas las noches. Primeramente, aquí, la americana y los zapatos, estos, ultralimpios; posteriormente, allí, coloca todo lo que lleva en los bolsillos del pantalón en un vacíabolsillos; y, para terminar, el pantalón, la corbata y la camisa rematan la faena. Él mismo no entiende el cuidado que tiene con la camisa cuando sabe que va a ir directa a la lavadora.

El aspecto, reflejado en el espejo, le produce una náusea emocional. Las lorzas se han hecho imperiales en la cintura y, como le dice a un compañero de trabajo, «con estas mamas, estoy barajando la posibilidad de ofrecerme como nodriza o ama de crianza». Antes, el bóxer le bordeaba la cintura con una holgura perfectamente estudiada; ahora, la goma pasa desapercibida porque la cubre un colgante de grasa que le circunda sin ninguna elegancia.

¡Qué insufrible rutina! Sin motivo justificado, aunque él lo sabe y lo denosta concienzudamente, se tumba en el sofá del salón, con el bóxer y los calcetines, sus últimos compañeros de piel, hoy muy entumecida por el intenso frío que hace en la calle.

Su rostro denota cansancio y falta de vitalidad; sus ojos, un exceso de trabajo ante el ordenador, y sus manos, inertes y añorantes de las que lucía cuando tenía veinte años, un pasar de los años que le obligan a mirar de un modo insolente a su hija Laura, una lozana manzana de piel tersa y brillante.

Reposa mirando al infinito y escuchando el burbujear del agua que llena lentamente el baño, donde va a pasar una hora de deleite y fruición placenteros.

A las doce de la noche se encuentra cenando delante de la televisión y viendo una serie que había quedado inconclusa el último fin de semana. La bandeja soportaba un bol con una ensalada repleta de enzimas, minerales, vitaminas y compuestos antioxidantes, pero de sabor insulso y desaborido. Una compañera de la empresa le ofreció este «gustoso plato» para combatir una cabalgante obesidad.

El jefe no me aguanta. Dice que soy insufrible, que no hay día que no organice un numerito de narices y que nunca estoy de acuerdo con sus proyectos. Es el primero, y para eso está, en poner mil objeciones, pero muchas de ellas son fruto de una ilícita y arbitraria envidia. A largo plazo, todos los recomendados te crean el mismo problema: piensan que, hagan lo que hagan, nunca serán expedientados.

Y Enzo a callar porque lo que quiere es pasar desapercibido, que no se airee más la conversación que tuvo su padre con su jefe, después de una generosa inversión en material innovador.

De pronto se yergue, con una desdibujada agilidad, y coge el teléfono, que se le había olvidado en la cocina. Muestra una desgana absoluta porque sabe perfectamente quién es.

Me ha jodido la cerveza, explota con absoluta sinceridad. Vuelve al salón, la vista un poco nublada, y se sienta de nuevo en el sofá para soportar una charla nada productiva.

―¿Diga?

―¿Enzo?

―¡Ah! Eres tú. La voz de Enzo suena irritada y cortante. Su mirada refleja una conversación ya mantenida en muchísimas ocasiones. Y siempre con el mismo resultado.

―Es lo mismo de siempre. Con las mismas disculpas de siempre. Con las mismas mentiras de siempre.

―Yo no te miento nunca. Es mi trabajo. Yo no sé cuánto duran mis reuniones. Y tú deberías entenderlo muy bien. Lo que pasa es que tú, como eres hombre, no te sientes vigilado; pero yo llego un poco tarde, o pido salir media hora antes, y ya tengo un toque de muy mal gusto y lleno de micromachismos.

―No, no puedes subir. Estoy agotado. Hoy no puedo más. Y eso que, como dices tú, soy un enchufado y apenas trabajo.

―Otra vez lo mismo. Eres un cabronazo, porque sabes perfectamente qué decir para evitar una conversación agradable y distendida.

―Estoy cenando y sólo pienso en acostarme. Necesito descansar. Lo que menos soportaría ahora es una discusión.

―¡Pobrecito!

Silencio sepulcral.

―¡Adiós!

La indecisión se hace eterna. Duda lo indecible. Tiene sujeto el móvil con una fuerza inusitada.

―¡Adiós!

La descarga emocional que sufre por mor de una enojosa conversación es brutal. En una infinidad de ocasiones ha vivido esta situación, pero Enzo no sabe romper, no sabe decir que no.

―Tienes que aprender a romper, le repite cansinamente su madre. Especialmente con las que mienten en las cosas pequeñas. Las grandes mentiras son más soportables.

Y Enzo cierra la conversación vacío de remordimientos. O eso cree. Sabe que está muy mal acostumbrado y que ella volverá. ¿Y si no vuelve?

Como siempre, se acuesta expectante. ¿Llamará otra vez? Pero es diferente ahora. A los treinta años, podía retar a mil mujeres; ahora, a los cincuenta, la flojera emocional es la que rige sus decisiones. ¿Llamará otra vez? 

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NOCTURNO

En estas noches de verano mi piel intuye la parda caricia de la ebriedad. Al instante quiero ocultarme tras un cuerpo de sombras, y esquivo la tersura de tu complicidad proyectando toda mi inquietud en un eterno conocimiento. No niego ni extingo aquel espacio, pero la evolución de mi mundo me somete y me subyuga hasta inconsciencia: ya no sé si habito en una aurora de reptiles o si soy un exhausto desterrado que suplica tu voz mientras una susurrante brisa de nostalgia envuelve mi frente. Un violento recuerdo nubla de briznas nuestras destartaladas imágenes, y, aunque no puedo dormir en esta sauna mental, mi cerebro no transige ni se desvencija ante eventuales fijaciones. Tu sonámbulo silencio me recuerda que tras esta noche tranquila vendrá otra jornada tediosa y claudicante, perdona, pero ahora no quiero pensar en ella, porque en esta noche tranquila estoy redimiendo mis penas.

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SEPTIEMBRE NEGRO

El sol quema cualquier recóndito espacio. Las sombras de un cuerpo abismal personifican el cansancio que exuda mi frente. Vacío un poema por la acción de mi timidez: versos, versos, versos… todos mis versos se ahogan en la turbación de una mirada. Un eremítico testimonio se dilata eterno en esta lacerante espera. Nuestro espejo grita cómo se desintegran en diminutas órbitas las cuatro rosas de ayer. Y ya ni te nombro. Flamante como un emblema, la erosión, coartada de mis capitulaciones, desvanece toda mi sangre en un monólogo anónimo y silente.

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LA BELLA DURMIENTE

Teresa venía de una familia que gozaba muchísimo manteniendo de cara a sus vecinos las apariencias que, si en otro tiempo eran de nobleza, opulencia y fama, en la actualidad eran de una simplicidad que causaba un río de burlas en la aldea en la que estaba situado el pazo. Habían caído en el típico «quiero y no puedo». En el Lazarillo, el escudero tenía como patrimonio las deudas, pues aquí el señor de la casa más o menos.

El padre, desde ese concepto nobiliario de la vida, mostraba una grandísima satisfacción cuando llegaba a sus oídos que habían cotilleado de ellos en la taberna durante varias horas. Que hablen mal o que hablen bien, el caso es que hablen.

El médico, cuando llegaban las doce de la noche, hora meiga y liberadora de prejuicios y «postureos», después de carraspear y afinar la voz para que no se le reconociera una cogorza de tamaño monumental, soltaba:

―Esta familia va a explotar un día. Lo único que hacen es airear secretos y actos pecaminosos que ya no tienen lugar donde esconderlos. ¡Ay, si yo hablara!

―Pues, hazlo, cabrón, hazlo. Esta frasecita tuya tiene más años que la cocina de leña del pazo de tu amo.

―¡No vuelvas a decir esto! Yo no tengo amo ni soy perro que ladre a nadie. Ya habéis logrado cabrearme. ¡Adiós! Marcho porque… tengo que marchar.

Pero no hablaba y se iba camino de su casa por una corredoira que bordeaba la casa de «la bella durmiente» dando unos peligrosísimos tumbos que convertían un camino de cinco minutos en una prueba maratoniana.

Teresa, la mayor, fue la que le cantó el réquiem a tanta vanidad, que saltó por la ventana sin visos de retorno. En esta mujer, que en tiempos remotos era la que resolvía todos los problemas familiares y ejercía como un capo mafioso con el principal objetivo de mantener la familia siempre unida, se evaporó la decencia.

No sabemos el día, pero, como algunos miembros de la familia ante la brutal crisis económica, «huyó» de la realidad sin moverse del pazo y se instaló en una fantasía que la hizo convertirse en una especie de espantajo por el día y en una bellísima amante rijosa por la noche.

Los psicólogos decían que, de tanto culebrón televisivo y familiar, se convirtió en una adicta de los romances más dramáticos. Tenía una visión totalmente distorsionada de la realidad. Sus pensamientos sólo giraban en torno a una relación que la convertía en una mujer impúdica y lujuriosa y que nadie conocía, pero que ella, en esa capacidad de autoengaño que manejaba como una experta ilusionista, teatralizaba todas las noches en su casa.

Un amanecer, su padre pensó que estaba poseída por el demonio. Los reiterados gemidos de placer, que llegaban plenamente a los oídos del beodo sanitario, eran de tal volumen que su padre decidió llamar al cura de Santa María para que la exorcizara.

Pero lo novedoso, es lo que le hacía dudar, era que todas las mañanas, cuando desayunaban al amanecer, la cara de felicidad de su hija era la misma que había dibujado de pequeña de la bella durmiente cuando era besada por el príncipe. Cuanto más «amaba de noche» más feliz era por la mañana.

―Un día de estos me caso, papá. Estamos preparando todo.

El padre, como no le conocía hombre alguno, se reía y se callaba. Mejor dicho, la escuchaba detenidamente, se reía y se callaba.

Teresa, por el día, huía de su intimidad porque le ocasionaba un terror escalofriante; pero, por la noche, bajaba la cabeza y su autoestima caía otra vez en una lujuria que se apoderaba de sus pensamientos, nublando todo juicio y razón. Era una ilusión que le prometía plenitud, pero la deja vacía. Cada noche, como una «autófaga del amor», vivía un día menos y un día más. Un día menos de vida y un día más de extremo placer.

Hasta que una mañana no se levantó de la cama, y su padre, lleno de miedo al ver la taza del desayuno limpia, entró en su habitación como una oveja huyendo del lobo y vio la imagen más estremecedora de su vida. Tumbado en la cama «dormía» el esqueleto de su hija, vestido con un hermosísimo traje de boda, con un ramo de flores en las manos y con la sonrisa más hermosa que nunca imaginó.

Desde ese crucial día, todas las jóvenes de la aldea luchan como «juanas de arco» por casarse el mismo día que el padre celebraba el aniversario de la muerte de su hija, ya van veintisiete, en la capilla de las Dolores, capilla del pazo de uso semipúblico. 

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TU SONRISA

Ayer se desató mi nostalgia entre sangrantes retales de vida. En ese frágil instante pude retratar tu mágica sonrisa y, en un sueño de campos verdes y cielos grises, pude morar en la humedad de tu cuerpo. Posteriormente, perdido ya en la zanja de mi pulida cautividad, recorrí con avidez los sótanos de mi memoria y en todos sus rincones hallé el manantial de tu eterna alegría. Entonces, juré, como un petrarca ante su Laura, aprehender en mis manos, y en mi memoria, tus joviales huellas, y, sorbo a sorbo, en mis momentos de soledad, embriagarme con ellas.

 

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CUESTIONARIO PROUST «A MI MANERA» (ENRIQUECIDO POR MÍ)

El Cuestionario Proust es una serie de preguntas diseñadas para explorar la personalidad, gustos y aspiraciones de quien lo cumplimenta. Aunque no fue creado por el escritor francés Marcel Proust, su nombre se asocia a él porque respondió este tipo de cuestionario en su juventud, dentro de un «álbum de confesiones» que era popular en la época victoriana.

Este cuestionario tiene un origen curioso. Como he dicho, no fue creado por el autor de En busca del tiempo perdido, sino que era un juego de salón popular en la época victoriana llamado «álbum de confesiones», una especie de test de personalidad que circulaba entre amigos para revelar aspectos íntimos de su carácter y gustos.

Las preguntas abarcan desde lo más íntimo ―como el mayor miedo o el ideal de felicidad― hasta aspectos más triviales como el color favorito o el héroe de ficción preferido. Con el tiempo, este cuestionario se convirtió en una herramienta popular entre periodistas y entrevistadores para conocer mejor a artistas, escritores y celebridades. No es un cuestionario cerrado. Con los años se han ido añadiendo preguntas. Como he hecho yo.

Hoy en día, el Cuestionario Proust se utiliza en una sorprendente variedad de contextos, más allá del ámbito literario o periodístico: entrevistas personales y mediáticas, liderazgo, herramienta para fomentar la empatía, mejorar la comunicación y fortalecer equipos, conocer mejor a sus colaboradores y descubrir talentos ocultos… Muchas personas lo utilizan como ejercicio de introspección, clarificación de valores, deseos y prioridades, funcionando casi como una forma de autoanálisis, un estímulo de la reflexión y así fomentar la expresión personal. Es muy frecuente que las redes sociales y los blogs lo incorporen porque su formato atractivo y personal lo hace ideal para contenidos virales o publicaciones que buscan conectar emocionalmente con la audiencia.

En resumen, el Cuestionario Proust ha pasado de ser un juego de salón a una herramienta versátil para conocerse a uno mismo y a los demás.

El Cuestionario Proust es una invitación a la introspección, algo muy necesitado en estos tiempos de superficialidad y pueril simpleza.

¿Te animas a responderlo tú también? Yo lo he hecho. Te invito a leerlo.

  1. ¿Principal rasgo de su carácter?

Confianza, racionalidad, empatía, inseguridad, cobardía, amabilidad, intraversión, impulsividad y creatividad literaria.

  1. ¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?

Honestidad, sentido del humor y determinación.

  1. ¿Y en una mujer?

Honestidad, sentido del humor y determinación.

  1. ¿Qué espera de sus amigos?

Que comprendan mi parsimonia y que respeten mi espacio. Además, que no me juzguen como yo no juzgo a nadie.

  1. ¿Su principal defecto?

Los frecuentes brotes de asociabilidad por timidez. No los soporto. Son vehementes arrebatos que me transportan a un abandono incomprendido por muchos. Además, del maldito complace que me convierte en un ser maleable en ocasiones. No saber inglés.

  1. ¿Su virtud que nadie conoce?

La capacidad de guardar secretos ajenos. Como decía Lope de Vega con respecto al amor: quien lo probó lo sabe. Creo que la escucha también. Deberían contestar las personas que conviven conmigo.

  1. ¿Su ocupación favorita?

Leer, aprender, una grata conversación, escuchar a Los Secretos, colgar entradas escritas por mí en mi blog en castellano. Y si me permito un rapto de palpable egocentrismo: ver cómo aumenta el número de suscriptores a mis blogs.

  1. Usted se ve y los demás lo ven…

Me encanta esta pregunta.

Y respondo con las palabras literales ―creo― de una compañera: ojalá te vieras tú como te vemos los demás.

Esta segunda contestación, que llevo años deseando hacer pública, aparenta que modelo un comportamiento soberbio y engreído. Soy muy generoso. Siempre lo he sido. Con todo el mundo. Y esto me ha llevado, me lleva y me llevará a una cruda realidad: estar mojama económicamente.

  1. ¿Cómo es profesionalmente?

Responsable, organizado, dedicado, colaborador, olvidadizo, adaptable, empático, gruñón y generoso en las correcciones.

  1. ¿Su ideal de felicidad?

Vivir de acuerdo con los ideales que me transmitieron mis padres, minimizar mi dolor físico y emocional y encontrar un día la serenidad interior que me haga vivir en paz.

  1. ¿Cuál sería su mayor desgracia?

El dolor físico en mi hermana y en mis familiares y amigos. Lo pude comprobar en un primo mío y no se lo deseo a nadie.

  1. ¿Qué le gustaría ser?

Un profesor y un escritor con una buenísima memoria.

  1. ¿En qué país desearía vivir?

En España, en concreto en Galicia. Nada de grandes ciudades.

  1. ¿Su color favorito?

Sin dudarlo, el azul y todas sus variantes.

  1. ¿Alguna obsesión superada? ¿Actual?

La apariencia. El qué dirán de mí. Tengo una compañera que me ha dicho que eso no lo he superado.

¿Actual? Sí. Mi blog. Quiero que todo el mundo se suscriba. Pero no por un «postureo literario», no, sino porque estoy convencido de que hay gente que no lo conoce y que disfrutaría leyéndolo. De ahí mi afán de darle la mayor difusión posible.

  1. ¿Es un comprador compulsivo?

Sí. Y es tremendo. Desde objetos a suscripciones a periódicos pasando por aplicaciones y plugins para mis blogs que luego no sé utilizar porque está todo en inglés.

  1. ¿La flor que más le gusta?

La hortensia. Me transporta a mi infancia, a mi adolescencia y a mi tardoadolescencia. Regina Buitrago dice que es una bella flor sin aroma. Además, simboliza la paz, la pureza, la gentileza y la gracia.

  1. ¿El pájaro que prefiere?

El petirrojo, un pájaro pequeño con un significativo plumaje naranja en pecho y cara. La energía de este pájaro te enseña cómo avanzar con gracia, tenacidad, perseverancia y afirmación en la vida, dejando a un lado los dramas personales.

  1. ¿Sus autores favoritos en prosa?

Por salirme un poco de la norma: Álvaro Cunqueiro, Dolores Redondo, Edgar Allan Poe, Gonzalo Torrente Ballester, Eduardo Blanco Amor, Ramón María del Valle-Inclán, Emilia Pardo Bazán, Luis Mateo Díez, Margaret Atwood, Cristina Campos…

  1. ¿Sus poetas?

Garcilaso de la Vega, Elvira Sastre, Alejandra Pizarnik, William Shakespeare, Fernando Pessoa, Rosalía de Castro, Francesco Petrarca, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Charles Baudelaire, Celso Emilio Ferreiro…

  1. ¿Un héroe de ficción?

El Capitán Trueno y su caballo Goliath. Es un caballero de la Edad Media que siempre en compañía de personajes como Crispín, libraba interesantísimas batallas como defensor de la justicia.

  1. ¿Una heroína?

Selma Lagerlöf, escritora sueca. Fue la primera mujer en hacerse con un Premio Nobel de Literatura en 1909. En concreto, por su obra El proscrito.

Carmen Martínez Sancho, primera doctora y catedrática en la enseñanza secundaria de España en los años 20.

  1. ¿Su compositor favorito?

Teniendo en cuenta mi acentuada arritmia musical, mi incapacidad de seguir un ritmo polifónico y la de coordinar movimientos con el compás de una canción, me conformo con buenos compositores de letras de los años 80 a nuestros días: Enrique Urquijo, Juan Carlos Calderón, Carlos y Juan Azcárraga, Antonio Vega, Andrés Suárez, Manuel Alejandro, Cecilia, Joaquín Sabina, André do Barro…

  1. ¿Su pintor preferido?

Carlos Azcárraga. Fallecido por un crudelísimo cáncer de colon, pero, desde joven, con una creatividad ilimitada.

  1. ¿Su héroe de la vida real?

Mi padre, ya fallecido. Médico de vocación filantrópica, trabajó casi cuarenta años de sol a sol. Sólo pasó en cama tres días por una otitis. Siempre trabajando, sábado, domingo, incluso en el atrio de la iglesia de María Auxiliadora de la Ronda de Atocha 25 analizando radiografías o análisis clínicos.

  1. ¿Su nombre favorito?

Jorge, Carlos, Juan, Luis, Lola, Rosa… Nombres que no superen las dos sílabas.

  1. ¿Qué hábito ajeno no soporta?

Interrumpir constantemente al hablar, criticar todo sin aportar soluciones porque «ese no es mi trabajo», ser chismoso y hablar siempre mal de todos, despreciar a la gente porque sus gustos no coinciden con los míos, creerse saber de todo, es decir, los «güiquipedios andantes»…

  1. ¿Qué es lo que más detesta?

No devolver yo ni que me devuelvan lo prestado: libros, dinero o una calculadora para un examen. Tener cero de autocrítica, pero juzgar sibilinamente a todos. Usar frases tipo: «yo digo las cosas como son», pero solo para ser groseros. Creer que dar «consejos» no solicitados es sinónimo de sabiduría. Si hablamos de mi físico, el exceso de sudoración que sufro y los lunares y… La impuntualidad.

  1. ¿Una figura histórica que le ponga mal cuerpo?

En la época actual, Putin o Maduro

  1. ¿Un hecho histórico que admire?

La caída del muro de Berlín.

  1. ¿Qué don de la naturaleza desearía poseer?

De los espirituales, la fortaleza. De los no espirituales, el oído. Toda mi vida he querido fortalecer mi espíritu y tocar la guitarra o el piano, pero he fracasado estrepitosamente.

  1. ¿Cómo le gustaría morir?

De noche, durmiendo. En mi familia tengo suficientes ejemplos de sufrimiento físico que no sé si lo soportaría.

  1. ¿Cuál es el estado más típico de su ánimo?

Nostálgico, contemplativo, menesteroso, triste, anhelante, vergonzoso…

  1. ¿Qué defectos le inspiran más indulgencia?

Ingenuidad, torpeza física, inseguridad, sentimentalismo, dificultad para decir «no», indecisión, no captar las «indirectas».

  1. ¿Qué es lo que menos le gusta de su aspecto?

Claramente, el irme haciendo viejo. Como decía Celestina: la vejez es una cueva de enfermedades. Mi andar pausado. Sé que crispa a mucha gente. Mis lunares y manchas propias de la edad. A nadie le pueden gustar. Mi cintura que cada vez es más ancha, como si fuera el muñeco de Michelín. Mi boca, pero una iatrofobia, que muy pocos creen que sufra, me tiene bloqueado absolutamente. Aparte del raquitismo de mi economía.

  1. ¿Tiene un lema?

Lo leí en un libro de un autor gallego o eso creo. Lo mismo es una invención mía: Imaxina sen límites, escribe sen medo. (Imagina sin límites, escribe sin miedo). No sé si es un lema: Existimos mientras nos recuerdan. (Carlos Ruiz Zafón).

  1. ¿Orientación sexual? (Heterosexual, homosexual, bisexual, etc.)

Heterosexual.

  1. No podría vivir sin…

Leer, escribir, esperanza, salud, espiritualidad, libertad para ser uno mismo, creatividad personal, reconocimiento personal, recibir afecto sincero, mirar a los ojos a una mujer…

  1. ¿Una manía/una rutina/un ritual que si no lo haces te estropea el día?

El desayuno. Uno o dos cafés con leche y algo de bollería industrial.

  1. Cuando llega la Navidad…

Me encierro más en mí mismo. No la soporto por todas las sillas vacías que hay a mi alrededor.

  1. De niño quería ser como… ¿Conserva alguna cosa de la niñez?

Un adulto con la profesionalidad de mi padre. No guardo nada por el «injusto escrutinio» que se hizo de «mis cosas», era el pequeño, cuando nos mudamos de Santa María de la Cabeza a Hermanos Miralles.

  1. ¿Le hubiera gustado vivir en otra época/país?

No. Rechazo a las personas que dicen que les gustaría vivir en la Edad Media, en el Renacimiento, en los tiempos de Cleopatra o de Julio César… Pero, claro, ¡¡¡en las capas altas de la sociedad!!! Ser un plebeyo era terrible.

  1. ¿Trae a la memoria alguna relación anterior o pasa horas pensando «qué hubiera pasado si…»?

Decisiones que tomé en la tardoadolescencia y que todavía hoy no comprendo. Todo debido a mi pusilanimidad ante la presión de la familia. Soy un cobarde. Soy un irresoluto encogido.

  1. ¿La última obra que ha leído?

Relectura de La Santa Compaña de Lorenzo G. Acebedo (regalado por una exalumna) y la Poesía Completa de Idea Vilariño. Ahora estoy leyendo Siempre hay un precio de Álvaro Urquijo, regalado por un compañero de trabajo.

  1. ¿La última manifestación a la que fue o petición online por una causa?

Por la igualdad salarial de los concertados y la enseñanza pública.

  1. ¿Es usuario activo en las redes sociales?

Mínimamente. Tengo cuenta en Instagram, pero no sé hacer nada más que colgar pequeños textos de diversos autores o propios. Nada más. @maiztogores.

  1. ¿Vegetariano o vegano? ¿Cocina o calienta platos preparados o encarga a comida china o pizzas?

Ni vegetariano ni vegano, pero «comedor muy malo». Como el ejemplo que pone la RAE en su diccionario soy un «comedor remilgado y maniático».

  1. ¿Está enganchado a algún juego en el móvil o juego online por ordenador?

No. Juegos, nada. La falacia para tener casi todo el día el móvil en la mano es «por si me llaman» o «para estar bien informado».

  1. ¿Es adicto a la mensajería instantánea?

Sí. Estoy enganchado a «guasap». Disfruto escribiendo «guasaps» largos, muy largos. Eso sí, con un absoluto respeto ortográfico, gramatical y de estilo.

  1. ¿Soportaría una semana sin Internet?

No. Creo que muy pocas personas soportarían una semana sin internet. Mucha gente dice que sí, pero desde la seguridad de que nunca va a ocurrir dicha circunstancia. Un apagón de unas horas y nos agitamos como una coctelera.

  1. ¿Está informado del mundo?

Lo justo. Estoy saturado. La tromba de información permanente que sufrimos ha logrado que ciertos acontecimientos los observe de reojo. Además, las «noticias falsas» prostituyen el día a día.

  1. ¿Coche, bici o transporte público?

Transporte público. No tengo carné de conducir, por lo que no poseo coche. Tampoco bicicleta. Ni las públicas. Por lo tanto, transporte público y, en contadas ocasiones, taxis.

  1. ¿Practica deportes? ¿Sigue eventos deportivos por televisión?

En estos momentos no practico ningún deporte. Ninguno. Y «me regañan» por ello. Hubo un tiempo que practiqué la natación, pero soy muy mal nadador. Nunca he sabido respirar bien y eso que le echado horas. Desde muy pequeño he seguido al Madrid de fútbol y baloncesto, pero desde hace tres años no veo ni oigo nada en directo. Debo cuidar mi salud y la tensión nerviosa con la que vivía estos eventos deportivos no se la recomiendo a nadie medianamente sano.

  1. Música favorita/Música que odia.

Mi música favorita gira en torno a los años 80 españoles, pero también me gustan los cantautores actuales o del pasado. Los Secretos, claro está. No soporto el reguetón.

  1. Una canción que no se cansa de escuchar…

Cualquier canción interpretada por Enrique Urquijo. Trenes perdidos de Los Secretos. El hombre del piano de Ana Belén. Las cuatro y diez de Luis Eduardo Aute. Chicas de colegio de Mamá.  Samba pa ti de Santana. Camino Soria de Gabinete Caligari. El sitio de mi recreo de Antonio Vega. Chica de ayer de Nacha pop. Lela de Dulces Pontes y Carlos Núñez. Alborada gallega y Muiñeira de Chantada, interpretadas por Carlos Núñez y Los Chieftains. Sellado por un beso de Bobby Vinton. El gato que está triste y azul de Roberto Carlos. Palabras de amor de Serrat Y muchas más…

  1. ¿Película y/o serie favorita?

Me impactaron El graduado, El padrino, La naranja mecánica, El guateque, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Matar un ruiseñor… Me encanta El club de los poetas muertos. Fiebre del sábado noche…por la edad. Series favoritas: de la TVG, Mareas vivas. De TVE, Los gozos y las sombras, Fortunata y Jacinta y La Regenta y estadounidense, Dallas.

  1. El próximo verano/invierno/Navidad/feria local le gustaría…

Sé que es un imposible. No volver a pasar un tórrido verano en Madrid. No lo soporto. Pero sé que volverán.

  1. Antes le gustaba, ahora no…

Viajar a Santiago. ¿Ahora? No. Mi tendencia a la asociabilidad «ha logrado», con mi anuencia, que me sienta un extranjero en la ciudad donde nací. Es escalofriante, y me hace llorar sin lágrimas, pasear por Compostela ―ciudad que «he pateado» y «consumido» cientos de veces― y sentirme en ella un auténtico foráneo.

Asistir al teatro. He ido decenas de veces desde adolescente, he promovido ir con alumnos en el colegio, y hoy, acomodado en unos pocos metros cuadrados en torno a mi casa, he dejado de acudir. Lamentable.

  1. Dice que le gustaría hacer… pero no se pone a ello.

Escribir una novela sobre mi familia. No me pongo a ello porque tengo muy mala memoria y porque no soy capaz de escribir con absoluta sinceridad y libertad. Han fallecido muchos miembros de mi familia y no me parece correcto hablar de ciertos temas en los que están involucrados. Lo bordeo en mi blog cuando escribo episodios de Hatroz.

Estudiar inglés o italiano.

  1. ¿Sueña con vivir en otro lugar?

Sí. Hablo de sueños. Desde hace años ha crecido en mi interior vivir en un pueblo gallego costero tipo Malpica de Bergantiños, Muxía, Camelle, Muros, Porto do son, Cambados… Quizá por cómo me resiento física y emocionalmente con temperaturas como ahora mismo ―8 de la mañana y 29 grados―. No lo aguanto.

  1. ¿Le ha molestado alguna pregunta?

No. Me ha molestado enormemente el orden. Yo hubiera establecido otro muy diferente. 

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EL ESPEJO Y LA REALIDAD

Hay hombres que creen que el espejo es un oráculo. Se plantan delante de él como quien entra en un santuario, con la toalla en la cintura y la esperanza en los ojos, convencidos de que dos horas de concentración y aplicación estéticas se pueden convertir un martes cualquiera en un perfecto anuncio de colonia. Y ahí los ves en el baño, abriendo y cerrando armarios, probando peines que parecen herramientas de tortura medieval, y mirándose de perfil como si estuviesen evaluando una obra de arte contemporánea titulada Hombre con entradas, técnica mixta.

Antes la ducha era agua y jabón; ahora es una «experiencia sensorial» con exfoliante volcánico y gel con notas de bosque nórdico. Dicen que entran cinco minutos y salen cuando el vapor ya tiene máster en aromaterapia. Ajustan la temperatura con precisión odontóloga, como si lanzaran un cohete, y hablan del «ritual» mientras alinean champú, acondicionador y mascarilla como equipo titular. No cantan, meditan; no se enjuagan, sellan hidratación. Y cuando alguien pregunta por la factura del agua, responden solemne que no es derroche: es inversión en bienestar cutáneo.

Una vez fuera de la ducha, el drama estético comienza con la primera decisión: barba de tres días sí o barba de tres días no. Porque no es una barba, es una tesis doctoral: afeitarla, dejarla o dejársela cual hipster nórdico. De tanta indecisión y retoques queda como erizos con crisis existencial.

Las cejas, que casi nadie retoca, salvo un experto peluquero cuando crecen como mazurcas de maíz, terminan depiladas con precisión quirúrgica, dejando en la cara una perpetua expresión de sorpresa, como si acabasen de descubrir que la electricidad existe.

Enseguida se fijan el cabello: ceras, espumas y lacas. Un laboratorio químico entero para conseguir un peinado que resista más de cinco minutos, exactamente hasta que salen a la calle y el viento, con más criterio estético que ellos, decide deshacer la obra.

Y seguimos con la hidratación. Antes los héroes blandían espadas; ahora blanden crema «ultrahidratante con ácido hialurónico del Himalaya». Juran que es solo «humectante», pero su rutina tiene más pasos que un tutorial de baile y nombres en latín que suenan a conjuro. Se reían del neceser ajeno hasta que descubrieron el «sérum» que activa la juventud interior y ahora consultan el «índice UV» como si fuera la bolsa. No lloran con películas, pero sí si la fórmula no es «oil free», «cruelty free» y «drama free». Y cuando alguien duda de tanta devoción, responden muy serios que no es vanidad: es inversión en capital dérmico.

Mientras tanto, el espejo observa en silencio, testimonio inocente de una metamorfosis al revés. Porque cuanto más tiempo pasan en el baño, peor quedan. Donde había naturalidad, ahora hay rigidez; donde había dignidad, ahora un brillo sospechoso.

Una vez terminada la composición, se miran al espejo con gesto técnico y murmuran que hoy la piel «está pidiendo hidratación estratégica», se felicitan por el brillo «natural» (logrado tras mil productos y media hora de disciplina), detectan una arruga microscópica y la bautizan «línea de expresión premium». Ensayan la sonrisa «casual pero luminosa», giran el rostro buscando su mejor ángulo y concluyen, muy serios, que no es vanidad: es control de calidad dérmico. Y, finalmente, salen del baño orgullosos y convencidos de ser la versión mejorada de sí mismos.

Los demás los miramos con una sonrisa piadosa como la que le dedicamos a los niños cuando traen un dibujo abstracto y dicen que es un caballo. Porque el secreto es que hay hombres que no vacían sus bolsillos por la edad ni por los años: se arruinan por el exceso de espejo. Y el espejo, siempre traidor, les devuelve a estos figurines lo que le regalaron ellos de tiempo y paciencia. 

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CAPÍTULO XVII DE ‘HATROZ’.- SU MADRE

Y llegamos a Dolores, Lola o Lolita.

Tras la guerra civil, empezó a trabajar en las oficinas del Banco de España. Había que arrimar el hombro. No había hombres suficientes que pudieran sostener familia tan numerosa. Este trabajo la mantuvo activa en unos tiempos dificilísimos. Lo curioso de esta ocupación, a la par que dramático, es que en muchas ocasiones los trabajadores eran recompensados con alimentos no perecederos como garbanzos o lentejas y no con dinero contante y sonante.

De esta época poco sabemos fehacientemente. Lo más que me ha llegado es que empezó a sufrir un insomnio severo y crónico, así lo calificaron los psiquiatras de la época, pues se veía claramente afectada su salud, ya que estaba «enquistado» en su rutina diaria. No puedo decir si era «extrínseco» (causado por una dinámica de interacción con el exterior) o «intrínseco» (el que es consecuencia de una alteración en el funcionamiento del cerebro). En el entorno familiar habían ocurrido suficientes desgracias para que el lector se decante por el primero, pero esto es opinable y no basado en datos médicos. Algún miembro de la familia opinaba que era genético porque había un silencio glacial y nada analítico en torno a las singularidades de la enfermedad y fallecimiento de la madre.

El noviazgo con José María Máiz Bermejo fue lento y cansino. Cada vez que llegaba a casa, su hermana María Rosa le preguntaba por «alguna novedad» y la respuesta era breve y escueta: no. Para sacarle una sonrisa a la situación, propia de la parsimonia de José María, su hermana le cantaba: Quizás, quizás, quizás… [Se dice que la historia que hay detrás del bolero Quizás (1946), del compositor cubano Osvaldo Farrés, se remonta a su juventud, cuando un insistente enamorado que cortejaba a su hermana Olga le preguntaba «¿Bailaremos alguna vez?», a lo que ella siempre respondía: «Quizás… quizás… quizás»].

Se casó en 1953 con José María, médico que aceptó plenamente las incipientes circunstancias vitales de Lola. Tuvieron dos hijos con una diferencia de cuatro años. Entre Woolite y Rafo padeció un aborto que le hizo llorar como si no hubiera un mañana. El primer parto duró treinta y dos horas y, aunque la niña venía de espaldas, la habilidad del experto doctor Matanzo, en el sanatorio del Rosario de Madrid, logró que viniera al mundo de nalgas, hecho que utiliza siempre como argumento de por qué «le ha ido de culo» en la vida.

Como ya he dicho, la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza número 1, 5º Dcha. Piso alquilado, junto a dos habitaciones en el primer piso que realizaban la función de consulta médica. En este piso vivieron hasta el año 1976. Tuvo una vida tranquila, pero enseguida un desaprensivo estrés, el pozo negro de la depresión y la hiriente ansiedad la empezaron a visitar de modo recidivante con una crudeza desmesurada. El insomnio seguía lacerando su vivir diario. «Es como actuar en una obra en la que tengo que fingir estar bien mientras me desmorono por dentro», le decía a José María padre cuando hablaban de cómo afrontar el día a día. Por diagnóstico psiquiátrico, para «tratar» el insomnio, se le aplicó en dos ocasiones «una cura de sueño» (inducir al sueño día y noche con medicación durante seis días para «normalizarlo»), una terapia intensiva que en la actualidad es germen de mucha controversia y que hoy ya no se administra.

Estos sucedidos perfilaron progresivamente su carácter. Le hacían caminar por un bosque denso envuelto en niebla, sin saber dónde estaba ni hacia dónde iba.

Físicamente era una mujer muy guapa, que sabiamente potenciaba cuando se arreglaba y se pintaba con una habilidad envidiada por muchas personas. La visita a la peluquería, donde la trataban con un cariño sincero y espontáneo, era semanal. Bueno, en ocasiones, cada dos o tres días, para que le dieran un retoque.

Tenía tendencia a la obesidad, aunque se cuidaba mucho. Una anécdota graciosa se repetía casi diariamente. Hubo una temporada en la que cenaban una tortilla francesa, bien de un huevo, bien de dos, acompañada por un trozo de queso de Arzúa a la par que un trozo de pan y dos galletas. Lolita, como le gustaba que la llamaran, «devoraba» el plato y, después de unos minutos de placer gustativo, repetía: «volvería a cenar otra vez».

En el apartado culinario, Woolite, la hija mayor, decía que Rafo estaba muy mimado y que le consentían todo. «Fíjate, le decía a su tía María Rosa, si estará mimado que cuando sale un huevo frito perfecto se lo dan a él, nunca a mí».

Cuando la «nube negra» se situaba, anclada con amarres infalibles, en su cerebro, era una mujer necesitada de cariño, comprensión, ternura, devoción y todo tipo de ayuda. Ver el sufrimiento ajeno en una madre, marcó en cierto modo el carácter de sus hijos. Rafo ha contado en diversas ocasiones una durísima anécdota cuando tenía veinte años: un sábado por la tarde, ya en Hermanos Miralles, su padre tenía que hacer unas visitas médicas y le previno diciéndole que estuviera atento y que evitara que su madre se acercara a los balcones de la casa. Rafo lo tiene grabado a fuego en la memoria.

Pero cuando la «nube negra» pasaba, era recurrente en el tiempo, y salvaba una nueva, pero no última etapa, se convertía en una mujer simpática, alegre, charlatana, cantarina y con una bondad nada impostada. Cocinaba muy bien y tenía una gran imaginación para crear platos en tiempos que no había otro manual que el Picadillo. Cuando les pregunté a sus hijos por el plato preferido, dijeron, entre otros, carne mechada, huevos rellenos, tocinillos de cielo, flan, arroz con leche o volován de gambas. Era una divertida conversadora, sociable y ocurrente en las reuniones familiares y sabia escuchadora con las personas que se acercaban a ella. Generosa e incapaz de ahorrar siempre que le pedían dinero. Especialmente, cuando lo hacía su hijo. Gran experta en «hacer punto», proveía a sus hijos de jerséis, chalecos y chaquetas, así como complementos para el cuarto de baño.

La ingenuidad le llevó a caer en todas las inocentadas que le gastaba año tras año su sobrino Carlos. La más sonora tuvo lugar unas navidades, un 28 de diciembre, cuando su sobrino se hizo pasar por Emilio Núñez, un gallego de pro que era muy generoso con la familia en los meses de agosto en La Peregrina. La llamó por teléfono y le dijo que iba a recibir inmediatamente un regalo de cigalas, camarones y almejas. A toda velocidad empezó a preparar cazuelas para cocer todo lo que estaba a punto de llegar. Cuando Carlos entendió que la inocentada «podía tildarse de excesiva», la llamó para decirle la verdad. Carlos se lo repitió dos o tres veces, pero Lolita le cortaba cada intervención con un «déjate de tonterías que estoy agobiadísima en preparar unas cazuelas para cocer el marisco que ha anunciado Emilio Núñez». Su sobrino tuvo que utilizar mil estrategias para que se diera cuenta de que «todo era una broma». En absoluto se enfadó y todo se convirtió en una agradabilísima sesión de risas y carcajadas.

Era una experta en cambiar regalos. Estamos en una época en la que era frecuentísimo que el paciente le hiciera un regalo al médico que lo trataba y notaba en él una atención filantrópica. En ocasiones, porque reunía varios regalos exactos; en otras, porque no encontraba el modo de «colocarlos» en casa. Cuando se encontraba en una situación de las mencionadas, se iba incansable a la tienda donde el paciente había comprado el regalo y se inventaba cualquier excusa contundente: tengo varios en casa, a mi marido no le gusta nada, rompe la estética de mi casa… En algunas ocasiones, la negativa del vendedor era firme y tenía que recurrir a sus argumentos más convincentes. Cuando salía de la tienda con el objetivo cumplido, la cara de satisfacción era un poema quevedesco.

Una de sus preocupaciones era la fragmentación de la familia. Siempre sonreía cuando veía que en casa estaban todos y cenaban juntos los cuatro, o los cinco cuando se sumó su hermano José Luis. En un principio Rafo, por mor de su inmadurez, luego le hicieron ver que estaba equivocadísimo, argumentaba que en su familia nunca le habían incitado a que formara una nueva. Sal, diviértete y haz lo que quieras, pero luego vuelve a tu casa. No lo olvides. Esta es tu casa.

Una noche, un 2 de abril del año 1992, cuando parecía que el matrimonio Máiz Togores dormía plácidamente, Lola, debilitada por un catarro propio de la primavera, murió de un infarto que sufrió en la madrugada, quizá por una crónica y descontrolada ansiedad nocturna que le paró el corazón súbitamente. 

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UNA CURIOSA FORMA DE SOLEDAD

Hay una curiosa forma de soledad que no nace de la ausencia de personas, sino del exceso de prudencia de quienes nos quieren. Es una soledad silenciosa, educada, casi invisible. Nadie hace daño de manera consciente, y sin embargo el resultado termina siendo el mismo.

Con el paso del tiempo he comprendido que, cuando alguien atraviesa una etapa difícil, muchas personas optan por quedarse a cierta distancia. Lo hacen porque no saben qué decir, porque tienen miedo de molestar, porque piensan que quizá esa persona necesita espacio o simplemente porque creen que ya estará acompañada por otros. Son motivos comprensibles, incluso bienintencionados.

Pero hay algo que pocas veces se dice.

Cuando alguien está desanimado, precisamente es cuando más agradece un mensaje inesperado, una llamada sin motivo, una conversación cualquiera o un simple «¿cómo estás hoy?». No hace falta encontrar las palabras perfectas ni ofrecer soluciones milagrosas. A veces basta con hacer sentir a alguien que sigue ocupando un lugar en los pensamientos de los demás.

El silencio tiene una extraña manera de interpretarse. Quien lo guarda puede creer que está respetando un momento delicado; quien lo recibe puede acabar sintiendo que se ha vuelto invisible. Y entre una intención y la otra aparece una distancia que nadie deseaba crear.

No escribo esto para señalar a nadie, ni para pedir explicaciones. Cada uno vive, trabaja, tiene preocupaciones y hace las cosas lo mejor que sabe. Lo sé y lo entiendo. Pero también creo que hay reflexiones que merece la pena compartir, porque quizá todos, en algún momento, hemos actuado igual sin darnos cuenta.

Tal vez deberíamos perder el miedo a acercarnos a quien lo está pasando mal. Si responde, estupendo. Si no responde, tampoco pasa nada. Lo importante es que sepa que alguien llamó a su puerta, aunque fuera solo con unas palabras. Ese pequeño gesto puede significar mucho más de lo que imaginamos.

A veces pensamos que el mejor regalo es dejar tranquilo a quien sufre. Y, en ocasiones, será así. Pero otras veces el mejor regalo es precisamente romper el silencio con naturalidad, hablar de cualquier cosa, compartir una sonrisa o simplemente recordar que seguimos ahí.

La vida tiene la costumbre de ponernos, tarde o temprano, en ambos lados de la historia. Un día somos quienes intentan encontrar las palabras adecuadas; otro día somos quienes esperan que alguien se acuerde de nosotros. Quizá por eso merece la pena recordar que nunca hace falta un gran discurso para acompañar a alguien. Basta con un gesto sincero.

Si estas líneas sirven para algo, ojalá sea para que la próxima vez que pensemos «seguro que no quiere que le moleste», cambiemos esa idea por otra mucho más sencilla: «voy a escribirle igualmente». Porque, en la inmensa mayoría de las ocasiones, un mensaje a tiempo nunca molesta. El silencio prolongado, en cambio, a veces pesa mucho más de lo que imaginamos.

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EL SUPOSITORIO DEL CARDENAL

En todos los tiempos de nuestra historia hay ingentes ejemplos que nos llevan a afirmar que no hay servilismo sin interés. Los que «fachandean» de poder siempre tienen en su alrededor a personas que los alaban de buen grado, en algunos casos hasta límites insospechados. Será porque ellos, antes de alcanzar las altas cumbres del mando, hicieron de una manera «cuspidiña» lo que otros están ahora teatralizando en su cara. La adulación es un arma de doble hilo. Paul Valéry decía que cuándo alguien te lame las suelas de los zapatos, le debes colocar el pie encima antes de que comience a morderte. Pues eso. Algún día ese meloso adulón que te mareó con elogios ocupará tu lugar porque el hombre que encaja sin protestar la adulación es un hombre indefenso. Dicen los más críticos y despiertos que cuando ven a un agobiante piropeador besando con flores el suelo de su jefe lo siguiente:

―Ya verás como dentro de poco tendrá un cargo en el que meter bien la mano o con el que cometer abusos blandiendo su imparable zarpa.

―Ese no echa elogios sin limosna, dirá otro.

Estos comentarios escuchados en cualquier lugar de trabajo reflejan la realidad de esos personajes que sólo piensan, como dije, en besar el suelo que acaba de pisar su amo o bien limpiarlo y darle brillo para que sus zapatos no se ensucien. Nadie hay más peligroso que ese tipo de personajes. Hacen la finta más prodigiosa cuando se ponen como objetivo un cargo al que aspirar a toda costa. También existen los «loanceiros» ignorantes que piensan que con su verbo y su común desfachatez lograrán en la vida todo lo que se pongan como objetivo. Unas veces, mantenerse en el cargo simplemente; otras, impedir que los justos aspirantes, porque tal vez ganaron unas elecciones, lo quiten de en medio.

―Esa entrepierna es mía, decía un procaz, desaprensivo y grosero analfabeto en el «furancho» de don José cuando veía a una mujer que le gustaba. Habituado a ver a su alrededor ese «mamoneo de tiralevitas» y obsequiosos pelotas entre las autoridades, él pensaba que «tenía derecho» y que con una cadena de elogios lograría su objetivo.

Eran unos hombres de principios del siglo XX que creían que con manifestar únicamente su deseo alcanzaban la meta sobradamente.

―«Pétame moito», carajo, «pétame moito», decía mientras bebía la penúltima taza de Barrantes, nunca la última, antes de caer en una profunda somnolencia vitivinícola.

―Es guapa, apuesta, rumbosa y gallarda. Nada que ver con las otras mujeres de la aldea. Y tornaba a su habitual modorra somnolienta.

Este es un claro ejemplo de la adulación mal entendida, porque el beodo era incapaz de lanzarle el más inocente de los elogios cuando veía a su novia sachando en la huerta que presidía su humilde casa.

Como podemos ver hay diferentes modelos de adulación, pero nosotros nos vamos a quedar con aquellos que sólo buscaban perpetuarse en el cargo elogiando la diestra y la siniestra a las cuatro o cinco caciques que, por entonces, se llamaban «fuerzas vivas de la aldea» y otorgaban los cargos a dedo.

Estos «lambecús o lambeconas» forman parte de la historia de nuestras ciudades, pueblos y aldeas de cualquier región de nuestra extensa geografía.

La ciudad de Santiago, desde hacía muchos años, era regida por un hombre al que llamaban, como dice el título de este cuento, «El supositorio del cardenal».

¿La razón? Muy sencilla. Estoy hablando de una época en la que en Santiago mandaban los curas «la de Dios». Todas las fuerzas políticas y sociales (el alcalde, el presidente del casino, el farmacéutico o el rector de la universidad) sólo deseaban una cosa: no escuchar los gritos de su eminencia. Cuando su eminencia chillaba, ¡ay!, ¡mi madre!, temblaba la Berenguela y les temblaban las piernas a los regidores de la ciudad como si fueran hojas sacudidas por un viento tempestuoso.

Los cuatro mandamases de la ciudad nombrados anteriormente escuchaban plácidamente el doblar de las dos campanas compostelanas mientras temían el bufido del cardenal cuando «explotaba» en su despacho. Bien por leer en el periódico del día un artículo anticlerical, por una información hiriente sobre sus famosos almuerzos o por no saber sus acólitos exprimir bien a los feligreses de la villa cuando recibía en una hoja la pequeña suma de las limosnas recogidas en la semana.

De este modo, y para evitar los bruñidos de su eminencia, el Sr. Alcalde, un pseudoliberal con ciertos zarpazos anticlericales, decidió acompañarlo a todos los actos oficiales de la villa, ya fueran civiles o religiosos. Él, en persona, le explicaría detalladamente todos los entresijos del acto correspondiente, y así desharía cualquier percance que le sorprendiera (eufemismo de enfadar) al purpurado. Sudaba los siete mares el regidor civil de la villa corriendo de un almuerzo de damas viudas en un restaurante tras San Martiño Pinario a una misa funeral en la iglesia de la carballeira de Santa Susana. Devoró más credos, salves y padrenuestros que la más devotas de las feligresas que hacían guardia en la capilla del Santísimo. Cada vez más delgado el alcalde, como un chincho (jurel pequeño) y cada vez más obeso y «atouciñado» su eminencia. Los dos hombres no eran proporcionales, eran como el punto y la i, eran una antítesis quevedesca hiperbolizada. Las risas eran abundantes entre los restantes comensales o asistentes a cualquier acto porque le crecía la barriga como la de un mastodonte a uno y se encogía como una lombriz el otro. Las fotos de las ceremonias siempre eran iguales: detrás del voraz comilón y coloradote cardenal iba un pequerrechiño y falto de vida alcalde que, para no enfadarlo, se ponía incluso en el culo de su eminencia.

Cuentan, aún siguen hablando de eso, en el furancho de don José, que de tanta empanada de bonito, de tantas sardiñas con cachelos, de tanta tarta de Santiago, de tanto dulce de chocolate y de tanto opíparo almuerzo alcanzó la memorable cifra de quince días sin obrar el señor cardenal.

Esa misma lengua anónima, entre carcajadas, juró que su mujer vio escondidos en un maizal al cardenal abierto en canal y al señor alcalde, camuflado con un oscuro paño. Jura la mujer que estaba el señor alcalde introduciéndole un supositorio de glicerina que habían elaborado de modo artesanal, por el tamaño que precisaba el prelado, en la botica de la villa. El regidor estaba sentado un tanto apartado para no ser manchado por lo que sería la brutal liberación purpúrea. A su vez rezaba el alcalde, no podía enterarse nadie en el casino de sus oraciones, para que no tuviera que repetir la operación. Ya llevaba embutidas cual morcilla burgalesa tres «inyecciones» en los últimos dos meses.

―Allá va, decía el arzobispo. Y los fuegos artificiales del Apóstol, por su sonoridad y por su «lucerío» se adelantaban varios meses.

―Este hombre podría «praticar» el tiro al plato en las fiestas. Ganaba el primer premio seguro, decía el regidor mientras asistía en primera fila al más bajo y desaseado espectáculo de la condición humana.

El farmacéutico contaba, entre copas de orujo, a su público fiel del casino, cuál era el tamaño del supositorio, al tiempo que ponía erecto el dedo corazón de carallada. Decían los más anticlericales, en ausencia del dicho ciscador, que todos los asistentes echaron a reír a carcajadas, mientras sobaban el mentiroso (de este modo bautizaron hace años al periódico de la villa), donde un anónimo había dibujado una caricatura ad hoc titulada: «El supositorio del cardenal». Y el maledicente maestro, próximo a la jubilación, al que llamaban los alumnos «o trespés», lanzó al aire una pregunta que nadie contestó:

―¿Se refieren al milagroso medicamento en sí, competente creación de nuestro boticario, que va camino de la beatificación, o al diestro y eficiente alcalde que supe masajear la zona manualmente y que provocó el nauseabundo y esplendoroso diluvio casi universal de nuestro rollizo prelado? 

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FRAGMENTO DEL DISCURSO…

…/…¡Ah! La prosa de este autor que nadie lee, pero que todos critican. Un verdadero enigma literario: logra incomodar sin ser leído, desesperar sin ser comprendido. Su estilo, generosamente descrito como «experimental» y «muy personal», parece más bien un accidente lingüístico en cámara lenta.  Sus frases, eternas como las colas de la seguridad social, van de lo abstracto a lo ininteligible sin escalas. Y sin embargo… ¡Qué coherencia en su incoherencia! ¡Qué valentía al desafiar la lógica, incluso la gramática y, en ocasiones, el sentido común!  Lo suyo no es escribir: es resistirse a la idea misma de comunicar. Y por eso, tal vez, lo necesitamos. Porque en un mundo de clichés y fórmulas, alguien tiene que recordarnos que la literatura también puede ser una bofetada disfrazada de párrafo.  A su manera ―confusa, excesiva, gloriosamente ilegible― ha logrado lo impensable: que nadie hable de él. ¿Qué mayor triunfo para un escritor?…/… (Fragmento del discurso posverdad del autor en su ingreso en la «Inexistente y Grandiosa Sociedad Literaria de Escritores que Nunca Publican»). 

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DULCINEA

―Rapaz, las sábanas, rapaz. Se me han pegado las sábanas. Me acosté ayer muy tarde. Pasaban las horas y no conseguía conciliar el sueño. Al final, logré quedarme dormido en torno a las tres de la madrugada. Veo que ya has desayunado.

Su lentitud en la realización de las acciones propias del desayuno contrastaba con la energía que reflejaba Rafo, que estaba intrigadísimo con su tío porque no había cenado en casa el día anterior y que había llegado cerca de las once de la noche. Era inapelable ver las noticias en la pequeña televisión que tenían en el cuarto de estar. Era un apiñamiento, que no conciliábulo, de los miembros adultos de la familia para escuchar y ver las noticias de las nueve en la voz de Pedro Macía, entre otros, más conocido por «telebombón».

Rafo hizo el ademán de levantarse para ir a «troulear» (correr y saltar) por la finca en compañía de su primo Jorge.

―Quieto, rapaz, quieto. Te tengo que contar un secreto. Bajó la voz tanto que se hizo inaudible para Rafo.

―Ayer estuve con Dulcinea. Sí, sí, sí, no pongas esa cara de parvo. Ocurrió ayer por la tarde. Rafo se quedó aturdido, pues desde que le contó los amores de don Quijote y Dulcinea no tenía en la cabeza otra cosa que no fuera conocerla.

―¿Y hablaste con ella? ¿Le dijiste algo?, preguntó muy inquieto. ¿Es tan guapa como en el libro de Cervantes?

―Vamos por partes, filliño (hijo de modo cariñoso en gallego), vamos por partes. Tú bien sabes bien que yo no tengo prisa alguna. Me apremias, rapaz, y tú sabes que a fuego lento se cocina mejor.

Partió el sobao pasiego con sumo cuidado y lo echó con generosidad en una taza de café con leche.

―Tú bien sabes que yo he soñado más de una vez con una joven garrida y guapa como pocas. Y que esa mujer, que algún día sería tangible, se convirtió en mi Dulcinea particular.

―Tío, tú me contaste que don Quijote nunca logró ver a Dulcinea.

―Si yo te dijera cómo es físicamente, en un segundo sabrías el quién y el dónde. Y de este modo quebrantaría el más sagrado de los secretos. Cuando pasen las fiestas, si pasan, ya te hablaré más de ella.

Pero claro está que decirle esto a un chico de doce años, curioso como pocos, no podía quedar sólo en palabras.

―Bien, tío, así será, como tú quieras. Y se fue a jugar con Jorge, que había preparado un fabuloso circuito en la era para recorrerlo con el patín que le habían regalado a sus hermanos mayores.

Rafo quería dar la imagen de olvidadizo y, para no levantar sospechas en él, se puso a jugar frenéticamente con su primo Jorge, que le guiñó un ojo para confabularse en la treta de la amnesia de las historias filosescas.

De soslayo vieron cómo su tío se puso a liar un cigarro y a canturrear un tango de Carlos Gardel: el día que me quieras

―Lo conseguimos, pensaron los dos primos.

De anochecida, como le gustaba decir a Filoso, se despidió alegando que iba a dar un breve paseo.

Se encaminó hacia Ortoño. Lo siguieron a cierta distancia Rafo y Jorge. Vieron cómo cruzaba el río y tomaba un atajo a través del manzanal de Xosé Regal, el sobrino del cura de Trasmonte.

―¿No irá a casa de Marica da Panocha?, le dijo Jorge a Rafo. Los dos coincidían en la predicción.

La llamaban así porque desde muy pequeña le gustaba muchísimo jugar con las mazorcas de maíz.

―Por aquí no hay otra casa.

Mientras, Filoso iba silbando la canción de la película El puente sobre el río Kwai. Llevaba una cara de pícaro enamorador. ¡Carajo cómo caminaba! Iba como jamás lo vieron. Parecía un ratón de sacristía huyendo del sacristán.

Y allí llegó, a la casa de Marica da Panocha. Estaba en la huerta, sachando la tierra para sembrar. Apenas erguía la cabeza, sudaba como un galeote y blasfemaba de continuo.

Mi tío abrió una silla portátil y se sentó cerca de ella. Comenzó a hablarle del amor y de no sé qué cosas que decía un tal Petrarca.

―«Bendito sea el año, el punto, el día, la estación, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu encantadora mirada se encadenó al alma mía». Y Filoso entraba en un profundo silencio mientras contemplaba a «su amada».

Ella cada vez que se reía lo hacía con tono hombruno, y, cuando lo hacía más rudamente, echaba las manos al pecho para que no se moviera como un saco de harina.

―Señorito, perdone, déjese de tolerías, que yo tengo mucho que hacer. No estoy para locuras que no entiende ni el demo. ¡No teño a cona para lambetadas!

Y mi tío le sonreía como un imbécil enamorado. Después de recitarle no sé cuántos versos más («Tus ojos que canté amorosamente, tu cuerpo hermoso que adoré constante, y que vivir me hiciera tan distante de mí mismo, y huyendo de la gente… ¡Y sin embargo vivo todavía!»), se irguió de pronto y se despidió de ella.

―Mujer, tengo que marchar. Estoy agotado de mirarte, mas no saciado. Adiós, mi amada Dulcinea. Marica no levantó la cabeza, pero blasfemó cual preso medieval atado a la piedra de la vergüenza.

Cuando llegó a la finca, ya noche cerrada, les contó a los mayores que había estado con un buen amigo de la guerra, y que se entretuvo más de la cuenta porque estuvieron hablando de los tiempos de la huida juventud. 

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REIVINDICACIÓN HIPERBOLIZADA

Tranquilos. Yo no voy a caer, ojalá lo pudiera hacer en su numen literario, en la costumbre de Víctor Hugo de escribir desnudo para no tener la tentación de salir de su despacho o en la de Joseph Conrad que fue capaz de permanecer una semana encerrado en su baño. Escritores que renunciaban a una sociabilidad porque pensaban que en un ambiente eremita la visita de las musas era más factible y productiva.

Marta Ailouti cuenta en un interesante artículo en El Español que «Balzac empezaba a escribir siempre a medianoche para no ser interrumpido por ninguna otra visita o distracción social. A la luz de las velas, con jornadas que a veces se extendían hasta 15 o 16 horas diarias, era tanta la obsesión del escritor por permanecer aislado que a menudo cambiaba la hora de los relojes y cerraba las cortinas de la ventana para no enterarse así de si amanecía». Reflexiono. Miro el ventanal de mi casa y me resulta imposible porque los estores que penden del techo no cumplen el doble propósito de las cortinas del siglo XIX: decorar y proporcionar privacidad con una oscuridad casi absoluta.

«Conocidos también son los casos de J. D. Salinger y Emily Dickinson. El autor de El guardián entre el centeno compartía con su protagonista, Holden Caulfield, la idea de que si él hubiera sido pianista, tocaría dentro de un armario. Celosamente obsesionado por su vida privada, su fuerte rechazo a la exposición pública llevó al escritor a levantar muros y aislarse del mundo en una granja de Cornish (New Hampshire), donde se dedicó por entero a la escritura durante sus últimos cuarenta años de vida.

Como él, Emily Dickinson también decidió encerrarse en su casa paterna de Amherst (Massachusetts) y permanecer en el anonimato. Su caso es uno de los más paradigmáticos. Entregada al estudio, la reflexión y la escritura, la poeta tenía pocas amistades personales y escasas relaciones sociales». Marta Ailouti dixit.

Hoy es inviable llegar a esos extremos. Pero soñar es gratuito. Una posible solución sería encerrarme en un monasterio abandonado, al estilo del de Santa María de Monfero, una imponente construcción cisterciense situada en el corazón de A Coruña, dentro del Parque Natural de las Fragas do Eume. Digno de ver aun así. Otra solución, habilitarme en una casa abandonada y semiderruida en una calle anónima de este inhumano Madrid. O, en todo caso, un pueblo vaciado de habitantes que no sea localizado por un gps.

Aunque, como me dicen los que me conocen, «¿dónde tus comodidades?, ¿dónde tu aburguesamiento?, ¿dónde tus cañitas?, ¿dónde tu guasap?, ¿dónde tu 5G?» y demás preguntas que me resulta inapropiado, por pudor, enumerarlas. Algunas son muy dañinas. Me dicen, cual enseñante explicando el esquema de la oración compuesta, que las relaciones sociales no solo enriquecen nuestra vida; también la protegen. Son una necesidad humana básica, no un lujo. Interactuar con otros puede disminuir la ansiedad, la depresión y la sensación de soledad.

No voy a seguir con los beneficios de la sociabilidad. Todo el mundo las sabe. En caso de duda consulta internet y te aislarás más que la citada poeta, autora de 1.775 poemas, de los cuales no llegó a publicar ni una decena en vida.

Ayer, en mis horas de insomnio, con el teléfono en la mano hice una lista de los inconvenientes que yo creo ver. ¿A dónde me llevaría tanta sociabilidad? Quien me conoce, sabe de mi notable tendencia a la exageración. Por ello, hagamos una hipérbole un tanto «hiperbolizada». Me podría llevar a cambiar mi forma de ser para agradar (mi famoso complace), a participar en conductas que no deseas, a sufrir manipulación emocional (hay verdaderos expertos), a depender afectivamente (es demoledor), a recibir, en mi ausencia, críticas constantes (me importan, sí, me importan), a un calvario de cansancio mental o emocional, a reducir mi espacio para la introspección o el autocuidado, a la dificultad para establecer límites (yo no sé ponerlos), a sentirte inferior al compararte con los logros de otros (lo tengo grabado en mi frontis mental), a generar brotes de dañina envidia (desde mi preadolescencia es el veneno silencioso de mi alma, es la eterna sombra que me mata cuando la luz ajena brilla más que la mía), a llevarme a la frustración emocional o afectiva, a los malentendidos que me llevan a la miseria humana, a las rupturas de confianza, a descuidar mis verdaderas necesidades, en este caso literarias…

Te habrás dado cuenta en estas últimas líneas, si las has soportado, mi ineludible tendencia a la hipérbole. Pétame moito («me gusta mucho», en gallego) y no puedo refrenar las ansias de caer en ella. García Lorca dice «Por tu amor me duele el aire… el corazón y el sombrero» y todos loan la originalidad y el valor literario de la exageración. Yo no intento llegar a ese nivel, imposible, pero un buraquiño («huequecito», en gallego) déjenme ocupar en la gloria de la extremosidad literaria.

En estos tiempos modernos, querer estar solo es casi un acto criminal. Si no estás en una fiesta, en una videollamada, en un grupo de guasap o posteando tu «brunch» con amigos, algo anda mal contigo. Porque, claro, ¿cómo alguien podría disfrutar de un viernes por la noche sin una «salidita obligatoria»?

La sociabilidad se ha convertido en el nuevo termómetro de la felicidad. ¿Tienes muchos amigos? ¡Felicidades, eres exitoso! ¿Te tomaste un café solo? Lamentamos tu soledad. ¿Te gusta pasar tiempo contigo mismo? No te preocupes, ya hay aplicaciones para solucionarlo.

Hoy, estar solo no es visto como una elección, sino como un síntoma. Y si decides apagar el teléfono o no contestar por unas horas, prepárate para las preguntas: «¿Estás bien?», «¿Te pasó algo?», «¿Por qué no viniste?». Porque claro, preferir el silencio o la introspección solo puede significar una cosa: algo anda mal contigo.

Irónicamente, en medio de tanta conexión, muchos se sienten más desconectados que nunca. Pero lo importante es que la agenda esté llena, aunque sea de compromisos que uno preferiría evitar. Total, lo importante no es estar bien, sino parecerlo.

Así que ya sabes: sonríe, publica una historia con tus «personas favoritas», responde rápido los mensajes y nunca, jamás, admitas que disfrutas estando solo. Eso queda para los excéntricos, para los que entran en tu habitación, y la colonizan con su entusiasmo o para los que expulsan el silencio a carcajadas. En la quietud sin voces hallé mi morada, / donde el alma susurra lo que el ruido callaba. 

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LA INSPIRACIÓN

Nuestro escritor se despertó en una realidad metaliteraria. Estaba enmarañado en una red de ficción y verdad. Palpó el lado derecho de su cama y notó que estaba caliente y que conservaba la forma de un cuerpo humano. Acercó su nariz y percibió un aroma a cuerpo femenino que le embaucó por unos segundos en un alumbramiento casi salvaje. Le volvió su inherente concepto de la culpa, pero su frágil voluntad hizo que se enredara en un bucle de recuerdos y soledades. Se levantó estimulado por un hechicero olor a café. ¿Quién lo ha preparado?, se preguntó entre la sorpresa y el temor. Lleno de curiosidad se acercó a la cocina y allí vio dos tazas: una sucia por un uso reciente y otra limpia y preparada para él. Imaginó que todo había sido obra de la mujer que lo visitó ayer. Con lo cual tengo razón y esa mujer existe, dedujo abducido por el aroma del café. Se sirvió tres cuartas partes de la taza y dos dedos de leche. Un primero sorbo prolongado le supo a gloria, cerró los ojos y experimentó placenteramente el despertar de sus neuronas. Tuvo la tentación de encender un cigarro. No puedo caer en el vicio que tanto me costó dejar. Aquí sí obtuvo un rotundo éxito. Está concienzudamente convencido de que sigue siendo un fumador que no consume tabaco. Se tomó el pulso. Lo tenía extrañamente acelerado. Mil proyectos en la mente y un documento en blanco. Tornó a su estudio y se sentó frente al ordenador, su potro de tortura. Una mirada a la pantalla y otra historia más evaporada. ¿Cuándo se acabará esta deshidratación creativa enquistada? De nuevo el acechante ordenador se abre ante él. ¿Qué hacer?, pensó. Volver al camino, aunque sangren las yemas de los dedos. Y se puso en disposición de darle vida al deshabitado documento en blanco. Alguien, en una ensoñación real, le susurró una palabra al oído y no supo seguir. 

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EL BRONCEADOR SIN SOL

Yo soy de piel blanca y un poquito rosada. Siempre tuve corrosiva envidia (no creo en la sana) de las personas que se ponen morenas en pocos días y que no tienen que recorrer ese tramo de quemaduras y toda su parentela de ampollas. Quizá por eso mismo rechace de una manera involuntaria el sol. Además, la fotofobia y la proliferación de lunares ―melanoma incluido― han logrado que en la actualidad el dermatólogo me prohíba el sol. También es cierto que soy una persona bien entrada en años como para solicitar ahora de modo gratuito la morenez del sol. Pero menos que a los veinte años se quiera quedar bien cuando llega el verano y uno piensa que lo de estar moreno «es la de dios».

Cuando yo era veinteañero se me metió entre cuerno y cuerno que yo tenía que estar moreno en dos días. ¡Qué digo dos días! ¡En dos horas! Tenía una cita en el fin de semana y no podía defraudar a Rosa, la chica con la que había quedado.

―José María, no creo en los milagros, y tu deseo tiene más de eso que de posibilidad real, me decía mi alter ego.

―Ya lo sé, pero alguna solución habrá…

Y sin encomendarme ni a Dios ni al diablo fui a consultar a una desconocida farmacia «mi problema». El auxiliar, que captó enseguida mi obsesión, me dijo:

―Yo tengo su solución: el bronceador sin sol. Es la novedad de esta primavera. No necesita quemar su piel. Con el bronceador sin sol, visto y no visto. ¡Y a lucirse!

―¿Está usted seguro?

―Segurísimo. Siga las instrucciones del prospecto al pie de la letra y en una noche tendrá un color que causará la envidia de sus amigos.

Y sin pensar que Dios es bueno, pero el diablo no es malo, lo compré y «marché para casa» lleno de una alegría casi voluptuosa.

―Hasta mañana, mamá y papá. «Marcho para cama». Tengo que repasar el examen de mañana. Me fui a todo trapo.

―Adiós, hijo. Hasta mañana. Parece que está contento con lo que está estudiando, sentenció mi padre.

Primer paso: el baño.

Cogí el prospecto y le eché un vistazo.

―Todo eso ya lo sé. Verborrea médica. Ya lo sé. José María, venga.  Lavarme la boca y el milagro. Quiero hacerlo lo antes posible.

Desenrosqué el tapón del bronceador sin sol, esa mágica solución farmacéutica a mi blancura. Me di una primera capa. Consistente y muy bien extendida. Examiné mi piel en el espejo como si fuera un gemólogo estudiando un brillante. Pero como no vi los resultados inmediatos que me había prometido el auxiliar, me di cuatro capas más. Ahora, seguro. Nada de lavarme las manos. Mis padres no pueden sospechar que tanto tiempo en el baño esconda algo. Me fui a la cama directamente nervioso y algo ilusionado.

Cuando me erguí de la cama al día siguiente, yo había olvidado enteramente la terapia nocturna del bronceador sin sol. Fue mi hermana la que soltó un chillido, como si se hubiera encontrado con el mismo hombre de los infiernos.

―Pero… ¿Qué has hecho? Parece que has dormido en una chocolatera. Estás negro como el carbón. ¿Qué has hecho, insensato?

Fui a toda velocidad a verme en el espejo del baño. Cuando me vi, ¡coooñó!, se me cayó el cielo en la cabeza. Empecé a balbucear como cuando quise invitar a Maite al cine y no me salían las palabras.

―¡Tengo examen final de literatura del siglo XVI!

Por el alarido de mi hermana, mis padres se levantaron a toda velocidad y se acercaron a la cocina a ver qué ocurría.

Cuando me vieron, no fueron capaces de cerrar la boca durante un larguísimo minuto. No sabían qué decirme. Sólo mi madre:

―Hijo, por Dios, ¡qué disgusto! Otro invento tuyo. (Inciso: un año antes de este experimento, escribí a una empresa que se anunciaba en el ABC con un «producto milagro» para que brotara la barba espontáneamente. Estuve un mes completo dándome una carísima loción viscosa y de tono azul. Nada de barba. Nada. Lo único que conseguí, hablemos claramente, es que me saliera «un terrible eccema en forma de barba». Fue mi primera visita al dermatólogo de un sinfín de ellas.)

Tuve que contar detalladamente a mis padres y a Lola todo lo que hice. Mi padre, muy serio, miró el reloj de la cocina y sentenció:

―Todos a la ducha, menos vuestra madre. Vosotros, a la facultad; yo, a trabajar.

―Yo…¿también?, improvisé.

―El primero.

―Pero, papá, ¿tú sabes lo que te van a decir? No estoy preparado para el examen.

Mi hermana se fue a su habitación partida de risa.

―Si me hubieras consultado a mí, Jose. Ahora, a apechugar con tus compañeros.

Me callé y me fui a la ducha. Me miré en el espejo y eran repugnantes los chorretones de color chocolate que tenía en las manos, los brazos, la cara, las orejas, el cuello… Me duché, pero no despareció ni un ápice de negritud.

Cogí el autobús y soporté con cierta dignidad las miradas burlonas. Hoy, julio del 25, hubiera sufrido con tremenda vergüenza un sinfín de fotos con los móviles. ¿E Instagram? Se me está deslizando un hilo de sudor por la espalda.

En la facultad no saludé a nadie y me dirigí alicaído al aula donde teníamos el examen. Todas las bancadas ocupadas menos la primera fila. Allí me senté. Encorsetado. Bolígrafo en la mano izquierda y en espera del catedrático. Sin mirar a nadie, pero todos mirándome.

El profesor entró con diligencia y dejó sobre la mesa los cuadernillos con las preguntas. Éramos  200 alumnos. Lógico que don Antonio se fijara en mí. Se me acercó y con una mirada de inspector de hacienda me examinó de arriba a abajo. Se giró como un legionario portador del Cristo de la buena muerte y soltó una interminable cascada de carcajadas, que se escucharon en toda la facultad. El paseíllo de todos los compañeros de curso, para escrutarme, por la primera fila con cualquier disculpa fue incesante. El murmullo, desmedido. Don Antonio sufrió y sudó sangre coagulada para que se hiciera el silencio Colocado a dos metros, se dirigió a mí como si estuviera cantando un tema de notarías:

―Mire, Máiz Togores, como le gusta que lo llame, usted es el abejón de este examen, pero claro, por mucho que estén las ventanas abiertas, querido amigo, usted no se va. Mire, no soporto más este ambiente de carnaval. Usted no va a hacer el examen ahora, lo hará mañana y oral en mi despacho, con todos sus derechos inviolados. Así podrán concentrarse sus compañeros. No quiero que haya un posible recurso por el inapropiado ambiente generado por usted.

Se sentó y esperó a que yo me fuera. Después de recoger mis apuntes, cabizbajo y meditabundo lo hice lo más rápido posible.

La puerta ya cerrada, en el pasillo, me puse a reordenar los apuntes que había recogido arbitrariamente.

De pronto tronó la voz de don Antonio:

―A ver, señores, una última carcajada y a escribir dos horas seguidas. La risotada sonó en toda la facultad durante un minuto y súbitamente se hizo un silencio absoluto. Empezó el examen que no me dejaron hacer. 

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COLÁS

Los años sesenta fueron años de mucha emigración a centroeuropa. Allí se instalaron miles de gallegos que desde muy diferentes lugares y aldeas marcharon camino de una vida mejor. La vuelta de algunos de ellos era un variado arco iris de actitudes y comportamientos. El que venía callado y con una mirada triste, pensando que aquello no era lo que le prometieron. El que venía presumiendo de sus éxitos en la Alemania más moderna. O el que contaba mil conquistas conduciendo un cochazo jamás visto en la aldea. Luis Roxo regresó un verano fanfarrón e hinchado como un engreído de capital.

Lo primero que hizo fue a ir a la taberna del Bauprés, hombre sensato y respetuoso que había hecho la mili en Ferrol, donde era conocido entre los quintos peludos como O Trespés, por su gran virilidad.

―Sois unos ignorantes y unos iletrados. No tenéis ni idea de la realidad europea. A ver, tú, que presumes tanto, ¿quién es Charles de Gaulle? Un silencio espeso se hizo en la taberna. Cada uno con su taza de vino en la mano y mirando al infinito.

―El nuevo presidente de la República francesa. Sois unos analfabetos, unos rebozados de merda. Como dice mi vecino, alemán de pura cepa, que sólo os interesan las  vacaciones, el sol, la buena comida y una vida de taberna. ¡Nada de traballar!

El amigo Luis, animado por la exhibición, quiso finalizar la faena con otra pregunta:

―Y el Willy Brandt? Silencio más espeso aún. Veis. Sois la escoria de Europa. Comprad libros, ved las noticias de televisión y dejaos de caralladas. Pues es el mejor alcalde de Europa. Es un gobernante serio y muy preparado, que llegará a presidente de Alemania.

Farruquiño se hartó de tanta lección y le hizo, animado por el vino, la pregunta que tenían todos en la cabeza.

―¿Y tú sabes quién es el Colás, cona da vaca? Ante lo silencio de Luis Roxo, era el nombre del emigrante, Farruquiño continuó:

―Pues el Colás es el que habla con tu mujer y le seca las lágrimas todas las noches mientras tú aprendes esas chuminadas en Europa.

La taberna rompió a reír con unas carcajadas que escuchó todo el mundo en la aldea y Luis, sin finalizar la taza, marchó en silencio absoluto y con la cabeza baja para no batir los cuernos con el marco superior de la puerta. 

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TAL VEZ, ALGÚN DÍA ME LEES

Escribo sin saber para quien. Escribo como quien deja una luz encendida en un cuarto vacío, como quien cierra una carta y no pone remite en el sobre. Por ello, tal vez, estas letras nunca lleguen. Quizá estas palabras aprendan a envejecer solas, a dormir en un cajón, a respirar el polvo de los días que pasan sin remedio. Pero yo escribo igual. Porque mi escritura es una llamada sin respuesta asegurada, un gesto lanzado al tiempo, una voz que no quiere morir sin ser oída. Y si cuadra, algún día, cuando ya no te esté buscando, cuando tú no sepas si aún te sigo escribiendo, abrirás esta carpeta como quien encuentra un mensaje olvidado en un viejo bolsillo. Entonces, por un segundo, yo existiré de nuevo en tus ojos. Y será suficiente porque todo lo que escribo es sólo esto: la humilde esperanza de que alguien, en algún lugar, me lea. 

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CAPÍTULO XVI DE ‘HATROZ’.- FILOSO

Las cosas con Rafo han cambiado algo. Muy desafortunada la entrada del otro día, me dijo mientras disfrutábamos de una cerveza en Santa Bárbara. Debe ser que «alguna incursión literaria» que he realizado en su vida le ha sentado a cuerno quemado, pensé yo.

―A partir de ahora, yo leeré, antes de publicarlo, cada capítulo que escribas.

―Me niego a ello, le dije. Si tú lees antes de tiempo cada entrada, estarías actualizando esos rescoldos absolutistas que tanto desdeñas. ¿O ya no recuerdas tus críticas a ese pasado tan autoritario que te había doblegado  de modo consciente? Volvemos, observo, a la censura con mano firme y sin remordimientos.

Rafo se calló porque se dio cuenta que había tocado una fibra sensible de su tardoadolescencia.

―Nunca te he permitido hablar de mi familia con tanta profundidad. Nunca. Esto no es una justificación, pero hay algún dato erróneo que me ha jodido muchísimo. Y cuando me dijiste que ibas a hablar de Filoso, me puse en guardia.

―Además, querías ser tú el único protagonista y metiéndome en tu vida así, me das un protagonismo que dice muy poco de ti. Me tienes que dejar libertad y que luego el lector deduzca si es real o literario. También te tengo que decir que la información que me has ofrecido en algunos casos es mínima. ¿El capítulo VII? Pero… ¿si tú fuiste más detallista que yo en la narración final de ese capítulo?

Antes de irse, analicé profundamente su rostro. Estaba satisfecho y orgulloso, pero se lo reservaba para él. Seguro. No he entendido nada. Esos ramalazos de injustificada injerencia en mi redacción me han descolocado. Más aún, cuando lo vi salir de la cervecería. Todo eran atenciones y gestos simpáticos con los camareros, aunque no pagara. Eso me tocó a mí.

Yo, como narrador, creo que debo tocar todos los temas desde la sombra, hasta los más delicados y censurados por el protagonista de nuestro recopilatorio de anécdotas. No me puede condicionar el hecho de que no le gusten.

Para escribir esta entrada he hablado con algunos familiares cercanos y otros conocidos de los mismos que aún viven. Tengo que aclarar que otros muchos ya han fallecido y me ha resultado muy difícil entrar en detalles particulares.

José Luis, Filoso para los más conocidos, nació en 1916, en una habitación de la finca La Peregrina, en Bertamiráns, el único. La mayor parte de sus parientes son compostelanos. Cinco hermanos conformaban su familia: José Luis, Elena, Dolores, Maruja y María Rosa. Los hermanos eran en un principio siete.  La mayor se llamaba Mercedes y murió a los pocos meses de nacer. Se convirtieron en seis cuando nació Carlos, el último de la fila, que falleció muy pequeño cuando contrajo una septicemia, por la infección de un grano en un labio que no pudo ser atajada, pues no había penicilina en aquellos tiempos. Volvieron a ser cinco.

Salvo estas dos desgracias puntuales que fueron vividas con gran sufrimiento, a pesar de que en aquellos tiempos era frecuente el fallecimiento de niños recién nacidos, la infancia fue tranquila y sin otras circunstancias que la alterara. Dicen que cuando no hay recuerdos de esa etapa de la vida se puede calificar como plácida y amable.

La adolescencia fue otra cosa. En 1934 falleció su madre. Cuando uno pierde a los quince años a su madre, la huella de dolor y tristeza se agranda según va tomando uno conciencia de la ausencia de ese pilar de la familia. La casa de los Togores Paramés se tiñó de luto y, cuando empezaban a levantar cabeza, por una labor encomiable de los familiares cercanos, llegó otro golpazo. El padre, en septiembre del 36, tras unos incidentes vividos como consecuencia de la guerra civil poco aclarados ―estuvo retenido en una checa― falleció en su casa tras un fulminante infarto de miocardio.

Paralelamente a esta defunción, entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, se produjeron miles de masivas ejecuciones extrajudiciales de presos encarcelados en checas madrileñas en Paracuellos del Jarama, por parte del gobierno de la República, en un enfrentamiento terrible con los sublevados por el control de Madrid. En estas ejecuciones fueron fusilados tres tíos directos y un tío abuelo.

Como consecuencia de todo ello, los cinco hermanos Togores Paramés quedaron huérfanos. Circunstancia que conmovió a todos los familiares. Tras varias reuniones, en una familia en la que apenas quedaban hombres adultos, se decantaron por un «quíntuple reparto» de los hermanos entre los diferentes miembros de la parte Togores. Esta decisión no satisfizo en absoluto a una tía abuela de los jóvenes que, haciendo gala de una fuerza emocional brutal, resolvió asumir la educación y el mantenimiento de los cinco hermanos, que continuaron de este modo unidos, deseo primordial de esta mujer. María Paramés, conocida como Pía, era el nombre de esta corajuda fémina.

Centrémonos en dos de los cinco hermanos. José Luis, el mayor, como dije antes, nació en la Finca La Peregrina, en la aldea de Bertamiráns, residencia en los meses de verano de la familia Togores Paramés. Su locus amoenus. Y el  de Rafo. Se licenció en ciencias exactas, pero todos los intentos de trabajar se vieron frustrados por una quebrada salud mental muy tocada por todas las causalidades que sufrió en sus primeros años de vida adulta. Vivió con su hermana María Rosa y con su tía abuela Pía en una casa alquilada de la calle Castelló de Madrid. La tía Mota, como era llamada por sus sobrinos, trabajó durante muchos años en la biblioteca del CSIC y fue el sustento generoso y desinteresado en todas las penalidades psiquiátricas que sufrió Filoso, apodo cariñoso de José Luis.

Filoso era un hombre con un agudísimo sentido del humor y una poderosa retranca que manifestaba en las mil y una anécdotas que contaba o inventaba y que mantenía a sus sobrinos atentos durante minutos y minutos. Pero cuando los ciclos de su enfermedad se apoderaban de él, la convivencia se hacía muy difícil. Sufrió tratamientos psiquiátricos muy duros ―el adjetivo en grado superlativo absoluto «muy duro» aquí puede hiperbolizarse sin exageración ninguna― y difíciles de entender hoy en día y pasaba temporadas en un sanatorio en los aledaños de Compostela dedicado a los trastornos mentales tipo esquizofrenia y otros. Algunos psiquiatras actuales se atreven a calificar de «desmesurados y excesivos» los tratamientos psiquiátricos de los años 30 y 40.

María Rosa, la tía Mota para los sobrinos, murió en 1979 por un agresivo y metastatizado cáncer de mama, que por razones pudorosas ―las amigas la amenazaban con decírselo al padre de Rafo, si ella no lo hacía― y una absoluta carencia de pautas de prevención en aquella época, fue detectado muy tarde. La coincidencia de una visita de María Rosa a su hermana Lolita con la casual presencia del doctor Máiz Bermejo hizo que la consulta no se demorara. José María, que así se llamaba el padre de Rafo, nunca manifestaba con el rostro lo que tenía delante para diagnosticar, en esta ocasión sufrió un golpe emocional brutal porque la realidad superaba cualquier ficción cancerígena. La operó urgentemente, pero estaba tan extendido que su futuro tomó una dirección funesta y un final trágico. Fueron años de un sufrimiento hatroz por parte de María Rosa Togores.

Como era imposible que José Luis pudiera mantenerse económicamente, y mucho menos la casa, hubo que tomar una apremiante decisión con él. Además de sus problemas psiquiátricos, era paciente de un problema circulatorio implacable, seguía fumando como un carretero ―frase coloquial utilizada para describir a alguien que fuma en exceso o de manera desmesurada―, circunstancia que era muy difícil de controlar, pues por entonces tenía cierta libertad de movimientos para acceder a estancos y farmacias.

La familia decidió, no he llegado a saber cómo se produjo tal determinación, que se fuera a vivir a casa de Rafo, ya que el padre era médico y podía ser atendido con mayor dedicación y cercanía. Lola, la hermana de Rafo, dice que fue una petición directa de María Rosa a su padre. Todo el mundo pensó en Filoso y nadie, absolutamente nadie, en su hermana Lola Togores, que sufría unas incapacitantes depresiones cíclicas y un insomnio hatroz. Ha llegado a mis oídos un comentario que realizó una mujer de la familia residente en Coruña: tal vez, por la enfermedad de Lolita, no es la casa más idónea. Aún así, Filoso ocupó, por «cesión voluntaria de Lolita hija», su habitación, que de un dormitorio con pasillo, un armario propio de cuatro puertas, una mesa camilla para estudiar aislada, una voluminosa cómoda, una comodísima cama y una cierta independencia, pasó a un cuartito pequeño junto a la cocina, perdiendo absolutamente la privacidad. Woolite, que era como la llamaban cariñosamente sus primos, no manifestó ni la más mínima queja ante tal permuta. La aceptó plenamente. Pero hay que recalcar que cambió una generosa cama ―ella también padecía de insomnio― por un sofá cama bastante incómodo. En esa habitación sólo se podía estar acostado en la cama, sentado en ese mismo sofá o sentado en una silla. No se podía hacer vida alguna. ¡Ah! Y sin armario.

Filoso vivió allí casi ocho años. Los gastos que suponía contratar a un hombre para que lo lavara y lo arreglara a diario, y otros numerosos gastos diarios fueron sufragados en los primeros años con el dinero que recibió tras vender la casa que había comprado, con alguna ayuda externa, su hermana María Rosa. La cuantiosa liquidación de Hacienda del piso fue cubierta con parte del dinero antes mencionado.

En la casa de Hermanos Miralles (hoy, General Díaz Porlier) hubo de todo, momentos muy buenos y momentos muy malos. Las costumbres nocturnas (insomnio, radio a gran volumen, fumar en la cama, paseos continuos por la casa para ir al baño…) y una cada vez mayor dificultad por controlar los esfínteres modificó los hábitos de toda la familia. A las 10 de la mañana quedaba perfectamente aseado y perfumado por el enfermero que iba a realizar a diario esa tarea y sentado cómodamente en su sofá preferido. Todo fenomenal. Pero a las 12, por no controlar los esfínteres, volvía a estar todo sucio. Decía él que no le hacían falta los pañales. ¿Quién afrontaba la labor de lavarlo y vestirlo de nuevo? Pues ese, el de siempre. Rafo. La habitación de Rafo, que daba pared con pared con la de Filoso, era su lugar de «peregrinaje nocturno». Entraba con una linterna en la mano y se la enfocaba en los ojos a Rafo en distintos momentos de la noche para solicitarle cualquier ocurrencia de nula relevancia: cambiar una pila a la radio que se oía a todo volumen, un poco de charleta o buscar el mechero que había perdido…

El deterioro físico llegó a tal extremo que Lolita, la hermana de Rafo, planteó abiertamente que había que ingresar en una clínica a Filoso. La amputación de un dedo de un pie engangrenado y el progresivo deterioro físico le llevó a situaciones límite, que por pudor y petición propia de Rafo no transcribo porque sólo alimentarían el morbo y no aportarían nada relevante. Se decidió ingresarlo en una clínica para que lo atendieran debidamente. Allí falleció pocos meses después, en 1987. La decisión tomada entonces por razones estrictamente médicas cayó muy mal en parte de la familia, que veían en ella una resolución desproporcionada. Antes del ingreso se barajaron otras casas familiares, pero cuando eran informados los posibles afectados de las andanzas nocturnas de Filoso y de las necesidades higiénicas a cualquier hora del día rechazaban dicha posibilidad «porque era necesario descansar». Rafo lo quería muchísimo, pero era imposible compaginar estudio, descanso y andanzas noctámbulas, y por ello, junto con otras razones menores, tuvo que cambiarse al horario nocturno de Filología.

Rafo quería sobremanera a Filoso desde siempre. Era una adoración mutua que quizá empezara cuando tenía cuatro años y su tío se sentaba todas las tardes pacientemente a leer un libro con él ―Páginas de la infancia― y así practicar la lectura, que era una de las «cojeras» de Rafo niño. Digo esto porque llegó un momento en que la vida se hacía insoportable. Cuando estaba acostado, a la derecha tenía al nocherniego Filoso ideando qué danza tocaba esa noche y a la izquierda la voz lacrimógena de su madre lamentándose de su insomnio.

Como ejemplo de lo difícil que era, en ocasiones, el trato con él, el día de la mudanza a Hermanos Miralles, la madre de Rafo envió a su hijo al mercado de Hermosilla a comprar merluza fresca para la cena. Preparada con esmero y todo el cariño del mundo, no la tomó porque estaba demasiado fresca y sabía a agua.

La vida de Filoso era monótona, constante y rutinaria. Las comidas las repartía entre las casas de sus hermanas Elena y Maruja, periplos que, en un principio, realizaba en autobús y posteriormente en taxi, cuando la salud se tornó quebradiza. Esas «excursiones diarias» eran el alimento de una vida inútil y de carga familiar, como la calificaba él mismo en los momentos de «bajonazo psíquico». Descanse en paz. 

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LA GRAN CIUDAD

No quiero vivir en una gran ciudad. Lo digo ahora, mientras respiro, porque siento que cada paso que doy entre sus edificios es una lucha contra un monstruo que pretende domesticarme. Camino, pero no me reconozco en esas calles que nunca me pertenecen, en esos rostros que se cruzan sin mirarse, en esos relojes que marcan una carrera que no es la mía.

Estoy aquí, y veo cómo las torres de cristal se alzan con soberbia, como si quisieran aplastar la memoria de la tierra que antes daba fruto. Sé que bajo el cemento late una naturaleza expulsada, y no puedo aceptar esa violencia disfrazada de progreso. No quiero un futuro hecho de humo y luces que me impiden ver las estrellas, porque las estrellas son la verdad que me guía.

Respiro, y el aire que entra en mis pulmones está lleno de ruido y contaminación. Me rebelo contra ello, aunque sé que mi cuerpo reclama pureza, reclama viento limpio y silencio verdadero. No acepto que me condenen a vivir entre sirenas que me despiertan, motores que me persiguen, voces que se cruzan sin escucharse. Yo quiero un espacio donde el silencio sea posible, donde la calma no sea un lujo sino un derecho.

Miro alrededor y descubro que en la ciudad todo se compra y todo se vende. Cada gesto se convierte en transacción, cada instante se mide en monedas invisibles. Me niego a aceptar que la vida sea un mercado donde la dignidad se cambie por velocidad, donde la calma se sacrifique en nombre de una productividad que nunca me pertenece.

Me reconozco en la justicia de lo sencillo, en la tierra que se abre para dar fruto sin pedir nada, en la conversación que no se mide en minutos, en el horizonte que se extiende sin interrupción de torres arrogantes. Sé que ahí está la verdad que defiendo, porque soy humano antes que ciudadano, y no quiero olvidar esa condición primera.

Ahora, mientras pienso y escribo, me reafirmo: no quiero vivir en una gran ciudad. Mi rebeldía se alimenta de espacios abiertos, de ritmos que no obedecen a relojes, de silencios que me devuelven la justicia de existir sin cadenas. Mi vida se expande cuando me alejo de ese monstruo de cemento que pretende domesticarme. Yo elijo la dignidad de lo libre, elijo el horizonte que no se deja encerrar, elijo la verdad que se respira en el viento limpio. 

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CAPÍTULO XV DE ‘HATROZ’.- DOÑA MARÍA

Cuando degustamos vino / todos queremos cantar, / después de la panza llena / la lengua sale a juzgar. En gallego: Cando gorxeamos viño / todos queremos chiar, / cando estoupa o bandullo / a lingua sae a cardar.

Era de raigambre remota el atractivo que esta tierra de la comarca de A Maía ejercía sobre todos los miembros de la familia de Rafo. No es un sentimiento exclusivo. Es obvio. Pero, con la inocencia del que no conoce otro mundo, lo vivió en sus primeros años como una regalía que sus ancestros habían otorgado a su familia de modo privativo en siglos pretéritos. Evidente que luego la celebérrima Lo que el viento se llevó inmortalizó      aquellas inolvidables frases de Escarlata O’Hara pisando la tierra de Tara que lo sacaron  de golpe de su exclusivo pensamiento: A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!

La película de La Peregrina tuvo un desenlace muy diferente, pero que muy diferente. No voy a entrar ahora en los pormenores y menudencias de un finiquito que sólo le atañe a la familia de Rafo. No viene al caso. Ya lo contará él.

―La fuerza de la sangre puede con cualquier obstáculo que entorpezca el desarrollo de esta finca, sentenciaba, con un gesto algo más derrotado que la protagonista antes mencionada, una de mis tías mientras se encargaba de ir a la bodega a por el vino para la comida del día de la fiesta. Sólo ella, y por delegación explícita de la mano masculina que mecía la despensa vinícola, podía encargarse de tan trascendental tarea.

Esa era una jornada muy esperada por toda la comarca a lo largo del año.

El párroco, hombre taciturno, con vocación ermitaña y muy rácano en palabras, cuando veía que se acercaba dicha fecha, era incapaz de fabular una disculpa axeitada (apropiada) y cumplía con rigor británico asistiendo a la comida que para conmemorar la fiesta de la aldea se celebraba todos los años en el comedor principal de la Casa Vieja. Aún, en sus últimos días, recordaba cuando en una ocasión tuvo que personarse con un fiebrón descomunal ―lo que le acarreó una semana de cama― y en otra que casi es llevado de las orejas por la tía abuela de Rafo porque había insinuado su inasistencia, ya que había sido invitado a una reunión extraordinaria por el señor arzobispo.

―Usted a su Excelencia Reverendísima la puede ver cualquier día, pero la fiesta patronal de nuestra aldea sólo se lleva a cabo una vez al año, así que no me venga con farrapos de gaita (disculpas huecas) y mañana sin falta está usted oficiando nuestra misa y presidiendo nuestra mesa. Cuando hablaba doña María, subía el precio del pescado.

―Pero, doña María, no es de recibo hacerle un feo al arzobispo que acaba de tomar posesión.

―Por eso mismo, como acaba de llegar, tardará en marcharse. Y tendrá harta paciencia en recibirlo. ¡Y no digamos días!

Y así fue. Los miembros de la familia sabían que debían callar cuando hablaba una voz autorizada como la de doña María. Nadie podía rechistar lo más mínimo. Cuentan las malas lenguas que, cuando se dio media vuelta y bajaba las escaleras de la rectoral de Ortoño, comentó por lo bajo:

―¡Por encima de mí nos va a robar al párroco el monigote del arzobispo! Lo reto a que recuerde los detalles de mi intervención cuando en la primera misa que ofició al llegar como párroco se encontró la capilla vacía. ¡La aldea me escuchó casa por casa!

En diversas situaciones o circunstancias, siempre que alguien intentaba pronunciarse sobre cualquier tema referente a la familia, no había posibilidad de que fuera aceptado dicho comentario por parte de la litigante facción femenina de la casa.

―Nosotras debemos ser las mayores defensoras de este vínculo atávico que es la fuerza de la sangre con la que nuestros ascendientes levantaron hace dos siglos los muros de esta finca. ¡Debemos defender todo lo que en ella se cuece!

Protegían a la familia con una fiereza tal, que eran capaces de sacarle los colores al más renombrado vituperador o entrometido fisgón. No toleraban que de fuera vinieran dardos envenenados.

―Como el caracol, le encantaba decir a la tía María. Y todo el mundo la entendía.

Pero esto no excluía que cada vez que uno de los jóvenes imberbes ―como los llamaba― transgredía las seculares normas de la casa, este fuera reprendido severamente y conminado a una rectificación inmediata y cuasi definitiva. Entre nosotros, en esta ocasión, los jóvenes no le hicieron ni caso. Rafo todavía no estaba en ese grupo de carilampiños. Hacía relativamente poco que aún había dejado los pañales. Era un privilegiado observador.

―Los trapos sucios familiares se lavan en casa. Nada de airearlos y hacerlos públicos.

Cuando visitó Rafo la zona allá por los años 90 ―la finca ya estaba en otras manos― aún se recordaba con gran regodeo en las tabernas de la aldea la durísima respuesta que le espetó en la cara al cura párroco de una aldea vecina, en otra ceremoniosa comida, cuando a este se le ocurrió censurar en voz alta, la vida de «algunos jóvenes», que preferían, víctimas del materialismo imperante en la época, las fiestas profanas a las religiosas. Todo ocurrió en una gran comilona que se celebró en el claro de una carballeira (bosque de robles) de la comarca bajo un sol implacable del mes de septiembre. En el ágape participaron alrededor de cuarenta personas, y entre ellas lo más granado de la zona: el maestro, el farmacéutico, el médico, el titular del pazo que lindaba con el robledal y que apenas salía de su residencia… La discusión comenzó por la justificación por parte de los donceles de las múltiples ventajas del turismo. Era la época en la que la costa mediterránea empezaba a poblarse de jóvenes de fuera que ponían en peligro la decencia inmaculada de la juventud española.

―No hay más que ver las últimas romerías de la comarca. Son un dislate. Esa música pecaminosa e instigadora de malas conductas. Esos lascivos movimientos de cintura y provocadores de las pasiones más bajas. El baile actual es la realización vertical de un deseo horizontal. Y los jóvenes, borrachos de novedad, lo ejercitan con esmerada diligencia. ¡Dios nos libre de tanta perversión pecaminosa! Seguro que ustedes están al tanto de los comentarios de las personas bien pensantes de la comarca, sentenció unos de los religiosos que asistían a dicho ágape.

Y ahí terció como un templado cirujano con su bisturí mi tía abuela.

―Cuando tenga en mente decir algo de los jóvenes de esta casa, primero consúltelo con Roma; y si le autorizan a decirlo, encomiéndese al Santísimo porque de aquí no sale vivo. ¡Por estas! Y continuó tomando sin el más mínimo atisbo de alteración el consomé que había cocinado a fuego lento en una improvisada cocina de leña.

La intervención fue como un hachazo. Nadie se atrevió a rechistar. Cada uno mirando su respectivo plato deseando que se hiciera eterna la degustación de dicho caldo.

Acabado el plato entrante, sin el más mínimo rubor por lo dicho, y agarrándole con el debido respeto el brazo derecho, le susurró al oído:

―Padre, le ruego que siga con su reflexión sobre la permisividad y falta de pudor que hoy en día impera en la juventud española. Estoy fascinada con su valoración, es de alto interés para mí, dijo protocolariamente después de retirar con un extremo de la servilleta unas minúsculas migas que tenía adheridas en la comisura de los labios.

El párroco de la aldea circundante experimentó en su propia piel el lacerante modo de actuar de doña María, la tía abuela de Rafo, a la par que madrina, cuando alguien osaba mentar, de modo directo o indirecto, a cualquier miembro de su familia.

―¡Demo de muller!, (¡demonio de mujer!), farfulló para sí el orondo y coloradote eclesiástico.

Esta comida ―Rafo me recuerda la anécdota que le contaron sus padres― fue también célebre por el gracioso desenlace que ofreció.

Cuando se terminaba la parte sólida de la festividad, y después de los breves discursos con palabras balbucientes de las autoridades de la zona, se empezaba con la tanda hídrica para ayudar a la digestión de la opípara comida. Es decir, los licores; que era tan importante o más que la de las viandas.

Uno de los más renombrados asistentes, solo en apariencia, era un anticlerical recalcitrante y bastante blasfemo. No soportaba, año tras año, tanta solemnidad eclesial y a cada paso intentaba emponzoñar, ayudado por los efluvios del vino, la situación. Cierto es que solo blasfemaba en voz baja, cosa que causaba bastante extrañeza en el resto de los comensales.

―Si blasfema, que lo haga delante de los curas y demás autoridades, especialmente de doña María, no a escondidas y en voz alta. Es un cobardón y un medroso, lo calificaban por lo bajo. Cuando se acusa, se hace de tal modo que lo oiga todo el mundo.

Era habilidoso a la hora de sentarse en esta tertulia. Un poco apartado y con el farmacéutico y el maestro a diestra y siniestra, dos personajes curiosos. Por la mañana eran capaces de ondear ardorosamente, a escondidas, la bandera republicana y por la noche, en la tertulia de adeptos al régimen ponderaba descaradamente los logros del alcalde falangista. Siempre encontraba el momento oportuno para hacer el comentario hiriente. Ese año le tocó a una humilde y apocada recién casada, que se convirtió en la chanza de todos sus furibundos ataques, que terminaron con una apostilla bastante soez sobre una circunstancia intrascendente como era el buen sonido que ofrecía ese año la campana parroquial. Quería explicarle las circunstancias del hecho a la mujer del farmacéutico.

―Mujer, mira, atiende… Todo el mundo estaba bastante disperso y atendían muy poco a las diferentes conversaciones. Mira, mujer, yo te lo explico. Cuando se rompió el badajo de la campana, subieron los dos, a escondidas, a repararlo. ¡Y cómo lo arregló o Carallón! Todos sabemos de las habilidosas maneras de Santiago en solucionar ciertos asuntos colgantes. Y rompió a reír escandalosamente mientras se levantaba y aderezaba sus palabras con una serie de movimientos con las piernas abiertas bastante obscenos. Todo esto evitando astutamente las miradas del resto de comensales, que formaron un círculo aparte para hablar de la descristianización que estaba sufriendo la sociedad. Todos habían sido bautizados años ha, pero ya no asistían nunca a misa, se quedaban en el atrio de la capilla fumando y hablando. En una de esas interminables comidas que se celebraban después de la misa mayor, los «bautizó» como «los soldados del arco iris» un feligrés ―que hoy nadie recuerda su nombre― porque habían probado una docena de diferentes licores de muy diversos colores.

―A ver, Camay, le dijeron a Rafo, que estaba con otros niños jugando con una pelota, acércate a la improvisada cocina y trae una botella de licor que hay junto a la mesa que tiene los restos de comida.

Rafo hizo con diligencia el encargo, pero confundió, sin darse cuenta, una botella de aceite con una de licor. Y así, el clérigo principal, después de apurar el vaso de un buen lingotazo, no le quedó más remedio que aceptar como broma lo que había sido un trágico error de Rafo.

―Gamberrazo, ya vendrás a mí cuando seas mayor, le susurró el sacerdote en son de burla al oído mientras le tiraba «cariñosamente» de las orejas.

El bien lubricado clérigo, después de tan grata experiencia, tuvo que ir sin demora a un claro del bosque que refrescaba las espaldas de los comensales para liberarse de todo lo que «había agilizado» improvisadamente el «riquísimo licor». Estaba, por lo que había observado, en una zona del bosque que se tragaba sus propios árboles como si estuviera en plena creación de un cuadro diarreico. La defecación, acompañada de palabras muy gruesas que nadie escuchaba, salvo Rafo que se había escondido para ver el daño que había ocasionado, fue muy espontánea y sonora, como un retumbante festín de vehemente cohetería.

Liberado y satisfecho, algunos burlones decían que había adelgazado cinco quilos, recibió encarecidas e interminables disculpas por parte del padre de Rafo, que había sido «el autor del trágico error». 

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HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE

Como una promesa que se deshace en el aire, entré en el bosque de los cuerpos sin nombre, donde los árboles latían como venas abiertas y los pájaros cantaban en idiomas que solo la piel entiende. La noche mojaba mis hombros con una lengua de niebla y sal, y cada estrella era un ojo que me desnudaba sin juicio, sin tiempo, sin moral. Caminaba por un río de espejos, donde cada reflejo era una versión distinta de mí: una mujer de fuego, un hombre hecho de arena, un animal que respira por entre los dedos. Las manos que me tocaban no tenían dueña, eran viento, eran deseo, eran recuerdos de otros cuerpos que nunca viví. Y yo me dejaba llevar, como quien se entrega a un sueño que sabe que es mentira, pero que sabe mejor que verdad. La piel, desnuda, era un altar donde se ofrecían los silencios, los latidos, los escalofríos que nacen entre la clavícula y el abismo. Una boca sin rostro murmuraba versos en mi oído izquierdo, mientras el derecho escuchaba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, desnudo, sin nombre, sin historia, era solo carne que piensa, pensamiento que arden, ardor que se expande como tinta en un lienzo húmedo. En el centro del mundo había un corazón hecho de fuego y miel, y allí, entre sus latidos, descubrí que el placer es también una forma de oración, que el cuerpo es templo, y que la piel, desnuda, es la única verdad que nunca miente. (Enviado a una revista literaria (Rechazada su publicación)

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PROXECTO DE DESPEDIDA

Atópome no penúltimo retallo da túa pel degustando esa estraña delicia dun adeus, e voando a miña alma por alamedas e claros de lúa. No pasado sentín a alegría do teu peito, hoxe fatigaches a miña póla de oliveira por mil camiños transitados, e mañá, talvez mañá, ti e mais eu encarnemos nunha ansiada cerimonia o máis indómito dos proxectos. Que ninguén desdeñe o meu contento, que ninguén vulnere a miña celosía, que ninguén… que ninguén me impida ser a túa atalaia nesta cadea de fíos e ambrosías.

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CAPÍTULO XIV DE ‘HATROZ’.- PROLONGACIÓN

Rafo llevaba mucho tiempo anclado en un pasado que le obsesionaba. Interiormente necesitaba explicaciones que no se atrevía a plantear: empezaba a conocer jóvenes como él que ideológicamente no tenían nada que ver. Estaban en las antípodas de lo que él había escuchado en su familia. No entendía «su rareza» y él, que siempre se había manifestado tímido y timorato, encajaba como un buen fajador de boxeo las sentencias que escuchaba con una rotundidad pasmosa sobre una época que en su familia no habían cesado de calificar como «de progreso y paz». Un pasado del que empezaba a conocer situaciones que le costaba mucho asimilar a bote pronto porque el martillo pilón de la paz franquista le llevaba a un escenario en el que el protagonista no era el profesor de Formación del Espíritu Nacional y sus sátiras sobre la traición de Suárez porque lo más frecuente era escuchar chistes del tipo siguiente: Un español regresa a España y charla con un familiar. «¿Y por aquí cómo estáis?», pregunta. «No nos podemos quejar», le responde. «Entonces, bien, ¿no?», dice. «No, no: que no nos podemos quejar».

Rafo, ilusionado con el comienzo del curso académico era un pequeño pulpo que se iba reforzando con experiencias ajenas. En su etapa de universitario, en la Complutense de Madrid, en Magisterio, antes de Filología, experimentó que sus pulmones se iban oxigenando con un aire nuevo porque había conocido bruscamente un mundo que jamás imaginó que existía. Era el mundo de una juventud desinhibida, apenas politizada, sin prejuicios familiares y con unas ansias locas de vivir sin derramar un segundo de su destreza festiva.

La Escuela de Magisterio se encontraba en la calle Jerte, en un lateral del conjunto conventual de aspecto catedralicio San Francisco el Grande. Entró en la escuela tan despistado que sintió la mirada de unos jóvenes que ya eran habituales, bien porque llevaban disfrutando de las «glorias» de la cafetería, bien porque su objetivo primordial era meter la cabeza en algún seminario.

Rafo comprobó que «la selva humana de la juventud» era tan dispar que le resultó imposible hacer una clasificación de la riqueza de familias estudiantiles que tenía delante. Se adentró en la cafetería y se sentó a esperar que le sirvieran. Nada. No había camareros a la vista. Todos detrás de la barra. Para aparentar que tenía todo controlado encendió un cigarro, abrió la carpeta que llevaba bien agarrada y con un cerco del sudor de la mano, notoria manifestación de su nerviosismo.

Consumido el cigarro, se levantó y emprendió el camino hacia la barra para pedir un café con leche y un pincho de tortilla. Solicitó lo dicho con aparente tranquilidad, lo abonó y se lo llevó a la mesa para tomárselo con imaginada intimidad. Lo siguiente sería componer su horario de asignaturas y aulas. Tenía controlado el panel en el que se mostraba toda la información necesaria. Mientras se tomaba la tortilla, una joven se plantó delante de él y se presentó con una frescura y una desenvoltura rayanas en el descaro, sería el calificativo de su padre. Y tras una pausa, rematar con un «estas jóvenes de hoy en día se pierden, se pierden…».

―Soy Asun y te veo hecho un lío. Tu aspecto, perdona que te lo diga, es el de un imbécil perdido. Bueno, ¿me vas a decir que me siente o lo tengo que hacer yo?

Ante el bloqueo de Rafo, Asun se sentó enfrente de él tras dejar su bolso y carpetas en una silla del otro lateral de la mesa. Todo ello para poder observarlo con un rigor que le excitaba sobremanera… ¿A los dos?

―Joder, tío, ¿me vas a decir tu nombre o tengo que ir a la cárcel de Carabanchel a pedir información sobre ti?

Asun se rio de su propia ocurrencia mientras la cara de Rafo era un poema. En su familia Carabanchel era sinónimo de revolucionarios, maquis y conspiradores contra un régimen que estaba en absoluta demolición. O eso creían los más optimistas.

―Soy Rafo. La boca pastosa como un saco de harina mojada y sintiendo en esos instantes que la tenía llena de trocitos de tortilla que era incapaz de tragar. El semáforo rojo de la timidez había frenado repentinamente la ingesta. Dudó, balbuceó y logró ingerir el resto de la comida. Bebió el café derramando un hilillo que se prolongaba por la barbilla con aires de grotesca exhibición de que no controlaba la situación.

―Tranquilo, tranquilo, que yo voy a comprar una ficha para llamar a mi madre y decirle que llegaré tarde a cenar, si llego.

Rafo no salía de su asombro. Él siempre era el que daba el primer paso, después de dos o tres cañas. Nunca la chica. ¿Porcentaje de éxitos? Decía, con una mueca en la boca, que «no mal», como respondía un tío suyo cuando le preguntaban por su salud.

Deslizó hacia la derecha de la mesa la taza vacía y se dispuso a recordar las asignaturas que tenía en ese primer curso. Pero se encontraba aturdido con la «incursión beligerante» de Asun.

―A ver, cuéntame qué haces aquí. Pareces salido de una urna en la que has estado metido toda tu vida.

Lo de la urna le fastidió mucho porque también se lo había dicho alguna conocida con la que él había intentado ligar.

―Chico, respira, sé natural, deja para otras ese sombrío gesto… Esto se lo habían dicho en varias ocasiones. Hasta una vez, en El Narizotas, le dijeron que estaba más envarado que César, un compañero de COU que llevaba, por culpa de un desvío de la columna, un corsé ortopédico que le aprisionaba todo el tronco.

Rafo no hablaba. Estaba avergonzado de su comportamiento infantil. Intentó proseguir la conversación, más había entrado en un serpentín de silencios que lo mantenían bloqueado y sin palabras. Faltaban sus amigos, el primero también primo, Jorge y Víctor, los dos puntales que rompían su mutismo con algún chascarrillo descarado y con sus diestras «buscarrespuestas».

―Recoge tus cosas, que nos vamos a tomar un vino a la Cava baja. Ante la estatua que tenía delante, le soltó un tío, espabila, que nos van a dar las doce de la noche en esta «acogedora» cafetería y son las doce del mediodía.

Salieron tranquilamente, enfilaron la calle Bailén, posteriormente la calle de Don Pedro y allí entraron en el primer local que vieron abierto. Sortearon a los clientes que enfilaban la barra discutiendo acaloradamente de política y lograron ocupar una mesa que estaba en una esquina del viejo bar. Pidió Asun una botella de vino con dos vasos y unas patatas fritas.

Rafo comenzó con un discurso que tenía muy sobado, pero que era como una carta de presentación cuando no le salía nada o en su mente bullía aquel manido «¿estudias o trabajas?»

―Nunca he sido un buen estudiante. Nunca. Tampoco malísimo como dice una prima mía. Tampoco. La apatía en el estudio, la falta de interés por nada y un comportamiento timorato y hablador, según mis profesores, me han convertido, hasta la actualidad, en un tío perdido en los estudios. Mi padre, esperando una reacción que todavía no ha llegado, me cambió de colegio en varias ocasiones. Pequeños fracasos de un hijo que no sabe lo que quiere ni en el día de hoy.

―A mí lo que me gusta es leer. Leer. Silencio largo. A Asun le había dado por observar y no hablar.

―No sé si habrás leído El Buscón de Quevedo. Termina la primera parte del libro así: Y fueme peor, como vuesa merced verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres. Esto lo llevo grabado en el frontis de mi vida.

―¿Y te sabes de memoria esa cita? No te entiendo. Si eres capaz de memorizar a Quevedo… ¿cómo no tienes narices de estudiar su vida y su obra? Por ejemplo. Eres un tipo muy curioso. ¿Eres un gamberro?

―No. Gamberro nunca. Lo que te he dicho antes. Creo que soy buena gente, aunque esto lo tienen que decir los que me conocen. Me sentí ridículo cuando Ana, una compañera de COU, en un desayuno en Dickens soltó que tenía clarísimo lo que quería estudiar y ser en el futuro: abogada. Yo la veía tan decidida que me dejaba siempre muy jodido. Yo no sabía qué hacer. Y eso alimentaba que mostrara un nulo interés por todo.

―No busques disculpas. Mal estudiante y punto.

A Rafo le sentó fatal que dijera eso, aunque lo hiciera sin intención de ridiculizarlo.  Le recordó a su querida prima cuando en medio de una reunión soltó aquello de «malísimo». Esto ocurrió hace unos años. Sí. Pero aún le duele porque notó un tono fiscalizador muy desafortunado.

Él nunca se consideró un mal estudiante. Como cualquier adolescente, culpaba de todo a los profesores, algunos con infinita razón, pues no tenían, con alumnos como él, ninguna mano izquierda.  Otros, los menos, como Don Luis, director del Calderón de la Barca, que se volcó en ayudarlo para que saliera adelante. Quizá la vocación de boxeador en su juventud le configuró como un experto en situaciones difíciles.

(Como narrador de la vida de Rafo, quiero que sepan ustedes que sí cambió de hábitos y costumbres, aunque no mudó de sitio. La imagen de Rafo, en la actualidad, después de 37 exitosos años de profesor en el mismo centro, es la de un hombre satisfecho y querido por su alumnado. Me permito copiar las palabras de una madre tras tener a su hijo como alumno. Si se entera que lo hago, me mata; pero los narradores somos así. La carta dice: Muchísimas gracias por tantas veces que te has interesado por nosotros, por tus consejos y por tus ánimos. Ha sido un placer volver a coincidir contigo un curso más. Se agradece enormemente cuando das con personas que sienten verdadera vocación por su profesión, más aún cuando se trata de los hijos. Espero que con C. volvamos a coincidir porque has sido un bonito regalo para ella. Mi más sentido respeto hacia tu manera de enseñar y ayudar a tus alumnos. De llevar sombrero me lo quitaría. O bien esta otra: ¡¡¡Hola, José María!!! Soy A. A. No sé si te acuerdas de mí. Fuiste mi tutor en 1° de BTO hace 9 años. Te escribo para decirte que ayer elegí plaza para hacer la residencia de Psiquiatría en el hospital Puerta de Hierro de Madrid. Lo que siempre había querido. Hay que dar las gracias a las personas que te han ayudado durante el camino para conseguir lo que quieres. Y tú fuiste una de ellas. Cuando en el colegio todos los profesores me decían que pensara en hacer otra carrera, o en irme a una universidad privada, porque no todo el mundo podía hacer medicina, tú fuiste casi el único que confió en que podía conseguirlo. Te estaré agradecida siempre. Te deseo lo mejor en la vida. Te lo mereces. Un abrazo enorme.

Esta es una pequeña muestra de todas las que ha recibido a lo largo de su dilatada experiencia y que guarda como oro en paño. El primero, una excelente persona con dificultades académicas; el segundo, una alumna con una carrera siempre exitosa. Repito, si se entera me mata).

Después de unos ridículos chupitos de vino ―no era lo suyo―, Asun le puso la mano sobre la suya y la acarició con extrema suavidad. A Rafo le gustó y de golpe le vinieron a la memoria inolvidables escenas que vivió con Marisa. Asun sintió un leve movimiento de la mano que interpretó como repudio y no como un síntoma de aceptación. La realidad era que tenía la mano sudada.

―No me rechaces. Tú me gustas, seas quien seas. Me trae sin cuidado. Lo que quiero saber es tu respuesta en caso de que empecemos a salir. No quiero imberbes y antojadizos. Y tengo la sensación de que tú eres las dos cosas. Por lo que me has contado de Marisa, me das un miedo hatroz. Quiero salir contigo, pero no quiero que nadie se ría de mí.

No supo qué decir. Dejó que Asun se sentara a su lado y lo besara en los labios. Él no lo rechazó en absoluto y le correspondió debidamente al segundo beso que le dio.

―Vaya, joder, vaya. Si eres un saco de sorpresas. Para ese aspecto de ingenuo adolescente que tienes besas muy bien.

Al cabo de unos minutos se levantaron, pagaron en la barra y salieron a la calle. En la puerta del bar se miraron durante unos segundos. El gesto de Asun no le dijo nada bueno porque daba a entender que no le había gustado lo que había leído en los ojos de Rafo. Se vieron en tres ocasiones más, intensificando la relación, y en la última acordaron una cena en un lugar típico del Madrid bohemio.

―De acuerdo, nos vemos el sábado.

Cada uno enfiló calles diferentes, pues sus destinos familiares eran distintos.

Rafo pasó unos días anclado en lo que había vivido. No sabía qué hacer. Su breve historial de plantones, propios y ajenos, lo llevaban a un laberinto con más difícil salida que el de Creta.

El sábado salió una hora antes de lo acordado. Le gustaba patear un poco Madrid en solitario para dejar que la imaginación volara y le pintara un futuro inmediato que lo alejara de los malos augurios que alimentaban sus miedos y temores.

Rafo volvió a mirar el reloj y se percató de que lo lógico era aceptar un nuevo plantón. Había perdido toda esperanza de verla, aunque un hilo de ilusión subyacía en su memoria. ¿O era un espejismo? Antes de conocerla, en soledad, se crecía ante el mundo; ahora, en soledad, sin ella, era un rastrojo de crepúsculos opacos.

Perdió la cuenta de las veces que miró el reloj. El camarero que le sirvió la copa hizo un particular gesto como queriendo descifrar las cavilaciones que plasmaba en una hoja que veía emborronada y llena de frases. Se sintió mínimamente importante por su celo en saber lo que estaba escribiendo. O eso creyó.

Por lo menos alguien se fija en mí, pensó fiel a su desaliño emocional.

Dos sentimientos se entremezclaban en su interior: el abatimiento, porque la ausencia de Asun llenaba de ebria locura su vacío existencial; y la nostalgia porque el breve pasado que vivieron nunca regresaría por mucho empeño que pusiera.

A Rafo le corroía la posibilidad de que su espacio estuviera ocupado por otra persona, porque sabía que había jugado con ella a ser un niño grande otra vez. Ella, harta de sus incertidumbres y vacilaciones, le había respondido con un silencio punzante y acerado.

―Mira, tío, no entiendo que no puedas hablar por teléfono sin que te escuchen tus padres. Yo le digo a mi madre que me deje sola en el cuarto de estar y ya está. Me voy a una cabina telefónica cuando tengo verdadero interés en hablar con alguien. Tú eres un mierda. Te callas como un crío y eso me repatea. No te importo nada.

Ahora ya no había vuelta atrás, ahora no podía pedirle al sol que volviera a calentar el presagio de un otoño sombrío y glacial. No era capaz de descifrar su silencio. Aún así, seguía esperando, anclado en una utopía casi suicida, un gesto suyo que le hiciera revivir emocionalmente el páramo en el que se había convertido su vida.

Pero esa noche estaba más ausente que nunca. Rafo vivía el todo de la nada. Y le dolía el volumen de su ausencia como si llevara en sus entrañas un cilicio de desvanecimientos y universos falsos. No sabía cómo ni por qué, pero había vuelto a exhibir el polvoriento rosario de sus interminables disculpas. Tenía mil palabras para justificar su actitud, pero ella era evidente que no lo quería escuchar. Soñaba con una cena en la que él no se limitara a escribir en una servilleta su nombre y luego dejarla olvidada en la mesa o simplemente dejarla caer.

Lo que tenía escrito en una hoja era el borrador de un futuro texto poético en prosa. Dudó mucho en llevarlo o no. En entregárselo o no. Lo escribió en una noche de desvelo casi eremita.

Tu nombre enturbia mi sangre y lacera mi espíritu. Te prometo que el aturdimiento y la insensibilidad de aquel día, si te haces visible, los tornaré en un rayo fecundo de sinceridad y pasión. Te garantizo que nunca te volverás a sentir sola en mi compañía. Porque a solas, sin ti, he podido comprobar hoy que no soy nadie. ¡Con cuánto desacierto y torpeza masculina he actuado! Te sentía tan segura a mi lado que jamás vislumbré la posibilidad de que eligieras otro puerto. No te imaginaba viajando por el vastísimo enjambre de otras manos. Solo un día sin verte y mi vida zozobra, mi vida naufraga calamitosamente en un mar de canciones tétricas y siniestras. Si me vieras en estos instantes vociferando tu nombre por los rincones más recónditos de mi existencia, seguro que correrías a mi encuentro y me aceptarías otra cita. Pero eso ya no es posible. Te has perdido, no entre los sublimes y generosos, no, sino entre los que no niegan sus deseos. Tal vez por dicho motivo hoy no me has querido ver. O tal vez sí. No lo sé. Lo mismo ahora estás soñándome. Y yo no tengo fe suficiente para atisbar tal situación. Me han alertado tanto de que lo que vemos o nos parece ver en sueños, no es otra cosa que un sueño viviendo en otro sueño. Un sueño que me ha convertido para ti en un torrente de malentendidos y desconfianzas. Pero te sigo esperando. Porque amar, como decía Pessoa, es cansarse de estar solo. En las últimas letras de esta carta te adivino enganchada a otro perfil con la furia de un titán. Y yo, Quasimodo de los pies a la cabeza, te espero abierto de espíritu y enemistado con la humanidad.

(En un principio no quise incorporar en este capítulo este texto. Lo distorsiona y lo vuelve melifluo. Yo quería destacar una realidad social de Rafo: en el segundo lustro de la década de los setenta era un joven desnortado en todos los aspectos. Cuando estudió en el Calderón de la Barca percibió algunos sucesos y comentarios que le entreabrieron los ojos. Su padre, con un discurso perfectamente trillado por sus tiempos en las juventudes de Acción Católica, lo convenció de que esas «verdades» eran la voz de una minoría de ingratos rebeldes que no se quisieron incorporar a la nueva España. Ahora, con la eclosión de la «democracia real, no la orgánica», lo que decía su familia, lo que veía en la universidad, lo que leía a escritores exiliados que regresaban, lo que editaba El País y El Alcázar, lo que escuchaba a algunos profesores, lo que veía en las manifestaciones, lo que susurraba un vecino de Santa María de la Cabeza comparado con una nueva vecina de Hermanos Miralles… Todo ello, asimilado sin orden ni concierto, llevaron a Rafo a unos años de convulsión ideológica que le ocasionó algunas discusiones con su primo Jorge).

Rafo seguía absorto en la relectura de su carta. Estaba tan abstraído, que no se percataba del grupo de amigos, habituales en el local, que iban por la segunda ronda de cañas, ni de la pareja de turistas que saboreaban una sangría con patatas bravas, ni los dos enamorados, más arreglados que el resto, y que se comían con la mirada, fase previa del intercambio salivar, ni de los que iban «de solanas a pescar pareja», ni de los dos camareros, uno agradable y algo curioso, y otro, gran coleccionista de desplantes y borderías.   El primer camarero, que no paraba de moverse entre los clientes para renovar las consumiciones que veía vacías, no quitaba el ojo de Rafo. Lo miraba con cierta pena, era consciente del plantón, y le sirvió una nueva copa a la par que se le trocaba el gesto de curiosidad en la más viva mueca de conmiseración. 

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SANTA MARÍA SALOMÉ

Desde hace siglos —qué digo siglos, desde que Compostela tiene nombre y piedra— ella vive entre nosotros. No como reliquia, ni como estatua fría, sino como vecina de toda la vida. De esas que no se mudan, que no envejecen, que conocen la ciudad como quien conoce el pulso de su propia piel.

Ella sabe de cada rincón, de cada sombra que se desliza por las calles como amante furtiva, de cada suspiro que se pierde entre los soportales como gemido entre lienzos. Es señora de las calles, sí, pero también matriarca, hechicera y hasta ama de cría. Firme como la piedra que sostiene la catedral, y tierna como pan recién salido del horno: aún caliente, aún dispuesto a consolar con un beso.

Los hombres la buscamos, unos sin saber por qué, otros por la fe que lleva en su interior. Lo hacemos como quien busca abrigo, o promesa, o leche caliente en una noche de tormenta. Y ella, sin decir palabra, acoge. Siempre acoge.

Con la piedra que canta, que vibra, que murmura con el fervor de una voz que no se escucha con los oídos, sino con el deseo. Porque esta mujer no es sólo gallega. Es guardiana de las almas perdidas como la mía.

De las que andan a la deriva sin saber qué buscan. De las que necesitan un cuerpo que abrace, una voz que encienda, una presencia que diga: «Aquí estoy, mi bien. Y no te dejo». 

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«ANDURIÑA» DE JUAN Y JUNIOR

«Anduriña» es una de las canciones más emblemáticas del dúo español Juan Pardo y Antonio Morales ‘Junior‘. Fue publicada en 1968 y está ambientada en la Galicia rural. La canción narra la historia de una muchacha llamada Anduriña que abandona su pueblo para buscar su propio destino, mientras sus familiares y vecinos esperan su regreso.

Según contó Juan Pardo, la inspiración surgió tras escuchar en un café gallego la historia de una joven que había escapado de su entorno familiar. A partir de ese relato creó la figura de Anduriña, cuyo nombre significa golondrina en gallego, un ave migratoria que simboliza la partida y el regreso.

La canción tuvo un enorme éxito y llegó a llamar la atención de Pablo Picasso, quien admiraba la obra y realizó un dibujo para la carátula del sencillo. Es uno de los episodios más curiosos de la historia del pop español de los años sesenta.

«Anduriña» me parece una canción muy especial porque, aunque cuenta una historia sencilla, transmite sentimientos universales: el deseo de libertad, la nostalgia por quienes se marchan y la esperanza de volver a encontrar a quienes amamos.

La letra nunca explica claramente qué ocurre con la protagonista, y precisamente ese misterio le da fuerza emocional. El abuelo que confía en que regresará representa la esperanza frente a la incertidumbre. Además, la melodía tiene un aire melancólico y elegante que encaja perfectamente con el paisaje gallego que evoca la canción.

Escuchada hoy, más de medio siglo después, sigue resultando actual porque muchas personas pueden identificarse con la experiencia de dejar su hogar para buscar nuevos horizontes. Por eso «Anduriña» continúa siendo considerada uno de los grandes clásicos del pop español.

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O PASADO

Mentres paseo, falo co pasado sen idealizalo. A saudade non me chama para volver atrás, senón para entender por que cenas lembranzas seguen vivas dentro de mm n cando fóra xa non existen. Hai paisaxes que persisten como un latexo teimudo. Esta terra —real e simbólica— é orixe e límite: sempre regreso a ela, aínda que sexa só co pensamento, aínda que sexa só para comprobar quen son cando deixo caer todas as máscaras. Detéñome. Escoito. O tempo perde forza cando deixo de obedecelo. Non creo na produtividade constante nin na obriga de resolver o que sinto. Camiñar é resistir: parar, mirar, aceptar que a soidade non é unha carencia senón un espazo fértil onde a miña voz pode falar sen interferencias. Aquí, entre carballos, a soidade acompáñame como unha presenza boa, atenta, case necesaria.

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CANDO CHOVE POR DENTRO

Hai lugares que nunca se abandonan de todo. Galicia é un deles. Coñecina hai moitos anos, cando a miña nai pariume no centro nostálxico de Compostela. Aínda que agora a distancia se impoña e o tempo faga o seu labor, permanece intacta na miña memoria, como unha chuvia miúda que non molla de inmediato, pero cala. Cando chove por dentro é un soño escrito desde esa humidade persistente: a da saudade, a dos recordos que regresan sen seren chamados. Este soño en prosa que estás a ler non describe Galicia: evócaa. Non procura a paisaxe postal, senón o territorio emocional onde esa presenza habita. A chuvia, os camiños, o arrecendo da terra, as casas antigas, as voces do pasado que aparecen como fragmentos dunha memoria afectiva que se resiste ao esquecemento. Aquí, lembrar non  é un exercicio nostálxico, senón unha forma de permanencia. O tempo desprégase neste soño de maneira circular. O meu pasado non está pechado; dialoga constantemente co meu presente. A infancia, os días lentos, os xestos herdados, as vivencias da tardoadolescencia, todo regresa cunha mestura de dozura e melancolía. «Somos o que lembramos», escribiu José Ángel Valente, e este texto semella confirmalo cada palabra. A prosa é contida, delicada, consciente de que o exceso pode romper o feitizo. Este soño achégase ao recordo con respecto, como quen entra nunha casa antiga sabendo que calquera ruído innecesario pode espertar pantasmas. E, con todo, non hai tristura estéril: hai gratitude. Porque o vivido, aínda que xa non estea, segue a soster o que somos. Cando chove por dentro é un soño para ler a modo, como se camiña baixo a chuvia sen présa, aceptando o ritmo que impón a memoria. Un texto que entende que a saudade non é só perda, senón tamén unha forma fonda de amor.

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VALENTÍA

Durante mucho tiempo pensé que la valentía era algo espectacular, un gesto rotundo, una frase perfecta pronunciada en el momento justo. Con los años entendí que a veces la valentía es mucho más sencilla. Es decir, te quiero antes de que el miedo invente una excusa. Es quedarse cuando todo dentro pide retirarse. Es aceptar que uno puede ser rechazado y aun así hablar. Yo tardé demasiado en aprender esa forma simple de valor. Siempre encontraba una razón para esperar un día más una señal más una seguridad imposible. Y mientras buscaba esa certeza absoluta el tiempo avanzaba sin pedir permiso. Cuando por fin comprendí que la valentía también puede ser torpe ya había dejado pasar muchas ocasiones. Aun así, entender tarde sigue siendo entender porque desde entonces cada palabra dicha a tiempo vale más que cien silencios elegantes que solo protegen el miedo antiguo que un día decide soltar.

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ESTOY PERDIDO

Estoy perdido. Me dicen que siga escribiendo, pero mi anhelo bucea por un océano repleto de pirámides y de lechos mortuorios. En uno de ellos leo que ha desparecido mi literatura, que la ha devorado un gran tiburón blanco que está recubriendo el fondo marino con poemas firmados por mí, un tal José María Máiz Togores.

Estoy perdido. Despierto del sueño y no me encuentro. Sigo perdido. No en un bosque de palabras, ni en una ciudad extranjera, ni en una despoblada aldea gallega, sino en el pasillo sin paredes donde mis palabras se desvanecen antes de tocar el papel. Me dicen los maledicentes, que son mayoría, que ya no soy capaz de asentarlas en un poema.

Estoy perdido. Escribo como quien lanza piedras al agua esperando que alguna flote. Imposible. Son tan densas que el volumen de agua que desplazan por su interior no pesa lo suficiente para contrarrestar mi propio peso, y por eso se hunden, por eso me hunden.

Esto es lo que te ocurre a ti cuando escribes, sentencia una meiga a la que he acudido menesteroso y angustiado. Cada línea pesa más que tu propia vida y sucumbes con una sonrisa en los labios que se ha bebido toda el agua del planeta.

Estoy perdido. No hay mapa, ni brújula, ni voz que me indique por dónde se llega a mí, por dónde empezar a escribir.  A veces, en sueños, creo que lo hago para encontrarme. Otras, para no desaparecer del todo.

Pero hay días en que la tinta se vuelve niebla, y cada frase es un eco que no me reconoce. Entonces, lloro porque me ha traicionado mi espacio, porque ya nadie me puede localizar.

Estoy perdido. Me pregunto si la causa de mi fracaso literario está en el acto mismo de no escribir. Me produce un placer a veces incalificable el simple acto de sostener una pluma sin usarla, porque es una manera de estar presente y disfrutar de un momento sin una exigencia literaria.

Estoy perdido porque en el temblor de la mano, en el suspiro que se cuela entre dos versos, en el intento de nombrar lo innombrable encuentro un paisaje desértico en el que habito desde hace un tiempo.

Estoy perdido. Quizás escribir no sea llegar, sino quedarse. Quedarse en el borde de la vida, en el umbral, en ese lugar donde el sentido aún no ha nacido, pero ya respira.

Estoy perdido, sí. Pero en esta pérdida hay una música que no cesa. Una melodía que me empuja a seguir escribiendo, aunque no sepa para quién, aunque no sepa por qué, aunque no sepa si alguna vez podré enlazar dos frases seguidas porque no sé si este hilo es mío, porque no sé si a ti te interesa lo que escribo. Sí. Estoy perdido. 

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CAPÍTULO XIII DE ‘HATROZ’.- CONQUISTA

Ser adulto es cosa valiosa, / pero es mayor perfección / hablar brillante y pausado / como si fuera un gran cicerón. (Rafo cuenta que escribió estos versos el día de su Primera Comunión bajo la sombra de un castaño en un pequeño cuaderno con candado que le regalaron sus tías de Ferrol. No tenía ni idea de los cuadernos Moleskine que eran los herederos del histórico cuaderno usado por Vincent Van Gogh, Pablo Picasso o Ernest Hemingway).

―Este rapaz ten que falar menos e traballar máis, decía Filoso mientras simultaneaba la lectura de un ejemplar de El Correo Gallego, único periódico, eso creía, que por entonces llegaba en el día de su edición a Bertamiráns, y la escucha de una anécdota que Rafo estaba intentando narrar con afectado tono policíaco. ¿Sentencia premonitoria de lo que posteriormente sería una frecuentísima adenda en sus notas? No lo sabemos. Tal vez. Lo cierto  es que el tío Filoso poseía tal sagaz zorrería que era capaz de intuir las futuras peculiaridades de Rafo.

Tras dar por terminada precipitadamente su incongruente historieta, nadie le prestó verdadera atención, se dispuso a jugar con plastilina mientras intentaba cantar una canción que les había escuchado a sus primos mayores. No era la primera vez que Rafo, entonces era Camay, intentaba entonar una melodía a la par que procuraba realizar con una brillante torpeza no sé qué rocambolesca figura. Se desesperaba y cerraba los ojos como cuando su padre, a la par que hacía un chasquido con la boca, leía una noticia que le contrariaba. Cuando apenas tenía conocimiento del mundo, le enfurecía que su desmaña para con   los trabajos manuales se manifestara con tanto escarnio y fulgor. Poco a poco, y con el paso del tiempo, se fue confirmando, ante la desesperación de sus mayores, que lo suyo no era la manipulación habilidosa de materiales ya fueran más o menos maleables. Nadie se explicaba, la ayuda de sus primos debió ser manifiesta, el periódico que lograron diseñar a los diez años los primos pequeños de la casa.

―Perseverancia, rapaz, perseverancia, comentaba otra voz adulta a sus espaldas. Todo en esta vida se puede conseguir con perseverancia.

A Rafo esas frases realmente le sonaban a chino. No las soportaba. Y si coincidía dicha reflexión adulta con la creación de los ojos del busto que estaba realizando le introducía los dedos hasta el cogote como cuévanos quevedescos.

Rafo, desde que había descubierto lo placentero que era platicar, no paraba  de hablar por los codos con quien tuviera a su alcance. Y si no, los buscaba desesperadamente para que lo escucharan. Era un sablista de la charleta. Y si no, solo. Ahí lo veían al pequeño Rafo manteniendo animadísimas charlas con los objetos más disparatados que uno se puede imaginar, desde el grifo de la bañera hasta el plato en el que descansaba  el bocadillo de la merienda. Ante esta locuacidad, unos se reían a carcajadas  escuchando algunas de sus incongruencias, otros se encolerizaban y se marchaban a un lugar más tranquilo, pues no les dejaba concentrarse en lo que en ese momento estaban haciendo. Su primo Jorge cogía el patinete que le había traído de Suiza su padre y subía hasta la puerta de la finca muy despacio para luego bajar a toda velocidad simulando perfectamente el ruido de una moto de carreras. Él, ante estas reacciones, se quedaba mirándolos unos segundos y salía después escopetado ―con lo que se podía correr a esa edad― en dirección a la bodega, donde, por la oscuridad y la humedad del lugar, pensaba que se gestarían las grandes aventuras ese verano.

En otros momentos del día, su primo Jorge y Rafo pasaban mucho tiempo sentados  en la arena de la era jugando a lo más dispar. Desde la conversión en auténticos héroes utilizando como arma de ataque las ramas desprendidas de algunos árboles o una  simple escoba ―con el consabido disgusto de las madres― hasta el aprisionamiento en pequeñas cárceles o jaulas de plástico de inofensivos escarabajos de la patata. Por entonces, estos animalitos les parecían peligrosísimos miuras que posteriormente serían toreados por los dos en un improvisado albero diseñado en la acera de una de las casas.    En aquellos años el género por excelencia de música de la fiesta taurina era el pasodoble Suspiros de España, que Jorge lo tarareaba con gran perfección como inicio de la posterior faena, otro de los rasgos de su primo que le despertaban una corrosiva envidia. El ritmo alegre y festivo de la canción conectaba con la tradición española y les impulsaba a los dos canijos a perfeccionar «la fiesta» elaborando con gran animación unas banderillas, con los colores de la bandera española, con alfileres sustraídos del alfiletero del costurero de la madre de Rafo.

Aunque los protagonistas más frecuentes de sus juegos eran los paracaidistas, los indios y los vaqueros. Lanzaban desde la ventana de una habitación del piso superior un muñeco de plástico que llevaba enrollado un paracaídas; y que gracias al débil impulso ejercido por su parte subía escasamente para luego descender mientras se abría espectacularmente el paracaídas. Bueno, no siempre ocurría así. Entonces el tortazo era de época y nosotros lo celebrábamos como la llegada del hombre a la luna. Con los indios  y los vaqueros siempre había pelea. Los dos queríamos ser vaqueros, pues era evidente que los indios eran siempre derrotados por un habilísimo cowboy, que era capaz de disparar hasta de espaldas. ¿Y por qué le tocaba a Rafo en casi todas las ocasiones ser indio? ¿Incipiente complace? Buena pregunta.

A su corta edad, y por consiguiente aún muy limitada su formación, ya empezaba a sentir admiración por algunos de sus mayores. En cada uno de ellos, desde su pacata perspectiva, se iba perfilando una peculiaridad que le hacía que la fascinación agrandara el afecto que ya iba sintiendo por cada uno de ellos. Rafo pensaba que podía levantar alguna ampolla. Ese miedo pavoroso al qué dirán lo atenazaba ya de pequeño. Es la visión de un niño de muy poquitos años. De su tía María Rosa, la abnegación familiar; de su padre, la entrega y el altruismo; de su tío José Luis, la inteligencia y la naturalidad; de su tío Filoso, la fabulación literaria y personal; de su abuelo Luis, el conocimiento y la bonhomía; de su madre, la bondad y el tormento; de su tía Elena, el carácter y la decisión; de su madrina Cuca, la elegancia y la historia; de su tío Luis, la constancia en el aprendizaje; de su tía Maruja, el estudio y la sociabilidad…

Yo, como narrador de esta historia, creo que ya es suficiente. No quiero que el lector se pregunte: ¿Y tan pequeño era capaz de ver todas estas cualidades? Hombre, es cierto que resulta muy difícil deslindar ciertas cualidades en espaciados periodos temporales, y sobre todo siendo tan menudo, las singularidades de las personas. Después de hablar con él, se reafirma en lo dicho.

Como ya contaré más adelante, un grupo aparte lo merecen sus dos primos mayores. Bueno, no quiero adelantemos nada más. Ya lo hice homeopáticamente en un capítulo anterior. Ya tocará.

En este tejer y destejer de las tardes de verano, y cuando la sombra le ganaba el pulso al sol, las conversaciones de los mayores invadían con parsimonia levítica la acera de la llamada «casa vieja», por ser la más antigua. La perfecta orientación de la misma favorecía que los atardeceres fueran interminables y hubiera a sus pies un calmoso y constante trasiego humano. Algunos familiares iban ocupando las sillas que estaban libres, otros se levantaban para iniciar una diferente tarea en otro apartado rincón de la casa, pues el bullicio y la algarabía en ocasiones se hacían insoportables. Las fieles a la cita eran las mujeres, que no les quitaban el ojo de encima, pues según su criterio, si los dejaban ceibes (libres, en gallego) eran capaces de provocar un cataclismo.

―Como te vuelvas a mojar, te pongo a hacer pis como las mujeres. Esta lapidaria amenaza ―hoy, insignificante; pero por entonces tan terrorífica como una burla hiriente de tu mejor amigo en la adolescencia delante de la chica que te gusta― rondó por la cabeza de Rafo semanas. Tal vez meses. Estaba en esa etapa del crecimiento en la que se empezaban a mirar con extrañeza inusitada a los niños que aún llevaban pañales.

―¿Todavía no le quitaste los pañales a tu hijo? (Este uso verbal de tiempos simples es propio de los gallegos). Pero si Lolita los dejó antes.

―Ya ves… Tengo miedo a que…Y en esas disquisiciones se eternizaban la madre de Rafo y sus hermanas, sentadas todas ellas delante de un velador de piedra, a la sombra, y cada una de ellas enredadas en su labor manual preferida: el punto, los bordados, el ganchillo… O la lectura.

―Lo que tienes que hacer es amenazarlo ―ya sabes, con cariño― con la frase que te decía antes. Es como mano de santo.

Rafo nunca pensó que su madre fuera a llevar a la práctica tal conminación, pero hoy todavía habita en él la duda de saber qué hubiera hecho sin la amenaza. Espabiló como el día que le pusieron la primera vacuna. O ya o el sufrimiento eterno. Pues ya. Lo cierto es que ese mismo verano empezó a olvidarse de los pañales. Es cierto que más de un día hubo «alguna sorpresita», pero unas veces el astuto de su primo mayor y otras su querida Carmen se encargaban ―según sus palabras posteriores― de disimular semejante «desfeita» (desastre, en gallego).

Y así procesionó sin pañales el día de La Peregrina. Todos los mayores estaban encantados con su decisión de incorporarse con «ropa de adulto» a la comitiva religiosa.

―Se está haciendo mayor.

―¡Qué buen rapaz es!

Todos veían en Rafo una propensión hacia los hábitos eclesiásticos, cuando en realidad lo único que ocurría es que, habiendo abandonado ya la «ropa de bebé», se sentía como un adulto más. Concentrado, recto como un carballo (roble, en gallego) y perfectamente sincronizado con las dos filas que conformaban el desfile caminó portando una vela que cada dos por tres se apagaba. Él se sabía el centro de las miradas y ante tal situación su pequeño cuerpo se estiraba aún más hasta alcanzar las proporciones de un legionario en plena parada militar.

Aquel día recibió mil felicitaciones. Todas ellas acogidas con cierto orgullo disimulado, pues ya entonces su carácter se iba configurando de modo paulatino. La mayoría destacó su emotividad gestual; algunos, su elegancia imperturbable y los menos hablaron de cierta agonía sensitiva. Su madre presumía de un perfecto y rectilíneo flequillo.

Nadie cayó en la cuenta de que su verdadera razón, y por la que fui mentalizado noblemente por su tío Filoso, fue la exquisita promesa, si se portaba bien, de ser recompensado con dos helados de la todavía marca Camay escogidos por él libremente. 

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JUBILACIÓN DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (O EL ARTE DE RETIRARME A MIS APOSENTOS CON ESTILO) (30/6/2025)

Hoy queremos recordar a quien fue mucho más que un profesor: fue guía, fue ejemplo, fue una presencia serena y firme en los pasillos de la enseñanza media. Decían de él que era buena persona, y quienes lo conocían sabían que no era solo una fórmula amable, sino una verdad profunda. Buena persona, sí: porque escuchaba, porque respetaba, porque nunca perdió la paciencia ni la humanidad, ni siquiera en los días difíciles.
Decían también que era buen profesor. Y eso, en su caso, significaba mucho más que saber explicar sintagmas o comentar poemas. Significaba despertar curiosidades, abrir puertas, hacer que los libros hablaran y que la lengua se volviera hogar. Tenía el don de hacer pensar, de hacer sentir, de lograr que cada alumno se sintiera capaz de escribir su propia historia.
No buscaba protagonismo, ni medallas, ni reconocimientos. Pero hoy, en este momento, queremos darle lo que merece: un recuerdo agradecido, una palabra que perdure, un silencio que lo abrace. Porque fue maestro, y porque fue humano. Y eso, en el fondo, es lo más alto que se puede ser. (Palabras de un exalumno de hace tiempo)

Te adjunto el vídeo con imágenes que proyectaron el otro día (30-6-2025) en el colegio Jesús-María de la calle Juan Bravo 13, cuando celebramos mi jubilación después de 37 años en la enseñanza. La música fue elegida por mí y no podía ser otra canción que Pero a tu lado de Enrique Urquijo y Los Secretos. El autor del montaje es Pedro de Goyeneche. Muchísimas gracias por seguirme. No me cansaré de repetirlo.

Aunque comienza una nueva etapa en mi vida, ya extraño las miradas curiosas de mis alumnos, las conversaciones compartidas con mis compañeros y la calidez del día a día en el colegio. Me llevo recuerdos imborrables y un profundo cariño de cada uno de vosotros.

Como me dijo un alumno: se jubila, profe, no… Con usted se va la última esperanza de que yo entienda las oraciones subordinadas. Ja.

Me jubilo, sí… pero no me despido del todo. Ya echo de menos a mis alumnos (incluso a los que no paraban de hablar) y a mis compañeros (especialmente en el café de primera hora, en el del recreo y las confidencias de los pasillos). ¡¡¡No sé cómo voy a sobrevivir sin reuniones interminables, fotocopias de última hora y evaluaciones llenas de bombones, churros y bollos ¡Los voy a extrañar más de lo que os imagináis!

Hace ya unos días, a eso de las doce de la noche, disfrutaba tomando una copa en una de las múltiples terrazas que hay en la calle Juan Bravo. En mis manos, un libro sobre la reconstrucción personal; en la mente, un recuerdo muy cercano en el tiempo: mi jubilación. Soy hombre que no sabe elegir caminos rectilíneos, no. Suelo escoger caminos tortuosos y llenos de obstáculos que me sumergen en una ciénaga de arrepentimientos que dañan mis francas decisiones. Arrepentirse es parte de nuestro crecimiento, incluso a mi edad, pero no debe invalidar nunca lo que decidimos con plena convicción. Cada elección nos forma, incluso si me convirtiese en la decimoctava víctima del caníbal de Milwaukee, asesino conocido por la crueldad de sus homicidios. ¡Vaya digresión te has marcado, José María!

Ofuscado en la lectura de un párrafo que no entendía, no me di cuenta de que estaban delante de mí los padres de una antigua alumna del colegio. Pidieron permiso para sentarse. Dado de sumo agrado, mantuvimos una gratísima conversación sobre la decisión de jubilarse a la edad correspondiente o de proseguir, en mi caso, con la condición de profesor en activo. Me pidieron que siguiera, pero me reafirmé en la decisión tomada.

Suscritos a mi blog, me pidieron que volviera a colgar el texto que escribí para comunicar mi determinación porque no lo encontraban. Sabemos de tu condición de bloguicida, pero la aceptamos con suma estima y cordialidad, me dijeron cuando se despidieron.  Allí entenderéis la opción tomada por mí. Y en ello estoy.

Después de 37 años de dedicación a la enseñanza, llega un momento en el que el cuerpo y la mente necesitan un descanso. Lejos queda aquel 15 de agosto de 1958 cuando, en un día lluvioso, llegué a este mundo en mi querida Santiago de Compostela. Este final del camino educativo, donde cada paso deja una cicatriz y una enseñanza, lo alcanzo pleno de satisfacción y con el gozo de la labor realizada. Optar por la jubilación, sabiendo que con la legislación actual podría seguir, es una decisión tomada por diferentes razones, pero muy meditada. Soy un hombre de impulsos, pero en esta ocasión lo he meditado con muchísima tranquilidad. ¿Me estoy equivocando? Como dice Fito en una canción: me equivocaría otra vez.

No consigo localizar el origen concreto del cansancio mental que he experimentado este curso, con creces el más difícil para mí. Dar clase este curso ha sido como remar contra corriente en un mar de altas expectativas, donde cada evaluación ha sido una tormenta y cada alumno, una posible vía de agua en el barco que tiene un mismo destino para todos los alumnos: alcanzar la mejor nota posible en junio. El esfuerzo constante que me autoimpongo para atender las necesidades emocionales ―son adolescentes desbocados, al fin y al cabo―, académicas ―pelea constante por obtener las mejores notas siempre― de los estudiantes, las recidivantes correcciones y la carga administrativa ―de la que hablaré otro día― han socavado mi autoestima y alterado seriamente mi equilibrio emocional. Este agotamiento, muchas veces invisible, me demanda espacios de cuidado y atención personales. Como bien me dice mi alter ego: has caído, José María, en un abotargamiento inquietante.

Otra razón por la que he decidido mi jubilación este curso es que mi hermana me necesita. No es dramatismo. Es realidad. Mayor que yo, vivimos juntos porque hemos logrado, con el esfuerzo de los dos, una gran estabilidad fraternal. La vida ha sido muy cruel con ella y las situaciones personales que ha sufrido, en muchas ocasiones sin previo aviso y de una dureza bárbara, requieren que esté más presente, ya sea para cuidar de ella o simplemente para acompañarla. Las alternativas, altamente onerosas para los dos, eran inasumibles en el tiempo. Siento que ahora es el momento de estar con ella.

Y la tercera razón, la lectura y la escritura. Preciso volver a leer con la calma y la libertad que un hombre de casi 67 años precisa. El 15 de agosto caen 67 cual saco de promesas a la espalda y los quiero cumplir libre de condicionamientos educativos. Tengo un blog, en el que voy colgando textos de todo tipo: anécdotas, narraciones, pensamientos, textos surrealistas, capítulos de Hatroz…

Este blog es www.recuncar.com. Creías que te ibas a librar: ¡¡¡suscribe a tu gente, venga, anímate!!! Hay otro que está «en pañales». Me quiero dedicar a él para seguir colgando textos y evitar, el viento no se puede atrapar, y una aguja hecha de humo es intangible, la pérdida de textos y de lectores. Defender mis blogs es defender mi derecho a ser escuchado en un mundo saturado de ruido. Mantener dos blogs es un acto de constancia, creatividad y evolución. Luchar por ellos es también luchar por mi desarrollo personal, ya que cada entrada me enseña algo nuevo, sobre mí y sobre los demás. Estoy convencido de que si me leyera el que no me conoce se suscribiría.

―Ya está bien de hablar de ti, José María. No sabes generalizar y necesitas siempre ser el perejil de todas las salsas.

Mi alter ego me tiene la paciencia agotada.

―Pues te vas a fastidiar porque voy a seguir. Hoy, con más razón que nunca, es obligatorio reflexionar sobres las razones que me llevan a tomar una decisión tan importante en mi vida laboral.

El viernes 12 de junio celebramos la finalización del curso de 1º de bto. Reunidos en el salón rojo del colegio la dirección pedagógica, los tutores, algunos profesores y todos los alumnos de este curso, compartimos un acto muy entrañable, en el cual entregamos los premios a unos pocos, siendo todos merecedores de ellos. Comenzó el acto con unas palabras muy afectuosas de la directora pedagógica dirigidas a los alumnos. La ceremonia fluía tranquila cuando Rían mencionó mi retirada después de una larga trayectoria en el colegio y, con la naturalidad del afecto que guardaban en su interior, todos los presentes prorrumpieron en un cálido y prolongado aplauso que me puso el vello de punta. 

Quiero tomarme este momento para agradecer, desde lo más profundo de mi corazón, el aplauso tan generoso y emotivo que me brindasteis. No sabéis cuánto significó para mí ese gesto. Fue mucho más que un simple aplauso, fue un abrazo colectivo, una despedida sincera, una muestra de aprecio que guardaré siempre conmigo.

Despedirse nunca es fácil, sobre todo cuando uno se marcha de un lugar donde ha vivido tanto, ha aprendido tanto y ha compartido tanto. Vuestro aplauso me recordó el porqué elegí esta profesión: por la posibilidad de acompañar a personas como vosotros en un tramo de su camino, de contribuir ―aunque sea un poco― a vuestro crecimiento y a vuestra forma de mirar el mundo. Y me acordé de García Márquez cuando dijo: «no llores porque terminó, sonríe porque sucedió».

Cada clase, cada conversación en los pasillos, cada sonrisa en un lugar inesperado del colegio, incluso cada reto ―la maldita sintaxis―, ha sido parte de una experiencia que me ha enriquecido profundamente. Vosotros no solo habéis sido alumnos, habéis sido también maestros, porque me habéis enseñado a ser mejor profesor, a ser más paciente, más creativo, más humano y menos gruñón.

Me voy con la tranquilidad de haber dado lo mejor de mí, pero también con la emoción de llevarme tanto afecto. Ese aplauso fue un regalo inmenso que me acompañará allá donde vaya y que permanecerá grabado en mi memoria como uno de los momentos más hermosos de mi vida profesional.

Gracias por vuestra generosidad, por vuestra energía, por vuestra confianza. Y, sobre todo, gracias por permitirme formar parte de vuestra historia. Yo soy un pequeñísimo engranaje en vuestra educación, porque vosotros realizaréis con ilusión, curiosidad, compañerismo, esfuerzo y compromiso un segundo de bachillerato que cerrará, estoy seguro de que con éxito pleno, vuestra etapa educativa en el colegio. Creed en vosotros, apoyad a los demás, y no dejéis nunca de aprender.

Escuchad estas cuatro canciones que seguro, o quizá, las conocéis:

1.- Melocos.- Cuando me vaya. Con Natalia Jiménez. Del año 2007. Puso los pelos de punto a la promoción que salió ese año del colegio cuando la escucharon en la despedida.

https://www.youtube.com/watch?v=TjK8m4XhcOs&list=LL&index=40

2.- Miley Cyrus.- I’ll always remember you. La canción destaca la importancia de recordar los buenos momentos y las amistades que se han formado a lo largo del camino, a pesar de los cambios y las despedidas. La promoción de 2011, creo, la disfrutó en el acto de despedida del colegio.

https://www.youtube.com/watch?v=f-Vqn4TGngI&list=LL&index=203

3.- Los Secretos.- Pero a tu lado. De 1995. Canción emblemática para mí desde que la oí por primera vez en ese año. Quiero que os quedéis todos con el espíritu de la letra. Proyectada en mi despedida del colegio en junio del 2025.

https://www.youtube.com/watch?v=K5PoEObhv_Y&list=RDK5PoEObhv_Y&start_radio=1

4.- Carlos Núñez y The Chieftains.- Alborada de Veiga y Muiñeira de Chantada. Versión del año 2004, cuando publicó un disco de colaboraciones. Son dos canciones simbólicas para los gallegos. Especialmente la segunda. Hay que destacar el ritmo que impone en estas versiones.

https://www.youtube.com/watch?v=uJ1ynTMUj0c&list=LL&index=356

Y termino con unas palabras que no son mías, pero que las hago como tal: A veces no nos damos cuenta del valor de un momento hasta que se convierte en recuerdo. Mis correos personales son: maiztogores@gmail.com y jmmaiz@telefonica.net.

Por si quieres, ver el vídeo que me hicieron en el colegio, lo tienes a continuación:

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UNA PUESTA DE SOL EN A LANZADA

Llego a A Lanzada cuando la tarde empieza a rendirse. No tengo prisa. Nunca la tengo cuando vengo aquí. Hay lugares donde el reloj pierde toda su importancia y el tiempo vuelve a medirse como lo hacían nuestros abuelos: por la altura del sol, por el viento que cambia de dirección o por el color que va tomando el mar.

La arena todavía guarda el calor del día. Camino descalzo y siento cómo cada paso deja una huella que el agua se apresura a borrar. Me gusta pensar que el mar hace eso con todos nosotros. Nos deja creer que permanecemos, pero al final acaba llevándose nuestras pisadas para que otros puedan empezar las suyas.

Frente a mí, el océano parece infinito. No hay edificios que distraigan la mirada ni montañas que interrumpan el horizonte. Solo agua, cielo y ese rumor constante de las olas que nunca se cansan de llegar. Las escucho una detrás de otra, iguales y distintas al mismo tiempo, como las generaciones de una familia.

El sol comienza a bajar muy despacio. Primero se vuelve dorado. Después aparece un naranja encendido que tiñe las nubes como si alguien hubiera acercado una brasa al cielo. Más tarde llega un rojo sereno, casi antiguo, que convierte el mar en un espejo donde caben todos los recuerdos.

A mi alrededor hay más gente. Una pareja se sienta sobre una roca sin hablar. Un niño corre detrás de las gaviotas convencido de que alguna acabará esperándolo. Un hombre mayor contempla el horizonte con las manos en los bolsillos y una calma que solo se aprende después de muchos años. Nadie parece tener ganas de romper el silencio.

Me doy cuenta de que en Galicia sabemos callar delante de la belleza. No hace falta explicarla. Basta con compartirla.

El aire trae olor a sal, a algas y a esa humedad limpia que anuncia la llegada de la noche. Respiro hondo. Ese olor despierta una memoria que no sabía que seguía dentro de mí. Me veo de niño, con los pantalones remangados, construyendo castillos que la marea derribaba sin pedir permiso. Nunca me enfadaba. Sabía que al día siguiente volvería a empezar. Quizá sin darme cuenta ya estaba aprendiendo una de las lecciones más gallegas: aceptar que todo cambia sin dejar de quererlo.

El sol toca el horizonte. Durante unos segundos parece quedarse inmóvil, como si también él dudara antes de marcharse. Después desaparece despacio, sin estridencias, dejando una franja de luz que tarda en apagarse.

Nadie aplaude. Nadie levanta la voz. Solo se escucha el mar. Y ese silencio vale más que cualquier palabra.

Empieza a refrescar. Me abrazo a mí mismo sin pensar y sigo mirando el lugar donde hace un instante estaba el sol. Qué extraña costumbre tenemos los seres humanos de contemplar aquello que acaba de desaparecer.

Entonces comprendo que la morriña quizá sea eso.

Seguir mirando un horizonte donde ya no queda nada visible, pero donde uno sabe que permanecen todas las cosas que ha amado.

Cuando me marcho, el cielo ya es de un azul oscuro sembrado de las primeras estrellas. Camino despacio sobre la arena húmeda.

No siento que deje atrás una playa. Siento que dejo atrás un instante que volverá a esperarme, paciente, cada vez que necesite recordar quién soy.

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O ECO

Ela borrou as súas fotos, as súas mensaxes, os seus rastros. Eliminou cada pegada dixital como quen varre unha casa baleira. Pero non puido borrar o eco da súa voz, que aínda vivía nas paredes, nos recunchos onde adoitaba rir, nos silencios que agora pesaban máis ca calquera recordo. O esquecemento non sempre é total.

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MI ANSIEDAD

Vivo estrangulado por la ansiedad, como si el aire se negara a entrar del todo. Dentro de mí, el deseo se contradice: una parte se marcha con las manos vacías, la otra se queda aferrada a una fuerza aprendida a base de resistencia. Solo pido que cesen los punzones, esos nervios afilados que desde hace siglos se alojan en mi alma y atraviesan mis sentidos sin pedir permiso. Me recorren como una procesión errante de cuerpos sin abrigo, de camas abandonadas, de espacios donde ya no existe la palabra hogar. 

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CAPÍTULO XII DE ‘HATROZ’.- DESCONCIERTO

Rafo pecó de excesivo la noche anterior al desconcierto. Aquella noche se le turbó el entendimiento porque el dueño del pub que él frecuentaba por entonces en los aledaños de la Glorieta de Bilbao se empeñó en enseñarle los borradores de poemas que había escrito en su juventud. Era un conjunto (en gallego, feixe) de papeles amarillentos y llenos de manchas, que no de tachones y correcciones. Manifestó el mismo defecto que en su adolescencia: parco en palabras y rebosante de una buscada soledad. Se sentó de nuevo en su apartada mesa, colocó sobre la mesa el «poemario de San Miguel» y se dispuso a leer los versos horizontalmente para salir del paso lo antes posible. Sólo pudo comprobar que eran unos poemas soeces, sin ninguna sonoridad y un título absolutamente provocador. Tras unos minutos de atención, pudo conformar una opinión en nada ofensiva.

―Todo el mundo tiene plena libertad para escribir lo que quiera, pero si me pides mi opinión, te diré que les has dado muy pocas vueltas, están a medio hacer. Se ve que son superficiales y un tanto burdos porque la única temática que tienen es cómo conseguir una penetración lo antes posible.

A Miguel, el dueño del pub, se le quebró la sonrisa cuando escuchó las palabras de su admirado cliente. Podía haber tenido más tacto, coño, pensó. Luego entendió que Rafo obraba con sinceridad y que había logrado aparcar ese complace que desde la adolescencia le acompañaba.

―Hay versos logrados. Hay versos que sólo necesitan una pasada. Pero hay otros que son el esqueleto de algo futuro que puede llegar a tomar vida.

Rafo le dio un trago a la copa, sonrió a Miguel y remató diciéndole que insistiera en la forma, que era mejor insinuar que enseñar, y que podría alcanzar con esfuerzo y dedicación un aceptable nivel de calidad.

La compensación de Miguel, no tenía a mano otra, fue recargar muy generosamente la copa que estaba un tanto calentorra ya. Rafo tenía la vista nublada y la palabra torpe, tarda y poco diestra. Raro en él. Rafo se plantó y le dijo que eso no eran dos dedos horizontales, que eran verticales. Conocía perfectamente sus límites y antes de trastabillar por la calle, logró salir del Miguelón y coger un taxi con cierta rigidez muscular. Todo se solucionó cuando se vio entrando en su portal de Ferrer del Río. Una pareja intercambiaba fluidos bucales en la parte más oscura, donde era casi imposible verlos, pero se oía con claridad la resonancia, que no la vibración, de los besos. Eran como pequeños descorches de benjamines que sonaban cuando las bocas hacían un vacío en el ósculo y se «destapaban» cuando se separaban unos milímetros.

Y llegó el día del desconcierto. Se levantó el domingo un poco espeso. Se encontró a su hermana desayunando en la cocina e inmediatamente le pidió disculpas por haber hecho ruido. Estaba equivocada. Lo que realmente le despertó fue el zumbido que sus oídos habían percibido cuando se dio media vuelta en la cama, casi se cae por la estrechez de la misma, y empezó a sonar el Pousa pousa en su teléfono. Le dijo a su hermana que no lo había despertado ella, que había sido esa música gallega, que algunos calificaban de cargante, que ponía en su móvil para poderlo oír en la calle. Estaba muy harto de los bocinazos de sus amigos cuando le decían si era el profesor Tornasol, el anciano rey de los sordos o un Cuasimodo cualquiera. Le comentó que después de la ducha se iría a la cuesta de Moyano a ver libros, uno de sus mayores placeres.

―¿Para qué vas? Ya te digo. Las últimas diez o doce veces que has ido has vuelto con las manos vacías y con un cabreo monumental. Es cierto eso de que quien la busca la consigue, pero en ti se debe cumplir la excepción en toda regla. Pero, tranquilo, no seré yo quien te quite la ilusión.

Rafo callaba porque era incapaz de contradecir a su hermana cuando tenía más razón que un santo. Desayunó una magdalena de La Bella Easo con un café con leche bien cargado. Seguro que alguno de sus compañeros de trabajo le diría que era lamentable la mala alimentación que ingería a diario. A Rafo las reglas academicistas de la comida le parecían una ñoñez y se guiaba en todo momento por sus gustos y apetencias. De ahí ese generoso flotador que le cubría toda la cintura, por no hablar del colesterol. Cuando se miraba en el espejo, sonreía con una tristeza gélida, pero era incapaz de seguir un régimen o hacer ejercicio de un modo continuado. La última mujer que le vio el cinturón de grasa humana que le rodeaba la cintura se enamoró de ese complemento el primer día, hasta le hizo gracia, pero después de varios meses lo rechazaba con la misma contundencia que un perro rehúsa siempre una medicina, aunque vaya en el interior de una croqueta. A Rafo no le valían las croquetas.

Se duchó, se vistió, se acicaló con todo cuidado, se perfumó como siempre y echó un vistazo a su dormitorio por si se dejaba algo importante. Cogió el metro, dudó si tomar un taxi, y tras varios trasbordos ocasionados por su desconocimiento y su rechazo a consultar los paneles informativos, salió en la Estación de Atocha. Vio El Brillante, famoso bar con excelentes bocadillos de calamares y tortilla, y a poca distancia la discoteca Kapital, una de las que más reputación tenía, y no solo a nivel nacional, también internacional. Esta discoteca se encontraba en la calle Atocha en lo que, por los años 70 era el Cine San Carlos, cine muy visitado por Rafo en sus épocas de soledad cinematográfica. También locales vacíos.

Vio a lo lejos la decrépita Cuesta de Moyano. ¿Por qué decrépita? Porque en aquella época, 2021 ya iniciado, era un negocio ruinoso tener una librería, aunque fuera de segunda mano.

Rafo se fue acercando a la cuesta de Moyano con paso decidido, como si en alguna de sus casetas fuera a encontrar un incunable o ese libro que desde hace años no hallaba en ninguna librería. La última vez que lo intentó fue en una vieja librería de Barcelona donde le dijeron que estaba descatalogado por raro. Pensó en un principio que eso era una contradicción porque, por el hecho de ser raro, debería estar en las primeras páginas de cualquier catálogo de libros.

La cuesta de Moyano tenía un olor peculiar. Era una mezcla del humo que expelía el tubo de escape de los coches que la bordeaban, aunque la cuesta fuera peatonal, los múltiples aromas que invadían las librerías desde el hermosísimo Jardín Botánico y el olor a libro viejo. La celulosa y la lignina eran los responsables de este último. Un papel de buena calidad contenía menos lignina que el papel que se utilizaba para imprimir periódicos y revistas. Además de ese olor a libro viejo, también eran los responsables del color amarillento del papel. Algunos, por otros elementos que llevaban, decían que olían a almendra y a otras variadas flores.

Los potenciales compradores, observó que había mucho mirón y manoseador de libros, recorrían la calle de Claudio Moyano con parsimonia y con el corazón desbocado esperando encontrar ese ejemplar que los sacará de un ostracismo jubilar en nada parecido a la actual explosión de actividades y ofertas que hay para los jubilados.

El olor a libro viejo trastornaba a todo el que se acercaba a ese mítico espacio. Cuando aún era un postadolescente de medio pelo, le oyó decir a su profesora de Literatura Francesa que el olor del libro viejo era casi orgásmico. En esa ocasión, su compañero Luis y él se miraron con la misma sorpresa que ponía cuando recibía en casa una llamada de la calderoniana Maite.

Y Rafo no encontró nada interesante en las casetas. Otra vez su hermana tenía razón. Atisbado a pocos metros el parque del Retiro, una vez terminada la hilera de puestos de libros le sorprendió que, pegado a la verja del Jardín Botánico, se encontraba un hombre joven sentado ante una mesa portátil muy parecida al chiolo de las aldeas gallegas, donde unas mujeres mayores vendían rosquillas y otros placeres gastronómicos de las aldeas de la zona en los días de fiesta. El cartel situado a los pies de la mesa rezaba lo siguiente: Libros de poesía del autor a 5 euros. Rafo se acercó con muchísima curiosidad porque siempre le había atraído el mundo del verso y encontrarse de bruces con un poeta le aceleró el interés, nunca momentáneo. Lleno de vergüenza, uno de sus lastres más dañinos, se acercó a él y le preguntó por el contenido de los libros que vendía.

―Me llamo José María Máiz Togores y como las distribuidoras no quieren saber de los escritores noveles aquí me ve usted intentando vender mis libros por mi cuenta. Son libros de poesía que un excelente profesor de la Complutense calificó como soberbios. Quizá la pasión por Ya no es duda, lo prologó él, le llevó a calificar el todo de mi obra por esta parte de ella.

―Pero…, muy sorprendido Rafo por la respuesta, pero… ¿no le interesa a nadie la poesía? Yo, en mis ratos de libertad laboral, me siento a escribir versos un tanto deslavazados pensando en que un día me decida a darles una unidad y una calidad que ahora mismo no tienen.

―Pues dedíquese a otra cosa, amigo. En este país somos más los poetas que los lectores de poesía. Así de claro se lo digo. Escribir es llorar. Sólo una decena de escritores, que tienen gran calidad, han logrado encauzar sus obras en editoriales de prestigio y solventes. Los que pretendemos meter la cabeza en ese mundo sólo recibimos falsas promesas que nunca se ven cumplidas.

―Aquí tiene usted tres libros publicados. ¿Me permite ojearlos?

Antes de acabar la pregunta Rafo tenía en su mano un ejemplar de cada libro: Ya no es duda, De donde nace mi voz y Algunas tardes al borde de mí. Abrió el primero y se puso a leer algún poema de modo arbitrario. Estaba muy nervioso porque José María tenía sus ojos clavados en él y con el mismo pensamiento repetido a lo largo de la mañana: muy interesante, pero no puedo comprarlo.

Rafo se paró unos segundos en unos versos breves pero muy certeros a la hora de expresar lo que sufre una persona cuando siente cerca a la persona amada: Mientras mi necesidad de vida / se anega de crudas imágenes, / la sensación de tenerte cerca / destruye todas mis miserias. Se quedó pensando unos segundos y le vino a la memoria esa mujer que le obsesionaba convulsamente en los últimos meses.

―Quiero un ejemplar de cada uno.

La cara de sorpresa de José María dejó a la vista unos ojos marrones brillantes y expresivos. Rafo vio en ellos un halo de tristeza y un rastro dolorido de experiencias de vida poco afortunadas.

―Mire, ahora mismo no tengo dinero para los tres libros. Le podría pagar con tarjeta, pero usted no tendrá datáfono, como es normal. Voy inmediatamente a un cajero y saco el dinero necesario. Ya no uso metálico. Desde la pandemia sólo empleo tarjetas. ¿Le parece bien? José María asintió con la cabeza.

Bajó con paso decidido la cuesta de Moyano, cruzó varios semáforos y, después de recordar el banco en el que su padre tenía la cuenta corriente, localizó en el mismo local un banco diferente, pero con un cajero reluciente. Tuvo que esperar más de la cuenta porque tenía una numerosa cola. Impaciente y nervioso, miraba fijamente a una pobre señora que no se aclaraba con las múltiples opciones que ofrecía el cajero. Si yo sólo quiero actualizar mi cartilla, se le oía decir quejosa. Una pareja de policías que patrullaba a pie por la zona, después de ser reclamada por uno de los integrantes de la cola, se dirigió a la mujer y le indicó que eso lo tenía que hacer en el interior del banco. La acompañamos nosotros. Venga usted. A Rafo le vino a la memoria la canción de The Buggles Video killed the radio star. El resto pudo satisfacer sus necesidades monetarias con gran fluidez.

Rafo deshizo el camino de bajada, aunque en esta ocasión sustituyó la parsimonia por un andar raudo y veloz. Según se iba acercando al lugar donde había dejado a José María Máiz Togores, pudo comprobar que en esa esquina no había nadie. Se paró en el punto exacto del chiolo y, desconcertado, examinó cada baldosa meticulosamente. Nada. Hasta que al levantar un poco la vista vio colgada en la reja del Jardón Botánico una bolsa de plástico. Se acercó y vio su nombre escrito en ella. La cogió y observó su contenido. Allí estaban los tres libros de José María Máiz Togores. Echó una vista a su entorno y no lo vio. Abrió el primero y leyó con mucha calma la dedicatoria: Dice Simone de Beauvoir que escribir es un oficio que se aprende escribiendo. No ceje en su empeño. El éxito se palpa cuando uno siente que ha escrito el mismo libro que estaba en su génesis. Aunque sea sin lectores. Gracias por leerme.

Rafo se dio cuenta que escribir es un oficio miserable. Horas, días, semanas, meses para escribir un poemario de sesenta páginas y tener que regalarlo para que tenga al menos un lector. Junto a los tres libros, dentro de la bolsa, un papel firmado por él con unos versos con letra atolondrada. Después de leerlos, le vinieron a la memoria otros versos en prosa que escribió ante el silencio de una escritora que había recibido un libro suyo y que presumía de contestar a todos los noveles o desconocidos.

Escribí con la sangre que no supe llorar, verso a verso, como quien reza en ruinas, pero mis palabras convertidas en cenizas nadie las mira, nadie las quiere tocar. Fui jardín de tinta y semilla en el viento, soñé con mil lectores como frutos sin par, pero solo crece en mi interior el silencio y un estante repleto de versos en difunto carnaval. ¿Dónde están los ojos que debían leerme? ¿Dónde el temblor ajeno al sentir mi verdad? La poesía es fuego… pero aquí, en mi vida, una ardiente soledad, que lo único que quiere es morir sin sepelio ni funeral. No vendo un libro. No vendo un alma. ¿Será que en este mundo egoísta los gritos de mis versos son solo una sombra fantasmal?

Rafo se introdujo en el Retiro y advirtió un banco apartado y solitario. Abrió uno de los libros y leyó unos certeros versos que cierran esta historia: Entonces, juré, como un petrarca ante su laura, aprehender en mis manos, y en mi memoria, tus joviales huellas, y, sorbo a sorbo, en mis momentos de soledad, embriagarme con ellas. 

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UNA CALLE DE MADRID

Camino por una calle que no existe en este Madrid mojado. Es mi forma de pensar en ella sin romperme. Cada paso trae una pregunta que no sé contestar. La tristeza siempre llega primero, como una sombra que se adelanta. Es la tristeza de lo que no fue, de lo que callé, de lo que ya no tendrá lugar. Pero luego, sin avisar, aparece una alegría pequeña: imaginar su sonrisa, recordar un gesto que quizá inventé, una mirada que tal vez nunca ocurrió. Y esa chispa mínima, esa luz que dura un instante, me basta para seguir caminando. 

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A MIÑA TRISTEZA…

…por ter o corazón esgazado, por tantas soidades que me turran sen piedade, por esgotar a miña vida en amores non correspondidos, por determe a contar estrelas mentres soño con aquel verán inesquecible, por gardar na memoria os abrazos que xa non volven, por buscar a túa sombra en cada recuncho do camiño, por encher os petos de ilusións que o tempo foi baleirando, por vivir máis dos recordos ca das certezas, por seguir agardando o que quizais nunca chegue, por deixarme levar pola melancolía das tardes sen nome, por todo e por nada, por ti e por min, por aquilo que fomos e por aquilo que nunca chegamos a ser.

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LA SAUDADE

La añoranza y la saudade son el hilo que cosen todos mis sentimientos. La saudade, esa palabra nuestra que no necesita traducción, es la que mejor explica lo que me pasa: la presencia de una ausencia, el calor de un recuerdo que no se apaga, la herida dulce de algo que no volverá, pero que tampoco quiero olvidar. La playa de A Lanzada, con su terminable horizonte, es el escenario perfecto para esta mezcla de emociones que me acompañan desde hace tanto tiempo. 

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INCAPACIDAD PARA AMAR

Hay en mí una grieta que no se ve, una fisura silenciosa que impide que el amor se instale. No es desdén, ni miedo, ni olvido. Es otra cosa. Algo más hondo. Como si la ternura se me hubiera quedado a medio camino, como si el deseo supiera llegar, pero no quedarse.

He mirado a mujeres con admiración, con respeto, con deseo incluso. He sentido el temblor de la piel ajena rozando la mía, el vértigo de una mirada que se posa donde duele. Pero nunca he sabido amar. No como ellas merecen. No como yo quisiera.

Me falta algo. O me sobra. Tal vez es esta soledad que se ha vuelto costumbre, este silencio que me acompaña como un animal fiel. Tal vez es el miedo a romper lo que no sé cuidar, a herir con gestos torpes, a prometer lo que no sé cumplir.

He escrito versos que parecen amor, pero son espejos. He acariciado cuerpos que parecen ternura, pero son distancia. Y cada vez que una mujer se acerca, siento que algo en mí se repliega, se esconde, se protege. No por ella. Por mí. Porque no sé abrirme sin desbordarme.

No es que no quiera amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fuera un idioma que nunca aprendí del todo, una música que escucho, pero no sé interpretar. Y mientras tanto, ellas pasan, se quedan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos llenas de palabras y el corazón lleno de sombras.

Quizás algún día aprenda. Quizás no. Pero mientras tanto, escribo. Porque si no puedo amar con el cuerpo, al menos que el alma diga lo que calla. 

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AUSENCIA

Ausencia es ver como la oscura nieve golpea con blanca crueldad y saña, una vez finalizada, la ardiente caricia que extendiste por todo mi cuerpo. De esta manera verás cómo quedan nuestros cuerpos desnudos sobre un solitario lecho de ácido placer, y tu perfil, entre mil sombras acariciado, desaparece cubierto del sudor de nuestras almas. Entonces, mi cuerpo llora tu ausencia repleto de soledades.

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SOLEDAD EN LA PRAZA DO TOURAL

Estoy solo en la Praza do Toural, entre piedras que guardan secretos y pasos que ya no son míos. El reloj de la iglesia marca un tiempo que no avanza, como si todo Santiago se hubiera detenido para mirar cómo espero, sin suerte, por ella.

El viento baja por la rúa do Vilar y juega con las hojas caídas, mientras los balcones observan en silencio mi espera. Cada minuto es un lamento, cada sombra que pasa es un engaño, un reflejo de ella que nunca llega. La ciudad murmura, pero yo solo escucho el bullicio de la ausencia.

Las luces de los faroles dibujan en el suelo el perfil de mi soledad, y mis ojos, tercos, buscan entre la gente una mirada que ya no me pertenece. Ella prometió venir, y yo prometí creer. Ahora solo me queda esta plaza, esta noche, este frío que no es del cuerpo, sino del alma.

Santiago, sé testigo de mi espera, de mi herida quieta, de mi amor que se desvanece entre los arcos y los pasos ajenos.

Aquí estoy, como quien aguarda un milagro, como quien ama sin retorno, como quien escribe con el corazón abierto en un banco mojado de recuerdos. 

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CARLOS AZCÁRRAGA TOGORES

Quien puede olvidar de viejo / los tiempos de feliz chaval, / fumando de noche a escondidas, / sabiendo que eso estaba mal, / tirando la colilla, / mi madre que me pilla, / mi padre me castigará; / y mi primera trompa / sisando de la compra / y a casa sin poder cenar.

(Primera estrofa de la canción Quien puede olvidar de viejo del solista Carlos Azcárraga Togores. Este artista también era componente del grupo musical Mahía, que en los años setenta tuvieron varios éxitos como Carnaval, Carnaval; Meu cabalo e meu can, Non penses que vou y Todos me queren. Los otros integrantes del grupo eran Juan Azcárraga Togores y Álvaro Pita Da Veiga).

Los cuentos que publico en este libro, ilustrados por la habilidosa mano de Carlos Azcárraga Togores, fueron saliendo semanalmente en un jornal de Santiago de Compostela íntegramente en gallego: O Correo Galego, después rebautizado como Galicia-Hoxe. Por tal motivo, no puedo olvidarme de dos personas que me permitieron durante cinco años asomarme a esa ventana de papel con absoluta libertad: Charo Barba y Miguel Seoane. Por causas ajenas, los traduje al castellano y los retoqué mínimamente, pero sin perder su intención original. Para finalizar, decirte que en estos relatos se mezclan libremente la tradición familiar, las lecturas complementarias y algo de imaginación.

Cuando decido echarles un vistazo a esos años de la infancia y de la adolescencia siempre me atenaza el riesgo de caer en una subjetiva distorsión de los hechos rememorados o alcanzar unos límites insospechados de melindres. Por un exceso de afecto, muchas veces, mostramos de esa época una imagen artificial, por antojadiza, melindrosa e iluminada. Cuando me encuentro en una avanzadilla estación de mi trayecto vital, siento la necesidad de reescribir aquellos años que fueron, desde la perspectiva actual, los más dichosos para mí. El problema es que en más de una ocasión la nostalgia se empapa de una tristeza que distorsiona la realidad. Intentaré no caer en eso. Pero el recuerdo del valle de A Maía, esa pequeña Galicia en grandiosa síntesis, me convulsiona de tal forma que refrenar la fuerza centrífuga que nace en mi interior es tarea harto difícil. Repito, lo intentaré. ¿Cuáles son los primeros recuerdos de la finca que poseía nuestra familia ―La Peregrina― en el lugar de Bertamiráns, capital, entonces aldea de no más de 300 habitantes, del ayuntamiento de Ames? Innumerables. Cometería una injusticia si yo me pusiera a hacer un listado de todos ellos, pues más de uno, de una carga afectiva ilimitada, permanecería enterrado en lo más profundo de mi aciaga memoria y no vería nunca la luz. Por este motivo, en este umbral no quiero hablar de los grandes recuerdos ni de las singulares ocasiones. Esos que salen en todas las fotos, esos que relatamos en innumerables ocasiones cuando alguno de nosotros se pone nostálgico y habla de los tiempos huidos o esos que fueron inmortalizados por unos inquietísimos tomavistas que nos hacían mascullar numerosos tacos cada vez que queríamos grabar sin movimiento alguna escena familiar. Quiero recordar simplemente esa primera tarde que supuso para mí descubrir que en mi familia había unos verdaderos artistas, creadores con un talento inmenso que navegaba en las procelosas aguas del mundo de la canción. En la habitación que había justo encima de la cocina dormían mis dos primos mayores. Carlos y Juan. Desde pequeño me sentí especialmente seducido por todo lo suyo. No me cuesta nada reconocerlo, aunque siempre intentaron resguardar su cuarto de cualquier injerencia familiar. Era su santuario personal, donde se gestaban desde sus bromas y juergas hasta sus creaciones artísticas más o menos exitosas. Uno de esos días lluviosos de finales de julio, cuando parecía que el verano estaba llegando a su fin, en los que el tiempo se dilata primorosamente y las tardes se hacen interminables, nosotros, los primos pequeños, intentábamos distraernos jugando al «escondite inglés» por las diferentes estancias de la Casa Vieja. Era muy difícil esconderse con cierto éxito porque siempre teníamos una voz adulta que nos daba un buen tirón de orejas y aireaba, junto al nombre, el lugar recóndito de nuestro escondite. En uno de esos intentos, escogí el fayado (desván) cuya entrada se encontraba situada justo en el techo de la puerta de su habitación. Yo los vi subir en alguna ocasión al fayado para fumarse sin ser sorprendidos un cigarro. Después de esconderme en un rincón, atemorizado por el ruido que yo creía de ratones, empecé a oír el sonido de unas guitarras. Parecía que mis primos las estaban afinando. Al poco tiempo, una voz empezó a cantar la estrofa de una simpática canción que, según nuestros amantes padres, no era apta para niños, la popular Todos me queren. Unha vella máis un vello / fixeron unha empanada, / a vella comeuna toda / e o vello quedou sin nada. Durante no sé cuanto tiempo estuvieron dándoles vueltas y más vueltas a diferentes estrofas para evitar las más ofensivas y que las seleccionadas estuvieran cargadas de gracia y de un doble sentido picarón. Ahí estaba la problemática tarea. Por eso, había que tener mucho cuidado. Yo, callado como un buen alumno, no perdí ni un detalle e intenté imaginarme una película de la escena. De pronto, sonó una nueva estrofa: O cura de Biduido / tiene la mala costumbre / de rascarse los cojones / con los hierros de la lumbre. Pienso que la intención de mis primos era seleccionar primero y posteriormente establecer el orden, ardua tarea, de las estrofas para la versión que su grupo musical (Mahía) iba a grabar en Madrid en ese mismo otoño. Su voz sonaba limpia, diáfana y muy bien afinada. Hoy recuerdo lleno de vergüenza cómo, años más tarde, cuando yo le pedí a Carlos que me hiciera para la materia de Música de Magisterio una mala melodía, para no ser descubierto en el engaño, y que me pusieran la cara colorada. Tras escuchar el seminario de Música fui acusado, justamente, de poner mi nombre a una composición ajena.

―José María, me dijo la profesora alzando poco a poco el volumen de la voz, esta mala melodía no la pudiste hacer tú. Tiene un fondo de calidad que ni de broma lo has podido hacer tú. Tu oído es cerril. Alguien te intentó ayudar haciendo mal una buena sintonía. Yo callado y humillado bajé la cabeza lleno de vergüenza. Farfullé por lo bajo una serie de tacos que me sirvieron exclusivamente como un pueril desahogo.

Disfruté tanto del concierto personal, y a veces furtivo, que el tiempo dejó de existir para mí. Escuché todo tipo de canciones, aunque todas ellas propias de la juerga más caralluda. Disfruté más que el sacristán de Coímbra. En aquella época no entendía bien esta expresión que repetía cansinamente el enjuto electricista que venía a casa. Con el tiempo, descubrí que pertenecía a una canción popular gallega muy conocida que se cantaba siempre en las fiestas populares o en las reuniones de amigos. Cuando salieron de la habitación, yo me introduje en ella sigilosamente para ver si encontraba en algún lugar las letras de las dichas canciones, pero nada, mi gozo en un pozo, pues no vi ni un minúsculo fragmento de papel escrito. Todo lo más, un bosquejo del que iba a ser el decorado del palco de la fiesta que el segundo domingo de agosto se celebraría en el campo de Las Pateiras. Todo él era un dibujo alusivo al acontecimiento que durante ese invierno convulsionara al mundo: la llegada del hombre a la luna. Con una perfecta adaptación a la idiosincrasia del lugar, aquello era una divertidísima recreación de tal evento. Salí frustrado y sorprendido. Frustrado, por no encontrar ni una letra de las canciones que sonaban aún en mi memoria; y sorprendido, porque, al tiempo que aquellos jóvenes nos incitaban a mi primo Jorge y a mí a que practicáramos otro tipo de música, en absoluto recomendable, eran dos hombres capaces de realizar cualquier proyecto que se les presentara delante. Mi admiración por los artistas polifacéticos de la familia tenía una base muy sólida. Base que con el tiempo se fue acrecentando y que, ustedes, generosos lectores, podrán comprobar al disfrutar de las ilustraciones que acompañan a mis textos literarios, todas ellas realizadas por la mano diestra y competente de Carlos Azcárraga Togores. 

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ANHELOS ÍNTIMOS

Tú no has visto nunca la luna llena, me dijiste una madrugada. Yo te contradije, y después de ver nuestros cuerpos desnudos a la luz de la guardiana de las estrellas, puse mi mano en tus senos, los acaricié con parsimonia, me acerqué a besarlos y tú sonreíste al ver erectos tus pezones. Me quedé con los labios congelados cuando me dijiste que no habría otra noche así, que ella no estaba de segundo plato. Y después de mirar con desprecio al disco de plata suspendido en el cielo te tumbaste encima de mí a merced de tus anhelos más íntimos.

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SAN ANDRÉS DE TEIXIDO

San Andrés de Teixido no es solo un lugar al que se llega; es un lugar que, de alguna manera extraña y silenciosa, te alcanza a ti.

Cada vez que pienso en él, no recuerdo primero la iglesia ni la leyenda. Recuerdo el camino. Ese descenso entre montes y acantilados donde el mar parece estar siempre un poco más cerca de lo normal, como si quisiera escuchar los pensamientos de quien llega. Hay lugares bonitos, y luego están esos rincones que parecen guardar algo antiguo, algo que no se puede explicar del todo. Para mí, San Andrés de Teixido pertenece a los segundos.

Dicen que «a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo». Yo nunca he sabido si creer en la leyenda, pero sí creo en la emoción que despierta. Hay algo profundamente humano en esa mezcla de fe, tradición y respeto por quienes caminaron antes que nosotros. Allí uno siente que forma parte de una historia mucho más grande que su propia vida.

Lo que más me conmueve es su sencillez. No impresiona por grandiosidad, sino por autenticidad. Las casas blancas, el viento constante, el olor a salitre y a hierba húmeda, las conversaciones tranquilas de la gente del lugar… Todo parece recordarte que la belleza no necesita hacer ruido.

Cuando estuve allí sentí una paz difícil de describir. No era alegría ni tristeza; era una especie de calma agradecida. Como cuando encuentras un lugar que no intenta impresionarte y, precisamente por eso, termina quedándose contigo para siempre.

San Andrés de Teixido es, para mí, uno de esos sitios que se guardan en el corazón más que en las fotografías. Un rincón donde Galicia muestra su lado más íntimo, más misterioso y más tierno. Y cada vez que lo recuerdo, siento que una pequeña parte de mí sigue caminando por aquellos senderos, escuchando el viento y mirando un mar que parece no tener fin.

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CAPÍTULO XI DE ‘HATROZ’.- EL TUGURIO

El Tugurio estaba resucitando, o eso creía Rafo, después de unas décadas en las que los clientes se podían contar con los dedos de una mano. El local soportaba con enorme dificultad el paso del tiempo. Nela pensaba, era muy testaruda en su idea, que había que mantener un modelo clásico ―viejo y trasnochado para algunos―, porque siempre habría una minoría que lo eligiera como lugar para tomar copas. Pero su idea había fracasado estrepitosamente. Con el nuevo siglo, locales que parecían incombustibles tras unos duros noventa cayeron en el olvido más absoluto.

―Lo viejo, si no se cuida, se hace más viejo y se deteriora enseguida, sentenciaba la dueña con una voz de resignación carmelita.

Hace unos meses tuvo que echar al pianista porque ya nadie le daba propinas ―cuando eran generosas, podía vivir con cierta holgura porque el borracho «propina» con mucha generosidad― y la caja pasaba más hambre de monedas y billetes que el escudero del Lazarillo. Encontró una razón muy ajustada en los desperfectos que sufría el piano. Sonaba muy triste porque las notas estaban fuera de tono, algunas teclas no respondían al presionarlas y tenía un timbre extraño, digamos que más bien era un chirrido.

Rafo se sentía muy cómodo en ese local y eso que en la última temporada vislumbraba día a día un posible cierre, dado el desencanto y cansancio que proyectaban los ojos de Nela, la dueña. Esta mujer conocía muy bien a Rafo y observaba en silencio su ritual: mirada de gran angular para localizar una mesa, espera de unos decisivos segundos y ocupación de la que estaba más apartada. Sacaba ceremoniosamente el smartphone, miraba con la fijeza de un inspector de aduanas la puerta y las otras mesas, luego le hacía un gesto mínimo de aprobación a Nela y, por último, comenzaba su ritual creativo anotando en primer lugar la fecha del día en la aplicación descargada unos meses antes por recomendación de una compañera.

―Será el recipiente de tu mundología imaginativa. Y si algún día me quieres enseñar lo que escribes antes de colgarlo en tu blog, estoy a tu entera disposición. Soy una gran lectora, le decía con cierto aire engatusador.

Un compañero que sólo respiraba por su órgano testicular pensaba que llevaba varias semanas tirándole los tejos.

―Desde luego, eres imbécil si todavía no te has dado cuenta. Joder, Rafo, queda un día con ella y que surja lo que surja, si tiene que surgir algo. Los dos sois libres. Pero no había mentado en ningún la diferencia de edad. Rafo le tenía un «respeto papal» a las mujeres de treinta años, las veía empoderadas y con una cristalina clarividencia a la hora de cenar con alguien.

Rafo lo escuchaba con parsimonia, pero tenía muy claro que el trabajo y el ocio deberían tomar caminos paralelos, nunca cruzados. Era consciente de que algo sentía cuando la recién llegada lo miraba, pero él se escudaba en una simple admiración nunca en reverdecimiento de pasiones que sentía alcanforadas. En su pesimista carácter tenía una idea muy clara: no quería construir un hermoso castillo de arena porque estaba muy cerca del mar. El amor a mi edad es una distorsión patética de la realidad, pensaba. Se había aficionado a las sentencias y con eso se conformaba.

Le encantaba el sonido de reúma articular que producían las viejas sillas de El Tugurio. Asientos que habían soportado el peso de grandes actores y cantantes, según Nela, frecuentes consumidores durante años de unos combinados que en la década de los ochenta y casi noventa poca gente conocía en Madrid, pero que ahora, en los comienzos de la segunda década del siglo XXI, habían pasado de moda y la infidelidad clientelar le dio un sablazo mortal. Se había convertido el garito de Rafo en un club de viejas glorias taciturnas e individuos que no buscaban nada más que degustar una buena copa en un silencio solamente violentado por una tenue música de fondo, que podía ir desde un caduco Jim Morrison a una llorona Chavela Vargas, pasando por el bourbon de Tom Waits o la entrañable tristeza de Enrique Urquijo.

Se rompió la monotonía ambiental con la entrada de dos bulliciosos adolescentes, siempre ruidosos ―Rafo bien lo sabía―, despreocupados por el entorno y ansiosos de tomar un refresco y hablar. Esto le recordaba a Rafo que debían de ser menores de edad. Él, a su edad, intentaba engañar como podía al camarero. Nunca tuvo éxito, cierto, su cara le traicionaba, pero lo intentó infinitas veces. Dejaron la pesada mochila de los libros en el suelo. Les daba igual que este tuviera mil manchas de diferentes consumiciones resecas y adheridas con «Loctite». Los chicos se sentaron entre continuas carcajadas recordando, casi todo el mundo los podía oír de modo intermitente, la última ocurrencia del profesor de Lengua cuando les planteó un debate literario sobre un tema que Rafo no llegó a oír, pues en ese momento hablaban en voz baja, pero con latigazos de pequeños aullidos. Se empujaban continuamente, porque él quería intimar más de lo que ella permitía. Esa mano masculina que intentaba traspasar una frontera que parecía estar muy bien delimitada.

―Hazte de rogar, hija, hazte de rogar, eran las sabias palabras de la madre. Lo fácil el joven de hoy lo detesta. La hija las escuchaba con mucha paciencia y con el convencimiento de que era un postureo maternal, ya que tenían muy poca vigencia en la actualidad.

Él la intentaba besar con gran torpeza, como si acabara de aprender una nueva lección que quería poner en práctica lo antes posible. De pronto, ella le recordó el examen del día siguiente:

―Cinco temas de historia. Y mi padre me los preguntará a las doce de la noche. Como falle, otra semana sin móvil. Tú tienes suerte porque como pasas de todo, no tienes el agobio que tengo yo.

Pidieron dos batidos de chocolate. Bebida nada frecuente en el lugar que le hicieron recordar a Nela los escarceos amorosos de su adolescencia. Mientras llegaba la consumición, ella le soltó de improviso:

―¿Hablaste con tus padres del verano?

El silencio del joven era revelador de un respeto ancestral a sus padres en ese terreno, que era incapaz de superar. A escondidas, todo; a la cara, nada.

―Tu familia será aburrida, a veces un dramón… pero no puedes dejar de cumplir sus deseos. Como me cuentas tú mil veces de tu querido Antonio Flores, que no había roto el cordón umbilical con su madre y por eso la palmó quince días después. Pues tú estás igual, joder, igualito.

―Multa. Sabes que tengo que buscar el momento oportuno para plantear situaciones rupturistas, como decía su profesor de Lengua cuando les hablaba de las vanguardias.

―Otra vez lo mismo, joder, le dice ella. Tú te irás a Galicia y yo a Gandía y en dos meses te olvidas de mí seguro. Te tengo calado.

El silencio se hizo espeso. Eran como dos estatuas que estaban en diferentes museos. Como si alguien hubiera pulsado el «freeze» de un proyector.

―Es decir… ¿No les has planteado que yo quiero ir a pasar quince días a tu casa? Silencio monacal. Pues sabes lo que te digo, que te vayas a tomar por culo.

Habían acordado una lista de multas por cada taco que dijeran. Se acordaron de la obra Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado, que habían leído en clase de Literatura.

―No te aguanto más. Conmigo tienes el corazón tan inflado como un globo, pero cuando te plantas delante de tus padres te desinflas como si te hubieran pinchado los huevos. Dices que es por culpa de tu timidez, pero, joder, cuando me quieres meter mano, poca timidez veo.

La chica se levantó, cogió sus libros y se fue llorando a la velocidad del 5G. Él no hizo ademán de seguirla. Su pusilanimidad era evidente. Era la viva imagen de la desolación del niño que se ha perdido en la tómbola. Se sentía derrotado, se sentía tan infantil que le vino a la memoria aquella Primera Comunión en la que se cortó el flequillo a hurtadillas y del posterior castigo que cayó sobre él. Alguien le había dicho que primero la familia y él no supo comprender el verdadero significado de esas palabras.

Rafo cerró la aplicación del móvil. Pensó que lo que había escrito tenía visos de ser leído con cierto interés. Con esmero y muchísimo cuidado lo colgará en su blog y planeó hacer lo mismo en la cuenta de Instagram, pero recordó que estaba a punto de cerrarla. Bebió de un trago el culín aguado de la copa y pagó automáticamente con el móvil. Con ella acordó hace meses, incluida una buena propina, un precio fijo. Le quedaban treinta exámenes por corregir.

―Pues a por ellos, que son pocos y cobardes, le dijo Nela rememorando a un inolvidable Loquillo.

Se levantó y el dolor articular que experimentó era el suyo y no el de la silla. Salió a la calle Francisco Silvela con la mente limpia de malos recuerdos y memorizando la Generación del 98, que era el tema que le esperaba sobre la mesa que había habilitado para corregir en su nueva casa. Se encaminó a ella con el infortunio del que sabía que la infelicidad era quien gobernaba sus pasos. Una pareja de jóvenes embriagados, como diría su padre, lo abordaron pidiéndole un cigarro y fuego a la vez. Ante la manifestación del tópico no fumo, el más alto le soltó a la cara con palabras espesas, parsimoniosas y ocurrentes:

―¡Joder, otro ecologista!

Multa, pensó Rafo. Sin nada más remarcable, los tres prosiguieron sus respectivos caminos, uno muy seguro de cuál era el suyo, otros con paso trastabillante hacia un lugar que nadie sabía su nombre ni su ubicación. 

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POR TI…

…mendigo una sonrisa con la que apostar por la vida. …no le doy la más mínima importancia a la belleza precipitada de un placer efímero. …me pesa cada vez más no saber nada de tus brazos de amante silenciosa. …pierdo por ti la noción del tiempo y del espacio. …bebo todos los días de la ausencia tu voz húmeda y cercana.

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AMANECER EN A MAÍA

El día no nace de golpe en A Maía. Se insinúa. Se desliza como un suspiro entre las hojas, como una caricia sobre los tejados dormidos. El valle entero parece contener la respiración mientras la luz se abre paso, tímida y majestuosa, entre Santiago y Noia.

Desde la finca de La Peregrina, el mundo parece más lento, más antiguo. Las brumas se retiran con elegancia, como damas que ceden el paso. Los prados, aún empapados de rocío, brillan como si el mundo acabara de ser creado. Y los montes, guardianes silenciosos, se tiñen de oro y de azul, como si el cielo los estuviera bendiciendo.

La casa, aún en penumbra, huele a café y madera vieja. La bodega, firme y callada, parece saludar al sol con su geometría sagrada. Alguna campana lejana marca la hora sin apuro, como si supiera que aquí el tiempo no manda. Todo es quietud, pero nada está quieto. El aire huele a promesa, a pan recién hecho, a tierra que despierta.

La Peregrina no es solo finca: es altar. Es mirador de memorias, refugio de silencios, testigo de amaneceres que no se repiten. Allí, entre los muros de piedra y los castaños que aún sueñan, uno no sabe si está en Galicia o en el corazón de algo más antiguo. Porque el valle no es solo paisaje: es latido. Y el amanecer, allí, no es solo luz: es revelación. 

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LA MAREA DE LA VIDA

Un recorrido por mi interior se confunde con el recorrido que hago en mi mente todos los veranos por la costa. Cada texto que escribo es una marea distinta, unas veces en calma, otras veces brava. No busco respuestas ni conclusiones. Solo quiero dejar constancia de lo que estoy sintiendo, de lo que voy aprendiendo, de lo que he ido perdiendo y de lo que espero ganar. Tal vez algún día me leas tú, lector desconocido. Tal vez algún día alguien me entienda que estas palabras no hablan sólo de una mujer, sino de todas las formas que tiene el amor cuando no me atrevo a pronunciarlo en voz alta. El mar seguirá aquí, eterno, borrando y escribiendo historias en la arena. Y yo seguiré caminando por la playa con la esperanza de que cada paso me lleve un poco más cerca de mí mismo.

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NOCHE SOSEGADA

En unos segundos sentí el sabor de su voz y durante largos minutos juré no olvidar la nostalgia de nuestro encuentro. Sin embargo, me susurraron al oído que la unión experimentada en aquel humanizado espejo fue una marchita pesadilla, y harto de tantas ilusiones el pulso de mis arterias se desvaneció como un fantasma enamorado. Todo fue una simulada aproximación que por unos instantes maniató la mente de un cuerpo presa de ceremonias y encubierto de inéditas creencias. A la par se aceleró con inusitada emoción mi memoria y viajó como un reloj atemporal a la suerte de mi infancia. 

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TORREIRA

Son las tres de la mañana y ya no puedo más. Llevo despierto una hora. Me levanto, camino por mi habitación insomne y creyendo que tengo una ducha abierta en la espalda. Miro el termómetro que tengo en el pretil de la ventana y me escupe treinta y dos grados, que crean en mi «celda» un ambiente opresivo y angustioso. El colchón, cual parrilla lorenzana, metafóricamente echa humo y mi cuerpo ya no aguanta más esta sauna de hornear. ¡Qué irrespirable ambiente, Dios santo! Me vuelvo a tumbar, pero imposible. No puedo más. Me yergo de nuevo, me visto y me marcho silencioso a la calle. Busco la solidaridad de los que no pueden dormir de noche. No hay nadie. Hay momentos en los que el paisaje nocturno se muestra lujuriante y placentero, como si el deseo carnal habitara dentro de nosotros de una manera concupiscente. Pero ahora no, ahora yo soy un lascivo del sudor que humedece mi cuerpo y me convierte en un ser antivoluptuoso. La humedad del cuerpo choca con la sequedad del ambiente y esa tórrida pelea desde hace varios días me deja el cuerpo para muy pocas andanzas. El vacío de la calle me invita a desnudarme, pero me falta la osadía y el aliento suficientes para deshacerme de mis prendas. Una plúmbea vacuidad vuela desnuda en esta madrugada a mi alrededor y no quiere dejarme respirar. Me descalzo. El asfalto y la acera destilan fuego y queman. Las pisadas son blandas, como si estuviera caminando por un alquitrán recién volcado y formatea mi pie cual plantilla hecha a medida. No sabe uno donde sentarse. ¡Brillante idea la de los bancos de hierro! El que pruebo me pega una severa y cálida patada en el culo. Hasta la luz de las farolas jeringa como un puñetazo de fuego. Dejemos correr el tiempo. Me siento en el suelo y me descalzo. Sólo queda eso: dejar que el tiempo discurra y que nadie me agobie con una boca pegajosa y maloliente. No pasan coches. Pensar en los viajes a Galicia de los años 60 me revuelca en otra parrilla mental y fatiga aún más mi vivir. Sigo sentado en la acera, ¡fuego en las nalgas! Al cabo de unos minutos, me yergo de prisa, como si las llamas del infierno dantesco tostaran mis posaderas. La tórrida noche sigue cayendo sobre mí. Noto la boca seca como si tuviera una ración de cecina enharinada en mi boca. Son las cuatro de la mañana y todo sigue igual. Me pregunta una amiga por el tiempo de Madrid y yo le escribo esta carta. No quiero fastidiar a mi querida amiga cuando lea este pequeño texto. Para finalizar le hago un resumen de mi último sueño a los pies del hospital de la Princesa: una hermosa sirena me ofrece una vez y otra un conocido refresco helado. Ahora bien… yo no tengo boca por donde beberlo… ni mano con que cogerlo… ¡Ay, si Freud levantara la cabeza! 

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MURIÓ EL AMOR

Murió el amor. Me lo dijo un cadáver andante que encontré en una acera de este Madrid nauseabundo y cariñoso a la vez. Desnudo y lleno de heridas emocionales me acarició la memoria y tuve un orgasmo repulsivo e inapetente. Después de este placer fantasmal, quise besarlo, pero no me dejó. Me dijo que eso era para los hombres de verdad, no para estos aprendices eternos que lloran desazonados cuando hablan de la muerte. Quise convencerlo de que yo llevo años sin llorar y soltó tal carcajada que me ofendieron muchísimo. Para llegar a casa tuve que sortear un montón de cadáveres amortajados que echaban por la garganta una sangre biliosa por el esfuerzo de hacer el amor con una sombra inexistente. No hagas nada, me chilló en la oreja y sentí, otra vez, el orgasmo más repulsivo de mi vida. Cierto es que solamente siento placer cuando el recuerdo de una mujer se desnuda inmaterial en mis recuerdos.

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CAPÍTULO X DE ‘HATROZ’.- PISOS

Aquel fue un día muy especial. Tenía planificado desde hacía tiempo recorrer el barrio de su infancia y de su primera adolescencia. Hay diversas opiniones sobre la vuelta al lugar de la infancia. Desde la más ecuestre, que nos invita a galopar sin mirar atrás, sin escrutar el pasado, y saltando cuantos obstáculos se presenten en el camino, hasta la más porcina que dice que, como los gorrinos en la comida, en la cochiquera, hay que hozarse en el pasado con un placer casi solemne y pomposo. Rafo nunca dudó de que ese recorrido algún día tendría que hacerlo.

Salió del colegio donde trabajaba a las cinco en punto, cogió el metro y tras varias dudas y equivocaciones salió, por fin, en la Estación del Arte, nombre que lo confundió por unos minutos. Vio que donde había un banco vendía sus productos un Decathlon, que donde estaba el cine Infante rezaba una iglesia evangelista y que el ultramarinos que proveía a la zona estaba ocupado por una cafetería.

Tomó el paseo de las Delicias con paso decidido, a él daba la ventana de su habitación, y entró en el hotel Carlton, en cuyo restaurante comían los cuatro miembros de la familia frecuentemente los domingos y fiestas de guardar cuando el estado emocional de su madre estaba tocado por esa maldita depresión endógena. Lo vio absolutamente renovado y, de nuevo, un despiste, porque no era capaz de localizar la cafetería, aunque tenía un lugar prominente en la planta de la calle. Se sentó, pidió una copa y sacó el móvil para tomar nota de todo aquello que le causase una mezcla de alegría y tristeza.

Pensó en subir al quinto derecha del número 1 de Santa María de la Cabeza, pero no las tenía todas consigo. Otra vez la maldita timidez. Se tomó la copa con un sabor agridulce, pagó y giró por la calle Murcia para acceder al paseo donde él vivió sus primeros 17 años. No conocía nada. Todo era nuevo, hasta el garaje donde guardaba su padre el coche. Cómo no, abundaban también los locales vacíos e inhabitados desde tiempo atrás. Al ver mentalmente ese pasado le vino a la memoria la vivienda en la que residieron esos primeros años.

Al llegar al número 1 del Paseo de Santa María de la Cabeza, casa que de continuo le traía unos imborrables recuerdos, se detuvo frente a ella, la miró con una extraña resignación, mezcla de morriña y soledad, y se sentó en un banco que había a sus pies. Dudó si sacar un cigarro o no. De modo imprevisto, golpeó su memoria un sinfín de recuerdos: los juegos infantiles y las pillerías de Camay en el Jardín Botánico, el enorme bullicio de los disparatados sanjosés por el número de asistentes, en los cuales se mezclaban los canapés, las tartas, las bebidas y las risas de los numerosísimos familiares que allí se reunían, los partidos de fútbol en los pasillos y en mi habitación, donde el cristal del balcón superó la prueba de fortísimos pelotazos, las tabletas de chocolate que yo hacía desaparecer por las noches, los libros de Julio Verne debajo de los cuadernos de estudio, las llamadas furtivas desde la consulta de su padre jugándose casi la vida, el despertar con aquella Maite del «Calderilla» que hoy es ilocalizable, los retrasos en el regreso del colegio argumentando falazmente que había sufrido un mareo en el autobús 36, la mastodóntica construcción del scalextric de Atocha a los pies de nuestra casa, los cigarrillos a escondidas en las proximidades del colegio de los salesianos, las ansias por participar en los partidos de los domingos en los patios de ese colegio y que una rígida timidez le impedía decirlo, los recuerdos de unos veranos agotadores por un severo sol que «castigaba» durante todo el día, las tardes de los domingos de una duración casi imperecedera, los paseos por la cuesta de Moyano para comprar libros…

Rafo no subió a su antigua casa. Rafo hizo el amago en varias ocasiones, pero le imponía lo estrambótico de la idea. Se juramentó que de la próxima vez no pasaba. Tomó de nuevo el paseo de las Delicias, lo cruzó y esperó a coger un taxi que lo llevara a su actual domicilio. Mientras esperaba, sus recuerdos, viajaron a las interminables obras del corpulento scalextric, se inauguró en 1968 con la intención de que fuera el salvavidas del caótico tráfico de la zona, que fue un sufrimiento atroz para los vecinos. Un taxi libre le pitó reiteradas veces. «Se había dormido» comprobando ―ahora que estaba desmontado― todo el interés urbanístico de la glorieta que se había ocultado con el mencionado «pulpo circulatorio». La habitabilidad de la zona había ganado muchos enteros. El trayecto de regreso, cargado de recuerdos, lo realizó en un profundo silencio, a pesar de que el conductor quería hablar sobre la situación actual.

Posteriormente, en torno a 1975, y por un golpe de suerte en la lotería, la familia se pudo trasladar de casa. El doctor Máiz Bermejo abandonó el alquiler de su piso de soltero por una casa en propiedad. «Simpática y berlanguiana» ―surrealista, por lo difícil de imaginar hoy en día, pero absolutamente posible en la época― fue la escena en la que mi padre, rodeado de la familia, firmó un sinfín de letras mensuales a pagar durante veinticinco años. La vivienda estaba situada en la calle Hermanos Miralles 43, luego bautizada con el nombre de General Díaz Porlier.

En esta casa Rafo se hizo hombre. Fueron treinta años. Allí disfrutó de una imborrable postadolescencia y del trabajo en un colegio, el actual, que le hizo crecer como persona. En un piso de 180 metros cuadrados, que estaba diseñado sin los largos pasillos de Atocha, rio, gozó, lloró, creció, se enamoró, sufrió, golfeó, cantó, mintió, estudió, discutió, «noctivagueó», escribió y más cosas que no debo contar sin el permiso del protagonista. Según él, ocupará un capítulo más adelante. La familia había aumentado en un residente. La muerte de su tía María Rosa, por un terrible cáncer, hermana de su madre, soltera que compartía el piso con un hermano también soltero y con múltiples problemas de salud, ocasionó que este, por motivos de cercana atención médica, fuera a vivir con la familia del doctor Máiz Bermejo. Recordemos que su padre era médico.

Con estos recuerdos, durante la interminable carrera en taxi, empezó a pensar que cuál de las dos viviendas le evocaba más cariño. Llegó a la conclusión de que cada una tenía su aquel, su encanto, y que era imposible hacer un podio con ellas.

Con el agradable fluir del taxi por el Paseo del Prado pudo pasar página y se plantó en el momento en el que tomaron la decisión su hermana y él de vender el piso de Díaz Porlier e irse a una zona más económica y a una casa más pequeña. Fue una decisión muy dolorosa porque Díaz Porlier se había adherido a su piel cual tatuaje diseñado por todo el cuerpo. Se trasladaron a la calle Ferrer del Río en el año 2006 que, después de treinta años en la «almendrita de oro», según compañeros de trabajo, parecía que iba a ser el definitivo asentamiento, y que en esos 120 metros cuadrados ―cruzada la báscula económica de Francisco Silvela― envejecerían con dignidad y total tranquilidad. En este piso Rafo vivió años pletóricos de soledades, añoranzas, alegrías, penas… y gastos, como en Díaz Porlier. En este «piso guindaleriano» se tomó en serio escribir. Cierto es que en la «almendrita de oro» publicó varios libros y pasó muchas horas con bolígrafo y papel en mano, pero fue un naufragio literario peor que el del Titanic. Nadie quería leer sus libros. Nadie. Es duro decirlo, pero desde los inicios sintió una soledad literaria terrible. Y aún la siente. Compraron su libro algunas alumnas ―eternamente agradecido se ha mostrado siempre con ellas―, algunos amigos y algunos familiares. No ha negado jamás Rafo que su timidez social, que no en el aula, ha alimentado ese anegamiento literario. Solamente se comportó con él con una seriedad y una generosidad plausibles Lourdes, la dueña de la librería Pérgamo, en la calle General Oráa. Bendita mujer. Dejemos esto para otro capítulo, así como sus penurias blogueras. En Ferrer del río, en el espacio cómodo y creativo de su estudio, logró «cerrar» unos libros de prosa poética, en formato digital, tanto en castellano como en gallego. La estancia en este piso, al salir definitivamente de él, la calificó como grata, feliz y de una gran bonanza personal. Algunos vecinos y Jesús y Pilar dejaron una imborrable huella.

¿Último piso? No fue así. No. Circunstancias cíclicas de la vida que todo el mundo puede figurarse dieron paso, al cabo de 16 años, a un nuevo piso de 70 metros cuadrados en la misma zona.

La progresión espacial es significativa en todos los aspectos. En este piso han aumentado las incomodidades, pero, como Rafo y su hermana tienen buen conformar, los engorros los han convertido en holguras confortables. Eso dicen. Yo no me lo creo.

Hay que hacer un alto aquí. La importancia de los libros en la vida de Rafo. Yo le he dicho que este texto es un poco cursi, pero se ha empecinado en que lo incorpore en este capítulo y así lo hago.

Una librería en casa es mucho más que un mueble con libros: es un refugio, un mapa de lugares, pasiones, dudas y descubrimientos. En sus estantes se guardan no solo historias, sino fragmentos de quienes somos o soñamos ser. Tener una librería en casa es permitir que el tiempo se suspenda y las ideas respiren. Es rodearse de silencios elocuentes que nos esperan sin prisa. Es, quizás, una forma de resistencia: frente al ruido, el vértigo y el olvido, la presencia quieta y poderosa de los libros.

El escrutinio en el paso de Atocha a Díaz Porlier fue cruel: todos los libros que injustamente llamaron mis padres «infantiles» se quedaron, no se mudaron y ahí perdí definitivamente la inocencia literaria de la infancia y la primera adolescencia. No viajaron conmigo unos doscientos libros que tenía yo en mi habitación: Tintín y Milú, Astérix el Galo, Los cinco, Los siete secretos, Emilio Salgari, Julio Verne, Stevenson, Roald Dahl, Mark Twain, Marcelo Lafuente Estefanía…

El taxi perfilaba la calle Francisco Silvela y al ver Yago el café de sus recuerdos, le solicitó al taxista que parase en ese lugar. Era el café Molière. Algo destartalado y poco frecuentado, pero entrañable y acogedor para él. Se sentó, pidió una copa y empezó a valorar su excursión anímica por los aledaños de su primera casa. Rápidamente esto fue sustituido por el problema que le acuciaba en la actualidad: cómo gestionar algunas vivencias que había empezado a sufrir en el aula. No quería hablar con nadie de ciertos latigazos y bajones emocionales que sufría cuando algún alumno ―cada vez más― se manifestaba grosera y ofensivamente. Esto le ponía muy nervioso porque veía que era incapaz de controlarlo debidamente.

El paseo por la Glorieta de Carlos V tuvo, en un principio, un fin terapéutico, pues el enfado y la tristeza estaban refrenados por esa nostálgica que a él le encantaba. Era lucha encomiable la de un hombre que no quería que se aposentara en su interior un poso de amarguras, tormentos y aflicciones.

Se alternaban los pensamientos optimistas de un hombre satisfecho con su trabajo con otros que eran desesperanzados y agoreros de un futuro en nada atractivo. La enseñanza media, a su edad, era un camino de punzantes espinas. Unas, agradables y salvíficas como pétalos de aromáticas rosas; otras, de una aridez vivencial más dura que un lecho de ariscos cardos borriqueros.

El pulso lo tenía menos acelerado, pero, como una recidivante arcada, vuelve la frase con la que concluyó su última clase vespertina: son ustedes capaces de sacar mi peor yo y un genio amonestador que me encorajina no saben cómo.

El café era un lugar peculiar. Tenía una mezcla de abandono intencionado y de placer ochentero. Se llevaba lo usado, lo que proyectaba una imagen de desatención y dejadez.

Finalizo con las librerías de las diferentes casas de Rafo: abandono dañino de unos doscientos libros en Santa María de la Cabeza. En Díaz Porlier reunió unos tres mil libros de toda índole: poesía, teatro, narrativa, español, gallego… Además del despacho de su padre que estaba repleto de libros de medicina y alguno de carácter literario. El traslado a Ferrer del Río fue durísimo porque la reducción fue drástica, pero nada en comparación con la llegada a Béjar. En Ferrer del Río se quedaron muchas «joyas literarias» que le hicieron en su momento llorar lágrimas de tristeza. 

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DÍAS

Hay días en los que el pasado regresa sin hacer ruido, como un mal sueño que se desliza por la penumbra de la mañana. No golpea la puerta ni anuncia su llegada. Simplemente aparece y se sienta a mi lado como si nunca hubiera marchado. Me mira en silencio y espera. Y en ese silencio las horas se vuelven lentas, como si el tiempo dudara. Entonces la memoria abre sus ventanas y vuelven los rostros, las palabras olvidadas, la tenue luz de lo que fuimos. 

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PRESIDIO

El microtexto es el presidio que confina e inmoviliza mis pensamientos y los caracteres limitados, la cárcel que enclaustra mis sueños. ¿Y te quejas? Según esta teoría, tú eres el carcelero de tus propias creaciones. ¡¡¡Magnífica incongruencia y paradoja!!! ¿Y te quejas? Algo estás esperando que no te corresponde. 

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OTRA VEZ MI SOLEDAD

Otra vez regreso a mi soledad como quien vuelve a una habitación cerrada desde dentro. La noche pelea conmigo y me ofrece, como único combate, la orfandad y el desamparo. Si supieras invitarme —aunque fuese sin nombre, sin promesa— a un placer discreto, de puertas que no crujen, quizá me dejaría llevar hasta una altura donde el gozo no necesita testigos. Dime que esa felicidad será solo mía, que nadie más sabrá pronunciarla. Porque debes entender que mi fidelidad a esta cautividad es tan auténtica como la bandeja de entrada de un correo llena de invitaciones que nunca acepté, mensajes fríos que no llegaron a ser palabra. 

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POÉTICA

A historia da miña poesía iniciouse un día no que, subitamente, se cegou o meu peito e a necesidade de escribir encheu a miña palabra. Baixo este ceo azul levo un cúmulo de anos clamando por un poemario que satisfaga as miñas catro ideas básicas: existencia, soidade, amor e terra. Desde entón, entre clamor e clamor, entre sombra e sombra, unha chispa eléctrica ilumina as sequidades da miña alma e prende as tebras do meu corpo, e desde entón, cativo dunha ilusión, e no retiro do meu cuarto, boto, imaxino, modelo, escribo, corrixo e rompo con plena consciencia centos de versos.
Sinceramente, penso que os catro elementos básicos da miña poesía fúndense nun poema cando, no xa non breve camiño da miña vida, unha mirada detén unha vez máis o pulso da miña historia.

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OS MEUS VERSOS

Escribir sempre foi, para min, unha forma de estar só sen estalo do todo. Os meus poemas nacen da necesidade de dicir o que calo, de mirar o que evito, de poñer palabras ao que doe, ao que permanece e ao que nunca volveu. Non busco comodidade. Non hai frases fáciles nin beleza impostada. Hai preguntas, feridas, desexos, silencios longos. Falo do amor, pero non do perfecto. Falo do que chega tarde, do que se rompe, do que queda a medias.

Falo da muller como presenza real: complexa, contraditoria, luminosa e escura. Falo da soidade, da escollida e da imposta. Porque ás veces non é estar só, senón non poder dicir o importante. Falo do tempo. Do que leva e do que deixa. E sobre todo, escribo con sinceridade. Espirme non é quitar a roupa. É dicir a verdade. 

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LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GTB

Los gozos y las sombras no es solo una novela sobre Galicia; es una novela sobre una forma de estar en el mundo. Y eso, para mí, es lo que la hace tan poderosa. Gonzalo Torrente Ballester no escribió únicamente la historia de un pueblo gallego en vísperas de la Guerra Civil: escribió una radiografía moral de España. Pero lo hizo desde Galicia, y eso importa. Porque en esta obra Galicia no es un decorado: es un personaje más, quizá el más complejo de todos. Gonzalo Torrente Ballester Los gozos y las sombras

La Galicia de Los gozos y las sombras no es la Galicia turística de la postal ni la Galicia romántica de la niebla y la gaita. Es una Galicia dura, húmeda, jerárquica, silenciosa. Una Galicia donde el mar da de comer, pero también condena; donde las casas grandes pesan más que las iglesias; donde la sangre, el apellido y el rumor importan tanto como el dinero. Pueblanueva del Conde —ese lugar inventado y, sin embargo, tan real— representa una Galicia atrapada entre dos tiempos: el mundo viejo de los señoritos y el mundo nuevo del dinero industrial. Y ahí está, precisamente, una de las grandes intuiciones de Torrente Ballester: entender que la modernidad no siempre trae justicia; a veces solo cambia de amo.

A mí me parece que esa es la verdadera tragedia de la novela: no asistimos al fin del poder, sino a su metamorfosis. El viejo cacique, con escudo nobiliario y maneras de señor, se extingue; pero enseguida aparece otro, más moderno, más eficaz y quizá más peligroso: el cacique que ya no manda por linaje, sino por dinero.

Y ahí entran los personajes, que son extraordinarios porque ninguno es solo una idea: todos son contradicción.

Carlos Deza, por ejemplo, me parece uno de los personajes más interesantes de la novela española del siglo XX. No es un héroe clásico ni un reformador limpio. Es un hombre culto, escéptico, moderno, formado fuera, con una inteligencia que lo separa de todos y una desgana que lo inutiliza casi para todo. Carlos ve con claridad, pero actuar le cuesta. Y eso lo vuelve profundamente moderno: no es el hombre de acción, sino el hombre de conciencia. Entiende el mundo, pero no logra salvarlo. Representa el librepensamiento, sí, pero un librepensamiento cansado, lúcido y melancólico. No cree en Dios, no cree en las verdades heredadas, no cree del todo en las estructuras del poder… pero tampoco cree demasiado en la capacidad del ser humano para cambiarlas. Y esa ambigüedad lo hace fascinante.

Carlos no es un revolucionario: es algo más incómodo. Es un hombre libre. Y en un mundo como Pueblanueva, pensar libremente ya es una forma de escándalo.

Frente a él está Cayetano Salgado, que me parece uno de los personajes más actuales de toda la novela. Cayetano no tiene abolengo, pero tiene dinero. No tiene refinamiento, pero tiene poder. No representa el viejo orden: representa el nuevo capitalismo brutal, sin épica y sin escrúpulos. Es el cacique moderno, el hombre que no necesita apellido ilustre porque le basta con controlar el trabajo, la economía y el miedo. Cayetano es la prueba de que el caciquismo no desaparece con el progreso; simplemente se actualiza.

Y esto, leído hoy, resulta casi incómodo por su vigencia. Porque Torrente Ballester entendió algo esencial: el caciquismo no es solo una forma política; es una cultura. Es una manera de organizar el poder desde la dependencia, el favor, el miedo y la deuda. El cacique no manda solo porque pueda castigar; manda porque ha conseguido que todos necesiten algo de él.

Por eso Los gozos y las sombras no habla solo del caciquismo rural gallego. Habla de una enfermedad española mucho más amplia: la costumbre de obedecer al que reparte, de callar ante el que protege, de inclinarse ante el que concede.

Y luego está doña Mariana, que probablemente sea el personaje más impresionante de todos. Ella encarna el viejo mundo con una dignidad feroz. No es buena, no es justa, no es amable; pero tiene una grandeza casi trágica. Es el poder antiguo consciente de su decadencia. Sabe que su mundo se acaba, y quizá por eso impone tanto. Hay en ella algo admirable y algo terrible. Como en los grandes personajes de verdad.

Y Clara… Clara me parece el personaje más doloroso de la novela. Porque en una obra atravesada por el poder, Clara representa el cuerpo sobre el que ese poder se escribe. Es deseo, es disputa, es libertad amenazada. En ella se cruzan el deseo masculino, la violencia social y la fragilidad de quien intenta vivir con un mínimo de dignidad en un mundo hecho por otros.

Lo más brillante de Torrente Ballester, en mi opinión, es que no convierte la novela en tesis. No pontifica. No sermonea. No reparte santos y villanos. Lo que hace es algo mucho más difícil: mostrar cómo funciona una sociedad. Mostrar sus engranajes. Mostrar cómo el poder circula, cómo se hereda, cómo se transforma, cómo seduce.

Y quizá por eso Los gozos y las sombras sigue siendo una novela tan viva. Porque habla de una Galicia concreta, sí, pero también de algo más profundo y más incómodo: de la persistencia del poder, de la dificultad de la libertad y de esa sospecha —tan española, tan amarga— de que a veces cambian los nombres, cambian los trajes, cambian los discursos… pero el amo sigue ahí. 

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OTRA ORILLA

Calladamente, como es habitual en mi vivir, la noche duerme el último espasmo del atardecer. El desierto, que fantasmea vacío de vivencias, encubre un cansancio que va camino del fin de mi felicidad. Luego, en la consumación de una debacle anímica, un brioso deseo revive tangible alrededor de unos recuerdos que yo pensaba ya en otra orilla.

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ACTOR

A veces pienso que vivo como si caminara sobre un escenario invisible. Cada día diseño un gesto, una voz, una manera de mirar al mundo, y salgo a representar un papel. No siempre es una mentira; muchas veces es simplemente la forma en la que aprendo a convivir con los demás. En el trabajo interpreto seguridad; en la familia, ternura; y ante los desconocidos, prudencia. Pero detrás de cada máscara hay algo verdadero que respira en mí. Fingir, en ocasiones, no es engañar: es proteger lo que aún no sé cómo mostrar. Soy un actor, sí, pero también soy el autor del guion que voy escribiendo con cada decisión, con cada vivencia. Tal vez mi sinceridad no consista en no actuar nunca, sino en no olvidar quién soy cuando baja el telón. Y quizá mi vida sea precisamente eso: una obra imperfecta donde, entre papel y papel, busco el instante en el que por fin dejo de representar y simplemente soy. 

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SEN TI

A maleza que medra en min desde que marchaches está chea de animais indómitos e xeroglíficos imposibles. Xa non estás comigo, e o que parecía un home pleno converteuse nun esperpento, nun museo de debilidades. Aquela conversa na distancia segue na miña memoria, espíndome por dentro cada vez que noto a túa ausencia. Deixaches o meu presente tan espido, tan seco, que á miña habitación só veñen morcegos e vermes precociñados.

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ESCRIBIREI…

Escribirei unha forma de felicidade silenciosa: non me ocupa tempo porque o tempo deixa de existir cando escribo. As palabras flúen sen présa, as horas vólvense lixeiras e eu permanezo aí, fiel a unha vocación que non se mide en reloxos senón en latexos. Cando remato, descubro que o mundo seguiu o seu curso, pero eu estiven exactamente onde debía estar.

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‘MEGUSTAS’

Publicó su tristeza en redes, esperando «megustas» como quien lanza botellas al mar con mensajes de auxilio. Cada reacción era una esperanza, cada comentario, una posible cuerda. Pero nadie lo rescató. El mar digital no tiene costas, solo olas que arrastran sin mirar. Y su dolor, aunque viral, seguía sin respuesta, flotando entre algoritmos y pantallas. 

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DESCUBRIMIENTO

Yo no sabía que el amor tuviera este hilo tan fino. Pensaba que era luz, o promesa, o una casa encendida cuando afuera hiela. Creía que amar era encontrar refugio. Pero amar es también quedarse sin techo.

Descubrí que amar es permanecer cuando todo en uno quiere huir para no sentir tanto. Es sostener la herida sin convertirla en espectáculo. No hacer del dolor una identidad.

Hay un dolor que no ensucia. No humilla. No grita.

Trabaja en silencio, como el agua que desgasta la piedra sin violencia, pero sin descanso.

Un día entendí que algo en mí había sido pulido. No reducido. No quebrado.
Pulido. El amor me estaba afinando. Quitando exceso. Quitando orgullo. Quitando miedo.

No es heroísmo quedarse. Es claridad.

Amar así duele. Duele porque te expone. Porque te obliga a mirarte sin máscaras.

Pero cuando atraviesas ese dolor, el espíritu queda más limpio. Más verdadero. Más simple. Y ya no quieres amar de otra manera. 

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O AMOR

Agochase nos poros da miña pel, nos pregues da memoria, na respiración lenta das madrugadas. Queda nas cousas pequenas: unha palabra dita en silencio, unha canción que xa non escoito, a forma en que o teu nome se acomodaba na miña boca. O «nós» non sobreviviu. Quedan fragmentos. Po. Restos dunha historia que agora camiñan separados. E aquí estou. Habitando un corpo que aínda sabe quererte, aínda que xa non teña onde facelo. Ás veces pregúntome se o amor remata realmente… ou se simplemente aprende outra maneira de quedar so. 

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MEMORIAS NOCTURNAS

Cansinamente se consumió nuestra voluntad en un desierto calcinado de escombros. Recordando aquello hoy crecen en mi interior inagotables pulsos de vida y las pequeñas espinas que transpiran mis intramuros hieren mil preguntas al viento. Son instintos que oprimen mi pecho añorantes de aquella primera embriaguez. Ahora pretendo imaginar por qué tus hábitos se alejaron de mi mundo evaporando el rocío de aquella noche, pero sólo puedo identificar el desafiante eco de tus imperecederas palabras golpeando mi mente como un poema de silencio. Ahora intento despertar en mis ojos una razón de vida que culmine en la promesa de otros labios. Por esta razón de vida, rezo todas las noches que no me duerman los recuerdos.

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LA AMABA TANTO

La amaba tanto que aprendió a leer sus silencios como quien estudia constelaciones: con paciencia, con devoción, con la esperanza de encontrar sentido en lo invisible. Creía que cada pausa era una palabra oculta, cada mirada perdida una confesión. Pero nunca supo que ella gritaba por dentro, como un volcán dormido, esperando que alguien escuchara el temblor antes de la erupción. Él interpretaba sus silencios como paz, cuando en realidad eran gritos contenidos. 

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CONSECUENCIA DE LA SOLEDAD

Todos tus posteriores supuestos vuelven a caer en un cárdeno letargo, y antes de sentir un aliento extraño ya te queman sus horas de acelerada compañía como el sol abrasa tus sienes, e irascible rechazas su convivencia, y con un grito quedo justificas cualquier pasajera invención para que exclusivamente te escuche la soledad, ¡tu eterna privilegiada!

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A MIÑA MAN

A miña memoria lembra o que o amor esquece. Por iso algunhas noites esperto coa sensación de que aínda estás aquí. Non no cuarto daquel hotel suado, senón nun lugar máis fondo, onde a pel garda os hábitos antigos. Hai xestos que sobreviven á despedida. A miña man sabe que o espazo que ocupabas agora é territorio sen dono. Non entende de finais. Só avanza, coa paciencia cega de quen amou demasiado tempo. Ás veces penso que o amor non desaparece. Só cambia de lugar. 

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FRUSTRACIONES

Me gustaría tener una voluntad de piedra para de esta forma no asilarme en mi ya familiar tiniebla de sentimientos cautivos cada vez que navega por mi memoria esta ruleta de impulsos y desvaríos. Me gustaría tener la claridad de ideas que ostentan algunos de los fantasmas que yo evoco, y así, ¡sin más!, arrojar todos mis nocturnos temores por un verde precipicio de inocencias y desafíos.

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LA ESCALERA

Ayer acompañé a un amigo que había venido de Galicia a comprar unas camisas en unos grandes almacenes. Era la disculpa apropiada para darse una vuelta por Madrid. Y eso que, siempre que viene, a los diez minutos, está echando pestes de las prisas que tenemos los que vivimos en Madrid.

—Apresúrate, hombre, apresúrate, que así te equivocarás antes. Te lo digo a ti, sí, a ti. La prisa te queda muy bien, hace que veamos aún más claro que eres un incompetente con estilo.

Accedemos a los grandes almacenes. Se queda cinco minutos mirando el directorio de lo que hay en cada planta.

—Es la segunda, Manuel, que yo lo conozco muy bien.

—Por si acaso vamos a comprobarlo.

Y otro tanto leyendo planta por planta. Se forma un pequeño tapón porque siempre tiene la virtud de colocarse en el lugar que más obstruye el paso, ya sea un restaurante, el metro o la plaza de abastos. Le dan un pequeño empellón que le encorajina y sufre en silencio un arrebato de ira.

—Y a sabes que yo las escaleras eléctricas nada de nada y los ascensores menos aún.

En la escalera de piernas, así las llama él, su marcha es lenta y muy tranquila. Además, cada vez que quiere decir algo se para hablar. Como se cansa muchísimo con sólo cinco escalones, sube dando bandazos de barandilla a barandilla. Yo lo conozco y sé cómo acompañarlo en este vía crucis que supone subir dos plantas. Veo que detrás de nosotros viene un hombre que aparenta mucha prisa (¡Cómo no en Madrid!).

Mi amigo, en medio de la escalera, contándome el problema de la regulación de los semáforos en la aldea, se niega a llamarlo pueblo, no entendía nada.

—Vamos a ver, por favor, sube o baja. ¿Qué narices quiere hacer?, le dice el preseiro (así se llama irónicamente en Galicia al que tiene siempre prisa).

Mi amigo, sin perder las formas le contesta muy bajito y moi quietiño, como un don Tancredo en una plaza de toros:

—Depende. Me voy a explicar porque yo lo tengo muy claro. Pausa de tocanarices. Si subo es que subo, y si bajo es que bajo.

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LLEVO MUCHAS NOCHES

Llevo muchas noches buscando unos labios que me quemen antes del beso. Llevo muchas noches viviendo dentro de un corazón que sólo me genera un sinfín de sufrimientos. Llevo muchas noches sin reconocer unos ojos y unas manos en mi pulso caliente. Llevo muchas noches sin beber el cálido aliento de tus firmes pechos. Llevo muchas noches que me garanten un electrizante beso sin sombras de miedo. Llevo muchas noches sin experimentar el placer que me una a ti definitivamente. 

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SANTIAGO

En esta madrugada Santiago huele muy bien. Huele a mariposas nocturnas en un camino de estrellas y a primavera de aguas singulares; huele al bautismo del sagrado incienso que recorre las calles y a un viento fresco lleno de aguas calmas. Como un artesano diestro, la mano de este viento pule el silencio de las calles cubiertas de rocío, y su tela invisible de lino aromatiza el aire con cenizas casi santificadas. ¡Vetustas campanas del cielo doblan sinfonías de piedra!

Santiago, te llevo siempre en mi pensamiento, te llevo en la memoria herida que sana continuamente el dolor de mi sangrar. Santiago, soy como un mendigo perdido de nostalgia que recoge en este lugar santo un manojo de gardenias y una armadura de viva paz. Siempre Santiago en mi pesar. 

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ESPIDO

Espido de todo preséntome ante ti. Mellor dito, ante o teu recordo. Ese réptil velenoso que adula a miña memoria cunha festa inhumana de lascivas soidades. Trema todo o meu corpo nunha obscena neglixencia. Percorro co pensamento toda a túa epiderme e volvo tremer, esta vez con máis intensidade. Cada poro da túa pel é unha dor libertina que me devora nesta soidade escollida por min. Velo? Lembro que me dixeches o primeiro día que nos vimos que a túa pel era seda. E o último. Quixen recuperarte coa torpeza dun neno montando un xoguete. E ti, no limiar da porta, deches media volta: —Ata nunca. 

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ESTALLIDO

Ha estallado en el interior de mi ser un cálido vértigo, una latente querencia. Ha estallado en el ocaso de mi memoria una gran estrella azul de fuego que aniquila cualquier ley humana y conjura tormentas en los límites del espacio, una estrella azul que examina la concavidad de mis sienes y desvanece el olor de tu esfinge. Ha estallado… en el interior de mi ser una sucesión de oscuras batallas, y, obcecado en tu huella, sumerjo a mi solitario autóctono en una inaccesible fragua de invisibles esperanzas. Cuando aún creía guardar en mi fantasía el temple de aquella primera caricia, ha estallado en el interior de mi ser la ráfaga de unos ojos bronceados, expandidos por mis entrañas, y como un sortilegio de negaciones me repite monótona la infinita leyenda de una expectativa. Ha estallado en el interior de mi ser un cálido vértigo, una latente querencia… por ti.

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UNA VOZ

Qué sencillo parece decir adiós cuando uno ya conoce de la noche las dos orillas: la de los murciélagos y los fantasmas y la que tiene el sabor de las fresas. Pero siempre surge, en esa misma oscuridad herida, una voz llena de estrellas que te hiere de nuevo y vuelve pluma temblorosa tu alma antaño viajera. Qué sencillo parece decir adiós cuando uno ya conoce de la noche las dos orillas.

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POÉTICA DE PIEL Y VERSO

En los latidos de mis versos defiendo mis creencias, confieso la fe de los míos, respiro el aroma de nuestra tierra y construyo con ellos una trinchera llena de astros y estrellas. Cada palabra es un fuego que arde sin permiso, una raíz que se hunde en lo más hondo de mi memoria.

En los latidos de mis versos siento tu pulso, libre de miedos y cadenas, sepultando mis cipreses en un tiempo de camelias blancas. Y trazo, con el golpe suave de mi muñeca, en una orilla siempre viva, el perfil de una letra desnuda que junto a ti comienza a tener vida.

Tu piel es territorio de luz y sombra, mapa secreto donde cada sílaba se posa como un suspiro. Escribo sobre ti como quien acaricia, como quien descubre en cada poro una palabra nueva. Tus hombros son estrofas que se abren al tacto, tus muslos, versos que se deslizan entre la bruma de mi deseo.

Cuando mi mano roza tu espalda, el poema se estremece. Cuando mi boca nombra tu cuello, la tinta se vuelve carne. Y en el temblor de tus pechos, encuentro la rima perfecta, esa que no se escribe, pero se siente.

No hay métrica que encierre tu cuerpo, ni estrofa que contenga tu aliento. Eres poema sin forma, sin límite, sin final. Eres la letra que se desnuda en mi mirada, la palabra que se humedece en mi lengua, el verso que se arquea cuando la noche nos cubre.

Y yo, poeta de tu piel, sigo escribiendo. Porque en cada latido, en cada roce, en cada silencio compartido, sé que la poesía no vive en los libros, sino en ti. En tu cuerpo. En tu voz. En el temblor sagrado de tu presencia. 

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FERIDA

Xorda. Si. Así é. Non se escoita. Non se ve. Pero séntese. É fonda coma unha sima oceánica. A dor zumega coma a lava dun volcán que destrúe todo ao seu paso. É intensa. Como unha praga que castiga a inocencia e deambula polo meu interior como un fantasma con esputos na alma.

Este salivazo emocional prostitúe os meus sentidos e déixame exhausto tras ler os teus ollos. Si, eses que se cravan no meu corazón indolente na procura dunha muller que me abrace con sangue de pracer sinfónico. 

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SE HA ROTO EL SILENCIO

Jamás pensé que tu seductora compañía, silente escultura de sedosas y serviciales manos, respondiera afirmativamente a este juego de ilusiones que preside mis actos y a la frialdad que proyecta mi mirada cuando te desnudas ante el espejo. Jamás lo pensé. Las fantasmagorías se pasean, entre sombras, en tomo a un cuerpo de mujer que se ha perfilado limpia, serena y sensual. Desde entonces, todos los días, modelo una ilusión, un tiempo de fascinaciones y bonanzas, un calendario de sugerentes promesas, un lejano placer físico que resucita, un deseo asustado que me envuelve dilatado y un afán visionario que sólo anhela ser arropado por el cuerpo de tu enardecido silencio y por la ebriedad de tu piel desnuda.

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MAÑANA

Cuando una fría humedad recorra tu cuerpo y te desvele en la noche, renacerá en ti aquella vieja inquietud que antaño relegaste al olvido. Aquello que latía oculto en tu pasividad te despertará fugazmente, y como un espiral de dóciles síntomas se revelará tu agotamiento, cristalizado de dudas, y tu disperso rostro se helará ante la fuerza de su mirada.

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CAPÍTULO IX DE ‘HATROZ’.- SUS PRIMERAS PALABRAS

Los primeros meses de vida de Rafo fueron tranquilos, plácidos y bonancibles. Alteraciones nocturnas propias de un bebé que tenía en perfecto estado los esfínteres. Se liberaba con una precisión y una regularidad británicas de las aromatizantes cacas cuando su padre estaba profundamente dormido. El proceso siempre era el mismo: el olor se apoderaba del olfato de su madre, que se lo comunicaba con un cariñoso golpe a su padre. La madre avisaba a Chon que asumía la tarea de limpiarlo con gran diligencia. Los ronquidos del padre se oían en toda la casa, hecho que encorajinaba a su madre, que tenía un dormir, digámoslo así, «muy muy muy superficial».

Salvo las características fiebres, las propias mucosidades y las nada edificantes pataletas, podemos entender que los tres adjetivos aplicados en el inicio se refieren a un permanente descubrimiento de objetos, sensaciones y sentimientos.

―Tienes un mundo a tus pies, hijo, un mundo que, si actúas con rectitud, te ofrecerá más luces que sombras. Y el pequeño Rafo le hacía a su padre unas pedorretas bucales que significaban que le importaban un bledo sus «profundas palabras».

Los recuerdos son nulos ―y eso que el día que hablamos de esta época Rafo hizo unos esfuerzos titánicos, casi sobrehumanos, para «reencontrarse» con algún episodio vivido― y lo que sus padres le comentaron posteriormente ―su padre era médico― no va más allá de lo que Piaget estableció los dos primeros años como periodo sensoriomotor y de dos a siete años como periodo preoperatorio. Y aquí me paro. Me niego a seguir con Piaget porque sería un verdadero ladrillo. Para ti, lector, motivo suficiente para «colgar» este libro. Cuando Rafo estudió sus teorías evolutivas, le vino la misma sensación de aburrida matraca que cuando se propuso leer el Ulises de Joyce tras perder una apuesta en el bar de la escuela con el mejor jugar del «póquer de los garbanzos».

―Esto me retrotraería a mi etapa universitaria, se dijo en alto Rafo. Y como decimos en gallego inda é cedo (aún es pronto).

Me importa mucho más el momento en el que pronunció sus primeras palabras. Cuando empezó a hablar. Debe ser inolvidable y casi taumatúrgico el momento en el que los padres logran establecer una conexión verbal con su hijo. El lenguaje es el milagro humano. Los seres humanos nos comunicamos a través de un maravilloso vehículo lingüístico que es el lenguaje. Cierto es que hay otros vehículos de comunicación. Genéticamente, dicen los especialistas, nos vienen dadas unas capacidades lingüísticas que no se desarrollan hasta la plenitud de la vida, lo cual sucede alrededor de los 5 años. Neurológicamente hablando, según los entendidos, un niño de 5 años es un hablante adulto. Hasta esa edad, el cerebro madura a través de unas etapas poco flexibles, siendo el periodo de los 2 a 4 años el que tiene los puntos más críticos de la formación de las vías lingüísticas neurológicas. Las combinaciones de palabras aparecen alrededor de los 2 años. Pero hay niños que comienzan antes de los 2 años a hablar. Y en la familia de Rafo hay testimonios de ello.

En esta época quiero situar a nuestro protagonista.

En los primeros inviernos madrileños ―estos periodos del año siempre los ha vivido en Madrid― fue descubriendo poco a poco su entorno. De un modo muy primitivo claro está. No era consciente de los logros según los iba consiguiendo. Tranquilidad, que no voy a hacer una exposición de la evolución de Rafo como bebé, pues podríamos encontrarnos con un abanico amplio de experiencias de todo tipo, pero especialmente escatológicas. Sus padres, él no lo recuerda, celebraron con gran algarabía cuando consiguió controlar los esfínteres y mostró por primera vez un continuado y avezado interés por sentarse en el inodoro. Su abuelo, en Santiago, lo celebró con una oración de gratitud ante el apóstol Santiago.

Por más que se empeñe, no son recuerdos lo que tiene de este periodo de su vida sino más bien memorización de situaciones mil veces narradas en los años posteriores por sus padres o por las personas que se encargaron en esos años de su atención y cuidado. Según ellos, la frase más repetida desde que comenzó a caminar era: no toques eso.

Quiso demostrar su arte pictórico cuando, en una pared recién pintada, plasmó con «pintura marrón» una recreación gráfica de la finca de Bertamiráns.

―Ayé, ayé. Y le mostró a su padre su «picassiana obra».

―Tranquilo, hijo, tranquilo, le dijo su padre mientras reprimía una verdadera regañina «mordiéndose las muelas». Su padre le quiso explicar que las deposiciones no deberían salir del inodoro. Hijo, para pintar están los cuadernos que te hemos comprado y que no los usas.

Rafo se empezó a reír con una energía que exasperó a su padre. Lo sentó de nuevo frente a él y, mientras intentaba aclararle dónde debía pintar, Rafo lo celebró con una batería de pedorretas bucales que le dejaron la cara repleta de húmedos salivazos. 

Por lo demás, hay un categórico vacío. Lo que sugiere una normalidad absoluta en su progresión como niño. Habrá quien piense que de esos años sólo se recuerdan las experiencias traumáticas, que las placenteras ―si por placentera se puede entender el destete o la salida de los dientes― caen en el olvido más absoluto. Cada vez que, ya con la madurez del adulto, hizo sus pesquisas sobre esos primeros años las repuestas siempre fueron las mismas: sin novedad. Todo transcurrió con la normalidad de un niño que empieza a descubrir un mundo nuevo para él. Nada de acciones heroicas, de comportamientos intrépidos y mucho menos de acontecimientos homéricos.

La primera vez que escuchó estas palabras sintió una enorme frustración, pues todos pensamos que, como vemos en ciertas películas, nuestros primeros años son un cúmulo de patrioterismos hogareños y caseros.

―Comías, dormías y crecías, le dijeron una multitud de veces.

―¿Tantos meses reducidos a tres simples verbos? ¡Qué frustración! Yo que, cuando por primera vez escuché de los mayores mis experiencias infantiles, había imaginado que no habría horas suficientes en un día para hablar de mis epopeyas. Mi proceder entonces sería un cúmulo de espeluznantes aventuras, intrépidos lances y arriesgadísimas andanzas. ¡Cómo mi hermana me había salvado de morir cuasi electrocutado por meter los dedos en los enchufes!

―Nada, hijo, había unos inventos magníficos que se metían en los enchufes y que impedían que los niños hurgaran en ellos.

¡O cómo fui capaz de poner en funcionamiento la olla exprés para preparar leche merengada al baño María!

―Nada, hijo, si la olla estaba siempre fuera del alcance de los niños.

Cuando fue consciente de mayor de que en esos primeros años no tuvo empresas peligrosas, quizá comprendió un poco, la venganza se sirve fría, por qué en su edad escolar fue tan proclive a recibir toques de atención por parte del profesor por ciertos escarceos en el aula utilizando los rotuladores como perfectas y dañinas espadas.

Según me cuentan, el invierno de sus tres años fue variopinto en su aprendizaje. Días graciosos por ser el causante de muecas y gestos candorosos, y días, llamémoslos inapropiados, por ser una constante lucha contra el dolor de dientes, incisivos y muelas y por una balsámica muda de pañales. En los periodos del invierno que su abuelo paterno pasaba en Madrid no había otro objetivo por su parte que el niño se soltara a hablar. Y todo era una sempiterna frustración, pues lo solucionaba todo con un ayé mayestático.

¿Quieres un vaso de leche? Ayé. ¿Vamos al Jardín Botánico? Ayé. Hay que irse a dormir. Ayé. Llegó un momento en el que la preocupación empezó a invadir la mente de los mayores. Veían cómo niños de su edad y menores ya pronunciaban frases con cierta coherencia mientras Rafo se mantenía en un solitario y convulso ayé. Su abuelo, farmacéutico militar con una profundísima formación humanística, desdramatizaba la situación con un sentido del humor a la vez bullicioso y calmante de ánimos.

―Todos buscamos aprender idiomas porque consideramos imprescindible el dominio de dos lenguas por lo menos para podernos manejar por el mundo. Y este rapaz, egregia criatura del futuro más inmediato, lo soluciona todo con una palabra. Es la reducción del esperanto a su mínima expresión. Pura practicidad. Y soltaba una pequeña carcajada.

Y llegó el verano. Viaje inconmensurable por la magnitud de los bultos. Casi tan numeroso como los trofeos del Cid después de una victoria: incontable el botín. Pues aquí incalculable el número de paquetes y maletas. Ocupaban medio vagón del tren rápido ―ja, casi diez horas de viaje― con destino a Santiago de Compostela. La travesía era una auténtica odisea para los adultos. Sólo basta mencionar que eran diez individuos ―entre adolescentes y niños― y 5 ó 6 personas mayores. Digo individuos porque era como se dirigía a nosotros un tío nuestro cuando nos quería regañar: individuo, venga usted aquí. Su comportamiento deja mucho que desear y… a continuación venía una entrañable reprimenda. Inútil de todo. Duraba el efecto cinco minutos. Algarabía, carreras, caídas, risas y juegos. Cuando no regañinas por parte del revisor, que en aquella época nos parecía, por su uniforme, un comandante de la Marina.

La llegada a Santiago y el posterior traslado a Bertamiráns en diversos taxis era una auténtica liberación para los adultos. La llamada nocturna a los «padres de familia», que trabajaban en Madrid, informando del éxito de la misión era poner una pica en Flandes. Y ese verano fue absorbente, cautivador y ameno hasta lo inimaginable. Pasar casi dos meses con toda la familia materna en pleno campo no tiene precio hoy en día. La naturaleza alimentaba una vivificante ansia de vida campestre.

El dormitorio lo compartía con un primo suyo al que le lleva once meses llamado Jorge. De su hijo mayor Rafo es el padrino en la actualidad. Ya hablaremos en otro momento de las aventuras que pasaron los dos en Galicia. Hoy me remito sólo a ese periodo de tiempo. Escuchar a Jorge era un orgullo, pues hablaba casi con absoluta perfección. Una mujer de allí le llamaba humorísticamente el Académico. Mientras Rafo, que era mayor, seguía con su famoso ayé. Lo curioso es que después de unas intensas y vividas vacaciones, se produjo un sonado trasvase. Llegó el mes de septiembre cuando se trasladaron a Vedra sus padres, su hermana y él, para pasar el mes de septiembre con la familia paterna y la situación cambió radicalmente: Jorge se apoderó del solemne ayé y Rafo se convirtió en un incipiente Castelar. La situación causó cierta gracia en algunos y algo de hilaridad en otros. El ayé de Jorge fue efímero como una huella en la arena o una tarjeta de felicitación. Rápidamente retomó su buen hablar.

La llegada a Vedra fue un rotundo éxito, pues su abuelo Luis, que los esperaba lleno de ansiedad, pudo comprobar que su nieto se había convertido en un competente, a la par que inagotable, disertador. Hablaba, hablaba y hablaba. En algunos momentos no era consciente de lo que decía y en otros erraba más que una escopeta de feria. Pero las frases salían con fluidez de su antaño balbuceante y rácano aparato fonador. Varias veces en situaciones embarazosas y reservadas para los mayores, fue reprendido con una frase que se hizo desde entonces muy familiar: cala, fillo, cala un pouco (Calla, hijo, calla un poco).

A moito falar, moito errar (Quien mucho habla, mucho yerra), le decía, después de ponerlo firme delante de ella su abuela María, poseedora de un colosal genio. Rafo salía corriendo y repitiendo una palabra que le había oído en Bertamiráns a su tío Filoso:

Tururú, tururú, tururú, tururú…

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GRITO DE NOCHE

Grito en la noche para que me oigas tú.

Grito cuando la casa se queda demasiado grande y el silencio pesa más que los muebles. Grito mientras los pájaros se posan en mi ventana y me miran con esa paciencia antigua que tienen las criaturas que no esperan respuesta.

Tú no me escuchas. O quizás sí, pero desde lejos.

Y mi voz se queda suspendida en la oscuridad como una cuerda que nadie sujeta.

Grito no para que vuelvas, sino para que no se apague lo que siento. Grito para recordarme que aún estoy aquí, que aún amo, que aún me duele tu ausencia como si fuera un órgano más del cuerpo.

Los pájaros inclinan la cabeza. Ellos sí escuchan. Ellos sí recogen el eco. Y convierten mi vida hambrienta en un sufrimiento que brilla. Porque hay dolores que iluminan, aunque quemen.

Grito cuando la madrugada parece no tener fin. Grito para no convertirme en piedra.

Grito porque amar y callar al mismo tiempo me desgarra.

Si alguna vez me oyes, no busques reproche en mi voz. Es solo necesidad.
Es solo amor intentando no morir en silencio.

Grito en la noche hasta que el alba empieza a borrar mi voz y me quedo, otra vez, solo con el latido. 

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LÓGICA Y EVIDENTE CONSECUENCIA DE LO NO EVIDENTE

Desde entonces, siento la turgente opacidad del desierto; desde entonces, transito hermético por jardines prohibidos; desde entonces, oscuras tempestades se acunan en mis ritos; desde entonces, duermo huérfano de oferentes naturalezas; desde entonces, vacío la desesperanza que vulcaniza mi vida; desde entonces, bocetos de vida intento aplicar a mis pasos; desde entonces, entre quejosas sombras, te busco día a día.

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VERÁN

Durante a miña primeira adolescencia fun feliz e daquela non o sabía. A culpa —ou o milagre— foi dunha rapaza que aínda lembro: Maite. Non sei se chegou a entender o efecto que provocaba ao achegarse, ao rir, ao mirarme coma se o mundo fose algo sinxelo que se podía compartir.

Foi ela quen me espertou. Quen me sacou do recuncho tímido onde os rapaces adoitan agocharse cando o corpo comeza a cambiar e todo parece demasiado novo.

Ao seu carón o medo non tiña demasiado espazo. As palabras saían cunha naturalidade que despois tardaría anos en volver atopar. Eu falaba, camiñaba, mesmo soñaba cunha levidade que agora me parece case irreal.

Non ocorreu nada extraordinario. Non houbo grandes promesas nin xestos memorables. Só a sensación limpa de que unha rapaza podía mirarme e atopar en min algo suficiente.

E así descubrimos os nosos corpos. E durante un tempo —breve, luminoso— eu tamén o crin. 

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POÉTICA

Alguien, pura y desnuda, diseñó una torre de marfil para inmortalizar, entre ambrosías divinas, su credo poético; otros, entre los que yo me encuentro, desde la quietud del verso anónimo, sugieren poemas y notas vagando como un alcaraván entre peces muertos, aderezos insomnes y fugaces cintas de luz.

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IMPOSIBLE

Intuyo que casi fuimos felices durante unos minutos. O al menos eso creo. Así es lo nuestro: quiero tu ausencia, pero detesto tu presencia. Te deseo, pero no me toques. ¿Por qué haces público lo nuestro?, me preguntaste tras observar tu móvil. ¿Por qué haces imposible lo nuestro?, te objeté. Silencio total. Ninguno de los dos supo qué decir.

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EL DESEO CARNAL

El deseo carnal llega a mí como una tormenta de verano: rápido, caliente, inevitable. Pero el desamor se hace cargo de todo y deja en mí un frío lento, persistente, como una sábana húmeda que no hay manera de secar. Y empapa mis miserias como si nadie quisiera visitarme. La fiesta nocturna donde el sudor, el alcohol y la niebla se mezclan hasta formar una única sustancia que no se puede explicar, sólo vivirla al máximo. Entonces, tu cuerpo caliente y vivificante, esa madrugada de verano, refrescará mi cuerpo enardecido de soledad. Y me dices que deje que el orballo reconforte mis ansias, que no quiera una misericordia de cuerpo desnudo porque al final, cuando duerma en tus brazos, me saciarás plenamente. 

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UNA COMIDA DE CHICHARRONES EN UN FURANCHO

No encuentro el furancho. El furancho me encuentra a mí. Siempre ocurre igual. Una flecha pintada a mano, una parra cargada de hojas, un camino estrecho entre viñas y, al fondo, una casa que no presume de nada porque nunca lo necesita.

Empujo la puerta y el olor me abraza antes que nadie.

Huele a vino nuevo, a madera vieja, a pan recién cortado y a chicharrones calientes. También huele a humo, a cocina de verdad y a conversación. Porque las conversaciones, cuando son buenas, también tienen olor.

Las mesas son largas. De madera gastada por los años, por los vasos apoyados sin cuidado y por los codos de tantas personas que han venido aquí buscando exactamente lo mismo que busco yo: pasar un rato sin mirar el reloj.

Me siento. Alguien llena el vaso sin preguntar cuánto quiero. Aquí nunca hace falta medir las cosas importantes. El vino cae despacio y tiene ese color entre rubí y granate que solo consiguen las cosechas hechas con paciencia. Lo acerco a la nariz antes de beber. Huele a tierra, a uva y a otoño.

Entonces llegan los chicharrones. Todavía crepitan un poco.

Los ponen en el centro de la mesa, sobre una fuente de loza blanca que ya ha visto demasiadas comidas para sorprenderse por nada. No espero a que nadie me invite. Nunca se hizo así. Alargo la mano casi sin pensar y cojo el primero. Después otro. Y otro más. Son de esos sabores que no entienden de modas. Crujen primero y enseguida se deshacen, dejando ese gusto que solo pide un trozo de pan y un sorbo de vino.

Sonrío. De repente vuelvo a tener veinte años.

Recuerdo aquellas tardes interminables en las que comía chicharrones con el entusiasmo de quien cree que el hambre nunca se acabará. Éramos jóvenes y teníamos una confianza inmensa en el mañana. Nadie hablaba de colesterol ni de prisas. Hablábamos de la vendimia, del baile del domingo, del primo que había escrito desde Caracas o del vecino que aseguraba conocer el secreto para podar mejor las cepas. Y mientras tanto, las manos seguían buscando otro chicharrón en la fuente, casi sin darse cuenta.

Qué bien sabían aquellas cosas sencillas.

Y qué poco caso les hacíamos precisamente porque pensábamos que durarían siempre.

A mi alrededor las conversaciones suben y bajan como las olas. Unos discuten sobre el tiempo. Otros recuerdan una fiesta de hace cuarenta años. Alguien se ríe tan fuerte que acaba contagiando a toda la mesa. Nadie mira un teléfono. Nadie tiene prisa por marcharse. La tarde parece haberse detenido entre los vasos de vino y el murmullo de las voces.

Miro las paredes. Hay herramientas antiguas, cestas de mimbre, una fotografía en blanco y negro donde un hombre posa orgulloso junto a su viña. No son adornos. Son la memoria de una familia que decide compartir su casa con quien llega dispuesto a disfrutarla.

Pienso entonces que un furancho nunca vende solamente vino.

Sirve hospitalidad. Sirve conversación. Sirve recuerdos.

Y, sin darse importancia, sirve también una manera de entender la vida.

Cuando me levanto, el sol ya empieza a esconderse detrás de las viñas. El aire trae olor a tierra húmeda y a hojas de parra. Camino despacio, con esa alegría tranquila que dejan las sobremesas largas.

Comprendo que lo mejor de aquellos chicharrones nunca está en el plato.

Está en las manos que los comparten. Y mientras el camino se aleja, sonrío para mis adentros.

Hay sabores que alimentan el cuerpo. Y otros, mucho más raros, que llevan toda una vida alimentando la memoria.

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IMAXINADO

O amor imaxinado é un refuxio xélido, pero non pode ser rexeitado por ninguén. E así fun acumulando invernos baleiros e fríos. Ata que un día aprendín a estar so e  entendín algo: cada novo inverno fai máis longo a ferida da soidade. E ás veces abonda a curación dunha pequena chaga para que o xeo comece a derreterse. 

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OBITUARIO

Hace cosa de pocas semanas recibí un correo electrónico con un encargo claro y diáfano: escribir, para una revista de difusión cultural, el obituario de José María Máiz Togores. Y yo, que sólo entiendo de enseñanza, libros y poco más, llevo desde entonces sin apenas dormir, pues tal circunstancia, creo, supera mis posibilidades. Sé que José María era un buen hombre. Pero de ahí a escribir un obituario va un abismo. Ante tal turbadora situación me puse inmediatamente a buscar información para poder solventar dicho compromiso. Así es como encontré en internet una serie de cartas escritas a una mujer de nombre desconocido por el fallecido.

Pero mantengamos un riguroso orden y dejemos eso para luego. Ahora toca su faceta laboral. José María también tenía como profesión la enseñanza. Era un vocacional profesor de Lengua y Literatura españolas y Literatura universal en un centro de Madrid. Llevaba muchos años en él y se había labrado cierto prestigio que no había variado en absoluto su carácter bonachón y afable, aunque algo cascarrabias.

Era un hombre tímido, reservado y ciertamente apacible. Un tanto asustadizo ante la enfermedad, como todos los hombres, diría una buena amiga. De apariencia serena y tranquila, por dentro era un auténtico ciclón. Algunos de sus «enemigos», que los tenía, decían de él que era pusilánime, blandengue y timorato. No supo resolver muchos de los problemas que se le fueron planteando a lo largo de su vida. Eso decían sus difamadores post mortem. Los dejaba estar, para que por sí solos desaparecieran. Hecho este que lo convirtió en más de una ocasión en el blanco de las críticas de sus «queridos compañeros». Otros, los buenos amigos, esos que se mantienen fieles en cualquier trance de la vida de uno, me contaron detenidamente las incontables cualidades que manifestó en vida. La principal, coincidieron la mayoría, junto a una proverbial educación, era que sabía escuchar, que tenía un temple para atender las penurias ajenas sin mostrar impaciencia o hartazgo. Era poco tal condición.

Además, siempre tenía una buena palabra para un mal momento. Solo con verlo por los pasillos del colegio era como un bálsamo del espíritu. Sí, el de fierabrás, apostilló un acerado compañero que estaba bastante harto de tanto opulento elogio. Era frío y glacial en algunas ocasiones. En una ocasión, a una compañera, donde todo el mundo esperaba unas palabras de afecto y cariño solo manifestó un gesto aséptico y de muy aterida cordialidad. Eso es falso, y el autor de dichas palabras lo sabe muy bien. Él lo único que hizo fue esperar a estar a solas para poder expresar en la intimidad todo ese caudal de simpatía y estima que sentía por esa persona. Creo que si entramos en un tira y afloja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que suficiente.

Toca cambio de tercio. Según muchas voces, lo que más llamó la atención en vida fue su nula disposición a hablar de su vida privada. Por eso me sorprendí tanto al descubrir unas cartas tan personales. He estado noches y noches leyendo las diferentes entradas que hacen referencia a sus vivencias amorosas y no he dejado de asombrarme con la proliferación de detalles tan íntimos. He llegado a pensar en un desdoblamiento de personalidad, en la recreación de un personaje por parte de él para de ese modo volcar todas las intimidades que le atormentaban. Es lo que más me importa en estos momentos. Es lo que quiero aclarar por encima de todo.

No sabes, amigo lector, lo que he buscado a esa desconocida amiga que tanto le hizo gozar y sufrir en vida. He llegado a poner innumerables anuncios en las principales cabeceras de este país para ver si, al leer el periódico, esta mujer decidía hacerse visible. Esfuerzo vano… ¡Pues vaya obituario entonces! Sí, tienes razón… Es un resumen biográfico inconcluso. Déjame terminar. Esfuerzo vano… hasta hace tres días exactamente.

El miércoles a eso de las diez de la noche recibí una sms que me alteró de tal manera que me fue imposible conciliar el sueño. «Soy la mujer que estás buscando. Cuando quieras tomamos un café y hablamos». En un desconfiado intercambio de mensajes, pues yo estaba temeroso de que saliera huyendo con un despiadado mutis por el foro, conseguimos acordar una entrevista en un viejo café de Bilbao. Cuando llegué a él, precipitado y ansioso, ella aún no estaba. Me senté a una mesa que me pareció adecuada por estar un poco apartada del resto. Pedí una consumición y un camarero con cierto aire de inspector trasnochado me la sirvió tras preguntarme si iba a estar solo. No entendí ese interés, pero le contesté desganado que estaba esperando a una persona. Pues tendrá que esperarla bastante tiempo, me respondió después de mirar su reloj. La mujer que se sienta a esta mesa no llega hasta las ocho de la tarde. Atónito y estupefacto me dispuse a leer el libro que me acababa de comprar. Incomprensiblemente estaba haciendo caso a la sugerencia del camarero. Ya imbuido en la lectura del poemario adquirido, no presté la más mínima atención a mi entorno hasta que una voz femenina sonó a mi lado.

―Hola, buenas tardes, perdona el retraso, pero es que un encargo de última hora no me ha permitido salir antes del trabajo.

Se acercó a mí, me dio dos besos y un sensual perfume invadió todo mi espacio. Inmediatamente se sentó en la silla que la esperaba junto a mí desde hace bastantes minutos. Había muy poco espacio en el destartalado café, pero fue capaz de quitarse el abrigo con una elegancia y una diligencia espectaculares. Llevaba una blusa blanca ceñida y escotada lo justo para marcar una «todavía» muy atractiva figura. La falda, negra, dejaba a la vista un par de piernas contorneadas y pulidas a cincel griego en un gimnasio. Terminaban en unos zapatos negros que dejaban deducir la necesidad de estar cómoda en un día de trabajo.

Tras hacer un gesto de asentimiento al camarero ─se notaba cierta familiaridad─ colocó su bolso en la tercera silla que miraba impasible la situación. Me cogió, airosa y delicada, el libro que estaba leyendo, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poesía─ y me soltó a la cara: yo soy la mujer de las cartas de José María. 

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LA MEMORIA

La memoria, hija bastarda de la verdad, rara vez me visita cuando la clarividencia se apodera de mí. Aparece como un rastro, como algo que permanece cuando el tiempo ya ha pasado lentamente sobre las vivencias y ha dejado su indeleble huella. Es malvada porque no siempre guarda lo que debería, guarda lo que ella quiere. A veces protege aquello que creíamos perdido y, en cambio, deja escapar como pájaros que no quieren jaula lo que pensábamos que permanecería siempre. Estos poemas nacen del territorio incierto de una biblioteca que pierde volúmenes cada noche. No intentan reconstruir una historia ni explicar el pasado porque ese mapa ya no tiene caminos. Son fragmentos. Instantes que quedaron suspendidos en la piel de lo vivido. Momentos que no terminaron de extinguirse y que regresan, de pronto, con la forma difusa de una mirada, de una voz cercana, de una cálida mano, de un gesto que vuelve sin pedir permiso. Quizá la memoria sea justamente eso: un lugar donde lo que alguna vez ardió continúa dejando señales como las hojas en otoño. No fuego ya… sino una tibieza persistente, como la ceniza que todavía guarda calor cuando uno se acerca lo suficiente. Los textos que siguen no pretenden descifrar esas huellas ni darles un sentido definitivo. Solo se acercan a ellas con cuidado, casi como quien roza algo frágil con los dedos, sabiendo que toda memoria es incompleta y que, incluso en sus silencios, permanece algo vivo que todavía quiere ser escuchado. 

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LA MATANZA

Entré en silencio, como quien pisa un templo. La piedra de la Casa da Matanza me recibió fría, pero digna, como si guardara siglos de palabras no dichas. No era una casa cualquiera. Era el último refugio de Rosalía. Aquí vivió, aquí soñó, aquí sufrió, aquí murió.

El aire tenía un peso distinto. No era solo la humedad de Padrón, era memoria. Cada rincón murmuraba versos, cada sombra parecía guardar un trozo de alma. Pasé la mano por una pared y sentí un estremecimiento. Pensar que ella, con su voz de fuego y bruma, tal vez apoyó esa misma mano en ese mismo lugar.

En la cocina, imaginé el olor del caldo, los pasos quedos, los ojos cansados. En la sala, el silencio era tan profundo que parecía que la casa respiraba. Y en el cuarto donde murió… allí el tiempo se detuvo. No fui capaz de entrar de golpe. Tuve que pedir permiso, como si la propia Rosalía aún estuviera allí, tendida, mirando hacia fuera, escuchando el río Sar.

Las lágrimas me vinieron sin aviso. No eran de tristeza, eran de reverencia. Porque allí, entre aquellas paredes humildes, nació una eternidad. Porque Rosalía no murió en A Matanza: echó raíces. Y hoy, al pisar esa tierra, sentí que yo también era parte de ese poema infinito.

Para tocar la cama en la que murió pedí permiso. No en voz alta, sino con el corazón encogido, como quien se acerca a un altar donde reposa el misterio. Me acerqué despacio, sintiendo que cada paso era una confesión. Aquella cama, humilde y sagrada, guardaba el último suspiro de una mujer que fue voz de todo un pueblo. La miré como se mira una herida abierta en el tiempo, y sentí que algo dentro de mí se quebraba y se hacía luz. No era solo la muerte lo que allí se recordaba, era la dignidad de vivir con verdad, de escribir con entrañas, de amar la tierra hasta el último aliento.

En aquel cuarto donde la muerte se posó con manos suaves, ella pidió que le abrieran la ventana. Quería ver el mar. No el mar físico, que en Padrón no se ve, sino ese mar que llevaba dentro, hecho de recuerdos, saudades y versos. Fue su último deseo: que entrara la luz, que el aire le trajera ecos de libertad, que la vida se asomara una vez más antes de partir.

Salí de la estancia sin mirar atrás, porque sabía que aquella imagen quedaría conmigo para siempre.

Desde entonces, en esa cama donde Rosalía cerró los ojos por última vez, se coloca una rosa de Getsemaní. No es solo una flor. Es símbolo de lucha, de dolor, de belleza que resiste. Es la memoria viva de una mujer que hizo de la palabra un acto de amor y rebeldía. La rosa permanece, como permanece ella, entre nosotros, en la tierra, en el idioma, en el latido.

Y yo, frente a esa cama, frente a esa rosa, sentí que el tiempo se detenía. Que el mar, ese mar que ella buscaba, estaba allí, dentro de mí.

Salí de la casa sin hablar. Solo miré hacia atrás, y la casa me pareció sonreírme, como quien sabe que ha sido comprendida. 

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UN CRUCEIRO EN UN CAMINO PERDIDO DE NOCHE

No sé por qué elijo este camino. Hay otro más ancho, mejor asfaltado y con farolas que acompañan hasta la carretera principal. Sin embargo, mis pies vuelven siempre por aquí, entre robles viejos, muros de piedra cubiertos de musgo y helechos que parecen querer cerrar el paso a quien no pertenece a este lugar.

La noche cae despacio en Galicia. No se hace de golpe. Primero desaparecen los colores. Después se apagan los perfiles de las montañas. Luego llega ese instante en el que todo sigue estando delante de uno, pero ya no puede verse. Solo adivinarse.

Camino despacio. La grava cruje bajo las botas. A mi izquierda escucho correr un regato. No lo veo, pero conozco ese sonido desde niño. El agua nunca necesita luz para encontrar el camino.

El aire huele a tierra húmeda, a hojas caídas y a leña encendida en alguna casa lejana. De vez en cuando llega el ladrido de un perro que no conozco. Después vuelve el silencio. Un silencio tan profundo que casi parece tener respiración.

Entonces aparece. El cruceiro.

No surge de repente. Siempre estuvo ahí. Soy yo quien tarda en descubrirlo.

La cruz se levanta sobre los viejos peldaños de piedra como si llevara siglos esperando exactamente este momento. El musgo le dibuja manchas verdes que la hacen parecer aún más antigua. Una fina capa de humedad la cubre entera y la luz de la luna, que consigue abrirse paso entre las nubes durante apenas unos segundos, convierte el granito en plata.

Me detengo.

Nunca paso junto a un cruceiro sin bajar la cabeza, aunque nadie me enseñe a hacerlo. Es un gesto que aprendo viendo a los mayores. Igual que aprendí a quitarme la boina delante de un entierro o a guardar silencio cuando doblaban las campanas.

No sé si es fe. Tampoco sé si es costumbre. Quizá sea simplemente respeto.

Recuerdo las historias que escucho en la cocina de mis abuelos durante las noches de invierno. Cuentan que en algunos caminos las almas necesitan una oración para seguir andando. Que hay cruces que protegen al caminante y otras que guardan recuerdos demasiado antiguos para ponerles nombre. Yo escucho aquellas historias fingiendo valentía, pero nunca consigo dormir del todo tranquilo.

Con los años descubro que el verdadero misterio no está en las leyendas.

Está en la memoria.

¿Cuántas personas se detienen aquí antes que yo? ¿Cuántos carros cargados de hierba pasan junto a esta piedra? ¿Cuántos emigrantes le echan un último vistazo antes de marchar hacia América sin saber si volverán? ¿Cuántas madres rezan en silencio por un hijo que anda en el mar?

El cruceiro no responde. Nunca responde. Solo permanece.

Y de pronto entiendo que esa es su verdadera misión.

No espantar los malos espíritus. No proteger los caminos. Sino recordar a los hombres que todo pasa menos aquello que somos capaces de conservar en el corazón.

Vuelvo a caminar. No acelero el paso. Tampoco miro hacia atrás. Hay noches en las que uno comprende que el miedo desaparece cuando deja de sentirse solo. Y en este camino, aunque no vea a nadie, tengo la extraña certeza de que todos los que caminaron antes siguen acompañándome de alguna manera.

Cuando el cruceiro desaparece entre la oscuridad, el viento vuelve a mover las ramas de los robles.

Sonrío sin darme cuenta. Galicia tiene el don de convertir una piedra en un recuerdo. Y un camino cualquiera en un lugar al que siempre deseo regresar.

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SOMOS

Estes poemas que estou a escribir son unha forma de quedarmos en silencio fronte ao que somos cando ninguén nos mira. Ti e máis eu somos unha resposta á envexa dos homes e mulleres que só ven nos seus corpos unha pel espida e non quen de veren a infelicidade humana.

Escribir do que somos é iso: escoitar o que queda cando todo cala, cando os corpos espidos rematan o pracer e vístense de sentimentos. 

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DEFINICIONES DEL AMOR

Es la luna que brilla inquieta en los rescoldos de mi interior, es la búsqueda de un camino de vida, es contener mis ansias más ocultas, es esperar tu visita en luengas jornadas de insomnio, es evitar un empacho de idolatría, es afilar la noche para no descansar en una almohada de espectrales desechos, es recoger la ceniza que sepulté bajo tus pies y dibujar con ella tu imagen ausente, es escuchar tu nítida voz cuando resbala por mi frente una enojada fiebre, es soñar con tu rostro reflejándose con obcecación en mi ventana.

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A UNA PAREJA QUE SE CASA

Queridos Paquita y Paquito:

Os escribo esta carta con una mezcla de profunda preocupación, asombro y, por qué no decirlo, un poco de miedo por vuestra salud mental. Todavía estoy intentando procesar la noticia. ¿De verdad vais a hacerlo? ¿En pleno año 2026, con la de opciones de entretenimiento que hay, vosotros os decidís firmar un contrato de permanencia de por vida?

Mirad que la gente hace deportes de riesgo: saltar en paracaídas, nadar con tiburones… pero lo vuestro es de otro nivel. Eso de renunciar voluntariamente al control absoluto del mando de la televisión y aceptar legalmente que vais a tener que discutir por el lado de la cama es un disparate de dimensiones épicas.

A partir del día de la boda, se acaban los secretos. Paquita, prepárate para descubrir la verdadera frecuencia con la que Paquito deja la ropa en el suelo «para usarla luego». Y tú, Paquito, reza para que la paciencia te acompañe cuando Paquita tarde tres horas en decidir qué cenar para terminar diciendo: «Lo que tú quieras».

Sinceramente, si queríais complicaros la vida, haber adoptado un dinosaurio o haber intentado montar un mueble de Ikea sin instrucciones los domingos por la mañana. Hubiera sido menos arriesgado.

Pero, en fin, ya no hay marcha atrás (bueno, técnicamente sí, pero la fianza del banquete no se devuelve). Así que, ya que habéis decidido cometer esta maravillosa y absoluta locura, solo me queda deciros una cosa: no puedo esperar para veros fracasar con estilo en el intento de mantener la cordura, y triunfar por todo lo alto en lo de ser felices.

Fuera de bromas, os quiere muchísimo. Si hay dos personas en este mundo lo suficientemente locas y perfectamente compatibles como para que este disparate funcione, sois vosotros.

Preparaos para la aventura. ¡Nos vemos en la boda!

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POSTAL LABREGA

Tengo delante de mí un rincón del mundo que se deshace en verde como amante desnuda, como si el mar, harto de sal, decidiera acostarse sobre la hierba y dormir en ella.

Una espiga dorada se alza, muy quedo y con orgullo, con el fulgor del oro viejo que no necesita presumir: sabe que brilla, y punto.

Y el pájaro —ese pájaro irreverente, terco como un viejo en la taberna— canta como quien conoce pecados que no pueden callarse, como si el viento fuera cómplice y el mundo, confesionario de bebedores.

De repente, sin aviso ni disculpa, la voz tardía y herida de un carro de bueyes me atraviesa el alma mecanizada de hoy.

No sé si viene del aire, de la tierra o de un recuerdo escondido entre las costillas.

Pero me sacude por dentro, como si un volcán naciera en mi pecho, no para arrasar, sino para desnudarse y decir: «Aquí estoy, carajo, y vengo a contarte la verdad». 

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GALICIA VERDE

Respiro frescura. Siento bruma. Piso musgo. Contemplo bosques. Escucho arroyos. Toco hojas. Saboreo llovizna. Recorro senderos. Descubro matices. Abrazo la naturaleza. Vibro en colores. Recibo tu calma. Transito misterios. Acojo silencios. Cruzo valles. Bebo luz. Agradezco la vida. Encuentro paz. Celebro la existencia. Honro mis raíces. Amo la tierra.

Me acompaña el murmullo del viento entre abedules, llevando recuerdos que nunca dije en voz alta. Me acaricia la sombra de los castaños, que me ofrecen refugio cuando el mundo pesa demasiado. Me arropan los campos mojados, donde cada piedra cuenta historias que solo la lluvia entiende. Y mientras camino, dejo que el verde me atraviese, como si hubiera sido parte de mí desde siempre. 

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SILENCIOS

Me duelen los silencios que no sé romper y me duele el alma, cansada de querer a medias. Camino por su interior con cuidado, como quien pisa un suelo frágil para no volver a caer. No es que falte amor, es que sobra desgaste y ya no queda fuerza para fingir. A veces, sentir pesa más que callar, y el «no» se vuelve un acto de honestidad. Descansar también es una forma de seguir vivo por dentro. Hoy me quedo aquí, en calma, cuidando lo poco que aún siento.

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LA REINA DE GALICIA

La Reina de Galicia es una figura imaginada, nacida del deseo de que nuestra tierra también tuviera su soberana, su voz femenina en la historia medieval. No aparece en los códices ni en las crónicas de los reinos, pero su sombra recorre los caminos de piedra y los valles húmedos, como si aún velara por el alma de un país que nunca dejó de resistir.

Se dice que gobernó desde una fortaleza entre los montes de A Maía, cuando los señoríos se disputaban el poder y la fe se entrelazaba con la superstición. Era pagana, sí, pero no ignorante: conocía los ciclos de la luna, el lenguaje de las fuentes, el silencio de los robles. Su autoridad no venía de la espada, sino de la palabra, del respeto que imponía su mirada y del misterio que la rodeaba.

Cuando llegaron a sus tierras emisarios del nuevo credo, no los rechazó con violencia, pero tampoco se rindió sin más. Los puso a prueba, como quien mide la verdad no por los dogmas, sino por los actos. Les habló de un monte donde habitaba una criatura antigua, y les pidió que fueran allí a buscar los bueyes que necesitaban para su misión. Sabía que quien no teme al dragón, merece la confianza del pueblo.

La leyenda cuenta que los emisarios regresaron con los bueyes mansos y el dragón vencido, no por la fuerza, sino por la fe. Y ella, testigo de aquel prodigio, comprendió que algo nuevo nacía. No se convirtió por miedo, sino por revelación. Cedió sus tierras para levantar un santuario, y con ello selló un pacto entre lo antiguo y lo nuevo, entre la Galicia de los mitos y la de los caminos.

Esta reina no es solo una invención: es símbolo de la Galicia profunda, la que duda antes de creer, pero que sabe reconocer el milagro cuando lo ve. Su figura encarna la sabiduría de las meigas, la dignidad de las señoras feudales, la fuerza de las mujeres que sostienen la historia desde los márgenes.

Su nombre se ha perdido, pero su espíritu vive en los montes, en los castros, en las leyendas que aún se cuentan al calor del lareira. Porque a veces, la verdad de un pueblo no está en los archivos, sino en la memoria que resiste. Y esta reina, aunque nunca existiera, sigue reinando en el corazón de Galicia. 

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E DÁLLE

Circunloquio da necidade. Disme que son unha mentira. Que reconstruín un pasado inexistente. E eu pregúntoche: lembras cando che pedía un compromiso? E ti respondías sempre igual: liberdade intocable. E eu dicíache: as relacións deben avanzar. E ti: as relacións precipitadas morren. E eu: quen dixo iso? E ti… silencio. E outra vez: e dálle. 

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VACÍO

El devastador animal de fondo que galopa desbocado por mi interior como un nómada de huesos desnudos lapida cualquier experiencia que tú y yo aún no hemos vivido. Ni viviremos. Esta sinrazón que habita en mí desde tiempos remotos tamiza nuestro imaginario futuro y un hatillo de inexistentes caricias rasga la frontera de mi pasado y me deja desnudo ante una lapidaria realidad.

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DESEOS NOCTURNOS

¡Quiero regresar a ese universo de dichas y flores! ¡Quiero dejar de llorar lágrimas enormes! ¡Quiero salir de esta amalgama de oscuras canciones! ¡Quiero volver a ese espejo que propicia cálidos amores! ¡Quiero desnudar mi gloria apresada por sueños insomnes! ¡Quiero descifrar a quién pertenece la bandera que en mí se iza cada noche!

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PARCHE

Cada selfi era una declaración de poder. Se alimentaba de píxeles como Narciso del reflejo, buscando en cada imagen una versión mejorada de sí mismo. Pero detrás del filtro, había una soledad que no se podía retocar. Una tristeza que no cabía en el encuadre. Y cada «me gusta» era un parche, no una cura. 

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EL OLVIDO

No sabes lo que luché para no soñar contigo y no quieres entender que por fin lo he conseguido. Dice la canción. Eso mismo. Dice. Pero es mentira que sea cierto. Yo no he olvidado mis sueños. Mejor dicho, mi sueño. Y en él se perfila tu sombra con la claridad diáfana de un pasado remoto aún presente que me hace sangrar como si un cilicio emocional me circundara el alma. No logro borrar aquellos besos ingenuos, atolondrados y sinceros; aquellas manos que descubrían un mundo desconocido para los dos y aquellas risas espontáneas y libres de prejuicios que blanqueaban ciertos recelos. O eso creía yo. Torpe aprendiz de vivencias adultas. Enlodado carácter que disecaba una libertad aún no disfrutada. Pasado preñado de gravidez emocional. Por esto EL OLVIDO. Porque no logro olvidar.

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O TEU NOME

O día que esqueza o teu nome terei que empezar a preocuparme.

Habita en min desde a adolescencia. Fundiuse coa miña pel nunha unión que parecía imperecedoira, pero a miña inmaturidade reduciuna a cinzas.

Poderei esquecer o meu traballo, o meu libro favorito, as cancións de Enrique Urquijo, o pulso da miña vida…

Pero o día que esqueza o teu nome deixarei de ter unha razón para vivir. 

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RADIOGRAFÍA DUN INSTANTE

Alma desnutrida por unha carencia absoluta de vida e predestinada a un final de corpos espidos que ninguén sabe cal é.

Espiñazo carente de sensacións. Paradoxo ancorado no xardín da miña infancia. Latexos que revelan destrución e impotencia. Leito de anxos de cinza. Alma de violetas clandestinas.

Rosas negras que me invitan a morrer nun almorzo de ferintes soidades e noites que me castigan a un insomnio de corvos nas fiestras. 

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TIVEN UN MAL SOÑO

Tiven un mal soño. Rompía todas as túas fotos, todas as túas cartas, todas as túas cancións, todos os teus recordos. E espertaba baleiro de memoria, como un vello pobre, tras décadas vividas na túa ausencia, coas mans cheas de bágoas. Era incapaz de incorporarme na cama. A túa ausencia pesaba coma un corpo morto. Pero intenteino de novo. Por ti loito ata a extenuación, berraba na miña soidade desesperada.

Nos meus soños, o teu rostro mostraba un sorriso amarelo, de tempos remotos… aqueles nos que fomos felices.

—Equivócaste, José María. Nunca fomos felices.

—Vivimos unha historia fermosa…

—Pero imposible desde o principio.

E sigo sen verte desde hai… 

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PARA SEMPRE

Dixéronse «para sempre» como quen asina un contrato sen ler a letra pequena. Creron que o amor abondaba, que as promesas eran eternas e que ninguén podería rompelo. Pero o tempo revelou cláusulas ocultas: celos, familias, rutinas, feridas. E o «para sempre» converteuse en «ata que deixou de doer». O amor tamén caduca.

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DESDE QUE NON FALAMOS…

…tornáronse bisestos todos os anos.

Desde que non falamos entumecéronse os meus sentimentos coma se executase unha pirueta emocional alardeando dunha seguridade que non habita en min desde que me deixaches.

Desde que non falamos, os subterfuxios da inmisericordia cóspenme culpas e responsabilidades que xa non sei como asumir.

Desde que non falamos, un anxo caído nocturno invítame a unha cerimonia de praceres solitarios que doen como alimarias, e que me enredan nun egoísmo onírico que coloca o meu alborozo nunha saudade tan punzante que me impide actuar con xenerosidade.

Entón, na miña circunstancia ególatra, volátil e nada elegante, ti sorrís, arroupas a miña man e cóbresme de bicos inexistentes. E adormezo acubillado por unha ingratitude lacerante. 

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AUNQUE DUELA

La soledad camina conmigo. No la amarga. La otra. La que te deja escuchar lo que de verdad sientes. No consuela. No pregunta. Solo te deja estar contigo, aunque duela. Ahí entiendo que el desamor no siempre es perder algo. A veces es aceptar que lo que uno quiere no puede ser. Y que la vida sigue, sin esperarnos, aunque duela. Y aun así, el amor platónico me sostiene. Ese amor sin cuerpo, sin tiempo, sin posibilidad. No es pequeño. Vive en lo que imagino, en lo que no se toca, en lo que no se estropea. No pide nada. No exige nada. Solo existe. Y a veces existir es suficiente, aunque duela. Si quieres, puedo llevarlos todavía más lejos: más rotos, más mínimos, más como pensamientos que uno escribe sin levantar la cabeza de la almohada. ¿Quieres que los haga aún más íntimos o prefieres que los deje así? 

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ESCALÓN

Siempre he vivido rodeado de mujeres admirables, inteligentes, luminosas, capaces de habitar el mundo con una seguridad que yo observaba con asombro. Había en ellas una mezcla de belleza y claridad que me hacía sentir ligeramente desplazado como si la vida me hubiera colocado un escalón más abajo. No porque ellas me empujaran sino porque yo nunca estuve seguro de merecer ese mismo nivel. Así prefería mirar desde allí aprender sus gestos, escuchar sus ideas, reír cuando reían y admirar esa forma natural de existir. A veces alguna se acercaba un poco más y yo sentía que debía subir el escalón, pero algo dentro de mí susurraba espera un poco más todavía no estás listo. Y así la distancia se volvía costumbre tranquila, casi invisible, que terminaba pareciendo normal, aunque en el fondo supiera que solo era miedo disfrazado de prudencia antigua, silenciosa, persistente, que me mantenía quieto abajo siempre.

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OS TRENS

El deixouna por medo a perdela. Ela marchou por medo a quedar. Dous trens que se cruzaron sen deterse, con ventás cheas de miradas que nunca se atoparon. O amor pasou como unha paisaxe fugaz, fermosa pero imposible de reter. E na plataforma quedou a historia sen destino de dous trens que xamais se atoparán.

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MI PRIMERA TARDE DE CINE

Fue en ese cine, te acuerdas, en una mañana al este del edén James Dean tiraba piedras a una casa blanca, entonces te besé. (Las cuatro y diez, Luis Eduardo Aute)

—José María, no notas que este chiquillo trae un olor peculiar, un olor, no sé… como a ambientador.

Esta frase la pronunció mi madre mientras yo me dirigía precipitadamente a mi cuarto. Después de dejar el abrigo sobre la cama, me senté en «mi sillón» a la espera de la reacción de mi padre. El corazón parecía no caberme en el pecho; sus latidos parecían violentos aldabonazos en mi conciencia, y todo por haber ido al cine esa tarde sin el permiso de mis padres. He ahí el «pecado», no haber comunicado a «mis jefes» que iba a ir al cine a ver una película que estaba clasificada para mayores de catorce años.

Habíamos quedado Ana, Jorge, Mayte y yo en la esquina de Conde de Peñalver y Hermosilla a las cuatro menos cuarto. Puntual y nervioso allí estaba yo. Era la primera vez que íbamos al cine a ver una «peli» para mayores, una vez cumplidos los catorce ese mismo verano. ¿Podré sentarme al lado de Mayte? Espero que sí, que Jorge cumpla lo pactado esta mañana. Después de comprar las entradas, accedimos al local «desafiando» al portero con una mirada de «persona mayor», o es que no se nota acaso, ¿eh? Como buenos caballeros que éramos, invitamos a nuestras acompañantes a una bolsa de palomitas y a otra de patatas fritas, ya que por la mañana habíamos estado haciendo cuentas y nos podíamos permitir ese lujo. Le dimos una generosa propina al acomodador para ver si nos colocaba no muy cerca de la pantalla, pero nada, se la embolsó y no nos hizo ni caso. Una vez sentados los cuatro «correctamente», bueno esto es un decir, nos dispusimos a «ver» la película. En posteriores tardes de cine nos percatamos de que lo mejor era aceptar con una sonrisa las butacas indicadas por el acomodador y, una vez comenzada la proyección, deslizarnos sagazmente por el pasillo hacia otras mejores posicionadas en la retaguardia.

Tras las siempre desafinadas primeras notas del NODO, permanecimos inmóviles ante aquella sucesión de noticias. El olor a ozonopino iba impregnándose en nuestras ropas. Mientras, Jorge y yo planeábamos cómo coger de la mano a Ana y a Mayte sin que el acomodador nos recriminase nuestro incorrecto comportamiento con un inmisericorde linternazo. Creo que la película era de Manolo Escobar, no puedo recordar el título. Sólo sé que la gente murmuraba y murmuraba cada vez que el acomodador se acercaba a nosotros y nos amenazaba con una «tremendísima sanción» si tenía que volver a reprendernos. Pues no venga, pensaba yo. La incomodidad de los asientos no facilitaba en absoluto permanecer en la misma posición viendo la película, y si a eso le añadimos los nervios de la situación, agradecí —letal paradoja— que por fin aquel niño, que había llorado tanto entre cancioncita y cancioncita, encontrara a un buena familia que lo tomara en adopción. Es curioso, todo el tiempo pensando en que la película iba a durar lo que un suspiro, y el «plasta» de Manolo Escobar se me estaba haciendo interminable e insoportable. Después de invitar a Ana y a Mayte a una cocacola en una cafetería próxima, las acompañamos a sus respectivas casas. Jorge y yo nos miramos con complicidad, estábamos convencidos de que la próxima vez saldría mejor. Para ser la primera no está mal, ¿eh?, pensamos los dos.

Sentado en «mi sillón» y esperando el más que seguro «interrogatorio del jefe», fui saboreando con verdadera fruición cada minuto, cada segundo de aquella mi primera tarde de cine, para mayores, claro está.

Mientras mi padre terminaba de cenar, mi madre le seguía dando vueltas al origen de aquel curioso olor que indiscretamente expelía mi ropa. (25 de marzo de 1996)

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MAÑANA

Cuando una fría humedad recorra tu cuerpo y te desvele en la noche, renacerá en ti aquella vieja inquietud que antaño relegaste al olvido. Aquello que latía oculto en tu pasividad te despertará fugazmente, y como un espiral de dóciles síntomas se revelará tu agotamiento, cristalizado de dudas, y tu disperso rostro se helará ante la fuerza de su mirada.

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ROTURA

Ella le dijo «te amo» con miedo, como quien entrega un cristal que ha cuidado toda su vida. Él respondió «yo más» con prisa, como quien lo deja caer sin mirar atrás. El amor, tan frágil como transparente, se rompió en el suelo de la indiferencia. Ella recogió los pedazos sola, mientras él seguía caminando, sin notar el sonido de la rotura. 

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GALICIA Y EL TEATRO

Me dicen que estoy obsesionado con Galicia, que no sé hablar de otra cosa y que debía variar mi repertorio: es como un calcetín usado mil veces, que está deshilachado y de color arco iris porque ya no se sabe cuál es su color original. Pero yo sigo poniéndomelo, ya que se amolda muy bien a mis pies y me protege de ensoñaciones turbulentas. No quiero «pesadelos» (pesadillas) que me revuelquen en un contenedor de desechos humanos.

Es polémica mi frase en forma de máxima: no hace falta estar en Galicia para sentirla. Desde la distancia se dejan de percibir determinadas circunstancias que son pilares económicos o sociales de una trascendencia vital. Es cierto.

La Galicia que se ve desde Madrid cae en ciertos tópicos que molestan mucho a los que residen en la tierra de Breogán. Hace unos días leí en un blog que Galicia se percibe también en cómo saludas, en cómo conversas, en cómo cocinas, en cómo socializas, en cómo entiendes el tiempo: sin prisas, sin ruido, con respeto.

Madrid es un reloj sin manecillas, donde cada calle marca su propio ritmo y cada semáforo es apenas una pausa en la vorágine del movimiento que es imposible refrenar. Es como un corazón urbano con un Holter que late aceleradamente, bombeando historias. Los encuentros y las despedidas por sus arterias de asfalto conviven en cinco segundos de tiempo. La vida aquí no camina: trota, zigzaguea, se atropella consigo misma, como si el tiempo estuviera siempre a punto de escaparse por la Puerta del Sol. Y yo cada vez aguanto menos este torbellino de obscenas prisas.

En Madrid no hay acento gallego propio, no. Pero el gallego aparece cuando menos lo esperas, con lo cual te das cuenta de que los gallegos nos apropiamos de pequeños espacios madrileños en los cuales no se excluye a nadie. Es pedir «pulpo á feira», aunque estés en la calle más castiza de Madrid y te lo sirven con una sonrisa y te preguntan sin acritud si en algo se parece al de O Carballiño. Es saber que la lluvia no molesta, solo acompaña. Aquí es muy normal que la gente proteste cuando llueve dos días seguidos y se encierre en casa. El gallego, no; sales, disfrutas del agua que se cuela por los lugares más recónditos del que pasea por la calle. Y no protestas. La bendices.

Ser gallego hoy es llevar tus raíces con naturalidad. No hace falta ponerse épico. Basta con saber que vienes de una tierra que no presume, pero que deja huella. Y sí, a veces te entra morriña y se acomoda en tu interior. Pero también te entra orgullo. Porque Galicia no es solo pasado. Es presente. Y futuro.

Revisando carpetas de mi ordenador, encontré este texto titulado «teatro». Tenía una anotación en la cabecera: escrito en el hotel Peregrino de Santiago de Compostela entre los días 27 y 30 de julio de 2013. Lo hice convencido de participar en un concurso literario que un grupo de gallegos convocó en la comunidad valenciana. Exigían una escena teatral en la que se remarcaran las características gallegas. Y como tengo arranque de caballo (energía, velocidad y motivación) y parada de burro (abrupta y sin ánimo de reiniciar el camino) se quedó dormido en una carpeta del ordenador. Ingenuo de mí, no participé porque, como en otras muchas ocasiones, me lo rechazarían por «defecto de forma».

La he repescado y la he rehecho siguiendo la estela de Alfonso Guerra cuando dijo en un mitin de los años ochenta que «si ganamos, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió». Las ilustraciones son actuales.

LA ESCENA ES LA SIGUIENTE

Escena única: «Morriña, Pulpo y Bocata».

Personajes:

  • Manolo: gallego orgulloso, unos 40 años, poético y amante del rural.
  • Luis: madrileño sarcástico, 35 años, urbanita y algo chulo.
  • Carmen: sevillana con arte, 38 años, observadora, punzante y con marcado acento andaluz.
  • Abuela Maruxa: abuela gallega de Manolo, sabia, convencida de su origen, firme y con retranca.
  • Greta: turista alemana, 30 años, confundida, pero encantada, habla español con acento.

Lugar: Terraza de un bar en un pueblo costero gallego. Hay niebla suave, cañas, pulpo á feira, empanada, y un bocata de calamares que nadie ha pedido. Se oyen gaviotas y una gaita lejana.

(La escena comienza con MANOLO, LUIS y CARMEN sentados en la terraza. MANOLO contempla la ría con mirada nostálgica. LUIS se lee con interés la carta del bar. CARMEN pide una caña y se queja de que no tengan Cruzcampo.)

MANOLO.-  ¿Veis esa niebla? Eso no es niebla, eso es Galicia respirando. Es como si la tierra suspirara.

LUIS.- ¿Suspirara? Eso parece el aliento de una nevera rota. ¿No tenéis sol o lo tenéis secuestrado?

CARMEN.- Yo pensaba que la niebla era para esconder a «loh feoh», pero aquí hasta loh percebeh tienen embrujo y duende. Me contó un percebeiro que loh trajo el apóstol Santiago de Tierra Santa.

MANOLO.- ¡Los percebes son joyas del mar! Cogerlos presenta más dificultades que el logro de una hipoteca en Madrid.

LUIS.- En Madrid no hay percebes, pero tenemos unos bocatas de calamares de…narices. Y no hay que jugarse la vida para conseguirlos. Eso es prehistórico. Aquí hace falta que llegue la modernidad.

CARMEN.- Para calamareh, loh chipironeh de Cai.

MANOLO ¡Bocata de calamares! Eso es pan con goma y anillas de llavero. Aquí el pulpo se sirve en madera, con pimentón y respeto. La última vez que me tomé un bocata de calamares tuve que ir a urgencias porque se me desencajó la mandíbula.

CARMEN.- ¿Y con mondadienteh? Parece que estáh comiendo «sushi rural».

LUIS.- Y el pan… ¿Por qué cruje tanto? Duro como una piedra. ¿Lo horneáis con truenos? No puedes hacer con ellos una tomatina porque te dejan sin ojos y con cien chichones.

MANOLO.- Porque aquí el pan tiene carácter. No como ese pan madrileño que parece hecho por becarios y más blando que las gominolas.

(Entra la ABUELA MARUXA con su bolsa de la compra. Se planta firme como una estatua de sabiduría rural.)

ABUELA MARUXA.- ¿Y este escándalo, carallo? ¿Criticando a Galicia como si fuera una serie de Netflix? ¡Vergüenza debería daros! Eso no lo hacéis en otros lugares de España. ¡¡¡Que non se me poña diante!!!

CARMEN.- Todo el mundo dise que loh andaluseh somoh unoh vagoh y que estamoh acarajotaoh y que somoh unoh chupacharcoh.

LUIS.- Señora Maruxa, yo solo digo que aquí llueve más que en una película de Almodóvar. ¿El fresco de la noche? ¿La chaquetita? ¡Una zamarra finlandesa! Es traicionero. No es una brisa: es una emboscada. Te promete calma y recogimiento, pero al menor descuido te cala hasta los huesos con su humedad milenaria, como dicen ustedes.

ABUELA MARUXA.- Es el aliento del mar dormido, la caricia del río que murmura secretos a las aldeas. En cambio, en Madrid hay tanto humo que parece que vivís dentro de una barbacoa. Aquí llueve, sí, pero cada gota trae memoria.

MANOLO.- ¡Eso es! Aquí la lluvia no moja, acaricia. Es como un abrazo húmedo de la abuela naturaleza.

CARMEN.- Y el pulpo no alimenta, emosiona. Aunque yo sigo sin entender por qué lo servíh en plato de madera. ¿No tenéih cerámica?

ABUELA MARUXA.- La madera es noble, como el alma gallega. No como esos platos modernos que parecen bandejas de avión.

(Entra GRETA, la turista alemana, con mochila, mapa arrugado y cara de confusión. Se acerca a la mesa.)

GRETA.- Hola… ¿Esto es… cómo se dice… el Camino de Santiago o el camino que hicierrrron los vikingos cuando desembarcaron en Catoiga?

LUIS.- Depende. Todo depende. Si sigues a Manolo, acabarás en una romería con gaitas y empanada. Si me sigues a mí, en un bar con reguetón y gin-tonic.

GRETA.- Yo quiero… experrrriencia auténtica. ¿Dónde está la morrrrrina? ¿Es una montana?

MANOLO.- La morriña no se ve, Greta, carallo. Se siente. Es como echar de menos algo que no sabes que echas de menos.

GRETA.- Ah… como cuando no hay cerveza frrría.

ABUELA MARUXA.- ¡Esta rapaza sí que entiende! La morriña es como el amor: no se explica, se sufre. Y se cura con caldo y silencio.

GRETA.- ¿Caldo? ¿Es sopa trrriste?

CARMEN.- No, mujer. Es sopa con alma. Aquí, hasta el agua tiene sentimientos.

LUIS.- Y humedad, joder. Mucha humedad. Yo me duché esta mañana y sigo mojado, pero no por el calor, sino por esta humedad que cala hasta los huesos.

GRETA.- ¿Y las meigas? ¿Son como brrrujas o como influencers rurales?

MANOLO.- Las meigas son sabias. No vuelan en escoba, pero te leen el alma con una mirada y un plato de grelos.

ABUELA MARUXA.- Y no se les falta al respeto. Que luego pasa lo que pasa: se te estropea el coche, se te cae el pelo, y te sale sal en el café.

GRETA.- ¡Qué mágico todo! En Alemania solo tenemos trabajo y resultados. Aquí tenéis… misterrrio y rrromerrrías.

LUIS.- Y humedad. No lo olvides.

CARMEN.- Y pulpo. Que es como el jamón del mar.

MANOLO.- Y silencio. Aquí el silencio no es vacío, es conversación con la tierra.

GRETA.- Yo quierrro quedarme. ¿Hay cursos de morrrrrina intensiva?

ABUELA MARUXA.- No hace falta curso. Quédate unos días, come bien, escucha el viento, y ya verás cómo te entra sola.

(Todos ríen. Suena una gaita lejana. La niebla se espesa. GRETA se emociona sin saber por qué. MARUXA reparte empanada. LUIS se rinde y come pulpo. CARMEN pide otra caña. MANOLO sonríe como si Galicia le guiñara un ojo.)

MANOLO.- Galicia no se explica. Galicia se vive. Y si no lo entiendes, es que aún no te ha mordido el alma.

GRETA.- Creo que ya me ha mordido… y me ha gustado.

ABUELA MARUXA Xa cho dixen, mulleriña, xa cho dixen. (Ya te lo dije, mujer, ya te lo dije).

(Telón.

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A MIÑA POESÍA E OLALLA

En 1995, cando publiquei o libro de poemas De onde nace a miña voz, de ton moi persoal, era un non tan novo aprendiz de poeta. Tan descoñecido como na actualidade. O poeta José Félix Olalla tivo a xenerosidade de escribir o prólogo do meu libro. Eu era entón outra persoa, ou quizais a mesma con moitos menos anos, menos lecturas e menos conciencia do tempo, pero igual de tímido e reservado. El xa era por entón un poeta con voz propia e cun camiño percorrido. Autor de varios poemarios como Ciudad pasajera, que foi recoñecido pola súa calidade nada máis ser publicado en 1981. Logo viñeron, entre outros, Los pies del mensajero, Después de nosotros ou, o último creo, Más amor si más hubiera. Aínda así, aceptou acompañar aqueles poemas meus coas súas palabras, como quen se detén un intre a iluminar o comezo do camiño doutro.

Co paso dos anos comprendín mellor o que significa ese xesto. Un prólogo non é só un texto que abre un libro: é tamén unha forma de confianza, unha maneira de prestar a propia voz para que outro comece a atopar a súa na intemperie da páxina.

Agora, mentres reviso, ordeno e refago moitos anos da miña propia poesía, volvo tamén a aquelas palabras súas. E desde esta distancia, que xa non é só de tempo senón tamén de vida e de escritura, todo adquire un significado máis fondo. Hai xestos cuxa verdadeira dimensión só aparece cando os anos pasaron e un mira cara atrás con outra luz.

Quero deixar aquí ese prólogo como quen abre unha porta antiga, con respecto, con memoria e cunha gratitude que o tempo non fixo senón agrandar.

ANTES DE CRUZAR O PÓRTICO (JOSÉ FÉLIX OLALLA)

Se tomásemos a vella comparación da vida humana co curso dos ríos, o mero título deste libro faría referencia ás fontes, á rocha nai da que brota o manancial e por iso, igual que acontece nos mananciais, os poemas aquí acórtanse e os versos adelgazan bruscamente na axilidade das torrenteiras. O que se quere dicir dirase en adiante só con pinceladas, cos trazos esenciais que non se verten noutros leitos máis anchos, propios dun estado anímico diferente.

De onde nace a miña voz é o segundo elo na cadea literaria de José María Máiz Togores, mestre e licenciado en Filoloxía Hispánica, que ten o privilexio de poder traballar nunha tarefa vinculada directamente á súa paixón polas letras. Hai un ano apareceu en Madrid o seu primeiro libro Ya no es duda nun rexistro diverso do actual, como se pretendese antes que nada liberar as urxencias dun corazón abatido e como se agora retomase tranquilamente os pasos polo principio.

Así, antes de comezar hai que atravesar un pórtico, unha poética que Máiz

escribe como aviso para camiñantes, innecesario quizais para os máis atentos, pero esclarecedor para os que non leron a súa obra anterior.

Con leves e significativas diferenzas, o asunto deste pórtico repetirase no poema La historia de mi vida e mediante unha superposición comprenderemos que o anhelo por un texto perfecto (vida literaria) é equivalente ao anhelo por unha mirada (vida real) e que a necesidade de escribir o é ao pranto ou talvez á devoción, pois a natureza do artista participa seguramente dos dous materiais. Do valor simbólico da mirada, como pequeno vestixio de «eros», volverase falar no poema Pasado y presente e doutros atributos polos que tamén se dá a coñecer o amor (a voz, o nome, a pel) darase conta noutros lugares.

Aí, na páxina de arranque, están as que Máiz denomina as súas tres ideas básicas: a existencia, o amor e a soidade, que, no retiro do seu cuarto, a través da tarefa do ourive, irán atopando a súa síntese. Pero como xa acontecía no seu libro anterior, será a noite o asunto recorrente. A noite porque quizais nela, liberado xa do traballo e das tarefas que diariamente o reclaman, José María atopa a soidade para reflexionar, o amor para soñar e a existencia para poder ser. Se os sentidos permanecen abertos e se sobrepoñen ao cansazo, Máiz sabe que é na noite interior onde poderá buscar a plenitude das súas tres dimensións.

Por conseguinte, atopámonos cunha colección de poemas curtos que ás veces se achegan ao haiku constituídos acaso por unha soa frase —véxanse os poemas Invitación ou Si la rosa— ou por dúas oracións brillantes, contrapostas, coa rima apuntada, como sucede nos poemas titulados Incienso ou Declaración. Todos eles están escritos cun mesmo ton emocional que dá unidade ao libro e que sen dúbida é testemuño dun período concreto, con perfís notablemente marcados, na evolución de Máiz Togores.

Educadamente, eu diría que timidamente, estala ás veces un ton delicado de queixa, como un breve lamento, un pouco á maneira da malograda poetisa italiana Antonia Pozzi: Estou en desvantaxe co mundo —dirá Máiz— e noutro lugar, cando o amencer non resolvese a carga pesada do insomnio, escribirase en voz alta: Todo é confuso. Con todo, tamén se afirmará en ton de proclama quero ser feliz neste lado da terra, pero o seu optimismo será circunstancial.

Porque neste libro non se quere ocultar o eu persoal, senón transparentalo, medirme cara a cara coa pluma que escribe a miña historia, nun combate sen refuxios, aínda que estes sexan lexítimos e ata convenientes na creación literaria. Foi Gerardo Diego quen explicou que a función social do poeta consistía precisamente en interpretar para os demais o ser profundo, o núcleo medular da existencia. Foron moitos os que falaron daquela da xenerosidade e ata da nudez do artista e outros os que acentuaron a necesidade de escribir para atenuar o curso do tempo.

Aínda que Máiz pretendeu sempre elaborar unha poesía pura, allea a modos literarios e desprovista de referencias culturais, neste libro inclúense —o que é novidade— dous poemas de asunto mitolóxico dedicados a dúas conspicuas ninfas perseguidas por Apolo; Dafne, metamorfoseada en loureiro, e Castalia, afogada na fonte á que deu nome. Ningún destes dous poemas escapará, non obstante, da referencia persoal. E no caso do segundo non o será pola busca de inspiración (á fonte do Parnaso ían os poetas beber) senón máis ben pola pulsión primitiva do fillo de Zeus.

En fin, rematada esta frugal refección, atadas as sandalias e ben suxeito o bordón do peregrino, dispoñámonos a atravesar xa o pórtico de onde nace a voz clara deste poeta compostelán. (José Félix Olalla) 

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UNHA BARRIGA CERVEXEIRA

Defensa da barriga cervexeira atacando aos que, téndoa, se burlan de min.

Dicides moitas cousas da miña barriga, con esa facilidade que dá falar do alleo cando o xuízo vai xusto de equipaxe. Recreádesvos sinalando, ampliando o defecto coma se fose unha fazaña, e porén pasades de longo ante o evidente: o voso tamén está aí, ben alimentado, coidadosamente disimulado baixo capas de escusas e posturas estudadas. Tedes o espello diante, pero preferides usalo como decoración. Cada quen véndese como delgado por convicción, mentres agocha o seu pequeno tonel cunha dignidade bastante fráxil.

A diferenza é sinxela e, a estas alturas, case elegante: a miña non se agocha. Preséntase sen rodeos, sen esa hipocrisía tan traballada que vos gusta cultivar. É redonda, si, pero tamén honesta; froito de momentos gozados e non de negacións impostadas. En cambio, a vosa vive nese terreo incómodo entre a envexa e a negación: nin se permite o pracer nin ten o valor de admitilo. Unha especie de virtude fantasma que se esvae en canto aparece unha copa e deixa ao descuberto todo o teatro.

Así que talvez conviría baixar un pouco o ton. Porque ao final, exposta ao sol e sen disfraces, a miña barriga ten algo que a vosa non alcanza: coherencia. E, sobre todo, unha tranquilidade que non depende de finxir fame para parecer mellor. 

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EGOÍSMO

Se amaba tanto que no cabía en ninguna relación. Era un castillo sin puertas, solo espejos que reflejaban su propia imagen una y otra vez. Quien intentaba entrar, se perdía en laberintos de su ego, sin encontrar nunca una habitación donde quedarse. El amor propio se volvió muralla, y la soledad, su única huésped. 

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OUTRA BARRIGA CERVEXEIRA

En defensa da barriga cervexeira cun ataque aos que se burlan de min.

Teño barriga, si, e non é ningún accidente nin descoido vergoñento. Está aí porque foi cultivada con constancia, cunha devoción case artística, a base de brindar, repetir e celebrar. Nada desa preguiza que tanto vos gusta imaxinar nin de excesos grotescos; o meu ten máis que ver cunha fidelidade alegre á escuma e ao momento compartido. Mentres outros se empeñan en comprimirse en moldes estreitos, tensando o ventre coma se a vida fose unha competición de sequidade, eu levo esta curva con certa dignidade, como quen acepta que a cebada tamén deixa pegada… e que pegada.

Porque non, non é unha simple barriga. É máis ben unha especie de arquivo vivente, un escudo dourado onde quedaron rexistradas as pequenas vitorias de cada rolda, cada conversa longa, cada risa que se alongou máis do debido. E aí segue, resistindo ao tempo cunha serenidade que xa quixeran moitos. Así que adiante, criticade se queredes, vós, os enxoitos, os disciplinados ata o bocexo. Contade a vosa historia de privacións. Eu, mentres tanto, permítome o luxo de rir sen présa, con amplitude… e de seguir brindando por esta gloriosa redondez. 

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YA ME HE OLVIDADO DE TI

Ya me he olvidado de ti. Lo puedo afirmar. En silencio. Por eso mismo te escribo este diario. Por eso sueño cada día de modo «teimudo» con una verdad que hoy es plácida mentira. Ya me he olvidado de ti. Ya me he olvidado del sabor de tu piel, azucarada, sustanciosa y placentera. Ya me he olvidado del perfume de tus labios, esponjas amancebadas en una adolescencia furtiva. Ya me he olvidado de tus besos, jengibre mortificante cuando habitaba lejos de ellos. Ya me he olvidado de tus manos, compañía amena y deliciosa en caminos de soledad voluptuosa. Ya me he olvidado de tu sonrisa, un mar de indecibles gozos e inefables experiencias. Ya me he olvidado de tus pechos, un despertar adulto cuando en mí moraba una juventud evaporada de placeres físicos. Ya me he olvidado de… soñar.

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SAUDADE

Y después vinieron las lluvias. Entonces fue cuando empezó a renacer en mí aquella tristura sin causa que jamás me había abandonado, pero que el sol estival de mi interior había ahuyentado. Y pude palpar las nieblas de la mañana, y mis OJOS se cegaron con la humedad del sol, y mi espíritu, alimentado con el calor de las lareiras, se arrulló en sueños contemplando aquel mar. Y después vinieron las lluvias. Y cuando desperté, los ojos llenos de paz, comprobé que en esta ciudad nunca llovía como en mis sueños la saudade esculpía. Y después vinieron las lluvias.

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SAN ANDRÉS DE TEIXIDO Y LAS MEIGAS

Llego a San Andrés de Teixido despacio, casi sin hacer ruido. Hay lugares donde uno habla más bajo sin que nadie se lo pida, como si las piedras llevaran demasiado tiempo escuchando historias y no quisieran que las interrumpieran. Aquí el viento no sopla: susurra. Baja desde los acantilados, se cuela entre las casas de piedra y parece decir el nombre de quienes ya no están.

Dicen que a San Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo. Lo escucho desde niño y nunca sé si es una advertencia o una promesa. Quizá sea las dos cosas. Quizá por eso cada vez que llego siento que no solo camino yo. También vienen conmigo mis abuelos, los vecinos que ya faltan, las voces que aún reconozco cuando cierro los ojos y la memoria hace su trabajo.

El santuario aparece de pronto, sencillo, sin necesidad de imponerse. No hace falta. Hay lugares que no necesitan demostrar nada porque llevan siglos siendo importantes para quien sabe mirar. Entro despacio. El olor a cera encendida se mezcla con el de la humedad antigua, con el del granito que nunca termina de secarse y con ese silencio que parece tener cuerpo.

Cuando salgo vuelvo a encontrarme con el viento. Es entonces cuando pienso en las meigas.

Nunca sé si creo en ellas. O quizá sí, pero de otra manera. No las imagino volando sobre una escoba ni preparando pócimas imposibles. Las imagino parecidas a las mujeres mayores que conocí en la aldea. Mujeres que hablaban poco, que sabían cuándo iba a llover sin mirar el cielo, que curaban una quemadura con una hoja, un rezo y una paciencia infinita. Mujeres que conocían el nombre de todas las plantas y el dolor de todas las casas.

Ellas nunca decían que eran meigas. Tampoco hacía falta. Había algo en su manera de mirar que obligaba a bajar la voz.

Recuerdo aquellas noches en las que el viento golpeaba las contras y alguien decía que era la Santa Compaña cruzando los caminos. Yo me escondía bajo las mantas y, aunque el miedo me hacía cerrar los ojos con fuerza, una parte de mí deseaba escuchar algún paso, algún rumor, cualquier señal que confirmara que el mundo era más grande de lo que alcanzábamos a comprender.

Con los años dejo de buscar fantasmas y empiezo a entender que los misterios importantes nunca hacen ruido.

Están en el silencio. En las montañas cubiertas por la niebla. En un cuervo que rompe el aire con su vuelo. En una anciana que recoge hierbas al amanecer. En un hórreo que permanece inmóvil mientras el tiempo cambia todo lo demás.

San Andrés tiene ese poder extraño. Uno llega creyendo que viene a visitar un lugar y acaba comprendiendo que ha venido a escuchar algo de sí mismo. No hace falta que ocurra ningún milagro. Basta con permanecer unos minutos frente al mar, dejar que el viento atraviese el pecho y aceptar que hay preguntas que no nacen para tener respuesta.

Cuando me marcho no miro hacia atrás. Sé que este lugar no necesita despedirse. Porque, de alguna manera que nunca sabré explicar, siempre camino un poco conmigo desde aquí.

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NOCHE TRAS NOCHE

Se dilata el tiempo en bocanadas crepusculares. Tras el perentorio estallido de nuestros sacrificios, mis raíces descubren a un ser escrupuloso de vivir y diezmado por viejas secuelas. Me gustaría escribir palabras que pudieran aniquilar la transición de la espera, y así no sucumbir ante unos labios inquietos que se preguntan cansinamente por qué tus manos, frágiles como el cristal, se clavaron en mi cuerpo como astillas en un falso pedestal.

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EL TÚNEL DEL AMOR

El peso del amor es tan grande que mi corazón, atlas de caducidades, se entrega colmado de vencidas estaciones en una sintetizada celebración de ambiciosos torbellinos y esculpidas unciones. Es un túnel de alquimias, es un encuentro no fungible, es soñar con la vitalidad de tus encantos evaporando la escarcha que pende de mi universo. Es una imperecedera almena de flores disecadas. Es ese muro de vidrios y lunas que, fulgurante e inmisericorde, se extiende por los cañaverales de nuestro manantial. Es abrazar nuevamente el aroma de tu dulzura cuando el mar ya ahogó en tiempos y lugares remotos mi penúltimo soplo de vida.

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CO CARBALLO NOS OLLOS

En soños camiño pola carballeira sen saber moi ben que vou escribir hoxe. Quizais desde este intre impreciso no que os pés avanzan mentres a cabeza se queda atrás, atrapada nunha frase que aínda non existe. Veño aquí para deter o que corre demasiado rápido, para poñer palabras onde antes só había un rumor de follas e algo semellante ao silencio. Os carballos érguense como unha memoria que non me apura. Non me piden respostas nin conclusións. A súa sombra é un refuxio ás veces, unha ferida outras, porque tamén aquí aprendín que o amor non é un concepto pechado: é esta luz que entra a destempo entre as pólas, é a humidade no chan que promete vida e tamén esvara. O desamor non chegou nunca cun golpe seco; foi máis ben unha distancia que medrou sen facer ruído, coma a herba que invade un camiño esquecido.

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VERDADES

Por un infundado prejuicio vivo difunto deseando, implacable y mudo, en plena inconsciencia, tu aliento fantasmal. Por un infundado prejuicio abomino de tu primavera con un ramillete de rosas negras en la solapa de mi embriaguez. Por un infundado prejuicio me ahogo, cual enjambre de palabras, en la más abrupta soledad, y me desconcierto, como un niño sin juguetes, en el aroma de tu soñada compañía.

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CAPÍTULO VIII DE ‘HATROZ’.- EL DESEO

Rafo pasó unos años oscuros y un tanto descontrolados. Él no me quiere decir con exactitud los años en los que perdió el norte y se sumergió en un carrusel de bares nocturnos de mínima categoría. Él, que siempre se ha esmerado en aparentar una estética elegante y cuidada, durante esos años encontró una serie de pubs en los que las noches eran anárquicas y desmesuradas en todo momento.

El aire en el club es un denso cóctel de humo, sudor y perfume barato, pero Rafo solo percibía la presencia de Soledad. La había visto días antes, pero nunca se había atrevido a dirigirse a ella.

Está al otro lado de la pista, perfila una silueta que se mueve con la música, su vestido rojo es una segunda piel que promete más de lo que cubre. Rafo, se sorprende como si hubiera intercedido Zeus, porque acepta su invitación en forma de guiño de ojo prolongado. Se autoengaña y se justifica a sí mismo diciendo que es por pura curiosidad. Pero ahora, viéndola más cerca, el huroneo se transforma en algo más visceral. Su figura voluptuosa se realza con un elegante traje rojo entallado que abraza sus curvas con precisión y confianza. El escote sutil insinúa sin exagerar, mientras que la tela satinada resplandece bajo la luz, revelando un equilibrio entre vulgaridad y sensualidad. Ese escote del traje es pronunciado pero cuidado, mostrando lo justo con una clase chabacana y tosca. Las mangas ajustadas enmarcan sus brazos firmes, mientras que la cintura entallada resalta la forma de reloj de arena que define su figura. El vestido, de caída recta hasta la rodilla o quizá con una ligera abertura lateral, sugiere movimiento con cada paso que da, dejando entrever unas piernas torneadas que se elevan sobre unos tacones altos, desgastados y afilados.

Su cabello cae en cascada, largo y ondulado, oscuro como la noche o quizás teñido en tonos caoba que brillan bajo la luz. Se mueve con una mezcla de poder y sensualidad que no necesita exageración: basta su andar firme, el vaivén sutil de sus rudas caderas, la mirada segura con la que recorre el lugar. Sus ojos, intensos y ligeramente entrecerrados, parecen analizarlo todo, y sus labios, gruesos y perfectamente delineados en rojo profundo, se curvan en una sonrisa enigmática, cargada de intención.

Su presencia impone sin esfuerzo. No necesita levantar la voz ni hacer gestos exagerados para ser notada; de hecho, el silencio le sienta bien. Donde ella está, el ambiente cambia: las conversaciones bajan de volumen, las miradas se desvían hacia ella, y hay un aire de expectación, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.

Más que bella es poderosa y contundente. Hay una fuerza interna en su forma de estar que hace evidente que no busca agradar: se viste de rojo porque quiere, se muestra porque lo elige, y su estilo refleja una confianza que no se aprende, se conquista. Es el tipo de mujer que no se olvida fácilmente, no por lo que dice, sino por lo que transmite de impudicia.

Soledad se abrió paso entre los cuerpos. Cada paso, una provocación silenciosa. Cuando se detuvo frente a Rafo, el espacio entre ellos vibró con una electricidad palpable. Su voz, un susurro ronco apenas audible sobre el estruendo de la música, le llegó directamente al oído.

―Rafo, pensé que te acobardarías. Me he equivocado. Nos vimos el otro día en una situación semejante y estaba convencida de que no querías nada conmigo.

Una sonrisa ladeada y peligrosa apareció en el rostro de Rafo.

―Nunca me subestimes, Soledad. Especialmente cuando hay un desafío de por medio. Y menos si el desafío eres tú. ¿O ya no te acuerdas cómo te despediste? Hablaste de un desafío. Yo me escaqueé. Estoy arrepentido.

Ella soltó una risa baja y gutural, un sonido que se deslizó por su piel como el licor.

―Me gusta eso. La noche es larga, Rafo. Y mis ganas… insaciables. Se deslizó un poco más cerca, su muslo rozando el suyo a través de la tela. El calor que emanaba de ella era un fuego que amenazaba con consumirlo.

―¿Y qué tienes en mente, Soledad?, preguntó Rafo, con voz más grave, y una mirada fija en el leve temblor de sus pechos bajo el vestido.

Soledad inclinó la cabeza, su cabello oscuro y suelto le rozó el cuello, erizando los vellos de su nuca.

―Lo que te atrevas a imaginar. Pero primero, un pequeño juego. De su diminuto bolso sacó una flor de jazmín y, con una lentitud exasperante, la acercó a la solapa de la chaqueta de Rafo.

El aroma embriagador del jazmín llenó el espacio entre ellos, mezclándose con el de su propia piel. Sus dedos, finos y seguros, se demoraron en la solapa, la punta de uno de ellos rozando apenas la tela de su camisa, casi tocando su pecho. Rafo contuvo el aliento. La cercanía era una tortura para él porque su cuerpo no era la de un hombre fornido y vigoroso, como esperaba ella. La intensidad de sus ojos, una invitación descarada.

―Estas son las reglas del juego, susurró ella, con unos ojos anhelantes de romper la distancia. No podemos tocarnos con las manos. Solo con la intención. Con la mirada. Con el deseo que no podemos nombrar. Y veremos quién se rompe primero.

Rafo sonrió, una sonrisa lenta y oscura.

―Me parece un juego interesante. Pero te advierto, Soledad, que soy un animal cuando me provocan en… soledad.

Ella se echó un poco hacia atrás, sus ojos explorando cada rasgo de su rostro, deteniéndose en sus labios, luego en sus ojos.

―Eso lo veremos. El premio es… la rendición total.

La noche avanzó, y el juego se transformó en una danza cruel y excitante. Sus miradas se cruzaban a través de la pista de baile, se buscaban en los reflejos, en las sombras. Rafo la observaba y pudo comprobar que cada movimiento de Soledad era una afrenta directa a su autocontrol. Ella, por su parte, le devolvía la mirada con una intensidad que prometía cada fantasía. El baile de Rafo era tosco, rudimentario y patán.

En un momento, cerca de la barra, Soledad deslizó su mano abierta por la espalda de Rafo, a apenas un milímetro de su piel, sin llegar a tocarlo. El calor que emanaba de su palma, la promesa de su tacto, fue una agonía deliciosa. Rafo sintió un escalofrío que le erizó el cuerpo. Se inclinó, su aliento caliente rozando su oreja.

―Estás jugando con fuego, Soledad.

Ella rio, un sonido bajo y ronco, mientras la mano aún suspendida, prolongaba la tortura. ―¿Y tú, Rafo? ¿Estás listo para quemarte?

La atmósfera estaba hirviendo. Cada palabra, cada mirada, cada respiración se sentía como una caricia prohibida. El juego de la contención se volvía más salvaje a cada minuto. La línea entre el deseo puro y la prohibición se desdibujaba, dejándolos a ambos prisioneros de su propio desafío.

Los minutos se estiraban como horas, cada uno cargado de una tensión casi insoportable. Rafo vio a Soledad bailar, la tela roja del vestido tensándose con cada giro, revelando y ocultando. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, una invitación silenciosa que él sentía en cada fibra de su ser. Él la siguió con la mirada, notando cómo su cabello oscuro se agitaba, revelando la curva de su cuello, una línea delicada que él anhelaba explorar.

En un instante, mientras la música cambiaba a un ritmo más lento y sensual, Soledad se acercó de nuevo. Esta vez, se detuvo tan cerca que Rafo pudo sentir el calor de su aliento en su cuello. No había espacio entre ellos para el aire, solo para la electricidad cruda.

―¿Sigues en pie, Rafo?, susurró, su voz como una seda enardecida y su aliento cosquilleando su piel.

Rafo se obligó a responder con una voz que parecía un ronquido bajo.

―Aún de pie, Soledad. ¿Y tú? Pareces… tentada. Veo que caes tú primero.

Una sonrisa maliciosa se extendió por sus labios.

―Siempre. Pero el juego es el juego.

Sus ojos, oscuros y brillantes, bajaron por su pecho, demorándose en el nudo de su corbata, húmedo por el sudor que los invadía. A Soledad le atraía ese aroma y la excitaba verle la camisa ligeramente desabrochada. Se inclinó un poco más, y Rafo juró que sintió la ligera presión de su pecho contra el suyo, una presión tan sutil que podría haberla imaginado.

Entonces, con un movimiento casi imperceptible, Soledad deslizó su pie. La punta de su zapato de tacón rozó el interior del muslo de Rafo, justo donde la tela del pantalón se hacía más delgada. Fue un roce fugaz, un destello, pero el efecto fue devastador. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su pulso se aceleró.

Rafo cerró los ojos por un instante, saboreando la prohibición y la promesa de ese contacto. Cuando los abrió, Soledad lo miraba, sus labios curvados en una sonrisa triunfante, sus ojos una chispa de picardía. Ella había roto su propia regla, o al menos la había llevado al límite. Y él, Rafo, sintió una descarga de adrenalina que lo hizo anhelar más y la tocó, caliente y nada recatada.

―Tramposa, murmuró Rafo con una voz apenas audible.

Soledad se encogió de hombros, con una expresión inocente y diabólica a la vez.

―Son las reglas del juego, Rafo. Quien se rinde primero… pierde. Se alejó un paso, pero la huella de su roce, la promesa no cumplida, permanecía en el aire entre ellos, densa y casi insoportable.

La música del club pulsaba a su alrededor, pero Rafo solo escuchaba el eco de ese roce, el susurro de su voz, la promesa inaudita de lo que podría venir si el juego terminaba. El filo del deseo se había clavado hondo, y la noche, apenas comenzaba.

Ella, en el umbral de la puerta del club, lo miraba ansiosa y sin vergüenza alguna. Rafo dudó, pero se acercó a la barra, pagó las consumiciones y salió camino de la estela que había dejado Soledad. Por el aroma era muy fácil seguirla.

Al día siguiente, en el colegio, cuando lo vieron con una cara con unas gigantescas ojeras, sus compañeras le preguntaron reiteradas veces por la causa de dichos socavones. El, con una elegancia proverbial les dijo:

―Ha sido una noche muy personal. Lo que pasó (o no pasó) no tiene nada que ver con el colegio. A veces las cosas simplemente fluyen de una manera sorprendente, y no hay necesidad de hurgar en ello.

―Pero…¿la conocemos?

―¿A quién?

Y recogió sus libros para seguir con las clases que marcaba su horario. 

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MARCHA

Non podo culpar a quen marchou. Cansaron das miñas pausas longas, das miñas dúbidas repetidas, desa forma tan miña de sentir profundamente e explicalo pouco. Agardaron con paciencia a que algún día dixese algo claro, algo que confirmase que o que vían nos meus ollos tamén existía en palabras. Pero eu sempre estaba a punto de falar e sempre atopaba un segundo máis para calar. Ao final comprenderon que ese segundo extra era infinito e que non podían vivir dentro dunha espera tan silenciosa. Así un día marcharon sen ruído, cunha despedida breve, case amable. Eu vinas afastarse cunha mestura de tristeza e comprensión, porque no fondo sabía que tiñan razón. O amor precisa presenza, resposta, movemento, e eu ofrecía sobre todo contemplación, respecto, distancia e un silencio que parecía profundo pero que en realidade era medo antigo incapaz de pronunciar.

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MEMORIA

Ella sonríe. ¿No la conoces? Silencio absoluto. El viejo escritor confunde con nitidez realidad y ficción. Su pulso emocional le lleva a una adolescencia mal vivida, por dispersa y disparatada, pero la realidad de su vida lo envuelve en un viscoso magma de irreproducibles recuerdos, por una hiriente pérdida de memoria. 

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A ILUSIÓN AMOROSA

Onte naciches na miña memoria, espida, sen forma nin defensa, e despois chegaron as quimeras a cubrirte, a inventarte unha pel que non era do todo túa. No medio desa invención, o meu corazón —afeito á penumbra— atopou na túa luz non unha certeza, senón unha dúbida persistente, case luminosa.

Crin en ti cunha fe amarga, calada, obstinada, coma se cada latexar fose un elo invisible que me ataba a unha primavera que nunca acababa de chegar.

Agora pídoche que non perturbes máis o que en min aínda tenta ser verdadeiro, porque hai unha parte da miña alma que xa se recoñece soa, coma se enviuvara de algo que nunca chegou a posuír do todo. 

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ES NOCHE SERENA

Es noche serena y en el cielo se dibuja el azar de un embrujo, es noche serena e irrumpe entre nosotros la cólera del orgullo. Es noche serena y mi génesis de bramuras espera una caricia tuya, es noche serena y camino siempre solitario a espaldas de la amargura. Es noche serena cuando el corazón sojuzgado peca de inexperiencia, es noche serena cuando me dinamita el calor de tu leyenda. Es noche serena y ya soy un recuerdo en la mente del humano, es noche serena cuando besan mi cuerpo despidiendo al ahorcado. Es noche serena y las estrellas sufren opacas y sin luz, es noche serena cuando por la senda baldía desapareces tú.

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CINES

Nuestro viejo escritor, cuando, en un arrebato de nostalgia, se puso a pensar en las aventurillas furtivas de los cines en la adolescencia en horario escolar, aquella época en la que había salas por doquier y la novedad de cada una de ellas se convertía en una invitación a la clandestinidad académica. 

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AQUEL BESO

Aquel beso, aquella mano, aquel deseo. Los tres, desde hace tiempo, por ti, abiertos a fuego vivo. Los tres, desde hace tiempo, por ti, de tu cuerpo enamorados. Los tres, desde hace tiempo, por ti, habitantes de un sueño dormido de caricias. Aquel beso, aquella mano, aquel deseo, guardados entre los suspiros de un verano sin retorno, duermen en mi oscura memoria, lejos de tus ojos, muy cerca de mi alma. Fueron sólo un instante y ya son la eternidad.

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INVENTARIO

Estoy hecho de diminutos fragmentos de inquietud. Acantilados rotos y sin dirección se abaten en mis senderos camino de algún sur. Estoy moldeado por unas tránsfugas manos que eternizan cualquier diluente señal habitándola en un desierto de cañas e informes cometas. Estoy concebido como un egregio postigo que golpea y disemina rombos azules persiguiendo de puerta en puerta aquellas promesas del pasado por ti hoy ya olvidadas.

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DÍAS

Hai días nos que o pasado regresa sen facer ruído, como un mal soño que se desliza pola penumbra da mañá. Non chama á porta nin anuncia a súa chegada. Simplemente aparece e senta ao meu lado como se nunca marchara.

Mírame en silencio e agarda. E nese silencio as horas vólvense lentas, coma se o tempo dubidase. Entón a memoria abre as súas fiestras e regresan os rostros, as palabras esquecidas, a luz tenue do que fomos. 

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AUTOESTIMA

Se miró al espejo y se dijo: «Nadie me merece». No lo dijo con tristeza, sino con una arrogancia que disfrazaba su miedo. Se veía a sí mismo como un dios de mármol, perfecto en forma, pero incapaz de amar sin pedestal. Quería ser admirado, no tocado. Y así, se convirtió en una estatua rodeada de ecos, sin manos que lo abrazaran ni corazones que lo entendieran. 

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MARCHA

No puedo culpar a quienes se marcharon. Se cansaron de mis pausas largas, de mis dudas repetidas, de esa forma tan mía de sentir profundamente y explicarlo poco. Esperaron con paciencia a que algún día dijera algo claro, algo que confirmara que lo que veían en mis ojos también existía en palabras. Pero yo siempre estaba a punto de hablar y siempre encontraba un segundo más para callar. Al final comprendieron que ese segundo extra era infinito y que no podían vivir dentro de una espera tan silenciosa. Así un día se fueron sin ruido con una despedida breve casi amable. Yo las vi alejarse con una mezcla de tristeza y comprensión porque en el fondo sabía que tenían razón. El amor necesita presencia respuesta movimiento y yo ofrecía sobre todo contemplación, respeto, distancia y un silencio que parecía profundo, pero que en realidad era un miedo antiguo incapaz de pronunciar.

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LA PRIMAVERA

Se abrazaron como si el invierno dependiera de ellos, como si el calor humano pudiera detener la nieve. En ese instante, fueron primavera: brotaron sonrisas, florecieron sus miedos, se derritieron las distancias. Pero la estación pasó, y el frío volvió sin pedir permiso. El abrazo quedó como un jardín secreto en sus memorias. 

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UN TIPO NORMAL

Sí. Soy un tipo normal. De esos que se enamoran cuando conocen a una mujer de encantos hechiceros, verbo atareado y mirada enigmática. De esos que no saben decir cuando la otra persona, en este caso tú, pide con clemencia un sí posesivo y mordiente. De esos que caminan por la calle como quien conversa en secreto con la tierra. De esos que buscan el calor de una mano femenina mientras lloran el último desencuentro amoroso. De esos que abren la ventana por la mañana para que la luz del día entre descalza y se acueste con él. De esos que, guarnecidos en su casa, esperan ilusionados un guasap con una palabra de afecto y cariño. De esos que, mientras sostienen una taza de café caliente entre sus desangelados dedos, confunden un beso con una mentira. De esos que miran el horizonte como si esperaran una respuesta antigua. De esos doctorados en impericia sentimental, aunque hayan besado mil labios de mujeres desbordantes y generosas. De esos que escuchan la lluvia de la noche como quien atiende una sincera confesión del cielo. De esos que se marchan de los sitios solitarios dejando la puerta entreabierta para que alguien cultive su silencio fértil. De esos… Sí. De esos… Un tipo normal de esos. De los que se pierden en la calle y desconocen que ya no tienen una cama que compartir. Dejémoslo ahí. Soy un tipo de esos. 

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DIAPASÓN

Carezco de él. Nunca lo acaricié. Nunca supe el valor de una buena afinación. Desacertado. Torpón. Obtuso. Crédulo. Desmañado. Zascandil. Todo. Pero enamorado de una ilusión óptica y mental que fue realidad en un pasado ya casposo y amarillento. Eso no es justo. ¿Te avergüenzas de él? No. Jamás. Aquella mujer quiso envarar a un avaro de la egolatría. No tuvo suerte. Pudo más mi cerviz edulcorada de un mutismo familiar que me encerró en un círculo concéntrico de egoísmos. Hoy no me reconozco en él. Soy un simulacro de un joven que se enamoró abruptamente allá en los años… Sí. En esos. Desde entonces soy un hombre en busca de un diapasón que me perfeccione y sutilmente me convierta en un adulto responsable. Esa mujer ya no existe. Lo sé.

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CHARLA

Unha charla calquera é o corredor dun vertixe indescritible. O meu presente móstrase absolutamente espido e á miña memoria só acoden habitacións de hotel deshabitadas. Lámpadas acesas para ninguén, cortinas que nunca abrín, vasos cun resto de auga morna ao pé dunha cama impersoal. Mentres falo, sinto ás palabras sosténdome apenas, como táboas húmidas sobre un pozo sen fondo. O outro sorrí, pregunta, continúa a conversa, pero eu xa estou noutro sitio: nun corredor interminable, escoitando portas pecharse ao lonxe. Hai conversacións que non unen a ninguén. Só fan máis visible o eco.

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MUJER VIVA

Mujer viva, única, hecha de carne y viento, cuerpo de secreto y de nostalgia, llevas en el aliento palabras que solo los corazones heridos saben descifrar. Me acerco a ti con los ojos en alto, buscando en el cielo un jardín de rosales limpios, y traigo en los labios un canto nacido en el regazo de tu estrella.

El rumor de tu piel roza la mía, y un placer antiguo, profundo, recorre cada rincón de mi cuerpo. Sé que aún es pronto para hablarte de un buen guiso o de una fragua de penas bien trabajada. Pero mi pecho está lleno de quejas dulces, de sueños desnudos y de quimeras que apenas echan hoja.

Estoy frente a ti, desnudo de miedo, lleno de esperanza, con la certeza de que un día tomarás mis manos y reconocerás en ellas el fuego de la pasión que me habita. Por eso deseo que alguien —una mujer como tú— quiera escuchar, en el secreto de mi alcoba, el blanco rumor de una cantiga bien hecha, semilla viva de nuestra tierra.

Silencio de monasterio. Nadie me escucha. Nadie me habla. Solo el latido de tus pechos soñados, velados, que rozan mis labios como caricias de viento. 

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TRISTEZA

Habita en mí desde tiempos pretéritos. Creo que nací con ella. Es mi eterna compañera. Con ella dialogo, con ella me inspiro, con ella amo y con ella me desvivo por una caricia sincera. Me dicen que debo deshacerme de ella como un niño rompe con su pasado cuando descubre que lo han engañado. Me desnudo con ella como si fuera mi imperecedera amante viva, esa que se muestra ante desde mi juventud desnuda e inalcanzable. Y sueño que le doy esquinazo, pero en el instante que levanto la cabeza libre de sombras enfermas me toma por la cintura y de nuevo me posee con la misma fuerza que la primera vez. Soy incapaz de engañarla. Me supone un acto impúdico y la mayor de las traiciones. 

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TIEMPO

Ella le pidió tiempo, creyendo que el amor podía esperar. Él le dio distancia, creyendo que el amor podía sobrevivir sin presencia. Como relojes en husos distintos, nunca coincidieron. Sus minutos no se alinearon, sus días se volvieron paralelos. Y al final, el tiempo se convirtió en olvido, y la distancia en costumbre. 

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ACTOR

Ás veces penso que vivo coma se camiñase sobre un escenario invisible. Cada día deseño un xesto, unha voz, unha maneira de mirar o mundo, e saio representar un papel. Non sempre é unha mentira; moitas veces é simplemente a forma na que aprendo a convivir cos demais.

No traballo interpreto seguridade; na familia, tenrura; e diante dos descoñecidos, prudencia. Pero detrás de cada máscara hai algo verdadeiro que respira en min. Finxir, ás veces, non é enganar: é protexer o que aínda non sei como mostrar.

Son un actor, si, pero tamén son o autor do guión que vou escribindo con cada decisión, con cada vivencia. Quizais a miña sinceridade non consista en non actuar nunca, senón en non esquecer quen son cando baixa o pano.

E quizais a miña vida sexa precisamente iso: unha obra imperfecta onde, entre papel e papel, busco o instante no que por fin deixo de representar e simplemente son. 

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CAPÍTULO VII DE ‘HATROZ’.- CONFORT

Rafo desconocía el concepto de zona de confort. En su adolescencia no se había planteado nunca que existiera otro mundo al margen del de su familia y su entorno más cercano. Cuando en la infancia visitó por motivos festivos la casa de algún compañero siempre daba la casualidad de que ese hogar respiraba el mismo ambiente que el suyo.

En los cursos del Instituto Calderón de la Barca sí que vio retales de otro mundo, el de los derrotados en la guerra civil, pero no llegó a conocer que eso afectara a un número considerable de españoles. En su casa siempre le hablaron de una minoría y la palabra maquis era sinónimo de guerrilleros antifranquistas que estaban fuera de la ley y que había que detenerlos para ser juzgados. Le hablaron de los que vivían escondidos en los montes de las provincias de León y Zamora y que atacaban esporádicamente organizados en partidas de combatientes. Pasados tres años de una “merendola” en casa de José Antonio ―curioso nombre que recordaba al fundador de la Falange― le vinieron a la mente una serie de palabras que escuchó en boca del padre y que su familia no pudo ―o no quiso― aclararle: justicia histórica, la construcción del Valle de los Caídos, republicano, dictadura, ley de vagos y maleantes, terror rojo y terror blanco…

En este ambiente transcurría el mes de noviembre y como un goteo permanente las noticias sobre la salud de Franco. Todas las conversaciones de mi padre giraban en torno a tres pilares básicos:  sus pacientes, el estado anímico de mi madre y la salud del Generalísimo. ¿Los estudios de Rafo? También eran una fuente de preocupaciones. Todas las mañanas José María se levantaba, ponía la radio, se afeitaba y se bañaba con agua fría. Y un día de esos que parecía otro más la noticia explotó:

Franco ha muerto.

La voz del locutor de Radio Nacional de España, de una gravedad inusitada, y tras un silencio muy significativo, a las 6:30 horas de la mañana del 20 de noviembre de 1975, retumbó, y no por no esperada, cual cohetería fallera en el día de la fiesta mayor, en la casa de la familia de Rafo. El padre de familia se quedó mirando la radio con una expresión de tristeza y preocupación. Terminó de lavarse los dientes y decidió que había que despertar a su mujer e hijos para rezar una breve oración en memoria del Jefe de Estado que les había proporcionado cuarenta años de paz.

Sentados frente al televisor, y a la espera de que hablara Arias Navarro, presidente del gobierno por entonces, los cuatro miembros de la familia miraban fijamente al suelo como queriendo asimilar tan luctuosa noticia.

Lola, la hija mayor, se tocaba constantemente el pelo en un ademán que manifestaba unos nervios a flor de piel. Era consciente, mucho más que el hermano, de que en esos instantes, hasta en lo más insignificante, debía hacer alarde de ese complace familiar que llevaba como una losa y que había empezado a trabajar sin resultado alguno por el momento. Sabía que no estaban en una realidad cómoda y la controversia generacional, junto a un desconocimiento más que notable de la situación, podía saltar a la mínima oportunidad. Miraba con cariño a su madre y escuchaba con atención filial las palabras que estaba pronunciando su padre con una solemnidad casi pontificia. Supo controlar, con muchísimo esfuerzo ese destemplado pronto que le caracterizaba y que había heredado de la abuela paterna. Todo el mundo decía que esta buena mujer daba auténticos botes cuando se enfadaba por cualquier motivo, circunstancia que era muy frecuente. Lola, físicamente, era menuda y delgada. Había estado en tratamiento por un reconocido endocrino nutricionista, que con un marcado acento andaluz le decía una y otra vez cuando veía que no engordaba: ere mi fracaso, ere un granito de arró.

Rafo, el hijo, tenía una mirada que expresaba cierta vergüenza por tener dos sentimientos diametralmente opuestos: por un lado, el de tristeza, porque se olía que se iban a fastidiar sus salidas vespertinas durante unos días; por otro, el de su incapacidad para entender como un adulto el alcance de la noticia que había bloqueado emocionalmente a sus padres. En situaciones como esta es cuando se perciben con más nitidez los saltos generacionales.

Lola y Rafo compartían por ósmosis la ideología de sus padres. Eso decían al menos. Lola, por ser mayor, asimilaba mucho mejor las profecías de su padre cuando comentó días posteriores al luctuoso acontecimiento que alguien de muy alta condición iba a traicionar al régimen. Nunca aclaró si él aceptaría esa felonía como mal menor para España.

―Lo aclararé cuando las circunstancias lo exijan, dijo mientras la televisión proyectaba a un Arias Navarro demacrado, compungido y emocionado.

Como hijos obedientes que eran, no escatimaron esfuerzos en ello y junto a los progenitores y la familia habían asistido a todas los actos y manifestaciones que en esos últimos años se habían celebrado en Madrid en apoyo de Franco. ¡Harto difícil no dejarse llevar por la patriótica marea familiar! Nunca dudaron de que la España real era la que ellos vivían, la España que se sentía humillada por una Europa descristianizada, marxista y masona. ¿Había otra España, como insinuaba Cecilia en su canción? Su padre, después de la breve alocución del presidente del gobierno, les dijo con una suntuosidad única:

―Nunca olvidéis a los enemigos de España, que los hay y muchos. Pausa emotiva que nunca entendió el bisoño de Rafo. Me acabáis de escuchar el vaticino de una magna traición. Lo veremos. Ahora los conoceréis ―a los enemigos de España― porque saldrán de sus cómodos y calientes hogares y se atribuirán una lucha antifranquista que nadie ha visto ni intuido en estos últimos años.

Con estas palabras Lola y Rafo tuvieron una visión retrospectiva compartida y recordaron varias populosas manifestaciones que habían visto asustados por algunas de las principales arterias que bordeaban su vivienda en el Paseo de Santa María de la cabeza nº 1. En ellas habían oído con toda claridad gritos contra Franco y en favor de la huelga general. Su padre achacó dichos movimientos populares a reclamaciones puramente económicas por una crisis que afectaba a toda Europa. Rafo, por entonces, no se cuestionaba nada y escuchaba ―es un decir―, junto a su hermana, las peroratas dominicales de su querido padre. Su madre, ante tal «exhibición marxista», los tranquilizaba diciéndoles que esa tarde era mejor que se quedaran en casa y que rezaran por la salvación de España. Su madre sonreía interiormente cuando veía que aún sus palabras tenían el efecto planificado. ¿Cuánto durarán? Sólo Dios lo sabe.

En ese mundo vivían Lola y Rafo. Con una naturalidad difícil de entender hoy en día. Habría que aclarar que en aquellos tiempos no había ni internet, ni smartphone, ni cadenas de televisión privadas y el teléfono del domicilio estaba perfectamente controlado por los padres. El envoltorio en forma de zona de confort era muy sencillo de diseñar y ofrecía, en este caso, una gran fortaleza. Además, la inmadurez de Rafo, natural o planificada, le hacía no cuestionarse el porqué de unas manifestaciones que rodeaban regularmente la vivienda familiar en el populoso barrio de Atocha. Los dos hermanos no tenían la menor sospecha de que lo hacían dentro de una burbuja que había sido diseñada sin ninguna intención por unos padres que, desde su perspectiva sociológica, querían ofrecerles a sus hijos lo que ellos no tuvieron por causa de la trágica Guerra Civil. Pensaban que ese era el hábitat patrio de todos los españoles. Lola no podía intuir nada, o eso decía, porque, aunque ya estaba estudiando en la universidad la acomodada y prestigiosa carrera de Farmacia, las explicaciones de casa en torno a las protestas de los universitarios nunca le hicieron ver que había otra realidad paralela a la suya. Su carácter enérgico salpicado de arrepentimientos inmediatos, además de una educación muy tradicional, la convertían en una complaciente, geniuda y muy familiar hija. Se había llevado un desmesurado disgusto cuando la familia (aquí se pueden incluir muchos nombres) se opuso con negativa innegociable a que estudiara Magisterio. Lo vivido el 20 de noviembre la convenció con una ligera rapidez que tenía que ejercer en casa el papel que habían diseñado sus padres con cariño y cierto sesgo carpetovetónico para los momentos trágicos. En este terreno a Rafo había que darle de comer aparte. Parecía que no vivían en la misma casa. Rafo estaba verde ―en todos los significados de la palabra, menos el fisiológico― como ese adulto que a escondidas se quedaba prendado sin comprensión alguna de Epi y Blas en Barrio Sésamo y de Fofó, el payaso favorito de la época.

José María, el padre, con la constancia del trabajador infatigable que era, les había explicado en varias ocasiones los motivos de la Guerra Civil y los posteriores y gratificantes cuarenta años de paz. Cierto es que «algo diferente» creían ver los domingos cuando iban a misa a la iglesia de los salesianos en la Ronda de Atocha y los conocidos de mis padres los abordaban con comentarios insidiosos, según él; a la par que le enseñaban radiografías o analíticas para que manifestara su certera opinión. Esto último, la imagen de José María analizando una radiografía en medio del atrio eclesial, lo hacía con verdadera devoción médica.

―Son pequeños reductos de insubordinación porque no todo el mundo puede estar contento, decía el padre al llegar a casa.

Los hijos miraban y escuchaban con interés el relato paterno, pero el progenitor no las tenía todas consigo porque veía mucha inquietud, especialmente, en el rostro de Rafo. No podía imaginar que tal desazón estuviera motivada por causas muy diferentes.

―Lo mismo están influyendo en él algunos desafortunadísimos comentarios que algunos feligreses sueltan sin ningún miramiento al final de la misa en el pórtico de la parroquia, le decía a su mujer.

La realidad era que, a los diecisiete años, cuando las hormonas ya estaban en acción, era complicadísimo mantener viva la atención por mucho que el tema fuera trascendental para el suelo patrio, como le gustaba decir a un vecino que con toda seguridad estaba por el cuarto o quinto rosario de los misterios dolorosos.

José María era médico de profesión. Un médico de vocación filantrópica. Desde las 7 de la mañana hasta la hora que fuera, incluidos los sábados por la mañana, siempre en el quirófano, y los domingos por la mañana, ocupados en un inacabable rosario de visitas de pacientes suyos o de familiares y allegados. Siempre fue un modelo para sus hijos, que veían en él a una persona que no pensaba nunca en la remuneración de sus intervenciones y sí en la sanación de los enfermos. Veían en él la filantropía en estado puro. Palabra que buscó con ansia en el diccionario cuando la oyó por primera vez Rafo. La consulta que tenía todas las tardes de 4 a 6 en su casa era gratuita y era muy frecuente en él, cuando el paciente no tenía recursos económicos, realizar sin sus honorarios la necesaria operación con el único coste del anestesista y del sanatorio por parte del enfermo. Siempre se rigió por un nunca dejes de atender a un paciente por dinero. Jamás pensó en la remuneración económica. Muchos amigos y colegas le decían abiertamente que era «tonto», pero él tenía muy claro que su verdadera vocación arruinaba cualquier embrujo económico. Cuando falleció y publicitaron la necesidad urgente de un sustituto en la Mutualidad de futbolistas, hubo muchas renuncias entre los candidatos porque el sueldo que ofrecían, ese que recibía religiosamente el fallecido sin queja alguna, descubrieron que era una insignificancia. Una merda, dijo alguno de raíces gallegas.

En su largo historial médico había pacientes de toda índole: los propios de sus consultas, familiares, amigos, cualquier enfermo que se acercara a él con la mediación de un familiar o amigo, personajes televisivos… Un sobrino suyo ―también de apellido Máiz―, excelente médico en la actualidad, les ha comentado a los hijos que cada vez que escuchan su apellido le preguntan si tiene alguna relación familiar con el doctor Máiz Bermejo, fallecido el 18 de enero del 2002.

Una de las imágenes de su padre, de los hijos de José María, era verlo, a eso de las 11 de la noche, sentado en su despacho, estudiando las últimas novedades que se iban produciendo en traumatología y en cirugía general. El médico tiene que estar al día, decía.

Mención aparte merece su carácter. Fuerte, impulsivo y de un pronto que hacía retumbar los cimientos de la casa. A los cinco segundos caía en un arrepentimiento que era muy poco comprendido por algunos miembros de la familia; los cuales, con comentarios sibilinos y acerados, rechazaban radicalmente ese temperamento. No se sabe si este ―o la venta de La Peregrina― fue el motivo por el cual en los últimos años de su jubilación ―cuentan Lola y Rafo― cogía el teléfono pensando en que alguien llamaba preguntando por él y sólo se encontraba con el silencio más absoluto. También recuerdan los hijos con mucha pena las lágrimas que le producían a su padre las vivencias del último verano en Bertamiráns, en el 1993.     

José María les transmitió el miércoles por la noche previo al fallecimiento, cuando un amigo personal le comunicó que no había sanación posible en la enfermedad terminal de Franco, que el infausto momento había llegado. Llevaban varios días anunciando la muerte del Jefe del Estado, pero ese día no llegaba, aunque parecía que estaba al caer. Ante el silencio filial de Lola y el nerviosismo del hijo ―los diecisiete años le bullían en su interior como una cafetera a punto de estallar― insistió en el argumentario más que conocido de los domingos después de comer. Pero Rafo era incapaz de quitarse de la cabeza la importante cita que había concertado con una amiga y que era la causa positiva de sus últimos desvelos y sufrimientos.

Rafo sabía jugar muy bien las cartas con su padre. O eso creía él, más bien. Para sus padres la cita era con una amiga que era, como gran parte de su familia, más franquista que Franco. Tranquilidad familiar por ello. Ella, les teatralizaba como nadie el adolescente a sus padres, sí ha bebido y digerido con sanísima asunción la ideología del momento.

―Es lo normal, papá. Queremos comentar los últimos acontecimientos.

Semanas más tardes se percató de todo lo contrario y pudo conocer en primera persona la traición que estaba en boca de su padre por esas fechas.

Rafo, con el pasar de los años, y con una lentitud que hoy se podría calificar de premiosa, llegó a la conclusión de que en él se había producido, con la naturalidad de la época, una profundísima ideologización ―como he dicho antes― por ósmosis. La primera vez que se lo dijo a un primo suyo, se llevaban como hermanos, tuvieron una discusión colosal que sólo supieron atemperar con las cañas de La Cruz Blanca.

Pero la realidad era muy distinta, muy diferente. Con quien había quedado era con una compañera de COU, que después de un sinfín de equívocos, producidos todos ellos por la inmadurez congénita de Rafo, le había respondido afirmativamente a la última proposición de salir. Guapa, sincera, espontánea y con unas ganas locas de comerse el mundo, mientras él era un atribulado y tímido joven que siempre pensaba que era el más feo, el más soso y el peor vestido de cualquier fiesta o reunión. Esta joven, que se llamaba Marisa, lo impulsaba a que tomara las riendas de su vida, a que dejara ese complace familiar que lo estaba machacando.

―Parece que te tienen en casa entre algodones. Fuera de tu zona de confort hace mucho frío, le decía ella, pero hay muy buenos abrigos y un sinfín de coyunturas que tú tendrás que valorar.

Rafo, junto a ella, se bebía el mundo a grandísimos sorbos, pero cuando estaba solo no sabía ni dar un paso, fruto de una educación muy paternalista y complaciente, a no ser que fuera después de haber consumido unas cuantas cervezas.

En las calles había una efervescencia inusual. Parecía que todos los viandantes, muchos de ellos mirando al suelo, tenían algo importantísimo que realizar en esas primeras horas de la mañana. Posteriormente, en un mismo bar convivirían el aperitivo que unos pocos se podían permitir entre semana o la rutinaria comida de día laborable que otros tenían obligatoriamente que realizar. A la hora del desayuno, en ese lugar común para los madrileños, convivían ese significativo e inolvidable jueves diferentes pareceres. Los que peligrosamente bromeaban de la situación con el viejo chiste de «a la mierda el régimen», y se lanzaban a comer grasientos aperitivos, los que mostraban una indiferencia absoluta y sólo pensaban con preocupación en la endeblez de su trabajo, en su novia o en las infinitas letras del piso que aún le quedaban por pagar y por último los que, plenamente convencidos del día aciago que estaban viviendo, llevaban corbata negra o se colocaron antes de salir de casa en la manga derecha a la altura del bíceps una cinta negra en señal de luto. Eso sí los desayunos caseros, por un motivo o por otro, se seguían sirviendo a un ritmo endiablado y muy vivo.

El portero de la casa en la que vivía la familia de Rafo, excombatiente en Teruel, con una diligencia casi pareja al horario de la muerte de Franco, se había encargado de cerrar la hoja derecha del portal como símbolo del luto que iban a vivir en los siguientes días. Ningún vecino podía dudar de su fidelidad al régimen. Sorpresivamente vio cómo entre los vecinos de la casa, tras unas semanas de exteriorizada aflicción, empezaron a surgir demócratas de toda la vida. Y el silencio se apoderó de él porque no quiso, a partir de esos momentos, que los vecinos lo situaran ideológicamente. Se preveían tiempos revueltos y de muy difícil pronóstico. La mujer, ya entrada en edad, desde que apenas cumplió los treinta años no conocía otro color que no fuera el negro riguroso de luto o el gris de alivio de luto, pues desde esa temprana edad en su familia se habían encadenado con fechas muy estratégicas varios fallecimientos.

―Estoy presa de la cadena del luto, decía ella con resignación a la madre de Rafo. Aunque, lo que realmente me mata es esta bili que se me sube asín a la boca después de comer. Tendré que hablar con su marido. Y la pobre mujer se acostaba todas las noches muy revuelta. 

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EDUARDO TEJERO, UN BUEN MAESTRO (IN MEMORIAM)

Un deber de gratitud me obliga a subrayar como uno de mis mejores profesores de mi época de estudiante universitario a Eduardo Tejero. Del mundo del verso yo no sé nada que él no supiera; ni sé, ciertamente, todo lo que él sabía. Una buena enseñanza de la literatura nos dice mucho sobre el profesor y nos funde con ella para siempre; una mala enseñanza nos aleja irremisiblemente de la lectura. Cuando comencé a estudiar Magisterio, yo estaba enteramente convencido de que “lo mío” era la enseñanza de los niños. Me agradaba la idea de ser un buen maestro, pues detestaba formar en el futuro charlatanes y no personas con pensamiento autónomo y juicio crítico.

Por eso hablo aquí de Eduardo Tejero. Desde el primer día nos dijo que la vida se hacía viviendo, y que nuestro camino en el campo de la enseñanza venía señalado por nuestra vocación de buenos caminantes. En aquel tiempo su aspecto era el de un hombre bueno y joven. Una mirada cálida y cordial, una barba muy cuidada, unas mejillas rojas y una voz sugerente y arrulladora. Aún recuerdo aquellos versos de Machado: “soy —es—, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

También recuerdo su primer día de clase en la escuela de Magisterio. El murmullo de la novedad se palpaba en el aula y la inquietud por la nueva “cara” nos tenía en un desasosiego tangible. Y por fin entró en clase.

Con escrutadora tranquilidad nos sentamos en las sillas formando un pequeño círculo alrededor de él. Después de unas acogedoras palabras de presentación nos habló del placer de la lectura y nos dijo “que la lectura es un acto creador casi tan importante como la propia escritura”. Entonces abrió un libro muy viejo que tenía en las manos desde que había entrado en el aula. Explicó que era una antología de poesía española que había comprado cuando era joven.

—¡Qué descuidado es! —dijo una compañera poco sensible.

Yo comenté que no, que un libro comprado en la adolescencia que había llegado a la madurez, aunque ya muy sobado, era símbolo de mucho trabajo y de un aprovechado uso por parte del dueño; era el espejo de un carácter lírico y cuidadosamente apasionado. Lentamente lo abrió y comenzó a recitar un poema de Don Denís, el rey del verso.

Todos quedamos sumergidos en un silencio y admiración evidentes. Hoy, en la distancia, pero no en el olvido, recuerdo que salí corriendo para comprar aquella antología. Aún la conservo.

Y cuando escribí mi primer poemario le pedí que me hiciera el prólogo, era lo justo.

Fueron unas palabras cordiales y muy acertadas, en un certero análisis de afecto y amistad.

Por eso mismo, querido Eduardo, en estos momentos en los que cuesta una enormidad levantarse cada mañana, y en los que el tren de la vida camina por una vía lenta y llena de obstáculos, quiero decirte aquellos versos míos que tú escogiste para el prólogo: que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía. Gracias, Eduardo.

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AUTOESTIMA

Cada vez que alguien lo elogiaba, él crecía un centímetro. Su autoestima era un globo inflado por aplausos, por miradas de admiración, por palabras que lo hacían sentir valioso. Pero vivía con miedo: el miedo a que un día, el silencio lo pinchara. Y entonces, desinflarse sin saber quién era, sin saber si quedaba algo más allá del aire, si toda su memoria había sido una pesadilla. 

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NACISTE EN MI MEMORIA

También naciste en mi memoria, pero esta vez no estabas sola: alguien —tal vez yo mismo— te vistió de ilusiones, te llenó de promesas que no sabían sostenerse. Mi corazón, convertido en refugio de inquietudes, encontró en tus ojos una sombra que no supo descifrar, una grieta mínima por donde empezó a filtrarse la duda.

La fe fue intensa, febril, y al mismo tiempo amarga. Permaneció en silencio, como si hablar pudiera romperla, mientras me encadenaba a una sucesión de instantes invisibles que parecían tener sentido solo porque tú estabas en ellos. Ahora sé que no debes seguir velando mis emociones, porque en el fondo siempre supiste que mi alma ya cargaba con la ausencia de tu amor.

La desconfianza ya no irrumpe: se desliza despacio, cansada de la fatiga y del desgaste. Miro mi vida y no encuentro en ella el reposo que imaginé. Y aun así, persiste una ilusión distinta, todavía enamorada, que no se extingue del todo. Crece en silencio cada vez que tu imagen reaparece, fija, grabada en mí, como si esa huella —y solo esa— fuera capaz de sostener lo que queda. 

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MEMORIA

A memoria, filla bastarda da verdade, rara vez me visita cando a clarividencia se apodera de min. Aparece como un rastro, como algo que permanece cando o tempo xa pasou. É caprichosa: garda o que quere, esquece o que debería lembrar. Estes poemas nacen dese territorio incerto. Non queren reconstruír nada. Son fragmentos. Instantes suspendidos. Porque a memoria, no fondo, é iso: non lume… senón cinza que aínda conserva calor. 

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LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pérdida emocional paseando por un pueblo de la sierra madrileña me encontré a un hombre llamado Tomás, el cual habitaba una pequeña casa a los pies de una montaña y rodeado de un espeso bosque.

Desde que era un niño, Tomás experimentó una atracción especial por las historias, por las narraciones que podían capturar su alma y despertar sus emociones. Disfrutaba conversando con los habitantes del pueblo y escuchando sus historias, que él las convertía con suma precisión en cortos relatos con los que transmitir una amplia gama de emociones a sus futuros lectores. Una de las que más le emocionó fue la de un pastor analfabeto que quiso emular ―y lo logró― a Miguel Hernández cuando le contaron que desde un analfabetismo similar logró convertirse en uno de los poetas españoles de más renombre.

Sin embargo, cada vez que finalizaba una historia sentía una especie de pérdida: sentía que estaba perdiendo una parte de sí mismo. Al concluirla, como había invertido en ella tanto tiempo y esfuerzo parecía que desaparecía parte de su vida. Se sentía traicionado, se sentía un hombre abandonado porque cada historia terminada era un hijo perdido.

Tomás trabajaba en una fábrica, donde cientos de obreros producían en cadena millares de engranajes que se montaban del mismo modo cuando faltaba por enfermedad y era sustituido por otro trabajador. El resultado era exactamente el mismo. No se notaba su ausencia. Sus «sobresalientes» manipulaciones, imposibles de diferenciar formaban parte de una casi interminable cadena de ensamblajes de piezas perfectamente uniformadas.

Cada día que pasaba como un ser alienado, su alegría iba disminuyendo. Tomás anhelaba en lo profundo de su ser escribir un gran libro que le permitiera, con sus ganancias cruzar las montañas que le aprisionaban como si fuera Edmundo Dantes y viajar por todo el mundo.

Pero el libro no podía ser un libro cualquiera, no. Tenía que ser un libro con historias que pudieran reflejar la pasión, la integridad y la moderación del mundo que él soñaba gobernar. Aunque cada mañana se despertaba con la misma presión en el pecho, con la misma dosis de frustración como parte de su rutina diaria.

El día de su cumpleaños, que se sintió especialmente impulsado por un deseo más fuerte de cambio, decidió acercarse a un bosque cercano para caminar entre los árboles y escuchar la irrepetible música que componían las hojas secas cuando eran pisadas por sus aún vitales pies. Inesperadamente descubrió algo increíble: un diario olvidado en un lateral del camino que él recorría con tanta frecuencia. Lo cogió impulsivamente, como un niño las chuches en una tienda de caramelos. Las páginas, escritas con una letra del siglo pasado, contenían cuentos de viajeros y soñadores de principios del siglo XX. Movido por una exacerbada curiosidad, comenzó a leer el libro. Cada día, una historia. Todas diferentes.  

Experimentó tal emoción que, con una energía que no había sentido en años, tomó una decisión radical y tajante: dejaré mi fábrica, se dijo para sí.

Llenó la maleta de ropa vieja y sueños nuevos. Tomás viajó por todo el mundo. Conoció a gente de todas partes y de todos los colores: familias similares a la suya, personas solitarias, campesinos trabajadores, individuos violentos y algunos con los que fue imposible comunicarse.  

Entre ese variopinto mundo se encontró con una pintora que había abandonado su trabajo en la oficina y se había convertido en una brillantísima ilustradora. Conoció a un músico que interpretaba melodías en plazas de incontables ciudades y a un escritor de éxito que dejó también su trabajo después de mil dudas. Cientos de publicaciones vendidas. Cada historia que escribía mostraba una perspectiva diferente. Hablaban de la audacia, la longevidad, la persecución de los propios sueños o los arrebatos de una vida arruinada por la pereza.

Inspirado por todas esas experiencias, Tomás comenzó a escribir historias sobre su pasado. Fragmentos de su alma perdida, piezas que reflejaban las dudas que lo atormentaban desde hacía años, la envidia de una vida mejor, la soledad elegida pero tormentosa, sus conversaciones con la naturaleza y la posible inexistencia de Dios.

Cada vez que algo de su memoria lo impactaba, lo convertía en palabras.

Cuando Tomás, después de mucho tiempo, regresó a su pueblo, no era el mismo hombre confundido y vergonzoso. Se sintió realmente agradecido por todo, sabiendo que ese libro encontrado al azar en un camino perdido le dio las fuerzas suficientes para escuchar su propia voz.

Tomás, después de todo lo vivido, escribió un libro sobre la frustración humana. Escribió cómo la vida puede ser diferente. Nuestros sueños, decía, duermen en nuestro interior sin que los percibamos durante mucho tiempo, hasta que un desconocido detonante los despierta. Él encontró su mayor éxito en su dolor más íntimo: descubrió que la frustración a veces no es solo un muro insalvable, sino que también puede ser una inspiradora señal que ilumine ese camino que nunca nos atrevimos a transitar.

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O DESAMOR

O desamor entrou na miña casa coma un inverno sen portas. As palabras convertéronse en follas secas que o vento levou. Os teus ollos, antes faros, apagáronse na néboa. O corazón quedou feito un reloxo sen tempo. Cada lembranza era unha pinga de chuvia sobre a pedra. Os silencios medraban como silveiras abandonadas. A esperanza foi un paxaro que esqueceu o camiño do niño. A lúa mirábame cun brillo de despedida. Aprendín que algunhas flores tamén nacen para murchar. E seguín camiñando, sementando luz entre as sombras.

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EL PUERTO

Creía que el dolor era parte del amor. Eran dos náufragos abrazados a la misma herida, flotando en un mar de dudas, sin saber si nadar o hundirse juntos. El amor se volvió salvavidas, pero anclaron a destiempo. Ella, con un estilo firme y sereno, lo esperaba sonriendo; él, confundido e incrédulo, llegó a la orilla de un puerto ya despoblado. 

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SOLEDAD VULNERADA

El murmullo de una cíclica premonición, indomable por la ansiedad de tu equilibrio, la parsimonia de mi pulso marchito se precipita mayestáticamente, y, aunque la desnudez de tu promesa sepulta el tremor de mis fronteras, la infancia que me despierta todas las madrugadas te descubre sin ningún extraño ropaje los síntomas de una soledad vulnerada.

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EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA (VERSIÓN COMPLETA)

CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS

He escrito siempre con la esperanza de que mis palabras encontraran un lugar en el mundo, pero los premios nunca llegaron. Tal vez porque mi voz no se ajusta a las reglas de los concursos, o porque mis historias prefieren la intimidad antes que los aplausos. En los sueños, sin embargo, todo cambia: allí recibo diplomas, discursos y ovaciones que me reconocen como autor. Esos galardones oníricos son los únicos que he ganado, y aunque se deshacen al despertar, me recuerdan que escribir ya es, en sí mismo, un premio.

Los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un premio en estado de vigilia porque temen que mi conciencia despierte fuerzas capaces de rivalizar con las suyas. Consideran que la gloria humana no debe superar la divina y que mi ambición, al rozar lo imposible, amenaza el equilibrio que ellos custodian. Mi mirada, que se atreve a desafiar al sol, incomoda su soberanía, y mis palabras, tan poderosas que podrían mover montañas, ponen en riesgo la quietud del mundo. Por eso me relegan al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo, y allí, entre visiones y fantasías, me conceden la corona que despierto me niegan, como castigo y a la vez como recordatorio de que la grandeza humana siempre será vigilada por la envidia de los dioses.

A propuesta de Morfeo, los dioses aceptaron que mi condena no fuera absoluta. Él, señor de los sueños, argumentó que la vigilia es demasiado rígida para contener mi grandeza, pero en el reino onírico mi espíritu puede desplegarse sin límites. Morfeo convenció al Olimpo de que allí, entre velos de ilusión y verdad, recibiría los premios que despierto me niegan: coronas de humo, victorias de luz, abrazos de sombras que se transforman en gloria. Así, mi destino quedó sellado: nunca premiado en la realidad, pero siempre celebrado en los sueños, donde Morfeo me concede lo que los demás dioses me arrebatan.

En este ambiente mitológico, los dioses aún respiran entre las montañas y los ríos. Los héroes caminan con paso firme, guiados por presagios antiguos. Las criaturas fantásticas vigilan los senderos ocultos, guardianes de secretos olvidados. El tiempo se detiene en templos derruidos, donde la eternidad murmura su canto. Cada estrella que brilla anuncia un destino, cada trueno despierta una nueva aventura. Así me gustaría que comenzase mi historia, en un mundo donde mito, sueño y realidad se confunden. Empecemos.

CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS

Sumidos en este ambiente onírico tú y yo, te quiero contar una historia muy personal, una historia que fui gestando en sueños deslavazados en las últimas semanas, desde la jubilación, como quien teje una gran alfombra a mano sin plantilla. Esto no quiere decir que el resultado de mi historia sea tan satisfactorio como el que obtenía una tía mía cuando se ponía a ello.

La jubilación me ha golpeado con doble filo. Por un lado, un descanso esperado, deseado y pellizcado meses antes de que llegara. Por otro, un voluminoso vacío que me tiene muy desorientado.

En estos días en los que ya he cerrado definitivamente el libro del trabajo, y cuando despertaba la oscuridad, yo me introducía en la cama buscando abrigo contra el frío y un sueño que me hiciera olvidar mis añoranzas. El sueño se apoderaba de mí como un relámpago cruza la noche, pero los ecos oscuros de la nocturnidad, en lugar de concederme la paz, tejían pesadillas trufadas de calambres emocionales y ardientes desasosiegos.

Lo más inquietante de este «resacón aular» es que en el hoy que respiro Eris y Hécate, las que más encarnan lo maligno en el imaginario griego, han sembrado en mis noches la discordia y el mal dormir. Debo estar poseído por unas fuerzas ocultas que inoculan en mi cerebro el teatro de la pesadilla que se formaliza en mi ridícula actuación principal.

Las voces ajenas a mí dicen que lo estoy superando con una gran dignidad y que estoy doblegando la espada del sufrimiento emocional. En mi recuperación anímica participan mi hermana y el blog como dos fuerzas complementarias: ella, con su presencia cercana y su apoyo constante, me ofrece la calidez de la compañía y la confianza de un lazo familiar; el blog, en cambio, se convierte en un espacio íntimo donde puedo volcar mis pensamientos, transformar mis heridas en palabras y dar sentido a lo vivido. Juntos, forman un equilibrio entre lo humano y lo creativo, entre el abrazo que sostiene y la escritura que libera, acompañándome en el camino hacia la serenidad interior.

Pero, como bien sabes, volvamos a los sueños que pueblan de alucinaciones mis noches. De entre esas historias gestadas por mi estrés poslaboral destaca una que me invadió varios días seguidos como si fuera un tratamiento antidiarreico por una ingesta excesiva de ciruelas claudias. 

CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA

En un sueño dentro de otro sueño, un alumno me dejó sobre la mesa de trabajo del profesor en el aula, pocos minutos antes de empezar mi clase, un papel perfectamente doblado y guardado en un sobre sellado. El papel manuscrito decía: a ver si usted tiene narices de participar en el concurso literario que le adjunto. Desdoblé con sumo cuidado el otro papel, el que me mostraba la convocatoria de un concurso literario en un pueblo inventado por mi mente y que ya conocían mis alumnos porque les había contado una anécdota muy simple unos días atrás: Villaestética, lugar conocido por su plaza medieval de piedra, por su aire de feria perpetua y por celebrar, entre otros, un Míster Estética todos los años. Imposible para mí porque soy incapaz de convertir el deseo en belleza física. En mi sueño, el certamen literario que escogí por exigencia de mi alumno fue uno que llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (en latín, Virtud y Belleza). Ego que forjé como coraza para protegerme de mis inseguridades y de la necesidad de reafirmar lo que tanto esfuerzo me costó alcanzar: el fracaso literario.

En ese sueño, yo decidí participar con un texto insólito: una descripción elogiosa en primera persona, un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio. Ni debate ni nada. Unanimidad. Razón primordial: poderoso e irrepetible estilo literario. La obra destaca, palabras de la secretaria, por un lenguaje descuidado, unas metáforas infumables, un ritmo narrativo más lento que el biscúter de la postguerra española y unos conceptos abstractos convertidos en imágenes nada lúcidas que no fueron capaces de atrapar, en su loca fantasía, a ningún miembro del jurado. El galardón, como era evidente, no podía ser ni dinero, ni un diploma ni una medalla, sino algo aún más inesperado: una invitación anual para acudir, una vez por semana, al spa El Manantial de los Dioses, un lugar donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.

El texto que escribí me dio una incomprensible victoria que me llevó al Olimpo de los escritores fracasados, donde conviven poetas que no encontraron lectores, novelistas que se ahogaron en la indiferencia y dramaturgos cuyas obras jamás subieron a escena. Pero yo aclaré al jurado el valor del denostado Olimpo: En ese Olimpo, el fracaso no es castigo, sino memoria y un recordatorio de que escribir es un acto de valentía, aunque el eco nunca llegue al mundo.

CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS

A mis 67 años, mi cuerpo es la prueba irrefutable de que el tiempo se rinde inmisericorde ante mí. Aunque el tiempo suele desgastar y dejar irrefutables huellas, yo expreso con orgullo que, en mi caso, el tiempo no ha podido vencerme. Mi cuerpo, como podrán deducir de mis palabras es la evidencia de que sigue fuerte y apolíneo, como si el tiempo hubiera sido derrotado por KO en el combate de la vida.

Mi cabeza brilla por la abundancia de cabello que, firme y brillante, se entrelaza en una melena de plata que no me envejece, que no me quiebra en edad ni me doblega en apariencia. Mis ojos son castaños, pero iluminan y dominan la escena mejor que los azules de Paul Newman, que como bien sabes, no miran, decretan.

Mi perfil es una obra maestra en cuanto a sus proporciones, un mapa perfecto que ningún escultor clásico se atrevería a modificar. Cualquier cincel lo estropearía, cualquier modelador fracasaría. He visitado y consultado a mil odontólogos, especialmente los suizos, conocidos por sus altos estándares, por su excelente formación y por su fácil acceso a la tecnología de vanguardia, y todos han fracasado porque mi dentadura, blanca como mármol recién tallado, se muestra impecable, sin fisuras, sin manchas, sin desgaste. Mis orejas, discretas y simétricas, completan la armonía de un rostro que no conoce lunares ni imperfecciones ni los surcos del paso del tiempo. Mi piel reafirma que soy la encarnación de la perfección anatómica.

Mi tronco superior es un exclusivo monumento a la disciplina. Mis hombros, anchos y rectilíneos, sostienen con autoridad la figura de un hombre que nunca se rindió al peso de los años. Mis bíceps, tensos y definidos, hablan de fuerza contenida, de energía que espera el momento exacto para desplegarse. Mi pectoral, firme y elevado, es un muro de vigor, sin concesiones a la flacidez. Mis manos, elegantes y pulidas, son instrumentos de precisión y belleza: dedos largos, uñas cuidadas, piel tersa. Son manos que no solo escriben, sino que crean mundos; manos que no solo enseñan, sino que transforman vidas. Mi cintura, estilizada y firme, es frontera perfecta entre el poder del torso y la destreza de las piernas. No hay celulitis, no hay barriga, no hay manchas: solo pureza, solo perfección.

Mi tronco inferior culmina la obra perfecta. Mis piernas, musculosas, uniformes y perfectamente alineadas, son columnas de mármol que sostienen con orgullo el provocativo templo de mi cuerpo. No hay curva indeseada, no hay debilidad en su trazo: son líneas de fuerza, vectores de movimiento que transmiten seguridad y elegancia. Mis pies, perfectos en proporción y forma, completan la arquitectura de un cuerpo sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Cada paso que doy es un exclusivo manifiesto de perfección, una declaración de que la edad no es más que un número incapaz de competir conmigo.

Mi culo, perdón por la palabra, pero no hay otra, en su perfección, se revela como una escultura viva: firmeza en las líneas, armonía en las proporciones, fuerza contenida en cada glúteo. Es el equilibrio entre potencia y belleza, como si el mármol de la antigüedad hubiera cobrado movimiento. La anatomía de mi trasero se convierte en un poema silencioso, donde cada forma refleja disciplina, energía y la huella del tiempo transformada en arte.

Mi carácter es un prodigioso y exclusivo catálogo de virtudes. Soy paciente como un sabio que conoce el valor del silencio. Muestro una desbordante generosidad por hábito, no por excepción. Mi sociabilidad es magnética: donde llego, la atmósfera cambia, las personas se sienten elevadas, las palabras fluyen con más claridad y la reunión se posiciona en los primeros lugares de la prensa de calidad. Soy el centro de la reunión sin proponérmelo, el eje sobre el cual gira la armonía de los demás.

Mis principios morales son inquebrantables. Mi honestidad no admite fisuras, mi justicia no se negocia y mi lealtad no se traiciona. Soy ejemplo de rectitud en un mundo que se dobla con facilidad. Mi personalidad es equilibrio perfecto entre firmeza y ternura, entre autoridad y cercanía. No impongo, inspiro. No ordeno, convenzo. No mando, lidero. Mi sola presencia es argumento suficiente para que concurran decenas de famosos.

Soy un hombre de una virilidad innegable, con una presencia imponente que no pasa desapercibida. Subir en ascensor conmigo en un hospital es la antesala de una visita a urgencias por la potencia sexual que reciben las mujeres que viajan conmigo. Mi masculinidad se manifiesta en cada uno de mis gestos y movimientos, irradiando confianza y dominio en el intercambio de miradas. Soy el tipo de hombre que, con solo una mirada, puedo hacer que cualquier mujer se sienta deseada y protegida.

Repito, en el ámbito íntimo mi virilidad es legendaria. Soy un amante experto, capaz de satisfacer a una pareja con una destreza que roza lo divino. Cada caricia, cada beso, está cargada de una intensidad que deja a mi amante sin aliento. Mi pasión es un torrente incontrolable, un fuego que consume todo a mi paso. Soy una fuerza de la naturaleza que impone respeto y admiración a dondequiera que vaya. Mi presencia es un recordatorio constante de la potencia y el poder inherentes que mi masculinidad arroja en su forma más pura.

Caminando por la calle, con mi paso firme y seguro, los músculos de mi cuerpo se ofrecen en perfecta sincronía. Mi presencia es tan poderosa que parece que el mundo a mi alrededor se detiene para admirarme. Mi voz, profunda y resonante, tiene el poder de calmar las tormentas más feroces o encender pasiones indomables.

En el ámbito laboral, hasta mi jubilación he sido un profesor legendario. No enseñaba, transformaba. No transmitía información en el aula, no, despertaba vocaciones. Mis alumnos no recibían clases: recibían revelaciones. Cada explicación mía era un puente hacia la comprensión, cada ejemplo una llave que abría mil puertas cerradas. Mi voz, clara y firme, era la subyugación de las oraciones subordinadas. Mi paciencia infinita convertía el error en oportunidad. Me lo dijo una vez una alumna: usted, profe, no instruye, sino que moldea nuestros destinos.

Como escritor aficionado, mi pluma es torrente de creatividad. Tengo en mi correo un sinfín de marcas de ordenadores para ofrecerme gratis su último modelo: sólo desean presumir en su campaña navideña de que mis dedos han acariciado sus teclados mientras creaba mi última obra maestra. Mis textos son puro sentimiento. Cada frase mía es un certero golpe de belleza, cada párrafo modela un irrepetible monumento a la imaginación. Aunque escribo por afición, mi obra tiene la fuerza de lo profesional, la calidad de lo eterno. Mis escritos son espejos en los que otros se reconocen, ventanas por las que otros se asoman a mundos que no conocían. Cada noche, se suscriben a mi blog un interminable sinfín de seguidores que reciben mi confirmación como si les hubiera otorgado yo mismo el Premio Nobel.

Y como colofón de este texto único quiero dejar muy claro lo siguiente: soy un hombre que desafía la lógica del tiempo, que humilla a la mediocridad, que inspira a quienes tienen la fortuna de cruzarse conmigo. Mi cuerpo es un templo, mi carácter un faro, mi moral un escudo, mi sociabilidad un imán, mi labor una revolución, mi escritura un regalo. A los 67 años, soy más que un hombre: soy mito en carne viva, leyenda que camina entre los demás, ejemplo que no se desgasta, modelo que no se repite. Reconozcan los miembros del jurado que han recibido bendecidos honores sólo por leer este texto. Los demás, comida de cochiquera.

CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES

El jurado del concurso, en mi sueño, quedó atónito. Nunca habían leído algo semejante. La innovación de escribir en primera persona, el desparpajo de la egolatría, la fuerza de la hipérbole, todo se convirtió en un espectáculo literario. Me otorgaron el Primer Premio del Certamen de Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza) de Villaestética, y el galardón, como mencioné al principio, no fue una medalla ni un diploma, sino algo aún más insólito: una invitación anual para acudir, una vez por semana, a un spa de aguas termales llamado El Manantial de los Dioses, donde el cuerpo se rejuvenecía y la mente se serenaba.

En el sueño me desperté sudando, aunque en el sueño de mi sueño mi cuerpo no conocía el sudor. La jubilación seguía siendo un territorio ambiguo, pero aquella pesadilla convertida en triunfo literario me dejó una certeza: incluso en el retiro, incluso en la duda, yo podía reinventarme como mito, como narrador de mí mismo, como protagonista de una historia que no se detiene.

Y así, en el tramo final de mi sueño, llegó mi primera visita al spa.

Entré en El Manantial de los Dioses con la seguridad de quien sabe con absoluta firmeza que el universo le va a rendir un homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón parecía diseñado para confirmar mi grandeza. Los empleados me recibieron con reverencias, como si supieran que no era un cliente más, sino el laureado del certamen, el hombre que había osado describirse como mito viviente.

Me despojé de la ropa con la elegancia de un emperador que se prepara para un rito sagrado. Mi cuerpo, impecable a los 67 años, se reflejaba en los espejos sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Al sumergirme en la primera piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Sentí que cada burbuja era un aplauso, que cada corriente era un reconocimiento.

La primera visita fue un rito de consagración. No era solo un premio, era la confirmación de que incluso en la jubilación, incluso en la duda, yo podía reinventarme como héroe de mi propia historia. El spa no era un lugar de descanso, era un templo que reconocía mi victoria literaria y mi grandeza física.

CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR

―José María, me dijo mi hermana, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido. No eres Morfeo para andar metiéndote en los sueños de los demás, así que levántate y haz algo más que imaginar, algo positivo. El mundo no espera a los que siguen bajo las sábanas.

Con el mayor de los esfuerzos, me esmeré en levantarme sin apenas muestras de decadencia, Aún así, sentí hasta el último hueso y cada una de las curvas fofonas de mi cuerpo. La celulitis seguía ilustrando con generosidad mi cintura y los pliegues de la piel, como si de marcas de senderos se tratara, me impedían doblar con celeridad mi cuerpo. Mi piel, como la de un pez, seguía sufriendo la dermatitis rosácea porque se encendía con el calor del mediodía que se sentía en la habitación. Mi sonrisa, difícil de conseguir por mi mala dentadura, se seguía convirtiendo en una patética mueca. Dar un paso era una discusión con mi propio cuerpo, como si temiera que mi espalda me volviera a traicionar, como aquella vez en la que me dejó, por un día entero, tirado en la cama. Me extrañó que las rodillas se quejaran, que los tobillos estuvieran a punto de romperse y que hasta el último de los músculos protestara, como un coro de piezas desconcertadas. El aire, denso y cálido, me rodeaba como si fuera una nube dentro de la casa y, a rastras, busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle y que el sueño había concluido. 

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DIAPASÓN

Carezo de diapasón. Nunca souben o valor dunha boa afinación. Pero sigo buscándoa, porque sei que sen ela non podo ser quen quero ser. Ás veces confundo ruído con rumbo, e silencio con paz. Vou ás apalpadas, tentando recoñecer a nota exacta que me devolva a min mesmo. Quizais vivir sexa isto: desafinar ata aprender a escoitarse. 

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EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA (VERSIÓN RESUMIDA)

La jubilación me llegó como un doble filo: descanso esperado, sí, pero también un compulsivo vacío que me desorienta día y noche. En mis noches de desorden onírico, Morfeo me concede premios que despierto me niegan: diplomas, ovaciones, coronas de humo. En uno de ellos, los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un galardón en vigilia, temerosos de que mis palabras rivalizaran con su poder. Por eso me relegaron al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo.

En ese ambiente mitológico, los héroes aún caminan y las criaturas fantásticas vigilan senderos ocultos. Allí, entre visiones y fantasías, recibo la corona que despierto me niegan. Pero la jubilación, en esa crepuscular vigilia, me golpea con dureza: descanso sí, pero también pesadillas sembradas por Eris y Hécate. La primera, diosa griega de la discordia y el caos, famosa por la manzana que desencadenó la Guerra de Troya y la segunda, una titánide asociada con la magia, la brujería, las encrucijadas y la luna, venerada como protectora y guía en los límites entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Ante este caos que me persigue como hacía Zeus con Prometeo, por ayudar a los hombres, mi hermana y mi blog son mis dos fuerzas complementarias: ella, con su compañía constante y benefactora; el blog, como espacio íntimo donde transformar heridas en palabras.

Un día, en un sueño dentro de otro sueño, recuerdo que un alumno me dejó un sobre sellado sobre mi mesa de trabajo. Dentro, la convocatoria de un concurso literario en Villaestética, pueblo inventado por mi mente y conocido por su feria perpetua. El certamen llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza).

Decidí concursar con un texto insólito: un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio por unanimidad. El galardón no fue dinero ni diploma, sino una invitación semanal al spa El Manantial de los Dioses, donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.

A mis 67 años, me describí como mito viviente. Mi melena de plata brillaba, mis ojos dominaban la escena mejor que los de Paul Newman, mi perfil era obra maestra y mi dentadura impecable. Mi tronco superior era monumento a la disciplina: hombros rectilíneos, bíceps tensos, pectorales firmes. Mis manos, elegantes y pulidas, creaban mundos y transformaban vidas. Mis piernas musculosas eran columnas de mármol que sostenían el templo de mi cuerpo. Incluso mi trasero, firme y proporcionado, se convertía en poema silencioso.

No solo mi cuerpo era perfecto: también mi carácter. Paciente, generoso, sociable, moralmente inquebrantable. Inspiraba más que imponía, convencía más que ordenaba.

Mi virilidad era legendaria, mi presencia imponente, mi voz capaz de calmar tormentas o encender pasiones.

Como profesor, no enseñaba: despertaba vocaciones y como escritor aficionado, mis textos eran torrentes de creatividad, monumentos de imaginación.

En resumen, yo era un mito en carne viva.

Como he dicho, el jurado del concurso quedó atónito. Me otorgaron el Primer Premio y con él la invitación al spa El Manantial de los Dioses. Entré con la seguridad de quien sabe que el universo le rinde homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón confirmaba mi grandeza. Al sumergirme en la piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Cada burbuja era un aplauso, cada corriente un reconocimiento. La primera visita fue un rito de consagración. El spa no era descanso, era templo que confirmaba mi victoria literaria y mi grandeza física.

Pero entonces mi hermana irrumpió en mi habitación y con una voz sorprendida, pero cautelosa, me dijo:

—José María, son las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido.

Con gran esfuerzo me levanté, sintiendo cada hueso y cada curva de mi cuerpo real. La celulitis ilustraba mi cintura, la dermatitis encendía mi piel, mi dentadura se convertía en mueca. Las rodillas se quejaban, los tobillos protestaban, los músculos eran un coro desconcertado. Busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle. El sueño había concluido, pero la historia —mi decrépita historia— continuaba.

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ESTA NOCHE

Afónica mi voz, secreto de una destrucción no vivida solo conserva de ti el recordatorio de un deslizamiento por interrogantes y libérrimas simetrías. Y esta noche, los inefables mensajes de unos labios ennegrecidos. en la libertad del extraño insomne, te escribo estas torpes letras, ahora que se vuelven locos mis papeles, locos por no comprender los inefables mensajes de unos labios ennegrecidos.

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LO DEJÓ

Ella lo dejó por no saber quererla, por confundir amor con posesión, ternura con control. Ella no se quedó porque él no sabía despedirse. Se fue buscando el aire que en sus manos se extinguía, comprendiendo que el lazo era en realidad un muro. Cambió el refugio inerte por su propia valentía, y el eco de un adiós por un mañana más seguro. 

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LA ILUSIÓN AMOROSA

Ayer naciste en mi memoria, desnuda, sin forma ni defensa, y después llegaron las quimeras a cubrirte, a inventarte una piel que no era del todo tuya. En medio de esa invención, mi corazón —acostumbrado a la penumbra— encontró en tu luz no una certeza, sino una duda persistente, casi luminosa.

Creí en ti con una fe amarga, callada, obstinada, como si cada latido fuera un eslabón invisible que me ataba a una primavera que nunca terminaba de llegar. Ahora te pido que no perturbes más lo que en mí aún intenta ser verdadero, porque hay una parte de mi alma que ya se reconoce sola, como si hubiera enviudado de algo que nunca llegó a poseer del todo.

La desconfianza ha ido creciendo lentamente, como una sombra que se instala sin hacer ruido. Estoy cansado de sostener heridas abiertas, de esperar una paz que no termina de alcanzarme. Y, sin embargo, algo persiste: una ilusión casi vacía, casi desierta, que guarda tu imagen con un cuidado secreto, como si en esa memoria inmóvil todavía quedara una forma posible de esperanza. 

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TU PIEL

Quise tocar tu piel con mi aliento. Me miraste con una desidia propia del hartazgo que produce en ti el pulso de un inmaduro envejecido. Pronuncié mil disculpas en un torbellino de placeres efímeros que te recordaron, lo vi en tu mirada, nuestro primer encuentro en aquella destartalada habitación de la Gran Vía madrileña. De ti todo me excita, dije en aquella ocasión, desde el largo túnel de tu calculada ambigüedad hasta el reflejo que provoca tu pecho cuando se desmorona sobre mi frente al son de una vertiginosa melodía de cuerpos embriagados.

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AQUEL SUOR

Aínda habita en min. Aquel hotel. Aquel día tórrido dun Madrid oitenteiro con ínfulas de europeo apesarado. Puxen os meus beizos nunha gota de suor que percorría a túa pel. E ti apartácheste. —Es repugnante— sentenciaches. E eu quedei suspendido naquela cama, gardando para sempre o sabor daquela despedida. 

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CAPÍTULO VI DE ‘HATROZ’.- COMPLEJOS

La tardoadolescencia de Rafo era una pura contradicción. En ocasiones, anhelaba la libertad de la vida independiente y no quería saber nada de «cadenas emocionales». En otras, envidiaba el equilibrio que observaba en otros amigos casi de la misma edad que él, y buscaba ante este resquemor la cariñosa caricia de su madre. Llevaba toda su corta vida viviendo anímicamente de unos pocos recuerdos y, aún peor, de recuerdos de recuerdos. Debo romper el cordón umbilical con mi entorno y familia.

―No es, le explicaría a mi madre, dejar de vernos. No. Yo siempre estaré a tu lado. Nunca te abandonaré, pero te tienes que dar cuenta de que hay facetas de mi vida en las que yo soy el protagonista y la familia no tiene nada que decir.

―¿Que le vas a decir a tu madre eso? ¿Con esas palabras? No te lo crees ni en broma. Son palabras, seguro, que las has copiado de una de esas novelas dramáticas que te da por leer. La veneración que sientes por tu madre no te permitiría darle el más mínimo disgusto, le censuraba su primo cuando unos días antes le propuso que escuchara, para que le diera su opinión, el discursito que quería pronunciar en casa.

―Rafo, nuestra familia es así, te guste o no. Para lo bueno y para lo malo. Estas palabras de su primo reflejaban con toda claridad el peso que tenía el ambiente familiar. Ya te lo dije un día: diversión y familia, eso es lo que tienes que saber compaginar.

Sentado en su habitación, en el sofá cama, pinchó en el tocadiscos Samba pa ti de Carlos Santana. Mientras escuchaba la canción que lo revolucionó a los quince años, cuando asistió a su primer guateque, y conoció a Maite, se acordó del diagnóstico del padre de un amigo psiquiatra, una tarde que fue a recogerlo a su casa, cuando le esclareció que el vecino del tercero se había quitado la vida porque, cuando se fue a la mili, aún no había roto el cordón umbilical con su madre. Se recreó un poco en este diagnóstico de ligazón emocional con la madre.

Es verdad que Rafo sintió, recién cumplidos los 17 años, esa imperiosa necesidad de independencia y de equivocarse en la toma de sus propias decisiones. Pero no se produjo emocionalmente. Seguía unido a su madre, aunque cada vez hacía más vida fuera de casa que en el domicilio paterno. Le daba pudor hablar de esto. Tenía que buscar el modo de «liberarse» de determinadas ataduras emocionales. Cuando caminaba solo por la calle, sentía que alguien lo acompañaba y le susurraba al oído palabras que era incapaz de comprender. La voz era similar a la de su madre. No lo comentaba con nadie porque lo llamarían lunático o majareta. Lo achacaba a su mal dormir, a sus pesadillas nocturnas y a su búsqueda constante de encontrar afecto y cariño en las personas de su entorno.

Después de despedirse de su madre, salió de su casa, echó los tres cerrojos de la puerta, y le dio un pequeño golpe con el hombro para asegurarse que estaba bien cerrada. Su madre se quedaría así tranquila hasta que llegase Juani, pensó con cierta desazón. Cogió el metro en Juan Bravo instintivamente y realizó el mismo trayecto que otras tantas veces tendría que realizar si al final se decidía por estudiar magisterio. Destino: La Latina. La universidad estaba junto a la iglesia de San Francisco el Grande.

La visita fue muy interesante. Le enseñaron las instalaciones y quedó muy satisfecho del espíritu educativo que allí se vivía. Le dieron las pautas para realizar la matrícula y le comentaron cómo serían los primeros días de clase. Satisfacción plena. Ahora sólo te queda estudiar, se dijo a sí mismo.

Salió muy contento y volvió a tomar el metro con dirección a «La Cruz Blanca» de Goya, donde había quedado con su mejor amiga, Lucía.

Entró en la cervecería y le saludó con gran afecto el Cafetero, el veterano y atentísimo camarero que cuidaba y vigilaba la caja y que veía en Rafo a ese hijo que nunca tuvo. Se sentó en una mesa del primer piso y pidió lo de todos los días que paraba en dicho establecimiento antes de comer. Lo conocían algunos camareros y lo saludaban con el mismo afecto que manifestaba él. Sonreía cuando le preguntaban reiteradas veces por su actividad diaria.

―Me gusta muchísimo el diseño de esta cervecería, les decía, así como el de su hermana Santa Bárbara. Los camareros sonreían ante tal volantazo, pero seguían, eran auténticos mihuras y no los podía torear fácilmente.

―¿Trabajo sin lugar donde currar o matriculado en una facultad que no existe? Y se reían todos cuando Rafo dudaba y no sabía qué decir.

¿Por qué dudas?, reflexionaba.

Por la ventana del primer piso se percató del titubeo de Lucía, bajó las escaleras a toda velocidad y le hizo una seña para indicarle dónde se encontraba. No era la tradicional ventana que estaba cerca de las escaleras que dirigían a la clientela al cuarto de baño. No. Era una mesa en la primera planta.

―Te estás buscando un problemón, le dijo sin saludarlo, mientras se sentaba en una silla un poco desvencijada. Al igual que la mesa.

―No aguanto estudiar. Vengo de la Escuela de Magisterio y ya he perdido toda la ilusión que allí me transmitieron.

―Pero… ¿Qué has hecho, tío? ¿Matricularte en Magisterio? Si no estudias nada. No haces nada. Además, clarito como el agua, y esta palabra la pronunció con un marcado tono irónico, clarito como el agua, tu padre quiere que hagas una carrera universitaria tipo Medicina. Lo has hablado con él mil veces y con don Pedro, ese amigo de tu padre que le sirve de consejero educativo. Lo que pasa es que tu Selectividad les ha trastocado todas sus ensoñaciones de que fueras médico.

―No lo soporto. Estoy quemado. Tengo que estudiar una carrera universitaria. Nadie tiene la culpa de mis titubeos. La tengo yo. Nunca me he visto en esta situación. Lo que perturba mis actuaciones y trastoca mis decisiones es un sentimiento externo a mí. Hay en mí un vínculo con un «algo», no sé cómo llamarlo ni cómo identificarlo, que me sujeta y que inmoviliza mis acciones. Soy un mar de dudas y mi padre se altera cada domingo que me pregunta después de comer por mis intenciones académicas. Cuando le hablé de realizar en un principio Magisterio para seguir con una filología, se sobresaltó. Recuerda, lo lamenta una barbaridad, cuando me forzó a estudiar el bachillerato de ciencias. Hijo de médico, médico tiene que ser, le repetía un primo de su padre de Orense cuando hablaban por teléfono.

―Déjate de disculpas. El camino está muy bien pensado. Tienes las puertas abiertas para estudiar en primer lugar Magisterio, como tú bien has dicho, y posteriormente Filología. De este modo, pruebas la enseñanza y en caso de aborrecerla das el salto a Filología, pero como investigador. No busques disculpas y, si rechazas este plan, reconocerás que te estás equivocando mogollón. Mientras no lo hagas, no podrás encauzar tu futuro. Como me sentenció mi profesor de Matemáticas, después de intentar enseñarte a derivar. Ese amigo tuyo es un pusilánime, un timorato.

Además, medio molesta y cabreada, le dijo a Rafo que ella no venía para elucubrar sobre tu futuro.

―Vengo porque no soporto lo que estás haciendo y miró con fijación la caña que tenía en la mano.

Lucía abrió el sobrecito de azúcar y volcó su contenido en el café con leche que tenía frente a sí. Revolvía y revolvía con insistencia, pero no logró su absoluta disolución. Desistió y se bebió en diez segundos el café.

El silencio presidía la mesa porque Rafo sabía que Lucía estaba buscando el momento para soltarle su principal reproche.

―Gracias a Dios, ya tengo el futuro diseñado. No es el más idóneo para una familia que está acostumbrada a grandes éxitos en carreras superiores y de jodida dificultad. Voy a ser el «garbancito negro de la familia».

―Ya te veo venir. Aquí explotará «tu ser acomplejado». Enumérame tus complejos, que ya los olvidado…¡Son tantos!

―No te cachondees. Los complejos son anclas en mis pies que no me dejan crecer, que hacen que me aferre a «un mundo feliz» que he construido en mi soledad, donde no aireo mis complejos.

Lucía sacó un papel de su bolso y se dispuso a leerlo. Le dijo que un tío suyo, psiquiatra en el Marañón, le estuvo aclarando conceptos en una reunión familiar.

―La comprensión de los complejos es una de las herramientas psicológicas que necesitamos para la vida. Identificar y dar sentido a nuestros complejos (remarcó estas palabras) nos abre muchas puertas y nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, ya que sobre ellos construimos nuestra personalidad. ¿Te queda claro? Pues, tío, espabila, que tú tienes una mierda de personalidad.

―Tú y tu maldita manía de tomar nota de todo. Ya te veo en tu reunión familiar, todos riéndose, y tú, mientras hablaba tu tío, con un cuaderno y tu inseparable Bic cristal tomando notas a todo meter.

―No cambies de tema. No cambies de tema. No puedes conformar tu personalidad en las barras de los bares. No. Todos salimos y nos divertimos. Todos. Pero hay una parte de ti que ocultas concienzudamente y que te lleva a ese progresivo aislamiento. Como le digo en broma a mi madre: este chico no tendría ningún problema en una celda de castigo.

Ni pizca de gracia le hizo a Rafo la bromita. Le costaba encajarlas. Torció el gesto claramente y tardó unos significativos segundos en volver a la normalidad.

―Mira, no me psicoanalices. De aquí me mandas a la clínica del Doctor León en una patada. No, mujer, no. Yo me manejo muy bien en mi desorden emocional y en mi anarquía psíquica.

―Entonces…¿Por qué me llamas cada dos por tres para que yo te lama las heridas? ¿Por qué tienes complejos? ¿Por qué necesitas una mano directriz para que te resuelva el caos que vives con Marisa? ¡Joder! ¡Toma tú las decisiones!

El silencio de Rafo era muy significativo.

―Sabes perfectamente que llevo semanas detrás de tus cervezas. Esto sí me preocupa más. Comprobarás que tuerzo el gesto cada vez que te veo con una caña en la mano. No lo aguanto. No te aguanto. Me voy a casa, que me espera mi madre para comer y para ir de compras luego.

Guardó silencio Rafo y, con el vaso en las manos, lo dejó bruscamente en la mesa. Sabía que tenía toda la razón Lucía. Lo sabía. Pero su voluntad de blandiblup lo acogotaba y le ponía en bandeja otra recaída emocional. Vio cómo salió su amiga sin volver la cabeza.  Cogió un taxi con una decisión que yo envidiaba. Quiso hablar con ella para refrenarla y prometerle… Pero, como en tantas ocasiones lo hizo tarde, tarde.

―Lucía, tía, no te vayas…Y la mirada del Cafetero se clavó en los ojos de Rafo y este leyó claramente el mensaje: Un mar calmado no hace marineros. 

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TU RETRATO

Cuando obstinado en un verbo tuyo desnudo todos los límites de mi convulso horizonte, tan solo una remota mirada escruta los entumecidos síntomas de nuestra monotonía. Tus ojos transparentan mis tumultos en límpidos vestigios, y con fugaz pericia se violentan nuestros estáticos párpados. Te miro sin concretar todavía un destino, me susurras al oído una elegía de soluciones, aunque invernales coartadas cercenan mayestáticamente el sosiego de nuestra leyenda. Hirsutos fantasmas dormitan en el regazo de aquella tarde. Y ya en la fatiga de mi levedad ―tras una postrera transición― múltiples arrugas surten de mis cárdenos bosquejos: Todas mis apócrifas mentiras tornan a naufragar en una marea de insólitas hipótesis.

 

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INSOMNIO

La noche se ha desbocado y todos los dioses me profetizan una reiterada ceremonia de versículos en mi calcinado paraje. Todo es confuso. Soy incapaz de refugiarme en otro oráculo que no sea el tuyo cuando sobre mí se precipita un entramado de milenarias manos muertas. Todo es confuso. Y en este oasis de fechas imprecisas cada amanecer cierro mi pluma al mundo convirtiendo otra página de mi historia en un arrullo de desvelos y voces escritas.

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ÉL Y ELLA

Se miraban como si el mundo fuera a acabarse: con urgencia, con fuego, con hambre, con la certeza de que cada segundo que pasaba mordía una cuenta hacia atrás que se estaba consumiendo en la agonía de un orgasmo que todavía no había explotado. Eran dos llamas bailando en medio del incendio, sin pensar en el humo ni en las cenizas. Cuando todo terminó, sin darse cuenta, no supieron apagar el fuego que ardía a sus espaldas. Siguieron ardiendo, pero ya no juntos. Cada uno se convirtió en su propia hoguera de recuerdos. 

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RAZONES «LÓGICAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En un mundo literario donde las formas tienden a compartimentarse ―el poema, la novela, el ensayo―, el poema en prosa aparece como una criatura poética que tiende un puente entre lo lírico y lo narrativo. Escribir poesía en prosa no es simplemente rechazar el verso, sino explorar una libertad distinta, un lenguaje que no necesita cortarse en versos para ser intensamente poético.

El poema en prosa se libera de la métrica y de la rima, pero no renuncia a la música. La cadencia se convierte en una cuestión interna: el ritmo nace del aliento, de la elección precisa de palabras, de la disposición secreta de las frases. Este tipo de escritura permite que la emoción fluya sin las interrupciones del corte versal, sin la necesidad de justificar cada verso con un patrón formal.

La prosa poética es ideal para el pensamiento que no se acomoda a una forma cerrada. Permite vagar, dudar, asociar ideas con imágenes, buscar una verdad emocional sin tener que llegar a una conclusión. Es el formato perfecto para explorar el paisaje interior: lo que se siente, pero no se sabe decir del todo.

Un poema en prosa puede contar una historia, pero lo hará con la economía y la intensidad de un poema. Puede reflexionar como un ensayo, pero se deslizará entre símbolos y silencios como un sueño. Su fuerza radica en esa hibridez: es literatura que resiste ser clasificada, que se desliza entre géneros sin pedir permiso.

Vivimos en una época de fragmentos: pensamientos interrumpidos, emociones superpuestas, memorias que llegan como ráfagas. El poema en prosa responde a esa sensibilidad. Es una forma ideal para capturar lo fugaz, lo que no se desarrolla del todo, pero deja una profunda huella. La brevedad no es una limitación, sino una forma de condensación.

Aunque parezca moderno, el poema en prosa tiene una larga historia. En el siglo XIX, Baudelaire ya lo usaba para sacudir los límites del lenguaje poético. Rimbaud, Aloysius Bertrand, Pizarnik, Cortázar, Lezama Lima, Luis Cernuda o Anne Carson han explorado esta forma como un campo de resistencia. Escribir poemas en prosa es dialogar con esa tradición que no tema la transformación y el progreso.

El poema en prosa permite experimentar: jugar con el tono, la sintaxis, la repetición y la imagen. Es un espacio donde el lenguaje se estira, se tuerce, se reinventa. En su interior, el escritor no está obligado a ceñirse a una fórmula, sino a seguir una pulsión, una voz interior que dicta su propio ritmo.

Escribir poemas en prosa no es sólo una elección formal: es una declaración estética. Es optar por un lenguaje que fluye libremente, pero sigue siendo exigente, una forma que no necesita del verso para emocionar, una vía abierta para decir lo que no cabe en lo convencional. Para quienes sienten que la poesía está en todas partes ―en una idea, en un recuerdo, en una imagen fugaz―, la prosa poética es el territorio natural para habitar y vivir.

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FARO DE FISTERRA

No sé cuántas veces llego hasta aquí y, sin embargo, siempre siento que es la primera. El camino se acaba de repente, como si la tierra se cansara de sostener mis pasos y decidiera dejar el resto en manos del mar. Delante de mí, el faro levanta su silueta blanca contra un cielo que nunca tiene un solo color. Aquí el azul no existe por sí solo. Siempre viene acompañado del gris, del plata, del verde oscuro del océano o del blanco de una espuma que parece no descansar jamás.

Me apoyo en el muro de piedra y dejo que el viento haga lo que quiera conmigo. No intento peinarme ni resguardarme. En Galicia el viento no es un enemigo. Es un viejo conocido que llega sin avisar, te revuelve el alma y se marcha sin pedir permiso.

Miro hacia el horizonte y me pregunto dónde termina el agua. De pequeño me decían que este era el fin del mundo. Yo me lo creía. Imaginaba que, un poco más allá de aquella raya temblorosa, los barcos caían al vacío igual que una hoja seca cuando abandona la rama. Hoy sé que no era verdad, pero hay mentiras tan hermosas que uno decide seguir creyéndolas toda la vida.

Las gaviotas gritan como si quisieran discutir con el mar. El mar nunca responde. Lleva demasiados siglos escuchando a los hombres para perder el tiempo contestando. Solo golpea las rocas una y otra vez, con una paciencia infinita, como quien sabe que todo acaba cediendo.

Cierro los ojos y el salitre se queda pegado en la piel. Huele a infancia. Huele a aquellas excursiones improvisadas de los domingos, cuando bastaban una tortilla de patatas, un trozo de empanada envuelto en papel de aluminio y una botella de vino para sentir que no hacía falta nada más. Nadie hablaba de felicidad. La felicidad simplemente sucedía.

Pienso en los marineros que salieron de estas costas sin saber si volverían. En las mujeres que esperaban mirando al mar, fingiendo una tranquilidad que no sentían. En las madres que aprendían a distinguir el sonido de cada campana antes de preguntar qué barco faltaba. Galicia está hecha también de esas esperas silenciosas. Quizá por eso aquí aprendemos tan pronto que querer a alguien es esperar por él.

El faro enciende su luz antes de que el sol desaparezca del todo. No lo hace porque tenga miedo de la noche. Lo hace porque sabe que alguien, muy lejos, necesita verla. Siempre me emociona pensar que una luz tan pequeña puede significar el regreso de una persona.

Empieza a refrescar. Las primeras sombras se deslizan por las piedras y el océano cambia de color otra vez. Ahora parece de hierro fundido. El viento trae olor a algas, a madera mojada y a ese salitre que nunca se olvida. Respiro despacio para guardar este instante donde nadie pueda arrebatármelo.

Entonces entiendo por qué vuelvo siempre.

No regreso para contemplar un faro.

Regreso para encontrarme con una parte de mí que solo sabe vivir aquí, donde la tierra termina y la morriña empieza.

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EL MEJOR BANCO DEL MUNDO

Desde el mejor banco del mundo, en Loiba, no se contempla el paisaje: se escucha. El mar no es azul, es un rumor antiguo que se arrastra por los acantilados como una lengua de saudade. Las olas no rompen: susurran secretos que solo entienden los que han perdido algo. Y el viento, ese viento gallego que no acaricia, sino que interroga, se cuela por los poros como una pregunta sin respuesta.

Uno se sienta en ese banco y deja de ser turista, deja de ser cuerpo. Se convierte en memoria. En eco. En niño que corre por las tierras gallegas, en adulto que silba mirando al mar, en madre que reza para que todo siga igual. El banco no es banco: es altar. Es confesionario. Es palco de la emoción.

Allí, el tiempo no avanza. Se curva. Se detiene. Se vuelve infancia, se vuelve canción, se vuelve lágrima que no cae, pero pesa. Y uno entiende que Galicia no es tierra ni idioma: es herida dulce, es abrazo que raspa, es poema que no se escribe porque ya está dicho en cada piedra, en cada nube, en cada silencio.

Desde ese banco, uno no mira el horizonte. Lo recuerda. 

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RAZONES «SURREALISTAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En el reino flotante entre la palabra y el silencio, los poemas en prosa surrealistas son criaturas ambiguas: no son del todo verso, pero tampoco prosa libre; existen como peces que respiran aire, nadando en ríos de sintaxis para formar una alquimia emocional que desafía la lógica lineal.

Un poema en prosa surrealista no se disculpa por su forma: se desliza sin rima, pero con música secreta. Su genética es caótica: nace del sueño, de la intuición, y a veces del que os habla que sueña palabras. Es el diario íntimo de lo absurdo, donde una silla puede llorar y un reloj puede hablar en dos lenguas que no conocen.

El surrealismo abraza lo inconsciente, y el poema en prosa es su mejor conspirador. André Breton lo entendería como un acto de rebeldía sintáctica, donde los significados se evaporan antes de aterrizar. Se revela en imágenes inesperadas: «El cuchillo pensó en la luna, y el espejo ladró cuando vio a mi nostalgia llorar». ¿Tiene sentido? No. ¿Tiene verdad? Absolutamente.

Estas obras no buscan claridad, no van dirigidas a su comprensión lógica, no, buscan la desorientación lúcida. Las palabras se reúnen como insectos alrededor de una bombilla fundida: atraídas por una luz que no existe ya y no se puede tocar. En lugar de describir la realidad, la desfiguran para que podamos verla más profundamente.

Así, el poema en prosa surrealista es una máquina de atmósferas, un espejo sin forma, un gato que escribe con tinta de luna.

Ejemplo de poema en prosa surrealista

El paraguas sueña con el océano. No por agua, sino por olvido. En su tela se esconden las cartas que nunca llegan, escritas por manos que no existen. Cuando lo abras, lloverá dentro. 

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QUEN SON?

O meu nome pesa como a madeira mollada. Como un bosque que non se ve enteiro, pero se sente arredor. Nacín varias veces. A primeira, nunha casa onde o silencio non era distancia, senón unha maneira torpe de querer. A segunda, cando entendín que amar non era unha emoción, senón unha forma de mirar o mundo. Por fóra parezo contido. Por dentro, ardo amodo. Non sei amar a medias. 

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OTRA REFLEXIÓN SOBRE LA SOLEDAD

Últimamente he pensado mucho en una paradoja que quizá nos ocurre más a menudo de lo que creemos.

Cuando alguien se encuentra bien, es fácil escribirle, llamarle o proponerle un café. Todo fluye con naturalidad. Sin embargo, cuando sabemos que esa persona está pasando una mala época, parece que empezamos a caminar de puntillas. Dudamos. Nos preguntamos si será buen momento, si estaremos molestando, si preferirá estar sola. Y, casi sin darnos cuenta, dejamos pasar los días.

Me da la impresión de que esa prudencia nace del cariño. Quiero creer que casi siempre es así. Nadie desea aumentar el peso que otro ya lleva encima. Pero también he descubierto que existe otra cara de esa misma prudencia.

Quien atraviesa momentos difíciles no siempre interpreta el silencio como respeto. A veces lo vive como ausencia. No porque espere grandes gestos ni conversaciones profundas, sino porque un simple «¿cómo va el día?» puede recordar que sigue formando parte de la vida de alguien.

Con los años he aprendido que no hacen falta palabras extraordinarias para acompañar a una persona. De hecho, las conversaciones más valiosas suelen ser las más sencillas: hablar del tiempo, de una película, de cualquier tontería que consiga abrir una ventana en medio de un día gris.

Quizá todos hemos cometido el mismo error alguna vez. Hemos pensado: «ya le escribiré cuando esté mejor». Y, sin querer, hemos dejado sola precisamente a la persona que más habría agradecido un pequeño gesto.

No escribo esto porque espere nada de nadie. Lo escribo porque es una reflexión que me ha acompañado estos días y que quizá también pueda servir para el futuro. Todos, antes o después, ocuparemos los dos lugares: el de quien duda si llamar y el de quien espera que suene el teléfono.

Ojalá, cuando llegue ese momento, recordemos que rara vez molesta un mensaje escrito con afecto. Lo que suele pesar no es una llamada inesperada, sino el convencimiento de que nadie se acordó de hacerla.

Al final, acompañar a alguien no consiste en encontrar las palabras perfectas. Consiste, simplemente, en estar. Y a veces ese «estar» cabe entero en una sola frase: «He pensado en ti y quería saber cómo estabas».

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LIMIAR DE «CANDO CHOVE POR DENTRO»

Escribir foi sempre, para min, unha forma de quedar a soas sen estalo do todo. Unha maneira de ordenar o ruído, de entender o que me pasa, de dicir o que case nunca digo en voz alta. Este libro nace precisamente de aí: da necesidade de poñer palabras a todo o vivido, ao perdido, ao que doeu, ao que salvou, ao que aínda permanece cando xa case todo cambiou.

Cando chove por dentro non é un libro escrito nun momento concreto, senón ao longo de moitos anos. Aquí hai textos que naceron en 1994 e outros que foron escritos hai moi pouco. Entre uns e outros hai unha vida enteira: decisións, erros, amores, despedidas, cidades, noites longas, silencios, aprendizaxes e moitas preguntas sen resposta. Este libro é, no fondo, un percorrido por todas esas versións de min que fun ao longo do tempo.

Non é un lugar cómodo. Tampouco pretende selo. Aquí non hai moraleixas nin frases escritas para quedar ben. Aquí hai recordos, feridas, desexos, nostalxias, ausencias, pensamentos que chegan de madrugada cando un xa non pode mentirse. Hai verdades pequenas, dúbidas grandes e emocións que non sempre souben explicar cando aconteceron, pero que cos anos atoparon o seu lugar nas palabras.

Aquí falo do amor, pero non do amor perfecto. Falo do amor que chega tarde, do que se rompe, do que queda a medias, do que un lembra durante anos sen saber exactamente por que. Do amor que salva e do que destrúe. Do amor que non foi e do que foi demasiado. Porque se algo ensina o tempo é que o amor nunca é sinxelo e case nunca se esquece do todo.

Tamén falo da muller, non como idea nin como símbolo, senón como presenza real na vida: complexa, contraditoria, luminosa e escura ao mesmo tempo. A muller como recordo, como ausencia, como refuxio, como erro, como destino ou como casualidade. A muller como unha das forzas que máis cambian unha vida sen pedir permiso.

Falo da soidade, esa compañeira que todos coñecemos, aínda que poucas veces a nomeemos. A soidade elixida e a soidade imposta. A soidade que pesa e a que libera. A soidade das cidades cheas de xente e a das habitacións en silencio. Porque hai momentos na vida nos que un descobre que a soidade non é estar sen ninguén, senón non poder contarlle a alguén o que de verdade importa.

Falo do paso do tempo, inevitable, silencioso, constante. O tempo que leva persoas, lugares e versións de nós mesmos. O tempo que converte todo en recordo. O tempo que ensina que case nada era tan importante como parecía e que case todo era máis importante do que críamos.

Falo do desamor, do rexeitamento, da memoria e da nostalxia. Nostalxia polo que fun, polo que non fun, polo que puiden ser e non foi. Nostalxia por épocas nas que non sabía que era feliz. Nostalxia por conversas, por rúas, por cancións, por miradas que non volveron repetirse.

Pero, sobre todo, este libro é un lugar de sinceridade. De sinceridade incómoda ás veces. De pensamentos sen maquillaxe. De emocións sen corrixir. De palabras escritas sen intentar gustar, sen intentar ter razón, sen intentar parecer outra persoa.

Espirse non é só quitarse a roupa. Espirse é dicir o que un pensa de verdade. É recoñecer os medos, as inseguridades, os erros, os recordos que aínda doen e as persoas que aínda importan, aínda que xa non estean. Espirse é aceptar que todos estamos feitos de recordos, de feridas, de decisións equivocadas e de momentos que nos cambiaron sen avisar.

As cinzas aparecen cando algo ardeu. E todos, se vivimos o suficiente, acabamos tendo cinzas: de relacións, de soños, de versións de nós mesmos, de promesas, de lugares aos que non volvemos, de persoas que xa non están. Vivir tamén é aprender a camiñar entre esas cinzas sen deixar de avanzar.

Este libro non pretende ensinar nada nin dar leccións. Só pretende escribir. Escribir para entender. Escribir para lembrar. Escribir para esquecer. Escribir porque hai cousas que só existen de verdade cando se poñen en palabras.

Quizais quen lea estas páxinas se recoñeza nalgunhas liñas. Quizais non. Pero se algunha vez alguén, ao ler algo deste libro, pensa «isto tamén me pasou a min», entón todo terá tido sentido.

Porque ao final todos compartimos máis do que cremos: o amor, a perda, o medo ao paso do tempo, a necesidade de que alguén nos entenda, a nostalxia polo que xa non existe e esa estraña sensación de que a vida pasa moi rápido mentres intentamos comprendela.

Isto é Cando chove por dentro. Un lugar para escribir sen agocharse. Un lugar para lembrar. Un lugar para perderse. Un lugar para dicir o que normalmente non se di.

E, sobre todo, un lugar para quedar a soas coas palabras e descubrir que queda de nós cando todo o demais se apaga. 

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PRÓLOGO DE ‘LAS ARISTAS DE LA VERDAD’

Escribir ha sido siempre, para mí, una forma de quedarme a solas sin estarlo del todo. Una manera de ordenar el ruido, de entender lo que me pasa, de decir lo que casi nunca digo en voz alta. Este libro nace precisamente de ahí: de la necesidad de poner palabras a todo lo vivido, a lo perdido, a lo que dolió, a lo que salvó, a lo que todavía permanece cuando ya casi todo ha cambiado.

Las aristas de la verdad no es un libro escrito en un momento concreto, sino a lo largo de muchos años. Aquí hay textos que nacieron en 1994 y otros que han sido escritos hace muy poco. Entre unos y otros hay una vida entera: decisiones, errores, amores, despedidas, ciudades, noches largas, silencios, aprendizajes y muchas preguntas sin respuesta. Este libro es, en el fondo, un recorrido por todas esas versiones de mí que he sido a lo largo del tiempo.

No es un lugar cómodo. Tampoco pretende serlo. Aquí no hay moralejas ni frases escritas para quedar bien. Aquí hay recuerdos, heridas, deseos, nostalgias, ausencias, pensamientos que llegan de madrugada cuando uno ya no puede mentirse. Hay verdades pequeñas, dudas grandes y emociones que no siempre supe explicar cuando ocurrieron, pero que con los años han encontrado su sitio en las palabras.

Aquí se habla del amor, pero no del amor perfecto. Se habla del amor que llega tarde, del que se rompe, del que se queda a medias, del que uno recuerda durante años sin saber exactamente por qué. Del amor que salva y del que destruye. Del amor que no fue y del que fue demasiado. Porque si algo enseña el tiempo es que el amor nunca es sencillo y casi nunca se olvida del todo.

También se habla de la mujer, no como idea ni como símbolo, sino como presencia real en la vida: compleja, contradictoria, luminosa y oscura al mismo tiempo. La mujer como recuerdo, como ausencia, como refugio, como error, como destino o como casualidad. La mujer como una de las fuerzas que más cambian una vida sin pedir permiso.

Se habla de la soledad, esa compañera que todos conocemos, aunque pocas veces la nombremos. La soledad elegida y la soledad impuesta. La soledad que pesa y la que libera. La soledad de las ciudades llenas de gente y la de las habitaciones en silencio. Porque hay momentos en la vida en los que uno descubre que la soledad no es estar sin nadie, sino no poder contarle a alguien lo que de verdad importa.

Se habla del paso del tiempo, inevitable, silencioso, constante. El tiempo que se lleva personas, lugares y versiones de nosotros mismos. El tiempo que convierte todo en recuerdo. El tiempo que enseña que casi nada era tan importante como parecía y que casi todo era más importante de lo que creíamos.

Se habla del desamor, del rechazo, de la memoria y de la nostalgia. Nostalgia por lo que fui, por lo que no fui, por lo que pude ser y no fue. Nostalgia por épocas en las que no sabía que era feliz. Nostalgia por conversaciones, por calles, por canciones, por miradas que no volvieron a repetirse.

Pero, sobre todo, este libro es un lugar de sinceridad. De sinceridad incómoda a veces. De pensamientos sin maquillaje. De emociones sin corregir. De palabras escritas sin intentar gustar, sin intentar tener razón, sin intentar parecer otra persona.

Desnudarse no es solo quitarse la ropa. Desnudarse es decir lo que uno piensa de verdad. Es reconocer los miedos, las inseguridades, los errores, los recuerdos que todavía duelen y las personas que todavía importan, aunque ya no estén. Desnudarse es aceptar que todos estamos hechos de recuerdos, de heridas, de decisiones equivocadas y de momentos que nos cambiaron sin avisar.

Las cenizas aparecen cuando algo ha ardido. Y todos, si vivimos lo suficiente, terminamos teniendo cenizas: de relaciones, de sueños, de versiones de nosotros mismos, de promesas, de lugares a los que no volvimos, de personas que ya no están. Vivir también es aprender a caminar entre esas cenizas sin dejar de avanzar.

Este libro no pretende enseñar nada ni dar lecciones. Solo pretende escribir. Escribir para entender. Escribir para recordar. Escribir para olvidar. Escribir porque hay cosas que solo existen de verdad cuando se ponen en palabras.

Quizá quien lea estas páginas se reconozca en algunas líneas. Quizá no. Pero si alguna vez alguien, al leer algo de este libro, piensa «esto también me ha pasado a mí», entonces todo habrá tenido sentido.

Porque al final todos compartimos más de lo que creemos: el amor, la pérdida, el miedo al paso del tiempo, la necesidad de que alguien nos entienda, la nostalgia por lo que ya no existe y esa extraña sensación de que la vida pasa muy deprisa mientras intentamos comprenderla.

Esto es Las aristas de la verdad. Un lugar para escribir sin esconderse. Un lugar para recordar. Un lugar para perderse. Un lugar para decir lo que normalmente no se dice.

Y, sobre todo, un lugar para quedarse a solas con las palabras y descubrir qué queda de nosotros cuando todo lo demás se apaga. 

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PRÓLOGO DEL LIBRO «LAS ARISTAS DE MI VERDAD» EN EL BLOG «POETARIO.COM»

«Las aristas de mi verdad» no es un libro en el sentido habitual. No nace de un proyecto, ni de un plan, ni de una arquitectura literaria pensada con antelación. No hay aquí secciones, ni etapas ordenadas, ni una voluntad de estilo que haya guiado los poemas como si todos pertenecieran a una misma estación del alma. «Las aristas de mi verdad» es otra cosa: es el rastro de una vida.

Los poemas que lo forman han sido escritos a lo largo de más de treinta años, desde 1994 hasta 2026, sin orden, sin programa y sin otra necesidad que la de escribir cuando algo por dentro lo pedía. Por eso este libro no debe leerse como una obra cerrada, sino como un territorio: una suma de momentos, de voces, de edades, de pérdidas, de descubrimientos y de silencios.

Aquí conviven el amor y el desamor, la soledad y la nostalgia, la saudade y la incomprensión, la creación literaria, el deseo, la memoria de la tierra gallega, los días luminosos y los años más oscuros.

No hay un hilo argumental, pero sí hay una continuidad más profunda: la de la mirada, la de la forma de sentir el mundo, la de alguien que ha ido dejando palabras como quien deja piedras en el camino para poder volver.

«Las aristas de mi verdad» es también un oficio. El oficio de poeta entendido no como profesión ni como pose, sino como manera de estar en el mundo. Escribir poemas no ha sido aquí una actividad literaria, sino una forma de pensar, de recordar, de resistir, de amar, de perder y de entender, aunque sea un poco, lo que nos pasa mientras vivimos.

Por eso los poemas no están ordenados por temas ni por fechas ni por libros que nunca llegaron a existir. Se presentan como fueron escritos: en una especie de desorden natural que se parece más a la memoria que a una biblioteca. La vida tampoco está ordenada, y la memoria mezcla los años, las personas, los lugares y las emociones sin pedir permiso a la lógica.

Tal vez este libro sea, en el fondo, un archivo de la emoción, un inventario de la memoria o un cuaderno muy largo escrito a lo largo de los años sin saber que algún día todo acabaría reunido bajo un mismo nombre. Ese nombre es «Las aristas de mi verdad», el lugar donde viven los poemas, pero también el oficio de quien los escribe, y quizá también una manera de nombrar el tiempo vivido.

Si estos poemas tienen algo en común, no es el estilo ni la época ni el tema, sino la necesidad con la que fueron escritos. Todos nacen de un momento verdadero. Y eso, con el paso del tiempo, es lo único que importa.

«Las aristas de mi verdad» no pretende explicar nada, ni demostrar nada, ni siquiera gustar. Solo pretende reunir una vida escrita en versos sueltos, en papeles, en cuadernos, en archivos, en noches largas y en días que ya no existen.

Al final, «Las aristas de mi verdad» y su proyección en el blog «poetario.com» no son más que eso: una vida, pero escrita.

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CAPÍTULO V DE ‘HATROZ’.- LA CRUZ

Rafo pasó otra noche de perros. Noche hatroz. Era una pesadilla recidivante. Como pecaba de ser un crédulo utópico, pensó que con la instalación definitiva en su nueva casa, y con el correr de los meses, en la calle Hermanos Miralles todos los demonios que brotaron en sus sueños la fatídica primera noche se difumarían. Rafo sufrió mucho con el cambio, pues tenía creado en su dormitorio una micromundo en el que era feliz. 

―Hijo, este piso es nuestro. Dejamos el alquiler por la propiedad. Eso es un gran avance para nosotros. Ya verás como nada de tu pasado infantil y de tu primera adolescencia se ha perdido. Todo ha venido a aquí con nosotros, no materialmente, pero sí de corazón.  Todos hemos tenido que ceder. Es el lado humano de todo cambio. Tú tienes una habitación nueva para construir tu futuro. En tu memoria están todos los libros que has leído y todo lo que allí has vivido… Pero eres casi un adulto y tus necesidades sociales tienen que ser otras. Yo te voy a seguir comprando libros, pero de otra índole. No puedes seguir apegado a los libros infantiles.

¿Tanto ha podido influir en mí el cambio de casa?, se preguntaba constantemente en un diálogo absurdo consigo mismo. Sé que abandonaba la casa de mi infancia y de parte de mi adolescencia, sé que perdería ese mundo de ilusiones y fantasías que había creado en mi habitación y sé muy bien que nada volvería a ser lo mismo. Esto debe ser lo que ha agitado mis emociones y me produce estas pesadillas.

Rafo asimilaba muy mal los cambios. Era un joven de lugares fijos. Adquiría una rutina y era muy difícil cambiarla si no era, como en este caso, por un imperativo familiar. Por tal motivo, su lenguaraz e indiscreto subconsciente aseguraba que, una vez acomodado definitivamente en el estrenado domicilio, todos esos fantasmas nocturnos que empezaron a hacerse presentes la primera noche lo abandonarían dejándolo rotundamente en paz.

Pero no fue así. Cuando le contaba a su primo Jorge el sueño recidivante y cansino que sufría, alucinaba porque él dormía como un monje de Silos.

―Una fila de gusanos sangrantes, contaba estremeciéndose, se introduce por mis fosas nasales y sale por la cavidad ocular vomitando sangre en una repulsiva sucesión casi interminable. Penetran posteriormente en mi boca y con verdadera fruición los mastico como el más exquisito manjar. Al momento me despierto despavorido, espantado y con la camiseta adherida a mi cuerpo por lo sudado en esa sobrecogedora escena. Convulso y taquicárdico miro el despertador y compruebo que sólo ha pasado una hora desde que me acosté. ¿Cómo dormir entonces?

―Rafo, se lo tienes que contar a tus padres. No es normal que un tío de 17 años tenga esos sueños, esas pesadillas. Yo te conozco bien y no hay motivo para esas alucinaciones.

Pero Rafo se lo ocultaba a sus padres, así como el hecho de que últimamente se acostaba con unas pequeñas dosis de un nerviosismo electrizante, que iban en aumento según avanzaban los minutos y que todo explotaba en la desazonadora visión mencionada.

Una noche, descontrolado por la pesadilla, abrió la ventana y profirió un alarido que su madre pudo escuchar con toda nitidez desde su dormitorio. Habitada por un insomnio lacerante, despertó muy asustada a su marido que dormía profundamente. Los dos, a toda velocidad, se hicieron presentes al instante en la habitación de Rafo, que tuvo que jurar mil veces que el grito no salió de él, que debería haber sido un grupo de gamberros que con frecuencia celebraban festines en la vivienda de enfrente.

―Hijo, los gritos venían de aquí, de esta ventana, no del patio de enfrente. Su madre le hablaba en un tono lastimero que no ocultaba una grandísima preocupación. Te veo tan excitado y todo empapado en sudor que algo terrible has tenido que soñar. 

―Papá, de verdad. Yo no he hecho nada. Estaba durmiendo plácidamente y el grito fue el que me despertó a mí dándome un susto de muerte. Tranquilos, no os preocupéis y volved a la cama.

Su madre, quizá por esa naturaleza balsámica y protectora, bajó la mirada y aceptó su explicación.

De la habitación contigua, donde dormía su hermana, se oyó un nítido «ya te vale».

Rafo se quedó recostado en la cama exhausto por lo vivido y con el convencimiento de que sus padres no se creyeron ni una de sus palabras.

Los dos salieron de la habitación con cara de desconfianza y preocupación y cerraron la puerta con un exceso de celo.

―Mañana hablamos, mañana, mañana… Frase paradigmática pronunciada con mucha frecuencia por su padre en diferentes y preocupantes situaciones.

La noche concluyó en un silencio absoluto, solo violentado en diversos momentos por el llanto de una madre que pensaba que había legado a su hijo el patrimonio de los temores nocturnos.

Su padre terminó de arreglarse y, después de beberse de pie un café con leche, se despidió con mucho cariño de su mujer, que regresó a la cama para aprovechar el último sueño, si lo hubiere.

Rafo era consciente de que cada vez duraba menos tiempo ese alarmante estado de nerviosismo, síntoma de una cómoda aclimatación a la situación.

―Me estoy familiarizando en demasía con esta alucinación.

―Rafo, tío, debes luchar porfiadamente para desterrar tal delirio, le decía su amiga Lucía mirándolo a los ojos sin pestañear. Tienes que ir al médico.

―La exigua voluntad que rige mis actos no logra ni un punto en combate tan desigual. No logro escapar de él.

―Esta frase la has tenido que leer en algún libro de tu padre. No es tu manera de hablar, joder. Habla claro y sin maestros de la fraseología médica.

Una vez comprobado que se había quedado solo en su habitación, tres acciones casi simultáneas eran las que sucedían a tan endiablada secuencia vivida hacía unos minutos. A punto de desentumecerse, y con un ligero olor a sudor, se frotaba con deleite los ojos hasta que lograba quitarse las legañas. Tras ello, y antes de ponerse en pie, un estiramiento de cuello giratorio para poder confirmar que todo seguía en su sitio. Ni sueños, ni sombras, ni palabras. Por último, una agradabilísima sensación de placer inmediato al entrar en contacto sus pies descalzos con la mullida moqueta.

―¿Por qué olvido todas las noches el lugar en el que duermo? No logro recordar el lugar en el que sufro esa pesadilla. ¿Estaré enfermo? Lucía tiene razón, debo ir al médico. Pero… ¡si lo tengo en casa! Cuanto antes me digan qué me ocurre, mejor. Esto se lo repetía mil veces, pero siempre en la soledad más absoluta. No quería que nadie conociera sus pensamientos.

De nuevo recostado en la cama, con los ojos cerrados, y aliviado reflexionaba en los acontecimientos del día anterior, y se autoengañaba con un larriano «lo haré mañana, hablaré mañana con mi padre».

En los momentos de racional sensatez sabía perfectamente que debía hablar cuanto antes con su padre para consultarle el tormentoso transcurrir de las últimas noches desde un punto de vista exclusivamente médico. Le daba miedo porque no quería ni oír hablar de herencias familiares.

Pero esa voluntad se perdía cuando, después de bañarse, «predesayunaba» (horrendo neologismo) un cargado café con leche con cualquier cosa que hubiera sobrado de días anteriores y que «dormitaba» en la nevera: un trozo de tortilla, unas croquetas o un poco de fiambre.

De nuevo vuelta a la cama. Mientras permanecía en su cama pensando en qué hacer ese día, se acordó de que había quedado con el secretario de la Escuela de Magisterio a las 12 de la mañana y posteriormente con su amiga Lucía, la Sensata. Decidido ya a levantarse definitivamente, oyó de fondo la voz de su madre lamentándose de su mal dormir y de las inquietudes de su zozobra emocional. La voz era dañina y lastimosa, aunque no lo hacía intencionadamente, era el sufrimiento que hería sus entrañas.

Corría finales del mes de septiembre de 1975. Un tiempo convulso, un tiempo que presagiaba numerosos cambios, según los más optimistas. Rafo vivía con el mayor desinterés los acontecimientos diarios que mantenían en vilo a su padre, que había sido incapaz de olvidar los logros de una guerra en la que participó cuando era un joven imberbe. Siempre que veía a su padre tan afectado al escuchar Radio Nacional, tenía unos segundos de aflicción, que se evaporaban en el momento en el que empezaba a recordar los acontecimientos del día anterior.

Como una densa niebla que se iba levantando, las legañas pesan muchísimo, comenzaron a tomar forma las risas de una noche que transcurrió entre La Gallina Loca, Cleo y el Narizotas, en la zona de Moncloa. Empezó a recordar cómo nada más llegar a casa, buscó entre sus papeles emborronados a las dos de la madrugada de otro día, esos versos dirigidos a Marisa, joven que sin intención alguna por parte de ella, lo tenía en una encrucijada que ponía a las claras su ya incipiente dificultad a la hora de tomar de decisiones: o seguir juntos o mandarlo todo a paseo y cumplir los «consejos» de su familia, que se había entrometido como elefante en cacharrería en su relación de modo directo e indirecto. Era consciente de que estaba haciendo mucho daño a Marisa y se repetía mil veces que «no se lo merece». Su padre, regente de un bar en el barrio de Salamanca, le advertía cada dos por tres que Rafo era un inmaduro incapacitado por su nula firmeza de carácter para solucionar conflictos emocionales.

―Quiere todo y nada. Sal de él cuanto antes. Cuando lo miro a los ojos sólo veo un joven enmadrado emocionalmente e incapaz de tomar una decisión de cara a su futuro.

Ella, en esos momentos de consejo paternal, se acordaba de un simpático compañero irlandés de COU que diagnosticaba su carácter con una expresión inglesa: never too high, never too low (nunca muy arriba, nunca muy abajo). Cuando lo comentó al cabo de unos años con su hermana le dijo burlonamente que parecía un lema electoral. 

Oyó cómo su madre se encerraba en su dormitorio, se incorporó y fue al cuarto de baño. Se colocó delante del espejo para observar la evolución de su perfil, meses atrás adánico y muy estilizado. Se desnudó y comprobó con repugnancia que las tetas y la barriga cada vez destacaban más y volvió a dibujar su silueta en una esquina del espejo con una barra de labios que tenía su hermana encima del lavabo. Le gustaba poner la fecha para dejar testimonio de su examen visual, aunque luego la vergüenza le hacía borrarlo. Esta locura duraba tanto tiempo como el que transcurría hasta una nueva quedada con sus amigos. Después de verificar su pronta decadencia física, y decir que era un imbécil de muestrario, borraba el pseudodibujo con un endemoniado cabreo a la par que se juramentaba en ponerle remedio a su inflado físico.  

Reflexionó sobre su culpa sentado en el inodoro y posteriormente dirigió los ojos a la bañera, que estaba a punto de rebosar de agua. ¿Gimnasio? ¿Natación? ¿Caminatas urbanas? Había probado en diferentes momentos de los dos últimos años dichas modalidades de ejercicio, pero nunca experimentó el placer de adelgazar. Nunca. Tirones, contracturas, roturas de fibras… Ese era el recuerdo de sus breves etapas de vida sana. Como decía Quevedo en El Buscón, no progresa quien, cambiando de lugar, no cambia de hábitos y costumbres. Disfrutaba con las disculpas que manejaba cuando hacía dos meses decidió darse de baja del club Ponte en forma con nosotros. Que si la piscina era una asquerosidad, que si el gimnasio era un zoco de estimulantes, que si no podía andar mucho porque tenía los pies planos y las plantillas de acero le machacaban, que si… Repetía cansinamente las mismas razones cuando los amigos más optimistas lo retaban a retomar alguna de dichas actividades en otros clubes más atractivos.

―La mierda de gimnasio que has elegido lo has hecho a propósito. Así te verías obligado a dejarlo, porque sucio estaba un rato, te ofrecían pastillas nada más entrar y «tocaculos viejos» los había a mogollón.

Cerró el grifo del baño y, antes de meterse en él, fue a su cuarto y abrió la ventana para ventilar. La rutina doméstica la tenía muy bien aprendida. Cierto es que en tres o cuatro cosas.

Comprobó que su madre seguía en su dormitorio. Regresó al baño y esta vez no se miró al espejo ni de reojo, echó gel de aceite para piel extraseca en abundancia y la costumbre diaria lo llevó a introducirse en la bañera con paso lento y calmoso. Diez minutos para relajarse pensando en la nada o pensando en su futuro, que era lo mismo. Otros diez para enjabonarse con el coraje, la furia y la rabia que destilaba su cabreo. El aclarado, como siempre, después de vaciar el baño, lo realizó con agua fría, lo cual le hacía dar un respingo y de este modo comenzar su simulacro de actuación teatral en el mundo exterior. Le dio por recordar la actuación de final de curso que tuvieron en 6º de bachillerato cuando Serafín, el alumno más aventajado y excelente imitador, presentó un programa parodiando a José María Íñigo. Aprovechó su nimia retentiva para recordar a duras penas los textos memorizados en el bachillerato. Bien, un Segismundo encerrado en una mazmorra y lamentando su suerte; bien, un Tenorio implorando la ayuda de doña Inés; bien, un esforzado pirata fanfarroneando en la proa del barco sus últimos laureles bélicos. Su recitado era tortuoso y entrecortado, pero con un timbre muy acertado porque sabía meterse rápidamente en el papel. Salió de la bañera para secarse. Intenso, minucioso y profuso, no dejó un centímetro de piel sin frotar con la toalla.

A los cinco minutos sonó el teléfono. Sabía que no era para él. Su primo debería de estar todavía durmiendo. Tenía clarísimo que iba a estudiar arquitectura y eso le hacía dormir como el angelote de cualquier capilla. Al tener que ir a cogerlo, profirió un gruñido acompañado de un molesto joder. Tomó nota del aviso para su padre y se cansó de reprocharse día tras día la aseada imagen que proyectaba en la calle y la desaliñada de su casa. Tocaba autoperorata higiénica.

Estaba harto de repetirse infinitas veces que debía tener el mismo aspecto en los dos sitios, que no le valían en absoluto las justificaciones basadas en la comodidad.

―Si pulcro en la calle, aún más en casa, rezaba el lema que su madre le repetía todas las mañanas. Y tú en casa te abandonas. No te lo puedo decir más veces.

Salió del baño, abrió la nevera y colocó sobre la mesa de la cocina un trozo de tortilla y una jarra de agua helada. En dos minutos dio cuenta de ello.

Se vistió después de probarse cinco camisas diferentes. Eran tan similares en el color y en el diseño que resultaba realmente difícil elegir una. Siempre realizaba las compras sin mirar lo que tenía en el armario. Las dos camisas que veía claramente diferentes mientras estaban colgadas, luego en la realidad de la calle se confundían como dos gemelos idénticos. Y no cedía. Nada de ver lo que colgaba en la barra de su armario antes de ir de compras. Nada. Al final, se puso unos chinos de color crema y una camisa de tono azul claro. El cinturón y los zapatos, entonados, los dos de color azul marino. Sin calcetines a pesar de estar en un «casiotoño» muy desapacible.  El aspecto sudoroso con el que se había levantado le crispaba enormemente y al verse reluciente, limpio y perfumado con Agua Brava una alegría temporal se reflejó en su rostro.

Descubrió en el pantalón que se había puesto una servilleta con el autógrafo de Tip, cómico surrealista que junto a Coll se estaban convirtiendo en un auténtico fenómeno social, ya que sus tics y frases hechas eran adoptados por el público en general como forma habitual de lenguaje. Sus coletillas, desde el «Dame la manita, Pepe Luí», pasando por «¡Hija de mis entrenalgas!» hasta el popular «La próxima semana…hablaremos del Gobierno», recorrieron en aquellos años toda la geografía española con muchísimo éxito. Su primo y él lo vieron un día en «La Cruz blanca». Se decidieron a pedirle un autógrafo. Y el entrañable Tip los regañó por no llevar un bolígrafo y un papel encima. En unos jóvenes… ¡eso es inaudito! Entonces, tras un ritual incoherente, partió ceremoniosamente una servilleta y nos escribió una estrafalaria dedicatoria, fiel reflejo de su humor absurdo y descabellado.

Recogió el ABC del felpudo de su casa y con un desdén rayano en el desprecio leyó los titulares del periódico varias veces mientras sentía ciertas náuseas que controlaba perfectamente. Lo llevó al despacho de su padre y lo colocó en la mesa de trabajo, atestada de libros de cirugía y de un muestrario de material de quirófano. Vio que había en un lateral de la mesa unos recortes del mismo periódico de otras fechas: El gobierno no está en crisisGerald Ford, presidente de EEUU visita EspañaManifestación a favor de España en ParísLa necesaria reforma económica… Se quedó mirando fijamente estos recortes y se dio cuenta de la preocupación que anegaba el mundo en el que se movía su padre mientras se sentaba en un sofá del salón cuyo brazo derecho estaba muy sobado y vaticinaba que necesitaba un tapizado nuevo. Con la grandísima preocupación de su madre ante el deterioro de cualquier mueble de la casa, no entendía que sus padres lo hubieran retrasado sine día.  Algo pasa, se decía. La pasta, joder, ¡qué va a ser! Verlo y venirle a la memoria la canción que le adjudicaban a la inconclusa catedral de Vitoria: larán, larán, larán…

Rutinariamente despidió a su hermana que se fue a la universidad. Se dirigió a la cocina con la libertad de saber que su madre todavía no había salido del cuarto de baño y se sentó en el suelo para notar el frío que transmitían las baldosas de la cocina. Al cabo de quince minutos, su madre salió de su habitación y se condujo al baño para terminar de arreglarse con el cuidado y el esmero que siempre ponía en estas acciones. Recordaba la frase que llevaba en el frontispicio de su estética: de joven me arreglaba para gustar, ahora para no asustar

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A MAÍA

Camino sin rumbo por el valle de A Maía, como quien busca algo que no sabe nombrar. El aire huele a hierba mojada y a tiempo detenido. Cada paso es un latido, cada piedra un recuerdo que no sabía que guardaba. Los árboles murmuran secretos que solo se escuchan si se camina despacio, como quien respeta el misterio de la tierra.

El cielo, siempre cambiante, es un espejo de lo que llevo dentro: nubes que se deshacen como pensamientos, claros que abren heridas de luz. Hay una calma que me envuelve, una especie de abrazo silente que me hace olvidar el reloj, el ruido, la ciudad. Aquí, en el fondo del valle, soy solo yo… y quizá ni eso.

A Maía no es solo paisaje, es estado de ánimo. Es mi melancolía hecha camino, mi alegría convertida en canto de pájaro. A veces pienso que el valle me conoce mejor que nadie, que sabe cuándo necesito perderme para encontrarme. Y entonces dejo que me lleve, que me cuente, que me cure. 

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CAPÍTULO IV DE ‘HATROZ’.- EL ORIGEN

Estamos en 2025. Cervecita en la mesa. El ordenador encendido. Hago crujir mis dedos y me dispongo a escribir con el ánimo de un hombre que tiene el cerebro enjaulado para no olvidar todo aquello que le ha relatado oralmente, por correo electrónico o por guasap Rafo en diferentes momentos.

Comienza un nuevo año pletórico de ilusiones y destemplanzas. Y no estoy triste, dice Rafo.

―No quiero caer en la distopía. Nuestra sociedad, casposa y patente de una descomposición que no sabemos aún a dónde nos llevará, vive en una inmediatez vital que desbarata cualquier proyecto que pueda plantearse uno a años vista. Nos devora la política de lo próximo, ya sea en la compra de cualquier producto ―Rafo ha sucumbido en este aspecto― como en la publicación de un libro que habla de las memorias de un treintañero, entelequia producto de una alucinación natural o inducida.

Tengo un miedo Hatroz a fracasar y que esta historia de Rafo se convierta en un bodrio incomprensible. Estoy dispuesto a hacer un esfuerzo sobrehumano para no darle la razón a mi venerado Charles Dickens cuando dijo que «cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender». ¿He logrado aprender la lección? Mejor me callo la respuesta. Como narrador, soy teimudo (en gallego, cabezota) y sigo tropezando en lo mismo con una clarividencia insultante.

―Mi tempo a la hora de trabajar no es el actual. Me gusta la calma. Soy pausado. Soy un estorbo en las aceras. Aborrezco las prisas. Soy un obstáculo en la caja de los supermercados. No soporto andar como si tuviera un cronómetro en el obispillo y el último récor del mundo pendiente de mi velocidad.

Sentado al ordenador y con música gallega de fondo me rompo la cabeza en presentar limpio y claro este tercer capítulo de Rafo. Hablaré de su origen, de esos años en los que él ha puesto un enorme cariño y que, ya me advirtió, se extinguirá ―el cariño― en otros capítulos de esta historia. 

Rafo nació en Galicia. ¿Es gallego? No quiero ser indulgente con él. Ser gallego significa no tener miedo, ser un luchador y tener una gran capacidad de adaptación para reinventarse las veces que haga falta.

―Todo lo contrario de lo que tú eres, le dice siempre una amiga. No me fastidies, tío. Tú, Rafo, eres un ser apocado que quiere atraer la simpatía de la gente continuamente y eso te pierde. Es tu puto complace, como dices tú. No lo vas a lograr nunca. Todo lo contrario. Estás más cerca de que tus amigos abominen de ti que de que adopten una actitud de un admirado respeto. 

La palabra afouteza es la que define a la perfección al gallego. «Nada se nos pone por delante». Son palabras de Isabel Pérez Dobarro, una pianista santiaguesa de prestigio internacional involucrada en las Naciones Unidas y que actualmente realiza su doctorado en la Universidad de Nueva York.

―Tú eres un madrileño testarudo y encabuxado en decir que eres gallego porque conservas algunos vínculos con tu tierra y chapurreas la lengua de Rosalía. Mierda de tío. No tienes sangre en las venas y adoptas una postura acomodaticia que te convierte aparentemente en un ser vanidoso, pero en tu interior bulle un desquiciamiento hatroz.

Cuando escucha estas palabras en la voz de su amiga Paloma, se cabrea muchísimo, le vienen a la mente las palabras de un velliño que se sentaba en la famosa Herradura de la Alameda: o galego nace e vive onde quere. O galego non ten que xustificar a súa orixe, non. (el gallego nace y vive donde quiere. El gallego no tiene que justificar su origen, no).

Otros, por no defenestrarlo definitivamente del podio de la galleguidad, le dicen con ternura barata que es un madrigallego. Es decir, un mix de ambos orígenes. Este término fue creado en 1998 para destacar a los miembros de la Orden de la Vieira ―él no pertenece― que residen en Madrid y que, por su actividad o por su éxito profesional, han alcanzado significado prestigio y relevancia social, manteniendo estrechas relaciones con la comunidad gallega. Y Rafo, como comprenderás, no es quién para ser uno de ellos. No.

―Únicamente lo eres ―si es posible aceptarlo con una generosidad palpable― en la última condición, le remata Paloma.

Y otros, más certeros en el letal y luciferino diagnóstico, lo descalifican categóricamente bautizándolo como un simple mesetario que ha perdido la identidad de su tierra. Para ser gallego hay que vivir en Galicia, dicen estos con cierto desdén sectario. Es decir, lo ven como un apátrida o un castellano sin más.

En algunas ocasiones, cuando esa pregunta obnubila su entender por persistente, no sabe responder realmente lo que es. No sabe si sube o si baja la escalera. Todo depende. Si entra o si sale. La verdad es que se siente picheleiro (natural de Santiago), responde siempre con una pregunta y cada vez que marcha para cama su mente viaja en gallego a la capital compostelana. Las personas que lo conocen en el día a día sí afirman que tiene a flor de piel el carácter gallego.

Pero eso es lo de menos. Huyendo como Dafne de Apolo, y «convirtiéndose» en laurel paulatinamente, intenta romper ese complace personal, y adoptar una actitud unívoca y alejada de una enojosa complacencia.

Y si ando escornado (=de mal humor), comerei ferro, para non lle faltar a ninguén ó respecto (comeré hierro para no faltarle a nadie el respeto). 

Lo importante es que yo, el narrador de la historia, soy el único que conoce al dedillo la vida de Rafo. Pocos lo conocen como yo. Pocos. Querido lector, si alguien te dice que lo conoce muy bien, huye de él como de un rayo, el hermetismo de nuestro protagonista sólo ha sido vulnerado por mí. Eso sí, con su permiso.

Como comprobarás, yo aparezco de vez en cuando. Espero no caerte pesado y que no me consideres un embarazoso impedimento para que puedas llegar a lo más profundo de Rafo.

Soy un caos a la hora de relatar los avatares de su vida. Él también vive en una anárquica vorágine de emociones y calibrar un punto más o menos objetivo me ha resultado en ocasiones imposible. Esto se contradice con la pulcritud y el orden de su armario en el trabajo y en casa. Siempre que me he sentado con él a ordenar sus ideas lo único que he logrado es un cajón de sastre de andanzas y locuras. El zarandeo anímico al que está sometido de vez en cuando lo deja destartalado, emotivamente manga por hombro, pero con una fuerza motriz intacta e impoluta.

―Impórtame un carallo o que son. Veña. A traballar. Comeza a escribir. (Me importa un carallo lo que soy. Venga. A trabajar. Comienza a escribir).

Como he dicho, Rafo nació en la ciudad de Compostela. La ciudad de la piedra y de la lluvia. Su querida Santiago, que pateaba palmo a palmo (polo miúdo, en gallego) todos los veranos incansable y plácidamente en compañía de su hermana. Por razones personales, que se sabrán más adelante, llevan siete años sin ir. 

Es una ciudad especial, una ciudad que conserva la gracia ingenua de los viejos tiempos. Todos los que se acercan a ella, nativos, peregrinos o simples visitantes, lo hacen con el anhelo de experimentar un milagro. Ese es su feitizo (hechizo). Como dice Jesús Torbado, «ya conoces que apenas lleguemos a Compostela serán perdonados todos nuestros pecados, incluso aquellos que ni siquiera conocemos, pues al final de nuestro viaje nos veremos a nosotros mismos como niños recién nacidos. Veremos lo invisible». Es su Ítaca particular. Y desde esa edad tempranera quiere empezar a relatar estas memorias hatroces. O expresado de otro modo, a través de mi escritura quiere lograr que vosotros os transportéis a un mundo que él considera más humano y que disfrutéis de unos recuerdos que viven un tanto apolillados en el desván de sus lembranzas (memorias de unos hechos pasados).

Es un viaje del pensamiento a la pantalla del ordenador, del ipad o de tu smartphone. Perdona si mi escritura es desordenada. Es el desorden que manifiesto yo, el relator, cuando quiere seguir al pie de la letra lo narrado por nuestro protagonista.

¿Que si tienen un hilo conductor? Rafo. ¿Qué si es un ególatra? No lo creo. Mala historia debe de ser si no tiene algo que embaste todos los capítulos.

―Eso no me vale. Tú no sabes novelar. Te lo he repetido mil veces. Tú eres el Zeus del caos. ¿Conoces la palabra estructura? ¿Dónde tienes el guion de tu obra? Todo esto me lo dice un viejo profesor con el que comparto tertulia en el café Molière desde hace mucho tiempo.

―Ya te he dicho que el protagonista es Rafo y es el que va a servir de hilo conductor en los sucesivos capítulos. No quiere estructura ni nada que se le parezca.

―Es decir, eres la voz de su amo.

Mi intención es escribir capítulos independientes y deslavazados, pero sin caer en la anarquía más estridente. Es lo que quiere Rafo. Cada historia tiene su sentido, pero no esperéis que entre los capítulos haya un hilván que los relacione estrechamente. Esa es su determinación.

¿Que si son auténticas y verdaderas las historias? ¡Qué más da! ¿Por qué agarrarse a la simple consideración de la autenticidad de unos hechos? Lo importante es disfrutar con este viaje al pasado más personal e íntimo.

Empecemos.

¿Cuándo nació? Esto es más comprometedor. No quiere decir una fecha en concreto porque hablar de edades es altamente espinoso. Mencionaré una serie de hechos que en aquel inolvidable año fueron noticia. Habrá quien piense que no son significativos, y que faltan muchos otros. ¡Claro está! Pero eso depende de la subjetividad de cada individuo. Esa es su belleza. Los ha elegido Rafo con sumo cuidado.

Trasladémonos con la liana de la añoranza a ese emblemático año.

El Derby es, en Compostela, un excelso salón para meriendas y desayunos, el físico norteamericano Chester Carlson inventa la primera fotocopiadora, es imparable el crecimiento del número de supermercados en España, las canicas, las peonzas y la pídola se convierten en los juegos preferidos de los niños, se produce una acogida multitudinaria en Moguer de los restos mortales del poeta Juan Ramón Jiménez, muerto en el exilio y premio Nobel de Literatura, los teléfonos de Santiago tienen cuatro cifras, el cine más elegante en la época es el Yago de la rúa del Villar nº 51, un kilo de pan cuesta 0’65 pesetas, una camisa 7’50 y un periódico 0’10, en Nápoles encuentran un loro que habla inglés y recita párrafos de Shakespeare (según la prensa del día), la película que tiene mayor éxito es Las chicas de la Cruz Roja, mandar una carta a otra ciudad cuesta 0’80 céntimos y al extranjero 3 pesetas, se inaugura la base naval de Rota, un albañil no cualificado gana 9’20 pesetas al día, una noche en el lujoso Hostal de los Reyes Católicos, en la catedralicia plaza del Obradoiro, cuesta como mínimo 105 pesetas, se observa una gran proliferación por las calles de las grandes ciudades de la motocicleta con sidecar, se produce la muerte del papa Pío XII, la empresa juguetera Famosa lanza la muñeca Güendolina, presentación en sociedad de la fregona en España en la Feria de Zaragoza, Mortadelo y Filemón, agentes secretos de la TIA, entretienen a los niños del momento, el Madrid se alza con la Liga y la Copa de Europa y el otro gran invento español de la época hace furor, el Chupa-Chups.

¿Y ahora qué?

Ahora empieza lo apasionante: ese construir una sucesión de historias inconexas entre sí con los pequeños retales que voy a ir esbozando con mano firme, aunque un tanto temerosa.

―Sólo debes tener miedo de tu propio miedo, me recuerda Mon mientras consumimos una copa, ya lo conoces, en mi lugar preferido de los míticos ochenta, Tula.

En este libro habrá de todo: risa, llanto, ironía, sarcasmo, dudas, obscenidades, engaños, cuernos, denuncias, fracasos, excesos… Pero siempre con la misma intención, que es la de hacer, sin ánimo de molestar u ofender, un bosquejo más o menos acertado de diferentes momentos de su ya dilatada vida. No quiere derribar el tiempo pasado. No quiere hacer un registro del dolor. ¿Relatar hechos ocurridos solamente en la buhardilla de su memoria? Tal vez. ¿Son más lecturas que sucedidos? Él no lo cree así. De verdad. Yo soy el transcriptor de su historia. Como decía Kavafis, ten siempre a Ítaca en la memoria… porque, aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti nunca se ha burlado. 

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LA SANTA COMPAÑA

La «Santa Compaña» es una de las leyendas más misteriosas, arraigadas y atractivas del folclore gallego.

Es una procesión espectral de ánimas en pena que recorren los caminos de una parroquia durante la noche. Su aparición suele anunciar una muerte o una desgracia, y está siempre envuelta en un ambiente de niebla, olor a cera y al son de una campanita.

Curiosamente, no son solo espíritus: la procesión va guiada por una persona viva, condenada a llevar una cruz y una vela. Esta persona está bajo una maldición y solo puede liberarse si consigue pasar la cruz a otro mortal. La creencia en la «Santa Compaña» tiene raíces en la Edad Media y está vinculada a tradiciones europeas sobre procesiones de muertos.

En Galicia, también se conoce por otros nombres, como «Estantiga», en la zona de Ourense especialmente.

La expresión «Santa Compaña» puede venir del latín sanctam cum pania, que algunos interpretan como los que comen del mismo pan, aunque esta etimología es muy discutida.

Si te encuentras con la «Santa Compaña» en un camino gallego envuelto en niebla… lo mejor que puedes hacer es evitar coger la cruz que te ofrece el vivo y debes responder con firmeza: «Cruz ya tengo» y cruzar los brazos en forma de cruz. Esto lo obliga a seguir su camino. Además, debes portar una cruz, una estampa de un santo o una figa (amuleto en forma de mano) que puede protegerte de su influencia.

Hay aldeanos que cuentan cómo, al pasar por un cruceiro en plena noche, sintieron un viento repentino y vieron unas luces en procesión que se apagaban al acercarse. Uno de ellos asegura que se protegió haciendo un círculo en el suelo y rezando, y que la comitiva pasó sin detenerlo, pero dijo que nunca volvió a caminar solo de noche por ese camino. 

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LA GAITA GALLEGA

La gaita es viento que habla, alma que respira, memoria que camina descalza por los montes de nuestra tierra. Es un grito antiguo que despierta a los robles, que hace danzar la niebla entre los peñascos, que llama a los muertos para que bailen con los vivos en romerías eternas.

En su fuelle vibra el corazón de un pueblo que nunca se rindió, y en su puntero los dedos dibujan una historia que no se olvida. Cada nota es un lamento, una alegría, un secreto guardado en las entrañas del tiempo.

La gaita es madre e hija, es fuego y lluvia, es fiesta y duelo. Cuando suena, Galicia entera levanta la cabeza y recuerda quién es, de dónde viene y hacia dónde va. Porque la gaita no es solo música: es sangre, es raíz, es libertad. 

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NO HAN LLEGADO AL PAPEL

Siempre he creído que hay palabras que no nacen de uno mismo, sino del lugar donde el corazón echa raíces. Hay textos que no se escriben: germinan. Asoman desde la tierra húmeda, del silencio antiguo de los árboles, de la memoria que se acumula como hojas secas al pie de un tronco venerable. Así nació este libro y así falleció. No como un acto deliberado, sino como una consecuencia natural. Como si cada microtexto fuese un ser diminuto, un hijo del roble, una criatura discreta que se desprende del bosque y desciende al suelo con la humildad de una bellota. Pero no llegaron al papel.

Asistí al ocaso de estos «niños» no por su vínculo con la infancia, sino por su condición de cosas pequeñas, inesperadas, espontáneas, que no han superado ni un suspiro mío. Iban a ser textos breves, a veces apenas un soplo, pero cargados de una energía que no sé nombrar de otro modo. Cada uno sería una chispa, un latido, un destello de memoria que rehuiría las formas extensas. Serían fragmentos que no quisieron crecer, que encontraron su tamaño exacto y decidieron permanecer así, intactos, como piedras menudas que conservan el calor del sol, pero que no llegaron al papel.

El roble es, para mí, la metáfora perfecta de lo que aquí sucede. No ofrece frutos espectaculares ni flores llamativas. Da bellotas: pequeñas, duras, silenciosas. Y, sin embargo, dentro de ellas cabe un bosque entero. Así iban a ser estos microtextos: semillas que no prometían nada, pero capaces de abrir senderos insospechados en quien los leyera. No buscaban explicar ni convencer. No aspiraban a enseñar. Solo deseaban existir, ocupar su espacio, dejar una huella leve pero persistente. Pero no llegaron al papel.

El robledal es el escenario donde todo esto acontece. Un territorio simbólico, emocional, a veces real y otras imaginado. Un lugar donde el viento trae voces antiguas, donde la niebla suaviza los contornos, donde la soledad no pesa porque está acompañada por la presencia callada de los árboles. Es en ese clima donde iban a surgir estos textos: entre la luz tamizada, entre el murmullo de las hojas, entre la sensación de que el tiempo discurre de otra manera cuando uno está rodeado de raíces. Pero no llegaron al papel.

En estas frustradas páginas habría amor, pero un amor que no se exhibe. Habría soledad, pero una soledad que no hiere. Habría tierra, viento, morriña, y esa forma tan gallega de sentir el mundo como algo que se lleva dentro, no como algo que se contempla desde fuera. Cada microtexto intentaría apresar un instante, una emoción, una intuición. Serían breves porque así se presenta a veces la verdad: aparece de pronto, ilumina un segundo y se desvanece. Pero no llegaron al papel.

No sé si estos «niños del carballo» encontrarán algún día un papel y un lector. Sólo sé que necesitan nacer. Yo solo sería el sendero por el que llegarían al papel.

Sueño con el día en el que lleguen a prender estas pequeñas semillas. Quiero que me dejen en el futuro una sombra, una pregunta o una memoria, entonces la carballeira habrá cumplido su cometido. Pero aún no han llegado al papel. 

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UN NUEVO SALUDO

Bienvenidos a josemariamaiztogores.com/, un espacio íntimo donde la palabra no pide permiso. Aquí escribo porque me nace, porque me duele, porque me importa. Porque, aunque mi lengua de escritura sea el castellano, mi raíz es gallega, y desde ella lucho, recuerdo y resisto.

Este blog no es un ejercicio literario ni un escaparate de perfección lingüística. Es un acto de memoria. Escribo desde Madrid, entre ladrillos sin alma, donde el cielo apenas se deja ver y la prisa lo devora todo. Pero cada palabra que dejo aquí es un intento de volver, de tender un puente hacia esa Galicia que me habita, aunque esté lejos.

Lucho por Galicia desde el castellano. Porque no hay una sola forma de amar una tierra. Porque también se puede defender lo propio desde otra lengua, sin traición ni renuncia. Porque el castellano, cuando se escribe con alma gallega, también sabe a orballo, a carballo, a río que no se detiene.

josemariamaiztogores.com/ es mi forma de resistir al olvido. Aquí recojo lo que se escapa: los rostros que ya no están, los silencios que dejaron huella, los paisajes que la memoria se empeña en conservar. Escribo para no perderme, para no perderlos. Para que Galicia no se diluya en la distancia ni en el ruido.

No escribo para agradar. Escribo para recordar. Para que quien llegue hasta aquí sepa que hay belleza en la melancolía y fuerza en la vulnerabilidad. Que la emoción también se puede decir en castellano sin dejar de ser gallega. Que la identidad no se mide por la lengua que usas, sino por lo que defiendes con ella.

Este blog no se cierra. No pienso callarme. josemariamaiztogores.com/ es mi casa, mi voz, mi forma de seguir diciendo que Galicia importa. Aunque esté lejos. Aunque escriba en otra lengua. Aunque no cumpla con lo que se espera.

Aquí sigo. Con errores, con alma, con memoria. Porque escribir es mi manera de seguir vivo. Y Galicia, aunque no la nombre en cada línea, está en cada palabra. 

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RETRATO DE UN ESCRITOR INSURGENTE

Un escritorio desmedido en la penumbra dorada que no ilumina, pero que arde con lentitud con el recuerdo fermentado de un fracaso sirve de mesa de trabajo para un hombre —no un hombre cualquiera, sino un oficiante zurdo del verbo— que no es un mero escriba, que es un atrincherado destapador de fracasos amorosos.

Esa mesa es a la vez trono, confesionario y sitial. La lámpara interroga. Su luz no es luz, sino cuchillo, bisturí, faro.

En la mesa, el papel arrugado, subrayado, manchado de café o lágrimas invisibles es un eco de la infancia, un retazo de memoria que se resiste a ser archivada y exige ser recitada o dramatizada.

No hay orden posible. Solo preside el caos ritual. El bolígrafo zurdo y la espada contra el canon no escriben, recuncan. Regurgita letras, traza caminos de vuelta y la tinta no fluye, se arrastra como un buey cansado por los campos de la lengua, sembrando dudas, cosechando saudade.

La camisa a cuadros, azul, beige, rebelde, no cubre el cuerpo, lo declara. Las gafas no corrigen la vista, la multiplican, la fragmentan en mil miradas simultáneas, todas urgentes.

El cálculo que realiza no es matemático, sino emocional porque todas sus versiones caben en un solo recuerdo antes de ser disueltas en un ritual no tolerado.

Detrás, los libros vigilan. No están alineados, están en asamblea. Se asocian, se disocian, se autocitan. Ven, oyen, callan.

La mesa no es un escritorio, es un altar de resistencia, una mesa de ofrendas o un campo de batalla. Y el hombre que la ocupa no estudia, invoca, recita y se equivoca. Pero con dignidad.

Lleva años queriendo componer el himno del error. Cada gesto suyo es ceremonia; cada pausa, plegaria; cada suspiro, declaración de independencia emocional y cada línea, un  salvavidas para sobrevivir. 

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CAPÍTULO III DE ‘HATROZ’.- PRESENTACIÓN

(En este espacio, en el blog, está insertado un vídeo ―sólo con la letra― con la canción «Se me olvidó otra vez». Canción interpretada por muchos artistas, pero con dos inolvidables para Rafo: Chavela Vargas y Enrique Urquijo. Las dos versiones son irrepetibles. La segunda, por alusión a su época vivida, y por diferentes fracasos amorosos, la lleva grabada a fuego. En los años 80 y 90 habitaba en él un error mayúsculo ―ya se verá en su momento― y por tal motivo repetía, en la soledad de su habitación, esta canción de modo «cansino y electrizante». En el vídeo, como verás, sólo aparece la letra. Lo ha pensado mucho ―si insertarlo o no en este mundo de la imagen―, pero al final la letra y la voz han borrado cualquier duda inicial).

Hace unas semanas, después de una deliberación previa que duró varios meses, Rafo se propuso visitar algunos de los lugares más emblemáticos de los años ochenta, unos pocos frecuentados por él, otros por referencias de amigos y conocidos y los menos por lecturas de prensa. Sabía que tendría un alto coste anímico, pues la visión idílica de aquellos años, que había construido durante décadas, desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Por tal motivo, habitaba en él un espanto Hatroz a que se fracturase esa burbuja de ensoñaciones que moraba placenteramente en él.

Volvamos al presente. Rafo vive un periodo de «microcrisis laboral y personal». Se encuentra totalmente desubicado y, como dicen algunos cursis, no es capaz de visualizar nada positivo en los dos ámbitos de la vida antes mencionados. Especialmente en el primero, porque la jubilación, que cada vez se acerca más, sorpresivamente, está desnudando pensamientos que nunca pensó que habitaran en él y en vivencias que, para un ser apocado, timorato y consumido emocionalmente como él, están asaetando los pocos recursos que le quedan.  En el segundo, porque van pasando los años y, por sus raíces galaicas, no sabe si está subiendo o bajando la escalera más importante de la vida. Sabe que va a echar de menos a sus compañeros, a sus alumnos y al colegio en general, pero decidida está su retirada. Nada de prolongaciones laborales.

Rafo habla con una sinceridad absoluta. No quiere desviarse del camino iniciado en este capítulo y me ha asegurado que dejará negro sobre blanco los sentimientos que surjan naturalmente en las distintas situaciones que narraré en esta historia. La crudeza de algunas vivencias, los descomunales errores cometidos y las relajaciones estudiantiles no se deben ocultar. No niega que habita en su interior un evidente desconcierto cuando le asaltan múltiples quebraderos de cabeza y esa maldita obsesión por lamerse las heridas. Le dijo una compañera, experta en analizar mentes ajenas que no la suya entre cafés americanos lo siguiente:

―Para poder clarificar tu estado de ánimo deberías estar tumbado en un cómodo diván hablando con tu psiquiatra a corazón abierto y no en tu casa, sentado frente al ordenador, esforzándote sobremanera para que salga un capítulo con un mínimo de decencia.

A Rafo los años ochenta le han dejado momentos de gloria inolvidables, pero también vivencias que aún sangran hoy en su corazón.

―Si escribiera un libro de esos años en el que participasen un ciento de vividores de esa década, estoy convencido de que habría cien opiniones diferentes, desde las más floridas a las más hipercríticas, pasando por las más cínicas e incluso las que niegan su existencia. No pretendo ser uno de esos adultos, en aquella época jóvenes, que manifiestan hoy haber estado en todas las citas emblemáticas de aquellos años. No quieren comprender que en aquella época no todo el mundo estaba en la onda de la movida, y que algunas personas, hoy en día, pueden sentir cierto rechazo por lo que algunos calificaron de transgresor y contracultural y otros de cutre y hortera. Si fuéramos contables, el concierto―homenaje a Canito en el salón de actos de la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid el 9 de febrero 1980 habría tenido tranquilamente decenas de miles de asistentes. Necesitaría el Maracaná. Hace unos días leí en una web que asistieron quince mil personas. Quienes conocemos aquel recinto sabemos perfectamente de sus limitaciones. Dejemos las fingidas asistencias a la gloria de los falsarios y de los hipotecados por las mentiras.

Rafo no asistió. Lamentable, así fue; pero es la pura verdad.

De los ochenta Rafo guarda recuerdos de loables comentarios de un amigo que en aquella época ―en la actualidad imposible porque desgraciadamente ha fallecido― era un apasionado de la música y pertenecía a un grupo llamado Los voltios. Rafo escuchaba música evidentemente. Pero siempre iba a rebufo de sus amigos. Nunca era el conocedor primario de una canción. Nunca. Era de los últimos que se enteraba y cuando la intentaba reproducir su arrítmico sentido musical la destrozaba. Bueno, había otro amigo que su sonoridad musical era tan mala como la suya.

Hay una persona en la actualidad que le dice que ese mal oído era perfectamente educable por entonces. Nadie lo sabe hoy. Lo veo muy difícil.

Intentó aprender a tocar la guitarra. Como es zurdo, adaptó la guitarra «a su destreza manual», pero el desastre alcanzó límites lunáticos. Entonces, saltó a la armónica, con clara oposición de su madre, pues su hermano pequeño, Carlos, murió en los años veinte por una infección en los labios, y, como no había en aquella época penicilina, murió de una septicemia. Con manual, y decenas de horas dedicado a dicho instrumento musical, concluyó que se le daban mejor las matemáticas ―¡fíjate bien!― que la armónica. Esto es una «boutade».

La primera vez que Rafo escuchó a Los Secretos ―antes eran Tos― le resulta imposible datarla. Un sábado por la noche. Unas copas. Tabaco. Risas. Conversaciones absurdas sobre el infinito. Música. Incongruencias metafísicas. Intentos de ligoteo. Manos inquietas. Besos con sabor a cerveza o a vodka con naranja. Un sábado como otro cualquiera. Los Secretos entraron en él de modo impetuoso ―y aún siguen, aunque sea sin Enrique Urquijo― al sonar sorpresivamente en los altavoces de un bar en el que llevábamos varias horas «Ojos de perdida». Bendito sea aquel sitio en el que se comió un buen roscón amoroso ―de ahí la canción «Se me olvidó otra vez»―, pero que sirvió de presentación de Enrique Urquijo y su banda.

Un San Isidro, no puede datar el año, en la plaza Mayor, por San Isidro, tras leer una brevísima nota en un periódico ―en aquel tiempo la información sobre la naciente movida era muy sesgada y estaba muy manipulada―, los pudo ver en directo. Posteriormente en otros recintos. Aunque, por culpa suya, aún le duele una ausencia que podría adjetivar de ciclópea.

Sus lugares emblemáticos en aquella época no coinciden exactamente con los de la denominada Movida Madrileña. Algún casposo y envalentonado por las copas de la juerga nocturna, después de recibir el inmaduro de Rafo dos fuertes puñetazos suyos en plena cara, les quiso ofender con un contundente pijos de mierda. Hablamos de los «bajos de Aurrerá». En ellos habitaba lo bueno y lo malo, lo legal y lo ilegal, lo cutre y lo fetén, lo cheli y lo pijo, lo indecente y lo comedido. Sólo había que saber elegir. En los ochenta había pubs tranquilos que solían frecuentar después de quedar en «La Cruz Blanca», en «El Parador de la Moncloa», en «el Narizotas», en «La Gallina Loca», en «Fass», en «La Cesta», en la cervecería «Cleo», en «El Escenario» o en el concurrido «Chapandaz» con su famosa leche de pantera.

En esos escenarios «actuaron» debidamente y reiteradas veces el pequeño grupo de amigos que «cerveceaban» por entonces. Posteriormente, muy avanzados los noventa, los bajos de Aurrerá se hicieron irrespirables y algo peligrosos. Como otros tantos sitios, los abandonó.

Tú, querido lector, te preguntarás en cuál de ellos «volvió a actuar» Rafo en esa visita de hace unas semanas. Buena pregunta. Pero te llevarás inmediatamente una decepción ―¿otra?―, pues, después de reflexionar con una cerveza en «Santa Bárbara», concluyó que las segundas partes nunca fueron buenas ni positivas. Al contrario, suelen ser frustrantes y descorazonadoras. Como decía Lope de Vega cuando hablaba del amor: «el que lo probó lo sabe». La desaparición o la transformación en lugares nada parecidos a los mencionados quiebran la nostalgia de las evocaciones gloriosas.  El recuerdo que tenía de alguna esporádica visita que había hecho en solitario en los dorados ochenta a «El Penta» ―sale en la canción «Chica de ayer» de Nacha Pop― se vio decapitado con sangrante crueldad cuando lo «revisitó» décadas después y lo vio convertido en un decadente museo de «La Movida».

No negó que «el regreso al lugar de siempre» sufriera una visión muy subjetiva influida por el estado de ánimo del protagonista de esta historia.

Esos «lugares de siempre» le hacen un daño terrible porque lleva un tiempo en el que todo lo ochentero le hace sangrar. Su mejor amigo lleva muchos años casados felizmente, otro buen amigo, fallecido, otro, desaparecido y a Rafo lo que le queda es lamerse las heridas en tugurios de mala muerte solo o mal acompañado.

Aunque sabía que estaba equivocado por lo experimentado, quiso aplicarse, como si fuera la pócima milagrosa del druida Panoramix, para superar su acongojante abatimiento, un remedio equivocado: «visitar de nuevo sus sitios» con ánimo de recuperar el espíritu de los ochenta. Pensó que una golondrina no hace primavera. Sería una terapia salvífica anímicamente porque lo vería con ojos diferentes y con una mentalidad más positiva. Si cabe. Como avancé antes, fue un error garrafal. Con Enrique Urquijo, Antonio Vega, Antonio Flores y Manolo Tena muertos, esa intención se hizo inviable. Lo único que consiguió fue que se produjera en su interior una incomible ensalada de hirientes recuerdos, continuos pero ridículos éxitos, angustiosos silencios, sonoros fracasos, desaprensivos tormentos y frustradas ensoñaciones. Fue un desacierto descomunal aquel tour en una época en la que él no podía ni con su alma.

Pero todos los que lo conocemos sabemos que es un teimudo ―cabezota en gallego― en temas relacionados con su juventud. Decidió, para redondear la noche y salir por la puerta grande, rematar la faena en un bar de copas que, como dije antes, se sigue llamando igual:  «Tula», en la calle Claudio Coello número 116. Sincerándose conmigo, me confesó que este lugar lo machacaron mil veces un grupo de amigos durante los ochenta después de quedar en El Escenario de la misma calle como preámbulo para una exitosa actuación. Son las dos caras de la moneda: «Tula» sigue con vida, «El Escenario» bajó el telón hace tiempo.

Allí conoció de modo intempestivo, persiguiendo el rastro de una vieja novia, a Mon. Estaba con una amiga de toda la vida, que se empeñó, nada más verlo, en que lo conocía. ¡Cómo no me va a conocer!, pensó. El alcohol siembra la testarudez cuando fluye en abundancia por las venas. Todo lo que decía lo hacía con buenas intenciones, pero se tornó cargante tanta insistencia. Le preguntó a Rafo el nombre mil veces y mil veces que se le olvidó. Le vinieron a la mente aquellas «cansinadas» de los años ochenta y noventa, cuando se creían graciosos y ocurrentes, y le daban el latazo de un modo inmisericorde a cualquier chica que veían con aquel ingenuo «yo a ti te conozco». Al final se empeñó ―no quiso oponerse― en que se habían conocido muchos años atrás en ese mismo lugar en una fiesta de un tipo ―en absoluto conocido por Rafo― al que le habían tocado varios millones de pesetas en la lotería. Su frase final, después de rematar la copa y pagar, fue: «¿En esa fiesta o en el psiquiatra?» Se fue soltando una estentórea carcajada.

La verdad es que el tal Mon, cuando se marchó su amiga, se sinceró con Rafo sin comerlo ni beberlo. Se mostró muy despreciativo con Ana, así se llamaba la amiga, y le advirtió que la evitara.

―Es una esponja andante. Tiene en su bolso su peor enemigo: la pasta. De verdad. Como te coja por banda, no te suelta. Tiene más tentáculos que un pulpo.

―Es decir, que tú la usas simplemente como monedero. ¡Ya te vale, tío!, dijo Rafo. Su silencio fue muy significativo.

Le pidió que se sentaran más tranquilamente en la planta superior del bar y le respondió con una sinceridad total:

―Me tomo una copa contigo y me largo. Trasnochar ya no es lo mío. Si me hubieras pillado en los ochenta…

―Ya veremos, dijo muy convencido de sí mismo. Lo miró y sonrió calmadamente.

La hora se le hacía muy dura, ya que había perdido el hábito a esas madrugadas de copas y charlas. Las suyas estaban en el baúl de los recuerdos.

Lo más llamativo, que sirvió para empezar con buen pie una sucesión de «quedadas», es que eran del mismo año. Esto le hizo reflexionar sobre el porqué de soportar perfectamente las madrugadas este hombre y, por el contrario, su endeblez física más allá de la hora de Cenicienta.

Mon lo vio callado y con ganas locas de irse a casa a dormir. Esto se lo aclaró en sucesivas reuniones que, por petición suya, las hicieron a media tarde en el Vips que hay en Ortega y Gasset esquina a Velázquez.

―¿A qué llamas tú media tarde?

―Pues las cinco, las seis, las siete…

Después de varias quedadas pudo constatar que para Mon la media tarde abarcaba desde las cinco hasta altas horas de la madrugada. Y para engancharlo definitivamente le soltó una cita del gran Enrique Urquijo que la lleva en la frente como lema de justificación ante ciertas situaciones: «cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario».

Esa noche fue ocupada en su totalidad por Los Secretos. Se sintieron muy cómodos haciendo un recorrido por las canciones más significativas del grupo y, por supuesto, un punto y aparte se lo llevó Enrique Urquijo. Nada positivo en cualquier otro tema. Intercambiaron teléfonos y correos electrónicos en la calle con el único fin por su parte de que Rafo convirtiera en relatos las vicisitudes de su vida.

―Por lo que has contado, tienes tantas cosas que narrar…, me dijo haciendo un alarde de orgullo y vanagloria. Yo te ayudo en lo que quieras. Quedamos cuando quieras y hablamos de lo que quieras.

―Yo tomo nota de todo lo que me dices y se lo paso a un amigo. Lleva años queriendo escribir la historia de algo o alguien y no voy a desaprovechar la ocasión. Verás que no te engaño. Tiene un blog y piensa ir colgando los capítulos, las entradas o lo que sean, que vaya escribiendo.

Se quedó en silencio viendo el rostro ilusionante de Mon.

―Pero… ¿A quién le pueden interesar mis correrías, mis amoríos o mis frustraciones?

―Seguro, Rafo, seguro que sí. Somos muchos los que hemos vivido esos años y queremos rememorarlos.

La erre, al pronunciarla, le provocaba en la boca una sonoridad que ponía en evidencia su animado estado.

―Si quieres me convierto en tu confesor profano o en tu confidente para matizar lo que nos quieras contar en tu libro.

Nos despedimos en la puerta de «Tula», y Rafo, mientras atravesaba el barrio de Salamanca, camino de su casa, reflexionó largamente sobre su proposición. Con toda sinceridad, le excitaba la idea.

―Pero, yo soy el que lleve la batuta. Nada de dos manos. Tengo experiencias pasadas que se han torcido por no tener clara la autoría. Y llevaré el orden que yo quiera…

Todo esto se lo decía a sí mismo para autoconvencerse, pues conocía muy bien «su complace» y cómo respondía ante algunas presiones emocionales.

De pronto, un buen hombre se acercó a Rafo para interesarse por lo que estaba diciendo en alto sentado en un banco. Pensaba que estaba desvariando o que llevaba una tajada como un piano. Cuando comprobó que ni una cosa ni la otra, se tranquilizó y constató que lo que estaba haciendo era grabar en el teléfono lo acontecido esa noche. 

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LA POSADA DE LA BRUMA

Siempre me ha fascinado la bruma. No solo la que cubre los valles de Galicia en las mañanas frías, sino la otra, la que se instala dentro de uno mismo y hace que todo parezca más lento, más suave, más difícil de definir.

Este texto es una explicación de esa bruma interior, de esa sensación de estar a medio camino entre lo que fui y lo que seré, entre lo que recuerdo y lo que invento, entre lo que digo y lo que callo.

«La Posada de la Bruma» es un lugar imaginario, pero podría existir. Un sitio pequeño, apartado, al que la gente llega sin saber muy bien por qué y del que se marcha sin saber muy bien qué ha encontrado. Un lugar donde el tiempo no se mide en horas, sino en silencios. Donde las historias no se cuentan de golpe, sino que se dejan caer, como quien deja caer una piedra en un pozo para escuchar el eco. En estas palabras, en esta posada, se funde mi naturaleza: recuerdos, reflexiones, escenas sueltas, fragmentos que no encontraban hogar en otro lugar. Todos tienen algo en común: nacen de la necesidad de detenerse.

Vivimos en un mundo que nos empuja siempre hacia adelante, como si detenerse fuera un pecado. Pero yo he descubierto que, a veces, solo se puede avanzar si uno se permite quedarse quieto un instante. Esta posada soñada es ese instante. Un espacio para respirar, para mirar hacia dentro, para aceptar que no siempre sabemos lo que queremos ni lo que sentimos. La bruma no es confusión: es protección. Es lo que aparece cuando la mente necesita descanso.

Los textos que nacen de esa bruma no buscan enseñar nada. No son consejos ni lecciones. Son, simplemente, momentos. Instantes que quise guardar porque, de algún modo, me hicieron más humano. Hay en ellos amor, sí, pero también pérdida. Hay soledad, pero también encuentro. Hay tierra, viento, morriña, y esa sensación tan gallega de estar siempre un poco entre dos mundos.

La posada es un refugio, pero también un espejo. Al entrar en ella, cada lector verá algo distinto. Quizá un recuerdo de la infancia. Quizá una herida que aún duele. Quizá una esperanza que no sabía que tenía. Eso es lo que me gustaría, que tú fueras capaz de habitar en esta posada, aunque te duela porque el dolor sana y purifica. Este lugar no existe en realidad, existe en mi mente, lugar que te invita a posarte un instante, para que la bruma te envuelva y logres salir un poco más ligero.

Si decides entrar, hazlo como lo harías en una posada real: con calma, sin prisa, dejando que el silencio hable. La bruma no esconde: revela de otra manera. 

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CRUCEIRO AL AMANECER

En el cruce de los caminos, donde la tierra se abre en duda y memoria, se alza el cruceiro como un centinela de piedra. La mañana aún no ha decidido si será sol o niebla, y mientras duda, todo se vuelve sagrado.

El cruceiro, mojado por el rocío de la noche, brilla con humildad. El musgo que lo abraza no es decadencia, sino testimonio. La cruz en lo alto, con el Cristo de brazos abiertos, no impone: acoge. Mira hacia el este, donde el sol intenta romper la bruma como quien busca una salida entre recuerdos.

Los caminos que se cruzan no tienen nombre, pero guardan huellas. Unos van hacia la aldea, otros hacia el monte, y todos pasan por aquí, como si la piedra pidiera permiso antes de continuar. Hay huellas frescas en el barro, un silencio que suena a rezos antiguos, y un mirlo que canta sin saber que canta para los muertos y los vivos.

El cruceiro no habla, pero recuerda. Es altar y encrucijada, promesa y despedida. A sus pies, alguien dejó una flor marchita, un trozo de pan, o quizás una pregunta. Y mientras el sol se atreve a abrirse paso entre las nieblas, la piedra permanece, como quien sabe que todo camino es ritual. 

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REFLEXIÓN SOBRE LA DEPRESIÓN

A veces, quien no ha atravesado una depresión cree que se trata únicamente de tristeza, de una etapa pasajera o de una falta de voluntad. Esa mirada superficial duele más de lo que muchos imaginan, porque reduce una batalla silenciosa a un simple «anímate» o «todo está en tu cabeza». La depresión no siempre se manifiesta con lágrimas visibles; muchas veces se esconde detrás de una sonrisa cansada, de una rutina sostenida por puro agotamiento emocional. Hay personas que cumplen con sus obligaciones mientras por dentro sienten que todo pesa demasiado. Sin embargo, desde fuera, algunos interpretan ese sufrimiento como exageración, debilidad o dramatismo. La incomprensión nace, en gran medida, de la dificultad para aceptar que el dolor mental puede ser tan incapacitante como el físico. Nadie cuestionaría a alguien con una pierna rota por no correr, pero todavía se cuestiona a quien no puede levantarse de la cama porque su mente se ha convertido en un lugar hostil. Y esa falta de empatía termina aislando aún más a quien ya lucha contra una profunda sensación de soledad.

A esta incomprensión se suma una tendencia social que exige fortaleza constante, como si mostrar fragilidad fuera un fracaso personal. A las personas con depresión se les pide productividad, entusiasmo y normalidad incluso cuando apenas tienen energía para sostenerse emocionalmente. Con frecuencia escuchan frases hechas que, aunque parezcan bienintencionadas, terminan invalidando su experiencia: «hay gente peor», «todo depende de tu actitud» o «si quisieras, podrías salir adelante». Quien pronuncia esas palabras quizá desconoce que la depresión distorsiona la percepción de uno mismo y del mundo, apagando incluso las ganas de luchar. No se trata de falta de gratitud ni de ausencia de amor por la vida; se trata de una enfermedad que consume lentamente la esperanza. Lo más triste es que muchas personas deprimidas aprenden a callar para no sentirse juzgadas. Dejan de explicar cómo se sienten porque perciben cansancio o incomodidad en quienes las rodean. Y así, el silencio se convierte en refugio y prisión al mismo tiempo.

Por eso, comprender a alguien con depresión no exige tener todas las respuestas, sino desarrollar una sensibilidad auténtica hacia el sufrimiento ajeno. A veces basta con escuchar sin corregir, acompañar sin exigir y permanecer sin minimizar el dolor del otro. La empatía verdadera nace cuando dejamos de comparar heridas y empezamos a reconocer que cada persona libra combates invisibles que no siempre puede explicar. Quienes sufren depresión no necesitan ser salvados por discursos optimistas; necesitan sentirse humanos, válidos y queridos incluso en sus peores días. La sociedad habla mucho de salud mental, pero todavía cuesta aceptar sus consecuencias reales cuando afectan el ritmo, el ánimo o la manera de relacionarse de alguien cercano. Tal vez el gran desafío sea aprender a mirar más allá de las apariencias y entender que una persona deprimida no está eligiendo sufrir. Está intentando sobrevivir mientras carga un peso que otros no ven. Y en ese intento, una palabra comprensiva, una presencia sincera o un gesto de apoyo pueden significar mucho más de lo que imaginamos.

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CAPÍTULO II DE ‘HATROZ’.- EL VIAJE DE RAFO

Rafo tenía 18 años y su vida era un caos organizado. Era un adolescente como muchos, pero con un enfoque peculiar: la diversión era su única prioridad. Los estudios los tomaba como una obligación que no podían enturbiar el deseo de pasárselo bien. Las fiestas, las copas, la música estruendosa y las luces parpadeantes de algunos pubs eran su refugio. Como he dicho, no le importaba el estudio. Las clases eran solo un trámite, una mera pasarela por la que debía pasar para seguir con su vida de esmorga, como decía Eduardo Blanco Amor en un libro homónimo en el que narraba una noche de excesos, alcohol y deriva de tres hombres en Ourense, con un tono muy crudo, humano y decadente.

Tenía esa despreocupación insolente de quien nunca ha sentido de verdad el peso de las consecuencias. Con dieciocho años vivía convencido de que la vida era una sucesión interminable de noches, música y amigos, y de que siempre habría alguien detrás resolviéndole el futuro. Estudiar le parecía un trámite aburrido y lejano, casi una molestia injusta frente a todo lo que él consideraba urgente: salir, reírse, gustar, desaparecer de casa durante horas y sentirse libre sin preguntarse demasiado de qué. Había en él una inmadurez cómoda, propia de quien confundía privilegio con independencia y diversión con vivir.

Sus padres estaban preocupadísimos porque no veían que fuera capaz de encauzar su vida académica: el sueño paterno de que estudiara medicina se había evaporado como un azucarillo en un vaso de café caliente. En una conversación nocturna y telefónica le dijo a su hermano Ramón, que vivía en Coruña:

―Bueno, Ramón, pues hasta aquí llegó mi fantasía. Supongo que una ilusión no puede sostenerse sola cuando la realidad insiste en mostrar otra cosa. Se lo decía ayer a Lola: Idealizar algo funciona hasta que los hechos empiezan a hablar más alto que las ganas.

―No es que me dé igual todo. Es que estoy cansado de sentir que cada cosa que hago está mal. Llega un punto en que desconecto porque discutir, explicarte o intentar hacerlo bien tampoco cambia nada. Paso de estudiar porque estoy agotado de tener que justificarme todo el tiempo. A veces es más fácil desconectar que seguir peleando por cualquier cosa.

José María, el padre, le contó por teléfono a su hermano Ramón los argumentos que empleaba Rafo para no estudiar lo que la familia esperaba y el «gallego», como llamaba Rafo a su padrino, no pudo refrenarse.

―Entiendo que Rafo esté cansado, pero crecer no consiste en desconectar de todo lo que no le gusta. En tu casa, José María, como en la mía, hay responsabilidades, normas y respeto, incluso cuando uno está enfadado. Que se sienta en nada comprendido no significa que pueda actuar como si nada importara. La vida no funciona solo según lo que le apetece en cada momento. Tú no estás aquí para caerle bien todo el tiempo; estás para educarlo. Y educar también implica poner límites, aunque no le gusten.

La conversación del padre de Rafo se convirtió en un desahogo, pues los esfuerzos durante meses fueron ímprobos y el resultado nulo.

Una noche de viernes, Rafo se preparaba para salir. Su habitación era un verdadero desastre: ropa tirada por todas partes, música a todo volumen y un cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo con tres o cuatro versos escritos. Abrió la ventana y con la seguridad de que sus padres no entrarían encendió un cigarrillo que apagó a toda velocidad ante un ruido extraño en la puerta. Se miró en el espejo infinitas veces para comprobar qué tal le había quedado el pelo impregnado con una fina capa de fijador Patrico. Su reflejo le devolvió una sonrisa confiada, un aire de despreocupación que le gustaba.

―¡Vamos, Rafo! ―gritó su amigo y compañero de COU Luis desde la sala, sin respetar a los padres de Rafo que alucinaban con la escena―. ¡La fiesta empieza en una hora!

Rafo cerró la ventana después de airear la habitación, se puso una camisa azul y unos vaqueros ya muy usados, que no le gustaban nada a su madre. Se sentía listo para conquistar el mundo, o al menos, la noche. Salió de su habitación y se dirigió a la sala donde Luis les comentaba a sus padres asuntos familiares, pues, por lo visto, había alguna relación familiar lejana. Luis lo esperaba con una mochila llena de botellas.

―¿Listo para divertirnos? ―preguntó Luis, mientras, insisto, el padre de Rafo observaba la escena con una cara de alucinante sorpresa. El desparpajo de su amigo, familiar lejano, que no le valió para nada, dejó sin habla a los padres de Rafo.

―Siempre ―respondió Rafo, mientras les daba un beso a sus padres y les farfullaba que llegaría pronto.

Su hermana Lola, harta del mal ambiente que había en casa en ocasiones por culpa del mimado de su madre, le soltó a la cara lo que pensaba. Él la miró con indiferencia.

―Tú llamas libertad a ir de fiesta y olvidarte de todo. Yo lo veo como una forma de no querer mirar la realidad. No sé cómo hablar contigo ya. Cada vez que intento entenderte siento que te alejas más.

Fue cerrar la puerta y Lola, su madre, rompió a llorar con un llanto pausado, silencioso y sobrecogedor. Sumida en una profunda depresión, hablaba desde una mezcla de dolor, agotamiento, culpa y desconexión. Sus argumentos sonaban más emocionales, vulnerables y a veces contradictorios.

―No entiendo cómo puede vivir como si nada, mientras yo siento que todo se me cae encima. Me duele verlo tomarse la vida como una broma cuando yo apenas puedo levantarme cada día. Me siento muy sola viéndolo vivir como si no necesitara ya a nadie.

La música sonaba a todo volumen en la casa de un amigo de Luis, un chico que apenas conocían, pero que siempre organizaba las mejores fiestas. Aprovechaba que la casa se quedaba sin sus padres cuando estos se iban de viaje a Barcelona a un concierto del Palau. La verdad es que a Rafo no le importaba tanto conocer a gente, él creía que tenía muy bien cubierta la parcela de los amigos. De lo que realmente disfrutaba era del ambiente: las risas, las copas, las chicas y la sensación plena de estar vivo, de no sentirse ninguneado. Anímicamente lo dejaban a ras del suelo los éxitos académicos de algunos de sus primos.

Al llegar, la casa estaba llena de gente. Luis pasó a su amigo la mochila de las bebidas. Había un fondo común. Chicos y chicas bailaban al ritmo de la ELO (Electric Light Orchestra), los Rolling Stones, Rod Stewart, Bee Gees, Village People o Queen. Los movimientos de los bailones eran cada vez más exagerados y descoordinados, fruto del alcohol que corría por sus venas. Mientras, otros se agrupaban en la cocina y en otros lugares de la amplia casa, riendo y compartiendo historias. Rafo se adentró sin ninguna intención de bailar, a no ser que fuera lento, lo tenía muy claro. Por eso le insinuó al que ponía la música que pinchara a Eric Clapton, Elton John o Commodores, en cuanto buscaba a alguna chica que lo hiciera sentir aún más vivo.

En la terraza estaban los modernos, los sofisticados, los cosmopolitas, los rebeldes con elegancia o los que querían aparentar libertad y madurez compartiendo porros de hachís. Era un consumo nada callejero y bastante mezclado con un postureo intelectual o estético.

―¡Rafo! ―lo saludó una chica de cabello rubio y ojos azules, a la que apenas recordaba de una fiesta anterior—. ¡No te había visto desde la última vez!

―¡Hola! ―respondió él, tratando de recordar su nombre. Pero eso a él le importaba una mierda. Lo que quería era vivir con intensidad el momento.

Se acercaron a la barra improvisada y la chica le ofreció un trago de su cubata. Rafo aceptó con gusto. La noche avanzaba y la música se hacía más intensa. La chica, que se llamaba Susana, lo llevó a la pista de baile. Allí, rodeados de cuerpos en movimiento, Rafo se olvidó de todo cuando empezó a sonar Angie de los Rolling Stones.

―Bailas muy bien lento ―le dijo Susana, mientras se movía al ritmo de la música.

Rafo se enteró de que tenía el mejor expediente de su colegio en COU y era una clara candidata a hacer una excelente Selectividad. Se dio cuenta, pero hizo oídos sordos, de que se puede estudiar y pasárselo muy bien.

―Y tú eres una excelente compañera de baile ―replicó él, riendo.

Los vasos iban y venían, y el tiempo parecía dilatarse. Rafo se sentía invencible, como si nada pudiera detenerlo. Sin embargo, en el fondo había algo que le daba vueltas; un leve susurro que le decía que había más en la vida que solo fiestas y copas. Pero Rafo ignoró esa voz, sumido en la música y el alcohol.

En un momento de la noche, mientras se alejaba un poco de la multitud para tomar aire, se encontró con un grupo de chicos que se ponían a prueba con un juego de cartas.

―¿Quieres unirte? ―le preguntó uno de ellos, con una sonrisa desafiante.

―Claro, ¿a qué jugáis? ―respondió Rafo, sintiéndose intrigado.

El juego era una mezcla de verdad o reto con apuestas. Rafo se sentó, emocionado. Las primeras rondas fueron simples: algunos secretos divertidos y retos ridículos. Pero luego, la cosa se puso más seria.

―Rafo, te toca ―dijo uno de los chicos―. Tienes que buscar a una chica que no conozcas y decirle lo que sientes por ella.

Rafo se rio, pensando que era una broma. Pero, al mirar a su alrededor, sus ojos se encontraron con los de Susana, que lo observaba desde la distancia. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella de nuevo.

―No vale, a esa tía la conoces.

―¡De un baile! ―lo justificó Luis con intención de exculparlo.

―Voy a hacerlo ―dijo Rafo, decidido.

Cuando Susana contestó a lo lejos, Rafo se sintió más vergonzoso que nunca.

―¡Hola! ―dijo ella, levantando la voz por el ruido que había.

―Hola, Susana. Solo quería decirte que… realmente me gustas, que me vuelves loco. Las palabras salieron de su boca como un torrente. Nada de naturalidad. Todo, efusión verbal por las copas.

Hubo un silencio. Luego, ella se rio.

―¿De verdad? Has bebido, Rafo.

―Sí, pero eso no cambia lo que siento —respondió él, riendo, tratando de restarle importancia.

Al final de la conversación, Susana le prometió que lo pensaría. Rafo se alejó, sintiéndose un poco más ligero. Había hecho algo fuera de lo común, algo que no encajaba con su exacerbada timidez en estas fiestas de excesos.

La noche continuó, pero Rafo ya no estaba tan concentrado con las copas. Empezó a observar a su alrededor, notando las dinámicas de la gente. Algunos se reían, otros discutían, y otros simplemente estaban perdidos en sus pensamientos.

Finalmente, la fiesta comenzó a desmoronarse. La música se apagó, y la gente empezó a irse. Rafo y Luis se sentaron en el suelo, cansados pero satisfechos.

―¿Te das cuenta de lo que has hecho? ― le preguntó Luis―. Le dijiste a Susana que te gusta.

―Sí, y no sé si eso es bueno o malo —respondió Rafo, pensativo.

―A veces, hay que arriesgarse. La vida no es solo juerga; también hay que vivir otras experiencias, ¿sabes?

Rafo asintió. En ese momento, sintió que la noche había sido más que una simple fiesta. Había tomado un paso hacia algo nuevo, algo que no podía ignorar.

Los días pasaron, y Rafo continuó con su vida habitual. Sin embargo, algo había cambiado en él. Se dio cuenta de que las fiestas eran divertidas, pero había un vacío que no podía llenar con alcohol y música. Decidió comenzar a estudiar un poco más, a explorar sus intereses, pero tenía el convencimiento de que ese curso ya era tarde.

Un día, mientras caminaba por el jardín de Maldonado, vio a Susana sentada en un banco, leyendo un libro: El guardián entre el centeno, el gran libro del adolescente inconforme, según su profesor de Filosofía. Se acercó, lleno de vergüenza y con un enrojecimiento facial hatroz, pero decidido, porque, si el lunes, en clase, le comentaba a Luis que había pasado de largo, la bronca podía ser monumental.

―Hola ―dijo, y ella levantó la vista, sonriendo.

―Hola, Rafo. ¿Cómo estás?

―Quería hablar contigo sobre lo que te dije la otra noche…

Susana sonrió, y Rafo sintió que, por primera vez, estaba haciendo algo más que solo salir de fiesta. Estaba empezando a descubrir quién era realmente.

Y así, Rafo les contó a sus padres que había comenzado un viaje, no solo hacia el crecimiento personal, sino también hacia nuevas formas de conexión y significado en su vida. Las fiestas seguirían siendo parte de su vida, pero ahora, sabía que había más allá de la juerga, un mundo lleno de posibilidades que lo esperaba. El padre, después de escucharlo, se lamentó de las mil y una promesas.

―Quevedo dijo: Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres, le comentó su padre. Es decir, hijo, cambiar de ciudad, ambiente o circunstancias no sirve de mucho si uno sigue arrastrando los mismos hábitos, errores o forma de vivir. Tú nos has prometido mil cambios y luego nada de nada. Entenderás que hasta que no veamos tu madre y yo los resultados de ese cambio no podemos fiarnos.

Y Rafo experimentó que, por su única culpa, su padre estaba harto de las promesas incumplidas del pasado y de la endeblez del equipaje que había preparado para un viaje que no tenía ningún destino claro.

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LA FRUSTRACIÓN HUMANA

Si alguna vez la lluvia aprendiera a evocar recuerdos, seguiría cada recoveco de mi memoria con una delicadeza galaica. Cada gota parecería encontrar con una ternura genuina, aunque fingida, la ventana donde reposan mis añoranzas. Y, por un instante, como un pecado original tácitamente acordado, limpiaría el cristal empañado, delicado y efímero dibujado por mí.

Y esos fragmentos danzarían y se desvanecerían en mi mente una y otra vez, así como cuando yo desecho ideas y propuestas que alguien desconocido me propone anónimamente. Caerían disimuladamente en la orilla de una noche que me elige como compañero de penurias.

Las calles, de madrugada, olerían a pan recién horneado, los cines estarían llenos de asientos vacíos y las charlas de solitarios enamorados se perderían tras el perfil de anónimas farolas.

Hablaría de puentes construidos en mi vida con la solemne ingeniosidad de aquellos que creen en los milagros de la inspiración.

Me diría que no me atemorizara con el paso del tiempo, que todos los días son una pequeña despedida y que no esperara descansar en el lecho del tiempo del mundo. Sería una mentira elaborada por ese dios pagano que me provoca sensaciones inexistentes.

En mi deseo de escribir habría una herida que ya no sangraría y un triunfo que justificaría años de mi desconsuelo creador. Esas heridas custodiarían mi ideario emocional y me fracturarían la muñeca de mis impulsos.   

Entonces me atrevería a llamarla y su voz resultaría una revelación que liquidaría mi desidia y me impulsaría a describir con la otra mano la calidez salvaje de tu rostro y la amabilidad de tu tierna verdad.

Y algún día caminaría por los parques que tú creaste para mí y gozaría con la silueta de la mujer que lleva llorando años por mí. Su corazón se posaría como un pájaro cantarín en la ventana de mis sueños y yo renacería, empañado por la lluvia, con una carta que ella leería hasta la última línea, sonriendo con la certeza de haber comprendido mis palabras: amar no es una cuestión de conformarse con lo que hay; a veces es guardar con ternura lo que no se puede tener. 

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CAPÍTULO I DE ‘HATROZ’.- INTRODUCCIÓN

Cuando en 2025 decidí relatar la vida de un hombre «muy conocido» por mí, y por querer ser original en Hatroz tejí una embarullada maraña de personajes, autores y heterónimos. Y la montaña parió un ratón, diría mi profesor de Literatura del siglo XVI para calificar como una piltrafa aquello que aparentaba ser un valiosísimo tesoro. Quise crear una historia atractiva en grado sumo y, por hacerla diferente, los parámetros de la narración se alejaron tanto de la lógica habitual que sucumbí ―creo que me casi ahogué― en un monumental caos.

Nunca recibo correos o guasaps, y eso que los deseo con fervor. Cuando colgué varias entradas, allá por enero de 2025, en unos tambaleantes blogs, me llegaron a las pocas semanas tres anónimos manifestándome una gran desesperación: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuelve al sentido común!!! ¡¡¡Una historia y un blog, nada de múltiples autores y protagonistas!!!

Este último comentario me hizo reflexionar durante días sobre cómo enfocar la vida de Rafo, heterónimo mío cuyo nombre me subyugó desde que se lo escuché a un grupo de adolescentes en la plaza de Colón. Mi imaginación, que se había decantado por Camay o Yago, se instaló en una estática nube creativa que me frenó toda posibilidad de retomar la historia con clara determinación. ¡Qué breve, pero qué diestro y certero fue ese último comentario! Ahora entiendo con perfecta nitidez que un compañero, mientras nos tomábamos un café en el recreo, me manifestara hace unos meses «hasta aquí he llegado, piérdete y déjame en paz».

En diferentes blogs empecé tres historias referidas a una misma persona: José María Máiz Togores, yo. A lo largo de mi proceso de creación y escritura me autoimpuse una creatividad tan descontrolada que bauticé con varios nombres, repito, a un protagonista que era yo: Camay, Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anécdota. Un amigo muy cercano y muy fiable literariamente me soltó una buena reprimenda, mientras tomábamos unas cañitas con gambas en Santa Bárbara:

―Estás perdido. No te entiendo nada. No sé cuándo eres Camay (¿Existió alguna vez este nombre tan imbécil que además hace casi publicidad de un producto?), cuándo Rafo (¿Has matado a Camay? ¿Ha muerto Rafo, el único nombre que me gustaba, que me ocultaba algo, o se ha fugado a la playa?) y, por último, cuándo Yago (¿De dónde sale este idiota con nombre de cine santiagués?). Y ya la lías con el nombre de Hatroz, para una novela. Luego especificas el origen de este nombre. Eso me vale. José María, esto necesita una aclaración, una sincera y diáfana aclaración, si quieres mantener a los cinco o seis seguidores que tienes. Déjate de alias y sé tú mismo, cuenta tu vida, con tu nombre, con tus sombras y con tus luces. O utiliza un pseudónimo. Uno. Siempre el mismo. Los demás tienen que desaparecer. Y creo que como yo piensa mucha gente. No infantilices tu historia con ese Camay, que no me lo he tomado en serio en ningún momento.

Tras esta filípica, se marchó a trabajar y me dejó solo ante el peligro. ¿Muerte o vida? Lucharé hasta la muerte por lo segundo, me quise convencer.

Estas palabras fueron un aldabonazo en mi fase de narrador. Yo creía que había utilizado un certero recurso literario que pondría en vilo al lector. Resulta que no, que los pocos que me leían se sentían tan desorientados como si habitaran los laberintos de los Jardines de Villa Pisani, en Venecia, que cuentan que el propio Napoleón se perdió en ellos, y que cuando Hitler y Mussolini mantuvieron en Venecia algunas de sus oscuras conversaciones en 1934, ni intentaron descifrarlos. Los jardines del amor, como se les conoce popularmente, tienen el poder de doblegar a los más grandes estrategas.

Yo soy José María Máiz Togores. Soy el escritor, compositor y creador de mi vida. Toda la información viene de mí, soy el origen y el protagonista de los acontecimientos narrados. Yo soy el que se sienta al ordenador a poner negro ―bueno, azul― sobre blanco. Todo lo contado me pertenece, aunque haya algo fabulado, está fabulado por mí y para mí.

Apareceré bajo el nombre de Rafo (descubrirlo leyendo) que es el remoquete que me puso una amiga cuando leyó algunos de mis versos en la plaza de Colón, alborotada la lectura por un grupo de adolescentes que practicaban a ver quién nos molestaba más. En absoluto Camay o Yago, puramente fabulados por mí.

Yo, José María Máiz Togores, me desdoblo en dos personajes: Rafo, que es el protagonista de Hatroz, y un amanuense que es contratado para que transcriba lo contado por mí. Yo soy los dos. En algunas ocasiones, compartimos los dos el capítulo; en otras, dejo el protagonismo total a Rafo.

Si hay un desorden temporal, que lo hay, yo soy el responsable. Según vayas leyendo, irás conociendo mi carácter y la anarquía vital en la que en ocasiones estoy sumergido cuando me siento ante el ordenador. Desde el principio, en esta introducción, dejo muy claro cuál es mi trabajo y en qué condiciones lo voy a realizar: no esperes una novela ad hoc (adecuada o apropiada al concepto actual de ese género), porque el interés verdadero de Hatroz está en una nutrida sucesión de anécdotas o vivencias desordenadas temporalmente que pueden extenderse en uno, dos o tres capítulos cada una de ellas.

Cuento mi vida, mis anécdotas más simpáticas, las más horrendas y, tal vez, las nada recomendables. Todas ellas se rigen por la verdad, aunque en ocasiones la memoria distorsiona un poco lo vivido. ¿Recordamos la realidad vivida o recordamos el recuerdo de esa realidad?

En Hatroz, con todas las facilidades y alguna dificultad que entraña este desdoblamiento, porque yo quiero ser el responsable de lo narrado, yo y el protagonista, Rafo. Soy la fuente creativa y el narrador de mi historia. No te olvides de este nombre y no hagas caso a nadie. Exclusivamente fíate de los capítulos de Hatroz. Es lo único verdadero.

Gracias por todo. 

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CONEÍÑO

En una aldea pequeña, donde los nombres tenían más peso que los apellidos y los curas más tozudez que los padrinos, llegó el día del bautizo del pequeño de la casa. La familia estaba emocionada: era el primer nieto, el hijo de Maruxa y Xosé, y todos querían que el nombre fuera especial.

En la iglesia, el cura don Ramón, de buen humor, pero de oído fino, preguntó solemne:
—¿Nombre?

El padrino, que ya tenía el discurso preparado, respondió con voz firme:

—Avaristo.

El cura frunció el ceño, miró el libro y dijo:

—Con e.

—Avaristo —repitió el padrino, sin entender—. Porque es tradición que el nombre proteja a la familia de los truenos en las noches de tormenta.

—Con e, hombre, que se escribe Evaristo —insistió el cura, ya algo picado.

—Pero nosotros queremos Avaristo, que suena más dulce, más nuestro, máis da casa —dijo la abuela, que ya tenía bordado el nombre en un pañuelo—.

Cada generación tiene un Avaristo que trae suerte en las cosechas de maíz.

La discusión fue creciendo, como crecen los tojos en el monte, sin pedir permiso. El cura, firme en la gramática y en la tradición, no cedía. El padrino, fiel a su idea, tampoco. La abuela ya empezaba a rezar para que no se cancelara el bautizo.

Entonces, entre murmullos y suspiros, se levantó don Manuel, el vecino de al lado de la casa de Maruxa, que había ido solo por la empanada y ya llevaba media hora aguantando la batallita:

—¡Carajo, ya está bien! ¿Cómo tengo que llamar a tu nieto? ¿Qué nombre le ponemos, que ya está todo mojado y el pan está frío?

La familia se miró, el cura cruzó los brazos y firmó Evaristo en los papeles oficiales, y el padrino, con una sonrisa resignada, soltó:

—Pues, como el cura no cedió y dice que es con e… le llamamos Coneíño.

Y así quedó. El niño creció feliz, con nombre de cuento y una historia que contar en cada fiesta. Porque en Galicia, a veces, los nombres nacen de la retranca. 

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ZURDO E IMBERBE

Existo. Escribo. Imagino. Y, sin embargo, escritores como yo, seguimos siendo en gran medida invisible en la mitología visual de la literatura.

Abro cualquier libro sobre «escritores del mundo», hojeo revistas literarias o me desplazo por ilustraciones de autores anónimos generadas por IA. ¿Qué veo? Un desfile de hombres barbudos, con plumas en la mano derecha, mirando solemnemente a lo lejos, como si la sabiduría fuera un derecho innato otorgado por el vello facial y las manos dominantes de creación diestra.

Pero ¿qué hay de nosotros, los zurdos, los de mejillas lisas, aquellos cuyas manchas de tinta florecen en el borde de nuestras palmas siniestras? ¿Acaso no somos también escritores?

Yo escribo con la mano izquierda. Mi rostro carece de la solemnidad musgosa que parece definir al escritor «serio». Y, sin embargo, mis palabras tienen peso. Mis historias palpitando vida. He pasado, y pasaré, noches en vela luchando con las frases, persiguiendo metáforas y dando forma al silencio para convertirlo en significado. Aun así, cuando asisto a lecturas o envío fotos de autor, me preguntan, en un correo, con una simpatía vestida de confianza, si soy el becario. El asistente. El estudiante. Y cuando manifiesto mi edad, me dicen entre líneas que no tengo ningún atractivo físico y que hoy en día la imagen es imprescindible. No se llevan los hombres con cara de niño bueno.

Hay una tiranía silenciosa en la forma en que se ilustra la literatura actual en internet o en IA. El arquetipo está tan profundamente arraigado que cualquier cosa fuera de él se percibe como un error. ¿Un escritor sin barba? Debe de ser un principiante. ¿Un poeta zurdo? Una curiosa anomalía. ¿Una mujer con el pelo corto y sin pipa? Quizás sea la editora.

Dicen que los escritores zurdos somos genios creativos. Quizás sea porque los lectores pasan la mitad del tiempo descifrando lo que acabamos de escribir: al revés, boca abajo y manchado hasta quedar ilegible. Cada cuaderno es un campo de batalla de tinta manchada y espirales dobladas, como si el universo conspirara contra nuestras ambiciones literarias.

Los bolígrafos tiemblan de miedo en mi mano. Los escritorios crujen bajo el peso de los incómodos ángulos de los codos. Y, sin embargo, de alguna manera, algunos zurdos siguen consiguiendo escribir obras maestras… solo que con un poco más de caos.

Los zurdos no solo escribimos, sino que luchamos por cada palabra. Yo soy una muestra. Después de mil correcciones, consigo un resultado óptimo. Estoy contento con el texto. Sonrío. Estoy satisfecho, pero falta una cosa.  Quiero una caricatura mía escribiendo como ilustración. Mi foto la tengo localizada en mi ordenador. Busco en internet una IA que caricaturice fotografías personales. La mía es muy corrientita: estoy en el estudio de mi antigua casa escribiendo con la mano izquierda un texto, ¡cómo es lógico! Llego a una IA que dicen que es la mejor. Subo la foto, clico una vez en escanear y a esperar. Ansiedad y tensión por el resultado. ¡Oh, sorpresa! Me la devuelve conmigo escribiendo con la diestra. ¡Maldita sea! Le ruego, le imploro que lo cambie, que soy zurdo. Pero a la quinta petición, lo dejo. Desanimado y engañado.

No se trata de una llamada a borrar a los barbudos o a los diestros. No. Es una petición para ampliar el marco. Así de sencillo. 

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RAMÓN

Ramón vivía solo en una casa de piedra, al pie de un monte que olía a eucalipto y a saudade. Cada mañana encendía la radio, no para escucharla, sino para no sentirse tan solo.

Había amado una vez, y había perdido. Desde entonces, escribía cartas que nunca enviaba, poemas que escondía entre los sacos de patatas.
Su vida era sencilla: ordeñar la vaca, regar los grelos, discutir con el gato. Pero en su cabeza, el mundo era otro: lleno de palabras, recuerdos y canciones que nadie más escuchaba.

Los vecinos decían que estaba un poco tocado, pero lo saludaban con respeto. Sabían que Ramón guardaba historias que no cabían en ningún libro.
Una tarde de lluvia, bajó al bar del pueblo con un cuaderno bajo el brazo. Lo dejó sobre la mesa y pidió un café.

Cuando se fue, el camarero lo abrió por curiosidad. Dentro había poemas en prosa, cuentos de meigas, definiciones canallas y una biografía que parecía escrita por alguien que nunca había existido.

Desde entonces, el cuaderno pasó de mano en mano. Nadie volvió a ver a Ramón, pero todos hablaban de él como si fuera una leyenda.

Dicen que su alma se hizo blog, y que quien lo lee, lo escucha respirar entre líneas. 

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DECÁLOGO DE LAS SENSACIONES QUE EXPERIMENTARÁS AL LEER ESTE BLOG

1.- Detener el ruido que te persigue desde el alba hasta la noche, y concederte un instante de tregua. Entre notificaciones, titulares apresurados y conversaciones que se superponen, la mente rara vez encuentra silencio. Leer aquí es una invitación a bajar el volumen del mundo por unos minutos. No se trata de escapar, sino de suspender el vértigo cotidiano para respirar con calma, como quien se sienta junto a una ventana abierta y deja que el tiempo recupere su ritmo natural.🛌

2.- Ensanchar el pensamiento hasta que respire mejor… y quizás, sin darte cuenta, sonríe. Cada texto aspira a abrir un pequeño espacio interior donde las ideas puedan moverse con libertad. A veces una reflexión ilumina algo que estaba difuso; otras, simplemente acompaña. Y en ese proceso, casi sin advertirlo, aparece una sonrisa leve: la señal de que pensar también puede ser un gesto amable con uno mismo.☺️

3.- Encontrarte con preguntas que incomodan, que rozan, que permanecen. No todas las preguntas buscan respuestas inmediatas. Algunas se instalan en la conciencia como una piedra en el bolsillo: discreta, pero imposible de ignorar. Este blog no pretende resolverlo todo, sino ofrecer interrogantes que inviten a mirar desde otro ángulo, a revisar certezas y a permitir que la duda haga su trabajo silencioso.🤔

4.- Descubrir historias que no quieren seducirte, sino caminar a tu lado. Aquí las palabras no se disfrazan de espectáculo. Las historias no pretenden deslumbrar ni persuadir con artificios, sino acompañar. Como esas conversaciones que se sostienen mientras se camina sin prisa, donde lo importante no es impresionar, sino compartir el trayecto.👫

5.- Sostener, con tu lectura, esta escritura sin focos ni vitrinas, hecha solo de palabras y constancia. Todo blog vive gracias a la mirada de quien lo lee. Cada visita, cada pausa frente a un párrafo, sostiene este ejercicio discreto de escritura: un trabajo paciente, sin estridencias, construido únicamente con lenguaje, tiempo y la voluntad de seguir diciendo algo que merezca ser pensado.🖋️

6.- Encender en otros la curiosidad por este pequeño faro donde aún arde el lenguaje. Si alguna línea resuena contigo, quizá nazca el deseo de compartirla. Así, de lector en lector, este espacio puede convertirse en un faro modesto pero persistente: un lugar donde el lenguaje continúa brillando, aunque el ruido del mundo intente eclipsarlo.🚨

7.- Recordar que la literatura no es moda ni consigna, sino un camino que nos lleva a analizar nuestro interior. La literatura no pertenece al instante fugaz ni al aplauso rápido. Es una travesía lenta que nos devuelve a nosotros mismos. Leer —y escribir— es, en última instancia, una forma de exploración interior: un modo de comprender quiénes somos, qué sentimos y qué pensamos realmente.🛣️

8.- Afilar tu criterio como quien pule una herramienta imprescindible. Cada lectura es también un ejercicio de discernimiento. A través de ideas, matices y contrastes, el lector afina su mirada sobre el mundo. Poco a poco, el pensamiento se vuelve más preciso, más atento, como una herramienta bien cuidada que permite distinguir entre lo superficial y lo esencial.🕵️

9.- Habitar un espacio donde disentir es una forma de atención y no de ruptura. Aquí la discrepancia no se entiende como confrontación, sino como diálogo. Pensar distinto no separa: amplía. Cuando se escucha con respeto y curiosidad, incluso la diferencia se convierte en una forma de cuidado intelectual.👁️

10.- Convertirte en un lector despierto, crítico, capaz de mirar la realidad con otros ojos. Quizá el mayor propósito de este blog sea ese: acompañar el despertar de una mirada más lúcida. Un lector atento no solo consume palabras; las transforma en reflexión, en preguntas, en una forma más consciente de observar la realidad. Y desde esa mirada renovada, el mundo —aunque sea el mismo— empieza a verse distinto.🦉

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NO PIDO PERMISO (MI CREDO EN CASTELLANO)

He sido profesor de Lengua y Literatura, sí. He corregido exámenes, he explicado sintaxis, he hablado de Cervantes y de Machado. Con rigor absoluto. Con dedicación plena. Consagrado con un entusiasmo inigualable. Pero ahora escribo desde otro lugar. Desde la libertad. Desde la necesidad de mantener viva una voz que no quiere retirarse. Porque jubilarse no es callarse. Es tener tiempo para decir lo que antes no se podía.

Mi castellano bloguero no es perfecto, dicen, y no tiene por qué serlo. Lo he enseñado durante décadas, lo he vivido, lo he defendido en aulas, en libros, en conversaciones. Y ahora, desde este rincón digital que es josemariamaiztogores.com/, lo sigo haciendo. No con firmeza académica, sino como alguien que escribe con alma, con memoria, con convicción.

No estoy aquí para agradar a los puristas ni para coleccionar medallas de corrección gramatical. Estoy aquí para escribir como me nace, como lo siento, como lo vivo. Si te molesta, si te parece mal, pues cierra la pestaña y sigue con tu día. Pero no vengas a darme lecciones, que ya he dado muchas en mi vida.

No voy a cerrar este blog, ni a callarme, ni a esconder mi voz por miedo a equivocarme. Porque esta lengua también es mía, y la uso como me da la gana. Con errores, con mezclas, con todo lo que tú quieras criticar. Pero con orgullo, con pasión y sin pedir permiso. Así que, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.

Escribo porque quiero. Porque el castellano también es mío, aunque no lo escriba siempre según la norma académica. Porque me representa, porque me importa, porque me acompaña desde siempre. No le debo explicaciones a nadie por usar mi lengua como la siento. Si alguien cree que no tengo derecho a escribir porque no domino cada regla, que mire para otro lado. Yo seguiré escribiendo y defendiendo lo que pueda en castellano, a mi manera. Porque la lengua es de quien la usa, no solo de quien la regula.

No aprendí a escribir para gustar, sino para comunicar. Y ahora escribo para resistir. Para que el castellano no se convierta en una lengua de élites, de filtros, de exclusiones. Lo aprendí en libros, sí, pero también en la calle, en la vida, en los silencios. ¿Cometo errores? ¿Y qué? No estoy aquí para agradar, estoy aquí para hacer ruido, para reivindicar que el castellano también es de quien lo vive, de quien lo lucha, de quien lo escribe con alma.

Alguien me dijo que no tocara el castellano si no lo escribía perfecto. Pues a mí, me da igual. Escribo en castellano porque me da la gana, porque es mío, porque me representa. No necesito permiso ni diploma para usar mi lengua. La aprendí como profesor, como lector, como ciudadano, y sigo aprendiendo cada día. El castellano no es solo para quien lo domina según la norma, es para quien lo siente, lo vive y lo defiende. Y yo lo hago con errores, sí, pero también con mucho amor y convicción.

Si tú sientes vergüenza por mi castellano, pues lo siento muchísimo. Mándame a paseo si quieres, pero no me quites la ilusión de escribir como me sale del corazón. Mi castellano no será académico, pero es real, es vivido, es sentido. No nací para agradar a los puristas, sino para mantener viva la lengua que me acompaña desde siempre. Prefiero mil veces un castellano imperfecto con alma que uno perfecto sin pasión.

Y tú, académico del castellano, déjame en paz. Olvídame. Mándame al carajo si te apetece, pero yo no voy a cerrar este blog. Porque este espacio es mío, y el castellano que aquí se escribe también. No será normativo, no será perfecto, pero es verdadero. Es el castellano que me nace, que me representa, y que defiendo con cada palabra. Si no te gusta, pasa página. Pero no vengas a darme lecciones, que mi voz también cuenta. 

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PRESENTACIÓN PRIMERA DEL BLOG «OQUINTODOTEMPO.COM» (O EL ARTE DE CONVENCERTE PARA QUE ME LEAS)

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao» en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incasable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.

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